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domingo, 5 de marzo de 2023

Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

 


Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Estamos en camino como lo es la vida misma. Una imagen figurativa que solemos emplear pero que nos dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de subidas y bajadas, de sentirnos elevados para tener otras visiones y perspectivas como de sentirnos hundidos en ocasiones arrastrándonos si fuerza por el sendero, de momentos felices de plenitud pero momentos también oscuros, de momentos en que nos llenamos de ilusión y esperanza y momentos de luchas, de esfuerzos de superación, de dudas y de miedos, de saber escuchar y de saber mirar lo que recibimos o lo que se nos ofrece a nuestra contemplación, de aprender cada día la lección así como de la experiencia de lo pasado y vivido. Es muy variado el camino que hacemos siempre con la esperanza de llegar a una meta con un final feliz. No siempre es fácil pero queremos seguir haciéndolo.

Camino hemos emprendido cuando el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma. Un camino muy concreto que es expresión intensa de todo lo que es el camino de nuestra fe, pero que ahora hacemos como preparación para la celebración de la Pascua. Y ponernos en camino es ponernos a la escucha, haciendo silencio en nuestro interior – ya se nos hablaba de desierto en el primer domingo de Cuaresma – pero abriéndonos al misterio de Dios que nos eleva. Como Abrahán que se puso en camino a lo que Dios le pedía señal de esa necesaria disponibilidad en nuestra vida.

Por eso hoy se nos habla de unos de esos momentos del camino que es el subir a la montaña. Un camino de subida que nos exige esfuerzo, que nos exige levantarnos de las rutinas diarias de nuestro caminar, que nos va a elevar para tener nuevas perspectivas, para descubrir nuevos horizontes, como siempre desde lo alto de la montaña podremos vislumbrar; si no hacemos la subida no podremos descubrir lo que allí en lo alto se nos va a revelar.

Es lo que allí sucede y nos revela el evangelio de este segundo domingo de cuaresma. Jesús subió a la montaña para orar, como tantas veces hacia cuando se iba a lugares apartados. ‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Necesitamos también nosotros subir a la montaña para orar, necesitamos ir con Jesús porque en ese camino que tenemos que seguir haciendo necesitamos que se mantengan en la retina de nuestra alma los resplandores de la Transfiguración del Señor.

Aquel Jesús, profeta de Galilea que sube a la montaña para orar, va a sentir la gloria de Dios sobre reafirmando con la voz de Dios la validez de la misión que ha de realizar en su subida a Jerusalén. Moisés y Elías, la voz profética del Antiguo Testamento aparecerán junto a Jesús mientras hablaban de la pasión que había de padecer, pero la voz del Padre desde el cielo lo iba a señalar como el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

En aquel duro camino que los discípulos estaban haciendo, en camino de subida a Jerusalén ya Jesús les había anunciado cuando había de pasarle al Hijo del Hombre que iba a ser entregado en manos de los gentiles, aquel momento de luz que ahora en lo alto del monte estaban viviendo les hacia sentir una paz nueva, de manera que ya no quisieran tener que bajar de nuevo de la montaña. ‘Haremos tres tiendas…’ comienzan a decir pero se ven interrumpidos por la voz del cielo.

Cuando salen de sí de aquel momento de estupor que les había envuelto con la nube se encontrarán a Jesús solo que con ellos se pone en camino para bajar de la montaña. El camino habían de seguir, ahora con una nueva luz en los ojos de su alma para poder entender todo el misterio que se les estaba revelando. Habían de seguir por la llanura, allí donde estaba la vida, allí donde se encontrarían de nuevo con dificultades, allí donde tendrían que seguir atentos para seguir escuchando aquella voz que les seguiría hablando en el corazón, como tantas veces nosotros necesitamos en esa llanura de la vida que tenemos que seguir recorriendo.


Es nuestro camino, el camino de nuestra vida con todas sus circunstancias concretas, el camino de nuestra fe que emprendimos desde nuestro bautismo, el camino cuaresmal que ahora estamos haciendo para renovar ese camino de nuestra fe, para darle plenitud y verdadero sentido al camino de nuestra vida. Seguimos en este mundo con sus luces y con sus sombras, este camino de nuestro mundo hoy que a veces se nos hace difícil porque nos aparecen muchos momentos de dolor en nosotros y en los demás, este camino en el que tenemos que poner luces de esperanza nosotros que ya hemos sido iluminados por la luz de la Transfiguración que es anticipo de la luz de la Pascua.

Tenemos una misión que realidad, tenemos una plenitud que darle a la vida. Y lo hacemos escuchando a Jesús, el Hijo amado del Padre, y lo haremos siguiendo los pasos de Jesús aunque sabemos que tenemos que pasar por la Pascua, con lo que tiene de pasión y de muerte, pero con la vida de resurrección con que nos vamos a encontrar.

sábado, 18 de febrero de 2023

Aprendamos a descubrir el paso de Dios por nuestra vida, en momentos oscuros o momentos de luz, la mano de Dios nunca nos abandona aunque no lo sepamos descubrir

 


Aprendamos a descubrir el paso de Dios por nuestra vida, en momentos oscuros o momentos de luz, la mano de Dios nunca nos abandona aunque no lo sepamos descubrir

Hebreos 11,1-7; Sal 144; Marcos 9, 2-13

Hay momentos y hay cosas que nos sorprenden y que nos superan, que nos cuesta entender y que se convierten como en un misterio para nosotros. Sorpresas del día a día en nuestra relación con las personas de las que nos esperábamos en un momento dado aquello que nos ofrecen, o aquel aspecto de su vida que nunca habíamos imaginado. Sorpresas en acontecimientos inesperados, en accidentes que nos desconciertan, en cosas a las que nos tenemos que enfrentar y que de alguna manera pueden cambiar nuestra vida.

