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domingo, 8 de febrero de 2026

No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

 


No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

Isaías 58, 7-10; Salmo 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16

Muchas veces los problemas del día a día de la vida nos agobian, nos parece sentirnos desorientados y sin saber que hacer; son nuestros problemas personas, los interrogantes que se nos plantean ante lo que sucede o lo que vemos, calamidades de todo tipo en la propia naturaleza, problemas que afectan a las personas de nuestro entorno que también nos producen desgarro en el corazón, situación de la sociedad y del mundo en general que algunas veces no sabemos ni por donde vamos o a donde vamos a llegar… cuando tenemos una cierta sensibilidad en nuestro espíritu todo esto nos hace sufrir, nos preguntamos qué podemos hacer, cuál es el sentido de todo esto que sucede, hasta donde llegaría nuestro compromiso y todo eso nos hace sentirnos como a oscuras porque en cierto modo nos sentimos impotentes.

Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos proclama en este domingo nos habla de luz y de sal; dos imágenes que nos han dado hermosas reflexiones y que cuando con sinceridad las escuchamos y las reflexionamos pueden ser también un interrogante para el compromiso de nuestra vida y de lo que cristianos podemos y tenemos que hacer en este mundo tan complejo en el que vivimos. No nos podemos quedar en bonitas palabras y esa es una tentación frecuente; lo podemos convertir en poesía pero si no lo convertimos en vida de poco nos vale.

Porque lo que Jesús nos está diciendo es que nosotros desde nuestra fe en El y habiendo escuchado su Buena Noticia del Evangelio tenemos que convertirnos en esa luz y en sal para nuestro mundo, para ese mundo concreto en el que vivimos con sus sufrimientos, con sus vaivenes que le hacen ir de un lado para otro parece que sin rumbo, o al menos no es el rumbo que a nosotros nos gustaría que tomara.

Creo que lo que nos está pidiendo hoy el evangelio es que echemos pie a tierra, nos metamos de verdad en medio de esos hombres y mujeres que sufren por tan diversos motivos, no los miremos como espectadores que se ponen en frente, sino como quienes nos mezclamos con esas personas que sufren para hacer nuestros sus sufrimientos, sus carencias, sus angustias. Misericordia de verdad es poner el corazón allí donde está la miseria, allí donde está el sufrimiento, donde está ese mal o esa carencia que hace sufrir a tantos y si ponemos el corazón pronto nos pondremos al unísono, pero es precisamente entonces cuando contagiamos de lo que llevamos en nuestro corazón.

El profeta nos decía que compartiéramos nuestro pan con el indigente; compartir no es dar una migaja de lo que nos sobra sino que eso que tenemos lo partimos y entonces lo compartimos, por eso seguía diciéndonos que al que está sin techo le demos hospedaje, al que ves desnudo le cubres su desnudez, y al que está afligido le ofreces tu consuelo llorando con sus mismas lágrimas. Y continuaba diciéndonos el profeta que entonces es cuando brillará tu luz como una aurora, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Fijémonos en una cosa hermosa, seremos nosotros los primeros iluminados, para nosotros ya no habrá oscuridad. Hemos compartido la luz, hemos querido iluminar a los demás, a nuestro mundo, y nosotros somos los primeros iluminados. ¿No decíamos en nuestra reflexión del principio que ante todo ese agobio que nos produce todo eso que contemplamos alrededor a nosotros mismos nos parecía que estábamos a oscuras sin saber que hacer o qué camino tomar?

Nunca podemos tener palabras de desánimo ni de condena ante lo que podamos contemplar. Es una tentación fácil en la que caemos tantas veces, porque de alguna manera queremos quitarnos de encima la culpa de lo que no hayamos hecho bien y lo fácil es culpar al otro. Nuestra palabra siempre tiene que ser una invitación a la vida, un ayudar a encontrar ese camino de luz. Cuando hemos descubierto el camino buscando ser esa sal y esa luz para los demás, somos nosotros los primeros iluminados, ‘tu oscuridad se volverá mediodía’, que decía el profeta.

Por algo nos decía Jesús en el evangelio que brillen nuestras buenas obras ante los hombres para que todos glorifiquen al Padre del cielo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Estaremos como cristianos y miembros de la Iglesia siendo eso para nuestro mundo de hoy? ¿Cómo tenemos que ser luz, como tenemos que ser sal para nuestra tierra?

lunes, 22 de septiembre de 2025

Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

 


Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

Esdras 1,1-6; Salmo 125; Lucas 8,16-18

La luz, qué necesaria es. Cómo nos ponemos de incómodos cuando nos falta la energía y nos quedamos a oscuras de noche en la casa. Pronto buscamos sustitutos de esas lámparas que no iluminan por la falta de energía, y en consecuencia vendrás las reclamaciones, ha significado quizás una pérdida de beneficios o simplemente no soportamos que no haya luz; lo mismo nos sucede cuando tenemos que enfrentarnos a un camino oscuro y tenebroso en la noche que no tiene unas luminarias que nos ayuden a encontrar el camino. Cada vez que hay un apagón cuantas son las protestas de todo tipo que se levantan.

Pero, ¿es solo esa luz la que nos importa? Creo que en ocasiones andamos un tanto desorientados en ese tema de la luz, porque de las únicas luces de las que nos preocupamos es de la que nos pueda dar una lámpara encendida en nuestra casa o en nuestros caminos. Sin embargo, en muchas cosas andamos a oscuras, no nos importa la falta de luz, nos buscamos nuestros sustitutos para esas carencias pero siempre serán luces que nos puedan llevar al engaño y pudieran incluso desestabilizar nuestra vida.

¿Tenemos claros los caminos que hemos de andar en la vida? ¿Buscamos un verdadero sentido a lo que hacemos para que nos lleve a una plenitud de vida? ¿Nos dejaremos en ocasiones envolver por tinieblas porque no ponemos el empeño necesario para encontrar ese sentido de nuestra vida? Algunas veces parece que los fuegos fatuos son los que nos llaman la atención desde la superficialidad con que vivimos la vida. Andamos a oscuras en la vida porque aquellas luces que nos van apareciendo junto a nuestro camino tratamos quizás de cubrirlas con nuestras vanidades y apariencias, con nuestro orgullo que nos hace creernos que estamos por encima de quien nos puede dar la verdadera luz, con nuestros entretenimientos superficiales que nos distraen y nos confunden, o con ese materialismo de la vida que nos impide levantar nuestra mirada a otros niveles que nos den mayor plenitud a nuestra existencia.

Pero quizás en esas cosas no queremos pensar, nos hemos acostumbrado a nuestras sombras que nos parece que no necesitamos otra luz, o nos dejamos arrastrar por la primera luz que aparezca aunque esté llena de confusiones; los oropeles de la vida nos confunden con sus brillos fatuos y ni queremos pensar donde podemos encontrar esa verdadera luz.

