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sábado, 24 de octubre de 2026

La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

 


La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

¿Por qué me tiene que pasar esto a mi?, nos habremos preguntado alguna vez cuando los problemas se nos acumulan, parece que las desgracias y los accidentes nos persiguen y caemos en las sombras del desánimo y la desilusión; o es también cuando nos preguntamos a nosotros mismos, o le preguntamos a Dios, ¿por qué me pasa esto a mi? ¿qué he hecho yo para merecer esto? Y pensamos en castigos, en culpabilizaciones por cosas pasadas, en sentirnos como malditos por las cosas que nos suceden.

No estamos lejos aun del pensamiento que tenían los judíos en el tiempo de Jesús que pensaban en la enfermedad como una maldición de Dios, en los accidentes como castigos y se preguntaban también que habrá hecho ese en su vida para ahora estar sufriéndolo así; recordamos cuando los discípulos le preguntaban a Jesús a su paso por las calles de Jerusalén se encontraron con un ciego de nacimiento. ´¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’ aún nos quedan antiguos resabios de pensamientos así a pesar de tantos siglos de cristianismo.

Es lo que ahora vienen a contarle a Jesús por diferentes hechos acaecidos en Jerusalén en aquellos días; una torre en la piscina de Siloé que se derrumbó y en su caída murieron algunos de los enfermos que allí estaban esperando la curación en el movimiento de aquellas aguas; también Pilatos había condenado a unos Galileos por ciertos hechos sucedidos en el templo y allí fueron ejecutados. Algo sacrílego para ellos en este caso pero que en una y otra situación estaban hablando también de castigos. Jesús les pregunta que si ellos se consideran más justos que quienes murieron de esa manera violenta, pero les advierte también que peor les puede pasar si no se convierten. ¿Tendrían que saber descubrir un signo del amor de Dios que nos llama continuamente a la conversión para enderezar nuestras vidas?

Pero para hablarnos de esa ‘paciencia’ de Dios que siempre está esperando nuestra respuesta les propone una sencilla parábola. La del hombre que año tras año venía a buscar frutos en la higuera de su huerta y nunca conseguía; le pide al viñador que la arranque pero el viñador le dice que espere un año más que él la va a cuidar con especial mimo abonándola una y otra vez esperando que de fruto.

La misericordia del Señor es grande y en su amor nos está poniendo señales continuamente al lado de nuestro camino para que descubramos su llamada, para que convirtamos nuestro corazón. Pero nos quedamos cegados en nuestras rutinas o en nuestras viejas costumbres y no somos capaces de ver la luz.

Son también las actitudes negativas que nosotros muchas veces vamos mostrando en nuestra vida; primero no somos capaces de darnos cuentas de nuestras propias sombras, como se suele decir, nadie ve su propia sombra, pero qué atentos estamos para ver las sombras de los demás y cómo reaccionamos, como si nosotros fuéramos los hombres perfectos que lo hacemos todo bien y caminamos siempre con rectitud. Sin embargo nuestra higuera sigue sin dar los frutos que el Señor nos pide.

¿Nos dejaremos cultivar por la gracia del Señor que es para nosotros una llamada? Una llamada que nos llega por la mano o por la palabra de ese viñador que está a nuestro lado y nos quiere hacer ver nuestras propias sombras; pero no queremos escuchar, rechazamos esa mano, en nuestra autosuficiencia que se convierte en orgullo y en soberbia nos hacemos sordos, o queremos poner distancia de allí donde sabemos que nos van a recordar nuestra debilidad o nuestra torpeza. Cuántas veces ante una palabra de advertencia que con cariño alguien nos puede hacer llegar – porque si se preocupan de nosotros y nuestra manera de ser o de hacer las cosas es porque nos aprecian y nos quieren – sin embargo reaccionamos diciendo que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer.

Y Dios sigue llamándonos y poniendo señales al borde del camino que transitamos, sigue ofreciéndonos el abono de su gracia porque Dios sigue esperando que un día demos esos buenos frutos.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


domingo, 14 de septiembre de 2025

Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

 


Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

Dos pensamientos como interrogantes me vienen a la mente ante la celebración de este día. Por una parte ¿a quién le gusta la cruz? Sé que muchos fácilmente me responden hablando de su significado religioso conforme a una tradición que hemos seguido desde siglos, podríamos decir; pero hagámonos la pregunta de una forma cruda, ¿a quien le gusta el sufrimiento, la muerte, el dolor, y todas las consecuencias de ignominia incluso que trae consigo una cruz?

