Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta ofensas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ofensas. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de marzo de 2024

Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

 


Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

Aunque no pretendemos enmendar la forma como nos lo plantea el evangelio se me ocurre pensar ¿qué es lo que querríamos nosotros, sin en un arranque de humildad – y ya sabemos cuanto nos cuesta eso también – nosotros fuéramos capaces de reconocer nuestro error y nuestro pecado y acudiéramos en búsqueda de perdón? ¿Qué tipo de perdón sería el que nosotros desearíamos para nosotros mismos? ¿Con qué amplitud?

Parece que la medida que queremos cuando es a favor nuestro es bien distinta de la que nosotros solemos ofrecer a los demás. Cuando queremos que nos perdonen seguro que lo que deseamos es que nos perdonen y ya no vuelvan a tener en cuenta aquellos errores, o aquellos delitos como queramos llamarlos, que nosotros hemos cometido. Sin embargo qué raquíticos somos cuando se trata de ofrecer nuestro perdón a quien nos haya podido haber ofendido.

Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. Jesús nos ha hablado a lo largo del evangelio de ese amor que generosamente siempre tenemos que ofrecer a los demás; y el amor entraña el perdón. Recordemos que en el sermón de la montaña nos ha hablado del amor a los enemigos, y nos ha enseñado también a rezar por aquellos que nos han injuriado y ofendido. Cuando entramos en la órbita del amor que nos enseña Jesús entramos en la línea de la generosidad del corazón y generosidad es perdonar. Mientras no seamos capaces de entrar en esa órbita, mientras no seamos capaces de cambiar los parámetros de nuestra vida, se nos hará imposible el perdón.

Los discípulos de Jesús parece que comenzaban a tenerlo un poco claro, aunque aun costaba dar el brazo a torcer. Cuando Pedro se adelante a hacerle la pregunta a Jesús podríamos decir que de alguna manera está ya queriendo dárselas de generoso. Lo que enseñaban los maestros de la ley en sus interpretaciones de la Escritura comenzaba con la ley del talión. Ya era una rebaja, porque de alguna manera no podía sobrepasarte en la medida de la ofensa que tú habías recibido. ‘Ojo por ojo y diente por diente’, no dos ojos por uno ni mucho menos. Pero eso incluso ya Jesús lo había abolido cuando nos hablaba del amor a los enemigos y de orar por aquellos que nos habían ofendido. En algo tenía que diferenciarse un seguidor de Jesús porque lo otro lo hacía cualquiera.

Como decíamos Pedro va de generoso, cuando habla de ‘hasta siete veces’, porque lo que enseñaban los maestros de la ley era mucho más restringido, y además no era lo mismo a un hombre que a una mujer, a un judío que a un gentil. Pero Pedro aun se está quedando corto con el sentir de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete’. La medida es bien distinta porque eso entrañará una generosidad y un perdón universal.

Pero como hemos escuchado en el evangelio Jesús propone una parábola. Un criado que es perdonado por su amo y señor de una deuda bien cuantiosa, pero que luego no es capaz de perdonar al compañero que le debía una pequeña cantidad.  Las diferencias son grandes, pero duro es el corazón de aquel hombre que no ha sabido valorar el perdón que él ha recibido de su señor. Y es aquí donde estamos siendo retratados.

Con qué facilidad venimos a rezar la oración que Jesús nos enseñó pero haciéndonos, por así decirlo, algunos paréntesis para no escuchar en nuestro interior algo que estaremos diciendo con nuestros labios. ‘Perdona nuestras ofensas’ le decimos nosotros al Señor queriendo que Dios sea generoso con nosotros, pero de alguna manera nos comemos las palabras que siguen porque para nada las tenemos en cuenta, ‘como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Qué poca atención le prestamos a estas palabras.

Necesitamos la humildad, primero que nada, de reconocer nuestro pecado, y llamémoslo así con esa palabra, que da la impresión que algunas veces la rehuimos como si le tuviéramos miedo. Es nuestro pecado, somos pecadores. Hemos de tener la valentía de reconocerlo. Pero hemos de saber reconocer también la grandeza del amor de Dios para con nosotros, de su generosidad en el perdón. Eso que tanto deseamos, pero que también con la misma generosidad hemos de saber también ofrecerlo.

Es la medida del amor de Dios la medida con que nosotros hemos de saber amar a los demás. Porque lo queremos hacer a la manera de Dios, que es compasivo y misericordioso como tantas veces decimos con los salmos en nuestras oraciones; es lo que además Jesús nos propone, ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo es compasivo y misericordioso.

Entramos en esa órbita del amor. Y como decíamos al comenzar nuestra reflexión, eso mismo que pedimos a Dios para nosotros seamos capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás. Las cosas se verán de otra manera, aparecerá pronto la línea del perdón, que es comenzar a amar con un amor como el de Dios.

jueves, 8 de febrero de 2024

El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

 


El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

1Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

Algunas veces queremos pasar desapercibidos, por la razón que sea, pero no lo logramos; bien porque evitemos un encuentro que nos compromete, bien porque queremos pasar un rato tranquilos sin los agobios de los trabajos, de los conocidos, porque nos queremos sentir anónimos para hacer lo que queramos, lo intentamos, disimulamos, huimos de que nos vean los conocidos, y no vamos a entrar en juicios de valor del por qué lo hacemos, pero son cosas que nos pasan. Pero siempre hay alguien que nos reconoce, se fija en nosotros, lo dirá a los demás, o luego vendrá contando que nos vieron aquí o allá. Nos sentimos incómodos quizás.

Aunque parezca broma es lo que le sucedió a Jesús en esta ocasión. Predicando por los lugares más lejanos del norte de Galilea se metió en la tierra de los fenicios, lo que hoy sería prácticamente el Líbano. Y Jesús quería pasar desapercibido; primero porque El se sentía enviado a Israel, y aquello era tierra de gentiles; en alguna ocasión como en Gerasa que también era tierra de gentiles se sintió rechazado a pesar de haber liberado al poseso de los cementerios; lo vemos en ocasiones que quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos a los que iba preparando para la misión que le encomendaría, y busca lugares apartados donde no es conocido para que no vengan como en aquellas ocasiones que no les dejaban tiempo ni para comer.

