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jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 


Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Hay momentos en los que tenemos que tomar partido y hay que decantarse en un sentido o en otro; no siempre es fácil, porque tenemos miedos e inseguridades en nuestro interior, porque nos cuesta entender que tomar una decisión nos lleva a arrostrar las consecuencias, porque algunas veces parece que preferimos nadar entre dos aguas, como suele decirse, porque sabemos que según la decisión que tomemos habrá quienes quizás nos alaben pero habrá muchos que estarán en contra; hoy hablamos de decisiones, posturas, actitudes que no son siempre políticamente correctas, porque quizás nos llevaría a enfrentarnos a unas mayorías, o al menos más bulliciosas, que son de opinión distinta a lo que nosotros podamos opinar.

Nos pasan cosas así cuando tenemos que dar opinión sobre una situación social, por ejemplo, cuando tenemos que decantarnos por una posición llamémosla ideológica, cuando queremos actuar según unos principios, cuando tenemos que ponernos al lado de seres indefensos, por ejemplo, a los que tendríamos que defender frente a jaurías que ladran en contra. Y esto nos cuesta cuando tenemos que presentar la fe que tenemos y que es el aliento de nuestra vida; en un mundo de increencia, que se manifiesta laico y contrario a todo sentimiento religioso, cuando nos dicen que eso de la fe y de la religión es algo privado y no tiene que tener ninguna manifestación pública… muchos momentos que vivimos y nos cuesta dar la cara.

Nos hace falta una fe valiente; nos hace falta tener arrojo en nuestro interior para manifestar públicamente nuestra fe y dar testimonio de ella con una vida que obra en consecuencia. Tenemos que saber arrostrar todas las consecuencias, aunque quizás nos hagan pasar por momentos malos. ¿Dónde encontrar esa fuerza interior? ¿Dónde apoyarnos para sentirnos verdaderamente valientes y demos la cara por aquella fe que tenemos?

Diría, por así decirlo, una sola palabra, una actitud: miremos a Jesús. En el evangelio hemos venido escuchando cómo Jesús según sube a Jerusalén para aquella pascua le va anunciando a los discípulos todo lo que va a suceder aunque ellos no terminen de entender. Hay un momento en el evangelio que parece que Jesús va deprisa en su subida, va delante de sus discípulos y sin hacer parada, por así decirlo. Jesús sabe a lo que sube a Jerusalén, el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los gentiles, como les repite tantas veces.

Ahora en estos días que nos restan para la celebración de la pasión y muerte del Señor, para celebrar su Pascua y resurrección iremos escuchando el relato de lo que fueron aquellos días en Jerusalén. Jesús se está manifestando claramente como el Hijo de Dios, que ha venido con una misión y que El no realiza ninguna otra cosa sino la obra que el Padre le encomendó. En el Evangelio de san Juan, que es el que principalmente iremos escuchando, se emplea la expresión los judíos, en esa referencia sobre todo a aquellos que se oponían a su misión y se enfrentaban a Jesús y que son los que le llevarían a la muerte.

Hoy ya le hemos escuchado cómo si creemos en El tendremos vida para siempre porque estamos llamados a la resurrección. ‘En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán… No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio…’

Pero nos dice también: ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

Sí, estamos llamados a pasar de la muerte a la vida, estamos llamados a la Pascua. Lo vamos a vivir y celebrar intensamente en las celebraciones pascuales de los próximos días, pero es algo que tiene que ser siempre el centro de nuestra vida.  No importa que no seamos comprendidos, no importa que el mundo vaya por otros derroteros y hasta muchas veces muchos cercanos a nosotros que se dicen cristianos y tener fe, pero que no acaban de comprender de verdad el sentido de la Pascua que vamos a celebrar, y o se quedan en cosas superficiales o se olvidan de lo que significan para los creyentes estos días y se van por otros derroteros.

