Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta parábola del buen samaritano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta parábola del buen samaritano. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de octubre de 2025

‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

 


‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8;  Lucas 10,25-37

De alguna manera la pregunta que le hace aquel maestro de la ley a Jesús es una pregunta que nos hacemos nosotros también y no sé si nosotros andaremos en la honda de lo que era la práctica de aquellos maestros de la ley o de la honda con la que Jesús pretende que sintonicemos. ¿No andaremos también nosotros preguntándonos por cosas que tengamos que hacer, pero sin mover en lo más mínimo las actitudes que tengamos dentro de nosotros? ¿No andaremos también buscando esa lista de cosas imprescindibles para decir que cumplimos pero dejando que nuestro corazón ande por otras partes?

De ahí esa pregunta que no sé si diremos ociosa que se hace aquel hombre ante la respuesta tan formal aparentemente de Jesús. Una pregunta que podría parecer innecesaria pero que se convierte su respuesta en algo fundamental según lo que Jesús nos está queriendo enseñar. ‘¿Quién es mi prójimo?’

Jesús nos propone esta magnífica parábola a la que tantas veces le habremos dando vueltas y vueltas en nuestras reflexiones. El caso de aquel hombre malherido al borde del camino asaltado, robado y maltratado por aquellos ladrones de caminos tan habituales, no sólo en aquellos tiempos sino también en el hoy que vivimos aunque algunas veces se haga con mayor sutileza. Es solo la imagen de punto de partida, aunque también nos tendría que hacer reflexionar.

Pero la parábola comienza a desarrollarse cuando por aquel camino que conduce entre Jericó y Jerusalén transitan un sacerdote y un levita; muy preocupados quizás por llegar puntualmente al templo para la hora de los sacrificios, pero no solo puntualmente sino con la necesaria pureza para poder ejercer su oficio. No solo sería el retraso y la tardanza que se produciría al tener que atender a un hombre herido y maltratado sino las consecuencias en las cuestiones de pureza legal a causa del contacto con la sangre y quizás de un moribundo. Mejor hacerse el distraído. Ellos querían cumplir, ellos querían mantenerse en su pureza legal, ellos querían ser fieles a la ley mosaica, pero, ¿dónde estaba la humanidad? ¿No se casan legalidad y humanidad? Había cosas que cumplir que parece que eran las primordiales.

Será un samaritano, ni siquiera era judío aunque quizás por sus negocios estuviera transitando por aquellos caminos. ¿Iría también con sus preocupaciones y sus prisas por las cosas que traía en mano? Pero aquel hombre supo lo que era lo primordial. Se detuvo junto al caído sin importarle ni preguntarle su procedencia o nacionalidad. La humanidad no tiene que tener esas etiquetas que separan y que distancian. Puso a disposición su cabalgadura, cambió los planes de la organización de su trabajo, ahora había que buscar una posada, ahora había que tener quien atendiera a aquel hombre mal herido, ahora había que disponer de lo que fuera necesario para que aquella persona se recobrara.

No echaba cuentas de lo que se iba a necesitar. ¿Qué interrogante se nos plantea dentro de nosotros cuando andamos preguntando y contando cuánto nos estamos gastando con aquellos inmigrantes ‘ilegales’, y estamos haciendo comparación con lo que nosotros necesitaríamos para salir adelante y que no podemos alcanzar porque se lo dan a otros que tienen menos ‘méritos’ que nosotros. ¿No son esas cuestiones que nos planteamos muchas veces? ¿No son legalidades que queremos reclamar olvidándonos de la verdadera humanidad? Podríamos seguir pensando en muchas cosas que son como el padrenuestro de cada día en nuestras reclamaciones, en nuestras protestas o en nuestras exigencias.

Jesús solo pregunta ‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’ Y solo nos dirá para terminar, ‘pues, vete y haz tú lo mismo’.


domingo, 13 de julio de 2025

Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

 


Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

Deuteronomio 30, 10-14; Salmo 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

Queremos llegar a un determinado lugar, hemos de saber dónde está; pero tenemos que saber también los caminos, y si tenemos los medios necesarios y suficientes para poder hacer ese camino; necesitamos quien nos diga el lugar de destino, pero también nos señale los caminos, quien nos aporte los medios o nos prepare para ser capaces de realizarlo; no nos contentamos con ir al azar, a lo que salga, aunque muchos sean los que recorren el mundo de esa manera; ¿llegaran a un sitio determinado? ¿Alcanzarán las metas que pretendían lograr? A algunos incluso les puede ir bien y disfrutar de ese camino que por sí mismo hacen.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un escriba que se acercó a Jesús para preguntarle qué había que hacer para alcanzar la vida eterna. Siempre andamos con lo mismo, qué es lo que tengo que hacer, y si fuera posible siempre buscaremos los mínimos, que no haya muchas exigencias. Pero quizás también en la mente de aquel escriba estuviera el concepto de que lo que se suele pedir son cosas inalcanzables, son cosas que nos pueden superar, que están lejanas de nuestras posibilidades.

Claro que el libro del Deuteronomio ya había respondido a esa cuestión. Quien busca la Sabiduría de Dios no puede pensar en algo que en todo nos supere y sea inalcanzable. Como nos decía el autor sagrado, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos? Ni está más allá del mar, para poder decir: ¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?’. Y terminaba diciéndonos ‘está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’.

No le va a responder Jesús haciendo grandes explicaciones, simplemente le va a recordar a aquel escriba algo que todos tenían muy bien aprendido en su mente y que lo tenían ante sus ojos noche y día. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?... Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo... Haz esto y tendrás la vida’.

Pero siempre tenemos una pregunta más que hacer, aunque lo sepamos, aunque lo tengamos claro; queremos llevar el carro por nuestro camino y queremos que nos den las respuestas que nosotros queremos. Hay gente que es muy sutil en este aspecto, y las preguntas que hacen van siempre como teledirigidas. Por eso, pregunta, ‘Y ¿quién es mi prójimo?’ ¿Le habrá salido a este escriba el tiro por la culata?