En esto nos quiere hacer pensar Jesús. Y mira que nos dice que nos pensemos bien las cosas, que analicemos bien lo que escuchamos o las distintas propuestas que de un lado o de otro de la vida vamos recibiendo. ‘Mirad, pues, cómo oís’, nos está diciendo. Porque suenan sonidos en nuestro entorno y no llegamos ver cual es el autentico. Nos está invitando Jesús a abrir bien nuestros oídos para que sepamos de quien en verdad nos podemos confiar. Hemos de saber buscar lo que de verdadera plenitud y sentido a nuestra vida. No son remiendos lo que necesitamos; de nada nos ayuden las luces que pronto se agotarán por falta de verdadero combustible, de nada nos vale tener una luz pero tenerla escondida. Hemos de calibrar bien nuestros oídos para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos, aunque no nos gusta en ocasiones porque nos pone el dedo en la llaga, y eso no gusta, porque nos duele, porque tenemos que reconocer nuestras oscuridades y nuestros errores.

Claramente nos dirá que El es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorársela. A El tenemos que saber acudir, de El nos tenemos que dejar alumbrar, en El vamos a encontrar ese aceite que nos mantenga para siempre la lámpara encendida. Es lo que tenemos que buscar, es lo importante para nuestra vida. Sepamos encontrarlo. Y además nos está diciendo Jesús que nuestra luz tiene que estar bien colocada para que todos los que entren puedan estar iluminados, encontrar esa luz.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aun en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

 


Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aún en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21

La fe ni es refugio conformista ni es pasividad, la fe no siempre nos aclara las dudas e interrogantes a la primera ni nos libera de tensiones en el espíritu para adormecernos en ante los problemas; la fe es camino que se abre ante nosotros dando firmeza a nuestros pasos, la fe nos da seguridad incluso cuando parece que hayamos perdido toda esperanza y dando trascendencia a lo que hacemos o vivimos llena de sentido nuestra vida; la fe es búsqueda pero también apertura del corazón para encontrar respuestas. No siempre es fácil mantenernos en la fe que profesamos, pero nos hace sentir que más allá de las soledades en que nos encontremos en la vida hay un Dios que siempre está a nuestro lado caminando con nosotros.

Hoy miramos a un hombre íntegro y maduro en su fe que a pesar de su silencio mucho tiene que enseñarnos y que es para nosotros modelo de ese camino de silencio que tantas veces tendremos que hacer en nuestra vida, sin aspavientos y sin llamar la atención pero con la conciencia de una gran misión. Estamos celebrando a san José, el esposo de María, el padre de Jesús porque esa fue la misión que se le confió sobre la tierra.

Comencemos por observar su silencio. No hay palabras de José en el evangelio. Sin embargo es mucho lo que nos está hablando con su silencio. En silencio, y algunas veces pareciera que en soledad, va afrontando los diferentes problemas que le van apareciendo en la vida. No hace aspavientos con los problemas sino que en silencio va rumiándolos en su corazón. Son oscuridades llenas de sueños, porque sueños tenemos todos en la vida en nuestras aspiraciones y deseos. Pero en san José pareciera que todo se va truncando porque ni entiende lo que pasa con María y de entrada encuentra pocas respuestas; prefiere que todo se quede en silencio porque a nadie quiere hacer daño. Pero no son los sueños de lo que El desee sino un nuevo sueño venido del cielo el que hable a su corazón.

No se ha cerrado a la presencia ni a la voz de Dios que ahora maravillosamente se le manifiesta. El misterio se le revela pero es para él ponerse en camino; un camino en el que luego le irán apareciendo nuevos tramos pero que El está dispuesto a asumir. Primero recoge a María, su mujer, en su casa, aunque le cuesta entender el misterio, pero se fía de la revelación de Dios. Era el designio de Dios que él obedece y que le compromete.

El camino seguirá en dirección a Belén, como posteriormente será el destierro en Egipto. Poco a poco parece que se va diluyendo la figura de José, y aunque a El no se le ha anunciado una espada que le atraviese el alma, como a María, tendrá el sufrimiento de los caminos en silencio, como lo será el silencio de su vida en Nazaret. Alguien un día mencionará que aquel nuevo profeta de Galilea es el hijo del carpintero, así sin nombre y sin ningún otro reconocimiento. Grande fe el camino recorrido como compromiso de su fe.

El también en silencio buscaba a Dios, aunque pareciera que había perdido a Dios con la pérdida de Jesús; pudiera parece que se pierden las esperanzas pero será constante en su búsqueda contra toda esperanza,  como un día buscaría al niño perdido hasta encontrarlo en el templo en medio de los doctores. ‘¿No sabías que tu padre y yo te andábamos buscando?’, no serán sus palabras sino las de María pero que reflejan bien lo que la fe fue búsqueda también para José.

¿Estaremos viendo nuestros recorridos por la vida con sus oscuridades y con sus sueños, con nuestras esperanzas perdidas en ocasiones y con nuestras dudas, con nuestros problemas y con nuestros tormentos, con esos momentos de soledad y silencio cuando nos parece que ni de la tierra ni del cielo nos llega ninguna señal, o cuando se abren ante nosotros caminos inciertos en los que no sabemos qué calvario vamos a encontrar?

Aprendamos del camino de José, aprendamos de su fe que también va creciendo y madurando para encontrar esa fortaleza del espíritu, no le hace cruzarse de brazos desde la pasividad ni ser conformista esperando que otros le den soluciones, sino que tenemos que aprender a ir poniéndonos en camino de búsqueda abriendo nuestro corazón para sentir a Dios que siempre estará a nuestro lado.

 

jueves, 30 de enero de 2025

Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

 


Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

Hebreos 10,19-25; Salmo 23; Marcos 4,21-25

Hace unos días por las redes me comentaba un amigo lo mal que lo estaban pasando porque con frecuencia fallaba la energía y se quedaban sin luz no solo durante horas sino muchas veces días enteros; me hablaba desde uno de esos países que se encuentran con grandes deficiencias de todo tipo y uno de los problemas que les afectaban para muchas cosas de su vida diaria era la falta de energía, la falta de luz. A quienes vivimos donde frecuentemente no tenemos esas dificultades nos cuesta entender esas carencias y comprender cómo se las pueden arreglar sin luz.

Quiero ir más allá de esa triste realidad y que de alguna manera nos sirva de ejemplo y de base para otra falta de luz que muchas veces podamos sufrir en nuestra vida. Luz podría ser los conocimientos y el saber, la cultura y lo que pueda elevar nuestra vida desde lo material a niveles más altos y de mayor espiritualidad; podríamos pensar en todo aquello que nos puede hacer encontrar un sentido y un valor a la vida porque caminar por la vida de esa manera sería como ir dando pasos de ciego y podría ser encontrarnos como sin un rumbo por donde encaminar nuestros pasos; y como creyentes podríamos pensar en la oscuridad y falta de trascendencia de nuestra vida cuando no tenemos fe.

La fe no es simplemente una tradición que recibimos o unas costumbres de cosas que estamos acostumbrados a hacer y si no las hacemos nos encontraríamos con falta de algo; la fe no son unos ritos que realizamos como unos amuletos en los que apoyarnos para quitar nuestros miedos; la fe no se da simplemente porque digamos que las cosas siempre han sido así y en nuestro pueblo todos somos cristianos y son cosas que todos hacen; la fe no son unas motivaciones sociales para tener unos días de asueto o de fiesta; la fe no es un barniz que adorne unos objetos o un vestido que nos podamos poner o quitar según nos convenga según las conveniencias sociales.

Estaríamos quedándonos en un aspecto muy superficial que como tal en si mismo no tendría sentido. Tenemos que descubrir toda la profundidad que va a dar a nuestra vida envolviendo y empapando de un sentido profundo cuanto hacemos o cuanto vivimos. La expresaremos con palabras, se hará fiesta en nuestra vida, tendremos unas expresiones para manifestarla y celebrarla, pero va a ser el cauce por el que gire toda nuestra existencia, nos haga comprender el mismo sentido de la vida y de cuanto hacemos, nos hará mirar de manera nueva entonces también a los que están a nuestro lado, elevará nuestro espíritu porque le dará un sentido espiritual a nuestra existencia, porque nos hace encontrarnos con el Dios que nos ha creado y nos ama, y se quiere hacer presente en nuestro corazón.

Sin esa fe que nos hace encontrarnos con Dios, que nos hace escuchar a Dios andaríamos como sin luz; es en Dios en quien encontramos el verdadero valor de nuestra vida, la mayor grandeza de la persona, el que va a dar sentido a cuanto hacemos, le dará hondura a nuestras alegrías y un valor y un sentido a nuestros sufrimientos, no porque Dios quiera nuestros sufrimientos, sino porque en El encontraremos esa fuerza para superarnos y para crecer, para poner esperanza incluso en ese dolor y para saber que al final del camino siempre vamos a encontrar una luz.

No escondamos nuestra fe. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad.

 

martes, 12 de marzo de 2024

Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

 


Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Todos hemos presenciado, o acaso también nos habremos visto envueltos en esa situación, una aglomeración de gente que hace cola porque lo necesitan para conseguir algo que consideran muy importante o vital para sus vidas; los empujones y los revolcones que se montan, sobre todo cuando llega el momento de comenzar a moverse aquella cola, porque ha llegado el momento del comienzo del reparto, se ha abierto la puerta, y ahora todos, aunque hasta ahora quizás se habían mantenido en cola de una forma más o menos ordenada, al empujón rompen filas, nadie tiene consideración con nadie y todos pretenden saltar por donde sea para alcanzar aquello que esperaban. Nadie mira a nadie ni siente compasión por la debilidad con que algunos se muestren en su necesidad.

¿Algo así sucedería en aquella piscina de las ovejas donde tantos enfermos y discapacitados en las más diversas enfermedades y dolencias esperaban que al agua se removiera para poder entrar el primero y curarse? Los que mejor podían valerse se adelantaban a todos y no importaba que hubiera alguien que estuviera allí esperando (en la cola) desde hacia 38 años y nadie le importaba nadie. Es la queja humilde y resignada de aquel hombre a quien Jesús le pregunta si quiere curarse.

Más allá de esas colas que hacemos ante una oficina o ante algún reparto benéfico, ¿este texto estará reflejando algo de lo que vivimos cada día en la vida? Resignación no falta en muchos que se ven envueltos en sus problemas sin saber como salir adelante y como solemos decir no nos queda más remedio que aguantarnos; pero empujones bien que nos damos en la vida cuando cada uno va buscando solo sus intereses; avariciosos nos volvemos en tantas ocasiones que nos parece que con lo que tenemos no vamos a alcanzar nuestros sueños y mercadeamos en lo que sea y por donde sea con tal de conseguir influencias de quien en un momento dado nos pueda echar una mano, situaciones de privilegio por los que todos soñamos porque así nos vemos como por encima de los demás, insolidarios caminamos pensando solo en nosotros mismos y a lo sumo le echamos una mano, pero las dos no que ya está bien, a aquellos que pudiéramos considerar más cercanos a nosotros y un día también podían hacer algo por nosotros. En muchas cosas podemos fijarnos.

Es Jesús el que ha venido al encuentro de aquel hombre, como viene también a nuestro encuentro. Allí donde está el dolor, donde hay algo que sufre, allí donde hay una situación de sombras, allí donde hay unos corazones atormentados, allí donde parece que se agotado las esperanzas y solo queda la resignación o una lucha desesperada que todo lo puede convertir en violencia, allí donde se producen los peores desequilibrios que muchas veces nos encierran o nos hacen insolidarios, allí siempre puede aparecer una luz.

En aquel caso, en la piscina de Betesda apareció esa luz para aquel hombre que pudo tomar su camilla, cargar con ella y echar a andar para su casa. No todos van a reconocer esa luz, porque quizás está haciendo resplandecer cosas que otros querían ocultar o de las que no quieren saber nada. Incluso aquel pobre hombre que ahora se ha visto liberado de su imposibilidad va a sufrir los zarpazos de esa lucha, porque habrá quien no entienda que haya sido curado en sábado, o no querrán reconocer el poder y la acción de Jesús. ¿No se siguen dando coletazos contra la Iglesia, contra la obra de la Iglesia, contra la fe en Jesús en el mundo que hoy vivimos por tantos a los que parece que les molesta la fe que podamos tener en Jesús?

¿No habrá incluso algunas ocasiones que a los que decimos que tenemos fe en Jesús quizás nos cueste mostrar abiertamente esa fe porque vamos a encontrarnos un mundo que está enfrente y no lo soporta? Cuidado con nuestras cobardías, cuando con los brotes de insolidaridad que nos pueden brotar dentro de nosotros, cuidado que entremos en esas carreras del mundo y comencemos también nosotros a despreocuparnos de los demás, simplemente para hacer lo que todos hacen.

¿Seguirá habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, camillas en las que sigamos postrados porque todavía nos quedan muchos miedos en el alma? Tenemos que aprender a levantarnos, a dejar a un lado de una vez por todas esas muletas y camillas, algo nuevo tiene que brotar en nosotros cuando en verdad reconocemos a Jesús. Nos había preguntado Jesús también a nosotros si queríamos sanar, pero ahora además nos dice: ‘Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor’.

 

lunes, 20 de noviembre de 2023

Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

 


Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Dice el dicho popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sin embargo nos podríamos preguntar ¿y quién es el que no quiere ver? Porque todos cuando tenemos la más mínima afección en los ojos enseguida acudimos el medico, al óptico, al oftalmólogo porque sería algo muy duro el quedarse ciego y no poder ver.  Qué grande es la alegría, por ejemplo, del que se opera de cataratas, que antes de la cirugía lo veía todo opaco, y después de la operación recobra y con qué fuerza la visión y con qué intensidad se ven de nuevo los colores.

Pero creo que entendemos que esto son solo imágenes de algo más hondo. Porque muchas cegueras nos aparecen en la vida, y muchas veces tenemos que decir que queridas o buscadas. No queremos ver sino lo que nos interesa, decimos en ocasiones; cerramos la mente en nuestras cosas, en nuestros intereses, y no vemos más allá de lo que queremos ver; cuantas diferencias tenemos entre unos y otros porque nos encerramos en nuestra visión, en la perspectiva que nosotros podamos tener y no queremos aceptar la luz o la verdad que puede tener el otro; diferencias que nos llevan a enfrentamientos y hasta violencias, diferencias que crean divisiones, diferencias que nos encierran en nosotros mismos y nos llevan a la descalificación y hasta si pudiéramos la destrucción del adversario.

