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jueves, 10 de septiembre de 2026

El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

 


El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138;  Lucas 6, 27-38

¿Qué podemos decir para dar una explicación que sea más clara que las propias palabras del evangelio que hoy escuchamos? Creo que si nos pusiéramos a dar muchas explicaciones al final terminamos mancillando esta página y quizás haciéndole decir lo que no dice. Jesús nos habla con toda claridad. Pero la claridad está no sólo en sus palabras, porque de alguna manera tiene que expresarse sino en lo que es su propia vida. No nos enseña ni nos pide ninguna cosa que Él no haya vivido.

Por eso decimos siempre que el evangelio es Jesús; El mismo es esa buena noticia para nosotros porque en Él está reflejado todo lo que nosotros hemos de vivir cuando aceptamos su evangelio. No es aceptar palabras sino aceptarlo a Él. No podemos ver otra cosa, otro razonamiento sino su amor y nos toca entonces amar como Él nos ha amado. No olvidemos que es el modelo y el límite – pero no por abajo, sino por arriba – que nos pone cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Y ahí se acabaron las medidas y los límites.

En el evangelio de Lucas estas palabras que hoy hemos escuchado vienen inmediatamente después de que nos propusiera las bienaventuranzas. Y quiero fijarme en una; cuando nos dice que seremos dichosos y bienaventurados cuando nos odien y nos insulten. Podríamos pensar que eso es algo bien difícil de hacer, porque encima de que estamos recibiendo odios e insultos, calumnias y acusaciones, violencias que nos dañan no solo por el maltrato físico que podamos recibir sino por la indignidad a la que nos someten, tengamos incluso entonces que sentirnos felices, decir que somos bienaventurados por eso, cuando parece que la reacción más espontánea sería otra.

Y ahí está la clave, no vamos a reaccionar como parece que espontáneamente tendríamos que hacerlo sino que como nos dirá hoy tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, tenemos que ser capaces de despojarnos de nuestro manto para compartirlo con aquel que nos lo quiere quitar, tenemos que ser capaces de prestar no porque luego nos lo vayan a devolver y con intereses sino sabiendo que no podrán nunca hacerlo porque no tienen con qué, tenemos que ser capaces no solo de poner buena cara cuando nos insulten sino también de rezar por esas personas pidiendo a Dios lo mejor para ellas. No es tarea fácil porque no es lo que espontáneamente haríamos, porque el cuerpo nos lo pide como solemos decir. Seremos dichosos y felices, nos decía la bienaventuranza cuando seamos así maltratados.

Es que la honda en la que nosotros entramos es otra. Nuestra sintonía tiene que ser la del amor; y cuando suena la sintonía del amor de Dios sonará para todos, porque en ese amor nadie se puede sentir excluido. Veamos el camino de Jesús porque es el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre que ha sido ha querido encarnarse para estar en medio de nosotros.

¿Quiénes lo rodean porque realmente están comenzando a sentirse amados de verdad? Los pobres y los humildes, los que son sencillos y quieren ser limpios de corazón, los que sienten por otra parte los peores tormentos del corazón porque no solo por si mismos se sienten pecadores sino porque además son los despreciados de todos los que se consideran puros; acoge a la mujer pecadora y se siente a la mesa con los pecadores; le echarán en cara que acoge y come con los publicanos, pero también se ha sentado a la mesa de los fariseos que tienen aun más duro el corazón; en el camino de la cruz se dejará consolar hasta dejarse limpiar el rostro como un día en camino a la casa de Jairo dejará que una mujer impura toque su manto para ser curada; permitirá que lo crucifiquen entre dos ladrones porque está dispuesto a abrirle las puertas del paraíso aquella misma tarde tan pronto sienta el arrepentimiento en su corazón; mientras lo están cosiendo al madero todavía tendrá una súplica de perdón para quienes lo están haciendo disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen.

¿Nos extraña, pues, que nos pida que amemos a nuestros enemigos y recemos por quienes nos afligen? El sol que brilla en lo alto y que a partir de su muerte en la cruz va a tener un nuevo resplandor lo hace sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, ¿quiénes somos nosotros para ir poniendo sombrillas a nuestro paso para que no llegue nuestro amor también a todos? No es necesario decir mucho más sino escuchar directamente las palabras del evangelio.


martes, 16 de junio de 2026

Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

 


Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús nos ha traído a cuento esa sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos, buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos hayan tratado.

Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de cómo nos hayan tratado a nosotros.

Jesús nos está proponiendo algo que rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda, como en nuestras transacciones materiales.

