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jueves, 8 de octubre de 2026

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

 


No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Alguna vez quizás hemos sentido emoción en el alma porque nos encontramos con alguien que casi sin darnos cuenta por qué esa persona se muestra agradecida con nosotros porque nos dice que nosotros un día la ayudamos, la escuchamos y fuimos comprensivos con ella dándole unos momentos de nuestro tiempo cuando ella se sentía sola y que casi no podía confiar en nadie porque nadie ponía tampoco confianza en ella. Aquel gesto que nosotros tuvimos que casi no recordamos porque lo hicimos como algo espontáneo que estaba en nuestra manera de ser sin embargo alguien seguía recordando con gratitud y ahora poco menos que se ponía a nuestra disposición. El gozo agradecido de aquella persona al encontrarse de nuevo con nosotros también ponía una nota de alegría y emoción en nuestro corazón.

Son actitudes que hemos de mantener en nuestra vida, que tienen que llevarnos por una parte a mantener en tensión esa generosidad de nuestro corazón., pero que también tendría que hacernos recordar cuantas cosas buenas en ese sentido también nosotros hemos recibido a lo largo de la vida. Eso pone también una confianza en nuestro espíritu porque sabemos que siempre puede haber alguien que nos escuche, nos tienda su mano, pueda hacer algo por nosotros y también nos da confianza para acercarnos de una forma nueva a los demás.

Me han surgido estos pensamientos y reflexiones cuando he escuchado en lo profundo de mi mismo el texto del evangelio de hoy. Jesús está invitándonos a acudir al Padre con confianza y perseverancia en nuestra oración. Bien sabía Jesús las prevenciones que muchas veces tenemos cuando vamos a orar. ¿Seremos escuchados? ¿Dios nos va a atender en aquello que le vamos a pedir? Y algunas veces nos desanimamos si no vemos que nuestros deseos son cumplidos tal como nosotros los pedimos y viene la reacción de que Dios no nos escucha. ¿Será bueno que vayamos ya con esa negatividad y pasividad a nuestra oración? ¿Cuál es el sentido que tendría que tener?

¿Por qué en nuestra oración no partimos de lo que recordamos lo que ha sido el amor de Dios para nosotros? Es necesario ese reconocimiento porque es como un acto de fe. Saber ante quién estamos, reconocer el amor que Dios nos tiene y hacer algo así como un resumen de la historia de nuestra vida donde hemos visto ese actuar de Dios en nosotros. Así nuestro encuentro con el Señor en la oración será distinto, será un encuentro de gozo y lleno al mismo tiempo de esperanza porque sabemos que estamos ante quien nos ama; será el momento de disfrutar de ese gozo, de esa presencia de Dios en nosotros, ante el que quizás nos quedamos sin palabras pero con el corazón. agradecido.

La biblia nos enseña mucho en ese sentido porque en esos grandes momentos de oración se comienza siempre recordando lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, lo que llamamos la historia de la salvación. Es lo que tenemos que saber hacer nosotros también. Y si Dios nos ama así como lo estamos constatando nos dará más confianza para acercarnos a Él porque queremos seguir sintiendo esa misericordia en nosotros; seremos pecadores, pero sabemos que Dios nos ama; habremos tenido mil tropiezos y cometido mil errores, pero nos estamos acercando al Dios compasivo y lleno de misericordia que además nos ha entregado a su propio Hijo por amor.

Por eso nos decía Jesús cuando nos enseñaba a orar a petición de los discípulos que no necesitamos muchas palabras, porque Dios mejor que nadie conoce nuestro corazón. y conoce lo que necesitamos porque Él es siempre ese Padre amoroso que nos escucha. Es cierto que desgranamos en la presencia del Señor nuestras necesidades y preocupaciones, pensaremos en los que nos rodean y nos ama y amamos, pensaremos en la sombras de nuestro mundo que quisiéramos transformar, pensaremos en el sufrimiento de los demás para los que nosotros tenemos que ser siempre salud; y es que en la medida en que vayamos desgranando ante Dios todo eso que llevamos en el corazón, con la confianza del hijo que habla con su padre, iremos sintiendo también lo que el Señor nos va pidiendo, lo que su Espíritu va inspirando en nuestro corazón, iremos encontrando el compromiso que surgirá en nuestra vida después de nuestra oración; será una verdadero diálogo de amor en que Dios nos estará también hablando al corazón.

