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viernes, 9 de octubre de 2026

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 


Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 Gálatas 3, 7-14; Salmo 110; Lucas 11, 15-26

Una casa vacía, con bonitas apariencias externas puede ser un peligro de ser asaltada y ocupada con las dificultades subsiguientes para arrojar de ella esos nuevos ocupantes. El ejemplo lo estamos escuchando continuamente en noticias que nos hablan de asaltos y de ocupaciones, pero no queremos referirnos a esas situaciones sociales del momento sino que podemos ponerlo de ejemplo de lo que nos puede suceder a nosotros mismos con nuestra vida. Queremos vivir bien y nos hemos ido rodeando en esta sociedad que ahora llamamos o con la que ahora soñamos del bienestar de multitud de cosas que pensamos que nos hacen bella la vida, nos rodeamos de comodidades, queremos hacernos la vida fácil, nos llenamos de adornos de materialismo y de sensualismo porque queremos tener de todo y queremos disfrutar de todo, pero ¿cuáles son las riendas por las que marcha nuestra vida?

Sí, tenemos que preguntarnos, ¿cuáles son los valores en lo que la hemos fundamentado para que cuando venga un temporal no sea arrasada? ¿Cuál es el sentido profundo que le hemos dado a nuestra vida? ¿Llegaremos a darnos cuenta de que a pesar de todas esas cosas de las que queremos disfrutar nuestra vida está vacía? ¿Donde encontramos de verdad apoyo y fortaleza para cuando vengan los momentos de prueba? Incluso en las vivencias religiosas o de intento de espiritualidad que podemos tener, ¿en qué o en quien las fundamentamos?

Quizás nos damos cuenta de que nos llamamos cristianos, pero Cristo no aparece por ningún lado en nuestra vida. ¿Dónde está una auténtica y verdadera fe en Jesús? ¿Nos quedamos en devociones a imágenes que pueden terminar en un fanatismo religioso pero que no dan fundamento a nuestra vida?

Muchos seguían a Jesús por los caminos de Galilea y Palestina quizás entusiasmados con sus milagros, pero pocos fueron los que llegaron con Él hasta el pie de la cruz; y a todos les costó mucho pasar por aquella prueba y luego cerciorarse de que era verdad que había resucitado como lo había anunciado. Pero ahora mismo vemos quienes hacen interpretaciones de sus milagros, porque quizás vieran en peligro aquellos posicionamientos que en nombre de la religión habían tomado, y llegan de forma que nosotros hoy consideramos blasfema a decir que Jesús realizaba aquellas expulsiones de demonios con el poder del mismo demonio. Les costaba entrar en el camino de la fe que Jesús les estaba señalando, porque quizás a ellos les agradaba más mantener sus prestigios sobre los que los rodeaban.

Entremos en ese camino de la fe para que Jesús sea el verdadero fundamento y sostén de nuestra vida. Es la fe en Jesús la que nos llevará a la salvación, como nos ha estado reflexionando el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas que también estamos escuchando. Es Jesús el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no sea una casa vacía que sea fácil de asaltar. Son las imágenes que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio.

Muchas veces también desde una forma humana queremos ordenar y organizar nuestra vida, nos hacemos buenos planteamientos de cosas que tenemos que intentar hacer mejor para nosotros también ser mejores, pero solo confiamos en nuestras planificaciones y en la fuerza que tenemos en nosotros mismos; es bueno tener una voluntad fortalecida para enfrentarnos a esos caminos de la vida pero tenemos que darle otra hondura a nuestra vida para alcanzar esas metas más altas, es la verdadera espiritualidad de la que tenemos que llenar nuestro corazón que será luego como esa lanzadera que nos hará llegar a metas más altas.

Pero no es una espiritualidad cualquiera, una espiritualidad fundamentada en nuestra fe en Jesús. Es la cepa profunda en la que hemos de enraizar todos los sarmientos de nuestra vida si queremos en verdad que dé fruto. Sin mí, nos dice Jesús, no podéis hacer nada. Por eso nos dirá en otro momento que Él es el Camino, y la Verdad, y la Vida, y nadie va al Padre sino a Él. Hoy nos está pidiendo que no andemos haciendo dobles juegos, como nos dirá en otro momento que no andemos haciendo remiendos o componendas en nuestra vida. Hoy nos dice claramente o que estamos con Él o que estamos contra El. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud.


sábado, 29 de agosto de 2026

Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

 



Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

1Corintios 1, 26-31; Salmo 32; Marcos 6, 17-29

‘Es un veleta’, habremos escuchado alguna vez - ¿o quizás nos lo han dicho a nosotros? – en referencia a una persona que no tiene criterios, que parece que actúa siempre sin fundamento porque carece de principios en los que encuadrar su vida, las decisiones que toma, la manera de hacer las cosas; hoy dice una cosa y mañana según convenga, según las presiones que soporte, según sea de donde corre el viento así está actuando. En un momento determinado se deshace en alabanzas hacia una persona, cuando al momento siguiente la está criticando o denostando de lo que hace o de lo que dice; en un momento se presenta como una persona recta que incluso quiere enseñar a los demás, pero pronto veremos que su vida no es tan recta, que mucha es la malicia que pervive en su corazón, que el orgullo y el amor propio son los criterios con los que actúa, y en su vida no encontramos sino doblez, vanidad y falsedad.

No podemos ir por la vida de esa manera, porque aunque todo tratemos de cubrirlo con sonrisas y palabras bonitas en el fondo nos sentimos unos desgraciados, vacíos y sin nada en que fundamentar nuestra vida, nuestras reacciones serán de desconfianza pero en consecuencia quizás para mostrarnos con una firmeza que no tenemos nos volvemos violentos e intransigentes con todo el mundo, caemos por una pendiente en la que parece que no podremos parar nunca.

Puede parecer una descripción fuerte pero tenemos mirarnos con sinceridad y tomarnos más en serio nuestra vida, aceptando aquello que nos hace pensar, lo que nos descubre que hay otro camino y otra manera de hacer las cosas, que nos ayuda a centrar mejor nuestra vida y a buscar esos buenos criterios por las que ha de regirse nuestra vida y nuestras decisiones. Es lo que nos está diciendo el evangelio de hoy.