Es claro Jesús. No podemos seguir actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Esos son los parámetros de Dios que tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas. No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.

Como nos dirá a continuación, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes, porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.

jueves, 30 de abril de 2026

Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

 


Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

¿Seremos solo personas de palabras bonitas pero que luego no se ven corroboradas con las obras que hacemos? Somos muy fáciles para decir cosas bonitas, para dar un consejo, para criticar lo que nos parece mal, para ir diciéndole a todo el mundo lo que tienen que hacer, pero llevar esos consejos a la práctica de nuestra vida, no caer en esas cosas que juzgamos mal y que criticamos, hacer nosotros primero eso que le decimos a la gente es cosa que no nos resulta tan fácil. La veracidad y autenticidad de las palabras se las dan las obras que hacemos. Es cierto que somos débiles, que no somos perfectos, pero un deseo de superación tiene que haber en nuestra vida. Una capacidad de comprensión ha de acompañar todo esto.

En el evangelio hemos escuchado hoy algo que Jesús nos dice y que casi pasa desapercibido. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Tenemos que situarnos en el momento en que Jesús les dice estas palabras a los discípulos, fue en la cena pascual. Jesús había comenzado remangándose, podríamos decir, porque se había quitado el manto y se había ceñido una toalla y se había puesto a lavar los pies de los discípulos, a todos, sin diferencia ni distinción, sabiendo incluso como ahora les recuerda que uno lo iba a traicionar, incluso a Pedro que ahora se mostraba reticente ante el gesto de Jesús pero sabiendo Jesús que horas más tarde le iba a negar.  Y había terminado diciéndoles, como tantas veces hemos reflexionado, que si El, el Maestro y el Señor,  les había lavado los pies también ellos debían lavarse lo pies los unos a los otros.

‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, escuchamos ahora decir a Jesús. Nos emocionamos quizás ante el gesto de Jesús, pero ahí no nos podemos quedar. Es la actitud de vida que nosotros hemos de mantener, el espíritu de servicio, pero a todos sin distinción, como lo había hecho Jesús. Y eso nos cuesta, porque amar a nuestros amigos, amar a aquellos que nos hacen el bien parece como una correspondencia natural, pero ahí no nos podemos quedar los discípulos de Jesús.

Y esas son las piedras de tropezar que vamos encontrando en los caminos de la vida, porque no todos nos caen bien de la misma manera, y tenemos nuestras reticencias y queremos medir lo que hacemos y a quien lo hacemos; porque nos parece que no todos son merecedores de nuestro amor. No son los merecimientos por lo que nos hayan hecho lo que nos tiene que motivar al amor, es podemos decir por una parte la dignidad de toda persona que nos merece respeto, pero es el considerar que todos son hijos amados de Dios; y si Dios los ama, ¿quién soy yo para enmendarle la plana a Dios y decir que esos no son merecedores de su amor?

Y ya no son solo los que nos pueden caer bien o más o menos regular, sino que Jesús nos ha enseñado a amar también a los que no nos aman, a los que nos hacen daño. Tendríamos que recordar muchas veces aquellas palabras de Jesús en el sermón del monte. Tenemos que recomenzar de nuevo a contemplar esta escena del principio de la cena pascual donde Jesús lava los pies de sus discípulos, también de aquel que le iba a negar a pesar de tantas porfías de amor, pero también a aquel que le traicionaba y con un beso, pero por treinta monedas, iba a entregar al Hijo del hombre.

Qué el Señor nos conceda aprender a amar. Que el Señor sane nuestros corazones y seamos capaces de sentir la paz que nos da el amor. Pero amar con todo lo que en sí significa la palabra, porque el que ama se da, el que ama se entrega, el que ama es capaz de dar la vida por el amado. Lo contemplamos en Jesús. ¿Seremos capaces de hacerlo? Que no seamos personas de palabras bonitas, sino que las obras de nuestro amor auténtico pongan la firma a las palabras hermosas que decimos.

sábado, 28 de febrero de 2026

El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

 


El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

A veces parece como si nos rigiéramos en la vida por la ley de mínimos. ¿Cuánto es lo mínimo que tengo que hacer para lograr lo que busco? La podríamos llamar también la ley del mínimo esfuerzo; es el simplemente contentarnos con cumplir y si ya llegué al mínimo exigido ¿para qué esforzarme en dar más? Hacer las cosas solo por cumplimiento es hacerlas sin espíritu, sin calor del alma, con poca intensidad, incapaces de animar y contagiar.

