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lunes, 17 de junio de 2024

Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

 


Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

1Reyes 21, 1-16; Salmo 5; Mateo 5, 38-42

No somos todos iguales, cada una tenemos nuestro carácter y nuestra personalidad, nuestra manera de ser y nuestras costumbres, somos distintos, son también nuestras cualidades y nuestros valores, la riqueza humana en la que hayamos crecido y nos hagamos formado y ciertas diferencias que pueden ir apareciendo según el camino que hayamos ido haciendo.

Y aunque queremos hacer un mismo camino, o al menos caminamos juntos por los caminos de la vida, las diferencias se notan y no siempre es fácil hacer ese camino juntos; por esa manera de ser o por nuestro carácter, por los impulsos que tengamos en la vida o la cierta pasividad que otros puedan manifestar, pueden surgir roces, encontronazos, y hasta podemos herirnos los unos a los otros; no quiero hablar de mala voluntad, pero sí hemos de tener en cuenta la debilidad o fortaleza que tenga cada persona.

¿Eso tiene que significar que tenemos que hacernos la vida imposible los unos a los otros? De ninguna manera, tenemos que decir. Pero ahí está la madurez humana que cada uno tengamos para aceptarnos y para respetarnos. Cuando Jesús nos está planteando todo un sentido de la vida, es lo que viene a enseñarnos en el sermón del Monte que estos días estamos escuchando y venimos comentando, nos está poniendo el amor como el que tiene que engrasar todos esos resortes de nuestra vida, o limar las asperezas o aristas que nos puedan aparecer y con las que nos podemos dañar. ¿Mecánicamente no utilizamos las grasas para facilitar los engranajes y las rodaduras en vehículos o herramientas que tengamos que utilizar? Esa grasa, podríamos decir, que nos va a facilitar el rodaje de la vida es precisamente el amor.

Y Jesús hoy en el evangelio desciende a cosas muy concretas que hemos de saber tener en cuenta. Y nos habla de que no tenemos que hacer frente al que nos agravia. Es el impulso primero que surge en nosotros cuando nos sentimos heridos, como cuando alguien toca una herida de nuestra carne. Y el rodaje de la vida había hecho que se marcaran como unos límites en esas reacciones que pudiéramos tener cuando nos sintiéramos heridos. Por eso se hablaba del ojo por ojo y del diente por diente. Si te rompen un diente tú no vas ahora a romperle tres al oponente. Por eso se ponía ese límite, que ahora Jesús nos viene a decir que eso tiene que quedar atrás, ‘no hagáis frente al que os agravia’, nos viene a decir.

Y para que entremos en una dinámica de la desterremos toda violencia, nos viene a decir eso que siempre nos ha llamado tanto la atención. ‘Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto…’

¿Significa eso que tenemos que permitir la violencia o la injusticia de los otros? De ninguna manera, pero significa la respuesta de paz que siempre tenemos que saber dar, no entrar en esa dinámica y espiral de la violencia. La mejor manera de detener una pelea y desarmar al oponente es precisamente ese no dar respuesta a su violencia. No vamos a dejar que nos machaquen, porque no vamos a consentir lo que signifique injusticia o maltrato, falta de respeto y daño de la dignidad de la persona, pero no nos vamos a poner a tiro de seguir con esa violencia. Es la mejor manera de emprender el camino del amor, del perdón, del que luego Jesús nos va a hablar más ampliamente.

Por eso nos invita Jesús a un camino de generosidad, de desprendimiento que solo podremos entender y emprender desde el amor más auténtico. ‘A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’, viene a decirnos Jesús. Es la generosidad que nace del amor, donde encontramos el sentido de la vida y desde donde haremos caminos de plenitud.

lunes, 19 de junio de 2023

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

 


Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

2Corintios 6, 1-10; Sal 97;  Mateo 5, 38-42

Algunos incluso se lo toman a broma, como si las palabras de Jesús fueran dichas de una manera superficial. Las palabras de Jesús encierran siempre un gran contenido y aunque nos parezcan simples imágenes como si fueran puestas de una forma retórica casi como si fueran un adorno, el sentido de las palabras de Jesús siempre tienen una gran hondura y ojalá fuéramos valientes para aceptarlas y convertirlas en verdadera pauta de nuestra vida.

Es aquello de poner la otra mejilla, como su eso fuera una cobardía porque nos dejaríamos violentar antes que nosotros caer en esa misma violencia. Y ya sabemos muy bien que si no ponemos freno, y una imagen de ello es el poner la otra mejilla cuando nos han agraviado, la violencia seguirá engendrando más violencia, convirtiéndose en una espiral difícil de detener cuando comienza a girar porque cada vez adquirirá más velocidad, más intensidad.

En una palabra nos viene a decir Jesús, ‘no hagáis frente al que os agravia’. Ese ser capaces de poner freno cuando la violencia comienza a crecer será algo que desestabiliza al que viene a nosotros con violencia, porque lo que espera es nuestra respuesta, para sentirse fuerte y con más razones para seguir con su violencia. Pero es algo que nos cuesta mucho entender. Nos es más fácil entender que quien ha sido agraviado u ofendido responda buscando una compensación, que podemos darle el nombre que queramos, pero que a la larga es una venganza. El amor propio herido, el orgullo que ha sido machacado con esa violencia con que han actuado contra nosotros, grita muy fuerte dentro de nosotros clamando venganza.

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto; nos es difícil porque todo canta a nuestro lado en contra nuestra, en contra de esos principios y valores que nos ofrece Jesús en el Evangelio. Y es ahí donde tenemos que mostrar la diferencia, presentarnos como una imagen de que es posible algo distinto, que es posible un mundo sin violencia. Es el mundo que quiere construir Jesús para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. No es fácil, es cierto.

Como base de todo Jesús ha puesto en nosotros el amor. Y el va por delante en esa muestra de amor, porque lo primero es el reconocimiento del amor que El nos tiene, y que es con lo que nosotros tenemos que responder. Jesús nos enseña a ser hermanos, porque somos todos hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, como ya nos ha dicho en otro momento del evangelio. Y los hermanos que se aman, se comprenden y se ayudan, los hermanos que se aman son capaces de perdonarse no siete veces sino setenta veces siete porque lo que tiene que estar predominando siempre es el amor. Si alguien ha roto ese lazo del amor, no vamos nosotros a seguir haciendo leña del árbol caído, sino que tenemos que reconstruir, restaurar, rehacer ese lazo del amor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús, cuando nos dice que no hagamos frente al que nos agravia. Es el camino que tenemos que saber emprender. No es una broma lo de poner la otra mejilla, es una actitud profunda que hemos de tener en la vida.

domingo, 19 de febrero de 2023

La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

 


La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

A veces las buenas noticias, aunque sean buenas, nos inquietan, nos dejan intranquilos, de alguna manera, podemos decir, nos revuelven por dentro, porque nos plantean interrogantes, pudiera ser incluso que dudas, pero nos impulsan y nos abren a algo nuevo, que no siempre quizás seremos capaces de asumir, de convertirlo en un leit motiv, un sentido para nuestra vida.

