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martes, 31 de marzo de 2026

Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

 


Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Qué fáciles somos para las promesas en los momentos de entusiasmo. A veces las cosas nos parece que marchan bien y en nuestra mente nos creamos castillos en el aire, que pronto veremos quizás que se nos caen como un castillo de naipes que al menor movimiento de alguna de las fichas se viene abajo. Así nos entusiasmamos en muchos momentos de la vida, momentos de euforia y de felicidad y ya pensamos que todo siempre va a marchar sobre ruedas, momentos de fervor espiritual y nos hacemos mil propósitos, y nos decimos que las cosas ya no van a ser como antes pero pronto nos damos cuenta que la vida es más difícil y más dura, y nos faltan las fuerzas, o nos volvemos a encantar con las cosas de antes y todo se vuelve como una pendiente en que todo va resbalando y termina en una perdición.

Así Vivian momentos de entusiasmo los discípulos con Jesús sobre todo cuando veían que la gente le seguía y acudían a El de todas partes y parecía que aquello se convertía en un camino de triunfo; de ahí sus sueños, porque ya estaban aspirando a ver qué puesto les iba a tocar en ese reino que con el Mesías se iba a instaurar. ¿No recordamos el entusiasmo de Pedro en el Tabor que ya estaba allí montando tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías, olvidándose incluso de que ellos también estaban allí en el descampado y quizás las pudieran necesitar?

Son las emociones de la cena pascual lo que nos trasmite hoy el evangelio. Hoy se nos sitúa un pequeño marco de aquella cena donde se van a pronunciar palabras muy solemnes y de mucha trascendencia. Porque Jesús comienza anunciando una traición; y todos se revuelven porque les parece algo incomprensible, Juan en la cercanía de Jesús alrededor de la mesa se atreve a preguntar como en secreto a Jesús. Y Jesús untando un trozo de pan lo entrega a Judas indicándole que lo que ha de hacer que lo haga pronto. El resto no entiende, porque pensaban que era algún preparativo que Jesús le había encargado para la fiesta. Y Judas sale del Cenáculo, diciéndonos el evangelista que era de noche. De la luz se fue a la oscuridad, un tremendo y trágico signo por cuanto había de suceder. Un tremendo y trágico signo en el que tantas veces quizás nosotros también nos vemos envueltos.

Y Jesús presintiendo ya la pasión que iba a vivir a partir de ese momento sin embargo habla de glorificación. En un sentido muy a ras de tierra parecen palabras incomprensibles como les está resultado a los que quedan alrededor de la mesa. Jesús habla en cierto modo de su soledad, porque ellos no podrán seguirle, ¿o no serán capaces de seguirle?, tendríamos que preguntarnos porque quizás es también la misma debilidad que nosotros tenemos en la que no terminamos de mantener nuestra fidelidad. Cuántos tropiezos y caídas, cuántas marchas atrás y traiciones, cuántas veces nos quedamos por camino con nuestros cansancios o con nuestras desilusiones.

Pero allí está Pedro como siempre dispuesto a todo, aunque un día cuando Jesús anunciaba su pasión decía que eso no podía pasarle y trataba de disuadir a Jesús; pero ahora parece que está firme en su voluntad, ‘aunque todos te abandonen, yo no’, es la porfía con la que Pedro quiere presentar su disponibilidad. Bueno, llegaría a buscarse una espada que llevar consigo, como aparecerá en el huerto de Getsemaní.

Pero para él también tiene Jesús un anuncio. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Ya sabemos lo que sucedió más tarde. Pedro como todos cuando llegó la hora del prendimiento lo habían abandonado y se habían dispersado. Más tarde se atrevió a acercarse por el patio del Pontífice y había caído en la trampa porque hasta su hablar lo delataba como galilea y entonces amigo del Galileo que estaban juzgando y condenando; alguno incluso lo reconocería por haberlo visto en el huerto. Y vienen las negaciones, el recular y el querer esconderse, el no reconocer que conocía a Jesús quien tantas veces le había manifestado su cariño y su amor, quien había dicho las más bellas palabras sobre Jesús, aunque inspirado por el Padre del cielo.

¿No es también el camino que nosotros tantas veces hacemos? Pedro también se metió en las sombras de la noche, como tantas veces nos sucede a nosotros. Las tinieblas prefirieron la oscuridad a la luz, como nos decía el evangelio de san Juan. ‘Vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron’, y seguimos tantas veces sin reconocerle, o sin dar la cara por El. ¿Esta Pascua que vamos a vivir significará ya ese cambio definitivo porque vamos siempre a preferir la luz?

jueves, 29 de agosto de 2024

Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

 


Recibimos de manos del martirio de Juan Bautista un testigo para poner rectitud, verdad y justicia en nuestro mundo tan oscurecido por la maldad

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Marcos 6, 17-29

Normalmente no nos gusta escuchar verdades, cosas que nos hagan pensar, palabras valientes que nos señalen nuestros errores o denuncien lo malo que hacemos. Salvo que seamos personas de una humildad grande nuestra reacción suele ser fuerte cuando alguien se atreve a decirnos lo que no nos gusta, y si está en nuestra mano trataremos de revertir en esa persona todo aquello que nos dice y nos duele por dentro. No nos gusta vernos en un espejo sino para ver lo que llamamos el lado bonito de la cara. Y todos tenemos algún lado feo, por decirlo de alguna manera, porque todos cometemos errores, o en ocasiones nos dejamos llevar por la maldad y caemos por la pendiente. ¿Alguna vez nos atreveremos a mirarnos en el espejo en toda la crudeza de lo que es nuestra vida?

Es un primer pensamiento que me viene ante el evangelio que hoy se nos propone, sobre todo viendo la actitud y la postura de Herodes. Parece y es contradictoria, porque mientras dice que apreciaba a Juan Bautista y en ocasiones le escuchaba con gusto, sin embargo la pendiente por la que va resbalando termina en tragedia.

Es por una parte la vida disoluta y desordenada que llevaba por la que terminó tomando como mujer a la mujer de su hermano; Juan con la valentía del profeta le reprocha este comportamiento, pero en consecuencia Juan se va a cargar con las iras de esta mujer que convive con Herodes que le conducirá a la cárcel, buscando esta mujer la manera de quitarlo de en medio. Los buenos y los justos estorban, los que nos dicen las verdades que nos producen heridas en nuestro orgullo habrá que quitarlos de en medio.

Pareciera que se enfrentaran la fortaleza y la debilidad produciéndose la confusión de donde está la fortaleza y donde la debilidad. Quien se cree fuerte desde su prepotencia y orgullo acabará dejándose arrastrar por la más terrible debilidad de su espíritu que irá produciendo muerte a su paso; quien nos aparece débil porque incluso han querido quitarle la libertad nos dará testimonio de la fortaleza mayor que podamos encontrar. Por eso podremos decir que quien nos aparece fuerte en su poder se mostrará débil y dominado por sus propias pasiones para no saber distinguir donde está la verdadera dignidad.

Llegó el momento de aprovecharse de las circunstancias para correr por esa pendiente que lleva al crimen y a la muerte. El placer de una fiesta con todo lo que la acompaña mostrará la indignidad de quien desde una pasión es capaz de ofrecer todos los reinos del mundo, pero cuando se da cuenta de la consecuencia de sus palabras y promesas por miedo a la pérdida de sus prestigios no será capaz ya de volver atrás permitiendo la muerte de un justo.

¿Seremos nosotros débiles en nuestros orgullos, en el cuidado de nuestros prestigios, en promesas sin sentido, en falsos respetos humanos, aunque no nos importen las circunstancias? En muchas ocasiones de la vida no estamos tan lejos de lo que hoy estamos juzgando de las actitudes y posturas de Herodes; cuántas veces callamos, miramos hacia otro lado, queremos mantener nuestra presencia digna porque no queremos avergonzarnos ante los que creemos que son nuestros amigos, aunque sabemos que estamos en un error o se va a cometer una injusticia, o simplemente estamos dejándonos llevar por la pasión. ¿No queremos muchas veces acallar la voz de la verdad y de la conciencia que nos hace encontrarnos con nosotros mismos?

Enfrente tenemos la figura de Juan, pequeño e insignificante porque decía él que no le importaba menguar para que creciera quien venía como salvador, alguien que solo se decía que era la voz que clama en el desierto, porque ni era profeta ni era el Mesías, sino quien venía a preparar caminos, pero cuya voz resonará fuerte para señalarnos los caminos, pero para indicarnos con toda claridad quien era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan tan pequeño que le veremos ahora privado de libertad, pero que su voz sigue resonando aunque incomode a los poderosos porque es fiel a una misión que ha recibido y la verdad no se podrá nunca acallar. Es el que en el silencio y la austeridad del desierto encontró la fortaleza que le venía de Dios para no temer ni la muerte ni el martirio y así se convierte en el gran testimonio que hoy seguimos necesitando.

Necesitamos de ese silencio, de esa austeridad, de ese desierto que como un baño nos purifique para que en verdad podamos abrirnos a Dios y descubrir el testimonio que necesitamos dar hoy en nuestro mundo y aprender a sentir la fuerza de lo alto que nunca nos faltará. Hemos de aprender a escuchar esa voz, aunque nos resulte a veces molesta, que nos hace encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.

Tenemos que preparar caminos, abrir sendas a nuestro paso con el propio testimonio de nuestra vida, pero también con nuestra palabra valiente; tenemos una luz que llevar no solo en nuestras manos sino en nuestra vida al mundo tan a oscuras en medio del cual vivimos; no podemos permitir que las tinieblas de la maldad sigan ensombreciendo nuestro mundo. Tenemos que dar testimonio de la verdadera rectitud y justicia que sean base y fundamento de un mundo mejor.

Es el testigo que de manos del martirio del bautista recibimos.