Ya escuchamos y habremos meditado muchas veces la respuesta de Jesús en esta parábola o mini relato, como queramos llamarlo. El hombre que hacía el camino entre Jerusalén y Jericó, camino lleno de peligros por lo desértico pero lleno también de maleantes. Lo veremos tendido a la vera del camino malherido. Bueno lo veremos si queremos verlo y no damos rodeos, como aquel sacerdote y aquel levita. ¿Se podían contaminar con la sangre de las heridas o acaso más si ya estaba muerto? Y ellos iban o venían de un lugar donde tenían que estar purificados.

Alguien sí lo vio y se detuvo junto a él para socorrerlo; sus paños y vendas para curarle, su cabalgadura, su dinero al posadero… y eso que era un samaritano. No importaba la contaminación, no importaban las diferencias porque era un samaritano, no importaban los peligros del posible acecho de aquellos ladrones y malhechores. El se detuvo. Tenía que sonar estridente en medio de judíos, quizás en el ambiente de Jerusalén escuchar estas palabras de Jesús.

Pero ahora viene la contra pregunta, muy importante, de Jesús. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque no pregunta Jesús como lo había hecho el escriba ¿Quién es mi prójimo, sino quien ha sido prójimo del caído en el camino? No basta saber quien es el prójimo, que ya sabemos que es el otro, el que está cerca o está lejos aunque la palabra prójimo indica más bien proximidad, el que es distinto de mi o al que yo veo de otra manera, aunque también tenemos que saber fijarnos en todos esos prójimos, esos semejantes o distintos, cercanos a mi porque parecen de los nuestros o a los que queremos mantener en la distancia porque quizás nos pueden molestar sus diferencias; es necesario e importante un paso más, que yo me sienta prójimo, que sea capaz de comportarme como prójimo; saber quien es puede ser fácil, pero no al mismo tiempo puedo seguir de largo para no contaminarme, para no comprometerme.

Es algo que tenemos que llevar bien grabado en el corazón. El amor no puede faltar nunca en nuestra vida. Va a ser el único mandamiento del Señor, el único camino que nos lleva a la meta, lo único que tenemos que hacer para tener vida. Y no son palabras bonitas que todos podemos decir, son hechos, son compromisos, es bajarnos de nuestras cabalgaduras y detenernos en el camino, es ofrecer esas vendas y medicinas que curen que todos en nuestro amor podemos llevar consigo. Aunque no siempre es fácil, pero tiene que ser nuestra predisposición.‘

Anda y haz tú lo mismo’. No hace falta decir más.

lunes, 9 de octubre de 2023

No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

 


No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal. Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Todos nos hacemos preguntas; son nuestros deseos innatos de saber, de aprender, de conocer; preguntas que buscan caminos, preguntas que esperan una respuesta, preguntas que se hace uno a sí mismo, preguntas en cuya respuesta queremos darle una profundidad o un sentido a la vida, preguntas que son una petición de ayuda; preguntas llenas de sinceridad en esos deseos de búsquedas, pero preguntas en ocasiones maliciosas, envenenadas, porque buscan una respuesta a su gusto y su ritmo, porque quieren dejar en evidencia a aquel a quien le hacen la pregunta, preguntas retóricas que se quedan en el aire porque no esperan respuesta, o no queremos escuchar la respuesta. De todo eso tenemos en la vida, de todo eso tenemos experiencias porque nosotros mismos las hacemos, o porque somos interrogados por los que nos rodean.

Un letrado se acerca a Jesús. ¿Busca respuestas? ¿Quiere enreversar el asunto? La pregunta parece ser seria. ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida? ¿Busca recetas o busca cosas sabidas? Porque Jesús le abre el camino. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ La respuesta tenía que darla el mismo porque para eso era maestro de la ley. Y no le quedará más remedio que recitar aquello que todo judío sabía de memoria y repetía varias veces al día.

‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’. Lo repetían al acostarse y al levantarse, al sentarse a la mesa, al salir de casa o al entrar en casa. Y Jesús le dice que ha respondido sensatamente, que haga eso y tendrá vida. ¿Querrá aún justificarse en las preguntas que está haciendo? ‘Y, ¿quién es mi prójimo?’

Jesús nos dejará la parábola del buen samaritano que todos conocemos bien y tantas veces hemos meditado. Pero, ¿nos sucederá a nosotros lo mismo que por mucho saberlo a final terminamos por no hacerlo? Sabemos bien quién es nuestro prójimo, no cabe duda. Pero ponemos nuestros entredichos, nuestros paréntesis, nuestras distinciones porque nos parece que no son lo mismo unos que otros; aceptamos como nuestro prójimo al que nos cae bien, piensa como nosotros, es de los nuestros, pero pronto comenzamos a hacernos reservas, porque no es de aquí, porque es otro el color de su piel, porque su apariencia no nos es agradable o incluso quizás nos repugna, porque un día me hizo o me dijo, me trató más o me despreció, porque tuvimos nuestras diferencias y ya lo miramos de otra manera…

Por cuantos pasamos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola que nos propone Jesús. Queremos llegar temprano al templo, tenemos tantas cosas que hacer que ahora no me voy a entretener, no llevo suelto en el bolsillo… cuantas cosas, cuantas disculpas nos buscamos. No es fácil mirar como prójimo al otro, porque creamos tantas distancias, inventamos tantas barreras, seguimos poniendo tantos escalones y pedestales. Lo sabemos muy bien, pero no lo hacemos tan bien.

Cuando el escriba le respondía textualmente diciendo lo que estaba en la ley de Moisés, Jesús le dijo ‘haz esto, y tendrás vida’. Ahora tras la parábola en la que Jesús nos quiere decir quien es nuestro prójimo y lo que no tenemos que hacer con él, le dirá que vaya y haga lo mismo que aquel que se portó como prójimo del otro. No es cuestión solo de saber quien es el prójimo y miramos hacia fuera, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos y portarnos como prójimo del que está a nuestro lado sea quien sea.