Es ahí, en ese mundo, donde tenemos que dar la cara y actuar con valentía en el testimonio de fe que tenemos que dar. Es ahí donde tenemos que decantarnos valientemente y sin ningún temor. Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos.

sábado, 13 de abril de 2019

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, se preguntaban los principales entre los judíos de Jerusalén viendo cómo se iba desarrollando la actividad de Jesús y cómo era mucha la gente que le seguía. Han llegado noticias de lo sucedido en Betania con la resurrección de Lázaro y eran muchos los que seguían a Jesús.
Siempre desde sus particulares intereses de los posicionamientos y lugares de privilegio que tenían, con una visión interesada, partidista y en cierto modo político veían peligrar  su status. Reunidos en el Sanedrín andan discutiendo lo que tienen que hacer y es cuando el Sumo Sacerdote pronuncia aquella frase que se convierte en profética. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Y toman la decisión de eliminar a Jesús de la manera que sea. Nada se va a interponer a su decisión.
Como se acercaba la Pascua y ya iban subiendo muchos judíos venidos de todas partes, que adelantaban su llegada para realizar las necesarias purificaciones para poder participar en la cena pascual, se preguntaban si Jesús subiría o no a la fiesta de la Pascua. Jesús se había retirado más allá del Jordán, en las cercanías del desierto, esperando la ocasión de subir también El a Jerusalén.
Esa era la situación en aquellos momentos y que el evangelio en la liturgia de este sábado víspera del domingo de ramos nos presenta. Pero creo que ambas cosas pueden y deben darnos pie para una reflexión necesaria e importante que nos hagamos nosotros también en estas vísperas de la semana santa.
¿Qué vamos a hacer?, nos preguntamos nosotros también. Claro que esa pregunta tenemos que hacérnosla muy dentro de nosotros mismos. En nuestro entorno hay mucha gente que se la hace pero desde otros parámetros, porque quizá en estos días solo ven una ocasión de unas vacaciones o de un descanso. Se mantiene la expresión de semana santa, pero quizá en lo menos que se piensa es en el hecho religioso. Las procesiones se hacen kilométricas pero en nuestras carreteras o medios de transporte y comunicación para acercarnos a aquellos lugares de descanso y vacaciones a los que dedican estos días.
Por supuesto no está reñido el necesario descanso de nuestras actividades con una vivencia religiosa y cristiana, y es cierto que muchos se acercan, al menos en ocasiones como espectadores, al hecho religioso que vivimos en estos días. Va desde la presencia en las procesiones y manifestaciones externas de nuestra fe para los creyentes, o también nos encontraremos con personas que aunque no sea en su lugar habitual de residencia se acercan a los templos para participar y vivir las celebraciones de estos días.
Pero la pregunta sigue ahí latente, ‘¿qué vamos a hacer?’, porque para un cristiano comprometido con su fe y su seguimiento de Jesús estos momentos son muy importantes porque centralizan todo el misterio de Cristo. Es la Pascua del Señor lo que vamos a celebrar y a lo que tenemos que disponernos. No es una cosa trivial y que podamos vivir superficialmente, sino que estamos centrándonos en lo que es el meollo de nuestra fe, la pasión, muerte y resurrección del Señor.
No podemos perderlo de vista. Es Cristo Jesús que murió para nuestra salvación, uno tiene que morir por todo el pueblo, que había dicho el sumo sacerdote. Celebramos el misterio central de nuestra fe, la muerte y la resurrección del Señor. Aquel día de gracia anunciado por el profeta y que Jesús recordaba en la sinagoga de Nazaret ha llegado a su culminación y es lo que celebramos y tenemos que vivir. Y es a eso a donde vamos, a vivir no simplemente a asistir.
¿Estaremos dispuestos a vivir? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos. Por eso recordamos aquella imagen que también el evangelio de hoy nos ofrece de los que subían a la ciudad santa para purificarse para la pascua. ¿Qué purificación estamos dispuestos nosotros a realizar? Tenemos que pensar en la gracia de los sacramentos.