Resumido en pocas palabras diríamos que nos habla del martirio del Bautista pero detrás de ello nos quiere decir muchas cosas y nos obliga a contemplar con crudeza también el cuadro de nuestra vida. Hay dos posturas, dos criterios, dos maneras de entender las cosas que se contraponen y se reflejan en los personajes que nos aparece en el texto sagrado. Como música de fondo, podríamos decir, pero ofreciéndonos una hermosa coral está la figura del Bautista, que no se reduce a las pocas cosas que ahora se nos dicen. Detrás está toda su predicación en el desierto y su forma de vivir, en primer plano nos aparece su valentía para denunciar la corrupción de Herodes por su manera de vivir que precisamente le ha llevado a la cárcel, pero aparece como apoteosis final su fidelidad y su martirio; es el testigo de algo nuevo y distinto que aparece en su figura que incluso les hará decir en quien puede parecer su enemigo que Juan era un hombre justo y santo. Ahí tenemos su testimonio que llevará con toda fidelidad hasta el final.

Como contrapunto está la figura de Herodes, quien dirá de Juan cosas hermosas, que aunque le inquietaba tenía el gusto de escucharle, que decía incluso que lo defendía pero que sin embargo su vida va rodando por una pendiente de la que parece que no hay manera de zafarse. No deja de ser incongruente porque su vida escandalosa sigue adelante, su manera de vivir reflejada en su mal llamado matrimonio pero también la superficialidad de su vida donde todo parece ser banquetes, fiestas y placeres, pero será la falta de respeto a sí mismo cuando simplemente parece estar más sujeto a la buena consideración que reciba de los demás; ‘por su juramento y por el qué dirán de sus invitados no querrá desairar’ a quien es capaz de pedir una vida humana.

Muchas consideraciones nos hemos hecho cada vez que hemos meditado este evangelio tanto en referencia a las inocuas posturas de Herodes pero también de la luz que sigue derramando sobre nosotros la figura del Bautista, la voz que clama en el desierto, que sigue clamando en nuestros desiertos, en las sequedades con que vivimos hoy nuestra vida y que necesitamos esa voz que nos grite y que nos despierte.

Quedémonos hoy preguntándonos donde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y nuestra manera de actuar, preguntándonos por la congruencia de nuestra vida o si acaso nosotros somos también como veletas que señalan direcciones opuestas según venga el viento quizás del qué dirán o de nuestras superficialidades que nos pueden llevar a un terrible vacío espiritual en nuestras vidas.

¿Trataremos también de apagar quizás esa voz que nos grita y nos despierta porque preferimos seguir en la vaciedad de nuestras rutinas?


sábado, 6 de junio de 2026

Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios


Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios

2Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Marcos 12, 38-44

¿Seguiremos hoy haciendo gala de nuestros ropajes, aprovechando cualquier oportunidad para hacer gala de nuestra importancia, para hacer a los demás nuestra valía o la capacidad que tenemos de influencias, avasallando con nuestra preponderancia a los que nos rodean porque nos sentimos superiores? No se trata, y creo que lo entendemos, de tocar trompetas o campanillas delante de nosotros como nos denuncia hoy Jesús en el evangelio la actitud de los escribas, pero sí de ciertas actitudes que muchas veces nos rebrotan con las que vamos haciendo nuestras distinciones, vanidades que nos endiosan, o actitudes discriminatorias porque con no todos queremos mezclarnos.

El evangelio de hoy es para escucharlo con atención y meditarlo mucho en nuestro corazón. Porque frente a aquello con lo que Jesús estaba haciendo reflexionar a la gente aparece inmediatamente reflejado en aquellos que van entrando en el templo. Y Jesús nos hace estar atentos, solo El será capaz de percibir el sentido de los gestos que allí se van manifestando. Allí están las arcas de las ofrendas y Jesús observaba como ostentosamente muchos hacían grandes ofrendas, mientras había quien humildemente ofrecía de lo poco que tenía pero nunca buscando la ostentación ni la apariencia de la vanidad.

Es Jesús el que observa la ofrenda de aquella viuda pobre que solo echó dos monedillas, como nos comenta el evangelista, un cuadrante. Y Jesús lo destaca, se lo hace ver a los discípulos que tiene más cercanos. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el que se apoya en la vida no en lo que tiene, sino que pone toda su confianza en Dios. Ha echado todo lo que tenía para vivir, que señala Jesús; se ha quedado sin nada. Es la mujer de la bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielo’, que nos dirá Jesús en el Sermón del Monte. ‘Dichosos los que tienen hambre, porque ellos serán saciados’, seguirá diciendo Jesús.  Ya María había cantado también dando gloria a Dios por las maravillas que realiza en nosotros porque ‘su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

¿Quién salió enaltecido y colmado de bienes ese día del templo? Quienes tacañamente se habían contentado con dar de lo que les sobra, seguramente saldrían con el corazón vacío, quien se había desprendido de todo por la generosidad de su corazón llevaría en sí un gozo y una satisfacción que por nada se podría cambiar. ¿No nos habrá sucedido a nosotros mismos en alguna ocasión en que a regañadientes, porque por algunas circunstancias nos vimos como obligados, tuvimos que desprendernos de alguna cosa que luego nunca sentimos ninguna satisfacción interior sino que más bien seguíamos rechinando por aquello que hicimos a regañadientes? ¡Qué bien nos sentimos cuando somos generosos y desprendidos aunque nos quedemos sin nada!

Aquel fariseo de la parábola que había subido al templo para hacer gala delante de todos de lo bueno que era y de las cosas que hacía, nos dice Jesús que no bajó justificado, pero sí aquel que se había sentido pequeño y humilde poniendo su vida en las manos de Dios. Detrás de nuestras vanidades, de nuestras apariencias, de nuestras aspiraciones a grandezas humanas, como decíamos al principio, ¿qué es lo que nos queda? Un vacío interior. Solo en el amor y en nuestra confianza en Dios es cómo realmente nos sentiremos saciados.

 

viernes, 3 de abril de 2026

Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 


Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 

La loza del silencio cayó sobre la tarde, solo se escuchaba el rastrear de unos pasos en una pequeña comitiva de la que no salía ningún murmullo: todo lo envolvía el silencio, allá arriba sobre la roca quedaba aquel lugar de tormento desde el cual se bamboleaban aun mecidas por el viento aquellos lienzos que habían servido de sudario para bajar el cuerpo de la cruz; allí en las cercanías en medio de un huerto había una tumba que aun no había sido utilizada y que sirvió para depositar el cuerpo muerto de Jesús. Unos buenos hombres habían conseguido la autorización y traído algunas libras mezcladas con aloe para embalsamar poco menos que a la carrera su cuerpo. Ahora en silencio acompañaban a la madre en su soledad aunque uno de los discípulos se había hecho cargo de ella como último deseo de Jesús.

