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sábado, 29 de agosto de 2026

Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

 



Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

1Corintios 1, 26-31; Salmo 32; Marcos 6, 17-29

‘Es un veleta’, habremos escuchado alguna vez - ¿o quizás nos lo han dicho a nosotros? – en referencia a una persona que no tiene criterios, que parece que actúa siempre sin fundamento porque carece de principios en los que encuadrar su vida, las decisiones que toma, la manera de hacer las cosas; hoy dice una cosa y mañana según convenga, según las presiones que soporte, según sea de donde corre el viento así está actuando. En un momento determinado se deshace en alabanzas hacia una persona, cuando al momento siguiente la está criticando o denostando de lo que hace o de lo que dice; en un momento se presenta como una persona recta que incluso quiere enseñar a los demás, pero pronto veremos que su vida no es tan recta, que mucha es la malicia que pervive en su corazón, que el orgullo y el amor propio son los criterios con los que actúa, y en su vida no encontramos sino doblez, vanidad y falsedad.

No podemos ir por la vida de esa manera, porque aunque todo tratemos de cubrirlo con sonrisas y palabras bonitas en el fondo nos sentimos unos desgraciados, vacíos y sin nada en que fundamentar nuestra vida, nuestras reacciones serán de desconfianza pero en consecuencia quizás para mostrarnos con una firmeza que no tenemos nos volvemos violentos e intransigentes con todo el mundo, caemos por una pendiente en la que parece que no podremos parar nunca.

Puede parecer una descripción fuerte pero tenemos mirarnos con sinceridad y tomarnos más en serio nuestra vida, aceptando aquello que nos hace pensar, lo que nos descubre que hay otro camino y otra manera de hacer las cosas, que nos ayuda a centrar mejor nuestra vida y a buscar esos buenos criterios por las que ha de regirse nuestra vida y nuestras decisiones. Es lo que nos está diciendo el evangelio de hoy.

Resumido en pocas palabras diríamos que nos habla del martirio del Bautista pero detrás de ello nos quiere decir muchas cosas y nos obliga a contemplar con crudeza también el cuadro de nuestra vida. Hay dos posturas, dos criterios, dos maneras de entender las cosas que se contraponen y se reflejan en los personajes que nos aparece en el texto sagrado. Como música de fondo, podríamos decir, pero ofreciéndonos una hermosa coral está la figura del Bautista, que no se reduce a las pocas cosas que ahora se nos dicen. Detrás está toda su predicación en el desierto y su forma de vivir, en primer plano nos aparece su valentía para denunciar la corrupción de Herodes por su manera de vivir que precisamente le ha llevado a la cárcel, pero aparece como apoteosis final su fidelidad y su martirio; es el testigo de algo nuevo y distinto que aparece en su figura que incluso les hará decir en quien puede parecer su enemigo que Juan era un hombre justo y santo. Ahí tenemos su testimonio que llevará con toda fidelidad hasta el final.

Como contrapunto está la figura de Herodes, quien dirá de Juan cosas hermosas, que aunque le inquietaba tenía el gusto de escucharle, que decía incluso que lo defendía pero que sin embargo su vida va rodando por una pendiente de la que parece que no hay manera de zafarse. No deja de ser incongruente porque su vida escandalosa sigue adelante, su manera de vivir reflejada en su mal llamado matrimonio pero también la superficialidad de su vida donde todo parece ser banquetes, fiestas y placeres, pero será la falta de respeto a sí mismo cuando simplemente parece estar más sujeto a la buena consideración que reciba de los demás; ‘por su juramento y por el qué dirán de sus invitados no querrá desairar’ a quien es capaz de pedir una vida humana.

Muchas consideraciones nos hemos hecho cada vez que hemos meditado este evangelio tanto en referencia a las inocuas posturas de Herodes pero también de la luz que sigue derramando sobre nosotros la figura del Bautista, la voz que clama en el desierto, que sigue clamando en nuestros desiertos, en las sequedades con que vivimos hoy nuestra vida y que necesitamos esa voz que nos grite y que nos despierte.

Quedémonos hoy preguntándonos donde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y nuestra manera de actuar, preguntándonos por la congruencia de nuestra vida o si acaso nosotros somos también como veletas que señalan direcciones opuestas según venga el viento quizás del qué dirán o de nuestras superficialidades que nos pueden llevar a un terrible vacío espiritual en nuestras vidas.

¿Trataremos también de apagar quizás esa voz que nos grita y nos despierta porque preferimos seguir en la vaciedad de nuestras rutinas?


martes, 25 de agosto de 2026

De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

 


De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

2 Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Y aun seguimos viviendo en un mundo de apariencias; y no me quiero referir solo a las vanidades de la vida que manifestamos con nuestros lujos por una parte, pensando que nuestros ostentosos vestidos son los que nos dan verdadero prestigio, sino quiero pensar más en la falsedad con que aparentamos una bondad que no tenemos, una rectitud que se queda solo en el cumplimiento de unas normas sino saber encontrar su sentido más hondo, o el ocultamiento de los verdaderos sentimientos que tenemos dentro de nosotros bien lejanos de una bondad y de una auténtica cercanía de amor y amistad.