Cegueras que se nos meten en la vida para quedarnos solo en lo material y en lo presente, en lo que pueda satisfacerme ahora pero sin darle más trascendencia a lo que hacemos o a lo que vivimos, cegueras que nos destierran del ámbito espiritual, o que nosotros voluntariamente hemos descartado, tan importante y necesario en lo que es la visión más completa de la persona y terminan por querer desterrar a Dios de nuestra vida, cegueras que nos aíslan y nos dejan al borde del camino metidos en nuestra rutinas o lo que siempre hemos hecho sin abrirnos a algo mejor y que va más allá de ese momento presente.

El evangelio nos habla hoy de un hombre que está al borde del camino. Las circunstancias de su ceguera allí lo han puesto sin dejarle abrirse a más amplios horizontes. Pedir limosna para poder subsistir es lo que único que sabe hacer. Estratégicamente está colocado en el camino que pasa por Jericó y que conduce a la ciudad santa, por lo que muchos serán los peregrinos que bajando por el Jordán desde Galilea hagan esa travesía en su camino a Jerusalén.

Sin embargo en el borde del camino siempre se pueden escuchar muchas cosas y quien tenga una sensibilidad especial mucho pueda aprender en las cosas que escucha. ¿Habrá oído hablar de aquel profeta de Galilea que hace signos y prodigios y a muchos ha curado también de su ceguera? Cuando escucha el murmullo de la gente que pasa tratará de enterarse bien de lo que sucede y es por lo que pronto clamará ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quizás aquellos muy devotos de escuchar al Maestro tratarán de hacerlo callar, para que sus gritos no les impidan escuchar a Jesús, como tantas veces también entre nosotros sucede. ¿Para qué escuchan a Jesús si no son capaces de escuchar, o dejar gritar a aquel pobre ciego que está al borde del camino pidiendo compasión?

Jesús quiere que lo traigan a su presencia y dando tumbos y saltando de alegría se acerca hasta Jesús. El sí lo va a escuchar. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Había pedido compasión, como la pedía a todos los caminantes esperando alcanzar algo que remediase su pobreza; pero ante Jesús no se contenta con eso. El quiere recobrar la vista. Será como devolverle su dignidad; con visión no tendrá que estar pendiente y a la expectativa de la compasión que alguien pueda sentir por él, podrá valerse por sí mismo como quizás tantas veces había deseado. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición.

‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’, fue la respuesta de Jesús. No fue necesario nada más. Ahora sobraban los signos externos, porque grande era la fe de aquel hombre y sabía bien lo que pedía. Reconocía su impotencia y su ceguera. El mundo se había vuelto oscuro para él y quería la luz. Algunas veces pudiera sucedernos que no queremos la luz, ¿preferimos seguir en las tinieblas para que no se vean nuestras obras oscuras? ¿Preferimos seguir en lo que estábamos porque la luz pondría nuevas exigencias en nuestra vida? Algunas veces no queremos cambiar. Esto siempre ha sido así, se ha hecho así, nos decimos.

¿Tendré la valentía de decir que queremos recobrar la luz? ¿Tendremos suficiente fe que de nuevo nos llenará de luz?

domingo, 25 de junio de 2023

Las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos, ‘no tengáis miedo…’ porque la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros

 


Las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos, ‘no tengáis miedo…’ porque la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros

Jeremías 20, 10-13; Sal 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Miedos, algo a lo que muchas veces en la vida tenemos que enfrentarnos. Miedos a los peligros, a lo que nos pueda suceder, a un accidente, a una noche oscura, ante un futuro incierto, a tomar una decisión que nos compromete… pero los vamos afrontando, intentamos superarlos, buscamos seguridades, ponemos precaución, a prepararnos de alguna manera, nos apoyamos en algo o en alguien.

Pero no es solo el miedo a las cosas, o a esos imprevistos que se nos puedan presentar; el miedo nos puede venir de la desconfianza, en nosotros mismos o en los demás; puede aparecer después de experiencias amargas en que nos hemos visto implicados como consecuencias de muchas cosas; miedos porque nos sentimos inseguros en nosotros mismos ante una misión que se nos confía y que no sabemos si somos capaces de afrontarla; miedos desde culpabilidades quizás de nuestros propios errores o de los tropiezos que hayamos tenido en la vida.

¿Cómo se sentía el profeta que hemos escuchado en la primera lectura cuando se ve cercado por todos los que no quieren escuchar ni aceptar su palabra profética? Hasta en las mismas autoridades encuentra rechazo, aparte de tantos enemigos que buscaban sus traspiés. No fue fácil la misión del profeta Jeremías y de algún modo se sentía solo y abandonado porque  ‘se sentía como un extraño para sus hermanos, y un extranjero para los hijos de su madre’, como expresa muy bien el salmista. Pero el siente que ‘el Señor es su fuerte defensor y algún día aquellos que atentan contra él sentirán sonrojo por lo que hacen, acabarán avergonzados de su fracaso, porque el Señor libera la vida del pobre de las manos de los perversos’.

No era fácil tampoco la misión que Jesús encomendaba a sus discípulos, a los que enviaba como ovejas en medio de lobos. Grande era la tarea que les encomendaba porque mucha era también la mies y pocos los obreros. Ya les dirá Jesús en otro momento que el discípulo no es mayor que su maestro, y que igual van a encontrar oposición y rechazo como lo tuvo Jesús. Seguro que también se sentían débiles e incapaces para la misión que Jesús les estaba confiando.

Pero hoy las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos. ‘No tengáis miedo…’ les dirá, nos dirá por tres veces Jesús. La luz tiene que brillar, y aunque se pretenda ocultar sus resplandores terminarán por iluminar el mundo. La verdad del Evangelio ha de ser proclamada, la luz no se puede esconder debajo del celemín. Y en ese testimonio que tenemos que dar ante el mundo con nosotros va el Señor.

‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…’ les dice. Y nos habla de la Providencia de Dios que siempre nos cuida. ¿No cuida de los gorriones, de los pajarillos del cielo? ¿No valemos nosotros mucho más que unos gorriones que somos los hijos amados del Padre? ‘No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna’. Hay muchas maneras en que nos pueden llevar a esa perdición. No podemos dejar que nos maten nuestro espíritu, eso sería lo terrible, cuando nos hacen perder la paz, cuando perdemos la confianza, cuando se nos apaga la ilusión, cuando nos faltan los ánimos para luchar, cuando lo damos todo por perdido.

Son los peligros, son los miedos que se nos meten en el alma, de los que tenemos que precavernos, sombras que tenemos que arrancar de nuestro espíritu. Muchas son las tentaciones de desánimo que muchas veces nos pueden envolver, nos sentimos débiles, nos sentimos pecadores, no siempre nos sentimos apreciados por los que a nuestro lado quizá tendrían la misión y la labor de animarnos, podemos encontrar muchos rechazos o también muchos prejuicios contra lo que hacemos; son muchas las soledades que nos pueden enturbiar el alma. Tenemos el peligro, como decíamos, que las sombras nos llenen de oscuridad.

