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jueves, 23 de mayo de 2024

Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

 


Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

Jeremías 31, 31-34; Salmo 109; Marcos 14, 12a. 22-25

Cuando comemos algo quizás, como a primera vista, estamos pensando en el sabor y en el gusto de aquello que comemos, podemos sentirnos atraídos por su forma, su colorido o su sabor, como decimos algunas veces no comemos lo que no nos entra por los ojos, pero tendríamos que decir que todo eso es accidental, que lo importante es lo que asimilamos de aquel alimento, lo que nos da de vida al alimentarnos porque en fin de cuentas es lo que viene a significar el alimentarse, los nutrientes que recibimos que se convierten en energía y vida en nosotros, más allá de lo que desde su apariencia podemos contemplar. Quizás en ocasiones haya cosas que comemos, que ingerimos, aunque no nos sea siempre agradable al paladar, como nos puede suceder con una medicina que tomamos aunque no nos agrade porque sabemos que nos va a dar salud.

Hay en el evangelio se nos habla de comer un pan, que nos dice Jesús que es su cuerpo entregado por nosotros, y se nos invita a beber del vino de una copa que se nos señala que es la sangre derramada por nosotros. Y se nos habla de Alianza como se nos habla también de Reino de Dios, de la misma manera que se nos sitúa en el día de la pascua, en el día en que era sacrificado el cordero pascual.

Todo esto nos quiere decir mucho, porque cuando se nos habla de comer ese pan y de beber de ese cáliz se nos está diciendo qué es lo que realmente vamos a asimilar en esa comida; ya no será simplemente un pan o una copa de vino, se nos está hablando de la entrega de Jesús que es la ofrenda que de si mismo hace al Padre y se nos habla de su sacrificio, que es pascua y que es redención.

¿Quién puede ser capaz de realizar tal ofrenda en la que así mismo es la victima ofrecida en sacrificio? Eso solo lo puede realizar Jesús. Es el Pontífice, es el Sacerdote de la nueva alianza, porque en su entrega y en su sangre derramada se va a establecer una nueva Pascua. Contemplando estamos, pues, a Jesús como Sacerdote y al mismo tiempo como víctima porque es El quien se entrega, quien se sacrifica, quien en sí mismo realiza ese Sacrificio de la Nueva Alianza.

No es como la antiguas en que se ofrecía algo ajeno a uno mismo, aunque con nosotros también tuviera relación, una ofrenda de algo que personal que se hacía, una animal que se consideraba propio y que de alguna manera quería representarnos, pero ahora es distinto, no es algo ajeno o que lejanamente tenga relación con quien hace la ofrenda o realiza el sacrificio, porque es El mismo quien se entrega, quien se convierte en ofrenda pero quien al mismo tiempo hace la ofrenda. Es un nuevo sentido del sacerdocio, un nuevo Sacerdocio, no como el de los antiguos que podía pertenecer a un familia o heredarse de uno a otros; este es un sacrificio eterno, como el de Melquisedec, aquel sumo sacerdote del que ya no se cuentan los años ni la ascendencia familiar, sino que también va a realizar una ofrenda eterna.

Así es el Sacerdocio de Cristo, al que en verdad podemos llamar Sumo y Eterno Sacerdote, que es la fiesta que hoy estamos celebrando, en este jueves posterior a Pentecostés. Una jornada verdaderamente sacerdotal, no solo contemplando a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sino que nos obliga a pensar y contemplar a cuantos participan de ese sacerdocio de Cristo, no solo ya porque en el Bautismo hemos sido consagrados para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes, sino que hoy queremos contemplar a quienes el Señor ha llamado con una vocación especial para ser con Cristo esos sacerdotes que también hagan y realicen con su vida el mismo sacrificio de Cristo viviendo una entrega semejante a la de Cristo para el servicio y el bien de todo el pueblo de Dios.

