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sábado, 16 de mayo de 2026

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración


 

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración

Hechos 18, 23-28; Salmo 46; Juan 16, 23b-28

Qué hermoso cuando se manifiesta la lealtad, pero una lealtad sin medida, en nuestras relaciones humanas creando vínculos de amistad, pero de una amistad fiel y leal, que se mantiene en pie a pesar de cuanto suceda, de cuantas cosas nos pueden atacar por esa lealtad, o incluso descubriendo la debilidad de las otras personas. Permanecemos leales, porque ya hay algo que nos une, se van estableciendo un vínculo de amor que entrañará confianza y que hará crecer esos buenos sentimientos que nos podamos tener los unos a los otros. Algunas veces no es fácil, pero ese valor de la lealtad lo consideramos esencial dándole una mayor riqueza y solidez a nuestra vida.

Es lo que estamos viendo que Jesús quiere hacernos entender en lo que han de ser nuestras relaciones con Dios, que tendrán que ser imagen de lo que han de ser nuestras mutuas relaciones. No podemos andar cambiándonos de chaqueta según sean las circunstancias de nuestra vida; y eso es algo que vemos demasiado extendido en nuestro entorno, a la gente le cuesta mucho la fidelidad, ser leales a esas personas con las que nos relacionamos y convivimos, no podemos dejar las romper. Pero hoy vemos que se ve mismamente ajado ya lo descartamos y no somos capaces de reconstruir en nombre de esa fidelidad y lealtad. Cuantas puñaladas por la espalda recibimos de aquellos que tenían que ser o con los que nos teníamos que manifestar con mayor lealtad. Y serán heridas difíciles de curar.

Hoy entre otras cosas y para decirnos mucho más de lo que son aparentemente sus primeras palabras, nos habla de cómo El pide al Padre por nosotros, pero también de la confianza con que nosotros hemos de pedir. Y no es ya sólo porque tengamos a Jesús como Mediador e intermediario ante el Padre, que lo es, sino que como nos dice podemos pedirle directamente al Padre porque El nos ama, porque sabe como nosotros amamos a Jesús y queremos escucharle y seguirle.

Qué hermoso lo que nos está diciendo Jesús, el Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama a nosotros y escuchará siempre nuestra oración. ¿No nos sentiremos reconfortados con eso? Eso tiene que hacer crecer nuestro amor y nuestra fidelidad, eso tiene que hacer brillar nuestra lealtad para no fallarle en ese amor, a pesar de tantas debilidades como hay en nuestra vida. Esto nos tiene que hacer tener una nueva y distinta mirada a los demás para que brille también nuestra lealtad en la amistad y nada la pueda perturbar.

No podemos desechar y descartar los caminos recorridos. Podrán haber tenido sus más y sus menos, como solemos decir, momentos buenos en que nos hemos sentido felices con lo que han ido a nuestro lado, y momentos más costosos porque tenemos nuestras reacciones, porque hay momentos en que las cosas se nos ponen difíciles y no sabemos cómo reaccionar, porque surgen caprichos e incomprensiones, porque aparecen heridas que algunas veces se nos hace difícil curarlas, pero ¿vamos a tirar por la borda los buenos pasos recorridos, esos momentos de confianza en que nos hemos desahogado con el amigo y de él hemos recibido consuelo? ¿Vamos a aprovecharnos de lo que en nuestras confidencias sabemos el uno del otro para echárselo en cara y dejarlo plantado en la calle? ¿Hasta dónde llega la lealtad por esa confianza y cercanía que un día existió?

Vemos demasiados lazos rotos tirados al borde del camino por esa falta de lealtad. Como cristianos, ¿nos podemos quedar insensibles ante esas situaciones y decir simplemente que son cosas de la vida? Creo que el amor de Dios tan leal con nosotros nos está diciendo o nos está pidiendo unas nuevas actitudes.


sábado, 28 de mayo de 2022

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

 


Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Muchas fórmulas de mediación se utilizan en la vida en el ámbito de lo social, en el ámbito de lo político, donde sea necesario algún tipo de negociación, o incluso como medios de súplica, por así decirlo, intercesora donde pedimos o suplicamos a favor de otro. El mediador no va por sí mismo, pero sí con la autoridad que se le ha confiado para lograr un acuerdo, el embajador representa a quien le ha confiado una misión para hablar en el nombre y representación de quien le ha enviado, el que suplica a favor de otro quizás lo hace con la autoridad del prestigio que de alguna forma se ha ganado.

De Jesús solemos decir que es el Mediador y el Pontífice, porque media e intercede por nosotros y porque de alguna manera hace de puente, por darle el significado más elemental a la palabra; se ha convertido así en el gran intercesor nuestro ante el Padre en el cielo. Ya diríamos que ejercía esa función cuando nos decía que venía enviado del Padre y que no nos habla sino lo que el Padre le ha confiado. Lo hemos venido escuchando en estos últimos días en las palabras de Jesús en la Última Cena.

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Es bien significativo, porque la petición, la oración la vamos a hacer nosotros, pero vamos a apoyarnos en la autoridad del Hijo. Pero nos dirá más, que si eso hacemos es porque le amamos y entonces el Padre también nos ama. Ya nos había dicho que si le amábamos y guardábamos sus mandamientos el Padre nos amará, y El también nos amará, pero además el Padre y El vienen a nosotros para habitar en nosotros, para poner su tienda en nosotros.