Por eso una última pregunta ¿en qué se quedará la semana santa para nosotros?

viernes, 5 de abril de 2019

No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios


No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios

Sabiduría 2, 1.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
En la medida en que nos  vamos acercando a la semana de Pasión y a la Pascua el evangelio de cada día – estamos leyendo a san Juan – nos va presentando la oposición que Jesús va encontrando sobre todo en Jerusalén a su persona y a su mensaje; surgen diatribas y enfrentamientos dialécticos entre los judíos y Jesús; cuando el evangelio de Juan emplea la palabra judíos, no se refiere al pueblo en general, sino sobre todo a sus dirigentes, los sumos sacerdotes y el sanedrín compuesto principalmente por fariseos y saduceos, y por los escribas y maestros de la ley. Quieren quitar de en medio a Jesús.
Por eso los detalles que  hoy nos ofrece el evangelio con ocasión de la fiesta de las Tiendas en la que muchos de todas partes subían a Jerusalén; en principio no encuentran a Jesús, que había decidido  no ir, precisamente por ese malestar que se palpaba en la ciudad, porque todos sabían que sus dirigentes no querían a Jesús, aunque finalmente Jesús sube a la fiesta aunque sin hacerse mucho presente. Sin embargo algunos lo reconocen, y se preguntan si acaso ya sus dirigentes han terminado de aceptar que Jesús es el Mesías. Aun permanecía la duda en muchos, porque a Jesús lo conocían como el Galileo, y sin embargo del Mesías pensaban que no sabrían de donde procedía; siempre a la expectativa de cosas milagrosas y extraordinarias.
‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Es la afirmación rotunda que Jesús hace de si mismo. Nos hace recordar lo que ya antes habíamos escuchado en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo’. Jesús es el enviado de Dios Padre; Jesús es la manifestación grandiosa del amor que Dios Padre nos tiene.
Por eso ya nos había dicho que creer en El, era creer en el que lo había enviado; que quien cree en El ya tiene en si la vida eterna. En otros momentos nos hablará de la unión intima y profunda que significa creer en Jesús. No son solo palabras, sino que es vida. Por eso nos invitará a que le comamos para que tengamos vida para siempre, porque ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna… yo lo resucitaré en el ultimo día’.
Es maravilloso lo que significa nuestra fe en Jesús. No se trata simplemente de hacer cosas y de hacer cosas buenas; es cuestión de vida, de vivirle a El, de vivir su misma vida. A eso nos invita y nos llama. Eso es lo que nos ofrece. Por eso quiere inundarnos de su Espíritu, para que podamos tener su misma vida.
Muchas son las cosas que tenemos que cambiar en nuestra propia mente. Es una nueva visión, un nuevo sentido, un nuevo vivir. Por eso desde el principio nos ha hablado de conversión; y conversión es darle la vuelta a la vida; no es simplemente hacer unos arreglitos en algunas cositas que tendríamos que cambiar o mejorar, es darle la vuelta a la vida, porque es nuevo vivir, es una nueva vida la que ha de haber en nosotros.
Claro que eso nos cuesta, nos descoloca, podríamos decir. Es lo que le pasaba a los judíos que no querían entender todo el alcance de las palabras de Jesús. Vivian tan cómodos en su vivir, que dejarse transformar era algo que les parecía imposible, porque ellos querían seguir con sus cosas, con sus ansias, con sus ambiciones, con sus brillos de poder, con su vanidad. Y cambiarlo todo para vivir como Jesús en un estado de servicio constante, era mucho pedir.
Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos llenamos de miedo, que miramos hacia atrás y no queremos dejar nada de lo que vivíamos o de los que teníamos, y nos resistimos. No nos extrañe la actitud de los judíos, de los fariseos, de los sumos sacerdotes y de los principales del pueblo, porque a nosotros nos sucede igual y muchas veces queremos quedarnos en pequeños arreglitos, y lo que nos pide Jesús es una nueva viva, es vivir su vida, es vivirle a El. No pongamos tanta resistencia.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Jeremías 31,1-7; Sal.:  Jr. 31,10-13; Mateo 15,21-28