Este jueves es una jornada especialmente sacerdotal, para considerar y valorar a quienes como presbíteros de la comunidad ejercen con su vida un sacerdocio como el de Cristo, convirtiéndose así con sus vidas y ministros y servidores de reconciliación y de amor, en ministros y servidores del pueblo de Dios. Por ellos hemos de orar para que puedan ejercer con fidelidad su ministerio asemejándose en todo a Cristo. Oremos, pues, por los sacerdotes y pastores del pueblo de Dios.

lunes, 3 de octubre de 2022

Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

 


Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

El propio significado de la palabra lo dice, prójimo es el que está cerca, el próximo, el que está al lado y parece que no tiene mucha complicación su interpretación. Pero claro, nosotros consideramos próximos a nosotros a los que son de los nuestros, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a aquellas personas con las que habitualmente nos relacionamos y mantenemos una buena relación; estaríamos hablando de una cercanía por la sintonía familiar o de amistad que mantengamos con esa persona. Pero ¿no nos estará sucediendo que incluso aquellos que físicamente están cercanos a nosotros en esa otra sintonía los estaremos poniendo lejos?

Creo que esto es lo que nos está planteando Jesús. Vayamos por partes. Un letrado, un maestro de la ley se ha acercado a Jesús para preguntar por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna; Jesús le responde haciendo que recuerde qué es lo que dice la ley de Moisés, cuales son los mandamientos. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ a lo que aquel letrado no le quedará más remedio que responder con aquello que todo buen judío se sabia de memoria, que era el mandamiento principal que hablaba del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor al prójimo.

Y es aquí cuando comienzan los cuestionamientos. Aquel hombre pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’ Jesús le responderá con la parábola que todos conocemos, la hemos escuchado muchas veces y nos hemos repetido hasta la saciedad en comentarios. Un hombre malherido al ser asaltado por unos ladrones que queda tirado a la orilla del camino. ¿Está vivo? ¿Está muerto? Un problema para aquel sacerdote y para aquel servidor del templo, que si llegaban a tocar un muerto quedarían impuros y eso les incapacitaría para el servicio del templo hasta que hicieran la correspondiente purificación. Era la ley de Moisés que en esos aspectos tan escrupulosamente querían cumplir. Por eso dan un rodeo. Como para no ver al herido.

Pero alguien más va por el camino. Estamos en la tierra de Judá, entre Jerusalén y Jericó, pero quien viene ahora por el camino no es un judío, sino un hombre de Samaria. Bien conocida es la rivalidad entre judíos y samaritanos, y como estos eran mal vistos por los judíos, porque los consideraban como unos herejes al haberse construido otro templo en el Garizín. Pero este hombre sí se detiene junto al herido, lo cura, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada donde lo terminen de curar desprendiéndose de lo que fuera necesario para que aquel hombre se recuperara.

Y es ahora cuando Jesús hace la pregunta al letrado pero dándole la vuelta a lo que éste antes había preguntado. No pregunta Jesús quien es el prójimo, sino quien se portó como prójimo, quién se hizo cercano, quien no midió distancias ni afectos ni amistades, quien se bajó de la cabalgadura para curar y para ceder puesto, pues en esa cabalgadura sin más miramientos montó al herido para llevarlo a la posada.

Y es la pregunta que nos late también a nosotros en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuándo nos portamos como prójimos? ¿Con quien nos portamos como prójimos? ¿Será solo aquello de que yo soy amigo de mis amigos y con ellos me porto bien? ¿Será aquello de que yo te ayudo hoy porque tú me ayudaste ayer o para que me ayudes mañana? ¿Habremos convertido la ayuda o el servicio que les prestamos a los demás en algo así como una compraventa, porque yo te doy para que tú me des?

Mucho tiene que hacernos pensar. Mucho tiene que hacernos reflexionar sobre la manera como vamos caminando por la vida. Mucho tenemos que abrir los ojos, pero abrir también el corazón para comenzar a ver con una mirada distinta a tantos con los que nos cruzamos en los caminos y a los que ni miramos ni somos capaces de regalarles una sonrisa. Reconozcamos que cuesta.

jueves, 9 de junio de 2022

Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

 


Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26

Muchas veces habremos rezado el salmo 22, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta’. Hemos disfrutado de la belleza, sencillez y al mismo tiempo profundidad de ese salmo; nos hemos regocijado sintiéndonos servidos por ese pastor que nos lleva a los mejores pastos, nos ofrece las mejores fuentes, cuida de nosotros para reponer nuestras fuerzas o curar nuestras heridas; ese pastor que nos prepara una mesa en la que él mismo sirve ungiéndonos con el óleo de la alegría, ese pastor que nos hace gozar y disfrutar de la misericordia del Señor.