Es lo que hoy Jesús en el evangelio quiere denunciar de nuestra vida, o mejor, las actitudes nuevas que hemos de vivir con autenticidad y con una vida congruente. Porque decir lo bueno que hay que hacer en cierto modo es fácil y de eso es capaz todo el mundo, pero hacer que esa bondad abunde en nuestro corazón que luego se refleje en unas actitudes y en una manera de actuar es algo bien distinto.

Por eso Jesús los llama hipócritas, esa palabra que nos habla de una doble cara; era la careta que se ponían los actores en el teatro para poder representar a un personaje. Era esa apariencia que el actor tenía que dar para poder caracterizar al personaje. Las caretas con las que ahora nosotros quizás queremos representarnos es la de cumplidores y la de personas buenas, pero ¿dónde está nuestro corazón? ¿Qué es lo que realmente sentimos por dentro? ¿Cuál es, por ejemplo, la malquerencia que ocultamos detrás de una sonrisa? ¿Queda algo profundo dentro de nosotros tras esa religiosidad que vivimos quizás solamente por seguir unas tradiciones o porque queda bonito el que nos presentemos así con esos signos religiosos externos cuando quizás nuestro corazón está muy lejos de Dios?

Como les dice hoy Jesús a los fariseos ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad …!’ Es lo que nos tiene que hacer pensar. Nos es en cierto modo decir que somos muy creyentes y muy cristianos porque quizás aun mantenemos unas costumbres y tradiciones en su origen fruto de una religiosidad profunda, expresión de unos sentimientos cristianos, pero quizás luego nuestros valores, las cosas que marcan el sentido que le hemos dado a nuestra vida están muy lejos de lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

¿Reflejamos de verdad ese amor cristiano, ese amor con el sentido que nos enseña Jesús en lo que hacemos o lo que son nuestras relaciones con los demás? Seguimos discriminando y poniendo distancias con aquellos que no nos caen bien, mantenemos el resentimiento y hasta el odio en el corazón dejándonos de hablar por cualquier cosa por la que nos hayamos sentido heridos, somos incapaces de ser misericordiosos y compasivos con los demás ofreciendo generosamente el perdón, actuamos desde la ambición o desde la envidia para destruir cuanto de bueno puedan hacer los demás. Y esto son cosas que suceden cada día en esta sociedad donde decimos que todos somos cristianos y luego hasta hacemos grandes fiestas al ‘Cristo’ de nuestra devoción, a la Virgen o al patrono de nuestros pueblos. Tras esas fiestas, por ejemplo, ¿donde florecen los valores y las actitudes cristianas?

Porque cuando leemos un evangelio como el de hoy quizás nos preguntamos por qué los fariseos actuaban como actuaban y ya tenemos preparado nuestro juicio de condena. Pero, ¿no nos pareceremos de alguna manera nosotros a ellos porque también vamos actuando con esa doble vida? Es cierto que somos humanos y siempre en nosotros hay debilidades, pero lo humano y valiente es reconocer nuestra debilidad pero querer dejarnos transformar por unas buenas y nuevas actitudes.

Por eso termina hoy pidiéndonos Jesús que limpiemos el corazón por dentro. No dejemos nunca que la maldad, sea la que sea, se enroque dentro de nuestro corazón. Esa apariencia sería como la del que se pone olorosos perfumes, pero su cuerpo sigue sucio y lleno de desagradable sudor. Como nos dirá en otro momento, eso es lo que verdaderamente nos hace impuros.


domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


viernes, 6 de febrero de 2026

Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

 


Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6, 14-29

No pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja, se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones, que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos, que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia. ¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.

Algo así quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.

Nos detalla el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había principios ni fundamento en una vida así.

Pero nos tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas veces nos habrá sucedido.

Es necesario fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo, a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a descarrilar.

Es necesario saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo que hacemos.

sábado, 14 de junio de 2025

Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

 


Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

2Corintios 5, 14-21; Salmo 102; Mateo 5, 33-37

Algunas veces nos encontramos con personas que parece que no saben pronunciar dos palabras sin que por medio esté un juramento. ¿Será porque sus palabras habitualmente son vacías y sin contenido y ahora para hacerse creíbles lo que hacen es utilizar el juramento como para darle valor o importancia a lo que dicen? Cuando de forma habitual no vamos con la verdad por delante, como se suele decir, o cuando andamos ocultando cosas, no siendo del todo sinceros en lo que hablamos o decimos, ya estamos pensando que la gente desconfía de nosotros y parece que entonces nos vemos obligados al juramento. Qué bonito sería ir con sencillez en nuestra vida, con palabras sinceras y verdaderamente llenas de contenido.

Es lo que el evangelio está queriendo decirnos. Por supuesto recuerda Jesús de entrada lo que estaba en los mandamientos desde siempre, que de ninguna manera podemos jurar en falso, jurar con mentira, pero también nos dice que no hay que hacerlo sin necesidad. Y sin necesidad de juramento estaríamos si nos acostumbráramos a ir siempre con sinceridad en la vida. Nuestra sinceridad es la que nos hace creíbles, y cuando sabemos que estamos tratando con una persona que es sincera, nunca le pediremos más garantías para aceptar aquello que nos dice.