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida; sintamos la emoción del amor de Dios en nosotros que nos impulsará a llevar también ese amor a los demás.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

 


Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

Zacarías 2, 14-17; Salmo: Lc. 1, 46-55;Lucas 1, 26-38

Los caminos de la vida a veces se nos hacen oscuros y necesitamos una luz que nos haga encontrar nuestros rumbos o una mano que nos guíe en medio de sus turbulencias para sentirnos fuertes y poder realizarlo también con seguridad; torpes e incomprensiblemente insensatos a causa muchas veces de nuestras autosuficiencias y orgullos seríamos si negáramos esa ayuda que se nos pudiera ofrecer o rechazáramos esas luces que nos pudieran iluminar el camino para hacerlo con seguridad. Es cierto y hasta bueno para nuestra autoestima que hemos de saber hacer el camino por nosotros y hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte, pero sería también una falta de humildad que hasta en cierto modo nos degradaría el rechazar esas luces o esas ayudas. No es nuestro orgullo y amor propio lo que nos engrandece sino precisamente la humildad de reconocer nuestra debilidad lo que nos dará mayor madurez a nuestra vida. Mal empedrados quedan nuestros caminos si lo construimos a base de orgullo y autosuficiencia.

Así nos sucede en nuestra vida cristiana y en el descubrimiento y realización del plan de Dios. Necesitamos una apertura de espíritu que es un abrirnos a Dios para descubrir su voluntad que no es otra cosa que un plan de amor para nosotros que muchas veces nos sorprende pero que también nos abre a cosas maravillosas a realizar en nosotros. Es un proceso que nos cuesta porque nos envuelven muchas oscuridades con falsas luces que nos confunden y desorientan. Creemos que tenemos nuestros planes bien definidos pero no siempre somos capaces con humildad de abrirnos a ese plan de Dios que nos llevará por derroteros más hermosos. No siempre es fácil.

¿Por qué no aprender de María? La mujer que supo abrir su corazón a Dios para dejarse sorprender por el camino que Dios estaba abriendo ante ella para su vida. En su buen deseo de la fe que ponía en Dios y del amor que le profesaba, porque era una profunda creyente ella tenía un plan para su vida. Pero Dios viene a ofrecerle algo maravilloso en lo que ella no pensaba. Dios había puesto su amor en ella para hacerla su madre, para que ella contribuyera con su maternidad, en lo que ella no había pensado, para Dios hacerse más Emmanuel, más Dios con nosotros, encarnándose en su seno. Y María dijo Sí a Dios, como escuchamos hoy en el evangelio.

No iba a ser un camino fácil, pues ya las Escrituras habían anunciado los sufrimientos del Hijo del Hombre y María fue capaz de ponerse en ese camino. Nos habla de como se puso en camino hacia las montañas de Judea para servir a quien podía necesitarla, su prima Isabel que en su vejez iba a tener un hijo, pero María seguiría estando en camino; es el camino de Belén donde en principio iba a pasar por la no acogida, porque para ellos no había sitio en la posada, es el camino de la pobreza para dar a luz en un establo a quien venía como salvador del mundo, es el camino del rechazo y del destierro porque comenzaba a aparecer la sangre del martirio, sería el camino del silencio en Nazaret mientras esperaba la llegada de la Hora de Dios con el comienzo de la predicación de Jesús. Será el camino que la llevará finalmente al Calvario a pie de la cruz que desde madre dolorosa se iba a convertir en la madre de todos los creyentes, la madre de la Iglesia. Un camino realizado porque un día había acogido el plan de Dios en su vida. Ella, la que guardaba todas aquellas cosas, cuanto sucedía en su corazón para rumiarlas desde el amor sintiendo lo que el proyecto de Dios.

¿No será eso lo que nos está enseñando María a cuantos caminamos en lo que llamamos este valle de lágrimas donde quizás tantas oscuridades nos envuelven y tenemos el peligro de perder el rumbo del camino de nuestra vida? Hoy la estamos invocando como Virgen del Rosario en esta devoción tan arraigada en el pueblo cristiano que no siempre sabemos aprovechar en todo su valor y sentido.