¿Quién es ese pastor? El evangelio nos habla del pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros; el pastor cuya voz conocen sus ovejas, pero conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre; el pastor que es capaz de dar su vida por sus ovejas porque cuando ve venir al lobo no huye sino que le hace frente, poniéndose por medio para salvar a sus ovejas. Y Jesús nos dice que El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas conocen y escuchan su voz.

Este salmo que hemos comenzado comentando y haciendo como una paráfrasis es precisamente el que nos ofrece hoy la liturgia en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que celebramos en este jueves posterior al domingo de Pentecostés. Si la liturgia nos lo ofrece a nuestra consideración y para nuestra oración mientras celebramos esta fiesta es porque viene bien a definirnos el sentido del Sacerdocio de Cristo.

Es el nuevo sacerdocio que en Cristo se establece. Hermosas son las consideraciones que nos hace la carta de los Hebreos sobre este nuevo Sacerdocio del Nuevo Testamento. No es en función de una herencia familiar como lo era en el Antiguo Testamento. Aarón fue consagrado por Moisés a la hora de constituir el pueblo de la Alianza a partir del Sinaí y serían los descendientes de Aarón, de la familia y tribu de Leví, los que constituirían ese sacerdocio.

Función del sacerdote era la de ser mediador y puente – por ese se le dice pontífice – entre Dios y el pueblo encargado de ofrecer en nombre del pueblo los sacrificios a Dios y de trasmitir de parte de Dios su palabra para el pueblo. Pero con Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, ¿quién podría expresar mejor lo que significaría ese nuevo sacerdocio para el nuevo pueblo de Dios? Es Jesús el verdadero mediador, en cuanto Dios y hombre verdadero, y quien no ofrece un sacrificio cualquiera sino que se ofrece a sí mismo dando su vida, derramando su sangre para nuestra salvación. Se constituye así Jesucristo en Sacerdote, víctima y altar, Sumo y Eterno Sacerdote como hoy lo proclamamos y celebramos.

Ese sacerdocio de Cristo del que todos participamos en virtud de la consagración de nuestro Bautismo, pues con Cristo hemos sido ungidos para ser con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos nosotros los que nos unimos a esa ofrenda de Cristo ofreciendo con nuestra vida sacrificios agradables al Padre. Somos un pueblo sacerdotal unido al sacerdocio de Cristo.

Pero esta fiesta del Sacerdocio de Cristo es también la fiesta de aquellos que participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo, ejerciendo esa especial función dentro del pueblo de Dios, los presbíteros, participes de ese sacerdocio de Cristo de manera especial por el Orden Sacerdotal. Se configuran de manera especial con Cristo para con la fuerza del Espíritu ejercer ese ministerio sacerdotal en el pueblo de Dios. En nombre de Cristo se convierten en nuestros pastores, para que a imagen de Cristo, Buen Pastor, también nos conduzcan hacia fuentes tranquilas que reparen nuestras fuerzas en virtud de su ministerio.

Han de ser la imagen de Cristo, a pesar de sus debilidades, para traernos a Cristo y para atraernos hacia Cristo. Divina la función que tienen que ejercer y que solo podrán realizar con la fuerza del Espíritu del que tienen que sentirse revestidos con una fuerza especial. Cuidan del pueblo de Dios como pastores, pero han de sentirse cuidados por ese pueblo de Dios que escucha su voz, como escuchan a Cristo.

De ahí cómo tiene que arropar el pueblo de Dios a sus sacerdotes y no en una oración esporádica que hagan en un día como hoy que se recuerde el sacerdocio de Cristo, sino que ha de ser la oración constante del pueblo de Dios la que los sostenga para que el ángel del Señor los libere de todo mal, como liberó a Pedro de la cárcel por la oración de la comunidad cristiana que apoyaba a su pastor, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Recemos, pues, por los sacerdotes para que con la gracia del Señor se mantengan fieles a su ministerio y servicio al pueblo de Dios en las diversas funciones que han de realizar en la comunidad cristiana mientras se les permita realizar su función.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