Son momentos que nos hacen pensar, que nos hacen abrirnos la vida a nuevos horizontes, que son una llamada en nuestro corazón a algo que vemos incluso que nos supera por su grandeza. Son momentos que al mismo tiempo nos hacen mirarnos hondo para encontrar algo que cimiente de verdad nuestra vida. Pero son momentos también en que, a pesar de la sorpresa que nos desconcierta, también hemos de saber dejarnos guiar, no siempre nosotros solos podemos encontrar el camino, la respuesta o la luz.

No digamos nada cuando dejamos que se meta en nuestra vida todo el misterio de Dios.  Con un mínimo de fe y de sentido espiritual podemos elevarnos para entrar en órbitas nuevas para la existencia, para hacernos trascender la vida y no quedarnos en lo inmediato y en lo palpable con nuestras manos, porque nos damos cuenta que podemos ir más allá, que hay algo superior, que hay algo espiritual que nos eleva, sí, pero que al mismo tiempo nos hace encontrarnos con nosotros mismos.

¿Sentirían algo de todo esto que venimos reflexionando aquellos discípulos que subieron con Jesús a aquella montaña alta y se encontraron con la sorpresa del brillo de la divinidad de Dios que se reflejaba en Jesús? El evangelista en cortas frases parece completarnos el relato, pero mucho significado tenía aquello, primero de los resplandores del cuerpo y de las vestiduras de Jesús, pero también de la nube que los envolvió, de aquel susto que recibieron cuando escucharon la voz que venía de lo alto. Quedaron por tierra, viene a decirnos algo así el evangelista. Y después de todo ello, allí estaba Jesús, como siempre lo habían visto, aunque ahora habían vislumbrado otros resplandores, pero que les decía que había que volver a bajar a la llanura de la tierra.

Fue una experiencia grande la que vivieron aquellos discípulos y aunque no podían y no eran capaces de hablar de aquellas cosas, veremos que luego ya muy tarde Pedro lo seguirán recordando en sus cartas apostólicas. Había sido una experiencia grande de Dios que de alguna manera les estaba adelantando lo que vivirían después de la resurrección del Señor. Muchas otras veces también se sentirían desconcertados, como les iba a suceder en la pasión, pero en el fondo estaba aquella experiencia que les sostenía en su fe, y en su búsqueda de la luz definitiva.

¿Habremos tenido nosotros experiencias espirituales de este calibre en nuestra vida? nos puede parecer que cosas así no nos han sucedido, pero tendríamos que mirar a lo hondo de nosotros mismos y tratar de recordar algunas experiencias insólitas de nuestra vida, que siempre nos costó comprender, pero que hemos de saber mirarlas con otra mirada, con una mirada de fe y descubriremos como Dios de alguna manera se ha hecho presente en nuestra vida, aunque no siempre quizás nos diéramos cuenta. Quizás podrán haber sido momentos duros, de oscuridad, de dudas, de miedos, de sentirnos incluso hundidos, pero aquí estamos ahora, y si después de algunas de esas cosas que hayamos tenido en nuestra vida hasta aquí hemos llegado, tratemos de ver la mano de Dios, que de forma misteriosa quizá, se hizo presente en nuestra vida.

Aprendamos a descubrir ese paso de Dios por nosotros, por nuestra vida, en momentos oscuros o en momentos de luz. Sabemos, tenemos la certeza siempre, de que la mano de Dios no nos abandona nunca y ahí está con nosotros cuando menos lo esperamos o incluso cuando no lo supimos ver.

jueves, 9 de febrero de 2023

Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

 


Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Jesús quería pasar desapercibido. Es cierto que estaba fuera del territorio propiamente de Palestina, pues andaba en las cercanías de Tiro y de Sidón. Se había alejado de los territorios habituales de los judíos, donde la gente le buscaba y le seguía. No se menciona que Jesús se retirara por aquellos territorios con sus discípulos más cercanos por alguna razón especial; o sí la había.

Ese querer pasar desapercibido sería quizá como un claroscuro que se utiliza en ocasiones para hacer resaltar algo que va a tener especial interés en aquel cuadro. ¿Sería lo importante la reacción de aquella mujer y sus valores que anda ahora suplicándole por su hija que está enferma? ¿Querrá Jesús quedar en un segundo plano, en el lugar oscuro, para hacer resaltar otra luz?