Es por eso porqué en las fórmulas litúrgicas de la Iglesia siempre las oraciones acabarán como con esa muletilla ‘por nuestro Señor Jesucristo’. En el momento cumbre de la Eucaristía, cuando queremos completar la ofrenda que le hacemos al Padre lo haremos siempre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Queremos dar gloria a Dios y será así con esa fórmula como lo expresaremos.

Cristo es el Pontífice que hace la ofrenda, a la que nosotros nos unimos; Cristo es el Mediador que intercede por nosotros al Padre, porque esa oración que nosotros queremos hacer siempre tendrá un nuevo sentido; amamos a Cristo y con El queremos configurarnos, hacernos uno, porque en nosotros no queremos vivir otra cosa sino a Cristo. ¿Y qué significa eso? Que todo aquello que hacemos, que todo aquello que pedimos, que todo aquello que quiere ser nuestra vida lo pasamos por el tamiz de Cristo. No pediremos nada, entonces, que no tenga el sentido de Cristo; no pediremos nada que no esté impregnado del espíritu del Evangelio de Jesús.

Cuando hacemos nuestra oración no vamos simplemente a sacar el listado de aquellas cosas que queremos pedir, sino que con Cristo vamos a ir rumiando todo eso que es nuestra vida, todo eso que son también nuestros deseos o nuestras necesidades y lo vamos a mirar con la mirada de Cristo, lo vamos a pasar por el tamiz de Cristo y del evangelio. Es rumiar en nuestro interior esa presencia de Jesús en nuestra vida y así vamos confrontando nuestra vida con el sentido de Cristo, con los valores de Cristo. Es ese llenarnos de Cristo, es ese empaparnos de su Espíritu, es ese transformar nuestra vida en la vida de Cristo, o mejor, dejarnos transformar por Cristo.

Eso nos pedirá una actitud nueva de oración, una nueva humildad para dejarnos conducir, una apertura de los oídos de nuestro corazón para escuchar de verdad la voz del Señor en nuestra vida. Nos sentiremos transformados, sentiremos como algo nuevo se va apoderando de nosotros, iremos descubriendo caminos nuevos y horizontes nuevos y podrán salir de nuestros labios y de nuestro corazón muchas cosas hermosas con las que nos sentimos enriquecidos pero con las que enriquecemos a los demás.

sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. ‘En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