Nuestro camino tiene que ser siempre un camino de luz; nuestro camino tenemos que hacerlo con esperanza; a nuestro camino no nos puede faltar la seguridad de aquello en lo que creemos y que queremos proclamar; en nuestro camino no podemos perder nunca la paz. Por eso nuestro testimonio tiene que ser valiente, decidido. No nos podemos acobardar. No nos podemos dejar apabullar por los ruidos y los gritos que se puedan poner en contra queriendo silenciar nuestra palabra. ‘A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos’. Como nos decía san Pablo, y eso aumenta nuestra confianza, ‘la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros’. 

jueves, 9 de febrero de 2023

Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

 


Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Jesús quería pasar desapercibido. Es cierto que estaba fuera del territorio propiamente de Palestina, pues andaba en las cercanías de Tiro y de Sidón. Se había alejado de los territorios habituales de los judíos, donde la gente le buscaba y le seguía. No se menciona que Jesús se retirara por aquellos territorios con sus discípulos más cercanos por alguna razón especial; o sí la había.

Ese querer pasar desapercibido sería quizá como un claroscuro que se utiliza en ocasiones para hacer resaltar algo que va a tener especial interés en aquel cuadro. ¿Sería lo importante la reacción de aquella mujer y sus valores que anda ahora suplicándole por su hija que está enferma? ¿Querrá Jesús quedar en un segundo plano, en el lugar oscuro, para hacer resaltar otra luz?

Con lo que nos gusta a nosotros salir en los primeros planos. No le cedemos el puesto a nadie si nosotros podemos relucir en algo. La vanidad siempre nos ataca sutilmente, porque siempre nos podremos buscar alguna excusa con tal de quedar nosotros bonitos en la foto. ¿Seremos nosotros capaces de dejar que brillen los otros mientras permanecemos en el lado oscuro? Puede parecernos una cosa sin importancia, podemos decir que es necesario que se vean las cosas buenas que nosotros hacemos para servir de atracción a que otros hagan también lo bueno, pero puede ser también que la vanidad se coma los mejores brillos y al final lo que queremos hacer resaltar son nuestros orgullos.

Hoy quiere Jesús hacer resplandecer la fe, la humildad y la constancia de aquella mujer. Jesús parece desentenderse de sus lamentos y de sus gritos; siempre nos ha costado entender el por qué Jesús no quería atender a las peticiones de aquella mujer. Era fenicia, no era judía, no es bueno dar el pan de los hijos a los perritos. Palabras duras, pero era realmente el lenguaje que utilizaban los judíos en referencia a los gentiles, aunque nos parecen duras en labios de Jesús.

Algo quiere resaltarnos Jesús. Porque la mujer con humildad insiste y encontrará razones y motivos porque los perritos algunas veces se contentan con las migajas que se les caen a los niños mientras comen. Pero aquella mujer sigue suplicando con fe. Nos recuerda al centurión de Cafarnaún que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero suplicará con fe para que su criado pueda ser sanado por la palabra de Jesús. Jesús entonces alabará la fe de aquel centurión porque en Israel no ha encontrado nadie con tanta fe. Jesús alabará finalmente la fe de aquella mujer a la que se le va a cumplir todo lo que ha pedido, porque lo ha pedido con fe.

Es la luz que Jesús nos quiere hacer brillar. Para que aprendamos a hacer resplandecer nuestra fe aun en los momentos que nos parecen más oscuros. Tantas veces pedimos y pedimos y no alcanzamos tan pronto como quisiéramos lo que son nuestras suplicas y desistimos y tiramos pronto la toalla. Dios no nos escucha, decimos tantas veces, y nuestra fe se debilita. Es lo que ahora tenemos que aprender de esta mujer. Dios nos escucha más allá de que merezcamos o no merezcamos que nos escuche, más allá de lo que pudiéramos considerar nuestra indignidad por nuestro pecado. Seamos humildes, reconozcamos nuestra pobreza y nuestro pecado, pero reconozcamos por encima de todo lo que es el amor del Señor que no nos abandona.

Aprendamos también a valorar la fe de los demás, venga de donde venga. Cuidado con las discriminaciones que muchas veces nos hacemos.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

 


Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26

¿Seremos ciegos? Desgraciadamente sabemos bien quien nace con esa discapacidad en sus ojos y la ceguera le impide ver la luz y los colores, o peor aún, no poder contemplar el  rostro de los seres amados. Muchos a lo largo de la vida vamos perdiendo por distintos motivos la capacidad total de visión y hoy podemos valernos de muchos medios para recobrar la luz de sus ojos. Qué gozo cuando tras una cirugía de cataratas puedes contemplar de nuevo los colores con toda nitidez e intensidad, por ejemplo.

Pero cuando estamos ahora refiriéndonos a la ceguera todos entendemos que queremos decir algo más. En la vida fácilmente nos cegamos, en la vida no siempre vemos con total claridad, en la vida damos muchas veces palos de ciego, como suele decirse, unas veces desde nuestro orgullo en que quizás queremos que todos tengan nuestra misma forma de mirar las cosas, muchas veces porque nos ofuscamos en muchas cosas y cerramos nuestra mente no queriendo ver más allá de la punta de nuestra nariz, como suele decirse.

Hay ocasiones en que recibimos tantas influencias de tantas luces fatuas de nuestro entorno que quedamos encandilados sin saber qué camino tomar, cuales son las decisiones más importantes de nuestra vida, o perdemos el sentido de nuestro caminar, el sentido de nuestra existencia. Cegueras, muchas veces que nos buscamos, muchas veces que lo que está a nuestro alrededor nos las impone, o cegueras en que algunas veces hay quien quiera que caminemos con ellas, manipulaciones en la sociedad hay demasiadas.

¿Dónde encontrar la luz, cómo encontrar la luz? Intentamos por nosotros mismos tantas veces interiorizar en nuestra vida, haciéndonos preguntas hondas para clarificarnos, para saber qué es lo que queremos o cuál es el rumbo que hemos de tomar. Es una búsqueda de la luz. Necesitamos hacerlo, no hemos de tener miedo a arriesgarnos a hacernos esas preguntas y planteamientos o ponernos en ese camino de búsqueda. Mejor es andar buscando aunque tanteemos y nos podamos equivocar que quedarnos en nuestra ceguera para siempre.

Quienes seguimos a Jesús sabemos donde podemos encontrar la luz. Precisamente le seguimos porque tenemos la experiencia de que en El hemos encontrado esa luz. Así se nos presenta El en el Evangelio y nos invita a seguirle, y si no le seguimos ya nos dice que andaremos en tinieblas. Son muchos los textos que en los evangelios y en los distintos evangelistas de una forma o de otra nos hablan de la luz, de esa luz que en Jesús podemos encontrar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego que llevaron a Jesús para que Jesús lo curara. Un detalle, hubo alguien que se preocupó de la ceguera de aquel hombre y lo llevó a Jesús; creo que nos puede estar diciendo mucho a todos los que creemos en Jesús y parece que nos guardamos la luz solo para nosotros.