Yo pienso que actuar así es una pobreza de miras, faltan ilusiones y metas que nos eleven, no somos capaces ni de desarrollar lo que somos, nuestras posibilidades y nuestras capacidades que son mucho más que eso mínimo con lo que nos contentamos; es una pobreza de vida, porque la pobreza no son solo las carencias que tengamos sino ese espíritu que no tiene metas, que no busca lo mejor, que no aspira a más, que no es capaz de poner toda la carne en el asador; parece que siempre se está resguardando, pero ¿para qué?, si siempre voy a seguir arrastrándome sin ser capaz de levantar la mirada para ir más allá.

Es, por ejemplo, lo que dicen algunos, yo soy muy amigo de mis amigos, pero ¿entonces te cierras a la posibilidad de conocer a alguien más, de tener nuevos amigos porque tu seas el que ofrezcas amor y amistad, de hacer el bien también a los que no hacen nada por ti?

Nos lo está diciendo claramente Jesús cuando nos habla del amor, cuando nos habla de la humanidad que hemos de poner en nuestro trato con los demás y en nuestras relaciones. ¿Qué haces de extraordinario si solo saludas al que te saluda? Eso lo hace cualquiera. Pero al seguidor de Jesús se le pide más porque es un amor creciente el que tiene que animar su vida. Un amor estancado le pasa como al agua estancada que se vuelve putrefacta; un amor estancado se va vaciando de contenido día a día; un amor estancado es el que está midiendo lo que el otro hace por mi para yo no pasarme en mis gestos de amor ni de ir más allá.

Hoy nos dice Jesús, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Por eso ha comenzado hablándonos de la universalidad del amor; y como nos dice también hemos de amar a los enemigos, a los que nos han podido hacer daño; costará, pero es que no estamos yendo por lo mínimo, estamos hablando de amor, porque además nos sentimos amados de Dios; y el amor es dinamismo, el amor es algo que se crece cada día cuando es verdadero amor, el amor no pone límites ni hace distinciones. Amas porque te das, eres capaz de vaciarte en los demás.

Contrapone Jesús no simplemente lo que era la ley antigua, sino la interpretación que se había hecho de la ley de Dios. ‘Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Y es que todo arranca de ese amor de Dios que sentimos y experimentamos en nuestras vidas. Dios hace salir el sol para todos, no solo para los buenos.

Es levantarnos el listón. Cada día un paso más, cada día un poco más alto. ¿Cuesta? Ahí está el valor. No solo son los mínimos, porque con el amor no se puede andar con medidas. Somos capaces de superarnos, somos capaces de ir más allá. Somos capaces de crecer en el amor.

Como decíamos, el modelo lo tenemos en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Es lo que contemplamos en Jesús que nos está regalando continuamente su amor. No podemos andar, pues, en esa pobreza de vida, con ese raquitismo en el amor, con esa mediocridad en nuestras metas

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 


Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 Colosenses 3,12-17; Salmo 150; Lucas 6, 27-38

Algunas veces parece que en la vida andamos cansados de todo, hasta de lo bueno que hacemos. Hay una persona que rara vez que me encuentre con él no me diga que está cansado; al principio pensaba en la presión que estaba sufriendo en su trabajo, o que eran muchas las cosas que se le acumulaban y que no encontraba tiempo para sacarlas adelante y que estaba dedicando muchas horas a su tarea; trataba yo de decirle que se tomara las cosas con calma, que supiera encontrar tiempo para su descanso que le era necesario para poder luego trabajar mejor, pero un día me di cuenta que al hablar de su cansancio hablaba de algo más que un desgaste físico, se cansaba de sus relaciones con los demás, a algunos no los soportaba, le entraban ganas de alejarse de todas aquellas personas que le rodeaban, porque le parecía que solo era él quien sentía preocupación por ellos o trataba de hacer algo por ellos.

Es el cansancio que nos puede entrar hasta de lo bueno; por qué tengo que ser yo el primero que esté pronto para hacer un servicio si luego ni me lo van a agradecer; por qué tengo que ser yo el que dé el brazo a torcer y me humille y reconozca lo que son quizás mis errores; por qué siempre me llaman a mi cuando hay un problema que resolver… y así no sé cuantas cosas y preguntas que muchas veces nos hacemos; y queremos encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de todo para vivir mi vida a mi manera y que no me molesten; queremos algunas veces desengancharnos de esos compromisos que un día asumimos. Desánimos y cansancios, desaliento quizás porque nos parece que no reconocen lo que hacemos, ¿no será que al final es que no nos valoramos ni a nosotros mismos?