Ahora está entre los fenicios queriendo pasar desapercibido, nos dice el evangelista. Pero una mujer que lo reconoce y que tiene una hija enferma, poseída por un espíritu maligno como eran las apreciaciones que entonces se tenía de la enfermedad, corre detrás de Jesús suplicándole por su hija enferma. Y Jesús no le hace caso, pareciera incluso que la desprecia si hacemos unas interpretaciones muy ajustadas de sus palabras. ‘No está bien echar a los perros el pan de los hijos’.

Pero va a aparecer la grandeza de aquella mujer. Ella sabe que no es de la religión judía, y Jesús parece un profeta entre los judíos, comprendería su lugar y el lugar de Jesús en aquella situación. Pero hay una grandeza de espíritu porque hay una humildad grande en el corazón de aquella mujer. No se ofende por las palabras de Jesús que podían reflejar el espíritu y sentido de muchos judíos que consideraban a los gentiles como perros, y con ellos no querían juntarse, porque además era considera como una impureza entrar en la casa de un gentil. Pero aquella mujer expresa que los cachorrillos de los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos aunque no se las den.

Grande es el corazón de esta mujer. Y los humildes se ganan el corazón de Dios que se complace en los pobres y en los humildes de corazón. Es importante la fe y la humildad de aquella mujer. Mucho nos enseña este pasaje del evangelio. Primero en la actitud que nosotros hemos de tener ante los demás, también con aquellos que no son de los nuestros, aquellos que no nos caen bien, aquellos a los que podemos ver como adversarios nuestros en muchas cosas de la vida porque son distintos, porque piensan distinto, porque tienen otros conceptos o sentido de la vida; pero son personas, que también tienen sus valores, que pueden no coincidir con los nuestros, pero ¿por qué no se los hemos de respetar? ¿No podremos descubrir siempre algo bueno en el otro aunque sea distinto a nosotros? 

Como nos diría Jesús en otro momento del evangelio ¿es que solo vamos a saludar a los que nos saludan? ¿Solo vamos a ayudar a los que nos ayudan? Eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los gentiles, nos dirá Jesús. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra óptica!

Pero también hay otra cosa que podemos ver también en el corazón de aquella mujer. No se siente ofendida por las palabras de Jesús, no hace su interpretación interesada de las palabras de Jesús sino que siempre querrá sacar un partido bueno. Quitemos prejuicios de nuestra cabeza, no mal interpretemos las palabras o las cosas que hacen los demás. Somos muy dados a ello y por cualquier cosa nos ofendemos, y ni siquiera saber interpretar unos gestos o unas palabras de humor.

Disculpemos siempre, veamos siempre un lado positivo, descubramos detrás de todo un buen corazón que siempre lo hay, para que no se creen tensiones, para que no se rompan las amistades, para que no pongamos abismos entre unos y otros; todo tiene que ser un buen puente que nos acerque a los demás.


lunes, 19 de junio de 2023

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

 


Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

2Corintios 6, 1-10; Sal 97;  Mateo 5, 38-42

Algunos incluso se lo toman a broma, como si las palabras de Jesús fueran dichas de una manera superficial. Las palabras de Jesús encierran siempre un gran contenido y aunque nos parezcan simples imágenes como si fueran puestas de una forma retórica casi como si fueran un adorno, el sentido de las palabras de Jesús siempre tienen una gran hondura y ojalá fuéramos valientes para aceptarlas y convertirlas en verdadera pauta de nuestra vida.

Es aquello de poner la otra mejilla, como su eso fuera una cobardía porque nos dejaríamos violentar antes que nosotros caer en esa misma violencia. Y ya sabemos muy bien que si no ponemos freno, y una imagen de ello es el poner la otra mejilla cuando nos han agraviado, la violencia seguirá engendrando más violencia, convirtiéndose en una espiral difícil de detener cuando comienza a girar porque cada vez adquirirá más velocidad, más intensidad.

En una palabra nos viene a decir Jesús, ‘no hagáis frente al que os agravia’. Ese ser capaces de poner freno cuando la violencia comienza a crecer será algo que desestabiliza al que viene a nosotros con violencia, porque lo que espera es nuestra respuesta, para sentirse fuerte y con más razones para seguir con su violencia. Pero es algo que nos cuesta mucho entender. Nos es más fácil entender que quien ha sido agraviado u ofendido responda buscando una compensación, que podemos darle el nombre que queramos, pero que a la larga es una venganza. El amor propio herido, el orgullo que ha sido machacado con esa violencia con que han actuado contra nosotros, grita muy fuerte dentro de nosotros clamando venganza.

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto; nos es difícil porque todo canta a nuestro lado en contra nuestra, en contra de esos principios y valores que nos ofrece Jesús en el Evangelio. Y es ahí donde tenemos que mostrar la diferencia, presentarnos como una imagen de que es posible algo distinto, que es posible un mundo sin violencia. Es el mundo que quiere construir Jesús para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. No es fácil, es cierto.

Como base de todo Jesús ha puesto en nosotros el amor. Y el va por delante en esa muestra de amor, porque lo primero es el reconocimiento del amor que El nos tiene, y que es con lo que nosotros tenemos que responder. Jesús nos enseña a ser hermanos, porque somos todos hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, como ya nos ha dicho en otro momento del evangelio. Y los hermanos que se aman, se comprenden y se ayudan, los hermanos que se aman son capaces de perdonarse no siete veces sino setenta veces siete porque lo que tiene que estar predominando siempre es el amor. Si alguien ha roto ese lazo del amor, no vamos nosotros a seguir haciendo leña del árbol caído, sino que tenemos que reconstruir, restaurar, rehacer ese lazo del amor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús, cuando nos dice que no hagamos frente al que nos agravia. Es el camino que tenemos que saber emprender. No es una broma lo de poner la otra mejilla, es una actitud profunda que hemos de tener en la vida.

martes, 14 de marzo de 2023

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

 

limpiemos el cristal del corazón perdonando

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Cuando dejará de darme la lata, ya está bien, una y otra vez con lo mismo, pensamos algunas veces impacientes ante las molestas que estamos recibiendo de alguien. Ya le ha aguantado bastante, argumentamos, le he perdonado tantas veces, pero parece que esto no se acaba, y ya comenzamos a tenerle inquina en nuestro interior, perdemos la paciencia fácilmente, y terminamos rechazándolo.