Y Jesús curó a aquel hombre, devolvió la luz a sus ojos. Fue todo un proceso, porque a aquel hombre le costó recobrar totalmente la visión de sus ojos. Confundía a las personas con árboles que caminaban. Todo un signo, porque aunque la Palabra de Jesús llega a nosotros para darnos esa luz nueva, hay ocasiones en que nos cuesta interiorizar de verdad el mensaje de Jesús. Pero tenemos que seguir buscando, tenemos que seguir estando al lado de Jesús y escuchándole. Podremos encontrar ese sentido nuevo, esa visión nueva que Jesús quiere darnos.

Señor, danos siempre esa luz.

domingo, 2 de enero de 2022

Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

 


Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

Algunas veces pareciera que la luz ha dejado de iluminar o no tiene ya sentido, o no tenemos interés por la luz. ¿Alguien prefiere la oscuridad? ¿Habría alguien que abandonara un camino iluminado para transitar por otro que no tiene luz? Podrían parecer cosas absurdas lo que estoy diciendo para introducir esta reflexión, pero ya sabemos que muchas veces lo que no es bueno se tramita en la oscuridad o se prepara en lo oculto. No querrían luz, para que no se sepa lo que están conspirando. Y es al acecho de la oscuridad – que nada se sepa, dicen – donde se realizan las peores maldades, los peores crímenes, o donde se gesta la más malvada corrupción.

Con lo que estamos diciendo podemos referirnos a muchas cosas, a muchas maldades con que nos encontramos en la vida. Pero podemos hacer referencia también a la luz de la Navidad que hemos querido hacer brillar con especial resplandor estos días. Bueno, hacemos brillar la luz de la navidad aunque también tendríamos que preguntarnos si es la verdadera luz de la navidad la que ha ido iluminando nuestros ambientes que decimos navideños.

¿Será luces engañosas que utilizan el calificativo de navideñas pero que realmente son otras cosas las que pretenden anunciarnos? ¿En verdad son una auténtica referencia a la Navidad de Jesús los adornos con que nos hemos tratado de iluminar en estos días? Qué pronto pasamos a su lado y en lo menos que pensamos es en Jesús. ¿Será acaso que camuflamos la luz de Jesús con otros intereses, porque no es tanto Jesús el que queremos que sea la luz de nuestro mundo? Y aquí los que nos decimos creyentes tenemos quizá mucho que analizar de nuestras posturas y hasta planteamientos.

Y es que los que nos decimos que creemos en Jesús tendríamos que tomarnos más en serio el hacer que sea en verdad la luz de Jesús la que ilumine nuestras vidas y con la que queremos iluminar la vida de los demás, con la que queremos iluminar nuestro mundo. Algunas veces pareciera que solo nos dejamos arrastrar por los intereses de los demás y el anuncio que tendríamos que hacer de Jesús no lo hacemos tan claramente. O nos da miedo hacerlo. Cuidado que hasta en nuestros hogares llamados cristianos se haya ido desvaneciendo ese resplandor de Jesús, se haya ido apagando esa luz de Jesús.


Si en verdad nosotros portáramos en nuestra vida esa luz de Jesús aunque fuera poco algo contagiaríamos a los que están a nuestro alrededor pero por lo contrario miramos en nuestro entorno y cada día se diluye más ese sentido de Cristo, ese sentido cristiano de la vida. Un fuego ardiente pronto se propaga a su alrededor incendiando cuanto encuentra en su recorrido. ¿No es lo que vemos en los grandes incendios que muchas veces asolan nuestros montes y nuestros campos? ¿No lo hemos visto en esa tierra ardiente que es la lava de un volcán que con su fuego y calor va arrasando cuanto encuentra a su paso? Si nosotros los cristianos de verdad nos dejamos iluminar por la luz de Cristo nos tenemos que convertir en esas llamaradas que se propagan, que propagan ese fuego y esa luz de Cristo a su alrededor.

Nos falta a los cristianos ese ardor, ese fuego en el corazón, ese habernos dejado iluminar profundamente por la luz de Cristo para contagiar de esa luz todo cuanto nos rodea. Pero vemos nuestra sociedad cada vez más descristianizada, vemos que cada vez parece que la religión interesa menos en el entorno en el que vivimos, vemos que parece que cada vez son menos los que tienen interés por Jesús y por su evangelio, vemos cada vez más vacías nuestras celebraciones y no hacemos sino buscarnos disculpas para decirnos por qué la gente no viene. Algo nos está fallando. Parece que se ha perdido interés por lo cristiano.

Hoy el evangelio nos ha hablado del Verbo, de la Palabra que es luz y que es vida. Una luz de Jesús que viene a iluminarnos, una vida de la que Cristo quiere contagiarnos, impregnarnos. ¿Interesa esa luz? ¿Interesa esa vida?

‘En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió’ nos dice el evangelio. Y nos seguirá diciendo: ‘El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron’.

‘La tiniebla no la recibió’, no quiso saber de la luz. ¿No nos estará haciendo referencia a aquello que decíamos al principio de las preferencias por la luz o por las oscuridades? ‘Vino a su casa y los suyos no lo recibieron’. ¿No nos interpela esto cuando tan poco interés manifestamos por el evangelio o cuando no sentimos preocupación por la pérdida del sentido cristiano en nuestra sociedad o en nuestras familias? Somos ‘los suyos’, pero ¿qué estamos haciendo con la luz del evangelio hoy? Confieso que me inquieta esa mirada que hago a mi alrededor y la poca luz de Jesús que estoy descubriendo y acaso yo poco contagiando a los demás.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Tenemos que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio

 


Tenemos que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Las apariencias pueden engañarnos; y las apariencias nos las creamos nosotros en nuestra imaginación; nos hacemos la idea de cómo tiene que ser una cosa y no somos capaces de ver la realidad; estamos buscando algo en el revoltijo de nuestras cosas y pasamos una y otra vez por nuestra mano lo que andamos buscando y no somos capaces de reconocerlo.

Pero lo de menos son las cosas, lo importante son las personas, y la imagen que nos creamos no sabiendo captar en profundidad el valor de una persona; muchas veces las personas buenas de verdad nos pasan desapercibidas, pero nos encandilamos con quien habla mucho de si mismo o trata de manifestarse de una forma atractiva para llamarnos la atención. Cuántas veces de una misma persona nos encontramos dos opiniones enfrentadas en los que dicen que la conocen quizá por la imagen que de ella nos hemos hecho desde nuestros prejuicios o de las oscuridades que llevamos no solo en nuestros ojos sino en el corazón.

¿Qué idea se tenían del Mesías que había de venir los contemporáneos tanto del Bautista como del mismo Jesús? ¿Cuál es la idea que se formaron de Juan Bautista? Mientras muchos acudían entusiasmados a la orilla del Jordán pensando quizá que ya había llegado la hora del Mesías, había quienes desconfiaban de él e incluso enviaban embajadas que de alguna manera iban a examinar con lupa lo que Juan decía y hacía Lo mismo harían posteriormente con Jesús.