Si es buena noticia, nos podría decir algo, pues es algo bueno; es cierto, pero es que eso bueno nos puede hacer ver la realidad de otra manera, nos puede obligar a tomar nuevas y arriesgadas decisiones, nos puede obligar, sí, a salir de nuestras comodidades y rutinas. Y esto tiene que significar el evangelio en la vida del  hombre, de toda persona. Sin embargo, bien sabemos que no todos aceptan esa buena noticia del evangelio. Si todos lo aceptaran nuestro mundo y nuestra sociedad sería bien distinta.

Pero con sinceridad tenemos que preguntarnos, ¿es que los que nos decimos cristianos, porque decimos que creemos en Jesús, estaremos en verdad planificando nuestra vida según esos nuevos valores que nos enseña el evangelio? ¿Cuántos llevamos a lo concreto de nuestra vida de cada día lo que hoy se nos ofrece en el evangelio? ¿No pretenderemos muchas veces hacernos rebajas en nuestras interpretaciones porque decimos, amar sí, pero no hay que llegar a tanto?

Y es que le buena noticia que nos ofrece el evangelio, este pasaje concreto que se nos presenta en este domingo, viene a tocar aspectos que son fundamentales en lo que es nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús; algo en lo que de verdad hemos de diferenciarnos claramente de los demás. Es la amplitud y la universalidad del amor que se nos plantea hoy.

Siempre decimos, amamos y con eso es suficiente. Amamos, pero ¿hasta donde llegamos en nuestro amor? ¿A los amigos? ¿A los que están cerca de nosotros? ¿A los que nos quieren? ¿A los que son buenos y nunca molestan? ¿A los que nunca nos han hecho daño? ¿A los que a veces nos ayudan y entonces nosotros queremos corresponder prestándole también nuestra ayuda?

Cierto, ¿y en qué nos estamos diferenciando? Eso lo puede hacer cualquiera. Ya Jesús nos dice que los gentiles saludan a los que los saludan a ellos; ya nos dice Jesús que  cualquiera puede ayudar a alguien simplemente porque un día le ayudó a él también, lo hacen los publicanos y lo hacen también los gentiles.

Es otra la categoría, otra la amplitud, otro el nivel que nos pide Jesús para el amor. No se puede quedar encerrado en un circulo; me amas, te amo; me ayudas, te ayudo; eres de los míos, porque eres de mi familia, de mi grupo, de mi raza o procedencia, porque eres de los que piensas como yo, pues yo también te quiero y hago por ti todo lo que sea necesario.

Pero Jesús rompe el circulo, rompe esas barreras que no queremos traspasar, rompe esos lazos para ir también al que no me ama, al que no es de los míos, al que pudiera considerar enemigo porque quizás me quiere mal; Jesús rompe esas reglas que quizá un día con buena voluntad se pusieron para que no nos pasáramos en la reacción que pudiéramos tener cuando nos hagan lo que no nos gusta; la ley del Talión venía a limitar la amplitud de la venganza a la que creían que tenían derecho cuando se vieran injustamente tratados, no podía ir más allá en tu reacción de la medida con que te habían ofendido a ti, por eso se habla del ojo por ojo y del diente por diente. Pero Jesús nos echa abajo ese castillo de naipes que nos habíamos construido y nos habla de ofrecer la otra mejilla, de dar no solo lo que te pide sino si es necesario el doble o todo lo que necesite, de ser capaces de poner la otra mejilla.

Por eso para el seguidor de Jesús ya no tienen que haber enemigos; enemigo era no solo el que te quería mal, sino incluso a aquel que no perteneciera a tu grupo o a tu manera de ver la vida. Ahora tenemos que amarlos a todos e incluso orar por ellos, orar incluso porque el que haya hecho una ofensa. Qué aplicación práctica tiene este nuevo estilo que Jesús nos ofrece cuando hoy seguimos creando tantos abismos entre los que no pensamos lo mismo; cuando hoy seguimos generando tanta acritud hacia el que es distinto, al que tiene una opinión distinta y cuando tanto hablamos de democracia le queremos quitar el derecho a opinar a quien tiene otra forma de pensamiento, por ejemplo, para el sentido de sociedad que queremos construir.

Hoy se nos está planteando algo fundamental en lo que es nuestra vida cristiana, lo que es el seguimiento de Jesús. Es la Buena Noticia, que quizás nos cuesta recibir y aceptar porque nos va a doler el corazón, porque tendremos que hacer una verdadera conversión en nuestra vida, un nuevo planteamiento para muchas posturas, para muchas actitudes, para muchas de las cosas que hacemos que tendrán que ser de otra manera.

No es fácil. Además Jesús nos está diciendo que tenemos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo. Alto nos pone el listón. Pero sabemos que no nos faltará la fuerza de su Espíritu.

sábado, 22 de octubre de 2022

Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

 


Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

La pequeña parábola que nos propone Jesús en el evangelio es bien significativa. La higuera no da fruto, ¿para que la queremos en el huerto? Ocupando espacio, absorbiendo los nutrientes que podrían valer para otras plantas u otras hortalizas que tengamos allí sembrados, lo mejor es quitarla de en medio.

Es lo que hacemos tantas veces. Con aquello de que el mal hay que arrancarlo desde su raíz, no pensamos en la persona, no pensamos en una nueva oportunidad, sino que pretendemos quitarlo de en medio. Es el clamor que surge tantas veces en nuestro interior y que manifestamos de muchas maneras, cuando vemos este mundo injusto, tantas injusticias que hacen tanto daño a muchos y que de alguna manera están destruyendo nuestro mundo, y ahí estamos preguntándonos por qué Dios no quita de en medio a esos malvados.

Es la reacción que por otra parte dejamos salir con mucha facilidad cuando vemos que a alguien le sucede algo malo y enseguida pensamos que algo malo habrá hecho para que mereciera ese castigo. Nos volvemos justicieros, que no significa amantes de la justicia, y si de nosotros dependiera íbamos eliminando a tantos del camino de la vida porque los consideramos injustos, corruptos, malos desde la raíz, y no nos damos cuenta de cuáles son las actitudes que tenemos en nuestro corazón, muchas veces en esas ocasiones lleno de odio, con deseos de venganza, con ganas de eliminar todo lo que no sea como nosotros queremos o pensamos. ¿Dónde está el mal que habría que erradicar? Tenemos que pensarnos un poco más las cosas.

El motivo por el que Jesús les propuso la parábola a la que hacíamos mención, fue que vinieron contando a Jesús algo desagradable que había sucedido en aquellos días en el templo con la intervención del gobernador romano. Era considerado un sacrilegio, una profanación del lugar sagrado, y pronto comienzan a buscarse culpabilidades y a hacerse juicios de condena por aquellos hechos. Pero Jesús les recuerda, otro acontecimiento, el muro que se había caído de la piscina de Siloé y donde habían muerto varias personas. Ante la reacción que ante esos hechos se tiene con facilidad, Jesús se pregunta quienes eran realmente más culpables, quien merecería en verdad un castigo.