Así nos hemos quedado igualmente petrificados por el silencio y sintiendo enormemente la soledad, por eso había que acompañar a la madre porque ella vemos reflejadas tantas soledades, las que ahora mismo nosotros podemos sentir con la muerte de Jesús si no fuera que por la fe no nos faltan del todo la esperanza de que sus palabras se cumplirán; mientras esperamos en este día de silencio y de soledad, en que podemos sentir un vacío que no sabemos cómo llenar como tantos que se ven solos y abandonados, que van haciendo los caminos de la vida en soledad y parece que sin rumbo ni destino, como tantos que pueden sentir la ausencia de los seres queridos tan lejanos y no solo porque la geografía haya puesto tierra por medio, sino porque tantas veces creamos abismos que nos aíslan, o se rompen puentes que un día nos mantuvieron cercanos, o porque en nuestros orgullos no sabemos rellenar esos valles que ahora nos están distanciando; o la soledad de tantos que se sienten olvidados y abandonados  porque los consideran molestos y un estorbo y los encerramos quizás allí donde no se puedan escuchar sus gritos o nadie pueda mirar sus ojos que piden una compañía, o unos oídos que los escuchen.

Cuando en esta tarde del viernes o en este amanecer del sábado seguimos sintiendo ese silencio de soledad cuando acompañamos a María parece que queremos hacernos unos propósitos, que queremos dar unos pasos para que esa maliciosa espiral desaparezca. Por eso nos miramos a nosotros mismos y nos analizamos que hemos puesto o no en nuestras vidas para crear esas soledades; nos prometemos que vamos a comenzar a tener una mirada distinta con los que nos rodean para ser capaces de sintonizar ese silencio de soledad en la que se pueden sentir envueltos.

Este dolor en el alma que estamos sintiendo cuando hemos dejado a Jesús en el sepulcro y hemos acompañado a María en silencio ante su dolor tiene que despertar en nosotros unos nuevos sentimientos, una nueva manera de mirar, un compromiso de que las cosas las vamos a hacer mejor, las vamos a hacer de otro manera, de que vamos a encontrar esas soledades y vamos a comenzar ese ejercicio de acercanos y acompañar.

Tenemos la esperanza de la resurrección de Jesús que ya pronto celebraremos y ansiones esperamos, pero no puede ser como algo mágico y milagroso acontecido en otro tiempo sino que esa resurrección vamos a comenzar a vivirla cuando comencemos a resucitar ilusión, vida y esperanza en quienes se sienten solos pero a los que desde ahora le vamos a dar más compañía. Es el milagro de la resurrección que vamos a vivir porque con ello nosotros también nos vamos a sentir resucitados en todos esos nuevos puentes que vamos a tender para salvar abismos, en todas esas manos que vamos a ofrecer que sirvan de apoyo y borren sentimientos se soledad, en ese amor que vamos a ser capaces de ofrecer para que vuelvan a florecer las sonrisas y a sentir el perfume de amistades renovadas.

Es el signo de resurrección que hemos de dar ante el mundo que nos rodea en el que vayan desapareciendo esas soledades.

sábado, 28 de febrero de 2026

El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

 


El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

A veces parece como si nos rigiéramos en la vida por la ley de mínimos. ¿Cuánto es lo mínimo que tengo que hacer para lograr lo que busco? La podríamos llamar también la ley del mínimo esfuerzo; es el simplemente contentarnos con cumplir y si ya llegué al mínimo exigido ¿para qué esforzarme en dar más? Hacer las cosas solo por cumplimiento es hacerlas sin espíritu, sin calor del alma, con poca intensidad, incapaces de animar y contagiar.

Yo pienso que actuar así es una pobreza de miras, faltan ilusiones y metas que nos eleven, no somos capaces ni de desarrollar lo que somos, nuestras posibilidades y nuestras capacidades que son mucho más que eso mínimo con lo que nos contentamos; es una pobreza de vida, porque la pobreza no son solo las carencias que tengamos sino ese espíritu que no tiene metas, que no busca lo mejor, que no aspira a más, que no es capaz de poner toda la carne en el asador; parece que siempre se está resguardando, pero ¿para qué?, si siempre voy a seguir arrastrándome sin ser capaz de levantar la mirada para ir más allá.

Es, por ejemplo, lo que dicen algunos, yo soy muy amigo de mis amigos, pero ¿entonces te cierras a la posibilidad de conocer a alguien más, de tener nuevos amigos porque tu seas el que ofrezcas amor y amistad, de hacer el bien también a los que no hacen nada por ti?

Nos lo está diciendo claramente Jesús cuando nos habla del amor, cuando nos habla de la humanidad que hemos de poner en nuestro trato con los demás y en nuestras relaciones. ¿Qué haces de extraordinario si solo saludas al que te saluda? Eso lo hace cualquiera. Pero al seguidor de Jesús se le pide más porque es un amor creciente el que tiene que animar su vida. Un amor estancado le pasa como al agua estancada que se vuelve putrefacta; un amor estancado se va vaciando de contenido día a día; un amor estancado es el que está midiendo lo que el otro hace por mi para yo no pasarme en mis gestos de amor ni de ir más allá.

Hoy nos dice Jesús, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Por eso ha comenzado hablándonos de la universalidad del amor; y como nos dice también hemos de amar a los enemigos, a los que nos han podido hacer daño; costará, pero es que no estamos yendo por lo mínimo, estamos hablando de amor, porque además nos sentimos amados de Dios; y el amor es dinamismo, el amor es algo que se crece cada día cuando es verdadero amor, el amor no pone límites ni hace distinciones. Amas porque te das, eres capaz de vaciarte en los demás.

Contrapone Jesús no simplemente lo que era la ley antigua, sino la interpretación que se había hecho de la ley de Dios. ‘Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Y es que todo arranca de ese amor de Dios que sentimos y experimentamos en nuestras vidas. Dios hace salir el sol para todos, no solo para los buenos.

Es levantarnos el listón. Cada día un paso más, cada día un poco más alto. ¿Cuesta? Ahí está el valor. No solo son los mínimos, porque con el amor no se puede andar con medidas. Somos capaces de superarnos, somos capaces de ir más allá. Somos capaces de crecer en el amor.

Como decíamos, el modelo lo tenemos en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Es lo que contemplamos en Jesús que nos está regalando continuamente su amor. No podemos andar, pues, en esa pobreza de vida, con ese raquitismo en el amor, con esa mediocridad en nuestras metas

martes, 25 de noviembre de 2025

De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

 


De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

Daniel 2,31-45; Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11

La vanidad se disuelve como el humo. ¿A qué viene esto que estoy diciendo? La vanidad es humo. Así serán las cosas que hacemos por vanidad, nos quedamos en la apariencia pero dentro están vacías de contenido. Demasiado vamos en la vida con ese sentido. ¿Hacemos las cosas para que nos vean? ¿Por quedar bien? ¿Para que piensen de nosotros cosas bonitas? ¿Y de todo eso qué es lo que queda?