¿Es el Mesías? ¿Es un profeta? ¿Es un antiguo profeta que ha vuelto a aparecer? ¿Será acaso Elías el que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego que ha vuelto de nuevo como anunciaron algunos profetas? ¿Por qué bautiza y qué es lo que realmente anuncia? Y la figura de Juan pasó cuando primero fue encarcelado luego fue decapitado por Herodes a pesar de los revuelos que había levantado su presencia en el desierto juno al Jordán. Cuando más tarde Jesús les preguntara que sentido tenía el bautismo de Juan, si era cosa de Dios o cosa de los hombres, incluso no querrán responder. Herodes se quedaría con sus dudas y tormentos de conciencia cuando aparece la figura de Jesús.

Ahora será Jesús el que hable de Juan situándolo de verdad en su misión. Un día diría que no era una caña cascada en el desierto que el viento lleva de allá para acá, para señalar la verdad y la fortaleza de la palabra que había anunciado el Bautista preparando los caminos del Señor. Ahora nos recordará que ha sido el que ha venido con el espíritu y el poder de profecía de Elías como se lo había anunciado el ángel al Zacarías en el templo, aunque muchos no han querido reconocerlo.

Son las imágenes prefijadas de antemano las que nos confunden, como se confundieron con la figura de Juan Bautista porque sus miradas eran turbias. Son las imágenes también prefijadas de antemano que muchos pueden tener de Jesús, de la Iglesia o de la religión quizás también porque el corazón anda turbio y cuesta entonces ver y reconocer con claridad.

Claro que muchas veces somos nosotros culpables de esa neblina turbia que creamos en torno a Jesús, o en torno a la Iglesia, porque no hemos dado un testimonio claro de nuestra fe. Los propios cristianos podemos crear esa neblina turbia cuando nuestra vida se convierte en antitestimonio, porque no hay la rectitud debida en nuestras vidas.

Es lo que tenemos que cuidar, la imagen que demos del cristianismo, de la Iglesia, de la fe por nuestra vida; no estamos reflejando en nosotros siempre con toda claridad los valores del evangelio, no resplandecen las virtudes cristianas, no somos siempre auténticos ejemplos de solidaridad y de amor; nos decimos cristianos y nuestras vidas dejan mucho que desear. La apariencia que damos no es la de unos creyentes en Jesús totalmente convencidos y comprometidos. Podríamos habernos convertido en una pantalla opaca que  no deja traslucir la luz de Jesús y del evangelio.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

 


Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Los contrastes de luz pudieran hacernos conocer mejor la belleza de un cuadro, porque nos haría fijarnos en todos sus matices, pero también nos sucede que si pasamos de un lugar luminoso a un lugar oscuro el contraste producido de alguna manera nos puede dificultar la visión del interior de aquel lugar oscuro, como también de lo contrario si pasamos de un lugar oscuro a un sitio muy luminoso en principio nos cegaríamos con ese contraste de luz en un primer instante sin dejarnos percibir la riqueza de la luminosidad.

La vida también está llena de contrastes que algunas veces no sabemos percibir o también nos cegamos en ocasiones y no somos capaces de ver toda la realidad de la vida; quienes viven en la abundancia no son capaces de percibir las sombras de la pobreza que quizá están muy cercanas; o las opiniones contrastadas de maneras de pensar o de ideologías nos pueden encerrar en alguno de sus aspectos, pero nos ciegan para ver las cosas buenas que también pudieran haber en el otro lado del pensamiento o del actuar de las personas.

Creo que nos hace falta una luminosidad interior para ver crudamente la realidad, pero también para percibir toda la belleza que tiene la vida incluso con esos contrastes y diferencias de matices. Vamos muchas veces demasiado cegados con nuestros pareceres, nuestras opiniones, nuestras particulares visiones que pudieran ser nacidas de algunas circunstancias concretas y no terminar de ver la riqueza que tiene la vida en esa variedad de colores y de luces.

Es difícil muchas veces salirnos de nuestra manera de pensar para apreciar lo bueno que también hay en el pensamiento del otro, y es por eso por lo que tantas veces vamos enfrentados por la vida y no llegamos a aquello de que la unión hace la fuerza, porque cada uno estamos tirando para nuestro lado. Estos pensamientos que estoy ofreciendo quizá necesitaríamos rumiarlos un poquito más en nuestro corazón para abrir más la mente.

En el evangelio y en la vida de Jesús nos aparecen también esos como claroscuros que nos pueden parecer contrastes que nos pueda costar interpretar. Esta página que hoy se nos ofrece está llena de contrastes. Primero la actitud valiente y profética de Jesús que quiere que el templo sea en verdad una casa de oración y no que parezca como un mercado. Pero a partir de este hecho de Jesús aparecen dos luminosidades distintas. Por una parte la reacción de los sacerdotes templo, pero también de aquellos que se consideraban principales en la escala social, fariseos, levitas, maestros de la ley que no entienden la acción de Jesús y quieren quitarlo de en medio, pero al mismo tiempo la gente sencilla – aquellos para los que se revela de manera especial el Reino de Dios como en otras partes aparece – escuchan con paz y esperanza las palabras de Jesús.

Había unas costumbres, unas rutinas en el funcionamiento del templo; por aquello de los sacrificios de animales y ofrendas que allí habían de ofrecerse como culto a Dios, aparecen pronto los comerciantes alrededor del templo de manera que se habían incluso adueñado de los atrios del templo; aquellos lugares propicios para la oración y la escucha de la palabra pronto se hicieron inservibles para la función que habían de desempeñar. Pero era algo establecido – algo que siempre se ha hecho así, como tantas veces decimos para muchas costumbres y rutinas que se nos meten también en nuestra iglesia – y así surge la reacción contra Jesús.

Pero había quien deseaba en verdad el encuentro con el Señor, escuchar con paz y tranquilidad la Palabra, la lectura de la ley y los profetas, incluso a los maestros de la ley que allí las enseñaran, por eso ahora escuchan con gusto a Jesús; lo escuchan llenos de esperanza porque en los gestos de Jesús como en sus palabras algo nuevo se les enseñaba, era la Buena Nueva, la Buena Noticia, el Evangelio que llegaba a aquellos corazones.

Y nosotros ¿qué?, tenemos que preguntarnos. ¿En verdad queremos quitar de nosotros esos obstáculos que no solo en nuestros oídos, sino en nuestro corazón tenemos tan arraigados que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio? ¿Nos cegaremos acaso con los contrastes o tendremos luminosidad suficiente en un corazón limpio como para poder saborear toda la riqueza de la Palabra de Dios que se nos proclama? Mucho más, como decíamos antes, tenemos que rumiar este mensaje de luz y salvación que se nos ofrece.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

 


Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

La luz es para alumbrar, para que nos ilumine cuando la necesitemos. No podemos hacer nada sin luz, no nos acostumbramos; en otras épocas con mayores carencias tratábamos de arreglarnos, ahora fácilmente aunque esté resplandeciente el sol tenemos la luz encendida en la habitación. Para todo la necesitamos. Y no es que me esté refiriendo a la luz como a la energía, sino simplemente eso, la luz. Nos ilumina en nuestros caminos, nuestras calles y plazas necesitamos tenerlas bien iluminadas, en cualquier lugar que estemos, ya sea por razones de trabajo o en la convivencia de cada día, no soportamos que el lugar en que estamos esté en penumbras.