martes, 4 de junio de 2019

Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El


Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Siente uno admiración cuando se encuentra con una persona cuando se encuentra ya casi en el final de sus días – al menos son ya muchos los años que tiene y en los que ha desarrollado quizá una intensa vida – es capaz de hacer como una pausa y una recopilación, por llamarlo de alguna manera, de lo que ha sido el recorrido de su vida, pero resaltando quizá lo que han sido los valores que han marcado su vida, el sentido que le ha dado a lo que ha hecho y con espíritu de fe profundo hace como una ofrenda de lo que ha sido su vida para presentarla ante de Dios. De alguna manera sentimos la ‘magua’ como decimos en mi tierra de nosotros no poder hacer una cosa semejante con nuestra propia vida.
No es querer dejar la hoja de servicios, nuestra hoja de vida bien completada para facilitar quizás que alguien pueda cantar nuestras alabanzas por lo que hemos hecho – echaríamos a perder lo bueno que hayamos podido realizar si con esas intenciones lo hiciéramos-, sino más bien ver qué es lo que llevamos en nuestras manos para presentarnos ante Dios, pero para alabarle y glorificarle por esa presencia de Dios que hemos sentido en nuestras vida y al mismo agradecer la misericordia que ha tenido con nosotros para borrar esas sombras – tantas que hay – en nuestra hoja de vida porque así de grande es el amor que se ha ido derramando en nuestra vida.
Hoy nos encontramos en el evangelio esa ofrenda de Jesús en lo que solemos llamar su oración sacerdotal. Al final de la cena cuando ya el Pontífice está dispuesto a subir al altar de la redención escuchamos esa hermosa oración de Jesús. Es ahora la hora de la ofrenda y del sacrificio, es la hora del amor extremo, sin límites, como nadie ha amado como solo en Jesús podemos encontrar en toda su plenitud. Siente la gloria de Dios en su vida y quiere glorificar al Señor. Y su gloria está en la ofrenda que va a realizar.
Entendemos como esa glorificación de la que habla Jesús es su propia muerte, porque será cuando sea levantado hasta lo alto del madero cuando atraerá a todos junto a si; será el momento de la glorificación, porque todo en su vida es obediencia al Padre – no se haga mi voluntad sino la tuya exclamará en Getsemaní cuando siente la amargura del cáliz de la pasión que ha de beber – porque su alimento ha sido siempre hacer la voluntad del Padre.
Ahora reconoce que ha hecho cuanto el Padre le ha encargado y por eso va a rogar y con gran intensidad por los que el Padre les confió y aquí quedan para seguir haciendo la obra de Jesús. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste…’ Tantas veces había dicho que aun no era su hora, pero ahora dice que ‘ha llegado su Hora’, como recordaba el evangelista al principio de la cena pascual  que había llegado ‘la hora de pasar de este mundo al Padre’.
En un breve comentario como son las líneas de esta semilla de cada día no podemos llegar a comentar con todo detalle todas las palabras de Jesús. Seguiremos en los próximos días en que la liturgia nos irá ofreciendo la totalidad de la oración sacerdotal de Jesús y tendremos oportunidad de destacar otros aspectos. Sea una semilla que dejamos sembrada en nuestro corazón.
Valga este breve comentario para que sintamos también en nuestro interior ese deseo de tomar en nuestras manos lo que es y ha sido nuestra vida hasta este momento para hacer esa ofrenda de glorificación a nuestro Padre del cielo. Bien recordamos aquella consigna de san Ignacio de que todo sea siempre para la gloria de Dios. Así seremos en verdad glorificados en El.