Démosle pues verdadero contenido a nuestras palabras, autenticidad y verdad porque todo vaya acompañado por la forma en que nosotros vivimos. La sencillez y la humildad deben acompañarnos siempre y no necesitamos muchas palabras para comunicar la verdad que llevamos dentro a los demás. Por eso tenemos que saber ser reflexivos, madurando en nuestro interior aquello que vamos a expresar; así no saldrán palabras vacías, estamos cansados de tanta palabrería y de tantas promesas que se presentan seguramente como una pantalla para ocultar el vacío que llevamos dentro. Y eso, tenemos que reconocerlo, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Por eso al final terminamos hastiados de tanta mentira y ya no creemos en nada ni en nadie.

Seguramente tienes la experiencia que aquellos momentos que han dado hondura a tu vida, porque quizás te hicieron ver las cosas de otra manera, porque encontraste el sentido de muchas cosas, se originó en un buen consejo, breve en palabras, que te dio alguien lleno de sabiduría; es lo que te hizo pensar, rumiar en tu interior, darle vueltas a las cosas y encontrar una luz para tu vida.

Que sepamos tener también nosotros esa palabra sabia que trasmitamos a los que están a nuestro lado; esa palabra que ofrecemos con humildad y sencillez; esa palabra que no hace alardes de nada, sino que en si misma es sabia porque antes nosotros la hemos rumiado y saboreado en nuestro interior; no será nunca una palabras vacía y hueca, una palabra sin sentido, siempre va a ser como un faro que nos ilumina, nos hemos dejado nosotros iluminar por ella, y con esa luz queremos hacerla llegar a los demás; será una palabra que nos sale de lo más hondo de nosotros mismos, porque de alguna manera con ella estamos dando parte de nosotros para enriquecer a los demás.

Es la autenticidad y la veracidad que nos pide Jesús. Nos pide que no andemos con juramentos sino que nos baste decir un si, o decir un no, en el momento oportuno. Es la sabiduría que vamos aprendiendo del evangelio, que da hondura a nuestra vida cristiana y nos hará más creíble el anuncio que nosotros hemos de hacer a los demás. La mejor garantía de credibilidad es la congruencia que mostremos entre nuestras palabras y nuestra vida; lo que no se vea realmente reflejado en nuestra vida nunca será aceptado por mucha palabrería que digamos o por muchos juramentos que hagamos.

viernes, 31 de enero de 2025

Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

 


Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

Hebreos 10,32-39; Salmo 36; Marcos 4,26-34

Algo importante por lo que al menos tendríamos que comenzar es por sembrar la semilla; no podemos pretender recoger frutos si antes no hemos sembrado y cultivado. Es nuestra tarea y nuestra función en la vida; es cierto que nos sentimos tentados a la pasividad y que todo nos lo den hecho, algunas veces es la sensación que damos con algunas maneras de plantear la vida y plantear la sociedad; no sé si de alguna manera estaremos provocando una cierta pasividad cuando no somos capaces de poner nuestro esfuerzo personal sin que antes medien no sé cuantas oportunidades que hasta exigimos en formas de ayudas para poder emprender algo o desarrollar propias iniciativas. ¿Qué sociedad nos estaremos creando cuando no promovemos que surjan y se desarrollen esas iniciativas personales desde ese esfuerzo que cada uno hemos de poner? Por eso al final pretendemos que todo nos lo den hecho. Pudiera parece que me he alejado de lo que es el mensaje del día, pero también sobre todas estas cosas hemos de reflexionar, no estoy tan lejos.

Seamos capaces de sembrar semillas, aunque algunas veces podamos ser conscientes de que no todos los terrenos son igualmente propicios. Semilla sembrada siempre tiene la posibilidad de que de alguna manera algún día brote una flor, lo cual será señal de que luego podamos recoger un fruto. La semilla guardada en el granero no va a producir fruto; quizás haya semillas en nuestra vida que dejamos pudrir en el granero porque no las sacamos y sembramos en tierra dándole la posibilidad de dar un fruto. ¿Tendremos valores guardados y enterrados en nosotros mismos que no sacamos a flote y desarrollamos por los miedos que nos coartan y nos impiden actuar?

Jesús en el evangelio repetidamente nos compara el reino de Dios con una semilla; diversas parábolas nos hablan de ello. Y hoy nos habla de esa semilla sembrada en silencio y que aparentemente en silencio queda bajo tierra, y como nos dice Jesús sin que el agricultor sepa cómo un día aquella semilla germinó y llegar a producir fruto.

Esa semilla que vamos sembrando con nuestro testimonio, esa semilla sembrada con una palabra amable o un gesto generoso, esa semilla de la rectitud con que andamos por la vida y ese compromiso que tenemos con todo lo bueno, esa semilla que será nuestra presencia que parece que no dice nada pero que está manifestando la integridad de una fe, esa semilla del día a día que vivimos con responsabilidad y con sentido trascendente.

Serán semillas silenciosas quizás pero que dejan huella, que hacen que nos hagamos preguntas, que impulsan a mirar las cosas de manera distinta, que elevan la altura de miras de los demás para comprender que puede haber otras metas, que hay otros ideales, que hay una luz que ilumina caminos en las peores tormentas que nos podamos encontrar. Es lo que tenemos que ser los cristianos en medio del mundo. Como nos dirá Jesús en otros momentos y con otras imágenes, como la silenciosa levadura que desde dentro hace fermentar la masa. Así tenemos que ser, así tiene que ser nuestro testimonio, así tenemos que ser evangelio para los demás.