sábado, 27 de mayo de 2017

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Juan 16, 23-28
Estamos en las vísperas de la Ascensión. Continuamos aun en el tiempo pascual que se prolonga aun hasta el próximo domingo en Pentecostés. Este día de la ascensión que vamos a celebrar mañana domingo, pero que antes hubiéramos celebrado litúrgicamente el pasado jueves, cronológicamente los cuarenta días desde la pascua, siempre tuvo una resonancia especial en la piedad popular con aquellas connotaciones que nos hablaban de los jueves que brillaban mas que el sol – jueves santo, corpus christi y día de la Ascensión -. Los ajustes laborales en la sociedad civil cada vez mas laica y alejada del sentido religioso de la vida ha trasladado a fiestas como esta al domingo, mientras quizás nos inventamos otras fiestas en el consumismo de la vida moderna.
Pero aparte estos comentarios un tanto ocasionales queremos en nuestra reflexión seguir dejándonos guiar por los textos que la liturgia nos ofrece como alimento para nuestro diario caminar. El texto del evangelio que se nos ofrece sigue la lectura continuada de lo que llamamos el discurso de la última cena de Jesús.
Las palabras de hoy tienen de nuevo esa resonancia de la despedida. ‘Sali del Padre y he venido al mundo, nos dice, otra vez dejo el mundo y vuelvo al Padre’. Ha cumplido su misión, el anuncio del Reino de Dios y nuestra redención. Como mañana escucharemos ahora nos deja su misión en nuestras manos para que nosotros anunciemos esa Buena Nueva y sigamos construyendo el Reino de Dios.
Vuelve al Padre donde vamos a tener un intercesor, mediador para siempre. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará’. Sentado a la derecha del Padre, como lo contemplaremos mañana a partir de la Ascensión y confesamos en el Credo, intercede por nosotros, es el Mediador definitivo y eterno que por nosotros ha ofrecido su sangre, para nuestra redención, para el perdón de los pecados. Por eso ahora, por esa mediación de Jesús, nos sentiremos amados de Dios para siempre. ‘Aquel día, nos dice, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogare al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Es nuestra fe. Creemos en Jesús enviado del padre, que ‘por nosotros y por nuestra salvación bajo del cielo’ como confesamos en el Credo; creemos en Jesús y amamos a Jesús porque nos sentimos inundados de su amor. Así sentiremos para siempre ese amor de Dios en nosotros. ‘El padre mismo os quiere’, nos dice. Nos recuerda aquello que ya habíamos escuchado en el evangelio. ‘Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su único Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Demos gracias a Dios por su infinito amor. Correspondamos con nuestra fe y con nuestro amor siguiendo el camino de Jesús. Anunciemos esa buena noticia a todos para que todos sepan que Dios los ama, para que todos nos sintamos amados de Dios. Sentirse amado de Dios es lo mejor que nos puede pasar.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Hechos,  20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Hay momentos en que contemplando el cuadro de la vida que se nos presenta a nuestro alrededor sentimos una cierta desazón en el alma y casi poco menos que quisiéramos abandonar el barco en el que vamos cruzando la mar de nuestra existencia.
No es que queramos ser pesimistas pero contemplamos tanta maldad en el corazón de tantos a nuestro alrededor que de alguna manera nos sentimos como aterrados, envidias y malquerencias, vanidad y falsedad en que se busca solo la apariencia, mentira e hipocresía de la vida donde todo vale con tal de conseguir mis fines, corrupción e injusticia, materialismo y sensualidad como sentido del existir, y así tantas cosas. ¿Podemos navegar en ese mar embravecido de tanta maldad queriendo ser honrados, actuar con rectitud, buscando un sentirnos humanos y hacer siempre el bien aunque nos cueste? Ya decía sentimos una cierta desazón en el alma.
Es el mundo en el que vivimos, aunque tenemos que reconocer que no todos actúan así, pero lo que sucede es que el mal brilla quizá con mayor fuerza que lo bueno y lo justo que muchos llevan en su corazón y que quiere ser en verdad norma y sentido de su actuar y con lo que quieren o queremos hacer un mundo mejor.
Pero no podemos desalentarnos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús ora por nosotros y que no nos va a apartar o separar de ese mundo. Fue a ese mundo al que El vino enviado por el Padre con la misión de la salvación y a ese mundo nos envía a nosotros. Pero quiere darnos una garantía. No nos faltará la asistencia y la fuerza de su Espíritu. Jesús mismo ora al Padre por nosotros; sentado está a la derecha de Dios Padre en los cielos, como lo hemos confesado en estos días de la Ascensión, intercediendo por nosotros porque El es el Mediador de la Nueva Alianza.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, le hemos escuchado pedir hoy en su oración sacerdotal. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’, continua diciendo. Para finalmente pedir por nosotros: ‘Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad’.
Santifícalos, conságralos… dice Jesús. Que nos llene de su gracia y de la fuerza del Espíritu. Que nos mantengamos en la unidad. ‘Que sean uno como nosotros’, pide. Es importante esa unidad, esa comunión que tiene que haber entre los que creemos en Jesús y buscamos realizar el Reino de Dios.
Decíamos que brilla fuerte el mal que impregna nuestro mundo, pero tenemos que hacer brillar con fuerza el bien, la bondad, el amor. Sepamos abrir los ojos para encontrar a nuestro lado a todos esos que luchan también por la verdad, por el bien y por la justicia; que sepamos valorar todo lo bueno que hacen tantos y sentirnos en comunión con ellos para que unidos hagamos brillar con mas fuerza la luz del amor que transforme nuestro mundo.
Un gran pecado nuestro es que muchas veces vamos a nuestro aire, queremos hacer el bien pero nos aislamos de los otros, no sabemos unirnos de verdad con todo lo bueno que podamos encontrar. Es importante esa petición que Jesús está haciendo por nosotros para que no nos desalentemos ni decaigamos, para que superemos esa desazón o esa desgana que nos puede entrar en muchas ocasiones.
Unidos nos sentiremos más fuertes para hacer el bien y así vencer las sombras del mal que quieren entenebrecer nuestro mundo.

jueves, 5 de febrero de 2015

Tenemos que ser por nuestras obras signos ante el mundo de lo que es el amor y la misericordia de Dios

Tenemos que ser por nuestras obras signos ante el mundo de lo que es el amor y la misericordia de Dios

Hebreos 12,18-19. 21-24; Sal 47; Marcos 6,7-13
‘Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: Estoy temblando de miedo’. Son las palabras que el autor de la carta a los Hebreos pone en labios de Moisés. Es expresión de lo que vivieron los Israelitas al pie del monte Sinaí. Aunque tenían la experiencia gozosa de la liberación de la esclavitud de Egipto y del paso del mar Rojo que les llevaba rumbo a la tierra prometida de libertad y prosperidad, fruto del amor que Dios le tenía a su pueblo, sin embargo vivían en el temor ante la grandiosidad de las manifestaciones de Dios.
Pero desde Jesús esa ya no puede ser nuestra experiencia. No es en el temor sino en el amor donde se manifiesta Dios. ‘Vosotros os habéis acercado… al Mediador de la nueva Alianza, a Jesús’ nos dice el autor sagrado. Y ¿qué vemos en Jesús? La manifestación de lo que es el amor de Dios.       
Ya lo hemos meditado tantas veces: ‘Tanto amó Dios al mundo, que nos entregó a su Hijo único…’ ¿Qué es lo que hizo Cristo Jesús? ‘Pasó haciendo el bien…’, que nos dice san Pedro. ¿Qué es lo que contemplamos en Jesús? Las obras del amor y la cercanía de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que por nosotros se entregó.
Como decíamos en el salmo ‘oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo’. El Señor compasivo y misericordioso se nos manifiesta en Jesús. Ahí contemplamos la cercanía del amor  de la misericordia de Dios cuando le vemos junto a los que sufren, sintiendo lástimas por aquellos que están hambrientos de pan y de Dios, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores, llenando de paz los corazones con su presencia y con su vida. Derramaría su sangre para poner en paz todas las cosas, para traernos la reconciliación y la paz.
Fue la obra de Jesús, su actuar y su vida. Así en nuestra fe en El nos llenamos de paz porque sabemos que El está siempre junto a nosotros para sanarnos, para levantarnos, para darnos vida, para llenarnos de paz, para ponernos en el camino del amor.
Tiene que ser nuestra actuar y nuestra manera de vivir también. Hoy le contemplamos en el evangelio enviando a los doce ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’, nos dice el evangelista. ¿Qué significa eso? Como Jesús han de ir haciendo el bien; como Jesús han de ir curando los corazones enfermos; como Jesús han de llevar la paz allá por donde vayan; como Jesús han de ser signos del amor de Dios para todos.
Al final el evangelista nos dirá: ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. ¿Qué significa eso también para nosotros hoy? Tenemos que ser signos ante el mundo que nos rodea de lo que es el amor y la misericordia de Dios; nuestra vida tiene que estar impregnada del amor y del amor tenemos que ir contagiando a nuestro mundo. ¡Cuánto tenemos que hacer en este sentido! Cuántos dolores que mitigar, cuantos corazones atormentados que tenemos que curar, cuántas señales tenemos que dar de reconciliación y de paz hemos de dar entre tanta división y violencia como destroza a nuestro mundo.
Es la misión que Dios nos confía; es la misión que confía a la Iglesia, signo que ha de ser de la misericordia de Dios para todos.