sábado, 28 de octubre de 2017

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Cuando queremos construir un sólido edificio nos preocupamos de preparar unos adecuados cimientos y una apropiada estructura de pilares y columnas que sean lo que conformará ese edificio dándole la adecuada solidez. No entro yo en aventuras constructivas además de dejar a los técnicos correspondientes que realicen su trabajo, pero la imagen nos vale para lo que es la construcción de nuestra vida.
A lo largo de nuestra existencia vamos teniendo unos pilares sobre los que nos vamos apoyando y que son los que nos van dando las pautas para el mejor desarrollo de nuestra vida. Serán nuestros padres en los que tendremos siempre el apoyo fuerte que necesitamos, pero al mismo tiempo en el camino de la vida vamos encontrando otros, llamémoslos así también, pilares que en las tareas educativas como nuestros maestros y profesores, o en el contacto diario con las personas con las que convivimos o por la situación social que desempeñan que van siendo también para nosotros esos puntos de referencia para la construcción de nuestra personalidad.
Todos recordamos sabios maestros que supieron inculcarnos los mejores valores, o personas que fueron ejemplo para nosotros y ya fuera con su testimonio, su imagen o también sus palabras y que los recordaremos siempre porque se convirtieron para nosotros en un espejo donde mirarnos y sentirnos estimulados en nuestro crecimiento personal. Esas columnas, esos apoyos, esos postes de dirección que hemos ido encontrando en la vida y que tanto bien nos han hecho.
Lo decimos también en el ámbito de la fe y de nuestro caminar cristiano. Cristo es la piedra angular, verdadero fundamento de nuestra fe y de nuestra vida. Pero Jesús quiso dejarnos unas piedras como cimiento y unas columnas que nos sirvieran de apoyo de referencia para el camino de nuestra vida cristiana.
Ya sabemos como a Pedro le dice que será piedra sobre la que se fundamentará su Iglesia y eso misión le confió de confirmar en la fe a sus hermanos a lo largo de la historia realizada en sus sucesores que en nombre de Cristo conducen el camino de la Iglesia. Junto a Pedro Jesús quiso constituir el Colegio Apostólico en los doce apóstoles que iban a ser ese cimiento y esos pilares en los que se edificara el edificio de la Iglesia.
Es lo que nos dice hoy el apóstol cuando litúrgicamente estamos celebrando la fiesta de dos apóstoles, san Simón y san Judas. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Ahí lo tenemos claramente. De ahí la importancia de la celebración de la fiesta de los apóstoles, como hoy celebramos.
Recordamos nuestro fundamento, no olvidando que una de las características de la verdadera iglesia de Cristo es ser apostólica. A través de ellos recibimos el don de la fe, porque ellos fueron los primeros testigos de Cristo resucitado y como tales Jesús los envió por el mundo.
Creo que tendríamos que dar gracias a Dios por nuestra pertenencia a la Iglesia y en la comunión de fe y de amor que en ella vivimos nos sentimos alimentados y fortalecidos para nuestro camino y la misión que también hemos de realizar nosotros en medio del mundo.
Pero creo que también podríamos, tendríamos que recordar a aquellos que en nuestra vida personal hemos tenido como esas columnas, esos pilares de nuestra fe porque a través de ellos nos hemos alimentado, hemos aprendido los valores del evangelio, nos sentimos estimulados para nuestra entrega y nuestro amor.
Además de nuestros padres y familiares cercanos que nos educaron en la fe cristiana, hemos recibido mucho de los sacerdotes que hemos conocido en la vida, de los catequistas que nos ayudaron y nos instruyeron, de esas personas que en nuestra comunidad concreta han sido ejemplo y estimulo para nuestra vida; seguro que cada uno de nosotros podríamos hacer una hermosa lista de esas personas a las que tendríamos que estar tan agradecidos por lo que de una forma o de otra nos ayudaron a mantener viva la llama de nuestra fe.
Han sido apóstoles para nosotros y discípulos fieles, testigos de una fe que con su testimonio han iluminado nuestra vida, verdaderas columnas en que apoyarnos y que contemplando su testimonio han sido para nosotros estímulo y también fuerza de gracia para nuestro caminar. Demos gracias a Dios por todos ellos.

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.


jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

martes, 4 de marzo de 2014

Lo hemos dejado todo y te hemos seguido...