‘Anda, haz tú lo mismo’.

lunes, 3 de octubre de 2022

Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

 


Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

El propio significado de la palabra lo dice, prójimo es el que está cerca, el próximo, el que está al lado y parece que no tiene mucha complicación su interpretación. Pero claro, nosotros consideramos próximos a nosotros a los que son de los nuestros, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a aquellas personas con las que habitualmente nos relacionamos y mantenemos una buena relación; estaríamos hablando de una cercanía por la sintonía familiar o de amistad que mantengamos con esa persona. Pero ¿no nos estará sucediendo que incluso aquellos que físicamente están cercanos a nosotros en esa otra sintonía los estaremos poniendo lejos?

Creo que esto es lo que nos está planteando Jesús. Vayamos por partes. Un letrado, un maestro de la ley se ha acercado a Jesús para preguntar por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna; Jesús le responde haciendo que recuerde qué es lo que dice la ley de Moisés, cuales son los mandamientos. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ a lo que aquel letrado no le quedará más remedio que responder con aquello que todo buen judío se sabia de memoria, que era el mandamiento principal que hablaba del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor al prójimo.

Y es aquí cuando comienzan los cuestionamientos. Aquel hombre pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’ Jesús le responderá con la parábola que todos conocemos, la hemos escuchado muchas veces y nos hemos repetido hasta la saciedad en comentarios. Un hombre malherido al ser asaltado por unos ladrones que queda tirado a la orilla del camino. ¿Está vivo? ¿Está muerto? Un problema para aquel sacerdote y para aquel servidor del templo, que si llegaban a tocar un muerto quedarían impuros y eso les incapacitaría para el servicio del templo hasta que hicieran la correspondiente purificación. Era la ley de Moisés que en esos aspectos tan escrupulosamente querían cumplir. Por eso dan un rodeo. Como para no ver al herido.

Pero alguien más va por el camino. Estamos en la tierra de Judá, entre Jerusalén y Jericó, pero quien viene ahora por el camino no es un judío, sino un hombre de Samaria. Bien conocida es la rivalidad entre judíos y samaritanos, y como estos eran mal vistos por los judíos, porque los consideraban como unos herejes al haberse construido otro templo en el Garizín. Pero este hombre sí se detiene junto al herido, lo cura, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada donde lo terminen de curar desprendiéndose de lo que fuera necesario para que aquel hombre se recuperara.

Y es ahora cuando Jesús hace la pregunta al letrado pero dándole la vuelta a lo que éste antes había preguntado. No pregunta Jesús quien es el prójimo, sino quien se portó como prójimo, quién se hizo cercano, quien no midió distancias ni afectos ni amistades, quien se bajó de la cabalgadura para curar y para ceder puesto, pues en esa cabalgadura sin más miramientos montó al herido para llevarlo a la posada.

Y es la pregunta que nos late también a nosotros en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuándo nos portamos como prójimos? ¿Con quien nos portamos como prójimos? ¿Será solo aquello de que yo soy amigo de mis amigos y con ellos me porto bien? ¿Será aquello de que yo te ayudo hoy porque tú me ayudaste ayer o para que me ayudes mañana? ¿Habremos convertido la ayuda o el servicio que les prestamos a los demás en algo así como una compraventa, porque yo te doy para que tú me des?

Mucho tiene que hacernos pensar. Mucho tiene que hacernos reflexionar sobre la manera como vamos caminando por la vida. Mucho tenemos que abrir los ojos, pero abrir también el corazón para comenzar a ver con una mirada distinta a tantos con los que nos cruzamos en los caminos y a los que ni miramos ni somos capaces de regalarles una sonrisa. Reconozcamos que cuesta.

domingo, 10 de julio de 2022

La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

 


La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

No es lo mismo ver a alguien que encontrarse con una persona. Habrá sucedido más de una vez vamos por la calle y vemos a alguien a lo lejos, pero buscamos la manera de desviarnos para no encontrarnos con ella. La viste, pero no te encontraste. Muchas razones (¿?) porque no nos apetecía, porque te iban a decir si me veían con esa persona, no era de mi agrado, un día me dijeron, es una latosa y no quiero perder el tiempo… mil razones que nos buscamos, mil disculpas, mil disimulos, mil vueltas y más vueltas.

Como cuando hacemos preguntas que ya de antemano sabemos la respuesta, pero a ver qué me dice, o a ver la vuelta que le puedo dar, o no queremos entender y volver con la pregunta es dar más vueltas para olvidarnos de lo que sabemos que es lo principal, o queremos que la respuesta coincida con mis intereses, mis planteamientos y nos volvemos retorcidos en lo que preguntamos porque queremos hacer decir lo que a nosotros nos conviene.

Cosas así estamos viendo en el evangelio de hoy. Aquel letrado se acercó a Jesús con una pregunta que para el letrado ya estaba en sí misma contestada. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ ¿Preguntaba por los mandamientos? La primera respuesta que le da Jesús es hacerle repetir lo que todos sabían bien de memoria, lo que estaba escrito en la ley, lo que todo buen judío repetía casi como una oración cada vez que salía o entraba de casa. Pero buscaba recetas, a ver unas cuantas cosas que no sean muy difíciles que yo haga y repita y con eso ya está todo logrado. Pero el mandamiento del Señor no son recetas, no es una simple lista de cosas que tengamos que hacer y ya nos quedamos tranquilos.

 Cuando es el mismo letrado el que ahora tendrá que responder a la pregunta de Jesús sobre lo que está escrito en la ley, ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’, Jesús le dirá que lo haga y que tendrá vida. Pero parece que para él no ha habido la respuesta que buscaba. Por eso preguntará ‘y, ¿quién es mi prójimo?’

Pero al final, cuando hayamos terminado de escuchar todo lo que ahora nos dice Jesús con la parábola, quizá más que preguntarse quién es tu prójimo será preguntarse si uno se comporta como prójimo de aquellos con los que nos encontramos por el camino. Porque no podemos ir por la vida no queriendo ver a las personas para no encontrarnos con ellas, como ya decíamos al principio. Es no tener miedo de encontrarte de frente con esa persona que está gimiendo bajo el peso de su dolor, que está ante tí con sus desgarros en el alma, que lo tenemos ante los ojos no ya tanto con una ropa andrajosa sino quizá con diferencias en la vida que nos pudieran repugnar porque nos vamos haciendo tantas distinciones y diferencias que siempre tenemos que ven algún tipo de andrajo en la otra persona para no querer acercarnos a ella.