No buscaremos apoyos humanos, pero sí sabemos que con nosotros está el que dará fuerza y vigor para que la semilla pueda germinar. No nos sentiremos solos porque es el Espíritu del Señor el que está haciendo surgir todo eso bueno dentro de nosotros, está inspirando esos gestos y esas iniciativas, estará dándonos fuerzas cuando nos parezca que todo es adverso, pero tenemos la certeza de que podemos seguir, podemos dar ese testimonio, tenemos la esperanza de que la semilla un día germinará y dará fruto. Es la paciente espera del sembrador y del agricultor con la que nosotros esperamos que un día podamos ver un mundo nuevo, un mundo mejor. Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, mayor congruencia para vivir con rectitud y una dosis infinita de amor para llenarnos de humanidad

 


Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, mayor congruencia para vivir con rectitud y una dosis infinita de amor para llenarnos de humanidad

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Ni nosotros mismos nos entendemos a nosotros mismos. Son muchas las confusiones que nos vamos creando a causa de nuestras incongruencias. Lo congruente es que vayan a la par los principios que proclamamos, las ideas que tenemos con lo que es la realidad de nuestra vida de cada día; pero muchas veces hay grandes distancias entre una cosa y otra.

Podíamos hacer referencia a muchas cosas que se traducen en nuestro quehacer de nuestra vida de cada día. Exigentes con los demás pero benévolos con nosotros mismos; capaces de decir cosas maravillosas del amor, pero cuando llega el día a día de nuestras relaciones incluso con los más cercanos nos faltan detalles y delicadeza, somos violentos e incapaces de tener sensibilidad con los que están a nuestro lado no importándonos sus necesidades o las situaciones por las que pasen; proclamamos con la boca llena eso de los derechos humanos y vamos a no sé cuantas manifestaciones pero no somos capaces de respetar al que es diferente o que piensa distinto de nosotros; nos presentamos con buena apariencia de respeto y honorabilidad pero en nuestro interior siguen los prejuicios y las descalificaciones; decimos que la verdadera religión es el amor, pero somos incapaces de tener misericordia con el caído y nos cerramos a todo lo que signifique comprensión y perdón.

Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, que no nos quedemos en bonitas palabras y apariencias, que no se nos vaya todo por la vanidad que al final todo lo llena de hipocresía y falsedad. Es la congruencia, como decíamos, con la que tenemos que caminar para que en verdad vivamos con rectitud nuestra vida, pero que no nos falte el amor que nos llena de mayor humanidad.

No lo podemos centrar en la rigidez de unos cumplimientos, sino llenamos de verdadero contenido todo aquello que hacemos. La madurez de nuestra vida no se manifiesta a través de intransigencias y rigideces, sino que tenemos que saber conjugar lo que son los principios por los que se rige nuestra vida con la humanidad que ponemos en lo que hacemos y en como nos relacionamos los unos con los otros.

Hoy escuchamos en el evangelio cómo Jesús se queda de las actitudes y posturas de la gente que le rodea. Dice que son como niños que juegan en la plaza pero que no son capaces de ponerse de acuerdo en cómo han de llenar de alegría sus vidas. Mientras unos quieren cantar cantos de fiesta, otros quieren quedarse en lamentaciones que les llenan de tristeza. ¿Seremos capaces de saber llegar a un camino de encuentro? Parece que eso nos falta en la vida.

En referencia a lo que sucede en quienes le escuchan y están en su entorno, hace referencia a que ni supieron aceptar a Juan con verdadera apertura del corazón, como tampoco ahora quieren aceptarle a El. De Juan se quejaban de la austeridad con que vivía su vida y les parecía que era demasiado e inaceptable, ahora de Jesús que les quiere llegar al corazón pero quiere llamar a todos a esa vida nueva del reino de Dios, como con publicanos y pecadores, lo llaman comilón y borracho. 

Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos quedamos en añoranzas, aquello de que otros tiempos fueron mejores, pero en aquellos otros tiempos tampoco hubo aceptación de corazón de lo bueno que se les presentaban u ofrecía. ¿Y si ahora en el momento presente abrimos nuestro corazón para descubrir los regalos de amor que Dios nos está ofreciendo? Hemos de vivir nuestro momento, el hoy de nuestra vida, pero llenándola siempre de autenticidad. En cada momento, sea cual sea la circunstancia de la vida que nos toque vivir, Dios siempre tiene señales de amor para nosotros que nos llama a lo hondo de nuestro corazón. Seamos sinceros con nosotros mismos, pero seamos sinceros y auténticos con Dios que siempre nos está regalando su amor.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

jueves, 29 de agosto de 2024

Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

 


Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Marcos 6, 17-29

Normalmente no nos gusta escuchar verdades, cosas que nos hagan pensar, palabras valientes que nos señalen nuestros errores o denuncien lo malo que hacemos. Salvo que seamos personas de una humildad grande nuestra reacción suele ser fuerte cuando alguien se atreve a decirnos lo que no nos gusta, y si está en nuestra mano trataremos de revertir en esa persona todo aquello que nos dice y nos duele por dentro. No nos gusta vernos en un espejo sino para ver lo que llamamos el lado bonito de la cara. Y todos tenemos algún lado feo, por decirlo de alguna manera, porque todos cometemos errores, o en ocasiones nos dejamos llevar por la maldad y caemos por la pendiente. ¿Alguna vez nos atreveremos a mirarnos en el espejo en toda la crudeza de lo que es nuestra vida?