Lo hemos dejado todo y te hemos seguido…

1Ped. 1, 10-16; Sal. 97; Mc. 10, 28-31
‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, le dice Pedro a Jesús. Todo partió de aquel episodio - lo escuchamos ayer - en que uno vino y se postró ante Jesús preguntando que había que hacer para heredar la vida eterna. Cuando Jesús le plantea que además de guardar los mandamientos hay que mirar más arriba, más alto, porque son otras actitudes profundas las que hemos de tener en el corazón para ser capaz de darlo todo, desprenderse de todo para seguir el camino de perfección que le propone Jesús, aquel hombre se marchó pesaroso porque era muy rico.
‘¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen toda su confianza en el dinero!’ había sido el comentario de Jesús. Ellos lo veían difícil y costoso. ‘Entonces, ¿quién puede salvarse?’ se preguntaban. Y Jesús les explica que solo con la fuerza humana, la buena voluntad y los buenos deseos no basta; es necesario algo más, es necesario poner toda su confianza en el Señor y por El ser capaz de dejarlo todo; y para eso no faltará la gracia de Dios. ‘Con Dios no es imposible’.
Es cuando surge el comentario de Pedro que hoy escuchamos. Ellos lo habían dejado todo; allá junto al lago se habían quedado las redes y las barcas, cuando Jesús les invitó a ser pescadores de hombres; el mostrador de los impuestos se había quedado vació cuando Jesús había llamado a Leví; y así uno y otro de los discípulos habían ido dejando atrás muchas cosas, algunos hasta sus deseos de independencia y liberación de la opresión romana, entre ellos había algún ‘celote’; aunque algunas veces hubieran aparecido de nuevo deseos de grandezas y de primeros puestos, ellos estaban allí porque lo habían dejado todo para seguirle.
Y Jesús con su respuesta quería hacerles reflexionar, encontrar los verdaderos motivos para estar allí con El, y el Señor nunca nos defrauda. Se trataba de que todo aquello lo habían dejado - casa, hermanos, padre o madre, tierras o posesiones - por Jesús y por su Evangelio. Y decir por Jesús y su evangelio significaba que en Jesús en verdad habían encontrado palabras de vida eterna, como un día confesaría Pedro; que lo habían dejado todo por el Evangelio, significaban que esa Buena Noticia que estaban escuchando y que les anunciaba el Reino de Dios era en verdad algo que llenaba totalmente su corazón y su vida.
Por Jesús,  por el Reino de Dios estaban dispuestos a todo. Algunas veces eso iba a costar, porque en ellos mismos aparecerían las ambiciones como tantas veces les sucediera, o porque también iban a encontrarse que hacer ese anuncio y vivir ese Reino de Dios en ocasiones iba a ser costoso. Pero tendrían una satisfacción grande en el alma, porque nacía una nueva familia y una nueva hermandad; porque en torno a sí iban a encontrarse tantos hermanos que lucharían también por lo mismo, y eso les llenaba de satisfacción y gozo el alma; porque podían tener la alegría de ellos también hacer ese anuncio del Reino de Dios e ir realizando también sus señales; porque finalmente sabían que para ellos también era el Reino de los cielos y un día podrían alcanzar esa vida eterna.
Es el gozo y la alegría con que nosotros queremos también vivir nuestra fe queriendo además contagiarla a todos los que están a nuestro lado. Es el gozo y la alegría que viven quienes escuchando la voz del Señor que les llamaba un día dijeron sí dejando atrás muchas cosas para consagrarse a Dios por el Reino de los cielos. Pensemos en la alegría con que viven su entrega y su consagración los religiosos y religiosas y los sacerdotes y todos cuando de una forma o de otra se han consagrado al Señor a causa del Reino y trabajan por el Reino de los cielos.
Decimos que hay unas renuncias - y eso hay mucha gente a la que les cuesta entender -, a una familia, a un amor matrimonial, a unas cosas o pertenencias propias, a su yo cuando su vida es obedecer para servir allí donde el Señor nos llame; pero no son renuncias así porque sí, sino son entrega y ofrenda de amor. Y cuando se hace una ofrenda de amor va a hacer una alegría nueva, una felicidad distinta en el corazón que en el Señor podemos encontrar.
Que el Señor nos haga sentir esa alegría y felicidad honda. Y ahí tiene que estar la comunidad cristiana al lado de los consagrados para apoyarlos y valorar su consagración que en fin de cuentas es en beneficio de ese pueblo de Dios, pero también para acompañarlos con su oración. Es lo que os pedimos.

viernes, 14 de febrero de 2014

PEQUEÑOS Y POBRES EN NUESTROS MEDIOS Y CAPACIDADES, EN POBREZA Y AUSTERIDAD SOMOS LOS ENVIADOS DEL SEÑOR



Pequeños y pobres en nuestros medios y capacidades, en pobreza y austeridad somos los enviados del Señor

Hechos, 13, 46-49; Sal. 116; Lc. 10, 1-9
Celebramos hoy la fiesta de dos grandes misioneros de la Europa más oriental, los pueblos eslavos, y que han sido constituidos como patronos de Europa, san Cirilo y San Metodio. Su origen estaba en la Iglesia Oriental, puesto que en Constantinopla se habían formado y enviados por el patriarca de la Iglesia Oriental - aun no se había producido la ruptura de la Iglesia - fueron evangelizando grandes extensiones de la Europa Oriental.
Aunque Cirilo muere pronto en Roma, Metodio seria luego enviado como Obispo y legado papal a aquellas Iglesias que allí se iban constituyendo. Es importante la labor que realizaron de inculturización del Evangelio en aquellos pueblos  pues a ellos se debe el traducir el evangelio al lenguaje de aquellos pueblos eslavos, incluso inventando una nueva forma de escribir - caracteres cirílicos se les llama - para su mejor entendimiento.
Es por lo que el Papa los constituyó en Patronos de Europa junto con san Benito que hasta entonces era considerado el único Patrono de Europa y luego otras santas proclamadas en el mismo sentido por el Papa Juan Pablo II. No es momento ahora de extendernos mucho más en estos aspectos y patronazgos.
De ellos destacamos su tarea evangelizadora y que es por donde ha de ir el mensaje que nosotros recibamos en esta fiesta. Por una parte la lectura de los Hechos de los Apóstoles nos manifiesta la apertura del anuncio del evangelio a los gentiles, tarea a la que se dedicó de manera especial Pablo y en el evangelio hemos escuchado el envío que hace Jesús de sus discípulos de dos en dos para que anuncien a todos el Reino de Dios.
‘La mies es abundante, los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies’, les encarga Jesús a los discípulos cuando los envía. Y además los envía desde la pobreza y la austeridad; no han de preocuparse de llevar cosas materiales que les auxilien en su tarea. Han de ser mensajeros de paz. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa’.
Nos quieren significar mucho estos encargos de Jesús cuando hace el envío de sus discípulos con su misma misión. Primero, la oración que será el motor verdadero de toda obra buena, de la tarea evangelizadora que hemos de realizar. Porque esto tenemos que mirarlo por nosotros mismos. Es la tarea de cada cristiano que se ha de sentir enviado por el Señor, porque siempre tenemos que ser testigos, pero me vais a permitir que piense en este momento en quienes hemos recibido una especial misión del Señor por una vocación, una llamada que hemos recibido del Señor; y pienso en los sacerdotes, en los misioneros, en los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor y que tienen y tenemos esta misión de Jesús en medio del mundo.
Si cuando consideramos la tarea que realizaron san Cirilo y san Metodio en aquellas regiones inmensas de Europa, también nosotros cuando nos sentimos enviados por Jesús nos damos cuenta del campo inmenso que tenemos por delante y nos podremos sentir pequeños y pobres ante la tarea que hemos de realizar. Pero no es nuestra tarea, es la obra del Señor; en su nombre somos enviados; con la fuerza de su gracia allá vamos nosotros a hacer ese anuncio del Evangelio. Por eso rogamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. En su nombre vamos nosotros a esparcir por el mundo la semilla de la Palabra de Dios.
Nos podemos sentir pequeños y pobres en nuestros medios y en nuestras capacidades, con esa pobreza y austeridad, decíamos, nos ha enviado el Señor. Como diría san Pablo en un texto que muchas veces habremos escuchado y meditado, ‘este tesoro lo llevamos en vasos de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios, no proviene de nosotros’. Somos siervos inútiles en las manos del Señor, pero de los que el Señor se quiere valer para que se haga ese anuncio del Evangelio. Somos débiles y pecadores los que tenemos que hacer ese anuncio, pero no es a nosotros a quienes nos anunciamos, sino que anunciamos el nombre de Jesús que en nosotros también obra maravillas, a pesar de nuestra debilidad y de nuestro pecado.
Por eso os pedimos que recéis al Señor por nosotros, para que, a pesar de nuestra debilidad y nuestra pobreza, seamos fieles al Señor y a la misión que se nos ha encomendado y seamos también cada día más santos porque sintamos que esa palabra que anunciamos es a nosotros a quienes primero tiene que llegar y producir sus frutos. Así tenéis que rezar por los sacerdotes, por los misioneros, por los religiosos y religiosas y todos los que se han consagrado al Señor para que seamos fieles, para que anunciemos de verdad el nombre de Jesús en quien nosotros, los primeros, hemos encontrado la gracia y la salvación.
Puede ser un buen compromiso que surja de esta fiesta de los patronos de Europa,  san Cirilo y san Metodio, que hoy estamos celebrando.

jueves, 23 de mayo de 2013


Los sacerdotes, ministros y dispensadores de los misterios de la salvación con una vida santa

Is. 52, 23-53,12; Sal 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Para gloria tuya y salvación del genero humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’. Así lo hemos expresado en la oración litúrgica. Proclamamos a Jesucristo, como sumo y eterno Sacerdote, ‘Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’, como decimos también en el prefacio. Es la fiesta que hoy celebramos.
Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio, pero que al mismo tiempo es la víctima y el altar. ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… y está sentado a la derecha de Dios’, como nos enseña hoy la carta a los Hebreos.
En el evangelio lo hemos contemplado haciendo la ofrenda e instituyendo el sacrificio de la nueva Alianza, la definitiva y eterna. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por nosotros… esta copa es la nueva Alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros’. Pero ya lo veíamos prefigurado en el canto del siervo de Yahvé que hemos escuchado con Isaías. ‘Soportó nuestros sufrimientos… fue traspasado por nuestras rebeliones… nuestro castigo saludable cayó sobre él… cargó sobre él todos nuestros crímenes… por los pecados de mi pueblo lo hirieron… entregó su vida en expiación… contado entre los pecadores, tomó el pecado de todos e intercedió por los pecadores’.
Hermosa descripción de su sacrificio y de su ofrenda. Es el Sacerdote que intercede por nosotros, pero que se ofrece a sí mismo en sacrificio para expiación de nuestros pecados. Ahí está su sangre derramada para sellar la nueva Alianza, definitiva y eterna. Es lo que contemplamos y celebramos hoy. Lo proclamamos en verdad como Sumo y eterno sacerdote.
Pero en el designio salvífico de Dios quiso perpetuar en su Iglesia su único sacerdocio. Por eso cuando hemos sido bautizados, al unirnos y configurarnos con Cristo con El nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, siendo todos los cristianos ya partícipes de ese sacerdocio de Cristo - sacerdocio real, lo llamamos con san Pedro en sus cartas -, y pudiendo ofrecer todos esa hostia viva de nuestros cuerpos también como ofrenda agradable al Padre. Recordemos la unción de nuestro bautismo que así a todos nos consagra y nos hace santos. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida.
‘Pero no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Estamos hablando del sacerdocio ministerial, del orden sacerdotal, del sacramento del Orden.
Quiere el Señor que en medio de su pueblo santo estén estos ministros sagrados, como una gracia especial, como un carisma especialísimo dentro del pueblo de Dios que ‘renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimenten con tu palabra y lo fortalecen con tus sacramentos’. He citado textualmente las palabras del prefacio con que daremos gracia al Señor en esta Eucaristía por los sacerdotes que el Señor ha llamado de manera especial y ejercen su ministerio en medio del pueblo de Dios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice Jesús a los apóstoles en la última cena cuando instituye la Eucaristía pero cuando instituye también este nuevo sacerdocio. No es ya el sacerdocio de la Antigua Alianza, sino el sacerdocio de la Nueva Alianza porque es la participación en el sacerdocio y en el ministerio de Cristo. Así tenemos los sacerdotes que configurarnos con Cristo para ser una misma cosa con El cuando vamos a ejercer su mismo sacerdocio a favor del pueblo de Dios. Así tiene que ser santa nuestra vida. Así necesitamos el apoyo de la oración del pueblo de Dios.
Hoy es un día especialmente sacerdotal. Fue el día del Sacerdocio el Jueves Santo cuando Cristo lo instituye, pero quiere la iglesia en este jueves posterior a Pentecostés de nuevo recordar este sacerdocio ministerial por el que participamos en la misión de Cristo para que los fieles oren de manera especial por los sacerdotes. ‘Concede a quienes El eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’. Así hemos de pedir por los sacerdotes siempre pero hoy de una manera especial cuando estamos celebrando a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. No puede faltar nunca la oración de la comunidad cristiana por sus sacerdotes.