lunes, 28 de enero de 2013


Cristo Mediador de una Alianza Nueva

Hebreos, 9, 15.24-28; Sal. 97; Mc. 3, 22-30
 ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas’, hemos cantado y repetido con el salmo. Sí, un cántico nuevo, cantamos las maravillas del Señor. Cantamos a Cristo Jesús nuestro único Salvador, nuestro único Mediador, que ha derramado su sangre por nosotros, que intercede por nosotros y para eso ofrece su vida hasta derramar su sangre. ¿Queremos más motivos para cantar al Señor? Tiene que surgir ese cántico, esa alabanza, esa acción de gracias al Señor.
Nos ha dicho la carta a los Hebreos: ‘Cristo es el Mediador de una alianza nueva… con su muerte nos ha redimido de los pecados cometidos… ha entrado en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros’. No es el sacrificio de la antigua alianza en la que cada día se ofrecían sacrificios de animales queriendo ser gratos a Dios; es el Sacrificio de la nueva Alianza en su Sangre derramada de una vez para siempre para alcanzarnos el perdón de los pecados. Ya es el único y definitivo sacrificio; ya es la nueva y definitiva, eterna, Alianza. ‘De hecho, El se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’.
El autor sagrado en esta como catequesis que es toda la llamada carta a los Hebreos hace una comparación entre los sacrificios de la Antigua Alianza en la que los sacerdotes entraban cada día en el Santuario - como dice construido por hombres - para ofrecer los sacrificios que querían impetrar el perdón y la clemencia de Dios, con el Sacrificio único y definitivo de Cristo. Por eso nos dice que es ‘el Mediador de una Alianza Nueva’. Porque Cristo derramó su sangre de una vez para siempre.
Cuando nosotros celebramos la Eucaristía que estamos celebrando el Sacrificio de Cristo, porque estamos celebrando su pasión, muerte y resurrección, no estamos ofreciendo un nuevo sacrificio; estamos celebrando, haciendo presente, haciendo actual el único sacrificio de Cristo. Sobre el altar no se ofrece un nuevo Sacrificio. Se ofrece el Sacrificio de Cristo, el que El ofreció de una vez para siempre en el altar de la Cruz. Por eso lo llamamos memorial, como decimos en la plegaria eucarística. No es solo  hacer memoria, sino hacer presente aquel sacrificio de Cristo con todo su valor redentor.
Cristo se ofreció por nosotros, intercede por nosotros. Es el único Mediador porque solo de Cristo nos viene la gracia, nos viene la salvación que El ganó para nosotros en el sacrificio de la Cruz. Por eso ahora, como decíamos al principio recordando el salmo, queremos cantar ese cántico nuevo, esa alabanza al Señor, recordando las maravillas de su gracia y de su amor.
Finalmente una palabra del Evangelio. Seguimos contemplando la oposición a la obra y al mensaje de Jesús. Es el maligno que se resiste. Cristo viene a instaurar una vida nueva arrancándonos de las garras del mal, pero el mal sigue acechando y resistiéndose. Aquellos que ya no tienen argumentos para oponerse a la obra de Cristo, cuando además ven que todos vienen a buscar a Jesús, quieren escucharle y seguirle, se valdrán de todas las argucias posibles para hacerle frente; una actitud muy fácil pero también muy cobarde por la falta de argumentos es el querer desprestigiar. Cuántas veces actuamos nosotros así también en nuestra relación con los demás que cuando no tenemos nada bueno que decir, lo que queremos es desprestigiar, destruir corrosivamente al otro con nuestras críticas y nuestros juicios.
Por eso le acusan de que Jesús no está obrando rectamente, que detrás de lo que Jesús está haciendo está el maligno. ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios’, dicen con un argumento que en sí mismo no tiene sentido. ‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?’ les replica Jesús. Su pecado es mayor, imperdonable podríamos decir porque no ofrecen capacidad de arrepentimiento con lo que dicen. Y Jesús les explica y les da argumentos que en su ceguera no quieren reconocer.