Pero ¿qué sentido tiene que nosotros solo nos preocupemos de los que parecen ser nuestros amigos, o de aquellos a los que quizás les deba un favor? ¿Dónde está la gratuidad como sentido de vida? Algunas veces da la impresión que solo queremos hacer las cosas por las que nos pagan, pero esa manera de actuar ¿nos llegará hacer sentir satisfacciones hondas en el corazón?

Es lo que nos quiere hacer comprender hoy Jesús en el evangelio. Nos está haciendo unos planteamientos nuevos, haciendo romper unos roles en los que fácilmente nos hemos metido y en los que privarían siempre nuestros intereses. Pero Jesús quiere darnos un sentido nuevo del amor, o hacernos encontrar lo más profundo y hermoso que es el amor que algunas veces aunque lo llamamos amor pudieran convertirse en actos egoístas, aunque parezca un contrasentido tener ‘un amor egoísta’. ¿No es así cuando solo amamos o hacemos el bien por interés?

Por eso hoy Jesús nos pregunta qué de especial hacemos cuando saludamos solo al que nos saluda, si solo ayudamos a los que previamente nos hayan ayudado a nosotros, o también como nos dice, si solo prestamos a los que tenemos la seguridad de que nos van a pagar. Como nos dice Jesús eso lo hace cualquiera, eso lo hace el que piensa en sus negocios y en sus ganancias. Pero el amor en su esencia es dar y entregarse desinteresadamente.

Por eso nuestro amor será también a los que no nos aman o no nos van a corresponder; se atreverá a decir Jesús que tenemos que amar a nuestros enemigos. Es más, tendríamos que pensar, que quien vive desde los planteamientos de amor que nos hace Jesús, no tendría que tener enemigos, es decir, a nadie tendría que ver como enemigo; los que se sienten enemigos es porque en ellos no han dejado entrar el amor y en consecuencia ni sabrán ser comprensivos con los demás ni sabrán perdonar.

Quien ama de verdad entra en otra dinámica en su vida, la dinámica del bien, de la verdad y sinceridad, de la generosidad y del desprendimiento, de la comprensión y del diálogo, del acercamiento al otro y de la capacidad de perdonar, en la dinámica que pone serenidad en la vida a pesar de todos sus lados oscuros y que llenará de paz el corazón, que nos hará sentir lo que es la verdadera alegría y contagiará de ilusión por algo nuevo y distinto a los que están a su lado.

¿Seremos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y humanidad?

martes, 17 de junio de 2025

Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

 


Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

2Corintios 8,1-9; Salmo 145; Mateo 5,43-48

En fin, tras la lectura de este evangelio tenemos que decir que Jesús nos dice que no solo tenemos que amar a los que ya son amigos, sino que tenemos que sentir como amigos a todos. Entendemos que la palabra amigo significa algo así como amado, porque los amigos se quieren y lo manifiestan en muchos gestos y actitudes buenas que tenemos unos con otros, confianza, cercanía, acompañamiento, estar ahí para lo que nos necesiten, compartir que no son solo cosas sino algo más de nosotros mismos, pues nos contamos nuestras cosas, nuestros proyectos… claro que me vas a decir si ahora tengo que contarle las cosas a todo el mundo, es algo distinto, es algo más profundo pues es abrir las puertas del corazón a los demás.

Porque amar solo a los que nos aman como terminará diciéndonos Jesús lo hace cualquiera, pero es que nuestro amor cristiano, que es nuestro distintivo tiene que ser distinto. De ahí esa apertura de nuestro corazón. Por eso ha comenzado Jesús diciéndonos que tenemos que amar también a nuestros enemigos y rezar por ellos. Aquí corrige la ley antigua que habían interpretado hasta entonces demasiado a la letra y era algo que no podía entrar en los caminos del amor.

Pero Jesús es tajante. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ y nos da una razón muy importante. Será así cómo vamos a manifestar que somos hijos de Dios; porque Dios ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos’. Y cuando Jesús nos pone como modelo de nuestro amor a Dios, ahora nosotros vamos a enmendarle la plana a Dios y le vamos a decir, ahí te equivocas, a los que son malos con nosotros no los vamos a amar. Por eso nos dice que incluso recemos por aquellos que nos han hecho mal, que nos han hecho daño. Cuando comienzas a rezar por alguien lo estás poniendo en tu corazón, y si pones a alguien en tu corazón pronto poco a poco comenzarás a amarle.

Nos habla Jesús de enemigos, pero es que quien ama no se puede considerar enemigo de nadie, ni a nadie puede considerar su enemigo. Claro, pero puede suceder que alguien si se considere enemigo nuestro, nos mire mal, nos desee mal, incluso trate de hacernos mal. Y es aquí donde tienen que aparecer las verdaderas y grandes motivaciones para el amor. Yo diría que claves o piezas importantes para el amor son la comprensión y la misericordia.

Me explico. ¿Por qué alguien se considera enemigo mío? ¿Se sentirá ofendido o molesto conmigo por algo? Tendríamos que analizarnos nosotros los primeros si habrá habido algo en nosotros, un gesto, una actitud en un momento determinado, por el que se sienta ofendido, y claro que tenemos que ser nosotros los que demos el primer paso; pero la comprensión tiene que ir más allá, no nos podemos contentar con decir qué culpa tengo yo de que él tenga un mal momento. Pues eso, todos tenemos malos momentos en la vida y tenemos que ser comprensivos en lo que pueda estar pasando la otra persona para actuar de una manera determinada; conociendo más hondamente seguramente comenzaremos nosotros también a ver las cosas de otra manera.

Y hablábamos también de la otra clave, la misericordia. Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. Y lo que decíamos antes de la oración lo podemos ver aquí también; misericordia es algo así como poner el corazón al lado de la miseria del otro; pongámonos en su lugar, o más aun, hagámosle lugar en nuestro corazón y cuando sintamos sus latidos al ritmo del nuestro, aunque algunas veces discorden, no vayan al mismo ritmo, hará que al final los latidos del amor pongan un ritmo nuevo no solo en nuestro corazón sino también en el corazón del otro.

Ojalá un día esos latidos del amor sean los latidos que marquen la vida de todos.

sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

lunes, 10 de marzo de 2025

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

 

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Cuantas veces, en un momento de fervor quizás, habremos dicho cosas así, si yo hubiera estado en aquellos tiempos – cualquier episodio que nos cuente el evangelio – hubiera actuado de otra manera y no habría sido tan duro de entendederas como vemos tantas veces a los apóstoles, o pensamos también, si ahora lo viéramos caminar entre nosotros y hablarnos le seguiría sin más como nadie lo ha hecho.

Nos olvidamos de una cosa, del evangelio de hoy. ‘¿Cuándo te vimos enfermo y no te atendimos? ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? O ¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos?’ Eran las preguntas que le hacían a Jesús tanto los de la derecha como los de la izquierda ante lo que Jesús les estaba diciendo en el juicio final. ‘Cuando lo hicisteis… cuando no lo hicisteis con uno de estos hermanos pequeños… a mi no me lo hicisteis… conmigo lo hicisteis…’

Es claro Jesús en el evangelio. No nos va a preguntar Jesús si robamos o matamos a alguien, nos va a preguntar por lo que hicimos en positivo o por lo que dejamos de hacer, aunque no le hayamos robado, aunque no los hayamos matado. No significa que eso no lo tengamos en cuenta. No podemos olvidar a ninguno de los mandamientos, porque Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y recordamos cuando aquel joven le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna, lo primero que le responde Jesús es que cumpla los mandamientos. Luego será cuando Jesús pida dar un paso más para compartir lo que somos, para despojarnos de lo que tenemos porque el tesoro mejor guardado es lo que hagamos con los demás.

Y lo que hacemos a los demás es como si se lo hiciéramos a Jesús. Se identifica con el pobre y con el hambriento, con el que está solo en su soledad o vive triste y sin consuelo en la vida, con el que se siente abandonado por todos o es discriminado por su condición o por las circunstancias que condicionen su vida. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá Jesús.

Por eso nuestro amor no es un amor cualquiera. No es amar solamente a los que me aman, ser amigo solo de los que son amigos y a lo más amigos de mis amigos, como tantas veces decimos; no es saludar solo a los que me saludan, sino ir por la vida con mi semblante sonriente para regalar mi saludo a todo el que encuentro a mi paso, no es ayudar solo a los que un día me echaron una mano, sino también sentar a mi mesa a aquel que no podrá corresponderme invitándome también, no es solo preocuparme de los que están más cercanos a mi y quizás me manifiestan sus problemas, sino tender mi mirada más allá para detectar allí donde hay una necesidad o está alguien esperando entrar a la piscina sin que nadie le ayude.

Es lo que vemos hacer a Jesús en el evangelio. Lavará Jesús los pies a los discípulos siendo el maestro y el Señor para que nosotros también lo hagamos; perdonará a los que están clavándolo a la madera, pidiendo incluso disculpas por ellos porque no saben lo que hacen. Aunque eso algunas veces nos sea pesado como una cruz que tengamos que cargar, pero cuando las cosas se hacen desde el amor no hay peso que se nos resista, no hay nada que tengamos que dejar de hacer.

Por eso, dejémonos envolver por el amor, un amor como el de Jesús, para que podamos amar como El ama; y su amor es incondicional, su amor es generoso y universal, su amor no tiene límites porque ya nos dirá que el amor más grande es dar la vida por aquellos a los que ama. El lo hizo ¿seremos capaces nosotros de hacerlo?

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

martes, 18 de junio de 2024

Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

 


Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Ya de antemano os digo lo que me vais a decir, que es una utopía, un sueño que no es realizable. Pero aún así os lo planteo. Imaginemos el más inhóspito desierto, con calores insoportable, con vientos que todo lo arrasan, donde parece que ha desaparecido cualquier vena de agua que pudiera quedar en las entrañas de la tierra, donde parece que no puede haber ningún tipo de vida, ni vegetal ni animal; pero en medio de ese lugar tan inhabitable, en un rincón cualquiera bajo una roca aparece una fuente de agua cristalina que intenta abrirse paso entre rocas y piedras frente a todo ese sequedal y esos vientos calientes que parece que todo lo evaporan, con dificultad el riachuelo se va abriendo paso y parece que todo lo intenta transformar aflorando las primeras hierbas que intentan cubrir y transformar con su manto aquel lugar tan inhóspito. ¿Podremos ver que algún día aquel desierto se transformará en un vergel?

Pues, mirad, es lo que nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Sí, pensémoslo bien. En lo que parece ser ese desierto de la vida donde parece imposible que aflore el amor, Jesús nos está diciendo que hagamos aflorar ese riachuelo de amor, que nos puede parecer tímido frente a tanta inclemencia para que nuestro mundo se transforme.

¿Qué nos está diciendo Jesús? En un mundo que pudiera parecer que el amor solo es para unos pocos y que se va quedar reducido a un amarse solo los que se aman entre sí, Jesús viene a romper moldes y nos dice que no solo hemos de amar a los que nos aman sino que nuestro amor tiene que ser más universal, porque nuestro amor tiene que abarcar a aquellos que se llaman nuestros enemigos y nunca nos han amado.

Sí, puede parecer una paradoja y una utopía, como aquel chorro de agua en medio del sediento desierto. Tenemos que ser ese chorro, tenemos que romper esas espirales de desamor en que nos quiere envolver la vida, tenemos que hacer de nuestro mundo algo distinto, no podemos dejarlo en la sequedad del desamor y del odio. No podemos esperar a que nos amen para nosotros comenzar a amar, sino que nosotros somos los que tenemos que tomar la iniciativa aunque no nos amen o aunque nos odien y nos hagan daño.

Es cierto que es difícil lo que nos pide Jesús, porque bien sabemos cuales son las primeras reacciones espontáneas que pueden surgir de nuestro corazón. Pero Jesús nos está diciendo que cambiemos esas reacciones para que no sean de desamor sino todo lo contrario. Algo que nos sigue costando entender y realizar, algo en lo que nos seguimos dejando llevar por la tendencia que parece más natural de amar solo a los que nos aman.

Aquí tendríamos que recordar aquello que nos dirá san Juan en sus cartas. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama; tajantemente nos dice Juan que Dios nos amó primero, y eso es lo que nosotros tenemos que hacer. 

Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor nos dice que amemos a los demás como El nos ama. Es el modelo, es el ideal, es el prototipo, es el camino que nosotros hemos de seguir, es el amor con que nosotros hemos de amar.

Y es que como nos dice Jesús a continuación, ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles, en que nos vamos a diferenciar de los demás? Si ayudamos solo a los que nos ayudan, nos dice Jesús que eso lo hace cualquiera; si saludamos a los que nos saludan, eso es lo que habitualmente hace todo el mundo. En algo tenemos que diferenciarnos, en algo tenemos que mostrar lo que es la sublimidad del amor cristiano.

Te voy a proponer una cosa, sal a la calle y comienza a darle los buenos días a todo el mundo, lo conozcas o no lo conozcas, te responda o no te responda. Sigue haciéndolo un día y otro aunque sigas encontrando la callada por respuesta; verás que un día alguien comenzará a responderte, alguien comenzará a hacer lo mismo con los demás, comenzarán a aparecer sonrisas en los rostros, te darás cuenta que la gente comienza a ser más feliz; sigue con tu tarea, eres el río de agua cristalina en medio de ese desierto, pero pronto la humedad de tu amor hará brotar las primeras plantas e irán apareciendo las primeras flores, y ese desierto de la vida poco a poco se irá pareciendo a un bello vergel. No te desanimes que lo lograrás.

martes, 5 de marzo de 2024

Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

 


Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

Aunque no pretendemos enmendar la forma como nos lo plantea el evangelio se me ocurre pensar ¿qué es lo que querríamos nosotros, sin en un arranque de humildad – y ya sabemos cuanto nos cuesta eso también – nosotros fuéramos capaces de reconocer nuestro error y nuestro pecado y acudiéramos en búsqueda de perdón? ¿Qué tipo de perdón sería el que nosotros desearíamos para nosotros mismos? ¿Con qué amplitud?

Parece que la medida que queremos cuando es a favor nuestro es bien distinta de la que nosotros solemos ofrecer a los demás. Cuando queremos que nos perdonen seguro que lo que deseamos es que nos perdonen y ya no vuelvan a tener en cuenta aquellos errores, o aquellos delitos como queramos llamarlos, que nosotros hemos cometido. Sin embargo qué raquíticos somos cuando se trata de ofrecer nuestro perdón a quien nos haya podido haber ofendido.

Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. Jesús nos ha hablado a lo largo del evangelio de ese amor que generosamente siempre tenemos que ofrecer a los demás; y el amor entraña el perdón. Recordemos que en el sermón de la montaña nos ha hablado del amor a los enemigos, y nos ha enseñado también a rezar por aquellos que nos han injuriado y ofendido. Cuando entramos en la órbita del amor que nos enseña Jesús entramos en la línea de la generosidad del corazón y generosidad es perdonar. Mientras no seamos capaces de entrar en esa órbita, mientras no seamos capaces de cambiar los parámetros de nuestra vida, se nos hará imposible el perdón.

Los discípulos de Jesús parece que comenzaban a tenerlo un poco claro, aunque aun costaba dar el brazo a torcer. Cuando Pedro se adelante a hacerle la pregunta a Jesús podríamos decir que de alguna manera está ya queriendo dárselas de generoso. Lo que enseñaban los maestros de la ley en sus interpretaciones de la Escritura comenzaba con la ley del talión. Ya era una rebaja, porque de alguna manera no podía sobrepasarte en la medida de la ofensa que tú habías recibido. ‘Ojo por ojo y diente por diente’, no dos ojos por uno ni mucho menos. Pero eso incluso ya Jesús lo había abolido cuando nos hablaba del amor a los enemigos y de orar por aquellos que nos habían ofendido. En algo tenía que diferenciarse un seguidor de Jesús porque lo otro lo hacía cualquiera.

Como decíamos Pedro va de generoso, cuando habla de ‘hasta siete veces’, porque lo que enseñaban los maestros de la ley era mucho más restringido, y además no era lo mismo a un hombre que a una mujer, a un judío que a un gentil. Pero Pedro aun se está quedando corto con el sentir de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete’. La medida es bien distinta porque eso entrañará una generosidad y un perdón universal.

Pero como hemos escuchado en el evangelio Jesús propone una parábola. Un criado que es perdonado por su amo y señor de una deuda bien cuantiosa, pero que luego no es capaz de perdonar al compañero que le debía una pequeña cantidad.  Las diferencias son grandes, pero duro es el corazón de aquel hombre que no ha sabido valorar el perdón que él ha recibido de su señor. Y es aquí donde estamos siendo retratados.

Con qué facilidad venimos a rezar la oración que Jesús nos enseñó pero haciéndonos, por así decirlo, algunos paréntesis para no escuchar en nuestro interior algo que estaremos diciendo con nuestros labios. ‘Perdona nuestras ofensas’ le decimos nosotros al Señor queriendo que Dios sea generoso con nosotros, pero de alguna manera nos comemos las palabras que siguen porque para nada las tenemos en cuenta, ‘como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Qué poca atención le prestamos a estas palabras.

Necesitamos la humildad, primero que nada, de reconocer nuestro pecado, y llamémoslo así con esa palabra, que da la impresión que algunas veces la rehuimos como si le tuviéramos miedo. Es nuestro pecado, somos pecadores. Hemos de tener la valentía de reconocerlo. Pero hemos de saber reconocer también la grandeza del amor de Dios para con nosotros, de su generosidad en el perdón. Eso que tanto deseamos, pero que también con la misma generosidad hemos de saber también ofrecerlo.

Es la medida del amor de Dios la medida con que nosotros hemos de saber amar a los demás. Porque lo queremos hacer a la manera de Dios, que es compasivo y misericordioso como tantas veces decimos con los salmos en nuestras oraciones; es lo que además Jesús nos propone, ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo es compasivo y misericordioso.

Entramos en esa órbita del amor. Y como decíamos al comenzar nuestra reflexión, eso mismo que pedimos a Dios para nosotros seamos capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás. Las cosas se verán de otra manera, aparecerá pronto la línea del perdón, que es comenzar a amar con un amor como el de Dios.

sábado, 24 de febrero de 2024

Sanemos las heridas del corazón, pongamos en nuestra oración a las personas que nos cuesta amar, seremos nosotros los enriquecidos con una nueva forma de amor

 


Sanemos las heridas del corazón, pongamos en nuestra oración a las personas que nos cuesta amar, seremos nosotros los enriquecidos con una nueva forma de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

Amigo de mis amigos. Seguro que alguna vez habremos escuchado esta autodefinición en los perfiles de las redes sociales. ¿Solo amigo de mis amigos? ¿Tan reducido es nuestro marco de vida? Porque parece como si no abriéramos la puerta a nuevos amigos porque ya tengo mi círculo cerrado. Da que pensar.

Como el que dice que soy bueno con los que son buenos conmigo, ayudo a los que me ayudan. ¿Quién comienza? ¿Estaré esperando a que el otro comience y luego según yo vea decidiré si también lo voy a ayudar, también voy a ser amigo? Donde por otro lado decimos que somos amigos de todos, parece que no es tan cierto, porque ya estamos de entrada poniendo unas limitaciones.

De ahí fácilmente se pueden desprender muchas consecuencias. Y es que si alguien no se ha portado como amigo conmigo, es más, haya podido hacer algo que no me gusta o que me haya molestado, quizás hasta porque yo tenía un día malo, ya eso se lo estaremos guardando para siempre, crearemos distanciamientos y rupturas, ya será una persona a la que no aguanto y ya le puse una marca, por decirlo de alguna manera, y con él ya no voy a contar más.

Qué duro nos lo ponemos a nosotros mismos. ¿Sabes a quién le hace más daño ese resentimiento o ese rencor que le estás guardando a una persona? A ti mismo. Sí, porque esa posible herida que tengas en el alma no la has sabido curar, sino que más bien en tu resentimiento lo que haces es hurgar en esa herida y cada vez te va a doler más. Mientras no la cures cada vez que vas a pasar por aquel lugar o vas a tener un encuentro con esas personas lo que estarás haciendo es reavivar en ti esas heridas que seguirán siendo un tropiezo para tu vida, un pus que seguirá sacando lo peor de ti mismo haciéndote tú mismo desagradable para los demás.

Una herida infectada es a nosotros mismos a los que duele, pero además puede causar incluso repugnancia para los que están a tu lado. Cura esas heridas, sánate a ti mismo alejando de tu corazón esos malos recuerdos y esos resentimientos. Son heridas, es cierto, que cuesta curar, pero donde tienes que tener paz es en tu corazón, al que tienes que sanar es tu corazón, olvida, perdona, abre una página en blanco.

Pon una nueva apertura en tu corazón, emplea a borbotones la medicina del amor, saca a flote la capacidad de ternura que aun queda en tu corazón, comienza a mirar con ojos nuevos, no te fijes tanto en las debilidades de los demás sino mírate a ti mismo y reconoce cuantas debilidades hay en ti, cuántas cosas hay que te cuestan mucho, y comienza a dar pasos de vida.

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla del amor y de un amor que tiene que ser universal y generoso; un amor que siempre será un regalo que ofrezco, como me siento regalado cuando me aman, me siento regalado cuando descubro todo el amor que Dios me tiene a pesar de tantas debilidades e infidelidades que hay en mi. Si así nos sentimos amados de Dios ¿por qué no amar con un amor generoso también a los demás, a todos sin distinción?

Jesús nos habla de amor y de perdón, Jesús nos ama de que pongamos en nuestra oración a aquellos a los que nos cuesta amar, aquellos que quizás un día me ofendieron o me hicieron daño. No los podemos borrar de nuestro corazón, aunque esa sean la tentación que sintamos cuando por algo nos veamos defraudados. Seguro que cuando los pongamos en nuestra oración, comenzaremos poco a poco a amarlos también. Ya no será solo amar a los que me aman que eso lo hace cualquiera, ya no será el ser amigo solo de los que ya son mis amigos; nuestro círculo se va a abrir y los beneficiados somos nosotros que así nos vemos enriquecidos.


viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.