Con lo que nos gusta a nosotros salir en los primeros planos. No le cedemos el puesto a nadie si nosotros podemos relucir en algo. La vanidad siempre nos ataca sutilmente, porque siempre nos podremos buscar alguna excusa con tal de quedar nosotros bonitos en la foto. ¿Seremos nosotros capaces de dejar que brillen los otros mientras permanecemos en el lado oscuro? Puede parecernos una cosa sin importancia, podemos decir que es necesario que se vean las cosas buenas que nosotros hacemos para servir de atracción a que otros hagan también lo bueno, pero puede ser también que la vanidad se coma los mejores brillos y al final lo que queremos hacer resaltar son nuestros orgullos.

Hoy quiere Jesús hacer resplandecer la fe, la humildad y la constancia de aquella mujer. Jesús parece desentenderse de sus lamentos y de sus gritos; siempre nos ha costado entender el por qué Jesús no quería atender a las peticiones de aquella mujer. Era fenicia, no era judía, no es bueno dar el pan de los hijos a los perritos. Palabras duras, pero era realmente el lenguaje que utilizaban los judíos en referencia a los gentiles, aunque nos parecen duras en labios de Jesús.

Algo quiere resaltarnos Jesús. Porque la mujer con humildad insiste y encontrará razones y motivos porque los perritos algunas veces se contentan con las migajas que se les caen a los niños mientras comen. Pero aquella mujer sigue suplicando con fe. Nos recuerda al centurión de Cafarnaún que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero suplicará con fe para que su criado pueda ser sanado por la palabra de Jesús. Jesús entonces alabará la fe de aquel centurión porque en Israel no ha encontrado nadie con tanta fe. Jesús alabará finalmente la fe de aquella mujer a la que se le va a cumplir todo lo que ha pedido, porque lo ha pedido con fe.

Es la luz que Jesús nos quiere hacer brillar. Para que aprendamos a hacer resplandecer nuestra fe aun en los momentos que nos parecen más oscuros. Tantas veces pedimos y pedimos y no alcanzamos tan pronto como quisiéramos lo que son nuestras suplicas y desistimos y tiramos pronto la toalla. Dios no nos escucha, decimos tantas veces, y nuestra fe se debilita. Es lo que ahora tenemos que aprender de esta mujer. Dios nos escucha más allá de que merezcamos o no merezcamos que nos escuche, más allá de lo que pudiéramos considerar nuestra indignidad por nuestro pecado. Seamos humildes, reconozcamos nuestra pobreza y nuestro pecado, pero reconozcamos por encima de todo lo que es el amor del Señor que no nos abandona.

Aprendamos también a valorar la fe de los demás, venga de donde venga. Cuidado con las discriminaciones que muchas veces nos hacemos.

viernes, 16 de diciembre de 2022

En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 


En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 Isaías 56,1-3a.6-8; Sal 66; Juan 5,33-36

Los destellos de luz nos anuncian la llegada de algo o de alguien, los resplandores son antesala de la luz que llega; pienso en el resplandor del horizonte en el amanecer que nos anuncian la pronta salida del sol por el horizonte para iluminar un nuevo día; por aquello de los destellos me recordaba cuando circulábamos por caminos más tortuosos y llenos de curvas nuestro vehículo antes de llegar a la curva hacía unos destellos de luz para que quien viniera detrás de la curva sin visibilidad estuviera atento a la llegada de nuestro vehículo, o por sus destellos nosotros conociéramos su venida.

¿Será algo así lo que vamos viviendo en este adviento? Hemos ido escuchando a los profetas que con sus profecías nos estaban haciendo destellos para que nos preparáramos para la llegada del que había de venir; hemos escuchado con insistencia la voz que clama en el desierto, la voz del bautista preparando ya en la inmediatez los caminos del Señor.


Y es que hoy hemos escuchado en el evangelio a Jesús hablar de Juan el bautista, a quien, como les recuerda, habían enviado una embajada para saber cuál era su misión y si acaso era el Mesías; recuerda Jesús el testimonio que dio con su anuncio Juan el Bautista de Jesús. Ahora Jesús nos dice que Juan brilló por un instante con su luz que era luz anunciadora de una nueva luz permanente. ‘Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz’.

Todo nos conduce a la luz verdadera que viene a nuestro mundo, aunque muchas veces las tinieblas quisieran apagar esa luz. ‘La luz brilla en medio de la tiniebla’, nos dice Juan al inicio de su evangelio, ‘pero la tiniebla no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Nosotros ahora, queriendo vivir este adviento, queremos recibirle, queremos dejarnos iluminar por su luz. Busquemos la verdadera luz. Estos días nuestras calles se llenan de luces, nuestras casas se quieren adornar igualmente con muchas luces. Es navidad. Y la alegría de estas fiestas el mundo quiere manifestarla con esos derroches de luz. No está mal, pues en fin de cuentas es tomar una imagen muy nuestra, muy de nuestra navidad cristiana, aunque el mundo hoy la utilice o con otros intereses – por medio anda mucho lo comercial – o sin darle todo el sentido que tendría que tener.

No la rechacemos sin más; aprovechemos esos rayos de luz para anunciar la luz verdadera. Es el tinte que todo cristiano debe poner en todo momento. Recordar, y tenemos que hacerlo principalmente con el testimonio de nuestra vida, de nuestras obras, quien es la luz verdadera que tenemos que buscar para que no nos quedemos en lo fatuo y lo efímero. Tenemos que hacer que de verdad todas esas luces conduzcan hasta Jesús, la luz verdadera.