Y nos viene a enseñar Jesús que la manera de actuar de Dios no es a nuestra manera. Como se decía en los salmos los caminos de Dios no son nuestros caminos. En nuestros caminos buscamos siempre el castigo y la venganza pensando que ese es el camino de la verdadera justicia. Y nos viene a decir Jesús que Dios actúa de otra manera. Es la enseñanza de la parábola. El labrador de aquel campo no quiere arrancar la higuera; como ya nos había enseñado en otra parábola que la cizaña no se podía arrancar tan pronto porque podría dañar las buenas plantas de buena semilla. El labrador se ofrece a cavar de nuevo alrededor de la higuera, abonarla, podarla, cuidarla en la esperanza de que un día pudiera dar fruto.

Es la paciencia de Dios; es la misericordia y la compasión de Dios; es la verdadera justicia de Dios que siempre estará esperando nuestra vuelta, como el padre del hijo pródigo, como el pastor que busca a la oveja perdida. La justicia de Dios está en medio de los caminos del amor. Dios nos espera, Dios nos ofrece una y otra vez sus brazos, Dios quiere nuestra vuelta. ¿Por qué no vamos a esperar nosotros la vuelta de los que han errado el camino? ¿Por qué tenemos que arrancar de raíz esa planta?

Nos miramos a nosotros, con quienes Dios tantas veces se ha mostrado misericordioso, pero aprendemos a mirar a los demás, con los ojos de la misericordia de Dios. Seamos compasivos y misericordiosos como Dios, nuestro Padre, es compasivo y misericordioso.

lunes, 13 de junio de 2022

Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

 


Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Una espiral podríamos decir que su sentido es que sea algo que no tiene fin; no son vueltas cerradas sobre si mismas, sino vueltas abiertas que cada vez se van abriendo más, con lo que la espiral se hace cada vez más grande e interminable.

Es difícil romper el ritmo de una espiral pero creo que todos nos damos cuenta que en la vida hay cosas que algunas veces dejamos crecer como una espiral y de que de alguna manera tenemos que romper su crecimiento. Son, por ejemplo, las espirales de violencia que nos vamos creando y haciendo crecer más y más, porque siempre tendremos una nueva forma de responder a la violencia que antes nos hayan hecho con lo que la espiral se hará interminable y totalmente destructiva para nuestras relaciones y para nuestra convivencia; bien lo contemplamos en la vida diaria en que esas espirales de rencores y resentimientos han dividido familias, han roto relaciones entre vecinos que antes quizás hasta eran amigos, y se convierte como en una herencia familiar, donde actualmente no sabemos por qué estamos familias o estos vecinos se llevan mal, pero desde siempre ha sido así y nunca nadie se ha atrevido a poner solución rompiendo esa espiral.

Es a lo que nos está respondiendo hoy Jesús en el evangelio. Cuando nos ha puesto como norma de nuestra vida el amor ese amor tiene que ser la piedra de toque que sirva para romper esas espirales violentas y de odios que tantas veces nos creamos en la vida. Muchas veces surgidas de la manera más inesperada y cuando no se pensaba con ninguna malicia, pero hubo algo o alguien que la despertó y entonces el cristal de nuestra visión se hizo añicos y todo lo que miraremos a través de ese cristal roto y manchado por la malicia lo veremos lleno de esa maldad que generará más maldad en nuestro corazón.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice Jesús y ojalá supiéramos escucharlo. Es la manera de romper el inicio de esa espiral que cada vez se agrandaría más. En la vida tenemos roces, nuestras aristas muchas veces están demasiado afiladas, tenemos la sensibilidad a flor de piel y por cualquier cosa enseguida saltamos con tres piedras en la mano, como se suele decir.

Muchas veces aquello que nosotros recibimos como ofensa quizá ni tuvo esa intención en la persona de la que nos sentimos ofendidos, una mala interpretación, un descuido o un dejarnos llevar por un mal momento que a todos nos puede suceder, pero de la misma manera que para nosotros pediríamos siempre comprensión, así deberíamos de tenerla con los demás, y saber encontrar una disculpa en nuestro juicio tantas veces tan severo, o en la aceptación de la disculpa que el otro nos pueda presentar. Una detenernos en ese primer momento para tener la comprensión que pediríamos para nosotros salvaría muchas disputas y muchas veces que entablamos tantas veces en la vida. Romper, como hemos venido diciendo, esa espiral que tan fácilmente generamos.

Por eso nos hablará Jesús de cosas tan elementales como una bofetada recibida, de una discusión tonta por la posesión o no de alguna cosa, del favor que nos están pidiendo que siempre nos parece mucho, o de ese préstamo generoso que tendríamos que saber hacernos de las cosas que poseemos. ¿Cuál es nuestra respuesta a esas cosas que así de forma tan elemental nos van surgiendo en la vida en nuestra relación con los que están cerca de nosotros, incluso la misma familia?

No es cuestión de hacer el tonto, como algunos piensan, sino de saber encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, que nos lleve a disculpar y a perdonar, que nos lleve a tener abiertas las puertas de nuestra vida, pero sobre todo nuestro corazón. No podemos estar cobrando con la misma moneda lo que nos puedan hacer los demás, es ahí donde aparece la generosidad y la sublimidad del amor verdadero.

martes, 17 de mayo de 2022

En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

 


En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Tenemos que saber escuchar las palabras que se nos dicen teniendo en cuenta el momento concreto en que fueron pronunciadas para poder sacarle, por así decirlo, todo su jugo. Unas palabras fuera de contexto son peligrosas, y ya sabemos cómo se manipula hoy, cómo sacamos muchas veces lo que se nos dice fuera de su contexto, y como hay el peligro de que nos lleven a interpretaciones erróneas. Eso nos vale en muchas cosas y situaciones de la vida; cuidado con la malicia con algunas veces se actúa y nos dicen que dijeron pero no sabemos por qué dijeron y lo que en concreto se quería decir, esto que comento podría tener amplias aplicaciones a muchas situaciones de la vida.

Pero he iniciado este comentario, que me ha podido llevar a muchas cosas, para que nos demos cuenta de la profundidad que Jesús quería darle a sus palabras en aquel momento concreto de la cena pascual, anticipo de cuanto se iba a suceder a continuación. Ya hemos comentado en algún momento aquel momento especialmente tenso que se vivía en aquella cena y es cuando Jesús nos habla de la paz. En esos momentos de tensión necesitamos esa palabra que nos lleve a encontrar la serenidad para afrontarlo y a no perder la paz de nuestro corazón.

Así nos dice Jesús hoy: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Les habla a los discípulos en aquel momento tenso de paz, les habla de mantenerse firmes, de no acobardarse, de no perder la paz en el corazón. Bien que les hacía falta frente a todo lo que iba a suceder que iba a ser un escándalo muy grande para ellos. Ya en el huerto, tras el prendimiento de Jesús, todos le abandonan y huyen; así nos lo dirá claramente el evangelista. Allí aparecería precisamente al frente de aquellos servidores del templo que parecían forajidos precisamente uno de los propios discípulos. No habían entendido antes las palabras de Jesús a Judas, por tendría que ser un golpe muy fuerte verlo traicionar a Jesús yendo al frente de los que iban a prenderle. ¿Podrían mantener la paz del espíritu? Abandonan y huyen.