Me estaba acordando ahora de la casa aquella que tenía dos cocinas, una muy bonita, muy arreglada, siempre limpia y pulcra, con buenas vajillas en las alacenas y muchos utensilios de lujo. Pero no se utilizaba para nada, ni en los días de fiesta, era para decir que se tenía buena cocina e incluso enseñársela llenos de orgullo a las visitas; para hacer la comida, para encender el fogón sin miedo a los humos se tenía otra en el patio, donde los humos no se metieran dentro de la casa; esa no importaba como estuviera, era la de todos los días.

¿No andaremos en la vida en muchos aspectos, en muchas de las cosas que hacemos o tenemos con esos criterios de duplicidad? Apariencias, pero vacíos; mucha buena presencia por fuera, pero sin humanidad por dentro; locuras y carreras de la vida para tener muchas cosas de apariencia, pero luego una vida vacía, sin ilusión ni entusiasmo, sin ganas de hacer de verdad algo útil y que deje huella. Vanidad de vanidades y todo es vanidad, como decían los libros sapienciales del Antiguo Testamento.

Y eso puede ser pauta de la vida social, de lo que se hace y se vive en nuestra sociedad muchas veces tan llena de hipocresía, pero eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y lo que en verdad tendría que ser nuestra vida cristiana. Sabemos muchas cosas, pero pocas cosas vivimos; nos sabemos el evangelio de memoria, pero los valores del evangelio están lejos de nuestra vida; no gloriamos de que tenemos una hermosa iglesia, y con eso nos estamos refiriendo a nuestros templos que podremos incluso tener bien cuidados, pero poco se siente el sentido de comunión, el sentido de comunidad y familia en nuestras parroquias; podemos hacer unas celebraciones muy suntuosas y bonitas, que se quedan como un adorno, porque es la Palabra de Dios a la que menos se le da importancia.

Mucho podríamos seguir abundando en este sentido en nuestra reflexión. Si viene alguien de fuera y le vamos a enseñar nuestra iglesia, hablaremos de si historia y de su arte, recordaremos las hermosas y artísticas imágenes que tenemos e incluso parece que hiciéramos una lucha entre una imagen y otra, entre un santo y una virgen para decir quien es más milagroso y tiene más devotos; pero ¿le hablaríamos de la intensidad de vida de aquella comunidad, hablaríamos de los grupos de apostolado o de formación que tenemos, hablaríamos del interés que la gente pone no en adornar la iglesia para que esté muy bonita sino en el anuncio del evangelio queriendo llegar a todos, buscando siempre nuevos cauces de evangelización?

La pantalla que ponemos delante con nuestras vanidades no nos deja ver ni encontrar lo profundo que tendríamos que llevar en el corazón. El humo de la vanidad que se disuelve y del que no queda ni el rescoldo que mantiene caliente el corazón.

Hoy el evangelio comienza diciéndonos las ponderaciones que se hacían algunos de la belleza y grandiosidad del templo de Jerusalén. Pero pareciera que Jesús les arroja un jarro de agua fría frente a todas aquellas alabanzas. Ya en otra ocasión defenderá la pureza del templo que en verdad tenía que se casa de oración pero como les decía entonces la habían convertido en cueva de ladrones, pues más parecía un mercado que un lugar sagrado para el encuentro con Dios.

También nos enseñaba cómo habíamos de ser templos de la gloria de Dios por la santidad de nuestra vida y por eso quiere hipocresías sino autenticidad; justo alababa también a quien era capaz de darlo todo, aunque no tuviera ni para comer como aquella viuda que recientemente hemos contemplado, porque en realidad buscaba siempre primero la gloria de Dios, ‘primero buscad el reino de Dios y su justicia, nos decía, que lo demás se os dará por añadidura’.

Pero hoy cuando se hacen tantas ponderaciones de la belleza del templo les anuncia que todo aquello que están contemplando no quedará piedra sobre piedra. No es que Jesús quisiera que se destruyera el templo, pero era profeta de la historia y sabía en qué había de quedar todo aquello.

Pero ¿no será profeta también de nuestra vida y nos está diciendo que solo nos quedamos en la vanidad y en la apariencia mientras estamos vacíos por dentro todo se va a quedar en nada? Un interrogante para lo que hacemos de nuestra vida, para lo que hacemos de nuestra iglesia ¿estaremos vacíos por dentro y todo se nos queda en vanidad exterior? Creo que tenemos que preguntárnoslo seriamente como tiene que preguntárselo también la Iglesia.

lunes, 20 de octubre de 2025

Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

 


Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

Romanos 4, 20-25; Sal. Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

Hace unos días alguien me comentaba con gozo cómo ahora le iban marchando mejor las cosas, después de haber conseguido un trabajo más estable; esta persona, por supuesto, en sus planes no estaba por el derrochar como consecuencia de que ahora le iban las cosas mejor, y comentábamos entre los dos la tentación que podía surgir de comenzar a tener una vida esplendorosa y analizábamos un poco el valor que habíamos de darle a esos bienes materiales con una mirada más amplia de solo quedarse en lo mejor que podemos vivir ahora queriendo incluso disfrutar más allá de las posibilidades, pero que además con lo que tengamos no podemos encerrarnos en nosotros mismos, porque terminaríamos volviéndonos egoístas e insolidarios.

Me vino el recuerdo de esta conversación a partir de lo que escuchamos hoy en el evangelio. La ocasión vino de unos pleitos entre hermanos por cuestión de herencias y posesiones en lo que querían que Jesús tomara parte como juez, pero que Jesús aprovecha para dejarnos hermosas enseñanzas. ‘Mirad, les dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y tenemos que pensarnos esta consideración de Jesús. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Cuáles son realmente nuestros objetivos y nuestras metas? ¿Qué es lo que consideramos primordial? ¿El dinero? ¿El poder? ¿El placer? Miremos a nuestro alrededor y veamos las tensiones y tentaciones a las que estamos continuamente sometidos. ¿En que ponemos nuestra felicidad? ¿Queremos ir de ‘sobrados’ en la vida? ¿Dónde ponemos todos nuestros esfuerzos?

Jesús para ayudarnos a comprender sus palabras nos propone una sencilla parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha y almacenó muchos bienes y riquezas de manera que incluso tuvo que agrandar sus bodegas; le parecía que ya tenía la vida resuelta; ¿para qué trabajar mas? A darse la buena vida. Mira por donde andan nuestros sueños. No es que no tengamos que disfrutar de la vida; Dios no quiere eso para el hombre, por eso cuando nos creó nos puso en un jardín al que llamamos paraíso terrenal. Y queremos seguir soñando con ese paraíso terrenal. ¿Lo llamamos estado del bienestar? ¿Nos construimos un mundo de placeres? ¿Nos engallamos con el poder de manera que no hay quien nos baje de los pedestales?