Es nuestra tarea para que le demos un verdadero sentido a nuestra navidad, para que la navidad sea en verdad evangelio para el mundo. De nuevo tenemos que anunciar la verdadera navidad, de nuevo tenemos que seguir anunciando a Jesús y el evangelio de Jesús. Tenemos que hacer más presente a Jesús en nuestro mundo, volver a bautizar la navidad.

Hoy nos ha dicho Jesús: ‘las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que yo hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Es lo que ahora nos toca hacer a nosotros, es el evangelio que tenemos que anunciar. Unos resplandores, unos destellos que tienen que haber en nuestra vida que anuncien a quien va a venir.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

domingo, 7 de junio de 2020

Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir



Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal. Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
‘Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí… el Señor bajó en la nube y se quedó allí con él…’ Hermosa y reconfortante experiencia. ‘El Señor se quedó allí con él’. Supo Moisés subir a la montaña, pero supo esperar la visita de Dios.
Buscamos a Dios, queremos subir a lo alto, buscamos el silencio y la soledad, queremos verle y escucharle, nos preguntamos muchas cosas que parecen que no tienen respuesta, el misterio nos rodea, no sabemos como sintonizar porque quizá en muchas ocasiones haya muchos ruidos, las preocupaciones y los problemas de la vida nos aturden, parece que nos encontramos desorientados…, pero quizá en un momento inesperado nos sobreviene una paz interior que nunca antes habíamos sentido, nos parece que hubiéramos entrado en otra dimensión que no es lo que habitualmente palpamos en la vida, porque nos hace sentir lo que nunca habíamos sentido, porque parece que hay una nueva luz interior que no solo nos hace ver de manera distinta y hasta seremos capaces de lanzarnos a lo que no sabríamos describir, parece que saboreamos algo que no sabemos explicar…
¿Estamos sintiendo a Dios en nuestro corazón? ¿Será eso vivir la presencia de Dios en nosotros? ¿Nos estará haciendo gustar el Señor su presencia y su vivir? Habremos podido tener esa experiencia de Dios y quizá no supimos interpretarla; era Dios el que estaba tocando a nuestra puerta y quizá nos distraemos o nos confundimos. El niño Samuel en medio de la noche entre sus sueños escuchaba una voz que le llamaba; solo supo correr a los pies de la cama del sacerdote porque pensaba que de allí era la voz que él escuchaba; no era sin embargo la voz del sacerdote sino la voz de Dios que se repetía una y otra vez hasta que supo decir, como le enseñó el sacerdote, ‘habla, Señor, que tu siervo te escucha’, y el Señor se le reveló.
¿Qué es lo que experimentó Moisés en aquellos momentos? El amor y la misericordia del Señor. Así lo escuchaba y lo sentía en lo más hondo del corazón. Era casi como una cantinela que se repetía una y otra vez como cuando le cogemos el gusto a algo y lo saboreamos una y otra vez como para no olvidarlo nunca. ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Por eso ya lo que se atreve a balbucir es que la misericordia del Señor esté siempre con ellos, les acompañe y no les abandone nunca. ‘Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
¿Qué es todo el misterio de Dios que hoy celebramos cuando hoy estamos en el domingo de la Santísima Trinidad? Es tradicional que en este domingo en que retomamos el tiempo ordinario después de ver concluido la Pascua el pasado domingo de Pentecostés, la Iglesia celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Es como recoger todo el misterio de Dios que hemos venido celebrando al celebrar el misterio de Cristo para postrarnos ante Dios y todo sea un cántico de alabanza a Dios por tanto amor como hemos vivido. Es, por supuesto, lo que hacemos en cada Eucaristía y en cada celebración cristiana. Todo por Cristo y con Cristo en la unidad y comunión del Espíritu Santo para la gloria de Dios, como proclamamos siempre en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
‘Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’, escuchábamos en el evangelio en el diálogo entre Jesús y Nicodemo. No para condena sino para salvación porque todo es manifestación de ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Algo que sabemos, que repetimos muchas veces pero que hemos de aprender a gustarlo, a vivirlo. Hasta en las fórmulas del saludo litúrgico se nos repite con palabras de san Pablo. Porque el Señor ha bajado para quedarse con nosotros, como hablábamos de la experiencia de Moisés. No olvidemos que Jesús es el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’, y como nos había prometido que estaría con nosotros siempre hasta la consumación del mundo, hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que gustar y saborear en todo momento. Tenemos que aprender a prestar más atención.
No nos acostumbremos a escuchar, por ejemplo, las palabras rituales de nuestras celebraciones porque tenemos el peligro de perderles el sentido. Si el Sacerdote nos dice – y son palabras que hoy hemos escuchado en labios de san Pablo en sus cartas - ‘la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con nosotros’, que en ese momento seamos capaces de detenernos para pensar en esa presencia de Dios, para gustar esa presencia de Dios, para dejarnos inundar por ese misterio de Dios.
Aunque hoy no lo hemos escuchado en el texto proclamado, cuando Moisés subió a la presencia del Señor en el Monte Sinaí y como hoy nos decía ‘bajó Dios en la nube y se quedó con él’, la continuación del texto nos dice que cuando Moisés bajó de la montaña y volvió al encuentro con la gente su rostro resplandecía de manera que incluso encandilaba a los que estaban en su presencia. Vio a Dios y se llenó del resplandor de Dios.
Después de nuestras celebraciones, que han de ser verdaderos encuentros con Dios, ¿no tendríamos que ir así resplandecientes de la gloria de Dios al encuentro con los demás? No es que no llevemos los rostros resplandecientes, es que quizá sea nuestra vida la que no resplandezca de verdad en nuevas actitudes y valores y en una nueva vivencia del amor, porque estemos llenos de la gloria de Dios. ¿Se notará en nuestra vida que venimos de Misa, que venimos del encuentro con el Señor?