viernes, 1 de junio de 2012


Tenemos un Sumo Sacerdote grande que ha atravesado los cielos, Cristo Jesús

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘A ti, Jesús, te alaban las naciones; que a tu reino nos llevas, y en ti cobra esperanza nuestra súplica, único mediador de cielo y tierra… Ungido por el Padre, Jesucristo, eterno Sacerdote, reconcilias al cielo con la tierra, los hombres y los ángeles te adoren… cantan tu gloria, Cristo sacerdote, los cielos y la tierra; a  ti que por amor te hiciste hombre y al Padre como víctima te ofrendas…’
Es parte de los himnos con que la liturgia canta a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que hoy celebra la Iglesia. Único mediador de cielo y tierra, Ungido por el Padre eterno Sacerdote. Así contemplamos hoy a Jesucristo.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo’, nos invita la carta a los Hebreos. ¿Cuál es la función del sacerdote? Como nos señala la misma carta ‘está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados…’
Cristo Jesús, uno como nosotros porque es verdaderamente hombre, está como único Mediador, como Sacerdote eterna que ha ofrecido el sacrificio definitivo de la nueva Alianza con el valor infinito de su Sangre porque es al mismo tiempo verdadero Hijo de Dios. ‘Se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote’. Para gloria de Dios Jesucristo fue constituido Sacerdote, en bien del género humano para hacernos llegar su salvación el Hijo único de Dios  es Sumo y Eterno Sacerdote.
El ha ofrecido el sacrificio definitivo de la Nueva y Eterna Alianza sellada con su Sangre, que nosotros actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Así es el Sacerdote pero también es la Víctima porque a sí mismo se ofrece y su propio cuerpo es el Altar del Sacrificio. 
Por eso cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, unimos en nuestra celebración a aquellos que participan del Sacerdocio de Cristo en el sacerdocio ministerial, para dispensar la gracia de esos misterios santos en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos.
Hoy es, pues, una fiesta del Sacerdocio de Cristo, de todos los bautizados que participamos de su sacerdocio porque con Cristo hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes por la unción del Espíritu, pero de manera especial de los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial en el Orden Sagrado. Por eso en la oración litúrgica pedimos que ‘conceda a quienes El eligió para ministros y dispensadores de los misterios santos la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’.
Un día que los sacerdotes vivimos de manera especial recordando y dando gracias a Dios por el don recibido al ser llamados y elegidos del Señor para este ministerio aunque no seamos merecedores de ello; un día que se convierte también en llamada a nuestro corazón para que generosamente respondamos a esa gracia del Señor y luchemos para ser cada día más santos para que dignamente ejerzamos este ministerio.
Pero es un día también en que la comunidad cristiana ha de tener en cuenta a sus sacerdotes en su oración. Para la gloria del Señor y en bien de la Iglesia, de la comunidad cristiana queremos responder a esa sublime llamada del Señor, pero necesitamos contar con el auxilio y la gracia de Dios. Es por eso que la comunidad cristiana tiene que estar con sus sacerdotes y rezar por ellos.
El Sacerdote no es un dirigente más como pueda haber tantos dirigentes en el ámbito de la vida civil. El sacerdote ha recibido una misión del Señor y participa de la misión de Cristo Buen Pastor. Y para ejercer esa misión de pastor ha de contar con la gracia del Señor. Por eso el pueblo cristiano tiene que orar por los sacerdotes para que sean fieles a su ministerio con una vida santa. Y han de orar también por las vocaciones para que sean muchos los llamados del Señor que respondan a esa invitación de gracia. 

sábado, 9 de julio de 2011

No tengáis miedo

Gén. 49, 29-33; 50, 15-25; Sal. 104; Mt. 10, 24-33

‘No tengáis miedo’, nos dice por tres veces hoy Jesús en el texto proclamado. Pero es una palabra repetida a lo largo del evangelio. Siempre que hay una manifestación maravillosa del Señor hay una invitación a la paz y a confiar. Siempre que nos quiere confiar una misión nos invita a la paz, alejando de nosotros todo temor.
‘No temas’, le dice el ángel a Zacarías, a María en Nazaret, a los pastores de Belén… y lo mismo a las mujeres o a Magdalena cuando van al sepulcro en la mañana de la resurrección. ‘No temas’, le dice a Pedro cuando se siente sobrecogido por la grandeza del Señor y le va a confiar la misión de ser pescador de hombres.
Con el Señor no cabe el temor, sino que siempre hemos de llenarnos de paz. Y despues de todo encuentro con el Señor que nos manifiesta su amor, su gracia, o su perdón, nos dirá que vayamos en paz, como a los enfermos curados de sus males o los pecadores perdonados. Ahora tras el envío de los apóstoles a anunciar el Reino y todo los anuncios que realiza Jesús dice lo mismo: ‘No tengáis miedo’.
Nos podemos sentir desbordados por la misión que se nos confía, por el testimonio valeroso que hemos de dar, pero no hemos de temer, no estamos solos porque su Espíritu está con nosotros. En ocasiones podemos sentirnos acobardados y llenos de temor porque nos damos cuenta que seguir al Señor tiene sus exigencias y nos podemos sentir débiles. Los problemas, la enfermedad y el sufrimiento nos angustian y puede ser que no veamos claro nuestro futuro, nuestra fidelidad en esos momentos difíciles, pero hemos de sentir esa palabra del Señor en nuestro corazón: ‘no tengáis miedo’.
No nos podemos esconder como no podemos enterrar el tesoro que se nos ha confiado porque hemos de comunicarlo, trasmitirlo a los demás. La riqueza de gracia que es la salvación no nos la podemos quedar solo para nosotros. Somos también enviados, aunque nos sintamos niños y que no sabemos hablar, como decían algunos profetas.
Lo que Dios nos ha ido revelando en nuestro corazón tenemos que gritarlo para que todos conozcan también las maravillas de Dios. Como nos dice hoy ‘nada hay escondido, que no llegue a saberse; lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea’.
¿Qué no nos entienden o nos rechazan? No importa; tenemos un gozo en el corazón desde la fe que tenemos en el Señor desde que nos sabemos amados por El que se tiene que desbordar y tenemos que compartirlo con los demás. ¿Por qué los demás también no han de conocer que son amados del Señor?
Nos recuerda Jesús lo que nosotros valemos. Nos recuerda aquello que ya nos había dicho de la confianza en la providencia de Dios. Valemos más que unos gorriones que Dios cuida y alimenta. Somos tan importantes para Dios que nada de nuestra vida le es ajeno como nos dice que ‘hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados’. Por eso podemos confiarnos en el Padre que nos ama y valientemente hemos de dar testimonio de El.
‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo’. Tenemos un grandioso abogado, Jesús que se ha entregado por nosotros y está a la derecha de Dios Padre intercediendo por nosotros. Es el Mediador único y universal de nuestra salvación.
Que nuestro encuentro con el Señor sea siempre para llenarnos de su paz y que eso nosotros también sepamos trasmitirlo a los demás.