Aquí estamos entrando en el tema del perdón, de las molestias u ofensas que recibimos de los demás, y nos preguntamos hasta donde tenemos que aguantar, hasta donde tenemos que seguir teniendo paciencia, cuantas veces tengo que perdonarle. Nos sucede tantas veces. Lo vemos tantas veces en la vida a nuestro alrededor; gente que se las guarda en su interior – y cuanto daño se están haciendo a si mismos – y están buscando no ya el cómo perdonarle, sino como encontrar medio para la venganza. Cosas así las tenemos muy cerca de nosotros, cuando no nos sucede a nosotros lo mismo.

Es lo que Pedro le está planteando al Maestro. Lo ha escuchado en el sermón del monte que nos manda amar también a aquellos que nos resultan indiferentes, que tenemos que hacer el bien también a aquellos de los que nunca hemos recibido un favor, que tenemos que amar a los enemigos y a los que nos hacen daño, que tenemos incluso que rezar por aquellos que nos han ofendido, que el padre tiene que recibir de nuevo en su casa al hijo que se ha malgastado todo lo que su padre le dio viviendo de mala manera...

Y Pedro no termina de entenderlo. Porque uno tiene también su orgullo y su amor propio, como tantas veces pensamos. Y ha escuchado a Jesús que hay que perdonar, porque además así nos ha enseñado a rezar, pero hay cosas que no le cuadran en su cabeza. ¿Cuántas veces? ¿Será ya suficiente para cumplir un poco con lo que dice Jesús, que le perdonemos hasta siete veces?

Ya conocemos la respuesta de Jesús, que seguramente les dejaría desconcertados. No es para menos. Porque Jesús parece que nos está pidiendo imposibles. Y Jesús propone una parábola. Una parábola en la que tenemos que aprender a valorar lo que es sentirse perdonado, para que yo pueda comenzar a tener esa actitud también para con los demás. El hombre que le pide cuenta a sus servidores, sobre todo uno que tiene grandes deudas con él; después de suplicarle ante las exigencias de su amo, pero sobre todo después que finalmente le han perdonado todo lo que debía, no fue capaz de tener entrañas de misericordia con un compañero que le debía una minucia en comparación.

No había disfrutado con el perdón que le habían concedido. Es el gran problema que seguimos teniendo. Parece que no le damos importancia cuando nos perdonan a nosotros, pero sí le damos importancia a lo que el otro pueda deberme. Nos olvidamos fácilmente de que nos han perdonado, de lo que nos han perdonado. Algo que tenemos que aprender a saborear para que entonces nosotros aprendamos a tener buenas actitudes con los demás.

Es regla universal que Jesús nos está trazando, es cierto, pero quiero centrarme en nosotros los cristianos, que seguimos siendo rencorosos tantas veces en la vida, y que nos cuesta tanto perdonar. Y a lo mejor somos de los que vamos a confesarnos mucho, porque es cierto que nos sentimos pecadores, para que el Señor nos perdone. Pero algo nos está fallando cuando nos confesamos, algo nos está fallando cuando estamos celebrando el sacramento de la penitencia para recibir el perdón de Dios por nuestros pecados, pero no terminamos de saborear ese regalo de Dios que nos perdona.

Y así no queremos dejar que otros puedan saborear el perdón que nosotros hemos de ofrecerle, no sabemos nosotros gozarnos regalando el perdón a los que nos hayan ofendido, porque es regalarles amor, porque es disfrutar de verdad de lo que es el amor de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y ahora nosotros queremos serlo con los demás.

Es un intercambio de amor y de misericordia, es un aprender a gozarnos de verdad en todo lo que es el amor de Dios, es disfrutar cuando amamos a los demás y nos mostramos comprensivos y compasivos, porque sabemos lo que son nuestras debilidades, pero porque hemos disfrutado cuando Dios nos ha perdonado.

viernes, 3 de marzo de 2023

No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

 


No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

¿Para qué mantener una herida abierta, que nos siga doliendo y molestando? Lo mejor es encontrar cómo sanar esa herida. Esa herida que mantenemos abierta tantas veces en el corazón cuando no sabemos sanarnos, cuando no sabemos o queremos sanar también a los demás.

Yo no lo puedo perdonar, decimos, y creemos que a quien dañamos solamente es al otro y no nos damos cuenta que nos estamos dañando a nosotros mismos, porque mientras no nos sanemos a nosotros mismos porque queremos guardar ese rencor a quien nos haya podido hacer algo, es a nosotros a quienes estamos dañando, porque cada vez que recordemos, cada vez que por los azares de la vida nos volvamos a encontrar con esa persona, estaremos abriendo esa herida en nuestro corazón. Nos cuesta darnos cuenta, nos cuesta buscar esa sanción dentro de nosotros, nos cuesta ser valientes para emprender ese camino del perdón. No nos estamos perdonando ni a nosotros mismos.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. El texto escogido por la liturgia para este día nos vuelve a referir al sermón del monte donde Jesús nos dejó claro lo que tiene que ser la sublimidad de nuestro amor. Un amor que tiene que estar lleno de delicadeza, una forma de tratarnos los unos a los otros donde debe prevalecer la ternura de quien ama de verdad. No son palabras, son gestos, son actitudes positivas las que tenemos que poner. Fácil es decir que amamos, pero no tan fácil es mantener ese amor de cada día cuando nos encontramos con quien nos cae mal, con aquel que sabemos que va con actitudes negativas, con aquel que nos contradice y no quiere estar de acuerdo con nosotros.