Jesús ahora quiere hacer que se mantengan fuertes, que no se acobarden pase lo que pase; El les había anunciado todo lo que iba a suceder pero ellos no lo habían comprendido. Serán momentos difíciles cuando se vayan cumpliendo todas las palabras anunciadas por Jesús. Claro que necesitan la paz. Y no es una paz cualquiera. Claro que no será la paz a la manera como la gente del mundo entiende la paz. Muchas veces quizás queremos imponer la paz.

Por eso en los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz. Nos habla a nosotros hoy de paz; y pensamos en lo que vivimos, pensamos quizá primordialmente en la guerra de Ucrania por la cercanía en el espacio y en el tiempo, pero nos vamos olvidando de otros lugares del mundo que hoy también se ven amenazados. Olvidamos pronto quizás también momentos de guerras y tensiones que hemos vivido en los últimos tiempos en distintos lugares del mundo.

Y rezamos, es cierto, por la paz, y queremos que pronto callen las armas y se pueda comenzar una reconstrucción de cuanto ha sido destruido. Pero ¿serán solo los edificios, las obras civiles, lo material con toda la ruina económica que lleva aparejada lo único que habrá que reconstruir? Es lo primero en lo que pensamos cuando estamos tan ansiosos de paz. Pensamos quizás que con esa reconstrucción ya estaría todo hecho y se recobraría de nuevo la paz, pero ¿no habrá algo más hondo que reconstruir en el corazón de las personas o en las mismas instituciones sociales para llegar a encontrar una auténtica paz?

Toda esta crisis que vivimos nos ha llevado a una destrucción interior, porque nuestros corazones se han roto, porque hemos dejado de creer en los otros, porque se han ido sembrando unas semillas terribles en nuestros corazones que nos despiertan el orgullo, el odio, los deseos de venganza o de revancha, unas ansias de destruir muchas cosas o personas que nos han traído todo estos males que sufrimos. No podemos huir ni tirarnos al campo para hacer la guerra de la paz por nuestra cuenta o a nuestra manera.

Si mantenemos todo eso en el corazón no encontraremos la paz. Por eso nos dice Jesús que nos da la paz pero no como la da el mundo. Será algo más hondo lo que tenemos que reconstruir en nosotros para alcanzar esa verdadera paz. Es lo que Jesús nos ofrece. Es la salvación que en verdad nos regala. Son cosas muy concretas donde El quiere hacer presente su gracia. Sepamos ver ese regalo de la paz que Jesús quiere darnos.

martes, 15 de junio de 2021

Seamos capaces de entrar en la órbita del amor que incluye también a los enemigos y rezar por los que hacen el mal, aunque no nos entienda el mundo que nos rodea

 


Seamos capaces de entrar en la órbita del amor que incluye también a los enemigos y rezar por los que hacen el mal, aunque no nos entienda el mundo que nos rodea

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

‘Hacer lo políticamente correcto’, es una expresión que oímos con frecuencia hoy y que se convierte en algo así como norma de comportamiento para tenernos contentos a todos. Los políticos han de hacer lo que se considera políticamente correcto para no salirse del grupo dominante dentro de su formación y aunque quizá en conciencia se considere que las cosas se deben hacer de otra manera, hay que contentar al que está en el poder porque si no hago lo políticamente correcto según consideren esos dirigentes me puede ir mal en mi carrera política. Pero eso tiene sus influencias en los comportamientos en la vida social y por ese sentido hacemos lo que la mayoría quiere aunque consideremos que las cosas son de otra manera o hay que actuar de otra forma.

Y esto es algo que se va contagiando en nuestra sociedad y en nuestro mundo y pudiera llegar a afectar a nuestra forma de vivir nuestra fe y nuestro sentido cristiano de la vida. Quizás muchas veces no damos la cara desde los principios y los valores del evangelio, porque en el ambiente que vivimos en nuestro entorno son otras las formas de entender las cosas. Y claro la moralidad de unos actos no se marca por unos votos porque la mayoría piense que hay que hacer lo contrario.

Tenemos unos valores, tenemos unos principios que nos ha dejado el evangelio y que quienes creemos en Jesús hemos de tomar como norma, estilo y sentido de nuestro actuar y muchas veces vamos a chocar con lo que se piensa alrededor, con la manera de actuar de la mayoría de los que están a nuestro lado. Y ¿qué hacemos? ¿Lo que políticamente es correcto porque lo que pretendemos es contentar o agradar a la mayoría?

Las palabras que escuchamos hoy en el evangelio son de esas cosas que nos dice Jesús que chocan frontalmente con lo que se vive en torno nuestro. Hoy Jesús nos pide no solo perdonar a los enemigos sino además rezar por ellos, rezar por los que hacen el mal o por los que nos hayan dañado. ¿En qué cabeza cabe esto?, pensarán algunos. ¿Cómo voy a rezar incluso por el que es mi enemigo, o por el que ha cometido tan tremendo crimen, o por quien me haya podido hacer mal? Y nos ensañamos en la condena, y no veas todas las cosas que somos capaces de decir y hasta lo que estaríamos dispuestos a hacer.

Por eso, recordar estas cosas que nos enseña Jesús en el evangelio entraría dentro de lo que políticamente no es correcto; y quizás no tenemos la valentía de decirlo, de predicarlo, porque claro el ambiente que vivimos algunas veces está tan enrarecido que eso va a provocar la ira de tantos en contra nuestra. Un poco de todo eso está pasando en estos momentos, y cuando alguien levanta la voz para proclamar claramente el evangelio es rechazado y hasta condenado. No se entienden estas palabras del evangelio, no se entiende lo de la misericordia y el perdón, y todos tenemos la tendencia a dejarnos resbalar por esa pendiente de la condena, de la revancha, de la venganza. Y en esa tentación podemos caer los cristianos.

No olvidemos que los cristianos tenemos que remar en la vida muchas veces a contracorriente. No es fácil. No es fácil que nos entiendan y nos pueden hacer la vida imposible. Pero ya Jesús nos previno y nos prometió la fuerza de su Espíritu para poder vivir el evangelio y para proclamarlo delante del mundo.

Es un mandamiento radical el que Jesús nos deja cuando nos manda amar y amar también a nuestros enemigos. Está en juego lo que significa el seguimiento de Jesús. Está en juego lo que significa la construcción del Reino de Dios. ‘Amor al prójimo que incluye al que te fastidia, al que te odia o te amenaza. Un amor valiente, que reclama y lucha por la justicia como esqueleto de convivencia y relación. Pero un amor que supera esa normativa para promover la misericordia y la compasión. Orar por vuestros enemigos, devolved bien por mal, amad, reconoced al otro como hijo de Dios, sed compasivos con el que te perjudica, perdonad hasta setenta veces siete’.