Todos rehuimos el sufrimiento, le tememos a la muerte, no nos gusta vernos condenados porque seamos ignorados por los demás o porque tengamos que cargar con el sambenito de algo que echan sobre nosotros. Sabemos que para algunos incluso pudiera sonar a una incongruencia el hablar tanto de la muerte y de la cruz, y sé que en ciertos ambientes incluso se rehuye el hablar del tema, se evita a los niños, los jóvenes lo ignoran, etc., etc.…

La otra cuestión que me viene a la mente está en preguntar sobre quien es capaz después de haber recibido el rechazo de alguien además quizás hasta de una forma violenta, luego es capaz de hacer los mejores regalos a esa persona que tanta ignominia, por ejemplo, ha cargado sobre ella. ¿Qué pensaríamos de una persona que tuviera esa forma de actuar? Algunos dirían, incluso, que eso es una locura, a quien me hizo daño o me rechazó hacerle los mejores regalos. Con lo fáciles que somos para tener reacciones de rencor y resentimiento, para dejar de hablar de forma fulminante con quien creemos que nos ha hecho daño, de cómo ignoramos inmediatamente a esas personas y las alejamos de nuestra vida. Estamos viendo continuamente esa acritud y resentimientos que se manifiestan de tantas maneras en nuestra sociedad.

¿Podríamos, entonces, llegar a entender en toda profundidad lo que hoy se nos dice en la Palabra de Dios? Rechazamos a Dios y Dios viene en nuestra búsqueda con los mejores regalos de amor. Rechazamos a Dios, sí, en esa negación de Dios que hacemos en la práctica de nuestra vida; está ese rechazo de Dios, de todo lo que tenga un sentido religioso que contemplamos hoy en nuestra sociedad; rechazo de Dios es esa inhumanidad con la que vivimos que no solo es el olvido, la forma con que nos ignoramos los unos a los otros, que de alguna forma es un alejarnos del principios del evangelio que de alguna manera a través de los siglos habíamos querido que fuera el fundamento de nuestra sociedad, que por eso mismo la llamábamos cristiana; claro que pensamos también en todos los que luchan directamente contra todo lo que tenga un sabor cristiano o religioso queriendo imponer una sociedad pagana en el hoy de nuestro mundo. Estamos haciendo desaparecer de nuestras calles incluso todo lo que sea un signo religioso o tenga un sabor cristiano. Es una realidad que tenemos ahí ante nosotros.

Pero aquí es donde tenemos que escuchar el mensaje de la cruz y el mensaje que hoy quiere transmitirnos la Palabra de Dios. El amor de Dios no nos falla, Dios sigue amando al hombre y al mundo a pesar de nuestro rechazo; Dios sigue ofreciéndonos el mejor regalo que es su amor y que se nos manifiesta precisamente en Jesús y en su muerte en la cruz.

Esa cruz que por una parte nos puede representar todo lo que es el dolor del hombre, de una humanidad rota y destrozada; una cruz que nos manifiesta y nos recuerda sufrimientos y muerte, nos recuerda la inhumanidad con que vivimos y nos seguimos matando los unos a los otros con nuestras guerras y nuestra destrucción, que muchas veces concretamos demasiado fácilmente en estos focos calientes de muerte y destrucción de los que con tanta intensidad nos hablan los medios de comunicación, pero que es también esa violencia con que nos tratamos los unos a los otros, con esa violencia con la que algunas veces nos queremos manifestar en contra de la violencia de la guerras - ¿en qué nos diferenciamos? -, esa violencia de gestos y palabras con las que nos queremos desprestigiarnos los unos a los otros y hasta destruirnos.

Pero la cruz quiere decirnos algo más, porque a nosotros nos habla de amor y de grano de trigo enterrado para hacer germinar la planta de una vida nueva. Por eso cuando hoy nosotros contemplamos la cruz al mismo tiempo recordamos ese regalo de amor que Dios quiere hacernos, a pesar de nuestros rechazos, o a pesar de tanta búsqueda de muerte en la que estamos andando en nuestra vida.

Hoy nos lo ha dicho el evangelio cuando nos narra ese episodio de aquel hombre que desde su noche acudió a Jesús y en Él descubrió lo que era el germen de verdad de una vida nueva. Había que nacer de nuevo le decía Jesús a Nicodemo, aunque a este en principio le costará entenderlo. Pero ahí está la Palabra que nos habla de ese amor de Dios, que tanto ama a ese mundo oscuro que ha preferido las tinieblas a la luz que le envía el mejor regalo de amor, porque nos entregó a su Hijo.