Por eso hoy Jesús le da tanta importancia a una palabra mal dicha, una palabra hiriente u ofensiva que podamos en contra de los demás. No es solo la violencia a lo grande lo que tenemos que evitar  sino esa violencia callada que llevamos en el corazón cuando nos podemos sentir incomodados y mal reaccionamos, - no podemos permitir que la cólera nos domine y nos haga perder el control - que no manifestaremos con grandes gestos violentos, pero que se puede traducir en ese desprecio, en esa no valoración de la persona que tengo delante de mi.

Nos recalca Jesús los buenos sentimientos que debemos tenernos los unos a los otros, como diría san Pablo tengamos entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que tiene que hacernos buscar siempre el encuentro, la reconciliación cuando tengamos quejas los unos contra los otros. No nos deberíamos ir a presentar nuestra ofrenda ante el altar, nos dice Jesús hoy. Y volviendo a lo que nos llegará a decir en este sentido el Apóstol en sus cartas, tenemos que ser ministros de reconciliación en el mundo en que vivimos. No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado.

‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no podréis entrar en el reino de los cielos’, nos dice Jesús. Nos escudamos tantas veces en que es lo que todo el mundo hace; eso no nos puede justificar de ninguna manera. Cuando optamos por el camino de Jesús, sabemos que es un camino diferente, es una forma más sublime y más delicada de vivir el amor. No es simplemente hacer lo que todo el mundo hace. Es sintonizar con el amor de Dios para vivirlo de manera igual nosotros con los demás. ¿Nadamos contra corriente? Nuestra dirección, la meta hacia la que nosotros tenemos que nadar, nos la propone el evangelio.

martes, 19 de junio de 2018

Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente


Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Esa persona me cae mal, no la aguanto, cuando la veo se me revuelven las tripas (¡!), con todo lo que me hizo, lo que habló de mi, el daño que me hizo; por eso, si puedo, la evito, ella por su camino que yo voy por el mío y que no se tropiece conmigo.
Cosas así escuchamos demasiadas veces en nuestro entorno; cosas así podemos en algún momento nosotros sentir por dentro. Podríamos pensar en muchas cosas concretas en ese sentido; y nos encontramos con vecinos que aunque viviendo puerta con puerta no se hablan, personas que pasan indiferentes ante aquellos que un día les hicieron algo – aunque no se si tan indiferentes o con muchos sentimientos encontrados en su interior -, familiares que se han dejado de hablar porque en un momento determinado tuvieron sus diferencias, cosas que no se olvidan y se recuerdan aunque pasen los años.
Pero hemos de reconocer que todo eso produce muchas amarguras en tantos corazones, porque aunque se diga que cada uno viva su vida y cada cual aguante el palo de su vela, sin embargo en el interior no nos sentimos quizá con tanta paz. Y es triste que vivamos con los corazones rotos, que se hayan roto tantas relaciones familiares o de amistad o vecindad que en un momento quizá fueron maravillosas, porque seguimos con nuestros orgullos en nuestro interior. Y hay quien se pregunta que puede hacer, cómo resolverlo, cómo olvidar, cómo restaurar cariños o amistades perdidas. Es difícil.
Hoy Jesús nos propone tres acciones a la hora de situarnos frente a situaciones así. Jesús nos habla de cosas muy concretas; Jesús tiene en cuenta eso que son nuestros dramas interiores y lo que quiere es que encontremos la paz. Son cosas muy sencillas las que Jesús nos propone, aunque nos puedan parecer difíciles. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, rezad por quienes os persiguen’. Tres acciones derivadas lógicamente del estilo del amor que quiere para nuestras vidas.
¿Son enemigos? ¿Por qué razón? ¿Por qué piensan distinto, tienen otra manera de concebir las cosas? ¿Porque quizá luchan contra nosotros y en esas luchas podrían hacernos daño? ¿O los consideramos enemigos porque un día hicieron algo que no nos agradó o contra nosotros o contra lo nuestro?
Pues Jesús nos dice que pongamos amor. Sí, es difícil, pero nos está pidiendo que seamos capaces de ponerlos en nuestro corazón. Y una forma de ponerlos en nuestro corazón es rezando por ellos. Simplemente desde nuestro corazón ponerlos en la presencia de Dios en nuestra oración. Y cuando seamos capaces de rezar por ellos – que es una forma ya de hacerles el bien – seguro que seguirlos haciendo el bien a esas personas en muchas cosas, estaremos poniéndolas en nuestro amor.
Cuando seamos capaces de hacer eso por quienes nos hayan dañado, nos hayan perseguido, por aquellos a los consideramos o ellos se consideran nuestros enemigos, estaremos comenzando a alejar de nuestro corazón el odio, el rencor, los resentimientos, la ira, la violencia, los deseos de venganza. Era la reacción primaria a cuanto pudieran habernos hecho, pero lo estamos transformando por la fuerza del amor, y podremos comenzar a tener paz en nuestro corazón, y se estarán alejando las amarguras que tanto daño nos hacían, y estaremos comenzando a olvidar y a perdonar.
Y Jesús nos da unas razones y motivaciones. Somos hijos de nuestro Padre del cielo, el Padre del cielo que a todos ama. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios diciendo que esas personas no merecen ser amadas de Dios? Si nos decimos que somos hijos de Dios y creemos en El, ¿en que nos vamos a diferenciar de los demás? Amar a los que los aman o hacer el bien a quien te haya hecho el bien, eso lo hace cualquiera. Pero un hijo de Dios que ha experimentado su amor en su vida en algo tendrá que diferenciarse. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo’, nos dice Jesús.