¿Seremos capaces de entrar de verdad en esa órbita del amor aunque tengamos que ponernos enfrente del mundo que nos rodea que no llega a entenderlo?

domingo, 13 de septiembre de 2020

Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

 


Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

Eclesiástico 27, 33 – 28, 9; Sal 102; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

Predicamos la tolerancia y luego en el día a día somos terriblemente intolerantes sobre todo con aquellos que no nos caen bien, o a los que sentimos como adversarios nuestros en la manera de plantearse las cosas porque quizás tienen otra visión de la vida y de las cosas, o con aquellos con los que nos sentimos molestos por algo que hicieron que no nos gustó y a los que ahora no le pasamos nada.

Digo predicamos, pero lo digo en el sentido de que en nuestra conversación con los demás nos encontramos con personas que nos pintan maravillas y nos dicen que no seamos intolerantes porque respetemos las decisiones o las ideas de los demás. Como hemos comentado en alguna ocasión, cuando hablamos podemos decir cosas maravillosas pero luego no somos congruentes con esas ideas que hemos expresado anteriormente.

Y aquí nos encontramos con el tema que nos presenta el evangelio de hoy y los planteamientos que hace para nuestra vida. Y es que con nosotros mismos somos una maravilla de tolerantes, porque todo nos lo perdonamos o pretendemos que los demás comprendan lo que hacemos aunque hayamos obrado mal y sean misericordiosos con nosotros; siempre queremos tener la comprensión y el perdón para lo que hacemos mal, buscándonos mil disculpas y justificaciones, pero no obramos con la misma medida para con los demás.

Y es cuando queremos poner limitaciones a la comprensión que podamos sentir hacia los demás, porque, como decimos, todo tiene un límite. Pero el planteamiento de amor que nos hace Jesús para nuestras mutuas relaciones no tiene límites. No podemos decir nunca que somos generosos hasta cierto punto, porque eso no seria generosidad. No podemos andarnos con generosidades egoístas, donde estemos planteando unas exigencias para los demás que entrañan al mismo tiempo un límite a nuestro amor.

Comienza el evangelio de hoy con la pregunta de Pedro que refleja muy bien esos planteamientos que nosotros nos hacemos. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?’ y ya con ese número se las está dando de generoso. Bien conocemos la respuesta de Jesús porque muchas veces hasta se convierte en una cantinela de nuestra vida. Jesús nos viene a decir que el que es generoso no está contando lo bueno que hace, el que es generoso para perdonar no está contando cuantas veces ha perdonado ya.

Por eso Jesús a continuación nos propone la parábola. No pretende la parábola resaltar la mezquindad de aquel siervo que fue perdonado de una fuerte deuda pero no fue capaz de perdonar la pequeñez que le debía el compañero. Eso no hace falta resaltarlo porque bien lo tenemos en nuestras obras de cada día. Lo que el evangelio nos quiere resaltar es la generosidad de aquel rey que está dispuesto a perdonar con generosidad sin límites.

Frente a la mezquindad de nuestras relaciones intolerantes, que se llenan de rivalidades, reticencias y desconfianzas, deseos de venganza y resentimientos que endurecen el corazón aparece lo divino del amor que se hace perdón.

Ya Jesús en otro momento del evangelio nos dirá que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Con el perdón nos parecemos a Dios, manifestamos lo que es el amor de Dios. Y Jesús es la manifestación de ese rostro misericordioso de Dios, no solo porque decimos que ha venido a ofrecer su vida por nuestra salvación, para obtenernos el perdón de Dios que necesitamos, sino que contemplemos cada paso, cada cercanía de Jesús a los enfermos y a los pecadores y estaremos contemplando ese rostro misericordioso de Dios. No en vano cuando cura al paralítico que han hecho llegar a sus pies la primera sanación que Jesús le regala es el perdón de los pecados. Pero aun más lo veremos en la cruz no solo perdonando a quienes lo están crucificando sino convirtiéndose en abogado defensor ante el Padre ante el cual tendrá hasta una palabra de disculpa para quienes le crucifican. ‘¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!’

Pero ese perdón que Dios nos ofrece tiene que ser acogido y aceptado por nuestra parte. Acogerlo y aceptarlo significa que nosotros reconozcamos nuestro pecado, nuestra debilidad; pero acogerlo y aceptarlo es que nosotros nos convirtamos en perdón para los demás, que es lo que no supo hacer aquel siervo tan ingrato. Por eso Jesús en su oración nos enseña a que le pidamos perdón a Dios por nuestras ofensas, como también nosotros estamos dispuestos a perdonar a los demás.

       Pero hay que decir también que cuando nosotros en esa sublimidad divina de nuestro amor estamos ofreciendo el regalo del perdón a los demás, es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo un regalo, el regalo de la paz. Nos desprendemos de esas sombras de resentimientos y de dolores que podamos sentir en el corazón, nos curamos de nuestras intolerancias y de la dureza del corazón para sentir la verdadera paz del perdón también en nuestras vidas. Si no has llegado a terminar de sentir esa paz es que todavía no solo no has perdonado del todo al otro, sino que no te has perdonado a tí mismo, nos has terminado de curar y llenar de nuevo de luz tu corazón.

lunes, 15 de junio de 2020

Miremos el termómetro de la medida del amor para ver hasta donde llega o tiene que llegar la intensidad de su temperatura


Miremos el termómetro de la medida del amor para ver hasta donde llega o tiene que llegar la intensidad de su temperatura