lunes, 13 de abril de 2020

Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea


Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mateo, 28, 8-15
La noticia de la pascua es algo que no nos podemos quedar con ella; la noticia de que Jesús ha resucitado no la podemos callar, es algo que tenemos que comunicar.
Las mujeres que fueron al sepulcro temprano con la idea de embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, al encontrarse la piedra de la entrada corrida, que allí no estaba el cuerpo de Jesús y escuchar el anuncio de los Ángeles corrieron, impresionadas y llenas de alegría nos dice el evangelista para ir a anunciarlo a los discípulos. Había sido algo grande que les había impresionado. Pero más grande fue su alegría cuando Jesús mismo les sale al encuentro. ‘Alegraos… no temáis, no tengáis miedo…’ fueron las palabras de Jesús. Les bastaba. Allí estaba El. Se postraron y le abrazaron los pies, nos detalla el evangelista. Pero la misión continuaba en el anuncio que habían de hacer a los discípulos.
Indirectamente nos encontramos otro testimonio en el mismo evangelio, aunque la intención era de ocultar lo que había sucedido. Los guardianes que habían puesto los sumos sacerdotes para que no robaran el cuerpo de Jesús son también testigos. Al ver lo sucedido es lo que van a contar a quienes allí los habían puesto. Ahora tratan de hacerlos callar, los sobornan con una cantidad de dinero, pero el mismo hecho ya los convierte en testigos.
Ambos testimonios nos ayudan a nosotros que también hemos de ser testigos y que estamos viviendo con intensidad esta semana de pascua prolongando la alegría vivida en el día de la resurrección del Señor. Este año, como todos sabemos, con especiales circunstancias pero que no tienen que mermar ni la vivencia de nuestra fe ni el entusiasmo del testimonio que tenemos que dar. Pudiera parecernos que estas circunstancias nos afectan y que la alegría de la pascua se vería notablemente mermada. Es aquí donde tenemos que manifestar la firmeza y la madurez de nuestra fe. Nada nos puede hacer callar.
Y es que precisamente esa luz que brota del sepulcro vacío porque allí queda el resplandor de Cristo resucitado es lo que tenemos que llevar a nuestros sepulcros, a los sepulcros de nuestras tristezas y preocupaciones, del sufrimiento de tantos que padecen en si mismos estos malos momentos de nuestra historia, ya porque estén afectados por la enfermedad, ya sea por la incertidumbre que viven en el riesgo de poder contraerla, ya sea por el dolor de los seres queridos fallecidos con todas las circunstancias tristes que acompañan este hecho.
Cristo resucitado es nuestra señal de victoria; Cristo resucitado llena de consuelo y fortaleza nuestros corazones; Cristo resucitado nos da la esperanza de que las sombras pasarán y de nuevo brillará la luz; Cristo resucitado nos sale al encuentro para que encontremos el verdadero sentido de cuanto nos pasa; Cristo resucitado también nos está enviando a quienes tenemos puesta nuestra fe en El para que vayamos a hacer ese anuncio de vida y esperanza a los que sufren a nuestro lado. Nada puede ni debe empañar el resplandor de esa luz. Una luz que tenemos que mantener encendida y bien en alto para que se disipen tantas sombras como envuelven nuestro mundo. No perdamos la alegría ni el entusiasmo de nuestra fe. No podrán callarnos como quisieron hacerlo con los soldados de la guardia del sepulcro.

lunes, 26 de agosto de 2019

Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que nos llevan por caminos de falsedad e hipocresía


Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que nos llevan por caminos de falsedad e hipocresía