sábado, 15 de enero de 2011

Palabra que nos llama y nos invita a ponernos en camino de nueva vida

Hebreos, 4, 12-16;
Sal. 18;
Mc. 2, 13-17

‘La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espiritu…’ Hermoso texto de la carta a los Hebreos que nos hace ponderar la maravilla y el poder de la Palabra de Dios. Palabra viva y Palabra de Vida; Palabra que nos sana y que nos sana; Palabra que nos llama y nos invita y Palabra que nos pone en camino de nueva vida; Palabra que nos llega a lo más hondo de nosotros mismos y Palabra que nos inquieta e interroga. Es Palabra de gracia y de salvación, de luz y de vida.
Lo contemplamos en Jesús. Estos días así lo hemos venido contemplando en estos textos del inicio del evangelio de Marcos. Anuncia el Reino de Dios, recorre los pueblos y las aldeas de Galilea, va a la sinagoga, les propone la Palabra en casa, llama a los pescadores junto al lago o al pasar por el camino invita a seguirle a Leví, el publicano, pero sirve de interrogante e inquietud en el corazón a todos los que le escuchan aunque no quieran recibirle, sana y salva porque cura de la enfermedad y del mal y perdona los pecados, busca al hombre pecador para llevarle a nueva vida y no teme sentarse a la mesa incluso con aquellos que consideran de mala fama. Es el médico que viene a buscar al hombre enfermo porque quiere la salud y la salvación siempre para el hombre.
Ya lo hemos escuchado en el evangelio proclamado. Cuánto nos enseña Jesús con su manera de actuar buscando siempre al pecador. Llamó a Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos, pero vemos también la prontitud y generosidad de éste para seguir la llamada de Jesús. ‘Se levantó y lo siguió…’ y hasta sentó en su mesa a Jesús y sus discípulos agregándose a este banquete los que eran sus amigos y compañeros de profesión.
Pero las actitudes buenas provocan siempre reacción en quienes las contemplan. Ojalá sea siempre una reacción positiva para hacer lo mismo, pero bien sabemos quien está siempre con la desconfianza y con la sospecha y hasta en los mejores gestos puede ver malas o aviesas intenciones. ‘Algunos letrados fariseos, al ver que comía con recaudadores y otra gente de mala fama, les dijeron a los discípulos: ¡De modo que come con recaudadores y pecadores!’
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. ¿Quién puede considerarse justo delante del Señor? Si somos sinceros con nosotros mismos nos reconoceríamos pecadores. Porque la actitud de aquellos letrados fariseos no es muy distinta de la que tenemos la tentación tantas veces en la vida de tener nosotros también en referencia a los que nos rodean.
Cuántas discriminaciones hacemos en la vida. Cuántas veces llenamos nuestro corazón de sospechas y de juicios contra los demás. Con qué facilidad vemos la paja del ojo ajeno sin darnos cuenta de la vida que llevamos en el nuestro. No tendría que ser esa la actitud que cultiváramos en el corazón. Qué fáciles son las actitudes orgullosas y llenas de soberbia. Pero el hombre humilde es el que es grato al Señor.
Dejemos que esta ‘palabra viva y eficaz’ que estamos escuchando penetre hasta lo más hondo de nosotros y dejémonos interrogar por ella con toda sinceridad allá en nuestro interior. Que siembre la inquietud en nuestro corazón para que sintamos deseos sinceros de acercarnos a Jesús para que nos cure, para que nos sane, para que nos llene de su salvación. El también nos invita a levantarnos de esa situación en la que a veces estamos como apoltronados en nuestra vida y quiere ponernos en camino de vida nueva. Escuchemos su voz. Seamos generosos en nuestra respuesta. Llenemos nuestra vida de la salvación que Jesús nos ofrece.
Quizá, como Leví fue una mediación para que también otros estuvieran junto a Jesús, aquellos otros recaudadores y pecadores, también nosotros podemos ser mediación para que otros lleguen también hasta Jesús. Cuando Jesús nos llama y nos invita a levantarnos seguro que nos quiere confiar una misión, el hacer que otros también puedan conocer la salvación, puedan llegar hasta este médico divino que viene siempre buscando nuestro corazón enfermo para sanarlo y para llenarlo de vida. No nos hagamos sordos a la llamada que el Señor nos hace.

martes, 18 de mayo de 2010

Ha llegado la hora de la glorificación en el sacrificio de la Pascua

Hechos, 20, 17-27;
Sal. 67;
Jn. 17, 1-11

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique… y dé la vida eterna a los que me confiaste...’ Así comienza Jesús su oración sacerdotal (así solemos llamarla) al final de la Última Cena antes de salir para Getsemaní. Oración que hace por los discípulos, por aquellos que creen en El y a los que quiere dar vida eterna. Para eso ha venido y ha llegado su Hora.
Casi al principio del evangelio de Juan, en las Bodas de Caná, ante la petición de su madre por la situación que pasan los novios a los que se les ha acabado el vino de la boda, Jesús le dice: ‘Aún no ha llegado mi hora’. Sin embargo en la medida en que nos acercamos a la Pascua, a su pasión y muerte, ya el evangelista nos va a decir que se acerca su hora.
Cuando Felipe y Andrés les presentan a Jesús a los dos gentiles que quieren conocerle, Jesús responderá anunciando la llegado de su hora, la hora de su glorificación. ‘Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado’. Y añade: ‘Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante’. Un anuncio de hasta donde llega su amor de dar su vida por nosotros a quienes ama.
Y cuando va a comenzar la cena pascual volverá a hablarnos el evangelista de la hora que llega. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’. La hora de pasar de este mundo al Padre, la hora del amor y del amor hasta el extremo, la hora de la glorificación.
Ahora en la cena se nos vuelve a hablar de la hora y de la hora de la glorificación. Es la hora del amor, la hora del grano de trigo que muere para dar fruto, la hora en que será glorificado Jesús y será glorificado el Padre en el supremo sacrificio de la Pascua, el supremo amor de quien se entrega hasta morir para que nosotros tengamos vida eterna.
El domingo de la Ascensión contemplábamos a Jesús glorificado subir al cielo y sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso. Glorificado en la pasión, en la muerte, en la entrega de amor para llegar a la plenitud total junto a Dios. Y en ese momento hace el ofertorio, hace su oración por todos, y por todos aquellos que creyendo en su nombre van a alcanzar la salvación.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… y han creído que tú me has enviado… te ruego por ellos… en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.
Cristo no nos deja ni se desentiende de nosotros como decíamos el día de la Ascensión. Intercede por nosotros porque quiere darnos su Espíritu. ‘Ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’, que decimos en el prefacio. Es un consuelo grande tener tal mediador e intercesor. Con cuánta seguridad y confianza hemos de seguir su camino.

domingo, 24 de mayo de 2009

La ascensión de Jesús nuestra victoria y nuestro compromiso por el Reino


Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46
Ef. 1, 17-23;
Mc. 16, 15-20