Pero claro que no estamos ahora aquí para teorizar sobre si encendemos o no encendemos la luz, sino que cuando hablamos de la luz estamos también hablando de ella como de una imagen. Decir que necesitamos luz es algo más que una luz que nos ayude a ver con nuestros ojos de la cara en cualquier lugar en el que estemos. Nos referimos a la luz y estamos pensando en aquello que nos aclara nuestros pensamientos y nuestras ideas; pensamos en esa sabiduría de la vida que necesitamos adquirir para entender cuanto sucede o para darle un sentido a lo que hacemos; pensamos en esos conocimientos que necesitamos no solo en un aprendizaje de las ciencias, podríamos decirlo así, sino en ese aprendizaje de la vida.


Y hoy nos dice Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla, sino que cuando encendemos la lámpara la colocamos en el lugar más apropiado para que ilumine bien a los de la casa. Es la luz de la Palabra de Dios que no podemos ocultar sino que más bien tenemos que saber buscar con sabiduría para hacernos encontrar el camino de Dios. Es la luz de la fe que ha de brillar fuertemente en nuestro corazón para que conozcamos a Dios, para que en verdad nos encontremos con El, para que escuchemos y comprendamos su palabra, para que se nos revelen en nuestro corazón los secretos del misterio de Dios.

Algunas veces podemos rehusar esa luz, la ocultamos porque no nos queremos dejar iluminar por ella. Quizás podemos vislumbrar que si nos dejamos iluminar por esa luz de la fe habrían muchas actitudes que cambiar, habría muchas cosas que tendríamos que hacer de manera distinta, nos haría tener una mirada nueva a nuestra propia vida, pero también una mirada nueva a los demás. Quizás nos hemos acostumbrado a nuestras oscuridades, tenemos miedo a la luz, porque saldrían a luz – valga la redundancia – nuestras obras y nos daríamos cuenta de que no son tan buenas.

Qué malabarismos hacemos algunas veces con nuestra fe con tal de seguir con nuestras rutinas, para no arrancarnos de nuestras comodidades, para no tener que rendirnos ante Dios porque nos parece que con eso estaríamos perdiendo en nuestra autosuficiencia. No queremos reconocer que desde la luz de la fe es desde donde vamos a encontrar nuestra mayor grandeza y dignidad; podemos tener todas las habilidades del mundo, podemos dominar todas las ciencias y todas las filosofías, pero es desde la luz de la fe donde descubrimos nuestra mayor grandeza, porque descubrimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que Dios ha querido hacernos hijos suyos.

Yo no tengo fe, nos dicen algunos y no hacen ningún esfuerzo por abrir su corazón a la luz; yo no tengo fe y permanecen en sus sombras, y dejan que su vida se llene de amarguras, y no sabrán encontrar la fuerza para sus luchas y para levantarse una y otra vez de sus oscuridades y caídas, y no sabrán encontrar caminos para salir de esas encrucijadas en que les mete la vida, o no serán capaces de ponerse por encima de las cosas y dejan que cualquier cosa les afecte y les haga perder la paz; yo no tengo fe te dicen y después creen en cualquier cosa que vengan contándole desde los lugares más exóticos.

Abramos nuestro corazón a la luz, abramos nuestro corazón a la fe, abramos nuestro corazón a Dios y encontraremos paz para nuestro corazón, fortaleza en nuestra debilidad, caminos ciertos en nuestras oscuras encrucijadas, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida.


jueves, 13 de mayo de 2021

No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

 


No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

Tenemos que saber interpretar la vida. Hacer una buena lectura de la vida. Si somos reflexivos, la vida nos enseña; claro que hay que masticar muchas veces lo que la vida nos ofrece, las cosas que nos suceden, no podemos ir siempre a la carrera sin detenernos para saber mirar y para saber escuchar; en aquello que nos acontece siempre podemos encontrar un mensaje, siempre podemos encontrar un estimulo para seguir nuestro camino y siempre con actitud constructiva positiva. A veces no es fácil, pero desde nuestra interioridad podemos entresacar las enseñanzas.

Claro que el creyente le añade una visión distinta. No somos creyentes por unas afirmaciones que hagamos en un momento determinado, que también tenemos que hacerlo, sino porque añadimos a toda esa mirada reflexiva que nos hacemos de la vida el aceite y el perfume de la fe. Así podremos en aquello que ahora nos sucede la transparencia de lo que un día el Señor nos prometió o nos enseñó y todo aquello que ha sido para el creyente la historia de la salvación la va a ver plasmada en su vida y sentirá como en su vida Dios igualmente le habla.

Hoy Jesús pronuncia unas palabras en el evangelio – estamos en la cena de despedida, la última cena – que a los discípulos les cuesta comprender; les parecen poco menos que un trabalenguas aunque después que se desarrollaron todos aquellos acontecimientos de la Pascua llegarían a comprender bien el sentido de sus palabras. ‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver’, les dice Jesús y ellos se preguntan qué pueden significar estas palabras. Con lo que Jesús a continuación les dice terminará por afirmarles ‘en verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Como decíamos después de los acontecimientos de la pascua vinieron a comprenderlo. Desde el prendimiento de Jesús en el huerto todo fue tristeza y sensación de abandono en los discípulos. Con miedo encerrados estaban en el cenáculo aun aquel primer día de semana, y veremos a los discípulos de Emaús tristes y cariacontecidos mientras marchaban con sensación de fracaso a su pueblo. Pero ¿qué sucedió en aquel primer día de la semana? El Señor resucitado se les manifiesta y ellos se llenan de alegría. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les había dicho. Entendieron y entendemos las palabras de Jesús.

Pero eso lo leemos en nuestra historia y en nuestra vida. Cuántos momentos de oscuridad se han tenido a lo largo de la historia como fueron los momentos de las persecuciones o han sido momentos de verdadera crisis que se han sucedido muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Momentos de confusión, momentos de soledad, momentos que parecían de fracaso para los cristianos y para la Iglesia. Pero la Iglesia siempre ha salido fortalecida de esos momentos, con vitalidad siempre nueva, porque además siempre tenemos la certeza de la presencia del Espíritu del Señor con nosotros.

¿Serán distintos los tiempos que vivimos? Oscuridades de todo tipo afectan a la humanidad en estos momentos y también por qué no a la Iglesia y a nosotros los cristianos. La misma situación social en que nos encontramos son momentos de agobio, de tristeza ante tanto sufrimiento, de desconcierto pero hemos de saber encontrar una luz que nos haga mirar todo esto con una mirada nueva, con una mirada distinta.

No podemos perder la esperanza, no nos podemos hundir con lo que está sucediendo, algo tenemos que descubrir, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo. Nos puede parecer que poco menos que estamos abandonados de Dios, tan duro es lo que se está pasando. Muchos hablan incluso de castigos divinos. Pero nos cuesta entender, nos cuesta encontrar esa lectura nueva, las repuestas locas que vemos muchas veces alrededor aún nos desconciertan más.

Pero Jesús nos está diciendo que todo esto pasará y que recobraremos la alegría, que habrá una nueva alegría son sabores de plenitud. Hay momentos en que nos parece que no vemos la presencia de Dios, pero sabemos bien que ahí está. Es importante que no perdamos la esperanza. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.