1Tesalonicenses 1,1-5.8b-10; Sal 149; Mateo 23,13-22
La falsedad y la hipocresía hacen odiosas a las personas. Ya sé que me podéis decir de entrada que tratándose de unas reflexiones con valores cristianos el odio es algo que no tendría que caber nunca en nuestros corazones, pero de alguna manera es una forma de hablar para expresar que esa negatividad e hipocresía es algo que nos tiene que caer mal, algo que no tendría que tener lugar en nuestra vida. Sin embargo el que actúa así, movido quizá de la vanidad, se cree grande e importante por la apariencia que quiere reflejar.
Sin embargo se llenan de vanagloria desde los aduladores de turno que les hacen soñar con sus brillos externos y aparentes, y colocándose sobre pedestales hasta quieren ser ejemplo para los demás. Pero a la persona de bien, el que quiere obrar con rectitud y actuar justamente esas cosas le repugnan, las rechaza y le duele en el corazón tanta falsedad como nos vamos encontrando en la vida. Pero sigue siendo una tentación constante que seguimos teniendo en la vida.
El que obra rectamente y quiere actuar en justicia quizá no se haga notar, sino que calladamente va sembrando su semilla de hacer el bien, no hará nunca alarde de lo bueno que hace sino que sabrá vivir con humildad la vida. Son estrellas que parecen escondidas pero que hacen brillar su luz, como tantas estrellas que podemos ver en la infinitud del firmamento, que parece que no destacan con un brillo especial pero en unión con todas las demás dan ese brillo especial al firmamento en una noche estrellada.
Así en la vida vamos dando nuestra luz, que nos parece pequeña, pero que unida a tantas otras luces que parecen pequeñas también dan un brillo de esperanza a la vida para que no todo sea falsedad e hipocresía. Son las luces que verdaderamente nos atraen, son ejemplo y estimulo para los demás y que nos ayudarán para que entre todos podamos hacer mejor nuestro mundo.
Hoy escuchamos a Jesús con palabras fuertes y duras para los que viven en la hipocresía y falsedad, porque quiere que aprendamos vivir en autenticidad buscando siempre lo que es mejor, lo que es lo principal, y que no nos vayamos por las ramas como tantas veces nos sentimos tentados. Jesús habla de actitudes muy concretas que poco menos que se habían convertido en costumbres hechas ley en su época; Jesús rechaza todo lo que sea manipulación de las personas y de la ley del Señor; siempre hay personas interesadas, pero que hacen mucho daño a los demás. No quiere que entre los que le siguen, entre los que optan por el Reino de Dios se dejen seducir por esas falsedades.
Estemos alertas y atentos en la vida para buscar la auténtica verdad, la auténtica ley del Señor, lo que verdaderamente es su voluntad, y buscaremos siempre así el bien del hombre para la gloria del Señor. Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que son un engaño para la vida y para nosotros mismos. Que haya autenticidad en nuestra vida y busquemos siempre el bien.

lunes, 5 de agosto de 2019

Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios



Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios

Lucas, 11,27-28
Hoy quiero tener un recuerdo especial en esta semilla de cada día para la Virgen María. En nuestra tierra, y en especial en la isla de La Palma, se la celebra en este día con la Advocación de Nuestra Señora de las Nieves, allá en su santuario del monte, a donde acuden hoy todos los moradores de la isla para honrar y venerar a su madre y patrona. En muchas otras localidades de nuestras islas se celebra también con esa misma advocación así como son muchas las mujeres canarias que llevan su nombre de Nieves o María de las Nieves.
El origen de esta hermosa advocación está en Roma en el Monte Esquilino, que en un cinco de agosto apareció cubierto de nieve como una señal del cielo para aquellos sueños del Papa de entonces en los que la Virgen le pedía edificar un templo en su nombre. Uno de los primeros templos de la cristiandad levantados en honor de María, a Madre de Dios, como recientemente entonces había sido proclamada por los concilios.
Hoy aquel templo inicial se ha convertido en la magnifica Basílica de san Maria la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores, o basílicas papales que hay en la ciudad de Roma junto a san Juan de Letrán, su Catedral, san Pedro del Vaticano y san Pablo extramuros. Es allí donde acude antes y después de cada viaje pontificio el Papa Francisco para postrarse ante la imagen de Maria, Salus populi romani, que en aquella Basílica se venera. Una Basílica, por demás, que lleva el patronazgo del reino de España desde tiempo inmemorial, de manera que el Jefe del Estado español es canónigo honorario de la misma.
Pero no nos queremos quedar en datos históricos en nuestra mirada a Maria en este día de su fiesta, como decíamos, con la advocación de Virgen de las Nieves. El mismo nombre nos está indicando el camino de pureza y santidad que hemos de seguir para imitar a María. La llena de gracia, como la llamó el ángel de la Anunciación; llena de gracia porque estaba inundada de Dios que la hace resplandecer con las más bellas virtudes. Concebida sin pecado original la proclamamos como Inmaculada Concepción, hablándonos de su alma pura, de su corazón sin pecado, de su vida llena de gracia, del amor de Dios que la envuelve para convertirse en ternura de Dios para nosotros.
Es la madre solicita y atenta que siempre está a nuestro lado para señalarnos y ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva a Jesús. Es la madre que ruega por nosotros para que sintamos la gracia y la fortaleza de Dios para que no caigamos en la tentación del mal, del desamor, de la dureza del corazón; sintiendo la ternura de la Madre a nuestro lado nuestros corazones tienen que derretirse de amor, no valen ya las corazas del egoísmo y de la insensibilidad, no tiene lugar de ninguna manera en nuestra vida la maldad que nos haría injustos y violentos, sino que todo tiene que ya ser siempre en nosotros delicadeza, ternura, amor, cercanía con los que están a nuestro lado.
La Biblia nos habla de cómo resplandecía del rostro de Moisés cuando bajaba del monte de la presencia de Dios; miramos a María y cual nieve resplandeciente con el sol la contemplamos a ella en la que brilla toda gracia porque así está llena de Dios. Cuando decimos llena de toda gracia no es como si estuviera llena de alguna cosa hermosa, queremos referirnos a la presencia de Dios en su vida que eso es gracia, porque siempre el amor de Dios en nosotros es un regalo de Dios, es un don gratuito en que Dios mismo se nos da.
En María resplandece de una manera especial; eso de ella tenemos que aprender, copiar en nosotros metiéndonos en el molde de su vida para así mejor parecernos a ella, para así mejor llenarnos de Dios. Ella fue el molde de Jesús que en su vientre se engendró como hombre.