Dios quiere, es cierto, que seamos felices. Las señales del Reino nuevo de Dios que viene a instaurar pretenden que el sufrimiento vaya desapareciendo de la vida, que en lugar de hacernos daño con nuestros orgullos y egoísmos seamos capaces de buscarnos mutuamente el bien los unos de los otros. Y por ahí tendrá que ir el sentido de todo lo que somos y de lo que tenemos, no solo para una satisfacción personal, solo para mi propio placer, sino hacer que desde lo que soy y tengo pueda contribuir, pueda hacer que los demás sean más felices, que todos seamos más felices.

No es enrocarnos en nosotros mismos. Porque ese mundo ficticio e interesado que nos creamos un día se nos desinflará y nos quedamos en nada. La parábola habla de que aquella noche le llegó la hora de la muerte a aquel hombre y se pregunta ¿todo lo almacenado de quien será? Ya en la motivación de la parábola estaba la petición que le hacía alguien a Jesús para que actuara de juez entre pleitos de hermanos por herencias. Y bien sabemos cómo nos destruimos a nosotros mismos y terminaremos por no disfrutar de nada cuando vivimos con esos apegos y esclavitudes de lo material.

‘Así es el que atesora solo para sí y no es rico ante Dios’, termina diciéndonos Jesús.

lunes, 18 de agosto de 2025

Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

 


Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

Jueces 2,11-19; Salmo 105; Mateo 19,16-22

Andamos por la vida en una carrera loca queriendo ser más, queriendo tener unos medios en nuestras manos que nos ayuden a vivir bien, en nuestra locura nos afanamos por tener más y ansiamos tener los medios que sean para vivir mejor, tener de todo, lo que llamamos disfrutar de la vida, buscamos mejores puestos, que nos consideren alguien importante en la vida, buscar las mejores satisfacciones, pero quizás en un momento nos detenemos, paramos esa carrera, porque aunque tengamos de todo, poder e influencia incluso, sin embargo quizás nos sentimos insatisfechos, como si estuviéramos vacíos y nos preguntamos quizás qué más podemos hacer, que tendríamos que hacer para sentirnos llenos de verdad.

¿Nos habrá pasado a nosotros? ¿Alguna vez habremos sentido un revulsivo por dentro que nos hacía hacernos preguntas sobre nuestra vida, lo que hacemos y lo que somos, o las metas que tendríamos que tener? ¿Vivimos quizá en la inconsciencia de solamente dejarnos arrastrar por la vida, lo que palpamos en nuestro ambiente, lo que son las aspiraciones de la mayoría? ¿Nos habremos encontrado en alguna ocasión con personas que se hacen esos planteamientos porque se sienten vacías? Alguna confidencia de un amigo o de alguien que encontró confianza en nosotros hayamos podido quizás encontrar. ¿Habremos sabido darle respuesta? No es fácil.

En el evangelio hoy nos encontramos con un caso así. Un joven que se acerca a Jesús para hacerle una pregunta que para él considera importante y no sabe cómo darle respuesta. Ya nos dirá luego el evangelista al continuar el relato que era rico. Habrá escuchado en alguna ocasión hablar a Jesús o visto su forma de actuar que le hizo sentir interrogantes en su corazón. No se siente satisfecho con su vida a pesar que tiene de todo e incluso por lo que luego vamos viendo también una buena educación. Pero sabe que le falta algo. ¿Qué tiene que hacer? ¿Será algo que de alguna manera pueda comprar con los medios y riquezas que posee?

También nosotros muchas veces pretendemos solucionarlo todo comprando cosas que hacer. Algunos regalos que hacemos ¿en cierto modo no tienen en el fondo esa finalidad? Pasa en nuestras mutuas relaciones, pero pasa en algo más hondo en nuestra relación con la Iglesia y con las cosas de Dios; con dinero parece que lo solucionamos todo, hasta la vida eterna de nuestros difuntos, cuántas más misas paguemos parece que nuestros dineros sirven de llave para que se abran las puertas del cielo.

Pero las medidas de Jesús son otras. Hay cosas que no se pueden comprar con dinero. Lo que viene planteando este joven rico tiene otros caminos de solución. Es una vida que hay que vivir, por eso le dice Jesús que cumpla los mandamientos. Los mandamientos no son simplemente unas reglas o unos protocolos que hay que seguir, los mandamientos nos dan un sentido de la vida que va a ser la base de ese crecimiento como personas y de ese crecimiento humano y espiritual. No son cosas para rellenar una casilla.

Claro que este joven era bueno, en eso había sido educado y como dice él los ha cumplido desde su niñez. Entonces Jesús mirándole a los ojos con cariño le dice que ha de dar un paso más en su vida, ha de saber despojarse de las cosas para llenar su vida de lo que verdad vale. Por eso le pide que se desprenda de lo que tiene, que comparta todo con los que nada tienen, aunque él se quede desnudo externamente de esas riquezas y de esas vanidades externas que parece que eran lo que le hacía poderoso, se verá en verdad lleno por dentro, como le dice Jesús, tendrá un tesoro en el cielo.

Podía parecerle fácil la solución que él pedía, que era algo así como comprar la vida eterna haciendo algunas cosas, pero Jesús le está diciendo que encontrar el camino de la vida eterna es vivir ahora en ese sentido de vida. No podrá dar ese paso, porque aun su corazón no está preparado para desprenderse de todo y se marchó triste.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros? Son preguntas que tenemos que hacernos, son procesos de nuestra vida  para encontrar lo que de verdad nos llene, lo que dé sentido de plenitud a nuestra vida. El evangelio nos va señalando los pasos que cada día hemos de ir dando. Jesús nos está mirando a los ojos y esperando nuestra respuesta.


sábado, 14 de junio de 2025

Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

 


Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

2Corintios 5, 14-21; Salmo 102; Mateo 5, 33-37

Algunas veces nos encontramos con personas que parece que no saben pronunciar dos palabras sin que por medio esté un juramento. ¿Será porque sus palabras habitualmente son vacías y sin contenido y ahora para hacerse creíbles lo que hacen es utilizar el juramento como para darle valor o importancia a lo que dicen? Cuando de forma habitual no vamos con la verdad por delante, como se suele decir, o cuando andamos ocultando cosas, no siendo del todo sinceros en lo que hablamos o decimos, ya estamos pensando que la gente desconfía de nosotros y parece que entonces nos vemos obligados al juramento. Qué bonito sería ir con sencillez en nuestra vida, con palabras sinceras y verdaderamente llenas de contenido.