Y esto es lo que tenemos que contemplar en la cruz, esto es lo que hace que hoy la celebramos en esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. Por en esa cruz está un nombre sobre todo nombre, como decía el Apóstol San Pablo. Y como continuaba diciéndonos ‘al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’. Así nos diría el evangelio, ‘porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él’.

Encontramos así respuesta a aquellos interrogantes que nos hacíamos al principio. No es muerte, sino que es vida; no es condenación sino salvación. Es el regalo que Dios sigue haciéndonos y que así se nos manifiesta. Es el recuerdo permanente que ante nuestros ojos tenemos, no de una forma mágica, sino como un camino exigente que nos hace entrar en una senda nueva y que nos lleva a una vida nueva.

Es una luz para nuestras cruces y sufrimientos, que levanta las oscuridades que nos aparecen de una forma o de otra en nuestra vida y nos hacen encontrar un sentido incluso al sufrimiento y a la muerte. Nos detenemos quizás con temblor ante esa cruz que se nos presenta en la vida y que no siempre entendemos, pero en Jesús encontramos respuesta, en Jesús nos llenaremos de nuevo de paz.


viernes, 18 de abril de 2025

Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

 


Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

Isaías,  52, 13-53,12; Sal, 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1-19, 42

Todos ansiamos encontrar una sombra que son su brisa refrescante alivie los ardores del camino; hay lugares que nos pueden resultar más agradables y estaremos ansiosos por llegar a ellos para nuestro descanso y para recuperar las fuerzas que necesitamos para continuar hasta la meta que nos hayamos propuesto, sin embargo puede haber algunos que evitamos, que nos repugnan quizás porque nos pueden traer recuerdos de sufrimientos y dolores que no son siempre agradables.

Hoy queremos acogernos bajo una sombra especial porque sí sabemos que ahí vamos a encontrar esa vida que ansiamos y no la vamos a rehuir aunque nos recuerde lo dura y dolorosa que puede resultarnos muchas veces la vida, pero es que esa sombra para nosotros se convierte en luz que nos guía en nuestro sendero pero que además nos ilumina la mente y el corazón para comprender el verdadero sentido de la vida. Hoy nos queremos acoger bajo la sombra de la cruz.

Es una cruz muy especial que aunque su madera tenga la dureza del dolor y del sufrimiento, del sacrificio e incluso el aroma de la muerte, está regada de vida en la sangre de quien por amor en ella dio su vida por nosotros. Hoy queremos no solo contemplar sino también abrazar ese madero de la cruz que nos habla de entrega hasta la muerte, pero que nos habla de amor y nos llena de vida.

Miramos a lo alto para contemplar como en el espejo de los sufrimientos de la pasión y muerte de Jesús nuestra vida y nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros sacrificios, nuestros desánimos y cansancios tantas veces en ese camino de la vida que vamos haciendo y que no siempre nos resulta tan agradable, esos momentos oscuros por los que todos pasamos, pero mirando al que muere clavado en una cruz encontramos un sentido y una fuerza porque nos estamos encontrando el amor.

Es el amor que se convierte en brisa refrescante en ese ardor del camino, es el amor el que nos da sentido a nuestras luchas y a nuestros sufrimientos, es el amor que nos impulsa a seguir adelante en nuestras responsabilidades y en nuestras tareas, es el amor que viene a suavizar esas tensiones que pueden aparecer en las incomprensiones de nuestras relaciones, es el amor que viene a sanar las heridas del corazón que tantas molestias nos proporcionan, es el amor que va a poner dulzura en nuestra vida para dejar a un lado tantas amarguras, es el amor que fortalece nuestro animo y nuestro corazón para seguir amando y seguir dándonos por los demás, es el amor que nos llena de vida y nos hace sentir la satisfacción de lo bueno que vamos realizando para hacer que nuestro mundo sea mejor, es el amor que pone amplios horizontes en nuestra vida y nos hace caminar aunque ahora el camino nos parezca difícil y que nos hace encontrar salidas aun cuando todo nos parezca perdido, es el amor que nos hace llegar el perdón para tantos errores y tantas caídas que tenemos en el camino, es el amor que nos hace vivir de verdad.

