Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe
Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35
La imagen que nos propone hoy Jesús me transporta poco menos que a mi infancia; en casa teníamos gallinas como era habitual entonces en nuestras casas en el campo y siempre recuerdo con cierta emoción y añoranza aquella imagen de la gallina que salía con sus polluelos tras ella por los patios y finalmente ver a la gallina anidando bajo sus alas a los pollitos, como decíamos, mientras alguno se escapaba de su protección y ella con su pico lo volvía hacer que se refugiara al calor de sus alas. ¡Cualquiera se atrevía a tratar de coger alguno de aquellos polluelos refugiados bajo las alas de la gallina madre!
Con una ternura sin igual Jesús habla de cómo El, como una gallina que cuida a sus polluelos bajo sus alas, se ha preocupado, digámoslo así, de estar a nuestro lado para ayudarnos a hacer nuestro camino. Se desprenden estos sentimientos del corazón de Jesús cuando por un lado le hablan de cómo Herodes está preguntando por Él y no con buenas intenciones, pero también cómo siente que no todos quieren escucharle y seguirle y que está emprendiendo un camino que le llevará a la Pascua.
No le preocupa tanto lo que Herodes pudiera hacerle, y Jesús se mantiene valientemente sin ningún temor en su anuncio del Reino de Dios, pero si sabe que su camino va a terminar en pasión. Ahora directamente no lo dice como ya lo ha anunciado en otros momentos, pero ahí está la lamentación por Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ‘No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’ dice sin embargo y sabe bien cuál es su camino de pascua.
¿Seremos nosotros igualmente conscientes de cuál es nuestro camino cuando queremos ser en verdad testigos del Evangelio? No es el discípulo mayor que su maestro, nos dirá en otra ocasión. Nuestro camino no es otro que Jesús. Ya nos dirá ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Y nosotros tenemos que plasmarlo. Y no vamos a estar pensando si somos o no somos aceptados, lo importante es nuestra fidelidad que dará testimonio de Jesús, que dará testimonio de esa buena noticia que vamos haciendo vida en nosotros. ¿Habrá quien no lo entienda? No vamos buscando el aplauso de los hombres.
Demasiado queremos en ocasiones contentar a todo el mundo y hacemos o no hacemos las cosas porque caigamos bien o no, o porque queremos ser aceptados por todos. Cuando vamos con esas prevenciones no estamos siendo fieles a Jesús que fue en verdad signo de contradicción y ante el cual había que decantarse claramente. ‘Conmigo o contra mí, y el que no está conmigo desparrama’. Vamos desparramando demasiado cuando queremos contentar a todos, cuando buscamos aplausos y reconocimientos o mantener nuestros prestigios ante los ojos de los hombres.
Pero siguiendo con la imagen con que se presenta Jesús y que mencionamos al principio de nuestra reflexión de hoy, Jesús está queriendo acogernos bajos alas, es nuestra protección, es nuestra roca y nuestra fortaleza; para eso nos da su Espíritu, que pondrá fortaleza en nuestro corazón, palabras en nuestros labios y valentía para el testimonio.
Como nos decía san Pablo en la Carta a los Efesios, ‘por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios’. Estamos revestidos de la armadura de Cristo; en nuestra oración nos llenamos de Dios y nos sentimos fortalecidos.