Es lo que el evangelio está queriendo decirnos. Por supuesto recuerda Jesús de entrada lo que estaba en los mandamientos desde siempre, que de ninguna manera podemos jurar en falso, jurar con mentira, pero también nos dice que no hay que hacerlo sin necesidad. Y sin necesidad de juramento estaríamos si nos acostumbráramos a ir siempre con sinceridad en la vida. Nuestra sinceridad es la que nos hace creíbles, y cuando sabemos que estamos tratando con una persona que es sincera, nunca le pediremos más garantías para aceptar aquello que nos dice.

Démosle pues verdadero contenido a nuestras palabras, autenticidad y verdad porque todo vaya acompañado por la forma en que nosotros vivimos. La sencillez y la humildad deben acompañarnos siempre y no necesitamos muchas palabras para comunicar la verdad que llevamos dentro a los demás. Por eso tenemos que saber ser reflexivos, madurando en nuestro interior aquello que vamos a expresar; así no saldrán palabras vacías, estamos cansados de tanta palabrería y de tantas promesas que se presentan seguramente como una pantalla para ocultar el vacío que llevamos dentro. Y eso, tenemos que reconocerlo, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Por eso al final terminamos hastiados de tanta mentira y ya no creemos en nada ni en nadie.

Seguramente tienes la experiencia que aquellos momentos que han dado hondura a tu vida, porque quizás te hicieron ver las cosas de otra manera, porque encontraste el sentido de muchas cosas, se originó en un buen consejo, breve en palabras, que te dio alguien lleno de sabiduría; es lo que te hizo pensar, rumiar en tu interior, darle vueltas a las cosas y encontrar una luz para tu vida.

Que sepamos tener también nosotros esa palabra sabia que trasmitamos a los que están a nuestro lado; esa palabra que ofrecemos con humildad y sencillez; esa palabra que no hace alardes de nada, sino que en si misma es sabia porque antes nosotros la hemos rumiado y saboreado en nuestro interior; no será nunca una palabras vacía y hueca, una palabra sin sentido, siempre va a ser como un faro que nos ilumina, nos hemos dejado nosotros iluminar por ella, y con esa luz queremos hacerla llegar a los demás; será una palabra que nos sale de lo más hondo de nosotros mismos, porque de alguna manera con ella estamos dando parte de nosotros para enriquecer a los demás.

Es la autenticidad y la veracidad que nos pide Jesús. Nos pide que no andemos con juramentos sino que nos baste decir un si, o decir un no, en el momento oportuno. Es la sabiduría que vamos aprendiendo del evangelio, que da hondura a nuestra vida cristiana y nos hará más creíble el anuncio que nosotros hemos de hacer a los demás. La mejor garantía de credibilidad es la congruencia que mostremos entre nuestras palabras y nuestra vida; lo que no se vea realmente reflejado en nuestra vida nunca será aceptado por mucha palabrería que digamos o por muchos juramentos que hagamos.

viernes, 14 de febrero de 2025

No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

 


No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

Decimos de primeras que el conferenciante es ameno y entretenido si nos cuenta muchas anécdotas como historias que nos entretienen más allá del mensaje que nos quiere trasmitir. Pero no son historias contadas como anécdotas amenas o cuentos entretenidos los que nos dicen la verdad del mensaje, tenemos que ir a algo más hondo para ver si sus palabras nos convencen, sus palabras siembran en nosotros nuevas esperanzas o nos abren camino de algo mejor. Tendrá que hacerlo de manera que suene agradable quizás a nuestros oídos o a la sensación que vayamos sintiendo, pero tenemos que ver la hondura de lo que se nos quiere trasmitir. Podemos encontrarnos palabras amenas pero palabras vacías que nada nos dicen.

Hoy nos habla el evangelio de aquel envío que Jesús hace de los setenta y dos discípulos para que vayan haciendo un anuncio de la Buena Noticia de Jesús por aquellos pueblos y ciudades de Galilea; no hace pocos días hemos escuchado también el envío de los doce apóstoles que Jesús había elegido también con la misma misión. ¿Qué han de anunciar? No van a contar historias, no van a hablar de cosas aprendidas que hayan leído previamente en algún libro, no van simplemente a contar a las gentes que Jesús hace milagros, cura enfermos o da la vista a los ciegos.

Ellos van a despertar esperanzas de que algo nuevo está llegando, que el Reino de Dios está cerca, y van como testigos de quien es realmente esa buena noticia para todos. Van a estar con las gentes allí donde están y donde viven, por eso habitarán en sus casas cuando les den hospedaje y recorrerán los caminos de aquellos pueblos. Y han de ir dejando señales de su paso, señales de que el Reino de Dios es posible, porque es posible un mundo nuevo; por eso irán con la autoridad de curar enfermos, porque el mal hay que irlo arrancando de los más hondo de ellos mismos. ‘Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, en ella y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Hoy se nos ofrece este evangelio porque estamos celebrando la fiesta de dos grandes misioneros de Europa en su tiempo, como fueron san Cirilo y san Metodio, patronos también de Europa. Y esta celebración viene a recordarnos esa vocación misionera que tiene todo cristiano. Todos estamos llamados a anunciar el Evangelio. Y cuando hablamos de esa misión no es solo para pensar en que tenemos que llegar a tierras lejanas, que también, sino cómo tenemos que ser misioneros en el día a día de nuestra vida allí donde estamos.

Por otra parte en Europa estamos necesitando de una nueva Evangelización porque en la Europa cristiana que fue misionera de nuevos mundos estamos viendo cómo se van perdiendo esos valores del evangelio y estamos llegando a una descristianización de nuestras costumbres y nuestra manera de vivir; no solo estamos sufriendo una atonía espiritual invadidos por el materialismo de la vida, sino que cada vez estamos más lejos de esos valores que nos proclama el evangelio, hay el peligro de que incluso la Iglesia pierda ese sentido de signo del Reino de Dios que tiene que ser en medio del mundo, y es necesario un nuevo anuncio del Evangelio.

No es solo cuestión de que contemos historias y la nueva evangelización no es solo contarnos los milagros que Jesús hizo y se nos cuentan en el evangelio, sino que la palabra y el testimonio que demos tiene que ser en verdad signo de ese Reino de Dios que queremos anunciar y construir en nuestro mundo. Es algo que tenemos que trasmitir no solo con nuestras palabras sino con la manera cómo nosotros nos acercamos a ese mundo que nos rodea para despertar esa nueva esperanza que el mundo necesita.