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42
‘La medida del amor es el amor sin medida’, decía san Agustín. Estamos de acuerdo. ¿O no? así a bote pronto nos parece muy hermoso, una frase lapidaria que se puede convertir en un hermoso lema de vida. Pero seguramente cuando tratamos de llevarlo a la vida, de hacer que en verdad sea la manera de ser y de actuar comenzaremos a hacer rebajas.
Que si uno no es correspondido… que si la gente no se lo merece que los amemos así… que a unas personas que son buenas y te manifiestan su cariño es fácil hacerlo, pero que a otros nos cuesta más… que si aquella persona un día hizo no sé qué cosa que no me gustó… que no vamos a ser nosotros los 'bobos' que siempre estemos dándonos y sin recibir nada a cambio… que tenemos que comenzar por amarnos a nosotros mismos porque todo no va a ser darse por los demás… cuantas pegas aparecen, cuantas excepciones queremos hacer. Total que al final no será un amor sin medida, sino que estaremos poniéndole unos corsés al amor. En el fondo, cuidado que no se salga de unos límites.
Todo esto viene a cuento de lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de cómo siempre tenemos que perdonar y que nunca ni nos busquemos la justicia por nuestra mano, ni respondamos de forma vengativa a lo que los demás puedan hacernos. Nos habla de la delicadeza de nuestro trato con los demás de manera que nunca nuestras palabras ni nuestros gestos puedan herir o molestar a los demás. Nos habla de la generosidad con que hemos de dar, sin esperar nada a cambio, aunque los demás no respondan a nuestros gestos de amor, o en ocasiones pudieran respondernos negativamente. Nos habla de cómo hemos de saber estar al lado del otro en todo momento sin poner límites ni cortapisas a la acogida generosa de nuestro corazón.
Eso nos cuesta. De alguna manera la frase de san Agustín con que hemos comenzado esta reflexión es respuesta a esa pregunta que siempre nos hacemos ¿hasta dónde tenemos que amar? Como preguntaría Pedro un día a Jesús ¿hasta cuánto tengo que perdonar? ¿Habrá un límite? ¿No será ya suficiente que le perdone hasta siete veces? Y ya sabemos la respuesta de Jesús ‘no siete, sino setenta veces siete’.
Por algo Jesús nos deja como principal mandamiento el amor. Partiendo siempre del amor que Dios nos tiene y que hemos de saber saborear en nuestra vida – quizá ese sea el gran fallo nuestro, no haber sabido saborear el amor de Dios – le amamos con la totalidad de nuestro ser. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas’. El amor a Dios sobre todas las cosas, como resumimos muy bien en los mandamientos aprendidos desde nuestra niñez, pero unido inseparablemente a ese amor a Dios tiene que estar el amor al prójimo. No hay mandamiento mayor ni más principal.
Pero hemos de tener cuidado, porque lo damos por sabido y por cumplido. Hemos de detenernos a examinar nuestro amor, a fijarnos en los detalles con que expresamos nuestro amor. No son solo palabras, tiene que ser vida, una vida que se traduce en esos gestos de cercanía de cada día, esos gestos que se traducen en el buen trato, en la generosidad que tenemos con los demás, en la paciencia que tenemos ante las flaquezas del prójimo porque nos damos cuenta lo débiles que nosotros somos también, esos gestos que son el compartir o el saber caminar al lado del otro quizá muchas veces en silencio pero haciéndole saber que tú estás ahí en todo momento para lo que haga falta.
Es la delicadeza y la intensidad de la medida del amor verdadero. Miremos el termómetro de nuestro amor para ver hasta donde llega la intensidad de su temperatura que por muy fuerte que sea nunca se quemará ni se pasará.

lunes, 17 de junio de 2019

Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús


Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
Yo soy amigo de mis amigos, solemos decir con frecuencia, y ayudo al que me ayuda. Es una actitud muy frecuente en la vida y muchas veces hacemos gala de que somos así, como si fuera una gran cosa o estuviéramos haciendo una cosa extraordinaria. Pero si nos ponemos a pensar un poquito creo que podemos darnos cuenta de que es una amistad o una ayuda muy interesada; pareciera que estuviéramos haciendo compraventa de nuestra amistad y de nuestras ayudas. Si tu no me ayudas a mi nunca, ¿por qué tengo que ayudarte yo a ti? Pensamos y decimos y actuamos desde ese baremo.
Ya nos dirá Jesús en otra ocasión en el evangelio qué es lo que hacemos de especial si hacemos simplemente lo que hace todo el mundo. Saludar a los que te saludan nos dice Jesús eso lo hacen hasta los gentiles. Y es que Jesús viene a darnos un sentido nuevo de las cosas donde pongamos verdadera generosidad en nuestro corazón, donde seamos capaces de romper barreras para ir más allá de lo que le parece bien a todo el mundo. Ya nos pondrá El de modelo su propio amor. Y esa es la maravilla.
Y esa es la lástima que constatamos en la vida de cada día, en nuestras mutuas relaciones, en lo que es esa presencia tan diluida de los cristianos en medio del mundo. Si nos dice Jesús en otro momento que tenemos que ser sal de la tierra, significa que otro sabor tenemos que darle; cuando le ponemos sal a la comida buscamos darle otro sabor, que sepan de una manera deliciosa aquellos alimentos que estamos cocinando, que nos lo hagan apetitosos.
Pero nos sucede que hoy los cristianos en medio del mundo no contagiamos de nada nuevo, porque nada nuevo y distinto de un valor superior estamos haciendo, sino que nos contentamos con lo que todo el mundo hace. Muchas veces nos encontramos a gente que no tienen los valores de la fe que nosotros tenemos y que sin embargo son más comprometidos que nosotros, se mojan por así decirlo en aquellas cosas por las que se comprometen en su lucha por la justicia y por hacer desde su manera de pensar un mundo mejor. Mientras nosotros los cristianos andamos como descafeinados, queremos ser café, pero no llevamos ese café bueno y oloroso en la vida que lo haga apetitoso a aquellos a los que les pueda llegar el olor.
Jesús nos pide seriedad en nuestros planteamientos, compromiso en el camino del amor, implicarnos de verdad en hacer que las cosas sean distintas, y que entonces nos andemos desde nuestras concepciones mezquinas y raquíticas del amor porque no hemos terminado de escuchar lo que Jesús nos plantea. Es lo que nos viene a decir hoy en el evangelio.
Cualquiera que se siente agraviado por los demás trata de responder con la misma moneda y a la larga nos estamos poniendo a su mismo nivel. Otro tiene que ser nuestro estilo. Al que viene contra nosotros haciéndonos el mal tenemos que saber hacerle frente no haciendo el mismo mal, sino transformándolo todo y respondiendo desde el amor, respondiendo haciendo el bien.
Hemos de saber escuchar con corazón abierto y generoso las palabras de Jesús. Nos las sabemos incluso de memoria sin embargo no han hecho mella en nuestro corazón porque nosotros seguimos actuando de la misma manera. Ya es hora de que abramos bien los oídos para escuchar a Jesús y nos pongamos en camino de verdad y de una forma comprometida a hacer ese mundo mejor desde esos valores que Jesús nos está enseñando en el evangelio.