‘¡Ten compasión de mí, Señor, hijo de David…!’ grita una mujer cananea detrás de Jesús. Está fuera del territorio de Israel, se ha ido más al norte, a territorios de Fenicia, en la zona de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, no judía ni de religión judía, que se ha enterado de la presencia de Jesús y hasta donde había llegado su fama, va detrás de Jesús gritando con insistencia. Hasta los discípulos que acompañan a Jesús interceden, quizá por quitarse de encima las molestias de aquellos gritos.
Parece que Jesús les sigue la corriente a lo que en su interior quizá pensaban los discípulos como buenos judíos con la respuesta que da, pues para los judíos la salvación era solo para ellos. Quien no fuera judío no pertenecía al pueblo de Dios y no merecería esa salvación. Pero la fe de aquella mujer es grande, porque se postra ante Jesús, no le importan las humillaciones que pueda sufrir si al menos una migaja de compasión llega a ella y se le cura su hija.
Jesús sentirá admiración por la fe y la humildad de aquella mujer. Lo que ha pedido se le ha concedido, su hija se ha curado, pero es mucho lo que ha llegado a aquella casa, a aquellos corazones. Aquella mujer era cananea y merece la alabanza de su Jesús por su fe. Nos recuerda otra alabanza a la fe de alguien por parte de Jesús; fue al centurión, también un pagano, y Jesús decía que no había encontrado en nadie en todo Israel tanta fe como en aquel hombre.
A la hora de sacar enseñanzas para nuestra vida pensamos en nuestra fe y en nuestra humildad; ojalá fuese al menos como unas migajas de la fe aquellas personas. Nos hace preguntarnos por nuestra fe, por nuestra oración, por nuestra confianza. Pero creo que puede hacernos pensar en mucho más.
Cuántas veces discriminamos también en este ámbito de la fe y hacemos juicios sobre la fe de los demás; desconfiamos de la fe de los otros, nos parece que ‘esos’ qué fe van a tener;  y en ‘esos’ podemos poner tantos nombres y situaciones, que si son unos incultos, que esos pobrecitos no saben nada y qué fe van a tener, que si esos no son de los que vienen a la iglesia habitualmente; y podemos llegar a más porque discriminamos, juzgamos y hasta nos atrevemos a hacer nuestros juicios de valor sobre la fe de las personas que son de otra religión, que son de otro país, que son de una determinada condición o raza. Y Jesús en el evangelio alaba la fe de una cananea y de un centurión romano, ambos paganos y no de religión judía. Y nosotros nos creemos los mejores y con la ‘unica’ fe verdadera.
Claro que podemos ampliar mucho más nuestra reflexión a todo un ámbito social donde también hacemos nuestras discriminaciones. Esa ‘cananea’ puede significar el refugio, el inmigrante, el que viene de otro país, el que de es de otra raza, tantos otros a los que miramos sobre el hombro, con los que no nos queremos mezclar ni relacionar, a los que tanta desconfianza tenemos. Y aquí cada uno mire en su derredor y mírese a si mismo para ver con sinceridad cual es el trato que le damos a tantos ‘desconocidos’ que se acercan a nosotros pidiendo quizá una ayuda, o queriendo entrar en relación con nosotros. Cada uno examínese a si mismo con total sinceridad.