Nos puede parecer que la cruz está envuelta por las sombras porque nos recuerda el dolor y el sufrimiento, pero la cruz es el rayo más luminoso que puede llegar a nuestra vida porque en ella encontramos a Jesús, porque en ella encontramos a Dios, porque en ella hemos encontrado la vida, por en ella encontramos el camino del perdón y de la reconciliación, porque de ella se desborda el amor, porque ella nos regala la paz. 

Es lo que contemplamos de manera especial en este día del Viernes Santo, que ya no puede ser para nosotros un día de luto y de tristeza. Leamos detenidamente hoy la lectura de la pasión de Jesús, pero más que leerla contemplémosla desde el corazón. Podemos, es cierto, sentirnos ensombrecidos por la muerte que siempre produce desgarros en el alma, pero como sabemos que detrás brilla el amor y la vida nuestro canto se llena de alegría, porque es un canto de triunfo; la muerte y el pecado han sido vencidos por el amor, vislumbrados detrás de la cruz las resplandores de la resurrección y de la vida. No temamos apoyarnos en la cruz porque de ella fluye la energía de la vida, ella desprende los ardores del amor.

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

jueves, 21 de noviembre de 2024

Unas lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa que nos hacen mirarnos a nosotros mismos a quien Dios tanto ha regalado con su amor

 


Unas lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa que nos hacen mirarnos a nosotros mismos a quien Dios tanto ha regalado con su amor

Apocalipsis 5,1-10; Salmo 149; Lucas 19,41-44

Si hay algo que a todos nos conmueve son las lágrimas de cualquier ser vivo, de cualquier ser humano en nuestra presencia. Siempre nos preguntamos ¿por qué? ¿por qué esas lágrimas? Y tratamos de ser paño de lágrimas aunque no siempre sepamos como enjugarlas.

¿Por qué lloramos? ¿Por qué son esas lágrimas? Por empezar por las que puedan ser más agradable, podemos pensar que lloramos de alegría, de emoción, de sorpresa por algo bueno que nos acontece; todos hemos visto a una madre llorar de alegría cuando recibe noticias del hijo del que hace tanto tiempo que no sabe nada; lloramos de alegría si tenemos la suerte de que las cosas nos vayan bien o conseguimos aquella meta que tanto ansiábamos; todos nos emocionamos con quien está emocionado y terminamos derramando lágrimas con él; pero lloramos de rabia y de impotencia cuando no logramos el premio por el que luchábamos, o lloramos de angustia en la separación de un ser querido porque se va de viaje, lloramos de tristeza ante la muerte de seres queridos o allegados a nosotros; pero lloramos insatisfechos cuando vemos que hemos hecho tanto por alguien que no lo agradece, que incluso se puede volver contra nosotros y nos sentimos inútiles en lo que intentamos para el otro.

Muchas y distintas lágrimas pueden salir de nuestros ojos, que manifiestan sentimientos, amarguras, amores disfrutados o frustraciones en el amor, alegrías y tristezas, que expresan lo más hondo que llevamos dentro y que no tenemos palabras para expresarlo. ¿Sabremos descubrir no solo el por qué de nuestras lágrimas sino también el por qué de las lágrimas de tantos en nuestro entorno? ¿Acaso se nos secan nuestras lágrimas por alguna razón o nos volvemos insensibles ante las lágrimas que se derraman en derredor nuestro?

Hemos venido con el evangelio de san Lucas acompañando a Jesús en su subida a Jerusalén; en ocasiones el caminar de Jesús parece que tiene prisa, como nos dice el evangelista, iba delante, conciente de la Pascua que en Jerusalén ha de celebrar, ha de vivir. Son muchos los anuncios que ha ido haciendo a lo largo del camino de lo que sucederá en Jerusalén aunque nunca los discípulos parecen entender las palabras de Jesús. Ahora se asoma ya como en un bacón a contemplar la ciudad de Jerusalén desde el monte de los Olivos. Allí nos queda una iglesia como recuerdo de ese momento.

Era de emoción grande para todo peregrino llegar a contemplar la ciudad santa a la que todos querían subir, además de la belleza que desde allí se contemplaba. Los que hemos peregrinado en alguna ocasión a aquel lugar hemos sentido también esa emoción, gratos recuerdos llevo en la memoria de mi alma.

Y nos dice el evangelista que Jesús llora. ¿Era solo la emoción de la contemplación de la ciudad santa? Todo buen judío sentía esa emoción. En otros momentos se nos hablará de cómo ponderaban las bellezas y tesoros que desde allí se contemplaban. Pero, ¿cuál era el motivo del llanto de Jesús? ¿El pensar en todo lo que allí había de sufrir en su pasión y en su pascua? Otros serían los momentos, al pie precisamente de ese monte en el huerto donde estaba el molino de aceite, para llegar incluso a sudar sangre por la angustia de lo que iba a suceder que El tan claramente veía.