jueves, 17 de agosto de 2017

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Una buena convivencia en armonía y paz es lo que todos deseamos; saber entendernos y comprendernos, aceptarnos mutuamente sabiendo que todos tenemos limitaciones y podemos errar, procurar siempre el bien de los demás ofreciendo con generosidad nuestros servicios, nuestras buenas acciones son cosas que deseamos.
Pero bien sabemos que aunque lo intentemos con buena voluntad no siempre es fácil. Surgen las incomprensiones, aparecen en ocasiones los malos modos y exigencias, tenemos la tendencia a querer dominar y que se hagan las cosas según nuestro gusto, y llega un momento en que nos sentimos molestos y ofendidos por lo que alguien hace o dice.
Lo bueno seria que supiéramos superarnos, olvidar esos malos momentos, pero algunas veces se repiten las cosas, parece que no se termina de entender que no somos los únicos ni los reyes caprichosos del mundo, y nos vienen resentimientos por lo que el otro pudo decir, o quizá incluso pensar de nosotros y no digamos nada cuando sentimos que algo nos hiere y toca fibras sensibles de nuestro corazón y nuestra vida.
Es cuando tendría que aparecer nuestra capacidad de comprender y perdonar, pero parece que no siempre está el horno para bollos, como suele decirse, y surge en nosotros una mala reacción con la que también quizá podemos ofender, o al menos nos sentimos resentidos en el corazón y ya no somos capaces de disimular, olvidar y perdonar. y cuando las situaciones se repiten una y otra vez ya no lo queremos dejar pasar y vienen esos distanciamientos, el recelo, el resentimiento y hasta los deseos de venganza; ya se rompió aquella bonita e idealizada convivencia que tanto deseamos porque comenzamos a ponernos barreras de no aceptación porque no somos capaces de perdonar.
Es el eterno problema que no sabemos resolver y que tanto daño nos hace cuando aparecen resabios de odio dentro de nosotros hacia el que me haya podido haber ofendido en alguna ocasión.
Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. ¿Seremos capaces de perdonar? ¿Perdonaremos y olvidaremos restituyendo de nuevo aquellas buenas relaciones de amistad que se habían perdido? Pero cuando hay reincidencia en la ofensa ¿hasta donde tengo que llegar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Es la pregunta y el planteamiento que surge en los labios de Pedro, pero que refleja lo que pensamos en nuestro interior. Ya sabemos bien la respuesta de Jesús porque hasta tantas veces jugamos con sus palabras. Lo que Jesús nos está diciendo ahora no es sino una consecuencia de lo que ya nos propuso en el sermón del monte. Allí llamaba dichosos y bienaventurados a los que fueran misericordiosos en su corazón, a los que habían quitado toda maldad de su espíritu para vivir en la sencillez y en la humildad, a los que en verdad querían la paz y la buscaban no solo para si sino también para los demás.
Luego cuando nos hable del amor nos hablará del amor incluso a los enemigos, a los que no nos hacen bien, por los que además de querer perdonar tenemos también que rezar. Y nos habla Jesús del sol que sale sobre buenos y malos, de la lluvia que Dios envía a justos e injustos para decirnos como es el amor del Señor por todos a pesar de que le hayamos ofendido. Y nos dirá Jesús que tenemos que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo.
No nos extraña, entonces, que Jesús nos diga ahora que no solo tenemos que perdonar siete veces sino setenta veces siete, para decirnos cómo siempre tenemos que perdonar. Y para que lo entendamos nos propone una parábola que nos habla de ese amor infinito de Dios que nos perdona aunque grandes sean nuestras deudas, nuestros pecados, y que entonces así tenemos que saber perdonar esas pequeñas cosas que nos puedan hacer nuestros hermanos. Es que nuestra vida tenemos que envolverla en la misericordia, y así siempre tenemos que perdonar.
Qué paz podemos sentir en el corazón cuando somos capaces de perdonar. Porque cuando no perdonamos somos nosotros los que lo pasamos peor porque no somos capaces de quitar esa mala semilla del rencor y resentimiento de nuestra vida, siempre lo estaremos recordando y siempre estaremos sufriendo a causa de ello. Pero cuando sabemos perdonar, la paz vuelve a nuestro corazón. Con el perdón estamos llenando de la hermosa semilla de la generosidad nuestro corazón y nuestra vida.

martes, 27 de junio de 2017

Un camino de leal humanidad sin escalones ni pedestales, sin barreras ni distancias sino hecho de cercanía y tierna humanidad


Un camino de leal humanidad sin escalones ni pedestales, sin barreras ni distancias sino hecho de cercanía y tierna humanidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
¿A ti te gustaría que te hicieran, que te trataran cómo tú haces, cómo tú tratas a los demás? Ya sabemos como nos sentimos heridos ante la más mínima palabra que nos digan que nos pueda parecer ofensiva; cualquier gesto displicente que tengan con nosotros algunas veces hasta sin mala intención nos hiere y nos molesta. Sin embargo nuestro lenguaje no siempre es lo más delicado, nuestros gestos no son siempre agradables con todos, porque quizás cuando alguien no nos cae muy bien o no es de nuestra cuerda nos mostramos distantes con ellos, haciendo marcar diferencias, manteniendo las distancias, y como decimos tantas veces poniéndonos en nuestro lugar.
Pero ¿eso es de verdad ponernos en nuestro lugar? ¿Nuestro lugar está en los pedestales, en las distancias que pongamos ante los demás, en la displicencia o incluso la violencia con que tratemos a los otros? Es un camino que no nos lleva a ninguna parte buena, aunque en nuestro orgullos nos creamos crecidos y nos consideremos importantes.
En un camino de leal humanidad esos no serían los modos. Formamos parte de una misma humanidad y no tenemos por qué ponernos a hacer distinciones o colocarnos en distintos escalones. Incluso el que mayor responsabilidad tuviera hacia los demás por la función que ocupara en la sociedad, tendría que ser y mostrarse como el mejor servidor de todos. Es la cercanía la que nos hace más humanos, porque nos hace querernos y aceptarnos, incluso con nuestras limitaciones o con las debilidades que nos pudieran hacer tropezar tantas veces en la vida.
No es el camino de la imposición y de las exigencias hacia los otros los que nos puede hacer grandes ni lo que nos va a hacer importantes en la vida. Siempre recordaremos y valoraremos más a una persona cercana, a una persona humilde y sencilla, a una persona que sabe tener gestos sencillos pero cargados de cariño hacia nosotros. Los que se muestran displicentes, exigentes, violentos para imponer sus criterios o formas de actuar ya por si mismos se están alejando de nosotros.
Nos lo recuerda Jesús hoy. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Nos cuesta muchas veces, porque son tantos los sentimientos encontrados dentro de nosotros. Pero hemos de superarnos aunque eso nos cueste esfuerzo, saber negarnos a nosotros mismos, sacrificar nuestro amor propio y nuestro orgullo.
Por eso hoy Jesús nos habla de camino estrecho. No es que Jesús quiera que las cosas sean dificultosas para nosotros, pero caminar por un camino estrecho exige esfuerzo, constancia, atención para no salirnos de la vía que hemos de transitar. Es lo que nos pide Jesús. No nos podemos dejar simplemente llevar por lo que nos venga en gana, sino ver bien las metas, los ideales, lo que en verdad queremos de la vida para que todos seamos en conjunto más felices.
Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos esa palabra de Jesús. Busquemos juntos ese camino de felicidad que nos lleve a una plenitud de vida para todos. No es bienestar por bienestar porque nos apoyemos en cosas o bienes materiales, sino porque busquemos los valores más hondos, más espirituales, más trascendentales que son los que nos llevaran a una mejor plenitud de vida.