domingo, 19 de febrero de 2017

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Con Jesús no nos valen las rebajas. Cuando se trata de amar y amar de verdad no podemos andar con mezquindades ni con mínimos para cumplir. Las relaciones de amor no se pueden quedar reducidas a mercadeos; yo te doy tanto para que tu me des cuanto, si tu no haces nada por mi no me siento obligado a hacer por ti. Son otras las medidas y los parámetros que nos enseña Jesús.
Demasiado andamos en la vida con el mercantilismo de que a todo le ponemos precio y nada hacemos si no es para obtener unos beneficios a cambio. Algunas veces parece que hubiéramos olvidado la palabra gratuidad, y más que la palabra la actitud. Pero así como lo hacemos para obtener beneficios utilizamos esas mismas varas de medir cuando se trata de lo malo que nos puedan hacer o lo bueno que nos hayan podido hacer.
Todavía no hemos olvidado lo del ojo por ojo y diente por diente. Y así andamos con deseos de revanchas, con resentimientos, con cosas que no olvidamos y no perdonamos nunca, con marcas que le ponemos a la gente de una vez para siempre porque quizás un día cometieron un error o hicieron algo mal. Decimos que estamos envueltos en una cultura cristiana pero el evangelio no termina de ser la norma última de nuestro actuar.
Tajantemente hoy nos dice Jesús y también en la Palabra de Dios del Antiguo Testamento que hemos escuchado lo que son nuestras metas y la motivación mas profunda para ese nuevo actuar del que se llama seguidor de Jesús, del que quiere vivir con todas sus consecuencias el espíritu del Evangelio.
‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ nos decía el Levítico en el nombre del Señor. Y Jesús por su parte nos dirá: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto…'Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Nuestra meta, nuestro modelo, nuestro estilo y nuestro sentido es Dios, es el amor de Dios. Santos como el Señor nuestro Dios es Santo… perfectos como el Padre del cielo. Así seremos sus hijos, así estaremos expresando que nos sentimos amados de Dios y con el mismo amor nosotros queremos amar también.
Si lo que queremos es imitar ese amor de Dios, ¿Cómo podemos permitirnos entre nosotros violencias y venganzas? Si queremos en verdad mostrarnos como hijos de Dios ¿Cómo vamos a dejar de amar al prójimo a quien también Dios ama? Dios no hace distinciones, ama a unos y otros, ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, manda la lluvia a justos e injustos’ ¿Cómo podemos hacer nosotros distinciones en nuestro amor?
El amor al prójimo va a ser nuestro distintivo para siempre. ¿Y quien es mi prójimo? Ya recordamos que un letrado vendrá un día a Jesús con esa pregunta. Jesús nos lo aclara bien porque la palabra en si mismo nos esta diciendo que prójimo es el otro; entre los judíos se consideraba que prójimo era solamente el que era de su mismo pueblo y de su misma religión. Ya vemos como en tiempos de Jesús se trataba con desprecio a los gentiles, a los que no eran judíos; se les consideraba como un enemigo.
Pero ya vemos bien como Jesús nos dirá que tenemos que amar también al enemigo, al que nos haya hecho mal o nos haya ofendido. En otro momento nos hablara claramente del perdón y de la medida del perdón cuando nos diga aquello del setenta veces siete. Hoy nos dice algo que podríamos considerar sublime, porque nos dice no solo que perdonemos sino que oremos por el enemigo, por aquel que nos haya podido haber ofendido.
Por eso hoy nos esta proponiendo un camino de perfección, perfectos como nuestro Padre del cielo. Ya sabemos que cuando entre nosotros los hombres hablamos de perfección conocemos nuestras limitaciones y nos parece casi imposible. ¿Cuál es la perfección que Jesús nos esta proponiendo? ¿Cuál es ese modelo de santidad que nos decía el Levítico?
Nuestro Dios es Padre y su amor es un amor compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios, compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios de la que hemos de impregnarnos. Experimenta esa ternura de Dios en tu vida y no podrás ya amar sino con esa misma ternura a los demás.
Cuanto nos cuesta, hemos de reconocer. Pero ese seria el mejor evangelio que pudieras anunciar a los demás, reflejar en tu vida esa ternura y misericordia de Dios. Aun con mis limitaciones para yo vivirlo en mi propia vida, sin embargo me duele que no seamos capaces de mostrarnos así con los demás. Es triste el contra testimonio que tantas veces damos, si, un testimonio en contra del evangelio que queremos predicar. Porque nunca nuestro perdón es todo lo generoso que tendría que ser, porque aunque salgan muchas palabras bonitas de nuestros labios no terminamos de ser misericordiosos con el pecador; porque aunque decimos que perdonamos sin embargo seguimos marcando de alguna manera a aquel que un día pudo haber cometido un error y ya no lo valoraremos de la misma manera.
Y esto tristemente sucede en nuestra Iglesia, sucede en quienes tienen que anunciar ese evangelio de misericordia, y sigue sucediendo en tantos de nosotros que no terminamos de perdonar a los demás porque los separamos y discriminamos para siempre.
Seriamente te pregunta, ¿has orado alguna vez por aquel que quizá algún día te ofendió, por aquel a quien por eso estarías considerando un enemigo? Ora por aquel a quien te cuesta tanto perdonar y veras como empezarás a sentir una nueva paz en tu corazón.

martes, 27 de septiembre de 2016

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

¿Cómo reaccionamos cuando nos aparecen problemas que contrarían nuestra vida, alguien nos lleva la contraria o nos dice no a nuestras aspiraciones, o se opone a nuestros deseos o proyectos?
En nuestra madurez tendríamos que saber que en la vida siempre nos aparecen problemas y habríamos de tener la serenidad suficiente para afrontarlos y no sentirnos contrariados porque las cosas no sean siempre de nuestro gusto; de la misma manera ante la reacción o respuesta negativa que podamos encontrar en los demás hemos de saber ver y respetar las diferencias de opinión o de planteamiento y antes que enfrentarnos tendríamos que saber llegar a un diálogo constructivo donde sepamos aprovechar lo bueno que haya en ambas partes.
Pero reconocemos que no siempre actuamos así, que el diálogo no se hace fácil, que el enfrentamiento nos lleva por un lado a una violencia interior que luego se puede traslucir en las actitudes que tengamos hacia los demás o en nuestras palabras y desgraciadamente muchas veces llegamos hasta la violencia física. Es lo que vemos en las confrontaciones de cada día en la vida social, en las mismas relaciones familiares, en el trato con los amigos con los que fácilmente se llega a rupturas indeseadas, y no digamos nada lo que sucede en la vida política.
Humanamente tendríamos que ser maduros ante estas situaciones diversas que nos encontramos en la sociedad y en el día a día de nuestro encuentro con las personas cercanas a nosotros. Y desde unos sentimientos cristianos hemos de saber poner el bálsamo del amor que nos lleve a la comprensión, al respeto, a la valoración de las personas, y quitar todo atisbo de violencia, de revancha, de resentimientos, de actitudes vengativas, y de todas aquellas reacciones con las que pudiéramos hacer daño a los demás. Clave importante en nuestras relaciones mutuas es la comprensión y también la capacidad del perdón.
Me surgen estas consideraciones desde el breve texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Jesús había decidido ir a Jerusalén; en esta ocasión lo hace atravesando Samaría en lugar de bajar por el valle del Jordán hasta Jericó. Se acercan a un pueblo donde desean pasar la noche y buscan alojamiento; pero como iban a Jerusalén los samaritanos no quisieron recibirlo. Surge la contrariedad.
La reacción de algunos de los apóstoles se llena de violencia al menos en su interior y se vislumbran sus deseos en sus palabras. Quieren poco menos que baje fuego del cielo sobre aquellos que no quisieron recibirlos. Pero ya vemos cual es la actitud de Jesús. El evangelio nos dice que Jesús les regañó y se fueron a otra parte. A la violencia, la serenidad y la paz. Al rechazo, la paciencia y la comprensión. Sin palabras Jesús nos está enseñando.
Es el camino de paz que cada día hemos de ir construyendo. Y no solo hemos de pensar en los grandes conflictos que afligen nuestro mundo, sino en esos pequeños conflictos que nos aparecen en la vida del día a día. Es nuestra madurez humana y nuestra madurez como cristianos; que haya un espíritu fuerte en nuestro corazón para llenarnos siempre de esa paz que tanto necesitamos.