Pero el llanto de Jesús ahora es distinto. Jesús llora por aquella ciudad a la que había amado tanto, por la que tanto había hecho, en la que había enseñado en sus calles y en la explanada del templo, en la que les había ido manifestando una y otra vez todo lo que era el misterio y el regalo de Dios, pero que ellos rechazaban. Es cierto que en algún momento los niños y la gente sencilla lo van a aclamar precisamente al final de aquella bajada del monte de los olivos, pero estaba el rechazo de quienes no querían recibir la luz; curaría a sus ciegos en sus calles, haría caminar a los inválidos postrados en sus piscinas siempre en eterna espera de la salud, pero ellos no sabían ver la luz, no sabían descubrir la verdadera salvación que Jesús les traía. Y llora Jesús por todos ellos, a los que había querido acoger como la gallina acoge a sus polluelos bajo sus alas.

Pero ¿nos dirá algo a nosotros hoy ese llanto de Jesús? Es un llanto que también es por nosotros a quienes tanto ha regalado, pero que tan poca respuesta hemos dado. Detengámonos a pensar ahora en nosotros mismos, en nuestras rutinas y en nuestras actitudes de derrotismo, en nuestras cobardías que a tantas negaciones nos han conducido, en nuestras cegueras cuando no hemos sabido descubrir la luz que nos llega de tantas maneras para despertar nuestro espíritu en tantas cosas que nos suceden a nuestro alrededor y que son señales de Dios en nuestro camino, en ese dejarnos envolver por ese egoísmo que nos hace insolidarios y que como lepra nos aísla y nos separa de los demás, en esos oídos sordos para escuchar lo que la Palabra nos dice a nosotros pero que esquivamos pretendiendo adosársela a los demás…

Cuántos motivos tendríamos pero para llorar nosotros, para terminar de escuchar esa palabra de Jesús que nos dice ‘levántate y anda’ como al paralítico de la piscina, ‘levántate y sal fuera’ como a Lázaro de Betania, ‘tus pecados quedan perdonados’ como al paralítico de Cafarnaún, ‘tu fe te ha curado’, como a la mujer de las hemorragias, ‘¿no te he dicho que tengas fe?, como a Jairo en el camino...

¿Nos sentiremos conmocionados por ese llanto y esas lágrimas?

viernes, 29 de marzo de 2024

Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 


Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Es viernes santo. Y casi está todo dicho. Es el día en que los cristianos conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Ante nuestros ojos desfilan, podíamos decir que interminables, las imágenes de la pasión y de la muerte de Jesús. Caminamos por nuestras calles y desfilan a nuestro encuentro las imágenes de la pasión en las procesiones que en todas partes se realizan estos días; entramos a nuestros templos y nos vemos rodeados de las más diversas imágenes de la pasión; vamos a las celebraciones y escuchamos el hermoso relato de la pasión que nos hace hoy el evangelista Juan. ¿Llegaremos a estar saturados?

Detengámonos en cualquiera de esos momentos de la pasión que tan gráficamente se nos describen, aquel que más nos impresiona, aquel que nos hace pensar y nos interroga por dentro, aquel que será más conocido para nosotros; todos tenemos, es cierto, alguna preferencia especial, ante cuya imagen nos sentimos más sobrecogidos. Detengámonos ahí, no es necesario hacer recorrido por todos los momentos, y contemplemos; hagámoslo en silencio, no porque no hablemos, sino porque no nos adelantemos con pensamientos prediseñados o conclusiones que nos hayamos hecho en otros momentos de reflexión. Detengámonos así, como si fuera la primera vez y dejémonos sorprender.

En cualquiera de los momentos ante el que nos detengamos vamos a escuchar aquello que por dos veces repitió Pilatos, ‘he aquí al hombre, aquí está vuestro rey’. No desviemos la mirada ni nos entretengamos en nada sino miremos y escuchemos. Miremos de frente, sin temor, con los ojos bien abiertos, con el espíritu y el corazón bien abierto. Como hemos hecho silencio podemos escuchar un susurro de Dios.