Es un primer pensamiento que me viene ante el evangelio que hoy se nos propone, sobre todo viendo la actitud y la postura de Herodes. Parece y es contradictoria, porque mientras dice que apreciaba a Juan Bautista y en ocasiones le escuchaba con gusto, sin embargo la pendiente por la que va resbalando termina en tragedia.

Es por una parte la vida disoluta y desordenada que llevaba por la que terminó tomando como mujer a la mujer de su hermano; Juan con la valentía del profeta le reprocha este comportamiento, pero en consecuencia Juan se va a cargar con las iras de esta mujer que convive con Herodes que le conducirá a la cárcel, buscando esta mujer la manera de quitarlo de en medio. Los buenos y los justos estorban, los que nos dicen las verdades que nos producen heridas en nuestro orgullo habrá que quitarlos de en medio.

Pareciera que se enfrentaran la fortaleza y la debilidad produciéndose la confusión de donde está la fortaleza y donde la debilidad. Quien se cree fuerte desde su prepotencia y orgullo acabará dejándose arrastrar por la más terrible debilidad de su espíritu que irá produciendo muerte a su paso; quien nos aparece débil porque incluso han querido quitarle la libertad nos dará testimonio de la fortaleza mayor que podamos encontrar. Por eso podremos decir que quien nos aparece fuerte en su poder se mostrará débil y dominado por sus propias pasiones para no saber distinguir donde está la verdadera dignidad.

Llegó el momento de aprovecharse de las circunstancias para correr por esa pendiente que lleva al crimen y a la muerte. El placer de una fiesta con todo lo que la acompaña mostrará la indignidad de quien desde una pasión es capaz de ofrecer todos los reinos del mundo, pero cuando se da cuenta de la consecuencia de sus palabras y promesas por miedo a la pérdida de sus prestigios no será capaz ya de volver atrás permitiendo la muerte de un justo.

¿Seremos nosotros débiles en nuestros orgullos, en el cuidado de nuestros prestigios, en promesas sin sentido, en falsos respetos humanos, aunque no nos importen las circunstancias? En muchas ocasiones de la vida no estamos tan lejos de lo que hoy estamos juzgando de las actitudes y posturas de Herodes; cuántas veces callamos, miramos hacia otro lado, queremos mantener nuestra presencia digna porque no queremos avergonzarnos ante los que creemos que son nuestros amigos, aunque sabemos que estamos en un error o se va a cometer una injusticia, o simplemente estamos dejándonos llevar por la pasión. ¿No queremos muchas veces acallar la voz de la verdad y de la conciencia que nos hace encontrarnos con nosotros mismos?

Enfrente tenemos la figura de Juan, pequeño e insignificante porque decía él que no le importaba menguar para que creciera quien venía como salvador, alguien que solo se decía que era la voz que clama en el desierto, porque ni era profeta ni era el Mesías, sino quien venía a preparar caminos, pero cuya voz resonará fuerte para señalarnos los caminos, pero para indicarnos con toda claridad quien era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan tan pequeño que le veremos ahora privado de libertad, pero que su voz sigue resonando aunque incomode a los poderosos porque es fiel a una misión que ha recibido y la verdad no se podrá nunca acallar. Es el que en el silencio y la austeridad del desierto encontró la fortaleza que le venía de Dios para no temer ni la muerte ni el martirio y así se convierte en el gran testimonio que hoy seguimos necesitando.

Necesitamos de ese silencio, de esa austeridad, de ese desierto que como un baño nos purifique para que en verdad podamos abrirnos a Dios y descubrir el testimonio que necesitamos dar hoy en nuestro mundo y aprender a sentir la fuerza de lo alto que nunca nos faltará. Hemos de aprender a escuchar esa voz, aunque nos resulte a veces molesta, que nos hace encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.

Tenemos que preparar caminos, abrir sendas a nuestro paso con el propio testimonio de nuestra vida, pero también con nuestra palabra valiente; tenemos una luz que llevar no solo en nuestras manos sino en nuestra vida al mundo tan a oscuras en medio del cual vivimos; no podemos permitir que las tinieblas de la maldad sigan ensombreciendo nuestro mundo. Tenemos que dar testimonio de la verdadera rectitud y justicia que sean base y fundamento de un mundo mejor.

Es el testigo que de manos del martirio del bautista recibimos.

lunes, 24 de junio de 2024

Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

 


Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Parece que estaba destinado para eso. Se nos escapa casi espontáneamente esa expresión cuando nos encontramos con una persona que nos resulta realmente espectacular; son las cosas que realiza y la manera especial que tiene de hacerlas, rompe moldes porque vemos que es capaz de hacer cosas que nadie ha sido capaz, se manifiesta con absoluta libertad y a nadie tiene miedo, actúa abriendo caminos, despertando las conciencias, poniendo nuevas ilusiones en los que caminan a su lado. Nos parece único.