lunes, 15 de junio de 2015

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
‘Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra’. Contrapone Jesús esta sentencia al dicho comúnmente aceptado por todos de ‘Ojo por ojo, diente por diente’, que hemos de reconocer que sigue siendo aun hoy norma de actuar de muchos.
Quizá esa expresión del ‘ojo por ojo y diente por diente’ habían nacido como un querer poner un cierto límite a los deseos de venganza que surgen en el corazón cuando se nos hace daño. Se limitaba para que nadie se excediera en que la venganza no podía sobrepasar el límite de la injuria recibida. Pero Jesús nos cambia los esquemas.
‘No hagáis frente al que os agravia’, no entres en la espiral de la violencia, sino más bien crea el circulo del amor. La violencia engendra fácilmente violencia; lo comprobamos todos los días en nuestras relaciones, en lo que vemos a nuestro alrededor y hasta en lo que guía las relaciones a más alto nivel, dígase de unos grupos contra otros o de unas naciones contra otras. Pensamos que con la violencia vamos a resolver las cosas, sin darnos cuenta de que quien sufre violencia, aunque nosotros digamos que es por un castigo merecido, va a hacer surgir en el corazón de quien la sufre resentimientos, rencores, odios, deseos de revancha y provocará más violencia interior y que también se va a manifestar en las cosas que hagamos.
Es el estilo nuevo de los que escuchamos a Jesús y queremos vivir en los parámetros del Reino de Dios. Qué terrible es cuando el odio se mete en el corazón y no sabemos apagar ese fuego tormentoso. ‘Dichosos los que trabajan por la paz’, nos diría Jesús en las bienaventuranzas; dichosos nosotros si somos capaces de ir sembrando semillas de paz verdadera en el corazón de los hombres, porque siempre estamos dispuestos al perdón, a la misericordia, a la compasión.
Cuanto nos cuesta comprender esto y, sobre todo, cuanto nos cuesta vivirlo. Quizá en una reflexión serena lo podemos ver claro, pero cuando llega a nosotros la violencia, cuando nos sentimos heridos u ofendidos cuánto nos cuesta hacer brotar de nuestro corazón el perdón y no perder la paz en nuestro interior.
Decíamos antes que ‘el ojo por ojo y el diente por diente’ sigue siendo norma de conducta hoy para muchos. Les cuesta comprender y aceptar con humildad ese don del perdón y de la misericordia. Quizá hasta hablamos de hacer hoy un mundo mejor, y hablamos de respeto y de libertades y de no sé cuantas cosas más, pero cuando llegamos a este punto de perdonar cuando somos injuriados, por ahí ya no pasamos y se nos viene abajo todo lo otro que habíamos dicho de esas relaciones humanas entre todos. Ya escuchamos muchas veces casi como chance o como burla el que nos repitan esas palabras de Jesús de poner la otra mejilla. Nos quedamos en la anécdota, por así decirlo, pero no somos capaces de entrar en la orbita del perdón.
Creemos en verdad un mundo más humano, y sabiendo como sabemos que todos somos débiles y cometemos errores tengamos como un valor importante el que seamos capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos. 

lunes, 17 de junio de 2013

Una cultura nueva de la paz y del amor frente a la ley del talión

2Cor. 6, 1-10; Sal. 97; Mt. 5, 38-42
‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’, nos decía san Pablo en el comienzo de la lectura de la segunda carta de los Corintios de hoy.  ‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación’, seguía diciéndonos. Es el hoy de la salvación que vivimos cada día en nuestra vida. Dios va derrochando sus gracias sobre nosotros que hemos de saber aprovechar como una riqueza grande para nuestra vida.
La oportunidad que tenemos cada día de escuchar la Palabra de Dios es una gracia con la que el Señor nos regala y que no podemos desaprovechar. Como les decía Jesús a los discípulos muchos quisieron ver el día del Señor y no pudieron; hacía una referencia a los judíos de todos los tiempos del Antiguo Testamento que vivían con ansia y deseos grandes de poder ver el día del Señor, el día de la llegada del Mesías y sin embargo no pudieron. Los judíos del tiempo de Jesús tenían la oportunidad de ver ese día de gracia y vivirlo y sin embargo muchos no quisieron.
Apliquémonos eso al hoy de nuestra vida. Es una gracia que llega a nosotros en el hoy de nuestra vida y hemos de saber aprovechar. Es la Palabra de Dios que siempre hemos de escuchar con atención y sentir cómo en cada momento el Señor quiere hablarnos a la situación concreta de nuestra vida.
Seguimos escuchando en el evangelio el sermón del monte como una prolongación de las Bienaventuranzas que Jesús pronunciara. San Mateo nos lo recoge en varios capítulos de su evangelio que ahora nosotros vamos escuchando y meditando paso a paso. En él, como ya hemos reflexionado en otra ocasión, se nos va desgranando el mensaje de cómo hemos de vivir los que queremos pertenecer al Reino de Dios. Habrá  cosas que nos puedan parecer más agradables, en otras ocasiones Jesús se nos manifestará con total radicalidad. Hemos de saber escucharlo y aplicarlo a nuestra vida y a las situaciones concretas con sus problemas que vivimos. Siempre la Palabra del Señor es luz que nos ilumina.
Hoy partiendo de la ley del talión que de alguna manera regía el estilo de vida y las relaciones mutuas entre los judíos, Jesús nos hace unas precisiones muy concretas que, como ya nos decía, vienen a dar plenitud a la ley del Señor. Podríamos decir que la ley del talión - el ojo por ojo y diente por diente - venía como a suavizar el espíritu de venganza que podría haberse adueñado del corazón de los hombres. Según la ley del talión - lo del ojo por ojo - significaba como no había que excederse en la revancha que se pudiera tomar para hacer justicia que se hubiera recibido una injuria. Nunca se podía exceder de la injuria que se hubiera recibido.
Pero Jesús sí viene a abolir esa ley del talión, que no estaba en la voluntad ni en la ley del Señor, sino que eran más o menos explicaciones y aplicaciones que se habían introducido en las costumbres y leyes del pueblo de Israel. Como les dirá Jesús cuando hable del divorcio, les dice que Moisés se los permitió por la dureza del corazón. En ese mismo sentido tendríamos que verlo ahora en este aspecto.
Pero Jesús nos dice por el contrario: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Creo que lo entendemos, no podemos responder con violencia a quien haya actuado con violencia contra nosotros. Responder con violencia a la violencia significaría entrar en una espiral que cada día se haría más grande terminando por envolver toda la existencia del hombre. Por eso frente al que nos haya podido hacer daño nuestra respuesta ha de ser la de la paz.
Ojalá hubiéramos aprendido esta lección y mensaje de Jesús y nos hubiera ido bien distinto en la vida. Cuántas cosas se hubieran podido evitar. Desgraciadamente sigue pesando en nosotros de alguna manera esa ley del talión que no hemos terminado de abolir en nuestras costumbres. Que el Espíritu del Señor que es Espíritu de amor y de paz inunde nuestra vida y seamos capaces de entrar en esa civilización del amor y de la paz