lunes, 11 de abril de 2016

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Hechos 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. Fueron en busca de Jesús. Cuando lo encuentren Jesús les hará pensar en cuales serían las buenas razones para buscarle.
La búsqueda es algo connatural a la vida de todo ser humano, de todo ser viviente, podríamos decir también. Buscamos porque queremos conocer, queremos saber, queremos tener. Buscamos y no solo lo material, sino que en nuestra búsqueda nos interrogamos sobre nosotros mismos, buscamos el sentido y el valor de lo que somos, de lo que vivimos, de adonde vamos, las metas o los ideales de la vida por lo que luchamos. Y en esa búsqueda queremos siempre algo mejor. Forma parte del crecimiento de la persona y yo me atrevería a decir que cuando ya no deseamos nada, nada buscamos o nada queremos, de alguna manera dejamos de vivir, porque parecería que ya la vida no tiene sentido.
¿Qué buscamos nosotros en la vida? ¿Buscaremos en verdad algo que nos dé sentido, que nos llene de plenitud, que dé trascendencia a nuestra vida? ¿Acaso nos contentamos solo con lo material, lo terreno, lo inmediato? ¿Nos habremos cansado y ya no tenemos deseos de buscar? Creo que seria interesante hacernos preguntas así para descubrir la intensidad con que estamos viviendo nuestra vida.
La gente que había comido pan hasta saciarse allá en el descampado ahora viene a buscar a Jesús a Cafarnaún. ‘Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.  ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Solo lo buscaban porque con el milagro habían comido pan? ¿Serían capaces de ver lo que aquel signo significaba? Es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. Y ya les anuncia que busquen algo que en verdad les dé plenitud a sus vidas. ‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’.
Es lo que tenemos que saber buscar en la vida, lo que en verdad llene plenamente  nuestra vida, lo que nos haga encontrar un sentido y una fuerza. Muchas veces en la vida nos quedamos en cosas inmediatas, en cosas que nos den una pronta satisfacción pero luego nos quedamos vacíos y sin nada por dentro. Cuando busquemos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que significa en verdad su salvación. Eso que va a ser el verdadero motor de nuestra vida; eso que nos llenará de luz y de sentido.
Tenemos que buscar a Jesús, querer conocerle, escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos para que así vayamos encontrando esas respuestas que El va dando a esos interrogantes profundos que tengamos en nuestra vida. Que cada día haya un encuentro verdaderamente vivo con El y nos llenemos de su vida y de su plenitud. Como nos termina diciendo hoy ante las preguntas de los judíos: ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’. Pongamos en verdad nuestra fe en Jesús porque El nos llevará por caminos de plenitud.