¿Tendríamos que decir una cosa así de Juan el Bautista de quien hoy estamos celebrando la fiesta de su nacimiento? Por toda la comarca había corrido la noticia de su nacimiento, todos se hacían bocas de aquellas cosas que habían visto en su entorno, porque realmente era algo único; sus padres eran mayores y ya parecía imposible el nacimiento de un hijo de aquellos ancianos, pero Isabel estaba en cinta y ahora había dado a luz un niño.

Normal que todos la felicitaran, normal que se juntaran con los padres a la hora de la circuncisión e imposición del hombre; lo que no parecía normal eran los deseos de Isabel de llamarlo Juan porque según la costumbre debía llevar el nombre de su padre, Zacarías, aunque en ello aquella anciana estaba reconociendo el actuar de Dios en el propio significado del nombre. Por eso todos se preguntaban ¿cuál era el destino de aquel niño? ‘¿Qué iba a ser de aquel niño?’ Estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos.

Era el camino que iba a escoger Juan. Ya nos adelanta el evangelista que ‘El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel’. Ya lo veremos más tardes en la austeridad más severa, sus vestidos una piel de camello, su frugal comida las langostas del desierto y la miel silvestre, su estilo de vida la penitencia más severa con sus ayunos con lo que invitaba a todos a hacer penitencia porque había que preparar los caminos del Señor, su palabra que no estaba hecha de largos discursos pero sí de invitación a la conversión, a la solidaridad y a la rectitud de vida para actuar siempre con verdadera justicia. Era la sintonía que en los signos que rodearon su nacimiento supieron descubrir los pobres y los sencillos de corazón.

¿Era un profeta? ¿Era el Mesías anunciado? En el desierto se presentaría predicando la conversión porque había que preparar los caminos del Señor y de todas partes acudirán para escucharle y hacerse bautizar en las aguas del Jordán. De Jerusalén bajarán unos enviados preguntando con qué autoridad se presentaba ante Israel con aquel anuncio de la pronta venida del Mesías. Y él diría que no era un profeta, que no era el Mesías, que solo eran la voz que predicaba en el desierto invitando a preparar los caminos del Señor.

Pero Jesús dirá de El que es profeta y más que profeta porque no había nadie mayor que él de entre los nacidos de mujer. Era el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor y para él lo importante era que recibieran a quien ya estaba en medio de ellos y no lo conocían. Pero El lo señalaría como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De sus manos había recibido aquel bautismo en las aguas del Jordán, pero sobre todo había visto cómo se abría el cielo para bajar el Espíritu Santo sobre Jesús en forma de paloma y también había escuchado la voz que lo señalaba como el Hijo amado de Dios.

Por eso en su camino de humildad y sencillez no le importa menguar con tal que crezca el que había de crecer. Su misión era ser voz, pero la Palabra que había que escuchar era la de Dios, y eso se iba a reflejar en Jesús. Por eso dará paso al Mesías que viene, sus discípulos serán los primeros discípulos de Jesús y los que aún quedan con él cuando ya está en la cárcel serán enviados hasta Jesús para que lleguen a conocer y convencerse de que es el Mesías. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es el mensaje que le llevan a Jesús de parte de Juan.

Gran alegría se suscitó en las montañas de Judea con su nacimiento y todos daban gloria a Dios. Es la alegría con que nosotros seguimos celebrando su nacimiento. No nos queda sino seguir su camino, entrar en esos caminos de humildad y de sencillez porque será la manera de descubrir las señales de Dios que se sigue manifestando hoy entre nosotros, convertir nuestro corazón a Dios, preparar también los caminos del Señor entrando en esa órbita nueva del amor y de la solidaridad, de la conversión y de la penitencia, de la justicia y del bien, de la verdad y de la rectitud. El daría testimonio no solo con su palabra en el desierto sino con su vida que también es inmolada para hacer que andemos y tengamos una vida nueva de rectitud.


sábado, 15 de junio de 2024

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

 


Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

1 Reyes 19, 19-21; Salmo 15; Mateo 5, 33-37

¿Por qué nos costará tanto en el mundo en que vivimos creer en la palabra de los demás? Será quizás porque ya voy siendo mayor que recuerde aquellos tiempos en que no eran necesario ni papeles ni contratos para llegar a un acuerdo entre las personas incluso hasta en la compra de terrenos; bastaba la palabra dada, y como se solía decir entonces, aquella palabra iba a Misa. La garantía era la palabra, la honradez, la rectitud. Ahora demasiado vivimos en un mundo de desconfianzas; oímos tantas cosas que luego no se cumplen, escuchamos tantas promesas que no llegan a nada; se está creando un mundo de fantasía y de mentira, no hay sinceridad.

Es doloroso que tengamos que vivir así. Vivimos tras las apariencias, y porque sabemos que hay un velo de apariencia que todo lo tapa, desconfiamos. Necesitamos aprender a vivir en sinceridad y en rectitud. Quien obra rectamente actuará con sinceridad, no tiene nada que oculta, nada de lo que avergonzarse. Es cierto que podemos equivocarnos, cometemos errores, pero sin con sinceridad vamos por la vida, no tenemos que avergonzarnos sino aprender de esos errores reconociendo nuestra debilidad, nuestra posibilidad de errar, y creo que quien se presenta así con sinceridad delante de los demás, también con sus errores, será más apreciado y valorado.