domingo, 17 de marzo de 2019

La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida


La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1;  Lucas 9, 28b-36
El que con ojos profanos se acerque a la escena que nos describe hoy el evangelio sentirá admiración por la belleza que se nos describe con una escenografía – y fijaos que digo con ojos de profano – de resplandores y de sombras, de apariciones espectaculares y de voces que se oyen venidas del cielo que dejan en un sopor indescriptible a los diferentes personajes difíciles de imaginar por mente humana.
Pero no es con ojos de profano con los que nosotros nos acercamos a este texto del evangelio sino que quizá desde las sombras de nuestras dudas y sin embargo desde la fe nos sentimos deslumbrados por un resplandor celestial que va a despertar en nosotros caminos de trascendencia pero al mismo tiempo caminos nuevos que de forma distinta vamos a recorrer en el hoy de nuestra vida.
Queremos situarnos nosotros ante este pasaje del evangelio en esta escena que se nos describe como personajes que allí estamos también porque como aquellos tres discípulos nosotros nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. Vamos, sí, en nuestra fe a no dejarnos adormecer o distraer por cosas que no vienen al caso, sino que vamos a intentar situarnos junto a Jesús en esa oración en la que El se sumergió. Subieron a la montaña para orar, aunque aquellos tres discípulos, como en otra ocasión les sucediera en Getsemaní se dejaron dominar por el sopor del sueño, quizá por el cansancio de la subida y se vieron sorprendidos por cuanto allí estaba sucediendo sin saber a qué atenerse y ya inventándose tiendas de campaña para quedarse allí para siempre, aunque para ellos mismos no prepararan ninguna. ‘¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…’ que serían para Jesús, para Moisés y para Elías, sin pensar en prepararse para ellos mismos.
Contemplemos, sí, nosotros también aunque nos sintamos extasiados para maravilla de la gloria del Señor que se está manifestando. Aquel blanco deslumbrador de las vestiduras de Jesús y aquel rostro resplandeciente de quien está manifestando la gloria del Señor. Con razón Moisés había bajado de la montaña del Sinaí, de la presencia del Señor, con un rostro resplandeciente que nadie se atrevía a mirar cubriéndose con un velo. Y es que quien está en la presencia de Dios con toda conciencia ya su vida tiene que resplandecer de otra manera, porque otra será la vida que tendrá que trasparentar.
Mientras Pedro habla con estas apetencias y ambiciones una nube de sombras los envolvió. Con qué facilidad nos aparecen las sombras en nuestra vida. Sombras de dudas, sombras de egoísmos insolidarios, sombras de ambiciones y vanidades, sombras de orgullos mal disimulados, sombras que nos pueden llevar al precipicio también con toda facilidad. Nos queremos aislar, nos queremos quedar en las alturas, queremos olvidar quizá lo que es la lucha diaria de los que siguen caminando por la llanura de la vida, nos queremos encerrar en nuestras vanidades, son tantas las tentaciones que de una forma o de otra podemos sufrir.
Aquella sombra momentánea fue como una prueba pero que venia a culminar con las palabras del cielo la revelación de quien era en verdad Jesús. Consciente o inconscientemente se veían puestos a prueba muchas veces con lo que Jesús les anunciaba y a ellos les costaba entender. Había habido momentos de fervor como cuando Pedro confesó su fe en Jesús allá en Cesarea de Filipo, pero pronto el mismo Pedro se negaba a aceptar lo que Jesús anunciaba que el Hijo del Hombre subía a Jerusalén donde había de padecer pasión y muerte. ‘Quítate eso de la cabeza’, le había dicho a Jesús.
Lo que ahora estaba sucediendo en lo alto de la montaña vendría a ser como la fortaleza del Espíritu que les iba a acompañar en el camino que aún habían de hacer hasta Jerusalén y en los momentos difíciles de lo que allí había de suceder. Como la liturgia expresa con toda claridad en el prefacio de la celebración de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar que la pasión es el camino de la resurrección’.
‘Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Sí, este Jesús a quien habían seguido, estaban siguiendo por todos aquellos caminos de Galilea y de Palestina y ahora le acompañaban en su subida a Jerusalén, es el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar porque en El está nuestra vida y nuestra salvación. Este Jesús, sí, que había de padecer tal como El les había anunciado su muerte es el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios que es nuestra luz y nuestra vida.
Aturdidos estaban en medio de cuanto había sucedido y había que bajar de la montaña a la llanura donde se seguirían encontrando las muchedumbres ansiosas de una palabra de esperanza, donde se seguirían encontrando con el dolor y el sufrimiento, con las mismas esclavitudes y opresiones que sufrían todos los días, con gentes desorientadas que buscaban una luz que les guiara. Habían de bajar de aquella montaña para seguir el camino y para subir a Jerusalén. Los discípulos que habían sido testigos de lo sucedido en la montaña y de lo que aun no podían hablar, terminarían de entenderlo después de la resurrección.
Nosotros en este segundo domingo de Cuaresma una vez más hemos subido al Tabor y tenemos que seguir haciendo también el camino que nos lleva a la Pascua. En nosotros tenemos una certeza que nos la da la fe, y que tras la contemplación ahora de la gloria del Tabor tendrá que hacer que nosotros busquemos resplandecer con una nueva luz, aunque tengamos que pasar por la pasión, esa pasión que tenemos que vivir en nuestra vida con tantas cosas, pero que sabemos que es camino de Pascua. Cuando llegue la luz de la resurrección no olvidemos que tenemos que trasparentar una nueva luz, una nueva vida que nace en nosotros con la Pascua de Jesús. Para eso estamos haciendo este camino de Cuaresma.