jueves, 11 de agosto de 2016

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1
¿Cómo es posible que no seamos capaces de ser misericordiosos con los demás con tantos signos de misericordia que hemos recibido en nuestra vida? Pareciera que olvidamos nuestras debilidades, nuestros fallos y cuantas muestras de comprensión, de paciencia, de misericordia han tenido con nosotros tantas veces.
Nos volvemos en ocasiones insensibles y duros, exigentes más con los otros que con nosotros mismos; olvidamos nuestras limitaciones y los errores que tantas veces hemos cometido en la vida; nos creemos merecedores de todo y nos creemos quizá con derecho a que tengan paciencia con nosotros que erramos una y otra vez y que no siempre mostramos suficientes señales de arrepentimiento y de que seriamente queremos corregirnos.
Desde esas posturas, desde esas actitudes surge el que tanto nos cueste perdonar, el que nos hagamos esa consabida pregunta de si tenemos que estar perdonándole a los demás una y otra vez las cosas con las que nos hayan podido ofender. Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos habla del sentido del verdadero amor y cómo hemos de amar a todos incluso a nuestros enemigos. Recordamos que nos decía que en algo teníamos que diferenciarnos los que pretendíamos seguirle, ser sus discípulos y pertenecer al Reino que El nos anunciaba. Es más nos decía también cómo nuestro amor a los enemigos debería llevarnos también a rezar por ellos.
Entendían fácilmente que teníamos que amarnos como hermanos, que no podíamos dejar de amar a los que nos amaban y nos hacían bien porque era además una forma de ser agradecidos, eso de amar a todos era una forma genérica de hablar, pero cuando llegaban a lo concreto de tener que amar a los que nos habían ofendido eso era cuestión de otro cantar. Les costaba a ellos entenderlo como nos cuesta a nosotros también, hemos de reconocerlo.
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro que refleja también la pregunta que rebrota dentro de nosotros tantas veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Está diciéndonos Jesús cómo tenemos que perdonar siempre. Y para ello nos propone una parábola.
Parábola que nos refleja toda la misericordia que Dios tiene con nosotros, imagen de la misericordia con que nosotros hemos de actuar con los demás. ¿Pero no decimos ‘perdónanos nuestros ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’? Así nos enseño Jesús a orar. Y creo que si rezáramos el padrenuestro con una mínima atención y dijéramos esas palabras con total sinceridad otra forma tendríamos de mirar al hermano que nos haya ofendido. Da la impresión que decimos tan deprisa el padrenuestro que pasamos por alto esa parte del perdón y casi no la decimos para no vernos nosotros comprometidos a perdonar también.
Seamos compasivos y misericordiosos como sabemos bien que Dios es infinitamente compasivo y misericordioso con nosotros que somos tan pecadores. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Vete primero a reconciliarte con tu hermano...



Vete primero a reconciliarte con tu hermano sofocando esas llamaradas de amor propio que puedan surgir dentro de ti

Ez. 18, 21-28; Sal. 129; Mt. 5, 20-26
‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado - oráculo del Señor - y no que se convierta de su camino y viva?... cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida… ciertamente vivirá y no morirá’. Hermoso el mensaje que nos ofrece el profeta de parte del Señor. ‘Oráculo del Señor’, nos dice.
Por eso podíamos rezar en el salmo acogiéndonos a la misericordia del Señor. ‘Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’ Es cierto que el que se siente abrumado por su pecado, por lo mal que haya hecho y piensa que para él no habrá perdón, es como para volverse loco. Está en nuestro corazón la esperanza del amor de Dios que nos perdona y nos da paz. ‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos’. Fijaos qué hermoso, nos habla de ‘la redención copiosa’; no es cualquier medida ni una medida a la que pongamos límites, es copiosa, abundante, generosa, como generoso e infinito es el amor de Dios.
En el evangelio se comienza a hablarnos del amor; serán muchas las ocasiones en que se nos hablará de nuestro amor a los otros, en este camino que vamos haciendo en la cuaresma. Hoy se nos invita a la reconciliación y a vivir con unas actitudes positivas hacia los demás, evitando todo lo que sea negativo en nuestras palabras, en nuestras actitudes o en nuestras acciones. Y se nos está señalando cómo hemos de comenzar a expresar ese amor y esos deseos de reconciliación sin esperar que sea el otro el que comience.
Primero nos dice que hemos de evitar todas las palabras que puedan ser ofensivas a los demás. Nunca una palabra fuerte, salida de tono, hiriente o despreciativa hacia los otros. Parecen cosas muy elementales que hasta podríamos pensar por educación para una digna relación humana entre unos y otros.
Pero quienes hemos hecho opción por el amor de manera que es nuestro distintivo no se puede permitir de ninguna manera una  palabra que pueda herir al otro, porque estoy hiriendo a un hermano. Y esta es una tentación fácil en la que podemos caer casi sin darnos cuenta, por ese lenguaje tan burdo que hoy utilizamos y en el fácilmente salen esas palabras o esas actitudes descalificativas hacia los demás. Seamos sinceros y analicemos bien las palabras que usamos en nuestras conversaciones y sobre todo cuando nos parece estar dolido por algo contra alguien, démonos cuenta de las palabras que empleamos y las descalificaciones.
Pero nos pide algo más Jesús. ¿Cómo nos podemos atrever a presentarnos delante del Señor queriendo decir que le amamos y que le ofrecemos no sé cuantas cosas cuando tenemos cosas pendientes con los hermanos que nos rodean? ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús. No puedo estar esperando a que el otro venga. Eso es lo que yo quisiera para subirme en el pedestal de los que somos buenos y perfectos y por compasión ahora perdonamos a ese pobre que no le queda mas remedio que reconocer su fallo. Una postura así dista mucho de ser una postura cristiana. Lo que nosotros tenemos que hacer es ir a buscar a ese hermano para reconciliarme con él, aunque cueste y tenga que sofocar las llamas de amor propio que puedan surgir dentro de nosotros, para poder presentarme con un corazón más puro y limpio y más lleno de amor ante el Señor. Nos lo dice claramente hoy Jesús en el evangelio.
Es que el amor siempre se adelanta, por eso mismo que es amor. El amor es generoso y siempre estará buscando la paz y la felicidad del otro. El amor verdadero no me permite quedarme pasivamente esperando a ver qué es lo que el otro hace, sino que el verdadero amor toma siempre la iniciativa, inicia el camino, va al encuentro del otro, nos ayuda a encontrar la paz verdadera en el corazón. Y no hay paz más hermosa que la que sentimos después de dar los pasos que nos han llevado a la reconciliación. Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto y muchas posturas nuevas y valientes habremos de tomar desde lo más hondo de nuestro corazón.