Hoy nos hablan las palabras de Jesús de esa nueva manera de estar en medio de nuestro mundo, no haciendo alarde de grandes cosas sino que a través de lo pequeño y lo humilde, incluso con una pobreza de medios, hagamos despertar esa nueva esperanza, esa nueva alegría de la vida. ¿En qué busca la gente que nos rodea y como esa alegría de la vida? Muchos sucedáneos buscan en las cosas de las que se valen y que puedan darle placer o puedan hacerlos sentirse en fiesta, pero que les llevan muchas veces a un vacío existencial.

No es ese el camino por donde nosotros queremos llegar, porque eso Jesús nos habla de nuestra disponibilidad y de nuestra generosidad, que no busquemos bastones o apoyos humanos sino que busquemos esa fuerza que el Espíritu pone en nuestro interior para poder dar ese testimonio que nuestro mundo necesita. No podemos entretenernos en el anuncio del evangelio en cosas efímeras y que pronto se diluyen y puedan dejar un vacío en nosotros sino en lo que verdaderamente da profundidad, da auténtica alegría a nuestras vidas.

No olvidemos nunca el verdadero mensaje del evangelio que tenemos que trasmitir. No buscamos entretener con bonitas historias, sino dar un mensaje de vida y de esperanza para hacer un mundo nuevo.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

sábado, 2 de noviembre de 2024

Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

 


Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Todos habremos pasado en algún momento de nuestra existencia por esa ruptura del alma que ha significado la muerte del padre o de la madre, o de algún ser querido, por esos vacíos que quedan en el alma por la ausencia de los seres queridos, y aunque hayamos querido remendar esos rotos del alma sustituyéndolos con otros cariños, o de alguna manera olvidar esas ausencias, sin embargo no podemos quedarnos en el estoicismos de la indiferencia ante ese hecho de la muerte. Muchas preguntas quedan siempre pendientes, muchos interrogantes que lanzamos al cielo o que nos remuerden en nuestro interior para los que queremos una respuesta, que muchas veces se nos hace difícil encontrar.

En nosotros hay un ansia de vida y de vida en plenitud, todo eso bueno de lo que ahora podemos disfrutar tenemos el deseo de vivirlo sin sombras que lo palidezcan, porque queremos encontrar un sentido, saber de donde venimos y a donde vamos, qué valor tienen los pasos que vamos dando aquí en la tierra, y tenemos los deseos de una continuidad que no queremos ver rota con la muerte. Nuestra fe en Jesús nos ayuda a encontrar esa respuesta y ese sentido.

En el evangelio que habitualmente se nos proclama en esta conmemoración de los fieles difuntos que hoy celebramos se nos habla de una familia rota también por la muerte de uno de sus miembros, aparecen las quejas del alma de quienes no entienden esa ruptura de la vida y quejas que van dirigidas a Jesús, porque según aquellas mujeres, no supo estar a tiempo en aquellos momentos. Cuando llegó, ya Lázaro llevaba cuatro días enterrado, y ellas pensaban que si Jesús hubiera estado allí eso no habría sucedido.

Pero tenemos que leer y escuchar con atención este evangelio; sí, es evangelio, sigue siendo buena noticia para nosotros hoy, sigue siendo buena noticia para aquellos que sufren la ruptura y el vacío de la muerte; es anuncio de vida para nosotros hoy, como lo fue para aquella familia de Betania que a pesar de todo seguía creyendo en Jesús, poniendo su confianza en Jesús y en su Palabra.

‘Tu hermano resucitará’, les dice Jesús. En ellas estaba su fe y su esperanza en la trascendencia final de la vida, pero Jesús quiere ayudarles a descubrir algo más. No solo es cuestión de restitución de la vida mortal lo que Jesús les está ofreciendo. Les habla de quien cree en El tendrá vida para siempre. La vida no se queda reducida a los pasos inseguros que podamos dar por los caminos de esta tierra, Jesús nos habla de otra vida más hondo que dará valor a esos pasos, que nos dará fuerza para esos pasos en los que muchas veces nos podamos sentir inseguros y vacilantes, nos habla del valor nuevo que va a tener nuestra vida cuando dejemos que sea la vida de Jesús la que llene nuestra vida. Y todo eso con valor de eternidad.

¿Qué es lo que le va a dar valor a esos pasos, nos va a dar fuerza para nuestro camino, hará que no sintamos que nuestra vida sea un vacío? Sigamos a Jesús, vivamos lo que Jesús nos ofrece, llenemos desde el amor de sentido nuestra vida, la responsabilidad con que vivimos la vida de cada día la hará fecunda y comenzarán a florecer los frutos del amor, de la amistad verdadera, de la paz y armonía en la convivencia, de unas relaciones justas entre unos y otros, de la verdad que dará autenticidad a nuestra existencia. Será una huella hermosa la que iremos dejando, será un oloroso perfume con que hagamos más agradable nuestro mundo, aparecerá la fecundidad de una vida que se prolonga en quienes vienen tras nosotros en ese camino y en cuantos nos rodean.

Hoy Jesús nos dice que creamos en El y tendremos vida eterna. Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni nos llenaremos de vacíos, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud distinta, no temeremos la muerte porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud.

jueves, 17 de octubre de 2024

La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

 


La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

Efesios 1,1-10; Salmo 97; Lucas 11,47-54

Algunas veces nos encontramos piedras en el camino que nos impiden el paso o que pueden ser un peligro para poder transitar con seguridad por él; me vienen a la memoria años atrás, hace ya bastante tiempo, que estaba en un lugar que era intransitable, sobre todo en invierno; piedras caídas en el camino, ramos de árboles que obstaculizaban su tránsito, quebradas que se veían abajo poniendo en peligro el tránsito por aquellos lugares.

Pero eso pueden ser hoy anécdotas para contar, aunque sabemos que aun hay lugares que tienen difícil el acceso o la comunicación. Pero si traigo al recuerdo estas imágenes es porque quiero pensar en otros obstáculos o dificultades que nos podamos encontrar en los caminos de la vida; los obstáculos que en cierto modo nos ponemos los unos a los otros; serán cosas que emprendemos pero que la envidia de los que están a nuestro lado no nos dejan desarrollar; cuántos traspiés nos damos los unos a los otros desde nuestro amor propio o nuestro orgullo, cuántas envidias que nos llevan a destruir lo bueno que los otros puedan realizar, cuántas críticas que crean desconcierto y desconfianza en aquellos por los que queremos quizás trabajar pero que impedirán que llevemos a cabo lo que teníamos proyectado. Desgraciadamente no nos falta la maldad en los corazones para crear vacíos en torno a aquellos que quieren hacer algo bueno.

Me vienen a la mente estas situaciones que con tanta frecuencia nos suceden en la vida, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Eran las posturas de algunos alrededor de Jesús, que como hemos visto en otros momentos por ejemplo tratan de desprestigiarlo atribuyendo al maligno aquellas cosas que Jesús realizaba; están aquellos que no aceptaban a Jesús y siempre estaban al acecho de cuanto pudiera hacer o decir Jesús con sus prejuicios o sus intereses que les parecía que podrían verse dañados con el estilo nuevo que Jesús quería para la vida.  Pero son también las manipulaciones que realizaban en sus enseñanzas que pareciera que lo que proponían era una carrera de obstáculos con tantas normas y preceptos que se habían inventado.

Jesús viene a enseñarnos la autenticidad con que hemos de obrar en la vida, dejando a un lado apariencias y vanidades que a nada nos conducen, o que manifiestan el vacío interior con que podemos ir caminando por la vida; cuando todo se queda en apariencia y vanidad es porque tenemos un vacío por dentro que no hemos sabido llenar de cosas de auténtico valor.

Y cuando eso se manifiesta de manera especial en aquellos que están llamados a ir delante ayudando a caminar a los demás, en lugar de ayuda se convierte en obstáculo. Son las piedras que nos ponemos en el camino, porque no damos ese testimonio bueno que tendríamos que dar, sino que más bien nuestra superficialidad es un escándalo y un obstáculo para la vida de fe de los sencillos.

No quiero pensar ahora en esos grandes escándalos en los que se quieren regodear hoy los medios de comunicación en una campaña que a la larga se convierte en difamatoria; pero sí quiero pensar en esas actitudes o en esos gestos que muchas veces aparecen en nuestra vida y que están denotando ese vacío y esa superficialidad.

Porque no hemos de estar mirando con tanta lupa la vida de los demás para hacer nuestros juicios, sino que es a nosotros mismos a quienes tenemos que mirarnos. Y eso lo tenemos que pensar cada uno de nosotros, porque no siempre somos auténticos en lo que hacemos, muchas veces queremos mantener la apariencia pero en nuestro interior no nos estamos esforzando lo suficiente, porque la imagen que como creyentes estamos dando no siempre es bueno porque hay muchas incongruencias en nuestra vida.

¿Seremos nosotros piedra de tropezar para los demás? ¿Seremos acaso como el perro del hortelano, en aquel dicho popular de nuestros refranes, que ni come él ni deja comer al amo? Mucho tenemos que revisarnos en nuestra vida para que haya más autenticidad, para que nuestro testimonio sea claro y diáfano, para que siempre seamos ejemplo que atraiga a los demás a vivir los caminos del evangelio. Es nuestra vida la que tiene que evangelizar.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

 


Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

Proverbios 3,27-34; Salmo 14; Lucas 8,16-18

¿Cómo somos realmente en nuestro interior? Quizás sea algo que no queremos dejar traslucir, lo guardamos en nosotros a veces como el más sagrado de los secretos; claro que pensar en cómo somos nos trae a la memoria lo que ha sido el recorrido de nuestra vida, también con sus errores y tropiezos, y quizás hemos tratado de presentar una imagen de nosotros mismos con demasiado perfeccionismo y no nos agrada que esa imagen se vea enturbiada; tenemos nuestros prestigios que no queremos perder. Pero ¿no sería eso en el fondo algo de vanidad? ¿Ponemos la cara bonita para la fotografía, queriendo ocultar el lado no tan agradable? Las vanidades un día se quedaran en nada, porque nos harán sentir el vacío de nuestra vida.

Es cierto que no tenemos que estar haciendo gala ante los demás de nuestros fallos o defectos, pero quizás el mostrarnos imperfectos en lugar de enturbiarnos nos hace más reales y más humanos. Pero no somos solo eso. También en nosotros hay unos valores, también tenemos nuestros principios como nuestras metas en la vida por las que luchamos y nos esforzamos; están nuestros tropiezos, es cierto, pero está también nuestro deseo de superación y el esfuerzo que hacemos para conseguirlo. Y eso sí que define más nuestra vida, lo que somos, la verdadera grandeza de nuestra existencia, las bonitas huellas que podemos dejar tras nosotros. No tienen que ser huellas de perfección, tienen que ser huellas humanas, con sus luces y con sus sombras, que es lo que le dan belleza al cuadro de nuestra vida.

¿No será eso a lo que se está refiriendo Jesús con las palabras que escuchamos hoy en el evangelio? ‘Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entran tengan luz’. Es la lámpara que tenemos que mostrar, la luz que tenemos que reflejar, también con sus tintineos. Muchos podrán encontrar en ella una luz para sus vidas.

No hemos de tener miedo. Y ya no es vanidad, no es ostentación, no es orgullo; es la realidad de la vida que ofrecemos con humildad tal como somos. Y eso es lo que en verdad se puede convertir en estímulo para los demás. Por eso nos sigue diciendo Jesús: ‘Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público’. ¿Por qué vamos a ocultar lo que puede ayudar a los demás? No son secretos humillantes para nosotros sino que es nuestra vida, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestras luchas, nuestro amor.

Por eso el cristiano tiene que ser siempre una luz que está colocada en lo alto para iluminar. Llevamos algo muy hermoso en nuestra vida que es una lástima que lo mantengamos oculto. Son los miedos y cobardías con que andamos tantas veces los cristianos. Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe y de los ideales que tenemos en nuestra vida.

Tenemos que sentirnos seguros en el camino que estamos haciendo, porque lo que intentamos, incluso con nuestros errores y tropiezos, es seguir el camino de Jesús. Y es un camino de crecimiento, de superación; un camino que parte de nuestra debilidad, pero que cuenta con la fortaleza del espíritu del Señor que nos acompaña en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos. Y eso también hemos de saber trasmitirlo a los demás para que puedan enamorarse del evangelio de Jesús.

Termina diciéndonos Jesús algo que algunas veces parece que no terminamos de comprender. Habla de que ‘al que tiene se le dará…’ Eso bueno que llevamos en nuestro interior, con nuestra fe y con nuestros deseos de crecimiento y superación, con ese esfuerzo que realizamos para mantenernos fieles en nuestro camino, será algo que irá creciendo y creciendo en nuestro interior, porque irá dando verdadera profundidad a nuestra vida. Pero cuando nos dejamos llevar por fantasías y por vanidades al final todo eso se esfumará y se quedará en nada mostrando el vacío que llevamos por dentro. Por eso nos dice ‘que al que no tiene se le quitará hasta aquello que cree tener’. Será el vacío con que nos quedamos en nuestra vida detrás de esa superficialidad que nos hará descubrir la carencia de verdadera espiritualidad que hay en nosotros.

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso.