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miércoles, 30 de abril de 2025

El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

 


El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21

El camino de las relaciones de los hijos con los padres nunca puede ser el del temor sino el del amor; cuando nos metemos de verdad en el carril del amor nuestro rostro es el de la felicidad porque nos sentimos amados, porque descubrimos que todo aquello que nos diga o nos haga nuestro padre estará guiado siempre por el amor; por eso ante el padre que nos ama no nos escondemos, aunque a veces podamos equivocarnos y cometer errores, porque sabemos que nuestro madre no tiene la pesa o el metro en sus manos para medir cuanto hacemos y si nos pasamos o no llegamos a la medida porque El está ahí para animarnos y alentarnos, para guiarnos pero también para ser luz para que nosotros podamos también ver con claridad cuales han de ser nuestros caminos; con el padre no andamos tampoco con mezquindades si lo amamos de verdad midiendo hasta donde llegamos, pesando como para llevar una contabilidad de lo que hacemos, ni exigiendo porque nos sintamos con derechos a recompensas; la mas hermosa recompensa es la de amar y sentirnos amados.

Algunas veces, es cierto, esto no lo vemos con total claridad ni lo realizamos así, porque manchamos de miserias nuestro amor y ya no es tan autentico, pero aunque no lo veamos sabemos que el padre siempre estará esperando para darnos el abrazo de su amor. Y esto que estamos diciendo tiene también su reflejo en lo que es nuestra relación con Dios. Es el Padre que nos ama y nos ama con un amor tan infinito que es eterno, un amor tan fiel que por muchas que sean nuestras infidelidades siempre nos estará ofreciendo ese abrazo de perdón, siempre estará saliendo a nuestro paso para buscarnos y hacer que retornemos a esos caminos del amor.

Es el mensaje tan bonito que nos ofrece hoy el evangelio. Con toda rotundidad y con toda también solemnidad nos está hablando de ese amor de Dios. Lo hemos escuchado muchas veces pero no terminamos de saborearlo en toda su riqueza. Hay palabras ante las que no es necesario comenzar a hacer muchos comentarios, sino simplemente contemplarlas desde el corazón, rumiarlas repitiéndonoslas una y mil veces para hacerlas en verdad vida de nuestra vida.

Tanto amo Dios al mundo, tanto nos amó Dios porque es un amor muy personal y muy concreto donde también tendríamos que decir, tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo Unigénito, no paraba de buscar lo mejor que podía ofrecernos, nos había regalado la vida, nos había puesto en este mundo que había puesto en nuestras manos, nos había acompañado en nuestra historia y nuestro camino, pero no se quedó ahí, desde toda la eternidad había decidido entregarnos a su Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga vida eterna. ¿Podíamos esperar más? En ese pensamiento nos podríamos quedar, ante ese amor tenemos que responder, desde ese amor hemos de emprender el camino, camino que tiene que ser igualmente de amor.

Pero el Hijo viene con amor. Enviado del Padre por amor es para nosotros la muestra más hermosa del amor. Y será amor lo que nos enseña, será amor lo que es su vida, será amor que nos llena de vida. No para la muerte sino para la vida, no para hacernos perecer aunque muchas veces no nos merezcamos tanto amor, sino para seguir ofreciendo siempre vida, y no una vida cualquiera, vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

El juicio de Dios será siempre el del amor, el de la compasión, el de la misericordia. No viene para pillarnos en nuestros errores y en nuestras infidelidades sino para siempre ofrecernos su corazón compasivo y misericordioso. Estoy pensando en la mirada de amor de Jesús a Pedro momentos después de su negación. Pedro, es cierto, lloraría amargas lágrimas de dolor pero Pedro aprendió a seguir ofreciendo amor, porque en aquella mirada estaba la comprensión y la misericordia de Dios. Por eso no podrá responder de otra manera en aquel examen de amor a orillas del Tiberíades. ¡Tú, Señor, lo sabes todo, tú sabes que te amo!

 

jueves, 3 de abril de 2025

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

 

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

¿Nos creemos los unos a los otros? Las relaciones humanas están basadas en nuestra mutua credibilidad, es lo que decimos, pero es también lo que hacemos, no solo en grandes momentos o en situaciones extraordinarias, sino también en esas pequeñas cosas de cada día que nos pueden parecer detalles pero que son las que le van dan color a la vida y a lo que hacemos; pero también mutuamente en lo que pensamos y en lo que nos decimos unos de otros encontramos ese testimonio de credibilidad; que alguien hable bien de ti, que recuerde a los demás el valor de lo que haces aunque parezca que pase desapercibido es algo que apuntala esa mutua credibilidad que nos ofrecemos y facilitará la mutua aceptación y valoración que o tenemos o que nos damos, hará mejores nuestras relaciones entre unos y otros, y nos impulsará a ese colaborar juntos en proyectos comunes o en las metas que nos propongamos.

Ya sabemos, por otra parte, que siempre nos vamos a encontrar quien quiere sembrar la cizaña de la desconfianza, de poner en duda la credibilidad u honorabilidad de una personas cuando se obra desde el orgullo, la envidia y toda esa serie de actitudes negativas que vienen a envenenar el corazón  de los demás. Los partidismos en este sentido también hacen mucho daño, porque solo queremos ver lo que nos interesa o lo que nos favorece y no aceptaremos que alguien con más valores venga a empañar nuestros brillos; olvidan quizás que las personas con más valores humanos nunca van a actuar para quitar el brillo de los demás, sino que sabrán siempre aprovechar cualquier destello de luz por pequeño que sea para hacer más luminoso nuestro mundo.

En las palabras que escuchamos hoy en el evangelio se nos refleja ese rechazo que algunos sectores de la sociedad de su tiempo tienen contra la enseñanza y el actuar de Jesús. No llegan a entender el mensaje del Reino de Dios que Jesús les está anunciando y sienten que una transformación del mundo según esos valores del Reino de Dios va a poder significar para ellos como una perdida de poder o de influencia en aquella sociedad que de alguna manera están manipulando.

Se oponen a la palabra de Jesús, no quieren aceptar la credibilidad de las palabras y de los hechos que Jesús realiza, no ven las señales de que Dios está actuando en Jesús y no lo quieren reconocer como el enviado de Dios. Es una historia que se repite porque eso fue en la continuidad de los tiempos el rechazo que siempre tuvieron de los profetas en su momento presente, aunque con el paso del tiempo sintieran la verdad de lo anunciado por los profetas. Ningún profeta es bien mirado en su tierra, que dijera Jesús un día allá en su pueblo de Nazaret como un preanuncio de todo lo que a Jesús le iba a suceder.

Habla Jesús del testimonio de Juan el Bautista que fue su precursor, como habla Jesús por una parte del testimonio de la misma Escritura en lo anunciado por Moisés y los profetas, como del testimonio de sus obras que son signos de que El es el enviado del Padre, ‘y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis’ nos dice Jesús.

A través de las obras que Jesús realiza se nos está ofreciendo el testimonio venido desde el cielo, convirtiéndose el Padre en el primer testigo de la obra de Jesús. ‘Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?’ Y aquí claro que nosotros podemos recordar aquella voz venida del cielo en lo alto del Tabor señalándolo como su Hijo amado al que debíamos escuchar.

Mantengamos viva nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio con nuestra vida, con nuestras obras; será lo que también dará credibilidad a nuestra fe a través de nuestro compromiso de amor. Es el camino de crecimiento espiritual que hemos de ir haciendo en nuestra cuaresma como camino hacia la Pascua.

miércoles, 2 de abril de 2025

Camino cuaresmal que es camino pascual, camino en que renovamos nuestra fe en Jesús por quien pasamos de la muerte a la vida

 


Camino cuaresmal que es camino pascual, camino en que renovamos nuestra fe en Jesús por quien pasamos de la muerte a la vida

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

En el complejo mundo de nuestras relaciones humanas y sociales hay una serie de connivencias, de protocolos sociales podríamos decir, que respetamos y valoramos como algo fundamental para mantener esas mutuas relaciones. El que ha recibido un poder (notarial) de alguien va a actuar ante nosotros como un representante válido y como voz de aquel que le dio tal poder; a quien aceptamos como intermediario en cualquier tipo de intercambio le respetamos y valoramos su palabra y su intervención para lograr aquello que pretendemos por ejemplo intercambiar; quien viene como embajador representante de un gobierno o un país extranjero lo respetamos, lo escuchamos porque sus palabras son las de aquel gobierno o país que representa, es el enviado de aquel país. Y así podríamos poner muchos ejemplos.

Jesús hoy en el evangelio nos está diciendo que es el enviado del Padre y nos repetirá en muchas ocasiones que El hace y dice lo que recibió del Padre. Palabras, como vemos hoy, que son difíciles de aceptar para los judíos y que le van a conducir al rechazo que de ellos, de sus autoridades y dirigentes va a recibir. El pueblo sencillo que tiene otra sintonía para conocer las cosas de Dios sí proclamará en muchas ocasiones ante el actuar de Jesús que Dios ha visitado a su pueblo. Lo reconocen como profeta, y profeta es el enviado de Dios que habla palabras de Dios, y dirán de Jesús que es mucho más. Por supuesto que Jesús es mucho más que un embajador o un apoderado, porque es el Hijo de Dios, el Hijo del Padre que nos hace partícipes de la vida de Dios.

Jesús nos lo reflejará en aquella parábola en la que nos habla de la viña preparada por su dueño y que confía a unos agricultores, pero que a la hora de rendir cuentas se negarán a recibir a los criados enviados por el amo maltratándolos e incluso cuando les envía a su hijo lo matarán arrojándolo incluso fuera de la viña. Un resumen, podríamos decir, de lo que fue la historia de la salvación en aquel pueblo, que al final rechazará al enviado de Dios.

Jesús es el Hijo que habla las palabras del Padre, Jesús eses el Hijo que no hace sino lo que el Padre quiere, Jesús es el Hijo que nos va a enseñar una nueva forma de relacionarnos con Dios porque en El a nosotros también nos hace hijos y también nosotros podemos llamarle Padre. ‘Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió’, termina diciéndonos hoy en el texto del evangelio que hemos escuchado.

Por eso anteriormente nos había dicho: ‘En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro’.

Así se nos manifiesta Jesús. Así hemos de poner toda nuestra fe El. Es el camino de vida, es el camino de la salvación, es la buena nueva que nos ofrece el Evangelio. ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’. Es el camino que hemos de recorrer, por lo que tenemos que esforzarnos, la manera de abrir nuestro corazón a Dios y nos podremos llenar de vida.

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida. Creer en Jesús es vivir la Pascua, sentir como desde lo más hondo de nosotros mismos nos transformamos y nos sentimos con nueva vida. Es el camino que ahora en esta cuaresma estamos haciendo para que la Pascua se haga realidad en nuestra vida. Camino cuaresmal que es camino pascual.

viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

sábado, 27 de abril de 2024

Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

 


Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

No siempre nos es fácil conocer a las personas, no terminamos de conocerlas. Por muy amigos que seamos, por muy fuertes que sean las relaciones familiares o la convivencia que realicemos con esa persona, siempre hay algo en ella que no terminamos de captar, de conocer. Y estoy hay que reconocerlo con humildad aunque nos cueste, porque nos creemos muy autosuficientes y conocedores de todos, pero siempre hay algo en su interior, en el misterio de su vida que nos queda como velado. No significa que sea imposible o que eso nos impida entrar en relación con el otro, pero es una tarea, diríamos, que nunca se acaba, y que con respeto aceptamos y con respeto siempre nos acercamos al  otro.

Los discípulos llevaban mucho tiempo con Jesús desde que lo conocieron y un día sintieron la llamada de Jesús para estar con El. A ellos Jesús de manera especial se les manifestaba, los llevaba en muchas ocasiones a lugares lejos del barullo de la gente para que estuvieran con El y lo conocieran; a ellos de manera especial les explicaba lo que antes en parábolas les había dicho a las multitudes; Jesús les iba descubriendo su misterio, el misterio de Dios. Un día Jesús había de confiar en ellos para enviarlos por el mundo para hacer el anuncio de su buena nueva de salvación.

Pero también nos damos cuenta que en muchas ocasiones los discípulos no terminaban de entender lo que Jesús les decía; por mucho que les hablara del servicio como sentido de sus vida, ellos seguían pensando en grandezas y quien era el que iba a ocupar el lugar más importante en aquel Reino que Jesús estaba anunciando: significaba que ni acababan de conocer a Jesús ni de entender el sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús.

Y Jesús con paciencia les explica una y otra vez. Así les había sucedido en los anuncios que hacía del sentido de su subida a Jerusalén que cuando hablaba de pasión y de muerte, porque sería entregado en manos de los gentiles, querían quitarle esas ideas de la cabeza. Ya vemos lo que luego sucedería cuando llegara ese momento, se dispersaron, huyeron y se escondieron.

No nos extrañe lo que hoy nos dice el evangelio. Estamos ya en los momentos cruciales y decisivos, donde va a comenzar la pasión. Es en aquel dialogo de Jesús con ellos después de la cena pascual antes de irse a Getsemaní. Jesús les está revelando el misterio más hondo de su ser, cuando les habla de su unión con el Padre, porque el Padre y El son una misma cosa. Pero no entienden. Les había hablado de Dios y les había enseñado a llamar Padre a Dios, pero ahora nos vienen a decir que aun no conocen a Dios, que aun no conocen al Padre del que Jesús les está hablando.

‘Muestranos al Padre y será suficiente’, le dice Felipe a Jesús. Y es cuando Jesús reacción. ‘Tanto tiempo con vosotros ¿y aún no me conocéis? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al padre?’. Y seguían sin entender.

El era el Verbo, la Palabra de Dios por quien todo nos ha sido revelado, como nos diría san Juan desde el principio del Evangelio. Era la Palabra que se convertía en luz para nuestra vida. Era la Palabra que nos revelaba el misterio de Dios y por quien conoceríamos a Dios. Era el rostro de misericordia de Dios que se manifestaba en las obras de Jesús. ‘Creed en mis obras’, viene a decirles, contemplad mis obras y contemplaréis a Dios.

Pero la tiniebla seguía oscureciendo sus mentes. La tiniebla quería ocultar la luz, y ellos no terminaban de salir de esas tinieblas; nosotros, tenemos que reconocer, no terminamos de salir de esas tinieblas. Y por eso nos vienen las dudas y los miedos, por eso seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, por eso no terminamos de abrirnos al misterio de Dios, de abrir nuestro corazón a los caminos del amor.

¿Dejaremos un día iluminarnos por su luz? ¿Llegaremos a meternos en el corazón de Cristo para introducirnos totalmente en el misterio de Dios?

viernes, 15 de marzo de 2024

No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

 


No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Forma parte de la naturaleza de la vida, podríamos decirlo así, hay personas o hay situaciones con las que o en las que nos sentimos cómodos, porque nos parece que hay una sintonía con nosotros, y otras personas que no nos caen bien, no nos sentimos bien a su lado, o situaciones por las que tenemos que pasar en las que no nos sentimos cómodos.

Y esto en distintos frentes. Porque nos puede ser agradable una persona porque quizás es amable con nosotros, nos entendemos cuando hablamos o compartimos cosas o momentos, pero quizá ha situaciones en las que repelemos a la persona precisamente porque es buena, porque es entregada, y es que está chocando con nuestra manera de ser, o con las posturas que nosotros vamos tomando en la vida. Quizás nos hacen ver los errores que cometemos, el desorden que hay en nuestra vida, o que hay otros valores mejores que los que nosotros vivimos, y esto se convierte en un repelente para nosotros, porque de alguna manera su rectitud está denunciando el mal que hay en nosotros.

Siempre ha sucedido que el que obra con rectitud se convierte en blanco de los demás, y al que siempre se le quiere sacar algo, o acumularle algo en su vida que está bien lejos de su comportamiento. La rectitud de sus vidas se convierte en denuncia de nuestro mal obrar y por eso con tanta maldad quizá se trata de denigrarlo de la forma que sea. ¿No es lo que le pasaba a los profetas?

Es lo que pasaba también con Jesús., Y Jesús lo sabía. El Reino nuevo de Dios que anunciaba se convertía en una denuncia de quienes querían vivir anquilosados en sus rutinas y viejas costumbres, pero que no estaban obrando con la debida rectitud ni con la necesaria apertura del corazón. Como los profetas habían sido rechazados, así ahora es rechazado Jesús. Bien nos lo explica Jesús en la parábola de los viñadores homicidas que no hace mucho hemos meditado, pero que no la podemos leer solamente mirando a lo que era la situación de entonces del pueblo judío y su historia, sino que también hemos de saberla leer en la realidad de nuestra vida.

Cuántas veces nosotros también cuando ha habido quien con visión verdaderamente profética nos ha presentado la Palabra de Dios habremos sentido ese mismo rechazo dentro de nosotros; acaso lo hemos querido disimular, porque miramos a otro lado y siempre queremos aplicar las cosas a los demás y no a nosotros mismos, o tratamos de hacernos nuestras rebajas, porque nos decimos que no hay que mirar las cosas con tanta radicalidad.

Pero, ¿aceptamos o no aceptamos a Jesús y su mensaje evangélico?  Hemos escuchado hoy que en principio Jesús no quiere dejarse ver por Jerusalén, porque aun no ha llegado su hora, donde sabe que va a tener una fuerte oposición. Sin embargo Jesús sube también a la ciudad santa para aquella fiesta, y los mismos judíos se sorprenden de su presencia, pues el pueblo notaba el vacío que las autoridades y gente principal querían hacerle a Jesús. Se preguntan si acaso ya habrán aceptado la misión profética o mesiánica de Jesús.

¿De donde viene Jesús? ¿Cuál es realmente su misión? ¿El hecho de ser galileo la resta posibilidad de que pueda ser el Mesías, como en otro momento le dirán los sumos sacerdotes a Nicodemo, que de Galilea nunca ha surgido un profeta?

Como hoy les dice Jesús ‘a mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado…’ Jesús se siente como el enviado del Padre. Nos recuerda lo que en otro momento del evangelio hemos escuchado. El amor que Dios nos tiene es tan grande que ‘nos ha enviado a su Hijo para que quien cree en El no perezca sino que tenga vida eterna’.

Es la maravilla y la grandeza de nuestra fe en Jesús. Así lo reconocemos. La Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. La Palabra que nos ilumina para arrancarnos de nuestras tinieblas y darnos vida. La Palabra que tenemos que escuchar. Podemos recordar muchos momentos del evangelio. No seamos la tiniebla que rechaza la luz. Dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga. No la rechacemos porque nos duela. La medicina nos arde en la herida pero nos sana. Veamos en todo siempre y por encima de todo el amor de Dios que  nos salva.

jueves, 20 de abril de 2023

Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

 


Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Se supone que hablamos de lo que sabemos; lo que sale por nuestros labios, y estamos haciendo referencia a nuestras palabras, es lo que llevamos dentro, lo que son nuestros pensamientos, que pueden ser nuestros deseos, que pueden ser nuestras experiencias, que puede ser la reflexión que nos hacemos sobre la vida, que puede ser lo que hondamente hayamos rumiado, pensado y reflexionado en nuestro interior; podemos incluso equivocarnos, pero es la sinceridad, o debe ser, de nuestro pensamiento; no hemos incluso de tener miedo de equivocarnos mientras haya una búsqueda sincera, que nos lleve a aceptar la verdad que podamos encontrar en lo que nos ofrecen.

Ya sabemos que hay personas que hablan y hablan y no saben de lo que hablan, están vacíos, pero de todo quieren saber; no reflexionan  hondamente pero de todo quieren opinar y en muchas ocasiones incluso pontificar dándoselas de sabios, pero donde se nota pronto el vacío que llevan dentro. Algo que tenemos que cuidar, algo de lo que también hemos de precavernos para no caer en esas redes ilusorias que nada dicen, nada nos pueden ofrecer.

¿A quien escuchamos? ¿Qué es lo que muchas veces se nos ofrece en nuestro entorno? Da gusto escuchar palabras sabias, palabras que te hacen pensar y reflexionar, palabras que te enriquecen, palabras quizás que te plantean interrogantes no para desorientarte sino para ayudarte a encontrar la verdad, palabras que se te ofrecen con sencillez, pero que van dando lustre a tu espíritu porque le dan hondura a tu vida. No es fácil en ocasiones encontrarlas, porque muchas veces encontramos vacío.

 Palabras que también tenemos que discernir para en medio de la arena encontrar la piedra preciosa. Sin confundirnos, con paciencia y con humildad, poniendo en juego toda nuestra inteligencia para dejar a un lado la escoria. Y eso cuesta, nos exige también esfuerzo, voluntad, constancia, perseverancia.

En Jesús encontramos esa fuente de sabiduría. Cuando decimos que creemos en El es porque en El hemos encontrado esa verdad que nos da vida, nos pone en camino de verdadera plenitud, nos llena de la sabiduría de Dios. Como nos dice hoy en el Evangelio ‘el que viene de lo alto está por encima de todos, el que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra el que viene del cielo está por encima de todos, de lo que ha visto y ha oído da testimonio…’

Ya nos lo repite muchas veces que El viene de Dios y nos viene a trasmitir la sabiduría de Dios. Por algo desde el principio del evangelio de san Juan se nos dice que es la Palabra, que estaba en Dios, que viene de Dios, y que viene como luz y como vida para el mundo. Es la Palabra que ha plantado su tienda entre nosotros. Es la Palabra que tenemos que escuchar y plantar en nuestro corazón. Es la Palabra que nos da vida y nos llena de salvación. Aunque a veces no queremos escucharla, a veces nos cuesta escucharla, porque son muchos los ecos de palabras vacías que resuenan a nuestro alrededor y nos ensordecen.

Hoy nos dice que ‘el que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida’. Y concluye diciéndonos que ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. 

Escuchemos pues a Jesús, dejémonos empapar por su Evangelio. Es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios. Es quien va a dar verdadero hondura a nuestra vida, verdadero sentido y valor a nuestra existencia.

miércoles, 31 de agosto de 2022

Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

 


Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

1Corintios 3, 1-9; Sal 32; Lucas 4, 38-44

Cuando alguien nos cae bien, nos agrada estar con él; cuando queremos a alguien no nos queremos separar de la persona que amamos; los familiares se quieren y lo que desean es estar siempre unidos; los amigos que se quieren buscan la manera de estar juntos el mayor tiempo posible; los enamorados quieren permanecer unidos en su amor.

Antes era la cercanía familiar, la relaciones entre las personas de un mismo lugar, los que se conocían por alguna circunstancia y entraban en sintonía aunque fueran de poblaciones distintas buscaban el medio de estar en contacto, de hablar, de encontrarse; hoy con los medios que tenemos que podemos comunicarnos fácilmente con gente de cualquier parte del mundo, nos habremos encontrado con alguien con quien sintonizamos de manera especial y aunque estemos en lugares distantes estamos con el deseo de un día encontrarnos. Estamos hechos para los demás, para la relación, para el encuentro.

Me ha venido a la mente esta reflexión el contemplar la reacción de las gentes de Cafarnaún tan pronto conocieron a Jesús. Lo buscaban donde estuviera y no querían que Jesús se fuese a otros lugares. Estamos escuchando en el evangelio el inicio de la predicación de Jesús por las ciudades y las aldeas de Galilea. Ha llegado a Cafarnaún, como hemos escuchado en días anteriores, en la sinagoga curó a un hombre poseído por el mal después de haber estado enseñando a la gente, y al llegar a casa de Simón Pedro, su suegra está enferma; le piden que le imponga las manos y la mujer se puso a servirles.

Al atardecer, hemos de recordar que era un sábado cuando había ido a la sinagoga y hasta la tarde estaban obligados al descanso sabático, según se pone el sol le traen multitud de enfermos para que Jesús los cure. ‘Al ponerse el sol, nos dice el evangelista, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.

Sin embargo a la mañana siguiente temprano Jesús se fue a un descampado, un evangelista nos dirá que a orar, y la gente lo busca, y vienen los primeros discípulos a decirle que la gente lo anda buscando, no quieren que se vaya a ningún otro lugar, pero El les dice que tiene que ir por otros lugares porque en todas partes ha de anunciarse el Reino de Dios. ‘Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado’.

Hay dos aspectos que hemos de subrayar en este momento. Por una parte el hambre de Dios que aquella gente tiene; han encontrado en Jesús una palabra de vida, una palabra que les llena de esperanza; han descubierto que con Jesús su vida puede ser distinta; ahí están los signos que está realizando; no es solo que cure en enfermos o arroje los espíritus malignos de los endemoniados, es la señal de algo nuevo que va a comenzar. Lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret. Estaba lleno del Espíritu de Dios que le enviaba a anunciar la Buena Nueva a los pobres, y todos se verían liberados del mal. Era lo que ahora allí estaban palpando, y por lo que querían estar con Jesús, porque sentían que con Jesús algo nuevo comenzaba.

Y el otro aspecto que hemos de subrayar es precisamente lo anunciado en la sinagoga de Nazaret, lleno del Espíritu del Señor era enviado a anunciar el evangelio a los pobres, a todas las gentes. Era lo que Jesús quería realizar, lo que estaba significando que quiera ir a otros lugares para proclamar allí el Reino de Dios. Aunque la gente Cafarnaún quisiera tener a Jesús para ellos solos.

¿Queremos estar con Jesús? ¿Encontramos en Jesús esa palabra de vida y de esperanza que llena y transforma totalmente nuestra vida? ¿Buscamos a Jesús y no queremos separarnos de El? ¿En qué medida se convierte así de importante para nosotros Jesús, el evangelio, el Reino de Dios? Y finalmente, si así queremos sentirnos unidos con Jesús ¿estaremos siendo conscientes que de El recibimos una misión y otras partes también hemos de ir para hacer el anuncio del Reino de Dios?

jueves, 12 de mayo de 2022

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio


 

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

En las costumbres y hasta normas sociales con las que nos vivimos y relacionamos los unos con los otros tenemos una multitud de recursos, llamémosles así, en los que actuamos por la mediación de los demás o como mediación de los demás, que incluso se han traducido en normas legales que le dan como mayor autoridad y validez a esas mediaciones; gentes que actúan por poder, abogados que nos representan y hablan en nombre nuestro o defienden nuestros intereses, portavoces de grupos o de familias en diversas situaciones y así muchas cosas más en este sentido. Quien actúa como mediador o en representación no se puede atribuir papeles o poderes que superen a quien es representado, ni podrán actuar en contra o por encima de los intereses de dichas personas que representan. Así nos damos cuenta, que además hasta legalmente está establecido cual es la verdadera medida de esa representación.

Digo esto como ejemplo y me viene a la memoria al escuchar las palabras hoy de Jesús. ‘El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Primero recordemos el hecho del que parten estas palabras de Jesús. El episodio es el comienzo de la cena pascual. Jesús se ha quitado el manto, se ha ceñido la toalla y se ha puesto a lavar los pies de los sorprendidos discípulos. Y cuando termina recordándoles que le llaman el Maestro y el Señor y en realidad lo es, sin embargo ha sido capaz de arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. Y de ahí el comentario de las palabras de Jesús que hemos recordado.

En el texto que hoy se  nos ofrece en la liturgia de este día Jesús terminará diciéndonos que somos sus enviados. Quien recibe el enviado, recibe al que lo envía, y así Jesús nos dirá como estamos recibiendo a Dios. Es un nuevo y distinto sentido de mediación. No es simplemente que vayamos con unos poderes legales, como al principio comentábamos, aunque Jesús cuando envía a sus discípulos les da sus mismos poderes para anunciar la Buena Nueva, para curar enfermos y para arrojar demonios. Y es que sintiéndonos enviados de Jesús en la misión que se nos confía y que tenemos que realizar, estamos convirtiéndonos en algo más, estamos convirtiéndonos en signos de la presencia de Dios.

Esto es serio y es grandioso. Es cómo tenemos que ver nuestra misión. Es darnos cuenta de lo que nosotros tenemos que realizar en medio del mundo. Somos algo más que unos portavoces porque nuestra vida y nuestra palabra tienen que convertirse en ese signo de la presencia salvadora del Señor. Es grandiosa la misión que se nos está confiando, es de seria responsabilidad la misión que estamos asumiendo; es lo que tiene que brillar en nuestra vida. Es el cuidado también de lo que nuestra palabra tiene que pronunciar y lo que nuestras obras tienen que realizar. No nos podemos alejar del evangelio de Jesús, no nos podemos alejar del mensaje del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, nos dice Jesús. La iglesia tiene que escuchar en sí misma estas palabras de Jesús. El criado no es mayor que su amo, ni el enviado mayor del que lo envía. ¿Lo habremos tenido en cuenta siempre? ¿No nos contagiaremos del espíritu del mundo y algunas veces porque actuamos como iglesia o en nombre de la Iglesia, se nos habrán subido los humos y nos habremos creído poco menos que dioses?

Es un peligro y es una tentación. Es la tentación del poder, de la búsqueda de grandezas humanas, de querer ponernos a la altura de los poderes del mundo, y algunas veces nos hemos confundido y hemos querido quizá ser mayores que nuestro maestro.

¿No habremos querido hacer y deshacer a nuestro antojo en muchas de las cosas que llamamos pastorales y que en la Iglesia o en su nombre realizamos? ¿Habrá sido siempre la Iglesia imagen del servicio a los demás y a ejemplo de Jesús que se arrodilló ante de los discípulos para lavarles los pies? Puede haber sido nuestro gran pecado.

Tenemos que escuchar con corazón humilde, con corazón abierto la palabra de Jesús.

sábado, 1 de mayo de 2021

Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

 


Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Es igualito que se padre’, habremos dicho o habremos escuchado esa expresión alguna vez; o en referencia a la madre ‘se parece en todo a su madre’, haciendo que esa madre se sienta orgullosa y con esas palabras vea premiados sus desvelos, el amor de madre que puso en la educación de aquel hijo. Y no es que en esos parecidos nos estemos refiriendo a parecidos físicos sino que es algo mucho más hondo en lo que descubrimos esa identificación, como todos comprendemos.

Ante la petición que le hace uno de los apóstoles en la ultima cena ‘Muéstranos al Padre y eso no basta’, Jesús le responde ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, para añadir a continuación ‘yo estoy en el Padre y el Padre en mí’. Y es que no podía ser de otra manera. Jesús viene a mostrarnos el rostro de Dios y en el actuar de Jesús, en las obras de Jesús, en toda su vida estaremos siempre viendo las obras de Dios, a Dios mismos. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otro momento. Por eso había comenzado diciéndonos; ‘Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’.

‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos dice la carta a los Hebreos que fue la voluntad y fueron las palabras de Jesús en su entrada en el mundo. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, nos dirá en otro momento. Y continuamente se nos estará manifestando con el enviado del Padre que realiza las obras que el Padre quiere. Nos habla de esa unidad en una misma naturaleza divina que hay entre las tres divinas personas, el Misterio de la Trinidad de Dios. Pero vemos a lo largo del evangelio cómo Jesús busca esa unidad con el Padre, se retira a solas a orar lo vemos repetidamente y si nos enseña cómo hemos de orar nosotros llamando a Dios Padre es porque quiere que nosotros vivamos también esa unidad con Dios.  

En ese diálogo de Jesús con los apóstoles hay una queja por parte de Jesús. No han terminado de conocer a Jesús. ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?’. Grande ha sido la intimidad con que Jesús se ha manifestado con sus discípulos. Era una convivencia diaria por donde quiera que fueran. Cuando convivimos con tal intensidad justo es que lleguemos a conocernos; vamos conociendo el secreto de cada ser y de alguna manera en nuestro amor vamos cada vez más identificándonos con aquella persona amada.

Es lo que pueden decir los que se aman, los que son amigos o los que se sienten cercanos, o los que llegan a una intimidad más profunda por el amor. Aunque bien sabemos que muchas veces nos cegamos y no es ya que nos ciegue el amor sino que muchas veces son otras cosas, otros intereses que dejamos meter en medio de nuestra relación y terminamos desvirtuando ese conocimiento. Son tentaciones a las que todos estamos sometidos y que tendríamos que saber superar.

Es lo que nos pasa muchas veces en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana y al conocimiento que tendríamos que tener de Jesús. Si en verdad viviéramos nuestra unión con Jesús como de un cristiano tendría que esperarse estaríamos totalmente identificados con Jesús de manera que quien nos viera a nosotros necesariamente tendría que dirigir su corazón a Dios. Pero nos falta mucho en esa identificación con Jesús, ese nosotros hacernos uno con El.

Serán, como decíamos antes, intereses que metemos por medio en nuestra relación con El, será falta de interés por nuestra parte para llegar a tener ese conocimiento de Jesús, será ese poco cultivo espiritual que hacemos de nuestra vida y donde en consecuencia no crecemos en esa espiritualidad cristiana que tendría que sostener nuestra vida, serán nuestras superficialidades o el materialismo de la vida que nos hace encerrarnos en una visión excesivamente terrena y material de la vida. Como decíamos, son muchas las tentaciones que nos acechan y que tenemos que aprender a superar.

Cultivemos nuestra espiritualidad, busquemos la manera de vivir desde nuestra oración en esa unión íntima y profunda con Jesús, crezcamos en el conocimiento de la Palabra de Dios que sea siempre el alimento de nuestra vida y el Viático que nos acompaña. ¿Podría alguien llegar a decir de nosotros ‘igualito a Jesús’?

miércoles, 28 de abril de 2021

El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y con el mundo

 


El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y con el mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50

No nos gusta caminar a oscuras, rehuimos todo lo que sea tinieblas; gracias a Dios ya de manera habitual nuestras vías y caminos están lo suficientemente iluminados, claro que alguna ocasión nos encontramos con un fallo de energía y nuestro entorno se queda en tinieblas; qué incómodos nos sentimos, cómo buscamos remedios y soluciones para que no nos falte esa luz por donde hemos de caminar y ya hasta con algo tan elemental que casi todos llevamos al bolsillo nuestros teléfonos móviles o celulares se convierten en linternas que nos iluminen en la oscuridad.

Tenemos, es cierto, ese ansia de luz y sin ella no nos lo podemos pasar, pero quizás tengamos que preguntarnos si otra luz que necesitamos en la vida la buscamos con el mismo interés y dedicación. No queremos andar sin luz y algunas veces caminamos en tinieblas; nos falta un sentido, algo que dé valor a lo que hacemos y vivimos, algo que nos ilumine dándonos razones para vivir y para luchar, para confiar en si mismo, en los demás o en algo que desde lo profundo sea motor de nuestras vidas. Y muchas veces nos encandilamos y no buscamos la mejor luz sino la que más aparenta aunque sea fatua.

Yo creo que todo ser humano necesita esa luz en su vida, esa luz que a la larga es una sabiduría que nos hará saborear la vida de verdad, que, como decíamos, nos dé motivos y fuerzas para luchar y para darle intensidad a la vida. Es cierto que se nos puede ofrecer un abanico amplio de posibilidades pues tenemos diferentes maneras de pensar y de enfocar las cosas, y surgen las filosofías y las ideologías aunque no las podemos poner todas en el mismo rasero, recibiremos influencias de un lado y de otro porque cada uno querrá atraparnos para que sigamos su camino, en muchas ocasiones tenemos el peligro de caer en un sincretismo que todo lo mezcla y eso nos puede llevar también a la confusión y al despiste. Pero creo que es una búsqueda esencial para todo ser humano, la búsqueda de esa luz.

Nosotros los cristianos tenemos la suerte de tener a mano esa luz, porque tenemos a Cristo Jesús. Así se nos presenta en el evangelio y así nos invita a dejarnos iluminar por su luz. En sus palabras es un mensaje que se repite y diversas son las imágenes que como signos se presentan delante de nosotros a lo largo de todo el evangelio. Hoy nos lo vuelve a repetir.

‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’.

Creer en Jesús es creer en el Padre que lo ha enviado, ver a Jesús es ver y conocer a Dios. Recordamos como le insistían los discípulos en el discurso de la última cena que le mostrara al Padre, que eso les bastaba. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, le replica Jesús. ‘Nadie va al Padre, sino por mí’. El camino para el encuentro con Dios, el camino único y certero de vivir la vida de Dios. ‘El que me ve a mí, ve al que me ha enviado’, que nos dice hoy.

‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’, nos ha seguido diciendo. Como nos dirá en otro momento ‘Yo soy la luz del mundo’. Es la luz que nos ilumina y nos hace salir de las tinieblas, ‘no quedará en tinieblas’.  Es la luz que se convierte en el sentido verdadero de la vida. Es la luz que nos conduce a la plenitud. Es la luz que es la sabiduría de nuestra vida. Es la luz que nos da profanidad y sentido a todo. Es la luz que nos conduce a Dios.

Tenemos esa luz y aun seguimos en tinieblas porque no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra fe; nos contentamos con una fe superficial, sin conocimiento y profundización de verdad del sentido de la fe; la ponemos como una etiqueta pero sin que de verdad el producto que es nuestra vida se haya deja transformar por esa fe. De una vez por todas tenemos que decidirnos a cultivar a fondo nuestra fe; necesitamos leer más y meditar el evangelio, no dándonoslo por sabido como tantas veces hacemos; necesitamos crecer en nuestra espiritualidad porque desde lo hondo de nosotros mismos con la fuerza y la influencia del Espíritu del Señor crezcamos en esa unión con Dios.

El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y a la tarea que tenemos que realizar en medio del mundo.

jueves, 7 de mayo de 2020

Mensajeros del evangelio, enviados de Jesús con la misión del anuncio del Reino de Dios, no para anunciarse a si mismos, sino para ser fieles a la misión de quien los envía


Mensajeros del evangelio, enviados de Jesús con la misión del anuncio del Reino de Dios, no para anunciarse a si mismos, sino para ser fieles a la misión de quien los envía

Hechos 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20
En la vida social, política, económica o administrativa es normal el actuar para determinadas acciones que haya que realizar a través de unos representantes que en nombre de quien representan – valga la redundancia – actúan con todos los poderes que han recibido de quien los envía para poder actuar en su nombre. Mientras no le es revocado dicho poder, en muchos casos notarial, actúan en nombre de sus representantes con todos sus poderes. No actúan por si mismos o según su particular criterio sino conforme a quien los envía, pues actúan en su nombre y no en nombre propio. Son los representantes del pueblo en un parlamento y en un gobierno, son los que reciben un acta notarial de poder para realizar determinadas acciones administrativas, son los embajadores que en nombre del gobierno de su estado actúan como sus representantes ante otros gobiernos o entidades de diversa índole.
Me hago esta previa introducción a nuestra reflexión en torno al evangelio para intentar comprender todo el alcance y sentido que tienen las palabras de Jesús a sus discípulos. Los considera sus enviados; ese es también el sentido de la palabra apóstol, el enviado, que en nombre Jesús tiene la misión de anunciar el evangelio. No actuamos en nombre propio, no somos los protagonistas, actuamos en el nombre de Jesús y con el mensaje de Jesús pues somos sus enviados. De eso es de lo que nos está hablando Jesús en el texto que hoy escuchamos.
Esto nos tiene que hacer pensar en la solemnidad y en la responsabilidad de fidelidad que he de tener el anuncio del evangelio por parte de quienes de manera especial tienen esta misión. Con el texto del evangelio estamos pensando en los apóstoles, y con ello quienes como sucesores de aquellos apóstoles tienen también esa misión dentro de la Iglesia.
Responsabilidad de fidelidad por parte de quien tiene que hacer el anuncio del evangelio, pero también de lealtad y de escucha fiel por parte de todos aquellos a los que se  nos hace el anuncio del evangelio. Con qué seguridad han de hacer ese anuncio, y la seguridad no la tienen por si mismos porque se sientan como poseedores de ese mensaje sino por cuanto como enviados tienen la certeza de la asistencia del Espíritu de Jesús para hacer tal anuncio. Saben que no están actuando solos y por si mismos sino con la fuerza y la misión que han recibido del Señor. Es una exigencia para si mismos para que no se anuncien a si mismos, sino que sean fieles al mensaje del evangelio; no son sus ocurrencias e interpretaciones particulares lo que tienen que anunciar sino el mensaje del evangelio de Jesús. Mal servicio le hacen al evangelio cuando solo anuncian esas ocurrencias más o menos en ocasiones gracias del momento.
Con qué respeto tenemos que escuchar ese anuncio, con qué sinceridad hemos de tener esos oídos atentos y abiertos para recibir con fidelidad el mensaje, con qué disponibilidad y apertura del espíritu hemos de ir al encuentro con la palabra del Señor que se nos anuncia. Qué buena tierra bien preparada hemos de procurar ser para que caiga esa semilla en nosotros y pueda dar fruto. Qué fe hemos de tener que nos da la seguridad de que quien nos hace ese anuncio es un mensaje del Evangelio, un enviado del Señor.
Pero al mismo tiempo tenemos que hacernos otra consideración. Esa misión del anuncio del mensaje del Evangelio no está reservada solo para unos determinados mensajeros – aunque en la Iglesia tengamos unos ministros sagrados que han recibido esa especial misión – sino que es misión de todo cristiano. Todo cristiano tiene que ser con el testimonio de su vida, pero también con el anuncio de su palabra un mensajero del evangelio, alguien que se siente también enviado del Señor con esa misión de ser testigo, de dar testimonio ante el mundo que le rodea. Nos tenemos que sentir también los enviados del Señor, los mensajeros del evangelio.

jueves, 23 de abril de 2020

Escuchemos a quien viene del Padre y nos habla las palabras del Padre y creyendo en Jesús en El tendremos vida eterna


Escuchemos a quien viene del Padre y nos habla las palabras del Padre y creyendo en Jesús en El tendremos vida eterna

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
Cuando hablamos largamente con otras personas pronto nos daremos cuenta de cuáles son sus intereses y los valores de su vida. Las palabras expresan nuestro pensamiento, nuestro yo más profundo aunque quizá incluso tratemos de disimular; pero aquello que son nuestros valores, nuestros principios, las cosas que para nosotros son importantes pronto se van a ver reflejados en nuestras palabras y en nuestra conversación.
Por supuesto que en la vida hablamos de todo y es variada nuestra conversación porque saldrán temas de actualidad, cosas de interés común, lo que son las preocupaciones de la gente, pero en la manera de enfocarlo estamos dejando entrever lo que verdaderamente llevamos por dentro. Algunas veces uno se siente insatisfecho en la conversación de la gente porque parece que no tienen tema de conversación o sus intereses son realmente superficiales. Como solemos decir muchas veces hay gente que no saber hablar sino de fútbol y, por qué no lo vamos a decir así también, de sexo. Es una lástima el vacío que muchas veces llevamos por dentro que manifiesta nuestra poca hondura, la superficialidad con que nos tomamos la vida.
Me hago esta reflexión en principio que creo que nos viene bien porque necesitamos darle hondura a nuestra vida, y lo  hago a partir de lo que hoy nos dice el evangelio. ‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio…’ Algunos es cierto que no sabemos hablar sino de las cosas de la tierra. Pero nos está señalando de qué nos habla Jesús, cual es su testimonio. ‘Viene del cielo y está por encima de todo’, nos dice. Viene de Dios y nos habla las cosas de Dios.
Ya nos lo expresa Jesús en otros momentos del evangelio cuando nos habla de que El es el enviado del Padre y lo que hace es hacer su voluntad, manifestar lo que es la voluntad de Dios. Viene de Dios y nos habla de Dios. ¿Quién puede hacerlo mejor? ‘De lo que ha visto y oído da testimonio…’ nos dice. ‘El que envió Dios, habla palabras de Dios…’ nos dice. Por eso su gran revelación es hablarnos del amor de Dios, decirnos que Dios es nuestro Padre y nuestro Padre providente que cuida de nosotros, tanto que nos ha entregado a su propio Hijo, y así nos enseña a llamar Padre a Dios. Cuando nos enseña a orar nos dirá, ‘Vosotros decid así: Padre nuestro que está en el cielo…’
¿Qué nos queda a nosotros? Poner nuestra fe en Jesús. Porque ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Es el que se entregó por nosotros para que nosotros tuviéramos vida. Es la manifestación del amor de Dios cuya prueba palpable es Jesús. El que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia.
A lo largo de todo el evangelio se nos irá repitiendo esa invitación a poner toda nuestra fe en Jesús, porque escuchando sus palabras y cumpliendo sus mandamientos tenemos vida eterna. Porque comiéndole a El nos resucitará en el último día. Porque quien cree en Jesús no morirá para siempre, porque Jesús es Resurrección y Vida. Porque El es la luz verdadera que viene a iluminarnos para que tengamos la luz de la vida. Así podríamos recordar muchos otros momentos del evangelio.
Escuchemos a Jesús y conoceremos a Dios; escuchemos a Jesús y nos llenaremos de vida eterna. Escuchemos a Jesús y en El vamos a tener la salvación eterna porque El nos resucitará en el último día.

viernes, 5 de abril de 2019

No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios


No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios

Sabiduría 2, 1.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
En la medida en que nos  vamos acercando a la semana de Pasión y a la Pascua el evangelio de cada día – estamos leyendo a san Juan – nos va presentando la oposición que Jesús va encontrando sobre todo en Jerusalén a su persona y a su mensaje; surgen diatribas y enfrentamientos dialécticos entre los judíos y Jesús; cuando el evangelio de Juan emplea la palabra judíos, no se refiere al pueblo en general, sino sobre todo a sus dirigentes, los sumos sacerdotes y el sanedrín compuesto principalmente por fariseos y saduceos, y por los escribas y maestros de la ley. Quieren quitar de en medio a Jesús.
Por eso los detalles que  hoy nos ofrece el evangelio con ocasión de la fiesta de las Tiendas en la que muchos de todas partes subían a Jerusalén; en principio no encuentran a Jesús, que había decidido  no ir, precisamente por ese malestar que se palpaba en la ciudad, porque todos sabían que sus dirigentes no querían a Jesús, aunque finalmente Jesús sube a la fiesta aunque sin hacerse mucho presente. Sin embargo algunos lo reconocen, y se preguntan si acaso ya sus dirigentes han terminado de aceptar que Jesús es el Mesías. Aun permanecía la duda en muchos, porque a Jesús lo conocían como el Galileo, y sin embargo del Mesías pensaban que no sabrían de donde procedía; siempre a la expectativa de cosas milagrosas y extraordinarias.
‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Es la afirmación rotunda que Jesús hace de si mismo. Nos hace recordar lo que ya antes habíamos escuchado en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo’. Jesús es el enviado de Dios Padre; Jesús es la manifestación grandiosa del amor que Dios Padre nos tiene.
Por eso ya nos había dicho que creer en El, era creer en el que lo había enviado; que quien cree en El ya tiene en si la vida eterna. En otros momentos nos hablará de la unión intima y profunda que significa creer en Jesús. No son solo palabras, sino que es vida. Por eso nos invitará a que le comamos para que tengamos vida para siempre, porque ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna… yo lo resucitaré en el ultimo día’.
Es maravilloso lo que significa nuestra fe en Jesús. No se trata simplemente de hacer cosas y de hacer cosas buenas; es cuestión de vida, de vivirle a El, de vivir su misma vida. A eso nos invita y nos llama. Eso es lo que nos ofrece. Por eso quiere inundarnos de su Espíritu, para que podamos tener su misma vida.
Muchas son las cosas que tenemos que cambiar en nuestra propia mente. Es una nueva visión, un nuevo sentido, un nuevo vivir. Por eso desde el principio nos ha hablado de conversión; y conversión es darle la vuelta a la vida; no es simplemente hacer unos arreglitos en algunas cositas que tendríamos que cambiar o mejorar, es darle la vuelta a la vida, porque es nuevo vivir, es una nueva vida la que ha de haber en nosotros.
Claro que eso nos cuesta, nos descoloca, podríamos decir. Es lo que le pasaba a los judíos que no querían entender todo el alcance de las palabras de Jesús. Vivian tan cómodos en su vivir, que dejarse transformar era algo que les parecía imposible, porque ellos querían seguir con sus cosas, con sus ansias, con sus ambiciones, con sus brillos de poder, con su vanidad. Y cambiarlo todo para vivir como Jesús en un estado de servicio constante, era mucho pedir.
Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos llenamos de miedo, que miramos hacia atrás y no queremos dejar nada de lo que vivíamos o de los que teníamos, y nos resistimos. No nos extrañe la actitud de los judíos, de los fariseos, de los sumos sacerdotes y de los principales del pueblo, porque a nosotros nos sucede igual y muchas veces queremos quedarnos en pequeños arreglitos, y lo que nos pide Jesús es una nueva viva, es vivir su vida, es vivirle a El. No pongamos tanta resistencia.