domingo, 2 de agosto de 2015

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35
Buscaban a Jesús. ‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ Al no encontrarlo allá donde en la tarde anterior había realizado aquel gran signo de la multiplicación de los panes, habían buscado modo en la mañana de llegar a Cafarnaún. Y aquí se lo encuentran. Y es entonces, la pregunta.
Buscamos a Jesús. ¿Habremos visto nosotros también signos de algo? ¿hay inquietud en nuestro corazón? ¿hay algo que nos ha llamado la atención y nos preguntamos del por qué de las cosas? ¿hay quizá ansias de trascendencia en nuestro corazón? También tenemos que preguntarnos por qué buscamos a Jesús. Ahora mismo estás leyendo esta reflexión. Has ido tantas veces a la Iglesia, o vas a misa todos los domingos o en algunas ocasiones. Hay algo quizá en tu interior que te llama, te hace buscar, te hace hacerte preguntas. ¿Buscamos a Jesús? ¿por qué lo buscamos?
Cuando aquellas gentes de Cafarnaún le están preguntando a Jesús como ha llegado hasta allí porque ellos no le habían visto marcharse, pero luego no lo encontraban, Jesús quiere hacerles pensar, hacer que se pregunten también por qué lo buscan. ¿Sólo por el milagro del que fueron beneficiarios en la tarde anterior? ¿solo porque les curaba a los enfermos? ¿o había alguna otra inquietud en su corazón?
‘Os lo aseguro, les dice, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. Algo mucho más hondo tenemos que buscar, aunque algunas veces no sepamos bien lo que estamos buscando. No nos podemos quedar en nuestra relación con Dios en ese milagro fácil que nos resuelva nuestros problemas materiales. Es cierto que también en eso tenemos que acudir al Señor. Pero es algo mucho más hondo lo que El quiere darnos, lo que tenemos que buscar en El.
‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre…’ Tenemos que buscar lo que verdaderamente es importante; tenemos que buscar lo que en verdad dé mayor plenitud a nuestra vida, lo que realmente nos haga crecer, lo que verdaderamente nos haga más humanos y más divinos a la vez. Hay valores que son importantes y que no son cosas que podamos palpar con nuestras manos, pero son cosas que nos hacen mejores, que nos hacen encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos y a toda nuestra vida.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Dónde podemos encontrar todo eso?  Es lo que la gente le está preguntando a Jesús. En cierto modo aunque les cueste entender se están dando cuenta de que es algo más lo que tienen que buscar. Piensan quizá en obras, en cosas materiales, pero Jesús les irá ayudando a que den pasos. ‘¿Y qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?’, se preguntan y preguntan a Jesús.
De entrada es querer dejarnos guiar; no vamos a ser nosotros solos, por nuestra cuenta lo que vamos a encontrarlo. Es la confianza y la fe que hemos de poner en Jesús, en su palabra. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que El ha enviado’. Creer en Jesús. Aunque han visto sus milagros, como sucederá tantas veces a lo largo del evangelio, todavía siguen pidiendo más pruebas. Seguimos pidiendo pruebas, no terminamos de convencernos, no terminamos de abrir los ojos, o de abrir el corazón. Ellos les recuerdan que Moisés en quien habían confiado sus padres cuando salieron de Egipto - aunque también les costó bastante confiar en Moisés - les había dado milagrosamente el maná, el pan del cielo. Y es lo que ahora le recuerdan a Jesús.
Les está ahora descubriendo Jesús que allí hay alguien mayor que Moisés. Es cierto que Moisés en la misión que Dios le había encomendado les había sacado de Egipto y allá en el Sinaí les dio la ley del Señor. Verdadero constructor del pueblo de Dios podemos decir que fue la misión de Moisés. No solo los condujo por el desierto, los liberó de Egipto o los hizo pasar el mar Rojo sino que fue haciéndolos pueblo, haciéndolos comunidad, ayudándoles a descubrir los designios de Dios, la voluntad del Señor.
Pero ahora en medio de ellos está el que viene en nombre del Señor, el Verbo de Dios encarnado que viene a descubrirnos el más profundo rostro de Dios y el verdadero y más profundo sentido del hombre. No son solo unos milagros lo que Jesús viene a hacer; los milagros son signos de lo más profundo que Dios quiere hacer en el corazón del hombre. Jesús viene como Palabra de Dios, como revelación de Dios y en Jesús vamos a encontrar ese verdadero y más profundo sentido del hombre y de la vida.
Ese alimento que Jesús quiere darnos, en ese pan bajado del cielo, es El mismo, porque El es la Sabiduría de Dios, la Revelación de Dios, la Palabra de Dios que se ha encarnado y se ha hecho Emmanuel, se ha hecho Dios con nosotros. Con nosotros está y con nosotros camina, a nosotros nos muestra el amor de Dios y a nosotros nos enseña a amar con ese mismo amor de Dios. Y, ¿cómo podemos hacerlo? Llenándonos de la vida de Jesús, por eso hoy nos dirá -y es principio de lo que seguiremos escuchando en los próximos domingos - que El es ‘el Pan de vida; quien viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará sed’. Ese pan es la Sabiduría de Dios, es el Verbo de Dios, es la Vida de Dios.
Busquemos a Jesús. Sigamos buscando a Jesús. Sigamos queriendo vivir a Jesús.

sábado, 5 de mayo de 2012


Luz de los pueblos desde nuestra unión con el Señor realizando sus mismas obras

Hechos, 13, 44-52; Sal. 97; Jn. 14, 7-14
‘Yo te haré luz de los gentiles, para que seas la salvación hasta los extremos de la tierra’. Es lo que recuerda el apóstol ante el rechazo que en la sinagoga de Antioquía se tiene contra la Buena Nueva que anuncia Pablo. Desde ahora no sólo se va a anunciar el evangelio a los judíos y en las sinagogas sino que será Buena Nueva para todos los pueblos. Hasta entonces la predicación de los apóstoles comenzaba haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio a los judíos y en las sinagogas.
Nos recuerda lo que el Señor le decía a Ananías en referencia a Saulo cuando la conversión en el camino de Damasco. ‘Este hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre’. Un instrumento elegido por el Señor para dar a conocer el nombre de Jesús, para llevar el mensaje de salvación a todos los pueblos. Pablo será el apóstol de los gentiles y recorrerá el mundo anunciando el evangelio de Jesús.
Estamos viendo también cómo junto a momentos de entusiasmo donde muchos aceptan el evangelio se suceden momentos de dificultad, de oposición y de persecución. Al final Pablo y Bernabé tendrán que marchar de Antioquía de Pisidia por la oposición que le hacen los principales entre los judíos y marchará a Iconio. Más tarde volverá por allí, ya lo escucharemos. Pero la decisión de Pablo motivará la alegría de los gentiles que habían abrazado la fe. ‘Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor… y los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo’. ¿Será así nuestra alegría por el don de la fe y nuestra alabanza al Señor por la Palabra que se nos proclama?
En el evangelio estamos escuchando un texto que ya esta semana hemos tenido ocasión de escucharlo y meditarlo en la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago; ayer escuchamos también una parte de dicho texto. Pero la riqueza de la Palabra del Señor nos ayuda a seguir encontrando un mensaje rico y hermoso para nuestra vida. La gracia que nos trae la Palabra del Señor no se agota nunca.
Cuando los discípulos le manifiestan su deseo de conocer al Padre del que Jesús tanto les habla les enseña cómo conociendo a Jesús podremos conocer a Dios. Es Jesús el camino cierto que nos lleva hasta Dios. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, les dice. ‘Yo estoy en el Padre y el Padre en mí’, les enseña; ‘si no, creed a las obras… el que cree en mí también hará las obras que yo hago y aún mayores’.
Es impresionante lo que nos está diciendo Jesús. La unión de Jesús con el Padre, que se manifiesta en las obras que realiza, que son las obras del Padre, ha de ser también la unión que nosotros hemos de tener con Jesús desde nuestra fe en El y de la misma manera entonces nosotros hemos de hacer las obras de Jesús. Unirnos a Jesús, ser una cosa con Jesús es nuestra tarea; es a lo que nos tiene que llevar nuestra fe en El. Porque la fe que tenemos en Jesús no es como un adorno externo, sino que tendrá que traducirse en esa unión profunda con Cristo que nos tiene que llevar necesariamente a la santidad, a una vida santa. Santidad y unión que se manifestará en las obras de nuestra fe y de nuestro amor. ¡Cuánta exigencia y cuánta grandeza!
Ya en los textos que siguen que escucharemos tanto el domingo como en los próximos días se nos hablará de esa necesaria unión con el Señor, porque si no estamos unidos a El nada somos ni nada podemos hacer. Es más, si no estamos unidos a El no habrá vida verdadera en nosotros. Una exigencia y un compromiso para nuestra oración, para nuestra escucha del Señor, para nuestra vivencia sacramental para dejarnos inundar continuamente por la gracia del Señor. 

viernes, 8 de abril de 2011

Los buenos resultan incómodos y a Jesús quieren quitarlo de en medio

Sab. 2, 1.12-22;

Sal. 33;

Jn. 7, 1-2.10.25-30

Mientras escuchamos la lectura del libro de la Sabiduría que hoy nos ofrece la liturgia podría parecer que estamos escuchando una descripción de la vida, de la pasión y de la muerte de Jesús en la cruz. En cierto modo con ese sentido nos lo ofrece la liturgia en este viernes de la cuarta semana de cuaresma. Pero es también lo que le sucede a todo hombre recto y justo que busca por encima de todo hacer siempre el bien.