martes, 13 de marzo de 2012


No hay disculpa para no perdonar a los demás

Dan. 3, 25. 34-43; Sal. 24; Mt. 18, 21-35
¿Nos sucederá que nos cansamos de ser buenos? ¿Nos cansaremos de perdonar? Como se suele decir algunas veces el vaso se llena y se rebosa, y ya no podemos aguantar más. ¿Será eso lo que le sucedía a Pedro o simplemente estaba recogiendo lo que era el sentir de los que le rodeaban? Sería el sentir de los que lo rodeaban o es el sentir que vemos también a nuestro alrededor o algunas veces tenemos nosotros también en lo secreto de nuestro corazón. ¿Cuáles serás las posturas y las actitudes profundamente cristianas?
‘Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Nos va Jesús a ampliar lo que ya nos había dicho en el sermón del monte del amor a los enemigos, a los que nos ofenden o hacen daño y de cómo hasta hemos de rezar por ellos. Está bien claro lo que Jesús nos enseña, pero reconozcamos que es nuestra piedra de tropezar de cada día, nuestro caballo de batalla.
Para que comprendamos mejor la respuesta que Jesús le da a Pedro – ‘no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’ – Jesús nos propone una parábola. Una parábola que nos tendría que hacer pensar en la experiencia que nosotros tenemos de haber sido perdonados como un buen punto de partida para el perdón que otorguemos a los demás. La experiencia de sentirme pecador y perdonado, de ser una persona que comete errores y fallos pero que sin embargo encuentra comprensión y perdón, creo que es una experiencia fundamental para que nosotros seamos generosos también en nuestro perdón a los demás.
Sin embargo en la parábola no parece que aquel a quien le perdonó su señor una tremenda deuda – ‘debía diez mil talentos’ – sea capaz de recordar el perdón recibido a la hora de encontrarse con su compañero que apenas le debía unos céntimos en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Es necesario e importante el que seamos sensibles para ser capaces de ahondar en la experiencia de ser perdonados. Porque si yo he sido perdonado de una tremenda deuda creo que debería de tener suficiente generosidad en el corazón para perdonar también a los demás las minucias que puedan ser sus ofensas.
El que me perdonen a mi no es algo que yo pueda exigir a los demás, pero cuando me siento perdonado he de saber tener la suficiente capacidad de gratitud en el corazón hacia quien me haya perdonado, pero también para comenzar a tener actitudes nuevas en mi relación con los demás. Es lo que nos está enseñando la parábola de hoy. Si yo soy perdonado de mis ofensas y pecado, casi podríamos decir que en justicia yo también tengo que saber perdonar a los que me hayan ofendido.
Además, cuando Jesús nos enseña a orar con el padrenuestro, es una condición sin la cual no tendría sentido que yo pueda pedir perdón el que yo de generosamente ese perdón a los demás. ‘Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido’, decimos con la oración que Jesús nos enseñó.
Y es que no nos podemos cansar nunca de ser buenos ni de ser capaces de perdonar siempre a los demás. Respondemos así a la pregunta que nos hacíamos al principio. Pero es que nuestra vida está fundamentada en el amor; es nuestro distintivo principal; somos hijos, discípulos o seguidores de quien vino para perdonar, se entregó por nosotros para darnos la gracia y el perdón, y nos enseñó, perdonando y disculpando El a quienes le clavaban al madero, a perdonar nosotros siempre y en toda ocasión.
No hay ninguna disculpa para no perdonar a los demás. Es una exigencia de nuestro seguimiento de Jesús el ser capaces de perdonar siempre y a todos. ‘¿No debías tú también tener compasión de tu hermano como yo tuve compasión de ti?’ Una exigencia de justicia, tenemos que decir, aunque haya muchos que no lo entiendan. Y lo podremos hacer con gran generosidad si en la oración nos llenamos de la fortaleza y la alegría del Señor.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Promover la fe, el conocimiento de Dios y la esperanza de vida eterna