¿Qué estaremos viendo a través de esa imagen de Jesús? Sí, vemos dolor y sufrimiento, un cuerpo atormentado, un cuerpo atravesado por el sufrimiento, pero vemos amor. Es la razón, es el motivo. Es la expresión del amor que nos tiene quien se dio por nosotros. No hay amor más grande, ya nos lo había dicho. Lo comprendemos. Es el amor de Dios Padre que nos entrega al Hijo; es el amor de Jesús que sube a Jerusalén, que sube a la cruz, libremente se entrega. Ha llegado su hora, pero es El quien da el paso adelante, porque hay amor, porque nos ama. ¿Cómo nos sentimos ante tanto amor? ¿Qué es lo que podemos decir? Nos quedamos en silencio, contemplando, rumiando en nuestro interior, sintiéndonos invadidos por ese amor, quedándonos transformados en el amor.

Estamos contemplando a Dios. Estamos sintiendo como nunca la presencia de Dios porque nos sentimos envueltos por su amor. Estamos contemplando cómo se ha bajado del cielo para caminar con nosotros, para caminar entre nosotros, para hacerse uno con nosotros. Se anonadó, porque se hizo esclavo desde el amor. Se anonadó porque haciéndose como nosotros quiso morir como nosotros. Se anonadó porque lo contemplamos en una terrible muerte de Cruz.

Es Dios y se hizo hombre y está sufriendo con toda la humanidad doliente. ‘He aquí al hombre’, había dicho Pilato. Es Jesús, pero en él vemos todo hombre que sufre, toda la humanidad doliente. Asumió nuestro dolor para que en el dolor de todos los hombres le viéramos a El. Sí, eso nos dijo. Y está en el hambriento y en el sediento, en el enfermo y en el que está en la cárcel, en el que está solo y en el que se encuentra en los oscuros callejones de la vida, en el que sufre el desprecio y la discriminación y en el que lleva en su carne los duros horrores de la guerra, en el que es perseguido o despreciado por ser distinto, por ser de otra raza, por ser de otro lugar, porque actúa de otra manera o piensa distinto, en todo el que sufre o que padece por cualquier motivo.

Cuanto le hiciéramos a uno de esos pequeños, a El se lo hacemos, así nos dijo. Cuando hoy lo contemplamos en su pasión y en su muerte seguramente nos hubiera gustado estar allí para liberarlo de ese sufrimiento, para ser quizás ángel del consuelo, para ponernos en su lugar, para acompañarlo con nuestra presencia como Juan, como María Magdalena, como María, su madre. Sí, hoy, pongámonos a su lado en los nuevos calvarios de la vida. Pongámonos a su lado en todos esos que sufren, y ante los cuales tantas veces pasamos insensibles y quizá sin mirarlos. Mirando hoy a Jesús en la cruz aprendamos a mirar a nuestro alrededor para encontrar a ese ser que se encuentra sumido en su soledad, a mirar a nuestro alrededor y descubrir tantas lágrimas que se derraman sobre tantos rostros pero en las que nunca nos habíamos fijado, a mirar de una manera nueva el dolor y el sufrimiento que quizás causamos con nuestros desaires o con la despreocupación con que vamos por la vida.

Dejémonos mirar por Jesús con aquella misma mirada compasiva con que miró a Pedro después de su negación, como miró a Juan desde lo alto de la cruz para entregarle a su madre, como miró a quienes le crucificaban para perdonar y para disculpar, como miró a nuestro mundo para llenarlo de nueva vida y de amor. Algo nuevo tiene que comenzar a brotar dentro de nuestro corazón, una nueva vida tiene que estar gestándose en nosotros. Vamos camino de la Pascua, porque sentimos el paso de Dios por nuestra vida. En nosotros queda siempre la esperanza de la resurrección. Dios está hablando a nuestro corazón.

viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

martes, 12 de marzo de 2024

Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

 


Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Todos hemos presenciado, o acaso también nos habremos visto envueltos en esa situación, una aglomeración de gente que hace cola porque lo necesitan para conseguir algo que consideran muy importante o vital para sus vidas; los empujones y los revolcones que se montan, sobre todo cuando llega el momento de comenzar a moverse aquella cola, porque ha llegado el momento del comienzo del reparto, se ha abierto la puerta, y ahora todos, aunque hasta ahora quizás se habían mantenido en cola de una forma más o menos ordenada, al empujón rompen filas, nadie tiene consideración con nadie y todos pretenden saltar por donde sea para alcanzar aquello que esperaban. Nadie mira a nadie ni siente compasión por la debilidad con que algunos se muestren en su necesidad.