Los buenos nos resultan incómodos, viene a decirnos el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima’. Le sucedió a Jesús y sigue sucediendo a todos los hombres de bien, que siempre habrá quien quiera poner en duda la rectitud y buena intención de sus obras buenas.

¿No lo hemos escuchado muchas veces? ‘Algo querrá sacar de eso que hace, así por las buenas, por su cara bonita, no lo hace…’ y frases por el estilo. Siempre hay desconfianza. No nos comprometemos nosotros y no creemos que alguien pueda comprometer su vida, dar su tiempo, trabajar buenamente por los demás. Tendríamos que aprender la lección y no andar con tantas desconfianzas, y viendo malas o torcidas intenciones por todas partes.

El evangelio comienza a describirnos el drama de Jesús. Querían quitarlo de en medio. Nos dice el evangelista que ‘Jesús andaba por Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo’. Por eso en principio no sube a Jerusalén a la fiesta de las tiendas cuando suben sus parientes y vecinos, sino que lo hará más tarde.

Una anotación a una expresión que nos aparece en el evangelio de san Juan. Este evangelista habla con la expresión ‘los judíos’ para referirse a aquellos que atentaban contra Jesús y al final le llevan a muerte. Decir ‘los judíos’ podría parecer que se esta refiriendo a todos los judíos o a todo el pueblo, cuando realmente es una referencia a las autoridades judías, sumos sacerdotes, sanedrín, hombres principales sobre todo escribas fariseos y saduceos. En este segundo tomo de la vida de Jesús que ha publicado el Papa, se hace una aclaración en este sentido que ha sido bien recibida incluso por los judíos de nuestros tiempos.

Escuchamos hoy la reacción ante la presencia de Jesús. ‘¿No es éste al que intentan matar?’ Se preguntan incluso si es que ‘los jefes se han convencido de que Jesús es el Mesías esperado’. No está Jesús en huída ante lo que puedan hacer los judíos. Sino que Jesús sigue manifestándose como el que es el enviado de Dios. Intentaban echarle mano, pero no lo podían hacer. Y el evangelista dice que ‘aún no había llegado su hora’.

La hora de Jesús. Aparece repetidamente en el evangelio de Juan. Ya cuando las bodas de Caná le dice a María que no ha llegado su hora. Ahora vuelve a aparecer esta expresión, pero cuando vaya a comenzar la pasión nos dirá el evangelista ‘sabiendo Jesús que habia llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…’ Ya diría en otro momento que a él nadie le arrebata su vida, sino que la entrega libremente. Aunque sea dolorosa su entrega, es una entrega de amor, es una entrega libre que Jesús hace de sí mismo para ser nuestra salvación.

En Getsemaní hablará de la hora de las tinieblas. Hora de tinieblas porque era la hora de la pasión y de la muerte, donde podría parecer que el mal era el que vencía, pero que se convertiría en hora de luz y de vida, por la salvación que Jesús nos está ofreciendo.

Vamos nosotros a seguir paso a paso su entrega, contemplar su amor, disponer nuestro corazón para llenarnos de la vida y de la gracia que quiere ofrecernos. Vamos a estar muy atento al evangelio que escuchemos en estos días y todo el rico mensaje que nos ofrece la palabra de Dios. Queremos llegar a la hora de la luz para salir de esas tinieblas de muerte que nos envuelven con el pecado. Vamos a sentir esa sangre redentora de Cristo que queremos que caiga sobre nosotros para que nos lave y purifique, para que haga fecunda nuestra vida en buenas obras y podamos resplandecer en santidad. Que el Señor nos conceda esa gracia.