Y eres tú, y yo soy el que tiene que portarse como prójimo de esa persona, porque nos ponemos en su cercanía, a su lado, porque sentimos el gemido de su dolor o sus lágrimas nos pueden salpicar y tenemos que ser paño de lágrimas para esa persona, porque tendemos nuestra mano sin ningún temor de contagio (ahora nos saludamos chocando los codos) porque queremos curar sus heridas, porque queremos acompañarle en ese camino que está haciendo, porque vamos a llevarla del brazo en ese estado de recuperación de dignidad que quizás pueda necesitar y nosotros le vamos a ofrecer.

No me entretengo en detalles de la parábola que son de muy rico significado porque ya todos los conocemos y lo habremos meditado muchas veces. Queda esa última pregunta que ahora es Jesús el que la hace, nos la hace. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque la cuestión final no está en haber visto a ese prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él. No nos valen disculpas, no nos valen los rodeos, no nos vale el hacernos los ciegos o desentendidos, lo importante es lo que hacemos. ‘Anda y haz tú lo mismo’, nos dice Jesús.

Y cuando estamos haciendo esto estamos mostrando de verdad lo que es el amor que a Dios le tenemos. Por eso, ya en el mismo texto de la Ley junto a lo que ha de ser, cómo ha de ser el amor que le tengamos a Dios, ‘con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente’, inmediatamente se nos dice, ‘y a tu prójimo como a tí mismo’.

Como nos decía el libro del Deuteronomio, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo…,.ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de tí: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, lo que quiere el Señor es que vivamos con toda dignidad, pero no solo pensando en nosotros mismos sino pensando en la dignidad y grandeza de los demás que por eso siempre merecerán nuestro amor. Es el amor el que en verdad nos hace grandes porque en verdad nos hace parecernos a Dios, tan bien reflejado en su misericordia en la parábola que Jesús nos ofrece. Es lo que en verdad hemos de preocuparnos de hacer.

lunes, 4 de octubre de 2021

Jesús es la gran pregunta que se nos hace en nuestro interior para encontrar el verdadero sentido de nuestra vida en el encuentro con el prójimo

 


Jesús es la gran pregunta que se nos hace en nuestro interior para encontrar el verdadero sentido de nuestra vida en el encuentro con el prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Hay gente a la que le gusta hacer preguntas. Y no está mal. Preguntas de curiosidad, preguntas porque queremos saber, preguntas de búsqueda porque son preguntas no ya sobre cosas que queramos conocer sino por algo más hondo del ser humano que nos hacen un planteamiento de la vida, pero también hay preguntas capciosas donde o queremos comprobar la sinceridad del que nos habla o estamos intentando ver en qué puede fallar, que nos puede decir que no sea – como se dice hoy – políticamente correcto porque se salga de lo que es habitual en nuestro entorno, o preguntas comprometidas. Es bueno preguntar. No solo hará pensar a quien va a darnos una respuesta, sino que el mismo que hace la pregunta ya ha llevado un proceso dentro de si mismo para plantear lo que va a preguntar.

En el evangelio vemos que la gente que acude a Jesús va con muchas preguntas y en todo sentido, podríamos decir. Hay quienes van buscando algo profundo – ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ -, como quienes de una forma capciosa van a ver como pueden coger al maestro en algo; preguntas que les aclaren lo que no entienden – ‘explicanos la parábola’, le decían los propios discípulos al llegar a casa – o preguntas que en cierto modo van queriendo comprobar la sinceridad de la vida y de las propios palabras de Jesús; preguntas que les lleven a entender de verdad el reino de Dios anunciado por Jesús o preguntas que les den respuestas de caminos fáciles para encontrar la salvación.

Hoy es un maestro de la ley que viene preguntando qué es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna. Jesús con una pedagogía asombrosa le hace que sea él mismo quien de la respuesta, ya que es maestro de la ley y le pregunta entonces qué es lo que dice la ley. Se entabla un diálogo interesante porque aquel maestro tendrá más preguntas que hacer y terminará preguntando quién es realmente mi prójimo, como para salvarse del atolladero donde se ve metido. Jesús propondrá la parábola y será entonces Jesús el que pregunte quién se portó verdaderamente como prójimo de todos aquellos personajes. A la respuesta del maestro de la ley Jesús le dirá, ‘pues vete y haz tú lo mismo’.

¿Serán esas las preguntas que nosotros nos hacemos? ¿Seguirán siendo esas las preguntas que se hace el hombre y la mujer de hoy en este mundo concreto en que vivimos? Quizá también nosotros seguimos preguntándonos quién es mi prójimo porque seguimos teniendo la mirada miope; nos quedamos en aquello de que soy amigo de mis amigos, nos quedamos en aquellos que son mis seres queridos siempre y cuando no me hayan hecho un desaire, nos quedamos con aquellos que nos caen bien, nos quedamos con aquellos a los que quizá le debemos un favor aunque con el tiempo fácilmente lo olvidamos, nos quedamos… ¿con quién? ¿Cuándo?

Claro en la parábola el sacerdote y el levita pasaron de largo porque no era de los de su grupo pero además tenían prisa porque habían de llegar temprano al templo; cuántas veces decimos que no tenemos tiempo, cuántas veces decimos que tenemos cosas que hacer, cuantas veces vamos con nuestras prisas y miramos para otro lado para no tener que detenernos, cuántas veces ni miramos a la cara a aquel que nos tiende la mano. 

Hoy en un reportaje de TV escuché las lamentaciones, vamos a decirlo así, de un hombre que había vivido muchos años tirado en la calle y comentaba que más que le dieran unas monedas o un bocadillo para comer lo que ansiaba es que alguien se detuviera a su lado y mirándole a los ojos le preguntara su nombre o le preguntara cómo estaba.

¿Quién es mi prójimo? Seguimos preguntándonos. Aquel samaritano que atravesaba el camino de Jerusalén a Jericó no era de aquel lugar, no conocía entonces al que estaba caído a la vera del camino, es más era considerado como un enemigo por la diferencias que había entre judíos y samaritanos, pero se detuvo, se bajó de su cabalgadura, se entretuvo con aquel hombre malherido curando sus heridas, lo cargó sobre su cabalgadura y lo llevó a la posada más próxima para que fuera bien atendido.

¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre? preguntaba Jesús y su recomendación fue, ‘vete y haz tú lo mismo’. ¿Escucharemos de forma concreta estas palabras de Jesús? Creo que no son necesarios más comentarios.


sábado, 13 de julio de 2019

Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino



Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino

Det. 30, 10-14; Sal 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
Se había acercado a Jesús un letrado para poner a prueba a Jesús preguntándole qué es lo que había que hacer para heredar la vida eterna. Una pregunta repetida en el evangelio; recordamos al joven rico, pero recordamos otros letrados que vienen también con suspicacias semejantes para preguntar qué era la principal de la ley. Pregunta que de alguna manera nos hacemos nosotros también, porque andamos buscando una y otra vez que tenemos que hacer y en nuestro caso también tantas veces buscando rebajas para ver en cierto modo hasta donde podemos llegar simplemente para cumplir.
Como no era para menos Jesús le responde recordando los mandamientos, lo que estaba escrito en la Ley que todo buen judío conocía incluso de memoria y no menos quien ahora le hacia la pregunta que era un letrado. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Es el diálogo que entre Jesús y el letrado se cruzan. Pero aun así el letrado trata de justificarse y se hace la pregunta ‘¿Y quién es mi prójimo?’
Esta pregunta que viene respondida con la parábola que Jesús propone viene, por así decirlo, contrarrestada con la pregunta que Jesús le hará al final. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Creo que aquí está la clave, lo principal que se nos quiere decir hoy. Decir quién es el prójimo es fácil, porque prójimo significa el que está cerca, el que está al lado y eso lo sabemos todos. Pero decir quién se porta como prójimo es algo más comprometido.
Portarme como prójimo será decir acercarme yo al otro, ponerme a su lado, sentir sus mismos sentimientos y sus mismos sufrimientos, no cerrar los ojos para ver y para descubrir al otro, ni poner vendas ni poner filtros para no ver o solo ver lo que yo quiero ver descubriendo crudamente su realidad, llegar a sentir como propio lo que al otro le sucede, lo que el otro vive. Y eso no se hace de cualquier manera ni todos sabemos hacerlo bien. Porque vamos en la vida demasiado ensimismados en mis cosas, en lo que nos parece que pueden ser nuestras obligaciones o nuestros entretenimientos.
Cuántas veces podemos decir o pensar, déjalo ahora, en otro momento te atiendo o te presto atención porque ahora estoy ocupado, estoy en mis cosas, estoy entretenido, o ahora tengo que atender no sé cuantas cosas y dejamos al otro en su sufrimiento o en su soledad, a quien no queremos ver ni queremos escuchar. Son nuestras prisas, nuestras carreras en la vida o nuestra manera de ver la importancia de las cosas y sobre todo de las personas. Nos comunicamos hoy por las redes sociales con quien está al otro lado del mundo, y no podemos dejar de contestar un mensaje o un WhatsApp, pero no tenemos tiempo para escuchar al que tenemos delante de los ojos pero quizás no llegamos a ver.
La parábola que propone Jesús habla del sacerdote y del levita que bajaban también por aquel mismo camino de Jericó donde estaba tendido al borde el camino a quien habían asaltado y maltratado, pero cuantos ejemplos concretos nos pondría hoy Jesús de tantas situaciones en que vamos enfrascados en lo nuestro y no llegamos ni siquiera a hablar con el que está a nuestro lado.
Pero nos hablará luego Jesús del samaritano que bajaba por aquel mismo camino. El personaje está puesto con mucha intención por Jesús, porque el samaritano era un extranjero para el judío, una persona maldita con quien no se hablaban y a quien se marginaba desde la sociedad judía porque los consideraban como unos herejes al querer tener su templo propio en Garizín  distinto del templo de Jerusalén con lo que rompían la unidad del pueblo de Dios. Ejemplos muchos podríamos poner hoy en la figura del samaritano en tantos a los que por una razón u otra marginamos de nuestra sociedad porque vienen de otros lugares o son de otra raza o color de la piel, o incluso de otra religión.
Pero aquel samaritano sí se detuvo, se bajó de su cabalgadura, atendió al hombre malherido queriendo curar sus heridas y montándolo en su propia cabalgadura lo llevo a donde pudiera ser atendido haciéndose cargo incluso de los gastos correspondientes. Su mirar y ver, supo detenerse y acercarse, supo poner palabras y gestos de consuelo y de ayuda, supo también ponerle en su lugar porque lo montó en su cabalgadura, lo que significaría que luego él tendría que ir caminando, supo ponerse él y poner todo lo suyo a disposición de quien allí estaba malherido y moribundo. Podríamos decir, en una palabra, supo poner vida allí donde había prevalecido la muerte.
Cuanto nos están diciendo estos gestos y estos detalles, porque aquel hombre sí se portó como prójimo del que estaba caído. Y es lo que quiere enseñarnos Jesús. ‘Vete y haz tu lo mismo’, le dijo Jesús al letrado. Y es que tenemos que comenzar a mirar la vida, a mirar a los otros, a mirar a las personas con otra óptica, la óptica de los ojos de Dios. Y cuando miramos con la mirada de Dios estamos mirando con el cristal del amor. Es entrar en una dinámica distinta, porque es la dinámica de la vida.
Quienes nos decimos seguidores de Jesús esa tiene que ser nuestra dinámica, nunca para la muerte, siempre para la vida; nunca encerrándonos en nosotros mismos, sino con la mirada del amor que nos hace salir de nosotros mismos, bajarnos de tantas cabalgaduras en los que no hemos subido y que tienen el peligro de alejarnos, separarnos, aislarnos. Y esa nunca puede ser la dinámica de un cristiano.
Muchas conclusiones de cosas muy concretas tenemos que sacar para nuestra vida. Comencemos a mirar con los ojos de Dios y entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los hermanos que están a nuestro lado.

lunes, 8 de octubre de 2018

No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida


No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida

 Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

Tenemos responsabilidades en la vida que tenemos que asumir y de las que tenemos que responder, ya sean responsabilidades familiares, ya sean responsabilidades laborales donde estamos ganándonos con nuestro sudor el pan de cada día, el nuestro y el de aquellos que dependen de nosotros, ya sean responsabilidades en el orden social porque hemos asumido una función, un servicio a la comunidad, ya sean responsabilidades con nosotros mismos, con nuestra vida que tenemos que cuidar también para luego desarrollar todas las otras responsabilidades que tengamos; hay normas, preceptos, mandatos que reglamentan la vida y diríamos que su finalidad es facilitarnos la misma vida, la convivencia, el camino y el desarrollo de la sociedad en la que vivimos, ayudar a que en una buena relación todos seamos más felices.
Pero el cumplimiento de esas normas o leyes, o el cumplimiento de nuestras responsabilidades no nos pueden mermar la humanidad de nuestra vida. Hay quizás quien se ciega y se encierra en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones pero crea en torno a si un círculo seco y frió como una muralla que los vuelve inhumanos en la relación con los otros. No podemos de ninguna manera encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o de responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida.
Sin olvidar eso no podemos cerrar nuestros ojos a lo que nos rodea, pero sobre todo a las personas que nos vamos encontrando en la vida. Tenemos el peligro de pasar de largo muy absortos en lo que tenemos que hacer y nos insensibilizamos ante el sufrimiento que puedan estar pasando los demás. Unas veces será más visible, muchas veces quizá pueda estar encerrado en la intimidad de la persona, pero hay mucho sufrimiento en nuestro entorno que no nos gusta descubrir, que no queremos ver y por ello nos volvemos insensibles.
Hoy en los días que vivimos vamos demasiado deprisa por la vida, abortos en nuestras cosas, en nuestras obligaciones, corriendo para llegar a tiempo porque todo hoy se hace a la carrera y pasamos los unos por los otros que ni nos vemos. Cuantas veces pasamos al lado de alguien incluso conocido a que ni vemos, que luego nos dirá y se quejará con razón de que pasamos a su lado y ni le dijimos adiós, o un mínimo saludo. Si incluso a aquellos que conocemos pasamos en ocasiones sin verlo, qué decir de tantos otros que pueden estar postrados a la vera de nuestro camino y tampoco nos damos cuenta de su presencia.
Creo que este puede ser un aspecto al que nos quiera despertar la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio, la parábola que llamamos del buen samaritano. Fue aquella persona ajena y extraña, un extranjero que iba por aquel lugar el que se dio cuenta de quien estaba malherido junto al camino. Muchas veces habremos oído y comentado esta parábola que Jesús propone cuando aquel letrado le pregunta quién es su prójimo. No entramos ahora en explicaciones detalladas sino que me vais a permitir que en el comentario me quede en ese ensimismamiento en que vamos por los caminos de la vida insensibles a cuanto pasa a nuestro alrededor.
En el tiempo que tanto hablamos de derechos humanos, en que estamos reivindicando continuamente derechos para todos, tenemos el peligro que nuestros gritos reivindicativos ahora el clamor de tantos sufrimientos que hay en muchos corazones y nos pase desapercibido ese sufrimiento callado de tantos a nuestro lado.
Hablamos fácilmente de humanidad pero nos falta verdadera humanidad, de sensibilidad para descubrir al caído y saber detenernos para echarle una mano que les ayude a levantarse y a seguir caminando con dignidad. Hablamos y decimos cosas bonitas, pero que fácilmente no se ven reflejadas en nuestras actitudes y comportamientos de cada día.
Podemos hablar mucho de amar al prójimo pero quizá seguimos con nuestras discriminaciones y desconfianzas ante el extranjero, ante el inmigrante, ante el hombre o mujer de otra raza que aparece por nuestros lugares; hablamos de misericordia pero no sabemos tener compasión con el pecador y ante situaciones dolorosas preferimos condenar y desterrar de nuestras vidas a esas personas, en lugar de echarles una mano para levantarles y hacerles recobrar su dignidad.

lunes, 9 de octubre de 2017

Aquel samaritano que se arremangó para recoger del suelo al caído, para sanarle y ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando no solo lo que tenemos qué hacer sino qué ser

Aquel samaritano que se arremangó para recoger del suelo al caído, para sanarle y ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando no solo lo que tenemos qué hacer sino qué ser

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37


Es cierto que no todos somos iguales ni actuamos de la misma manera, pero sí descubrimos una tendencia o una tentación en la que fácilmente podemos caer muchos simplemente quizá por una cierta falta de sensibilidad o porque lo que hacemos es hacer lo que todo hacen.
Cuando queremos vamos con los ojos cerrados por la vida; no nos queremos enterar de los problemas que hay porque decimos que ya bastante tenemos con los nuestros, o porque, en una frase muy socorrida, no somos ‘unas hermanitas de la caridad’ que tenemos que ir atendiendo a todo el mundo, ya hacemos nuestras ‘obras de caridad’, y decimos que a quienes saben bien aprovecharlo. Si nos fijamos en actitudes así hay mucho de egoísmo e insolidaridad, demasiado endiosarnos con lo que hacemos, y también, por qué no verlo, mucho de discriminación.
Sin más preámbulos ni cuestiones previas ya estamos entrando en la reflexión que tenemos que hacernos con la parábola que hoy Jesús nos ofrece. Pero, cuidado, que la hemos escuchado tantas veces, que tenemos el peligro de decirnos que ya nos lo sabemos, porque bien nos la sabemos hasta de memoria. Y ésta es también una forma de dar un rodeo como aquellos de los que nos habla la parábola.
Un hombre que ha sido saqueado, robado, maltratado, malherido que allí está al borde del camino. Mucho ya se nos está diciendo con estos signos que nos ofrece la parábola. No es solo aquel a quien haya asaltado por el camino de un lugar oscuro o peligroso quizás.
Es el camino de la vida de cada día, el camino que vamos haciendo toda nuestra sociedad y en el que nosotros nos vemos inmersos. Ese camino de nuestro ancho mundo y podemos pensar en muchos lugares, pero es ese camino que pasa a las puertas de nuestra casa, en nuestro propio barrio, en las calles de nuestra ciudad, en los suburbios que nos rodean.
Y suburbios no son solo esos lugares marginales que nos encontramos en todos los sitios, sino son esas personas a las que marginamos o porque no son de los nuestros, porque han venido de otros lugares, o porque están enganchado en vicios o drogas que les han llevar una vida bien inhumana.
Cuidado que están ahí a la vera del camino y no los vemos, o no queremos verlos, o damos tantos rodeos para no mirarles a la cara, para no querer saber quienes son porque ahora no nos van a perturbar nuestra paz y nuestra tranquilidad.
Claro que tendríamos que preguntarnos también quien son esos saqueadores que van destruyendo vida cada día en nuestro entorno, quienes dejan a tantos malheridos en los caminos de la vida. No solo hemos de preguntarnos si nosotros somos los que pasamos de largo o si nosotros con nuestra desidia, con nuestra manera de vivir, con nuestros orgullos de sentirnos personas de bien de alguna manera estaremos creando ese submundo en nuestro entorno.
En nuestra sociedad decimos que las cosas se van poniendo cada vez más difíciles, nos encontramos con gentes con las que no sabemos que hacer, con aquellos hijos quizá que chicos difíciles y que no sabemos como tratar, con aquella juventud que vemos rebelde e inadaptada o porque simplemente son jóvenes que se reúnen en una esquina de la plaza ya los juzgamos, los condenamos, los aislamos y vemos un germen ahí de no se cuentos males.
Pero ¿qué hacemos? ¿qué motivaciones damos? ¿qué imagen presentamos que sea por así decir apetecible para quienes se encuentran sin rumbo en la vida? ¿No los estaremos condenando a que busquen por caminos turbios y equivocados porque no hemos sabido mostrarles en la sociedad unos valores que les hagan mirar la vida de otra manera?
Quizá lo que les estamos mostrando es una carrera loca donde en nuestro afán por llegar a ciertos poderes sean económicos o sociales andamos a codazos, poniéndonos la zancadilla unos a otros, creando rivalidades, generando violencias. No son esos valores apetecibles y dignos lo que estamos presentando aunque pongamos carita de personas de bien, pero que ocultamos tantas corruptelas detrás de nosotros. Somos los que creamos esos suburbios, somos los que estamos dejando malheridos a tantos en el margen de la vida y de la sociedad.
Hoy Jesús con el ejemplo de aquel samaritano que no se dedicó a hablar y a decir muchas cosas bonitas, sino que se arremangó para recoger del suelo al caído, para curarle y para sanarle, para ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando lo que tenemos no solo qué hacer sino qué ser. Ese prójimo, ese próximo, ese que se acerca y se pone al lado, ese que da señales de verdad de unos valores nuevos que serán los que nuestra sociedad herida un día pueda ser un mundo mejor.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la eterna pregunta. En el evangelio la vemos repetida en otras ocasiones y no solo porque se quisiera poner a prueba a Jesús, como sucede en ocasiones, sino también en quien con buena voluntad llega hasta Jesús querido buscar algo más para su vida.
Al joven rico Jesús le dice de entrada, cumple los mandamientos; hoy a este letrado le pregunta Jesús qué es el lo que lee en la ley del Señor. A la respuesta del letrado respondiendo con las palabras que todo judío devoto se sabía de memoria y repetía muchas veces al día, Jesús le dice ‘haz esto y tendrás la vida’.
¿Queremos heredar la vida eterna? ¿Queremos en verdad buscar en la vida lo que nos lleve a plenitud o, como se dice hoy, a una realización plena de si mismo? Ama con amor de Dios, cumple el mandamiento del Señor. ‘Haz esto y tendrás la vida’, alcanzarás la plenitud de tu existencia, te realizarás plenamente como persona, alcanzarás la vida para siempre, la vida eterna.
Pero siempre queremos justificarnos, siempre parece que estamos buscando como una disculpa, un decir es que yo no lo sabía. El letrado quiere justificarse. ¿Sabrá el quien es el prójimo? Creo que la propia palabra lo dice y no son necesarias muchas ciencias para saber quien es tu prójimo. Pero buscamos disculpas, hacemos distinciones, nos cegamos y no nos queremos mirar sino a nosotros mismos. ¿Será que queremos hacer el camino solo y sin contar con nadie? ¿Será que solo queremos la vida eterna para mi mismo y no me importan los demás? Algunas veces por la manera incluso que vivimos nuestra religiosidad pudiera dar esa impresión.
‘¿Y quién es mi prójimo?’ pregunta el letrado. Ya conocemos la respuesta de Jesús.  Es la parábola que seguramente tantas veces habremos meditado pero que necesitamos una vez más, o quizá muchas veces más, volver a rumiarla allá en el corazón. El hombre maltratado, herido, tirado al borde del camino. Los caminantes que pasan a su lado y no quieren mirar, no quieren enterarse, dan rodeos… el sacerdote que iba con sus prisas al templo, el levita que tendrá que ir también a cumplir sus obligaciones. ¿Qué es lo que estaba primero en aquel momento? ¿Qué era en verdad lo principal?
También nosotros tantas veces tenemos nuestras prisas, tenemos que hacer tantas cosas que no queremos mirar al que está a nuestro lado herido quizá también por muchas cosas y al que habremos puesto al borde del camino, al borde de la vida. Y nos creemos buenos y cumplidores, y hasta muy religiosos, pero nos faltan sentimientos en nuestro corazón, hemos perdido la capacidad de la ternura, de la misericordia, de la compasión para sentir el dolor del hermano que está a nuestro lado. Ya nosotros tenemos con lo nuestro pensamos en tantas ocasiones; ya yo hago alguna cosa buena a los demás y todo tiene su limite y su tiempo, pensamos. ¡Cuántos rodeos damos en la vida, cuantas miradas rehuimos, cuantas veces apresuramos nuestros pasos!
Fue necesario que llegara aquel buen samaritano. También iba a sus cosas, a sus negocios, a sus ocupaciones, pero se detuvo, se  bajó de su cabalgadura y se puso a la altura del que estaba tirado en el suelo. Necesitamos aprender a abajarnos para ponernos de verdad a la altura del otro hermano. Lo curó, lo montó en su cabalgadura, buscó donde pudieran hacer por aquel hombre, puso todo lo suyo a disposición así como se había puesto él. Nos cuesta hacerlo, no sabemos hacerlo, no queremos quizá aprender a hacerlo.
Podíamos seguir haciendo muchas más consideraciones. Pero preguntémonos también nosotros ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Pero más bien preguntemos si somos capaces de hacer nosotros también lo mismo.  

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.


lunes, 11 de febrero de 2013


Con nuestro dolor unidos a Jesús buscamos la salvación

Mc. 6. 53-56
En el evangelio hemos contemplado cómo eran traídos a la presencia de Jesús, allá por donde pasara, numerosos enfermos para que Jesús imponiéndoles las manos los curara, o al menos le dejaran tocar la orla de su manto. La gente quiere acercarse a Jesús con sus dolores y sufrimientos, salen al encuentro con Jesús con todas las miserias de su vida.  En Jesús tenían la certeza de encontrar vida y salud. La curación de los enfermos eran señales de que el Reino de Dios que llegaba a ellos encontrando en Jesús su salvación.
Cuando Jesús envíe a sus discípulos por el mundo haciendo el anuncio del Reino esas serán las señales también que se han de dar de la llegada del Reino de Dios. Por eso como hemos escuchado más de una vez les da poder sobre los espíritus inmundos y les manda ungir a los enfermos para curarlos. Como hemos dicho más de una vez no era un acto mágico lo que se buscaba, sino que lo importante es ese encuentro vivo y personal con Cristo.
En esta fecha del once de febrero estamos celebrando también a la Virgen María en su advocación de nuestra Señora de Lourdes, recordando aquel lugar allá entre los Pirineos donde en el siglo XIX se sintió de manera especial la presencia de la Virgen en sus apariciones a Bernardita de Sobirous. Un lugar que se ha convertido en punto de peregrinación con gentes venidas de todas partes del mundo para postrándose a los pies de María vivir momentos de conversión y de encuentro con el Señor. Ese era el mensaje que la Virgen le trasmitía a Bernardita para que rezara por los pecadores y por la conversión del mundo.
Quienes hayamos visitado en alguna ocasión aquel lugar o haya visto sus imágenes desde los medios de comunicación u otros medios impresos, no pueden alejar de la retina de su memoria la imágenes de las filas interminables de enfermos de todo tipo que acuden a aquel lugar para pedir la protección y la intercesión de María y obtener la gracia de la curación ya sea de sus miembros doloridos o impedidos o ya sea la curación del corazón en su conversión al Señor.
Es por eso por lo que el Beato Juan Pablo II, queriendo expresar y llevar a la celebración lo que es la preocupación que la Iglesia ha de sentir por todo este mundo del dolor, instituyó la Jornada mundial del Enfermo en esta fecha de las apariciones de la Virgen de Lourdes. Es lo que hoy también estamos celebrando.
Como nos decía el Papa al instituir esta Jornada ha de ser ‘un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos  para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó la salvación de la humanidad’.
Los enfermos y todos los que sufren, pues, hemos de saber descubrir el valor que nuestro dolor puede tener cuando nos unimos a Cristo, cuando somos capaces de hacer la ofrenda de nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento unidos al sacrificio de Jesús en la cruz, y descubrir también cuanto bien podemos hacer a la Iglesia y al mundo desde nuestro sufrimiento. Cuando terminaba el concilio Vaticano II se dirigía un mensaje a los enfermos y se les decía ‘no estáis ni abandonados, ni sois inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y trasparente imagen’.
Es lo que todos hemos de saber descubrir en los hermanos que sufren, ‘la viva y trasparente imagen de Cristo’, y es entonces la manera cómo hemos de acercarnos a ese mundo del dolor con respeto y con amor, con espíritu de servicio y con generosidad de corazón para ayudar, consolar, mitigar esos sufrimientos. Como le dijo Jesús a aquel letrado que le preguntaba quién era su prójimo, cuando Jesús le propone la parábola del Buen Samaritano, al final le dirá, ‘anda y haz tú lo mismo’.
Como nos dice el Papa Benedicto XVI en el mensaje de la Jornada de este año ‘la parábola evangélica del Buen Samaritano… nos enseña el amor profundo de Dios por todo ser humano, especialmente cuando experimenta la enfermedad y el dolor… pero además nos señala cuál es la actitud que todo discípulo de Jesús ha de tener hacia los demás, especialmente a los que están necesitados de atención… extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con El en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos…’
Y nos dirá el Papa que ‘El Año de la fe que estamos viviendo constituye una ocasión propicia para intensificar la diaconía de la caridad en nuestras comunidades eclesiales, para ser cada uno buen samaritano del otro, del que está a nuestro lado’. 
Terminará su mensaje hablándonos de la Virgen y su lugar en el sufrimiento de Jesús en la cruz y en el sufrimiento de sus hijos. ‘En el evangelio destaca la figura de la Bienaventurada Virgen María, que siguió al Hijo sufriente hasta el supremo sacrifico en el Gólgota. No perdió nunca la esperanza en la victoria de Dios sobre el mal, el dolor y la muerte, y supo acoger con el mismo abrazo de fe y amor al Hijo de Dios nacido en la gruta de Belén y muerto en la cruz. Su firme confianza en la potencia divina se vio iluminada por la resurrección de Cristo, que ofrece esperanza a quien se encuentra en el sufrimiento y renueva la certeza de la cercanía y el consuelo del Señor’.
Que María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a quien hoy invocamos con Virgen de Lourdes, nos ayude a comprender este hermoso mensaje y con la gracia que nos trae del Señor ilumine nuestra vida tan llena de dolores y sufrimientos para que los sepamos vivir con verdadero sentido cristiano, no desde la resignación sino desde la esperanza, sabiendo hacer esa ofrenda de nuestra vida al Señor.