¿Algo así sucedería en aquella piscina de las ovejas donde tantos enfermos y discapacitados en las más diversas enfermedades y dolencias esperaban que al agua se removiera para poder entrar el primero y curarse? Los que mejor podían valerse se adelantaban a todos y no importaba que hubiera alguien que estuviera allí esperando (en la cola) desde hacia 38 años y nadie le importaba nadie. Es la queja humilde y resignada de aquel hombre a quien Jesús le pregunta si quiere curarse.

Más allá de esas colas que hacemos ante una oficina o ante algún reparto benéfico, ¿este texto estará reflejando algo de lo que vivimos cada día en la vida? Resignación no falta en muchos que se ven envueltos en sus problemas sin saber como salir adelante y como solemos decir no nos queda más remedio que aguantarnos; pero empujones bien que nos damos en la vida cuando cada uno va buscando solo sus intereses; avariciosos nos volvemos en tantas ocasiones que nos parece que con lo que tenemos no vamos a alcanzar nuestros sueños y mercadeamos en lo que sea y por donde sea con tal de conseguir influencias de quien en un momento dado nos pueda echar una mano, situaciones de privilegio por los que todos soñamos porque así nos vemos como por encima de los demás, insolidarios caminamos pensando solo en nosotros mismos y a lo sumo le echamos una mano, pero las dos no que ya está bien, a aquellos que pudiéramos considerar más cercanos a nosotros y un día también podían hacer algo por nosotros. En muchas cosas podemos fijarnos.

Es Jesús el que ha venido al encuentro de aquel hombre, como viene también a nuestro encuentro. Allí donde está el dolor, donde hay algo que sufre, allí donde hay una situación de sombras, allí donde hay unos corazones atormentados, allí donde parece que se agotado las esperanzas y solo queda la resignación o una lucha desesperada que todo lo puede convertir en violencia, allí donde se producen los peores desequilibrios que muchas veces nos encierran o nos hacen insolidarios, allí siempre puede aparecer una luz.

En aquel caso, en la piscina de Betesda apareció esa luz para aquel hombre que pudo tomar su camilla, cargar con ella y echar a andar para su casa. No todos van a reconocer esa luz, porque quizás está haciendo resplandecer cosas que otros querían ocultar o de las que no quieren saber nada. Incluso aquel pobre hombre que ahora se ha visto liberado de su imposibilidad va a sufrir los zarpazos de esa lucha, porque habrá quien no entienda que haya sido curado en sábado, o no querrán reconocer el poder y la acción de Jesús. ¿No se siguen dando coletazos contra la Iglesia, contra la obra de la Iglesia, contra la fe en Jesús en el mundo que hoy vivimos por tantos a los que parece que les molesta la fe que podamos tener en Jesús?

¿No habrá incluso algunas ocasiones que a los que decimos que tenemos fe en Jesús quizás nos cueste mostrar abiertamente esa fe porque vamos a encontrarnos un mundo que está enfrente y no lo soporta? Cuidado con nuestras cobardías, cuando con los brotes de insolidaridad que nos pueden brotar dentro de nosotros, cuidado que entremos en esas carreras del mundo y comencemos también nosotros a despreocuparnos de los demás, simplemente para hacer lo que todos hacen.

¿Seguirá habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, camillas en las que sigamos postrados porque todavía nos quedan muchos miedos en el alma? Tenemos que aprender a levantarnos, a dejar a un lado de una vez por todas esas muletas y camillas, algo nuevo tiene que brotar en nosotros cuando en verdad reconocemos a Jesús. Nos había preguntado Jesús también a nosotros si queríamos sanar, pero ahora además nos dice: ‘Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor’.

 

domingo, 4 de febrero de 2024

Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

 


Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Cuando nos ponemos en camino en la vida, y decimos también que la vida misma es camino, ¿qué es lo que nos vamos encontrando? Personas, situaciones, acontecimientos, diversos, unos más buenos y agradables, pero también nos encontraremos con otras cosas que no nos agradan tanto, porque no solo puede ser la maldad de las mismas personas o de las situaciones que provocamos, sino que también nos encontraremos con dolor, con sufrimiento, con muchas angustias y desesperanzas. Es la misma realidad de la vida, porque así somos nosotros también, a pesar de los buenos deseos, tenemos tropiezos, no siempre hacemos lo mejor ni lo más correcto, muchas veces podemos ser incluso causa del mal de los demás, del sufrimientos de muchos que están nuestro lado.