Tenemos que saber apreciar la valentía de quien sabe levantarse, quien tiene valor para decir que se ha equivocado y pide disculpas, quien es capaz de recomenzar de nuevo para tratar de hacer las cosas bien; ahí está la verdadera rectitud, no en las apariencias, no en la ocultación.

Hoy Jesús en el evangelio nos está enseñando a actuar con esa rectitud y con esa sinceridad tan necesaria en la vida. ‘Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no’. Es la forma de actuar rectamente. Jesús sale al paso con esta enseñanza al tema de los juramentos. Jurar es poner una garantía, es poner a algo o alguien como testigo de la verdad de aquello que decimos o del compromiso serio y cierto de cumplir aquello a lo que nos comprometemos. El juramento, por así decirlo, más sublime es poner a Dios por testigo de la verdad que decimos o prometemos. Es algo serio, algo grandioso, pero con lo que no podemos jugar. Por eso nos dice Jesús que vaya por delante nuestro si o nuestro no, que no es suficiente más.

Por eso en nuestra ética más fundamental sabemos que no hemos de jurar sin necesidad. Y no hay necesidad si estamos acostumbrados, como se suele decir, a ir siempre con la verdad por delante, a hablar y actuar siempre con sinceridad, a actuar siempre con rectitud alejando de nosotros toda falsedad o toda apariencia, sea lo que sea lo que hagamos. Por eso a la persona que actúa siempre con rectitud no es necesario pedirle el juramento. Basta la palabra, que está avalada con la verdad de su vida.

Peor es cuando en el juramento no hay ni verdad ni sinceridad en nuestro compromiso. Pecado grande contra Dios es ponerle por testigo de algo que no es verdad, de algo falso, de algo en lo que no queremos actuar con sinceridad. Por eso en nuestra ética está como condición para un juramento necesario y auténtico el hacerlo con justicia, hacerlo con verdad.

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, aunque tenga también sus limitaciones; esa sinceridad será lo que nos hará grandes a pesar de nuestra pequeñez. Es la lealtad con que hemos de aparecer siempre en la vida. Nos ganaremos el respeto y la confianza, sabremos colaborar mejor los unos con los otros, estaremos haciendo un mundo mejor desde la verdad.


viernes, 14 de junio de 2024

La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

 


La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

1 Reyes 19, 9a. 11-16; Salmo 26; Mateo 5, 27-32

Hay gente a la que le gusta improvisar, van siempre al salto de mata, como se suele decir, a lo que salga, y cuando van apareciendo las cosas buscamos una salida o una solución. Es cierto que la vida tiene imprevistos, porque todo no depende de nosotros, vivimos en relación con otras personas que también van actuando en la vida con toda su libertad y en un momento determinado tendremos que reaccionar a algo que haya hecho otra persona; vivimos en medio de la naturaleza y aunque la naturaleza tiene su propio orden, sus propias leyes podríamos decir, sin embargo hay cosas que no esperamos y nos obligarán en momentos determinados a tomar unas decisiones.

Pero aparte de todo eso que venimos diciendo y que podríamos ampliar en más ejemplos, sin embargo cada uno ha de tener, por así decirlo, su plan de vida, su hoja de ruta. Desde nuestros principios, desde nuestros valores vamos a vivir esa vida, y tenemos que saber lo que queremos, lo que buscamos, lo que nos planteamos, y eso nos obligará a tener una idea, unos objetivos o unas metas, un camino por donde queremos caminar. Como quien va a hacer un recorrido, un camino, una excursión, y tenemos que saber a donde queremos ir, por donde podemos ir, y tener precaución para lo que nos podamos encontrar. ¿Tendremos siempre claro el camino de la vida? ¿Sabremos ciertamente lo que queremos y a donde vamos? Algunos, como decíamos al principio, pueden ir al salto de mata, a lo que salga.

Es lo que Jesús va planteándonos en el evangelio. Como hemos comentado estamos en estos días escuchando el llamado sermón del monte, que se inició con la proclamación de las bienaventuranzas. Ahí nos plantea nuestra meta, porque quiere que nosotros seamos felices en plenitud. Y cuanto afrontamos en la vida nos lo hemos de plantear desde ese ideal y esa meta que nos propone Jesús.

Ahora en los siguientes capítulos, en este como resumen que nos hace el evangelista san Mateo, Jesús va descendiendo a las cosas de cada día, a esos problemas que nos podemos ir encontrando, pero sin olvidar nuestra el ideal y la meta, cuando nos anuncia el Reino de Dios. Ya nos ha dicho que le demos sentido a lo que hacemos, que busquemos en verdad la plenitud de nuestra existencia y que las pautas que El nos da, primero con los mandamientos de Dios que El no viene a abolir y lo que en cada momento nos va señalando vayamos dándole sentido a todo lo que hacemos y vivimos desde la autenticidad más profunda de nuestra vida.

No nos valen apariencias ni meros cumplimientos. ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los fariseos, nos decía ayer, no seremos dignos del Reino de los cielos’. Nos pide la autenticidad del amor. Solo desde esa autenticidad podremos ser plenamente felices como nos ha prometido.