‘Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos…’
No podemos menos que comenzar con estas palabras del prefacio, que resumen todo el sentido de esta fiesta de la Ascensión del Señor. Es el Señor, el Rey de la gloria, el vencedor del pecado y de la muerte, el Pontífice y Sacerdote eterno, el mediador entre Dios y los hombres, el que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, el que ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Nos quedamos extasiados mirando al cielo, como los discípulos en el momento de la Ascensión – ‘¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, les dijeron los ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión –, porque de alguna manera nosotros también queremos ascender, sentimos que su victoria es el principio de ‘nuestra victoria, y donde nos ha precedido El, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo’. Pero al mismo tiempo nos sentimos enviados porque el mensaje de la Ascensión también tenemos que llevarlo a los hombres nuestros hermanos.
Es lo que nos confía Jesús en el momento de su Ascensión. Se ha de cumplir primero en nosotros lo que era su promesa, para luego sentirnos enviados. ‘No os alejéis de Jerusalén, aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que os he hablado… vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo’. Y luego les dice, nos dice: ‘Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo… id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva de la salvación, el Evangelio, a toda la creación…’
Tenemos antes que nada quedarnos como los discípulos en Jerusalén, en el Cenáculo, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre. Tenemos que dejarnos llenar de su Espíritu para poder sentirnos en verdad enviados e ir con su fuerza. Ese momento de Cenáculo, ese momento de oración que nos trasciende y nos abre a Dios es algo que necesitamos saber hacer. Porque no vamos a anunciarnos a nosotros mismos sino la salvación que Jesús nos da. ¡Qué importante es la oración en la vida del cristiano! ¡Qué importante que sepamos abrir nuestra vida y nuestro corazón para llenarnos de Dios, para llenarnos de su Espíritu!
Vendrá, sí, el Espíritu, si nos dejamos inundar por El y para eso hemos de ser corazón abierto, que nos levantará también a nosotros haciéndonos ascender en nuestra vida, porque nos dará una vida distinta. Vendrá el Espíritu que nos ungirá con su fuerza y su poder para llenarnos de la vida de Dios. Vendrá el Espíritu que nos asemejará a Jesús, nos configurará con El, nos hará una cosa con El para tener su misma vida y misión. Y la misión será llevar esa Buena Noticia de la salvación que nos levanta, que nos dignifica y nos hace grandes, que nos llena de vida y dará nueva vida al mundo, que nos transformará a nosotros y transformará también a los demás. ‘El que crea y se bautice se salvará…’, les dice Jesús.
Celebrar la fiesta de la Ascensión nos convierte en mensajeros de esperanza. Nos hace testigos en medio del mundo con nuestra vida en virtud de la fuerza del Espíritu del Señor que está en nosotros. Esperanza para nosotros de alcanzar esa salvación y esperanza para nuestro mundo tan necesitado de esperanza.
Cuando decimos que creemos en Jesús es que en él ponemos toda nuestra esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. Salvación que nos hace trascender para pensar en la vida eterna, pero salvación que vamos empezando a vivir ahora aquí cuando vamos llenando nuestro mundo de los valores del Reino de Dios.
Valores que tienen que resplandecer en nosotros: en nuestro amor, en nuestro deseo de bien y de verdad, en nuestro compromiso por los demás, en la alegría y en la paz que llevamos en nuestro corazón y con la que queremos contagiar a los que nos rodean. Somos testigos de esos valores y queremos que cada día resplandezcan un poco más en ese mundo que nos rodea tan lleno de desamor, de mentira y falsedad, tan insolidario muchas veces y tan egoísta, tan lleno de violencias de todo tipo y tan carente de justicia y de paz. Y ahí está nuestro compromiso. Sembrar esa buena semilla de los valores del Reino y saber avivar también cuanto de bueno haya en el corazón de los demás que son también semillas del Reino. Y para eso tenemos la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón.
Por eso no nos quedamos parados simplemente mirando al cielo sino que recogemos el testigo que Cristo pone en nuestra manos para continuar su misión. Que se nos dé ‘el espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… que se iluminen los ojos de nuestro corazón para comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que creemos…’
Una esperanza viva tiene que surgir en nuestro corazón. Una esperanza viva y una esperanza comprometida porque tenemos que llevarla a los demás. Somos mensajeros del Reino. Somos testigos de una Salvación. Somos portadores de Evangelio, de Buena Noticia para los demás. Que lo seamos con nuestra palabra. Que lo seamos con nuestra vida. Que claramente anunciemos a Jesús como nuestro único Salvador a toda la creación.

jueves, 22 de enero de 2009

Sumo Sacerdote, sentado a la derecha de Dios y Mediador de la Nueva Alianza

Hebreos, 7, 25-8 6

Sal. 39

Mc. 3, 7-12

‘Tenemos un Sumo Sacerdote tal que está sentado a la derecha del Trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre’. Manifiesta sí la carta a los Hebreos el Sacerdocio de Cristo, el que ‘subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso’, como confesamos en el Credo.

Sigue hablándonos del Sacerdocio de Cristo, haciendo referencia como en comparación con el sacerdocio del Antiguo Testamento, con el sacerdocio del Templo de Jerusalén, como hemos visto repetidamente estos días. Hoy nos dice: ‘este sacerdocio están al servicio de un esbozo y vislumbre de las cosas celestiales’. Aquel sacerdocio del Antiguo Testamento era como una preparación del nuevo Sacerdocio de Cristo.

Un esbozo nos dice; cuando un artista va a elaborar un cuadro que ha de pintar, primero hace el esbozo de aquella pintura, trazando las líneas maestras o fundamentales; pero luego el cuadro será más completo y más perfecto. Así el Sacerdocio de Cristo. ‘Las palabras del juramento, posterior a la ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre’, nos dice. Y continuará: ‘Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente, cuanto mejor es la Alianza de la que es mediador, una Alianza basada en promesas mejores’. Cristo es el Sacerdote de la Nueva Alianza: la eterna, la definitiva.

Escuchábamos en páginas anteriores que ‘el Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios…’ Pero nos hablaba de un sacerdote, hombre como los demás y sujeto a las mismas limitaciones del pecado. Por eso podría compadecerse de sus hermanos. Pero también significaba que tenía que ‘ofrecer sacrificios por sus propios pecados como por los del pueblo’.

El nuevo Sacerdote, el Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, ‘ya no necesita ofrecer sacrificios cada día – como los sumos sacerdotes que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo – porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo’. Ya no hay sino un único sacrificio, el Sacrificio de la Alianza Nueva y eterna, el Sacrificio de Jesús en la cruz. No necesitamos repetir nuevos sacrificios. Cuando nosotros celebramos no hacemos otra cosa que celebrar el único Sacrificio de Cristo.

Y esto nos llena de esperanza. Tenemos un intercesor definitivo en los cielos. ‘Jesús puede salvar definitivamente a los que por medio de El se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor’. ¡Qué seguridad y qué confianza! Cristo intercede por nosotros. Por Cristo, en Cristo y con Cristo podemos nosotros dar la mayor gloria y honor a Dios Padre. Es lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía.

Que, entonces, cada vez que celebremos la Eucaristía alcancemos esa gracia y esa salvación que necesitamos. Que nos llenemos de su vida. Que tributemos la mayor gloria a Dios uniéndonos a Cristo en la celebración de la Eucaristía.