¿Qué hacemos? ¿Cerramos los ojos para no enterarnos? ¿Nos desentendemos de esa realidad? Ya quisiera que todo fuera bueno y que todo fuera causa de felicidad, pero bien sabemos que no es así. ¿Tendremos suficiente sensibilidad en nuestro corazón para sentirnos de alguna manera solidarios? ¿Nos cruzamos de brazos y hacemos como que no nos hemos enterado? Por algo de humanidad que quede dentro de nosotros, seguro que nos pondremos a hacer algo.

Me estoy haciendo esta consideración, mirando lo que es la realidad de nuestra vida de cada día, y queriendo pensar además en lo que tendríamos que hacer, pero precisamente partiendo del texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Vemos a Jesús en camino. Había llegado a Cafarnaún, el sábado había acudido a la sinagoga, aunque ahora no entremos en detalles de lo allí sucedido que ya comentamos el pasado domingo, y al salir va de camino, lo llevan a casa de Simón y Andrés. ¿Qué se va a encontrar allí? La suegra de Simón está enferma, le dice, y se acercó hasta ella. ¿Cuál sería el diálogo en aquellos momentos? El evangelista no nos dice nada, sino que tomándola de la mano la levantó de su postración. Se sintió curada y se puso a servirles, termina diciendo el evangelista.

Tender la mano para levantar, lo veremos hacer muchas veces a Jesús, nos mandará que nosotros también lo hagamos. Levantar, ¿de la postración? ¿De la enfermedad? De cuantas cosas necesitamos nosotros ser levantados, y de cuantas cosas también nosotros tenemos que ir levantando. Postrados en el sufrimiento, que no es solo la enfermedad corporal; levantar del desánimo y de la desesperanza, de la apatía y del aburrimiento, de nuestras comodidades y de nuestra insolidaridad, del miedo al compromiso y al implicarnos en lo que vamos porque tememos complicarnos. Postrados podemos sentirnos nosotros, pero postrados vemos a tantos a nuestro alrededor. ¿No tendremos que ir aprendiendo a tender la mano para levantar?

Al anochecer la puerta de la casa se llenó de gente que también quería agarrarse de esa mano de Jesús que los levantara. Le trajeron muchos enfermos de toda clase para que los curara. No habían venido antes quizá por aquello del descanso sabático, pero al anochecer había terminado el sábado y ya podían moverse con total libertad; las noticias habían corrido de lo que había realizado en la sinagoga con el que estaba poseído por un espíritu inmundo, y la noticia de la curación de la suegra de Simón habría corrido también como un reguero de pólvora, y allí estaban. ‘La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.

Pero nos dice algo importante a continuación el evangelio. ‘Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar’. El silencio de la madrugada, antes de la salida del sol, un momento propicio para repasar las cosas, para rebobinar todo lo sucedido, para repensarnos las cosas y encontrar el sentido profundo de lo que hacemos; Con momentos más o menos largo todos cuando vamos queriendo dar los pasos de la vida con madurez y equilibrio tenemos momentos así, de reflexión, de silencio; si somos creyentes lo hacemos sintiéndonos en la presencia de Dios, queriendo tener esa luz y esa visión de Dios sobre nuestra vida; es lo que llamamos oración. Daremos gracias por lo que vamos viviendo, pedimos perdón por los errores o por lo que no hemos sabido hacer, queremos sentir esa fuerza y esa luz que nos viene de lo alto y nos ilumina y nos anima, que nos hace encontrar los verdaderos caminos y nos dará fuerza para el compromiso.

A Jesús lo contemplamos en muchos momentos del evangelio en ese estado de oración. Humanamente podría ver delante de si muchos fantasmas que le confundieran; recordamos en su oración en el desierto que se siente tentado por el diablo, ya tendremos pronto ocasión de reflexionarlo; ahora mismo son los primeros discípulos los que le buscarán porque allí hay quizás una ocasión para buscar prestigios y aclamaciones, ‘todo el mundo te busca’, le dicen. ‘Tenemos que ir a otra parte, que para eso he venido’, les dirá y se pone de nuevo en camino. Jesús lo tiene claro.

Tenemos que seguir estando en camino, tenemos que ir a otra parte, no nos podemos quedar en lo mismo o donde pensamos que ya lo tenemos todo conseguido; siempre se están abriendo caminos delante de nosotros, porque tenemos que seguir tendiendo la mano, tenemos que seguir haciendo con nuestra vida ese anuncio de esa Buena Nueva. ¿Qué paso más nos pedirá el Señor? '¡Ay de mí si no evangelizare!'