Hoy nos habla de la integridad de nuestras relaciones mutuas pero también de la integridad desde lo más hondo de nosotros mismos. No podemos andar con componendas con el mal. El mal tenemos que arrancarlo de raíz, pero lo arrancamos de raíz cuando desde nuestro pensamiento no hay maldad, cuando actuamos con un corazón limpio que nos lleva a valor y a respetar la dignidad de toda persona. No podemos utilizar a las personas como si fueran juguetes solo para nuestra satisfacción personal, para dejarnos arrastrar por nuestras pasiones.

En toda relación tiene que haber un profundo encuentro con la persona, con el otro, dejándome yo también encontrar. Y cuando actuamos desde esa rectitud de intención no va a ser la pasión lo que nos domine, no va a ser un juguete en nuestras manos, va a ser alguien con quien construimos un mundo de plenitud y de felicidad. Lo otro no tendría sentido porque sería inhumano. Y todo lo que sea inhumano tenemos que arrancarlo de nuestra vida. Como nos dice del ojo que nos hace pecar o de la mano que nos lleva a hacer el mal.

Es hermoso lo que nos plantea Jesús en el evangelio. Es hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad.

martes, 4 de junio de 2024

Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

 


Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

Como se suele decir, hay preguntas y preguntas, pero también hay respuestas y respuestas. Porque hay preguntas que ya vienen marcadas, serán los intereses, será la manera de sonsacar lo que queremos según nuestros intereses, será la malicia que hay detrás con lo que pretendemos es ver como cogemos in fraganti a quien le estamos haciendo la pregunta, será que buscamos que nos den la respuesta que nosotros queremos, y así tantas y tantas maneras de hacer preguntas que veremos a ver qué respuestas vamos a encontrar. Nos volvemos manipuladores con nuestras preguntas, nos volvemos interesados, nos volvemos hasta intransigentes.

En fin de cuentas esas cosas nos definen también los planteamientos que nosotros tenemos, la manera de ver las cosas, los intereses que tenemos, la confusión que se crea o nos creamos en nuestras mentes. Algunas veces en el fondo se está denotando nuestra falta de respeto o sacando a flote las malicias que llevamos en el corazón.

Cosas así suceden siempre y suceden en todas partes. Lo que tendría que hacernos pensar para cambiar posturas y actitudes, para actuar con mayor sinceridad y lealtad, no tiene por qué haber esa doblez del corazón. Podemos estar o no estar de acuerdo con alguien, pero siempre nos merecerá el respeto como persona, respetamos su pensamiento como queremos que también respeten el nuestro. Qué bonito es cuando aun nuestras divergencias sabemos dialogar con respeto, sin descalificaciones ni condenas. Qué mal ejemplo nos están dando los que se llaman hoy dirigentes de nuestra sociedad con su acritud, con esa violencia de palabras, con esas descalificaciones, con esa burla incluso que nos hacemos los unos de los otros. Deberíamos tener una sociedad madura a estas alturas, pero todavía andamos con infantilismos.

Es lo que también estamos viendo hoy en el evangelio. Aunque aparentemente vienen con adulaciones a Jesús diciendo que es veraz y que es sincero, detrás viene la pregunta envenenada. Pero Jesús no pierde la calma y la serenidad. Tendríamos que aprender mucho más allá de la cuestión que le plantean a Jesús, a actuar con la sinceridad, el respeto y la delicadeza con que actúa Jesús, que tantas veces nos cuesta.

Unas cuestiones, es cierto, que les tienen inquietos porque se siempre oprimidos por el pueblo que ha invadido su tierra y se han hecho dueños del poder. En el pueblo judío iba todo muy unido al aspecto religioso, porque para ellos era Dios al que querían considerar el único Señor de sus vidas. Así lo manifestaban incluso a la hora de proclamar su fe en sus oraciones. Ante Dios era ante quien únicamente querían postrarse. Los romanos habían venido convirtiéndose en señores de su tierra, reclamaban sus tributos, y hasta algunos signos politeístas habían puesto en el templo de Jerusalén, su lugar sagrado por antonomasia, y en sus pórticos. Ahora estaba la cuestión de los tributos.

Vemos con qué sabiduría responde Jesús a aquellas cuestiones, sin dejar de decir que Dios estaba por encima de todo – el anunciaba el Reino de Dios – pero que en lo humano habíamos de respetar lo que eran las leyes humanas que venían a garantizar la convivencia y la paz. Con su malicia quieren comprometer a Jesús haciendo sus propias interpretaciones de sus palabras, pero Jesús es claro y tajante en lo que tiene que transmitirnos. ‘Dad a Dios lo que es de Dios, dad al César lo que es del Cesar’.

Como seres humanos vivimos en el ámbito de una sociedad, no es ajeno Dios y nuestra fe a lo que humanamente hemos de vivir y de las responsabilidades que tenemos con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que construir. Como cristianos y como creyentes tendríamos que ser los mejores ciudadanos del mundo. No porque esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en expresión que nos habla de nuestra esperanza de vida eterna y la transcendencia que le damos a nuestra vida, significa que nos desentendamos de las tareas de nuestro mundo, de nuestra sociedad sobre la que vamos caminando y que entre todos tenemos que irla construyendo para hacer un mundo mejor. Y una forma también es la sinceridad y lealtad con que nos mostremos en la vida; ni las falsedades ni las vanidades contribuyen a mejor nuestras relaciones ni a hacer un mundo en el que seamos más felices. Cuidemos la rectitud de corazón con la que siempre hemos de obrar.