viernes, 6 de abril de 2018

Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de las ruinas que pudiera haber descubramos resplandores de amor que hacen brotar fuegos de una nueva vida


Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de las ruinas que pudiera haber descubramos resplandores de amor que hacen brotar fuegos de una nueva vida

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaban de nuevo en Galilea siguiendo las propias instrucciones de Jesús. Muchas cosas habían sucedido desde que había subido a Jerusalén antes de la Pascua. Muchos habían sido los anuncios que Jesús les había hecho mientras subían y ahora evocaban también en la ausencia de Jesús todos aquellos momentos pasados con El en aquellos casi tres años que habían convivido recorriendo los pueblos y aldeas de toda Galilea.
¿Era una vuelta quizá a los viejos tiempos y costumbres? Deseos y no sabían de qué tenían en su corazón. Como algunas veces cuando nos encontramos desconcertados y desorientados y no sabemos bien ni lo que nos sucede ni lo que queremos. Tenemos deseos dentro de nosotros y no sabemos de qué. Casi no nos atrevemos a hacer algo de provecho porque parece que todo no nos va a salir bien. Añoramos otras cosas, otros tiempos pero parece que estamos esperando que algo nuevo suceda como señal.
A pesar de los anuncios todo lo que había sucedido en Jerusalén en los días pasados los había dejado desconcertados porque no terminaban de entenderlo. Ahora estaban allí de nuevo y casi no sabían que hacer. Por allá estaban las barcas y las redes que un día habían dejado varadas en la playa para seguir a Jesús y sintieron el deseo de volver otra vez al lago a pescar. ‘Me voy a pescar’ había dicho Simón y algunos le habían acompañado. Pero aquella noche sucedió otra vez, no habían cogido nada.
Parecía que las cosas no les salían derechas. Jesús les había dicho que se encontrarían en Galilea y aun no lo habían visto; ahora se habían ido de pesca que era lo que sabían hacer y el trabajo había sido infructuoso. Así había llegado el amanecer y era la hora de volver a tierra. Encima, desde la orilla alguien pregunta si han pescado algo.
Pero las indicaciones que se les hacen desde la orilla les indican que echen la red por el otro lado de la barca. ¿Será que desde la orilla hay una mejor perspectiva del cardumen de peces que rodea la barca por el otro lado? Sin embargo aquellas indicaciones les suenan a algo que también un día se les dijo. ‘Echad las redes para pescar’, les había dicho Jesús y aunque se habían pasado la noche sin coger nada y ellos sabían bien que no había forma de pescar algo de provecho habían echado las redes. Ahora obedientes a la voz que escuchan desde la orilla hacen lo mismo. Y lo mismo sucede ahora. Cogieron una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Pero algo runrunea en el corazón de los discípulos. Será Juan el que por lo bajo le indique a Simón que el que está en la orilla es el Señor. Y allá va Pedro que se lanza al agua con deseos de llegar primero dejando a los compañeros de la barca remar para acercarse también a la orilla. Y allí está Pedro chorreando agua postrado a los pies de Jesús.
Chorreaba agua, pero chorreaba la gracia del Señor sobre su vida. Allí estaba el Señor. A quien había querido convencer de que no subiera a Jerusalén porque no podía pasarle nada de todo lo que anunciaba; a quien en su cobardía había negado allá en los patios del sumo sacerdote; pero quien ahora no recibía ningún reproche sino que solo iba a ser preguntado por su amor.
¿A que le damos más importancia nosotros en la vida, a los errores, o al amor que impulsa nuestro corazón aunque por eso  nos metamos en la boca del lobo? Muchas lecciones podemos aprender hoy. Pero una bien hermosa y es aprender a ver el corazón, a mirar muy dentro para ver donde está el amor aunque algunas veces se nos debilite o se nos enfríe y cometemos disparates. Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de tantas ruinas que pudiera haber en nosotros o en los demás, descubramos resplandores de amor que quieren brotar y que quieren hacernos arder por dentro en la fuerza de una nueva vida.