¿Qué es el rosario? No solo es una cadena con unas cuentas que hoy hemos terminado por convertirlo en un adorno como si fuera un collar que colgamos de nuestro cuello. Está de moda, como todos sabemos y ya cualquiera hace gala de llevarlo sin saber ni siquiera su significado. Sí, podemos decir, es un collar de perlas, y de las más preciosas, porque es una cadena de oración que a los pies de María queremos hacer mientras ella nos hace ir contemplando todo el misterio de de la vida de Jesús mientras vamos caminando, como decíamos antes, con nuestras oscuridades, con nuestros desconciertos, con nuestros agobios y problemas a los que nos parece tantas veces que no encontramos salida y solución.

¿Por qué esa vida nuestra no la miramos desde ese plan de Dios? ¿Por qué no la miramos con esa mirada de María, la que supo ver en cuanto le sucedía el proyecto de amor de Dios para nosotros? Otra luz encontraríamos para nuestra vida, otro sentido para cuanto hacemos y pasamos, otros caminos se abrirían ante nosotros, otra fuerza sentiríamos en nuestro interior para ese nuevo sentido de la vida que hemos de vivir. Es lo que nos está enseñando María en el rezo o con el rezo del Rosario. Encontraríamos también otra paz y otra serenidad para nuestro corazón, se despertaría una nueva esperanza, comenzaríamos a caminar con nueva humildad, nos sentiríamos cada día más comprometidos para hacer nuestro mundo mejor. Dejémonos enseñar por María.


martes, 6 de octubre de 2026

Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 


Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42

Las amistades son una planta que hemos de saber cuidar bien y con mucha atención; una amistad descuidada es una planta marchita que si no se reaviva pronto se seca y se muere; no nos vale decir somos amigos porque un día nos encontramos y saludamos, hablamos quizás un poco, pero luego cada uno siguió por su lado y no cuidamos nuevos encuentros y comunicaciones, nuevas muestras de afecto y cercanía para mantener viva aquella planta que nos pudo dar flores hermosas; de la misma manera que tan pronto brota la primera flor ya queremos cogerla y acapararla haciéndonos dueños de ella para hacer lo que nos apetezca; el cultivo lleva su tiempo, es necesario tener paciencia, no pedir antes de tiempo unos frutos que no han madurado, porque lo que hacemos es malograr esa planta. Cuánto tendríamos que aprender en este sentido porque algunas veces parece que queremos edificar comenzando por las ventanas o por el techo sin poner los necesarios sólidos cimientos.

Hoy el evangelio nos habla de unas amistades de Jesús, aquel hogar y aquella familia de Betania que vemos ya compuesta solo por tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Hoy se nos presenta una escena que podríamos llamar bucólica; Jesús que llega con sus discípulos, aquella casa quedaba a paso del camino que subía a Jerusalén y por el que habitualmente transitaban los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán.

Nos podemos imaginar fácilmente la escena y el lugar, el patio con sus lugares de sombra para el descanso, el pozo de donde sacar el agua necesaria, el resto del hogar. Allí descansa Jesús; varias veces el evangelio nos mencionará Betania como lugar a donde Jesús solía retirarse estando en Jerusalén por su cercanía. La hermana mayor con esa hospitalidad tan propia del lugar que anda afanada en los preparativos para la acogida de aquel grupo que ha llegado a su casa, María que hace los honores de estar junto a su huésped en amena conversación, aunque surgirán las quejas de Marta porque su hermana estaba embelesada con las palabras de Jesús y no le presta ninguna ayuda. Pero ambas están expresando todos los valores de la hospitalidad y de la acogida y cultivando aquella amistad surgida entre unos y otros.

Es una amistad que se está construyendo y que tendrá su proceso, porque cuando lleguen los momentos difíciles de la enfermedad de uno de los miembros de la familia querrán tener a Jesús con ellos que, aunque avisado, llegará tarde al encuentro. Todo servirá para hacer crecer aquella amistad, que va más allá de unos afectos humanos porque se llenará de trascendencia y una fe sometida a prueba saldrá fortalecida porque sentirán en sus vidas la acción maravillosa de Dios.

Muchas conclusiones podemos ir deduciendo, por una parte, para lo que son nuestras amistades humanas, como decíamos antes, que tenemos que saber cultivar para que se mantengan firmes a pesar de los contratiempos o malentendidos que pudieran surgir; la solución no son las rupturas aunque son posibles las quejas llenas de comprensión; cuánto nos cuesta en ocasiones cómo por cualquier dificultad en que nos pareció que no éramos bien atendidos por el amigo pronto le dimos la espalda olvidando tantos momentos de estar sentados en el patio de la vida simplemente escuchándonos el uno al otro.

Pero trémolo también en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a sentarnos a los pies de Jesús para escucharle, para gozarnos con la paz de su presencia; nuestra oración no puede ser solo un listado de peticiones que llevamos en nuestro portafolio cuando vamos a la audiencia del Señor todopoderoso. Como Marta y como María tenemos que saber ponernos ante El, también con nuestros agobios y muchas preocupaciones de cosas por hacer como Marta, pero con el silencio de María que se sienta a sus pies para escuchar o para disfrutar de su presencia.

No temamos al momento de silencio de nuestros ratos de oración, de esos momentos incluso en que nos parece que andamos perdidos pero que simplemente allí estamos, y allí estamos porque nos sentimos bien, allí estamos porque estamos disfrutando del momento, de una presencia, de un silencio y de una paz en el alma, allí estamos porque queremos escuchar pero para escuchar necesitamos de ese silencio, de ese no andar preocupados por nuestras cosas o quehaceres o incluso los problemas que veamos alrededor, sino escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos vamos sintiendo que irá dando respuesta, seguro que sí, a todas esas cosas o preocupaciones que están ahí encerradas en lo más hondo de nosotros mismos.

Estaremos creciendo en amistad con nuestro Dios; estaremos creciendo en lo que tiene que ser nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.


lunes, 5 de octubre de 2026

No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

 


No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

En la vida a veces nos volvemos olvidadizos. Cuando llegan los buenos momentos en la euforia con que vivimos la nueva situación es fácil que olvidemos, algunas veces inconscientemente, pero muchas veces también porque no queremos recordarlo, las turbulencias por las que pasamos, los esfuerzos y el sudor con que luchamos por salir de aquella situación, y algo terrible que también nos puede suceder es que olvidemos a quien entonces nos echó una mano para salir adelante, o quizás también las promesas que entonces hicimos a nosotros mismos pero también a quienes nos ayudaron que ahora fácilmente no recordamos.

Terminamos siendo desagradecidos con la vida misma que tanto nos ha enseñado, con nosotros mismos porque hasta olvidamos lo que nos curtió aquel esfuerzo de superación, o a quienes fueron nuestro apoyo y nos dieron ayuda, desde tantas personas a nuestro alrededor como a Dios que nunca nos abandonó; bien pedíamos su ayuda, pero una vez curados como aquellos leprosos del evangelio corremos a disfrutar de los momentos luminosos pero pocos somos los que volvemos a quien puso esa luz en nuestra vida.

Es lo que hoy, en la liturgia de este día, se nos está recordando en la Palabra de Dios. Es la recomendación que le está haciendo Moisés al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida después de aquellos largos años de desierto una vez liberados de Egipto. Han vivido en la penuria y la escasez con mil sacrificios y van a llegar a una tierra que poéticamente se dice que mana leche y miel; no es lo mismo atravesar un desierto inhóspito que establecerse en una tierra que pueden poseer y trabajar para obtener unos frutos de su trabajo que en el desierto no lo podían lograr ni lo habían tenido en la esclavitud de Egipto. Llegarían tiempos de bonanza y hasta de riqueza y podía venir el peligro del olvido. Es la recomendación que en nombre del Señor Moisés hace a su pueblo. Recordar con corazón agradecido el camino recorrido para saber dar un sentido a lo que ahora han de vivir.

¿No necesitaremos eso nosotros en la vida en las diversas situaciones que en nuestra historia personal o en nuestra historia como pueblo hemos tenido que atravesar? Hoy andamos borrando demasiadas memorias históricas a nivel de la sociedad y lo queremos hacer también tantas veces en nuestra vida personal. ¿No estaremos perdiendo nuestra propia identidad cuando queremos dejar a un lado para siempre esos caminos recorridos que han sido sobre los que hemos construido nuestra vida, desde donde hemos llegado a una madurez, con lo que queremos ahora mantener una estabilidad en nuestra existencia?

No todo ha sido perfecto en nuestra vida porque hemos cometido muchos errores y algunas veces en los recovecos de la conciencia pudieran aparecer quizás culpabilidades que queremos acallar; no es cuestión solo de echar tierra encima o meter la cabeza debajo del ala. Se trata de encontrar y mantener la paz de nuestro espíritu que sólo en el perdón podemos encontrar. Por eso esta jornada de témporas que hoy los cristianos vivimos, tiene por una parte aquella gratitud de la que antes hablábamos por el camino recorrido, pero tiene también este momento de reconciliación cuando buscamos encontrarnos con Dios y el perdón que generosamente nos ofrece. Solo cuando nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor comenzaremos a sentir esa paz pero al mismo tiempo nos hace que nosotros seamos servidores de la reconciliación para los demás porque actuemos con la misma misericordia.

Pero aunque ahora los momentos puedan comenzar a ser mejores no estamos exentos de tropiezos y dificultades que sabemos que nosotros solos no siempre tenemos fuerza para afrontar por muy autosuficientes que nos creamos. No estamos solos en este camino de la vida porque no nos faltará la gracia del Señor. Es el momento de la confianza, no solo porque nos creamos capaces de seguir haciendo lo bueno, sino porque no nos faltará la fuerza y la gracia del Señor. Es con quien tenemos que saber contar, es la puerta de la oración que se nos abre para encontrarnos con la gracia del Señor.

A nivel social como a nivel personal estos días reemprendemos tareas y trabajos tras el descanso veraniego en nuestras latitudes, recomienzo de cursos para los estudiantes y reinicio de las actividades pastorales en nuestras comunidades cristianas, momentos de planificaciones y de trazarnos objetivos con las distintas acciones para lograrlos. Como creyentes le damos un sentido a estos momentos y es a lo que nos está invitando la Iglesia con esta Jornada llamada de témporas, que quizás pase desapercibida para la mayoría, pero que no podemos dejar a un lado cuando nos tomamos en serio nuestros compromisos y nuestra vida.


martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.


jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

sábado, 16 de mayo de 2026

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración


 

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración

Hechos 18, 23-28; Salmo 46; Juan 16, 23b-28

Qué hermoso cuando se manifiesta la lealtad, pero una lealtad sin medida, en nuestras relaciones humanas creando vínculos de amistad, pero de una amistad fiel y leal, que se mantiene en pie a pesar de cuanto suceda, de cuantas cosas nos pueden atacar por esa lealtad, o incluso descubriendo la debilidad de las otras personas. Permanecemos leales, porque ya hay algo que nos une, se van estableciendo un vínculo de amor que entrañará confianza y que hará crecer esos buenos sentimientos que nos podamos tener los unos a los otros. Algunas veces no es fácil, pero ese valor de la lealtad lo consideramos esencial dándole una mayor riqueza y solidez a nuestra vida.

Es lo que estamos viendo que Jesús quiere hacernos entender en lo que han de ser nuestras relaciones con Dios, que tendrán que ser imagen de lo que han de ser nuestras mutuas relaciones. No podemos andar cambiándonos de chaqueta según sean las circunstancias de nuestra vida; y eso es algo que vemos demasiado extendido en nuestro entorno, a la gente le cuesta mucho la fidelidad, ser leales a esas personas con las que nos relacionamos y convivimos, no podemos dejar las romper. Pero hoy vemos que se ve mismamente ajado ya lo descartamos y no somos capaces de reconstruir en nombre de esa fidelidad y lealtad. Cuantas puñaladas por la espalda recibimos de aquellos que tenían que ser o con los que nos teníamos que manifestar con mayor lealtad. Y serán heridas difíciles de curar.

Hoy entre otras cosas y para decirnos mucho más de lo que son aparentemente sus primeras palabras, nos habla de cómo El pide al Padre por nosotros, pero también de la confianza con que nosotros hemos de pedir. Y no es ya sólo porque tengamos a Jesús como Mediador e intermediario ante el Padre, que lo es, sino que como nos dice podemos pedirle directamente al Padre porque El nos ama, porque sabe como nosotros amamos a Jesús y queremos escucharle y seguirle.

Qué hermoso lo que nos está diciendo Jesús, el Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama a nosotros y escuchará siempre nuestra oración. ¿No nos sentiremos reconfortados con eso? Eso tiene que hacer crecer nuestro amor y nuestra fidelidad, eso tiene que hacer brillar nuestra lealtad para no fallarle en ese amor, a pesar de tantas debilidades como hay en nuestra vida. Esto nos tiene que hacer tener una nueva y distinta mirada a los demás para que brille también nuestra lealtad en la amistad y nada la pueda perturbar.

No podemos desechar y descartar los caminos recorridos. Podrán haber tenido sus más y sus menos, como solemos decir, momentos buenos en que nos hemos sentido felices con lo que han ido a nuestro lado, y momentos más costosos porque tenemos nuestras reacciones, porque hay momentos en que las cosas se nos ponen difíciles y no sabemos cómo reaccionar, porque surgen caprichos e incomprensiones, porque aparecen heridas que algunas veces se nos hace difícil curarlas, pero ¿vamos a tirar por la borda los buenos pasos recorridos, esos momentos de confianza en que nos hemos desahogado con el amigo y de él hemos recibido consuelo? ¿Vamos a aprovecharnos de lo que en nuestras confidencias sabemos el uno del otro para echárselo en cara y dejarlo plantado en la calle? ¿Hasta dónde llega la lealtad por esa confianza y cercanía que un día existió?

Vemos demasiados lazos rotos tirados al borde del camino por esa falta de lealtad. Como cristianos, ¿nos podemos quedar insensibles ante esas situaciones y decir simplemente que son cosas de la vida? Creo que el amor de Dios tan leal con nosotros nos está diciendo o nos está pidiendo unas nuevas actitudes.


lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

 


El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

Hechos 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Es cierto que a veces al tener que enfrentarnos a lo desconocido se nos pueden llenar de temores el corazón porque en nuestras dudas y miedos no sabemos si sabremos afrontar esas nuevas situaciones que se nos presenten y de alguna manera se nos meten muchas cosas en la cabeza, muchas imaginaciones en que podemos barruntar que no va a ser fácil lo que tenemos que hacer.

Nos sucede en el día a día de nuestra vida, nos sucede cuando tenemos entre manos un nuevo proyecto que aunque nos llena de ilusión también nos aparecen esos miedos de si seremos capaces de llevarlo a cabo, nos sucede en la tarea de superación personal que cada uno vivimos donde nos damos cuenta de nuestras posibilidades pero también de nuestras debilidades que nos podrían llevar a muchos tropiezos, y nos sucede en el camino de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano en medio del mundo que nos rodea.

¿De donde sacaremos fuerza?, quizás nos preguntamos muchas veces, o quizás después de realizados esos proyectos también nos preguntamos cómo fuimos capaces de afrontar todo eso y llevarlo adelante, dónde encontramos esa fortaleza para llegar a hacer lo que incluso creíamos que éramos incapaces de realizar.

Jesús nos está hablando hoy del ‘Paráclito que enviará desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre’. Jesús les había prometido que no los abandonaba, que El estaría con ellos pero les hacia saber que era de una manera nueva. Lo irán luego experimentando después de la resurrección en aquellas manifestaciones de Jesús como hemos venido meditando en esta pascua. Será el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre el que dará testimonio de Jesús, como hoy nos dice. Y el que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús. Todo un misterio de Dios, todo un misterio de amor.

Jesús no les oculta que no todo será siempre fácil. Les habla de persecuciones e incluso muerte, y les anuncia todo esto para que cuando lleguen esos momentos difíciles no se vengan abajo, ‘cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo había dicho’. Pero Jesús les estará garantizando que con la fuerza del Espíritu, el Paráclito, podrán dar ese testimonio de Jesús.

No se trata tanto de lo que nosotros por nosotros mismos seamos capaces de hacer, que podemos hacer más de lo que nosotros pensamos, pero es que no vamos por caminos de autosuficiencias ni de orgullos personales, estamos en otra honda, otro el sentido espiritual que debe envolver nuestra vida porque es envolvernos del Espíritu de Dios. El Espíritu que nos ilumina y nos llevar a que podamos comprenderlo todo, el Espíritu que completa en nuestro corazón esa revelación de Dios porque nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado, el Espíritu que nos da fortaleza para quitar miedos, para abrir puertas, para saltar sobre esos abismos y barreras que tantas veces nos creamos, que le da profundidad a nuestra vida para que no nos quedemos ni en la apariencia ni en lo superficial, el Espíritu que nos hace humildes porque no somos dueños de una verdad sino mensajeros de una buena nueva, el Evangelio de Jesús, el Espíritu que va a animar y dar sentido también a nuestra oración porque solo con la acción del Espíritu podremos decir que Jesús es el Señor y llamar Padre a Dios.

Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto porque aunque nos decimos cristianos y creyentes que hemos puesto nuestra fe en Jesús sin embargo con demasiada frecuencia nos olvidamos de esta acción del Espíritu Santo en nosotros. Nos sentimos débiles por nosotros mismos y cuando nos envuelven los problemas o se nos hace costoso el testimonio que hemos de dar de nuestra fe parece que nos sentimos sin fuerzas y en nuestros miedos muchas veces reculamos y no somos lo valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y cobardías se nos meten en el alma.

Tendríamos que escuchar con mucha atención estas palabras de Jesús y hacerlas vida de nuestra vida. Muchas veces decimos que el Espíritu Santo es el gran olvidado, pero es que realmente está ahí en el credo de nuestra fe, pero no terminamos de asimilar y sentir su presencia en nosotros y en la vida de la Iglesia.

sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




jueves, 26 de febrero de 2026

Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

 


Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

¿Qué seguridad tenemos de que cuando vamos a pedir algo vamos a conseguir lo que pedimos? Según sea aquel a quien se lo pedimos, pensamos. Podríamos decir que entrarían muchas cosas, empezando quizás cómo hayamos sido nosotros con esa persona, pero también depende de su talante, de su manera de ser, de la generosidad de su corazón y, por supuesto, de la relación de amor y amistad que mantengamos con esa persona; por eso cuando la vemos alejada de nosotros o de difícil condición acudimos a mediadores.

Esto nos sucede habitualmente en nuestras relaciones humanas, pero he querido en mi reflexión partir de esa experiencia humana que todos podamos tener para comentar lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio y también en la primera lectura del libro de Esther. ¿Son lo mismo esas peticiones humanas que nos hacemos los unos a los otros que este modo de oración que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios?

Quisiera comenzar por un comentario que hace Jesús casi como colofón para que tengamos esa seguridad en nuestra oración. ‘Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan… Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!’ Y ¿cuál es en fin de cuentas la razón? El amor de un padre que siempre querrá lo mejor para su hijo y le dará siempre lo más hermoso.

Si somos hijos que nos sentimos amados de Dios con cuánta confianza acudimos a El. Nuestra oración no será otra cosa que saborear el amor que Dios nos tiene y en consecuencia también poner de nuestra parte todo nuestro amor. Es a lo que tenemos que apelar, es la confianza y seguridad que saldrá espontánea de nuestro corazón. Será entonces también la manera de hacer nuestra oración, que no es solo hacer nuestras peticiones. Porque siempre hemos de partir de esa experiencia de amor que nosotros vivimos en nuestra relación con Dios. Es el amor de Dios que está primero, un amor que es tan grande que nos regala el hacernos sus hijos. Es un regalo de amor que nosotros hemos de saber saborear en nuestro encuentro con Dios, cuando nos sentimos en su presencia. Y es quizás en lo menos que nos detenemos cuando hacemos nuestra oración. ¿Es que los enamorados no disfrutan de su amor simplemente diciéndose que se aman?

Es hermosa la oración de la reina Esther que se nos ofrece hoy en la primera lectura. Tiene que hacerle una petición al Rey, su esposo, en la que está en juego incluso la supervivencia de su pueblo, pero ella acude antes a Dios, porque sabe bien que no es regalo de un rey humano lo que va a pedir, sino un regalo del amor de Dios. Por eso se acerca con humildad pero con al mismo tiempo con la confianza de saberse pueblo elegido y amado de Dios. Solo pide que el corazón se mueva a la compasión, que ella también tenga las palabras sabias y oportunas para poder intervenir. ‘Pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ y al mismo tiempo pide hacerse grata a los ojos de Dios.

¿Qué significa? Esa oración la está transformando a ella, no va a ir desde la arrogancia y prepotencia sino con humildad y verdadero amor que las actitudes profundas de su vida van a cambiar. Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra. ‘Cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación’. El dolor por los problemas o dificultades persistirá pero todo va a encontrar un sentido nuevo, un valor nuevo, porque no faltará el gozo del corazón - ¿y cómo va a faltar si nos sentimos amados? – y sentiremos como la salvación llega a nuestra vida.

¿Vivimos con ese sentido nuestra oración o simplemente vamos a despachar con quien nos puede resolver las cosas para que se nos conceda cuanto necesitamos? Otro tiene que ser nuestro sentido.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.