Tito, 1, 1-9;
Sal. 23;
Lc. 17, 1-6

La Palabra de Dios que la liturgia nos va ofreciendo cada día es una riqueza grande para nuestra vida y un alimento muy importante para el camino de nuestra vida cristiana. Aunque haya veces que pareciera que se repiten cosas, como tantas veces hemos dicho, siempre tiene la novedad de la Buena Noticia que nos llega en el momento concreto que vivimos; siempre puede recordarnos una y otra vez actitudes que hemos de tomar o que hemos de revisar y nos tiene que mover a ir purificándonos más y más en nuestro camino de santidad.
Ese recorrido que vamos haciendo es todo un proceso que vamos realizando en nuestra vida; proceso que nos tiene que ayudar a progresar, a avanzar más y más en nuestro amor al Señor y en la respuesta de amor que hemos dar en nuestra relación fraterna. De ahí la atención y el amor con que hemos de saber acoger cada día la Palabra de Dios.
Iniciamos hoy en la primera lectura la breve carta de san Pablo a Tito, enmarcada en las que llamamos cartas pastorales. Por eso vemos cómo hace al apóstol a su discípulo unas recomendaciones de orden pastoral en la elección de los presbíteros de la comunidad. Sin embargo quiero fijarme en parte del saludo del Apóstol a su discípulo que está muy en consonancia con algo que venimos escuchando y meditando en estos días.
‘Apóstol de Jesucristo, para promover la fe de los elegidos de Dios, y el conocimiento de la verdad… y la esperanza de la vida eterna’. Nos está diciendo Pablo la misión que siente que le ha confiado el Señor al elegirle su apóstol. ‘Promover la fe de los elegidos de Dios’, nos dice en primer lugar. Diríamos que es lo que siempre hemos de procurar, esa respuesta de fe que damos al Señor al sentirnos sus elegidos y amados. Una fe que tiene que ir creciendo más y más, ganando en profundidad en nuestra vida para que sea en verdad la raíz y el fundamento de toda nuestra vida. Algo que todos hemos de cuidar en nuestra propia fe, para que no se debilite, para que no se pierda, para que no se muera nunca.
Y ello desde ‘el conocimiento de la verdad…’ como sigue diciendo el apóstol. Conocer la verdad de Dios es conocer a Cristo o, si queremos, conocer a Cristo es llegar a ese conocimiento de la verdad de Dios que es la verdad de nuestra vida.
Ayer decía el Papa en la dedicación del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona: ‘He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito’.
¡Qué importante ese conocimiento cierto de la verdad de Dios! Cuánto tendríamos que ahondar en ese sentido en nuestra vida. Y todo, como hemos venido reflexionando mucho estos días con ‘la esperanza de la vida eterna’, que da trascendencia, como da valor y sentido a todo el caminar del hombre. No nos vamos a extender más.
Merecería también decir una palabra del evangelio que hemos escuchado. Por una parte cuánto hemos de evitar en nuestra vida todo lo que pueda dañar al otro con nuestras malas obras o con nuestro mal ejemplo. Qué delicados tendríamos que ser en ese sentido en nuestra vida. Pero también nos habla por otra parte de cómo hemos de ayudarnos los unos a los otros con la corrección fraterna y con el sincero perdón. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdonarás’.
Cuánto nos cuesta todo esto. Los apóstoles le pedían a Jesús que les aumentara la fe para poder entenderlo y vivirlo. Es lo que nosotros pedimos al Señor para tener la fuerza de vivir un amor así, en el estilo de Jesús.

martes, 9 de marzo de 2010

Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor

Dan. 3, 25.34-43;
Sal. 24;
Mt. 18, 21-35

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro a Jesús. Y ya sabemos cómo Jesús sentencia firme y tajantemente que tenemos que perdonar siempre. Y además nos propone la parábola del hombre que es perdonado y luego no sabe perdonar a su hermano.
Pero antes de entrar en más detalles con sinceridad reconozcamos, ustedes y yo también, que esa pregunta de Pedro nos la hacemos nosotros muchas veces. Nos cuesta perdonar, seamos sinceros. Nos cuesta perdonar, cuando aquel que nos ha ofendido o nos ha molestado es reincidente en su ofensa o en su molestia. Pero, ¿tengo que perdonarlo otra vez?
La parábola que nos propone Jesús nos hace mirarnos a nosotros mismos por muy santos y buenos que nos creamos. Somos pecadores, y no pecadores de una vez, sino pecadores reincidentes. ¿Te habrás parado a ennumerar cuantas veces te has acercado a Dios para pedirle perdón por tus pecados en los que reincidimos una y otra vez? Y ¿qué hace el Señor? ¿Nos dirá porque ya te perdoné una vez ese pecado y has vuelto a caer en el mismo ya no te voy a perdonar más? No es así la misericordia de Dios.
Por eso la parábola nos está invitando a que seamos conscientes cómo el Señor nos ha perdonado y nos ha perdonado una y otra vez. ‘Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos… arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo… tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda’.
Así es de generoso el Señor. No podemos pagar porque la ofensa es grande. Es el amor infinito de Dios el que hemos ofendido. Será ese amor infinito de Dios, que nos entrega a su Hijo que derrama su sangre y entrega su vida por nosotros, el que borra nuestras culpas, perdona nuestros pecados.
¡Qué hermosa oración la de Azarías en el libro de Daniel! Es la oración del hombre que se siente pecador; es la oración del pueblo que reconoce su pecado y su infidelidad. ‘Somos los más pequeños de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados… acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde…’ más que todos los holocaustos y sacrificios ‘sea hoy éste nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, porque los que en ti confían no quedan defraudados…’ ¡Cómo tendríamos que aprender a presentarnos ante el Señor con sinceridad, con humildad, con amor.
Si consideramos todo esto, ¿por qué no somos compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos? Ya sabemos cómo continúa la parábola. El que encontró compasión con su señor no fue capaz de tener compasión con su compañero. El debía diez mil talentos y se les perdonaron, a él le deben cien denarios y no es capaz de perdonar. ¿Merecía compasión de su señor el que no había sido capaz de tener compasión con su compañero?
‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ es la pregunta que nos hacemos. Considera lo que el Señor te perdona a ti para que tú tengas igualmente compasión del hermano.
‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, decimos en el padrenuestros como nos enseñó Jesús. ¿Lo pediremos con autenticidad y sinceridad cuando rezamos el padrenuestro cada día? ¿Quién soy yo para juzgar y condenar al hermano? Por qué si tuvo un día la desgracia de caer le voy a seguir teniendo en cuenta para siempre su caída (su pecado)? Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor.