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martes, 26 de mayo de 2026

Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

 


Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

Retomamos de nuevo el  tiempo ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se nos va ofreciendo cada día.

Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida. Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.

Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos ofrece?

Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y de la santidad de Dios.

Pero como de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

Las palabras son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí, y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

jueves, 8 de agosto de 2019

Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar



Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19
¿Nos da vergüenza que vean lo que hacemos? Nos rodea como un cierto rubor o pudor ante el hecho de que los demás conozcan lo que hacemos. Queremos mantener nuestra privacidad, y es cierto que tenemos derecho a ello. Pero no vivimos aislados en el mundo o del mundo sino que el mismo sentido de nuestro existir es la convivencia porque no estamos hecho para la soledad y menos una soledad impuesta; a la luz el día vivimos y contemplamos y compartimos lo que hacemos y lo que los otros hacen. Es cierto además que desde eso que hacemos, cada uno desde su lugar, vamos construyendo nuestro mundo y queremos contribuir entre todos a que sea mejor y podamos tener una convivencia justa y feliz.
Claro que eso no significa que con vanidad vayamos haciendo alarde de lo que hacemos y con lo que contribuimos también al bien de los demás. Cuando vamos actuando en la vida con un corazón recto seremos capaces de ser humildes y sencillos sin orgullos que dañen a los demás o los minusvaloren, pero sí tendremos ojos limpios para contemplar lo bueno que los otros hacen y se convierte a la vez en estímulo para nuestra propia superación y crecimiento personal. Son malas las envidias que nos envenenan y enturbian nuestra vida y también las relaciones con los demás.
No hacemos alarde, pero tampoco ocultamos lo bueno que hacemos porque así de alguna manera nos convertimos en luz los unos para los otros ayudándonos mutuamente a nuestro crecimiento personal. No podemos ocultar la luz, no tenemos que ocultar la luz, no tenemos que avergonzarnos de la luz que llevamos en nuestra vida en nuestras buenas obras y en nuestro buen hacer.
De esto nos está hablando también hoy el evangelio. De la luz y de la sal. Ni podemos dejar que la sal se desvirtúe, ni podemos ocultar la luz. Y esto hemos de aplicarlo en todos los aspectos de la vida. Y esto tiene también una clara referencia a nuestra vida de fe y a nuestra vida cristiana. Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo, tenemos que ser sal de la tierra.
Y es lo que quizá los cristianos tendríamos que preguntarnos, si en verdad con nuestra vida, con nuestra fe, con nuestras obras estamos siendo luz para nuestro mundo. Y es que aquello que decíamos al principio de esta reflexión de que nos da vergüenza de que vean lo que nosotros hacemos nos puede estar sucediendo en este ámbito. No nos estamos manifestando como creyentes ante nuestro mundo, muchas ves lo ocultamos como si nos diera vergüenza de que los demás sepan que somos cristianos.
Y nuestra si tenemos que manifestarla con orgullo y con una alegría grande. Damos gracias a Dios por nuestra fe, pero glorificamos a Dios manifestando nuestra fe al mundo que nos rodea, aunque no lo quieran aceptar. Nosotros creemos en verdad que en Jesús está la salvación y esa tiene que ser una luz que ilumine al mundo, para que todos puedan descubrir el verdadero sentido de la fe que nos ayudará precisamente a la transformación de nuestro mundo.
La fe ilumina nuestros rostros llenos de alegría porque en Cristo hemos encontrado el verdadero sentido y valor de nuestra vida. Manifestémoslo con gallardía ante nuestro mundo para que contagiemos esa alegría de la fe.
Así tendríamos también que saber dar a conocer al mundo toda esa historia de santidad que tenemos en la Iglesia; esos santos que vivieron la alegría de su fe, esos santos que con su palabra y con el testimonio de su vida tanto hicieron por mejorar el mundo haciendo que todos fuéramos mejores. En los santos hemos de ver ese ejemplo que a nosotros nos estimule. Hoy estamos celebrando un gran santo en este sentido como fue Santo Domingo de Guzmán.

jueves, 25 de julio de 2019

Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio



Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio

 Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15;  Mateo 20, 20-28
En alguna ocasión lo hemos reflexionado. Si tuviéramos que guardar un tesoro o llevarlo de un lugar para otro seguramente que buscaremos medios en consonancia con el valor del tesoro que en él vamos a depositar. Primero la seguridad del cofre o la vasija donde lo llevemos, no utilizaríamos una cosa frágil que pudiera romperse fácilmente y desparramarse o perderse aquello que queremos conservar; y si es algo de mucho valor, un objeto artístico, o algo que apreciamos mucho ya buscaríamos además de la seguridad de no perderle algo en consonancia con su valor, su arte o el aprecio que le tengamos. Un cuadro valioso le damos un marco en consonancia que haga resaltar su belleza, una perla preciosa la engarzaríamos en un valioso y bello collar donde se destaque la calidad y el valor de dicha perla, y así en cualquier cosa valiosa.
Pues de algo así nos habla el apóstol en su carta que hoy en esta fiesta del apóstol santiago se nos propone. Pero nos dice que ese tesoro hermoso del que somos portadores lo llevamos en vasijas de barro, frágiles y todo como son. Y es que el valor de lo que portamos no está en el contenedor, sino en el contenido. Nos quiere hablar del tesoro del ministerio que ejercemos, como en el fondo nos está hablando del tesoro de nuestra fe, el tesoro del mensaje cristiano, del anuncio del Reino de Dios que tenemos que hacer. Y de ese mensaje somos portavoces nosotros con nuestras debilidades y también con nuestros pecados, con la pobreza de nuestra vida y con esa realidad frágil de lo que somos.
Es cierto que tenemos que hacernos dignos de ser portadores y portavoces de ese mensaje del evangelio que hemos de llevar a nuestro mundo; la dignidad con que vivamos y lo anunciemos es cierto que puede ayudar a hacer más creíble el mensaje porque es el testimonio que nosotros damos. Pero el valor y la grandeza, el tesoro está en el mensaje en sí mismo porque es la Palabra de Dios lo que queremos y tenemos que anunciar y transmitir.
Este texto de la Palabra de Dios se nos está ofreciendo cuando celebramos la fiesta del Apóstol Santiago en su martirio que también para nosotros los españoles, por cierto, tiene gran significado. Y aquí podríamos decir que Jesús ha querido confiar el ministerio, la misión del anuncio del mensaje del evangelio a unos hombres, los apóstoles, llenos de dudas, negaciones, ambiciones y debilidades.
Hoy el evangelio nos presenta lo que eran las ambiciones de aquellos dos hermanos y que era también la ambición de una madre que quería lo mejor para sus hijos. A pesar de cuanto Jesús les había querido enseñar una y otra vez que seguirle a El para ser luego sus testigos había de pasar por el camino del servicio y del amor, aquí se presentan osados buscando grandezas y poderes, avalando también la madre esos deseos. Querían los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Cómo somos los hombres para despertar ambiciones de grandezas y poder en nuestro corazón y luchar por ello. Sigue siendo la tónica de todos los tiempos. Cómo lo camuflamos diciendo aquello de que reinar es servir y todas esas frases que se convierten en rimbombantes, que si queremos el bien del pueblo, que si alcanzamos aquella cota de poder es para servir a los que menos tienen, pero que pronto nos vemos inflados por ese poder, buscando ganancias e intereses, queriendo estar por encima de los demás y convertirnos en manipuladores de lo que pueden ser los buenos deseos de los más sencillos.
En el evangelio vemos como Jesús les explica una vez más que ser grande e importante entre ellos no es ocupar primeros puestos de poder, sino ser capaces de hacerse los últimos y los servidores de todos. No será entre vosotros como entre los grandes de este mundo, les viene a decir Jesús.
Pero lo que ahora queremos destacar es cómo en aquellos hombres débiles, con sus ambiciones y con sus dudas como los veremos en otros momentos, Jesús sigue confiando a ellos les confía el tesoro del anuncio del evangelio. Pedro un día negaría conocer a Jesús pero Jesús sigue confiando en él. Tesoros llevados en vasijas de barro, como lo somos nosotros también hoy y tenemos en nosotros ese tesoro de la fe, ese tesoro de la misión que a nosotros también nos confía el anuncio del Evangelio.
Tesoros en vasijas de barro como lo es también la Iglesia con la misión que Jesús le confía en medio del mundo. Algunas veces nos podemos sentir escandalizados con las cosas que vemos en la Iglesia y que no nos gustan; no olvidemos que la Iglesia está formada por humanos, también con sus debilidades, también con las ambiciones que aparecen también muchas veces en sus miembros incluso los más destacados, con sus tropiezos y pecados que parece que tantas veces la ensombrecen, pero el que sigue a Jesús sabe bien quién es el que guía a la Iglesia a través de esas vasijas de barro que somos los hombres.
Es el Espíritu del Señor quien nos guía, quien cuenta con nosotros y nos da su fortaleza. No es nuestra sabiduría ni nuestra fuerza, sino que es la obra de Dios que se manifiesta grande también a través de nuestras debilidades. Por eso creemos en la Iglesia, porque creemos en el Espíritu del Señor que está en ella a pesar de que somos esas vasijas de barro. No es el marco valioso lo que nosotros hemos de admirar sino el tesoro maravilloso de nuestra fe que nos ha transmitido Jesús y que vivimos en el seno de la Iglesia.
Hoy la Iglesia de España se goza en esta fiesta del Apóstol Santiago que estamos celebrando, dando gloria al Señor y alabándole y dándole gracias porque a pesar de todas las sombras y debilidades que hayamos podido quizá acumular a lo largo de la historia  nos gozamos en la gloria de tantos santos como han florecido en la Iglesia de España a lo largo de los siglos y tantos hijos de nuestra Iglesia que se han desparramado por el mundo llevando ese tesoro de nuestra fe y el evangelio de Jesús.

martes, 18 de junio de 2019

Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor


Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Somos buenos, decimos tantas veces, y ya parece que nos quedamos contentos como si hubiéramos alcanzado una gran meta. Somos buenos, decimos, no matamos a nadie, no levantamos grandes testimonios como se suele decir, no me gusta hablar mal de nadie, pero hay cosas que uno ve y que no le gustan y comentamos, pero levantar testimonios, nunca, nos justificamos.
Somos buenos, pero parece que no tenemos más ilusiones, nos contentamos como ya somos y no tenemos mayores aspiraciones ni ilusiones. Alguien dijo que quien ya no tiene ilusiones ya está comenzando a morir, ya está comenzando a dar olor a muerte, porque nos aspiramos a algo mejor, a una superación, y simplemente nos dejamos ir, que es como dejarse morir.
Hacemos lo que todos hacen, no tenemos iniciativa de algo mejor para la vida, ni la nuestra ni la de los demás, nos vamos arrastrando, y claro si nos molestan, reaccionamos, pero no para despertar, sino para ponernos en actitud de defensa o de ataque; y claro no me voy a quedar quieto, no me voy a quedar callado, no voy a mezclarme con quien me hizo daño, nos ponemos lejos y trazamos fronteras o respondemos con guerra.
Jesús no nos quiere ni tan amorfos, ni sin ilusiones de algo más, de algo mejor. Es más, Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas con nosotros mismos por querer algo mejor, e inconformistas con los demás aunque respetemos los ritmos de cada uno, pero para los que queremos lo mejor, y les ofreceremos lo mejor de nosotros mismos para ayudarles también a reaccionar y despertar.
Tan alta es la meta que nos propone Jesús que nos dice que tenemos que ser perfectos, como perfecto es nuestro Padre del cielo, que tenemos que ser santos como es nuestro Padre del cielo. Y esa perfección y santidad pasa por romper esos moldes a los que nos hemos acostumbrado pero que nos damos cuenta que no son buen ideal. Por eso nos invita a entrar en una relación nueva y distinta con los demás.
Nuestras relaciones no tienen que poner distancias, que hacer discriminaciones, crear diferencias, guardar resentimientos ni recelos, mantener desconfianzas. Es el camino del amor que nos va a distinguir, que nos va a hacer distintos, que nos va a hacer soñar, que nos va a comprometer con un sentido nuevo, con unos valores nuevos. Pero eso tiene que estar presente siempre el perdón, y saber buscar lo que nos lleve siempre a la reconciliación y a la paz, y crear nuevos lazos de amor y de amistad, a vivir en una nueva comunión, a sentirnos en armonía con cuantos están a nuestro lado y con toda la creación.
Será nuestro distintivo, lo que como un suave y penetrante perfume atraerá a todos a ese nuevo sentido de vivir. Es el olor del evangelio, es el buen olor de Cristo que perfuma nuestra vida y que perfumará nuestro mundo, para crear ese mundo de paz. Es nuestro compromiso y nuestra manera de hacer las cosas. Es la construcción del Reino de Dios.
Somos buenos pero podemos ser mejores. La meta ideal que nos propone Jesús es bien alta y merece la pena intentarlo, comprometernos a alcanzarla.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar


Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar

Fílipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Es muy bucólica la imagen del pastor con la oveja sobre sus hombros al encuentro de nuevo con el rebaño que sabiamente guía acompañado de sus pastores. Es el cordero pequeño, es la oveja malherida, el la que se perdió y hubo que buscarla entre zarzales y barrancos. Pero nos quedamos describiendo un paisaje ensoñador que llevaría nuestra mente por lugares que ya los urbanitas ni nos imaginamos ni conocemos, sino que queremos ahondar en esa imagen que hoy nos presenta Jesús en el Evangelio.
Los fariseos y los escribas habían estado murmurando sobre esa nueva manera de actuar de Jesús. No se queda Jesús solo en los que ya son buenos o se creen buenos, sino que la cercanía de Jesús es a todos, a nadie excluye, y si preferencia tiene es por los pobres y enfermos y por los pecadores. Esto es lo que ahora critican, que se mezcle con la gente pecadora, que se haya hecho amigo también de los publicanos porque incluso come con ellos o los acepta a su mesa. Y eso, para los puritanos fariseos, es inconcebible. Mezclarse con los pecadores que son impuros nos puede llenar a nosotros de impureza, es su manera de ver las cosas desde su puritanismo.
La actitud de Jesús es otra, su manera de actuar es distinta. El es el médico, como nos dirá, que viene a curar a los enfermos, pero  no solo espera a que vengan hasta El en busca de salud, sino que El va a su encuentro.
Llamó a Zaqueo, deteniéndose delante de la higuera en Jericó, para ir a comer en su casa, porque aquel día iba a ser un día de salvación. Invitó a publicano Leví a seguirle para hacerle no solo discípulo sino confiarle incluso el ser del número de los Apóstoles. Aceptó las lágrimas y perfumes de aquella mujer pecadora que se introdujo en la sala del banquete en casa de Simón el fariseo, porque aunque era y se sentía pecadora, Jesús veía en ella el amor de su corazón. Aunque Pedro se considera indigno pecador y quiere apartarse de Jesús cuando lo de la pesca milagrosa, le dirá que va a ser pescador de hombres, confiándole también una misión aunque un día más tarde le negara ante una criada.
Y así podríamos seguir con las páginas del evangelio o con las páginas de la historia. Saulo era perseguidor de Jesús y sus seguidores, y lo convirtió en el Pablo que llevaría el evangelio por toda la cuenca del Mediterráneo. Agustín era un agnóstico y pecador que retrasaba una y otra vez el bautismo, pero llegaría ser el san Agustín padre y maestro por sus enseñanzas no solo en su tiempo sino a lo largo de los siglos. Ignacio se dedicaba a sus batallas, pero un día sintió la llamada del Señor y comenzaría su andadura de ser apóstol y a través de su compañía de Jesús a través de los siglos. Podríamos recordar muchos santos que un día se convirtieron de su vida pecadora porque sintieron que de una forma o de otra Dios llegaba a sus vidas, para ser luego esos testigos de fe que nos estimulan con el ejemplo y testimonio de sus vidas.
Es lo que Jesús nos viene a decir con las dos pequeñas alegorías o parábolas que hoy nos propone en el evangelio. Por una parte la parábola del pastor que busca a la oveja perdida a la que hacíamos referencia al principio de esta reflexión, pero también la de la mujer que busca afanosamente la moneda que se le había perdido, expresándose luego uno y otro con gran alegría por la oveja socorrida o por la moneda extraviada y ahora encontrada.
Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar. El viene a tendernos su mano, a hacernos escuchar su voz, a mover nuestro corazón, a impulsarnos a nuevos caminos, a que emprendamos de una vez por todas el camino de su seguimiento. Podemos cambiar, podemos transformar nuestras vidas, podemos comenzar un camino nuevo. Jesús nos va a llevar sobre sus hombros.
Como pueden cambiar tantos a nuestro lado de los que quizá tantas veces desconfiamos. Porque de una forma o de otra seguimos con unas actitudes semejantes a las de aquellos fariseos de que nos habla el evangelio que criticaban a Jesús. Quizá pueda ser un buen inicio de cambio en nuestra vida que cambiemos esas actitudes que nos aparecen de tanto en tanto en nuestro interior con desconfianzas y con suspicacias hacia los otros. Jesús viene a nosotros y algo nuevo tiene que comenzar a gestarse en nuestro corazón.

jueves, 1 de noviembre de 2018

En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios


En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

‘Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero…’ y anteriormente se nos había hablado de ‘una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Es la imagen que aparece ante nuestros ojos en la solemnidad que hoy estamos celebrando, la fiesta de Todos los Santos. Una imagen que nos habla del cielo, de la gloria de Dios, y de cuantos en Dios están alabándole y bendiciéndole siempre por toda la eternidad. Lavaron y blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero. Un primer pensamiento nos lleva a los mártires, que derramaron su sangre, que dieron su vida, por eso los contemplamos con las palmas de la victoria en sus manos.
Pero si ahondamos en esta imagen y captamos que nos dice que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero, tenemos que pensar en algo más, en cuantos han sido bautizados, que con la sangre de Cristo fuimos redimidos, por la sangre de Cristo alcanzamos vida, la vida de la gracia, la vida de Dios y que por eso mismo estamos llamados a ser santos, llamados a la santidad.
En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados, la unción del Bautismo eso ha venido a significar, siendo consagrados somos como separados para Dios, seremos para siempre para Dios. Si decimos que una iglesia ha sido consagrada y desde ese momento es un lugar santo, un lugar sagrado que viene a significar como una presencia especial de Dios en aquel lugar, de la misma manera nosotros, hemos sido consagrados en la Sangre del Cordero, nuestra vida ha de ser entonces sagrada, nuestra vida ha de ser santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios.
Cuando decimos santos muchos se quedan en las imágenes sagradas, son los santos decimos; pero esas imágenes sagradas son eso imágenes, unas imágenes que nos hablan de los santos. Claro que en esa forma tan elemental de ver las cosas para muchos los santos son los que hacen milagros, o los que nos consiguen de Dios aquellas cosas que necesitamos y a ellos pedimos, y pensamos en los santos solo como unos intercesores poderosos que están en el cielo junto a Dios para conseguirnos aquello que le pedimos diciendo entonces que unos santos son más milagrosos que otros. Nos quedamos bien pobres en nuestra imagen de los santos.
¿Por qué son santos? Porque lavaron sus vestiduras en la Sangre del Cordero, porque consagraron su vida para vivir en una fidelidad total a Dios para no volver a manchar sus vidas con el pecado. Los que es santo y sagrado lo queremos mantener sin mancha porque la dignidad de su ser sagrado así lo exige. Pero somos santos y consagrados y no es ya una mancha externa la que tenemos que evitar en virtud de esa dignidad sagrada de nuestra vida, sino que lo hemos de ser desde lo más hondo de nosotros mismos porque viviendo en esa fidelidad – fe – vivimos para Dios y nos alejamos de cuanto nos pueda alejar de Dios. Y eso vivieron los santos, también con sus luchas y con sus debilidades como todos nosotros pero manteniéndose en esa fidelidad.
Estamos pensando, pues, en los santos quienes ya recorrieron el camino de la vida y por su fidelidad ahora gozan ya de la gloria de Dios en el cielo. La Iglesia reconoce la santidad de sus mejores hijos y así lo proclama además poniéndolos como ejemplo de ese camino que nosotros hemos de hacer; contemplar a los santos es para nosotros también como un estímulo, porque nos sentimos débiles y pecadores tantas veces, pero estamos contemplando quienes siendo humanos como nosotros – no fueron hechos de una materia distinta que los hiciera santos - vivieron en esa fidelidad de amor a Dios con una vida santa. Es para nosotros posible, pues, esa santidad a la que somos todos llamados.
Hoy cuando la Iglesia nos propone esta celebración de todos los santos no es que solo vayamos a celebrar a quienes la Iglesia ha reconocido – canonizado, decimos – como tales proponiéndonoslos como ejemplo y al mismo tiempo como intercesores, sino que hoy queremos celebrar a todos, aunque los desconozcamos, los que han vivido su vida de forma santa en su fidelidad al Señor.
Santos que han caminado a nuestro lado, con quienes hemos convivido también, que vivieron nuestras mismas luchas y nuestros mismos problemas, de quienes un día recibimos una palabra o un ejemplo que nos edificó en nuestra vida, muchos que no supimos quizá ver y reconocer lo bueno que hacían y que vivían pero que podemos tener la certeza de que también están junto a Dios alabándole por toda la eternidad.
Es la fiesta de todos los santos, de todos los santos de los que aspiramos un día nosotros también formar parte en esa corte celestial. Porque con esa esperanza vive el cristiano, es la trascendencia que queremos darle a nuestra vida; es lo que queremos hacer en nuestra fidelidad y en la rectitud con que queremos vivir nuestra vida; es lo que queremos expresar con nuestro amor, con nuestro compromiso, con nuestra lucha por el bien y la justicia, en todo eso bueno que queremos hacer para de verdad construir el Reino de Dios entre nosotros cuando vivimos el espíritu de las bienaventuranzas que nos propone hoy Jesús en el Evangelio; es lo que venimos a celebrar cuando vivimos los sacramentos para así sentir esa fuerza de la gracia de Dios; es a lo que queremos unirnos, como decimos y expresamos en nuestras celebraciones, con los Ángeles y los santos y todos los coros celestiales, para cantar para siempre la gloria y la santidad de Dios.
Es la fiesta de Todos los Santos, nuestra fiesta, de nuestros hermanos que nos precedieron y están en el cielo, de los que caminan a nuestro lado en una vida de fidelidad y de nosotros mismos porque llamados estamos a ser santos por nuestra consagración bautismal.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo


Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo  momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo

Isaías 52,7-10; Sal 95; Mateo 28, 16-20

Algunas veces tenemos el peligro de que nuestra mirada no sea lo suficientemente positiva y las cosas oscuras de la vida nos parece que resaltan más. Pero creo que tenemos que aprender a llenar nuestros ojos de luz porque si nuestros ojos son luminosos seguramente podremos descubrir mejor tantas cosas luminosas y positivas que hay en la vida que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas. Y nos es necesario detectarlas porque nos sirven de estimulo, nos llenan de luz la vida, nos hacen ser positivos y haciendo un camino positivo podremos construir más y mejor.
Sentiremos seguramente muchas veces, con un poco de sensibilidad, cómo a nuestro lado hay personas positivas, personas con las que nos sentimos a gusto porque solo su presencia nos llena de paz, porque sus palabras nos animan, porque las cosas buenas que percibimos en ellas nos sirven de estimulo. Ya digo, que algunas veces no tenemos la sensibilidad de descubrirlas, pero a posteriori probablemente recordaremos muchas cosas buenas de la presencia de esa persona junto a nosotros y las huellas que en nosotros hayan podido dejar.
Ojalá nosotros también seamos capaces de dejar huellas positivas en las personas con las que convivimos, que están a nuestro lado o por alguna razón se hayan encontrado en la vida con nosotros. Es esa actitud positiva con que hemos de ir por la vida.
Desde una visión de fe, como no es menos que nosotros tengamos, en esas personas descubrimos la acción y la presencia de Dios. Son para nosotros como signos del amor que el Señor nos tiene que pone a nuestro lado esas personas que nos pueden servir de ejemplo o que nos ayudan simplemente caminando junto a nosotros. Es lo que nosotros también hemos de aprender a ser. Y eso lo hemos de ver y hacer en el hoy de cada día. Y haciéndolo así estaremos haciendo de verdad ese mundo mejor que tenemos que construir.
A través de la historia Dios nos ha dejado grandes signos en grandes hombres y mujeres que quizá ocultos en la sencillez y en la humildad o realizando grandes obras en medio de los hombres y en la Iglesia siguen siendo esas luminarias que siguen iluminando nuestras vidas, nos siguen sirviendo de estimulo para ese camino bueno, de rectitud y de santidad, que también nosotros hemos de recorrer. Son los santos, unos reconocidos de manera especial por la Iglesia por el gran ejemplo de virtudes que son para nosotros, y otros que calladamente y en silencio vivieron su santidad pero que también glorificaron a Dios con sus vidas y le siguen glorificando en el cielo.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar y a celebrar a uno de esos grandes santos que siguen siendo verdaderas luminarias por su obra en medio de la Iglesia. Celebramos a santo Domingo de Guzmán. Un santo español de nacimiento, es cierto, pero que realizó su obra en medio de la gran Europa de su tiempo. Dios le concedió el don de la palabra y la erudición y con su predicación contribuyó a evangelizar a la Europa de su tiempo, hace mas de ochocientos años, pero que en sus seguidores, la Orden de Santo Domingo, los dominicos como los llamamos comúnmente, sigue realizando esa misma labor a lo largo y ancho del mundo.
No es el momento ahora de hacer relatos de su vida, sino contemplar su figura y su obra que nos sirva de estimulo en esta hora de nueva evangelización que vivimos en nuestra Iglesia. Sembradores de la Palabra de Dios hemos de ser nosotros también, como decíamos antes, dejando huellas a nuestro paso por la vida desde todo eso bueno y positivo que desde el amor nosotros queremos realizar.
Miramos a nuestro lado y seremos capaces de detectar esos signos que en los que están a nuestro lado podemos descubrir, pero nos sentimos comprometidos a ser nosotros también esos signos de luz, de fe, de amor, de evangelio para el mundo que nos rodea. En silencio, con nuestras palabras siempre que sea necesario, con nuestro ejemplo y testimonio en todo momento pero tenemos que ser evangelio para los demás, buena noticia que anuncia a Jesús siempre.


lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

viernes, 7 de julio de 2017

Tendríamos que aprender de Jesús para saber sentarnos en la vida con todos, también con aquellos que el mundo considera distintos y de baja condición

Tendríamos que aprender de Jesús para saber sentarnos en la vida con todos, también con aquellos que el mundo considera distintos y de baja condición

Gén. 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105; Mt. 9,9-13
Aquellos que han experimentado la misericordia en sus vidas son los que serán capaces de hacer de verdad un mundo mejor. Quien ha sentido la miseria en su vida, pero al mismo tiempo se ha sentido amado y levantado con amor de las sombras de su mal porque se ha seguido confiando en él, habrá aprendido a caminar con la misma misericordia y dando la misma confianza a los que están a su lado. Es un camino para que seamos mejores y para que así vayamos construyendo un mundo mejor.
Ojalá todos lo supiéramos experimentar y vivir. Y digo ovala todos lo supiéramos experimentar porque hay quienes en su orgullo no se creen necesitados de esa misericordia porque se creen siempre justos y buenos, aunque su corazón esté lleno de orgullo y de maldad, y no sabrán ver nunca esa mano que se les tiende para ayudarlos a levantarse y hacer mejor su vida. Los orgullos nos encierran y nos aíslan; los orgullos y vanidades nos separan a los demás y con ello vamos creando discriminaciones; ese orgullo y vanidad de creerme superior y mejor me lleva al desprecio de aquellos que no considero dignos aunque quizás en muchas ocasiones tienen un corazón mejor que nosotros.
Qué sensación más hermosa se siente dentro de uno mismo cuando a pesar de que somos débiles y tenemos muchos fallos o defectos en la vida, hay alguien que sigue confiando en nosotros, nos ama y se pone a nuestro lado en nuestro caminar. Siente uno la paz del agradecimiento y al mismo tiempo se siente impulsado a actuar de la misma manera con los demás. Por eso decía que quienes experimentan la misericordia en su vida se sentirán más capaces de hacer un mundo mejor. En esa confianza mutua, en esa aceptación respetuoso de lo que cada uno somos, en ese saber tendernos la mano alejando de nosotros desconfianzas o resentimientos, es como iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.
Es el camino que nos enseña Jesús. Es el camino con el que El va llamando a sus discípulos. No todos lo entenderán. Quienes en su orgullo y vanidad se sienten endiosados y subidos sobre sus pedestales no comprenderán el camino de Jesús y estarán acechándole siempre para juzgarle y condenarle. ‘Vuestro maestro come con publícanos y pecadores’, les dicen a sus discípulos.
Jesús había llamado a Leví. Era un recaudador de impuestos, mal considerado por los judíos que lo consideraban un colaboracionista con el pueblo invasor, pero también los tenían por usureros y ladrones. Los llamaban publicanos, que era como decirle que eran pecadores públicos. Pero Jesús quiere contar con Leví, lo llama y este con alegría lo sigue. Tanta es su alegría que le ofrece una comida a Jesús, y allí van a estar los que han sido sus amigos de siempre. Y Jesús y sus discípulos estarán entre ellos. De ahí el juicio y condena de los que se creen justos.
Jesús viene a llamar a los pecadores, como el medico va a buscar a los enfermos. La Iglesia de Jesús será una Iglesia de santos en virtud de nuestra consagración y nuestras metas, pero es una iglesia de pecadores; somos pecadores los que la formamos y caminamos en medio de nuestras debilidades y continuos fallos, pero con el deseo de ser mejores, de ser santos. No lo podemos olvidar, porque algunas veces los que estamos en la iglesia tenemos las mismas actitudes de aquellos fariseos, ya nos consideramos tan santos que nos ponemos por encima de los demás.
Tendríamos que aprender de Jesús. Experimentar en nosotros de una forma vital esa misericordia del señor. Tendríamos que aprender de Jesús para que nunca discriminemos ni hagamos distinciones. Somos tan dados a hacer distinciones. Tendríamos que aprender de Jesús para sentarnos como El en medio de los pecadores, porque así nos sentimos nosotros también.

lunes, 6 de marzo de 2017

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Es bueno escuchar esta invitación y este mandato de manera especial en este inicio del camino de Cuaresma. Claro que entendemos bien que no solo hemos de ser santos en estos días o en estos días de manera especial pensar en ello sino que esto ha de ser el ideal y la meta de cada día de nuestra vida.
Pero ¿Qué implica eso de ser santos? Es lo que tenemos que reflexionar muy bien. Ser santos no significa encerrarnos en una religiosidad muy personal y muy individual, encerrarnos en nuestros rezos y devociones, encerrarnos quizás en la Iglesia y sus ritos y novenas por decirlo de alguna manera y nos entendemos, y así encerrados en esa como caparazón no tener ya el peligro de contaminarnos de otras maldades o de otras impurezas. Reconozcamos que demasiado hemos encerrado nuestra religiosidad y nuestra manera de entender el cristianismo en promesas y novenas, en ritos y en rezos repetidos machaconamente sin darle otro sentido a nuestra vida.
No me invento nada. Simplemente me quiero dejar conducir, aun con mis limitaciones y las limitaciones que pueda imponer en mi torpeza a su interpretación, a la Palabra de Dios que hoy la Iglesia nos ofrece en este lunes de la primera semana de cuaresma.
¿Qué nos dice hoy la Palabra? ¿Qué nos ha dicho en concreto el libro del Levítico? Tras esa invitación y mandato a ser santos, y el motivo y el modelo lo tenemos en la santidad de Dios, nos va desgranando una serie de cosas en las que hemos de cuidarnos para no ser injustos con los demás. No robar ni defraudar, no engañar de ninguna manera, no explotar a nadie en el trabajo ni retener su salario, no maldecir ni ser injusto en los juicios o sentencias, no ser chismoso para andar con cuentos de acá para allá, nunca odiar a nadie ni guardar rencores ni mantener envidias…
Nos va detallando una serie de cosas de las que hemos de prevenirnos para que actuemos siempre humanamente con los demás, para que seamos justos, para que no hagamos daño a nadie. Y todo esto teniendo como referencia lo que es el amor compasivo y la misericordia de Dios. Porque nos fijamos en su amor con un amor semejante hemos de tratar a los demás. ¿Qué mejor resumen de los derechos humanos que ahora tanto proclamamos podemos encontrar que lo que nos señala el mandamiento del Señor?
Pero esto lo completamos con la visión que Jesús nos da en el evangelio. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Nos invita a heredar el Reino, a gozar de la santidad de Dios, a vivir en la presencia de Dios para siempre. Es la santidad de Dios que ya vamos a vivir en plenitud. ¿Quiénes van a ser participes de esa visión de Dios? ‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’, nos había dicho Jesús en las Bienaventuranzas. Los limpios de corazón, los que purificaron su corazón de toda injusticia y de toda maldad, los que arrancaron de su corazón todas las negruras del odio y del desamor, los que fueron capaces de llenarlo de verdad de amor.
No es solo ya que evitemos el mal, evitemos todo lo que sea injusto, todo lo que pueda dañar la dignidad de la persona en cualquiera de nuestros hermanos, sino lo que fueron capaces de levantar al hermano para darle una nueva dignidad; los que fueron capaces de compartir de tal manera que en nadie perdurara el sufrimiento, la pobreza, la soledad. Nos dice Jesús no solo lo que no tenemos que hacer, sino más se entretiene en describirnos las obras del amor que debemos hacer.
Dar de comer y beber al hambriento y al sediento, acoger al peregrino o acompañar al enfermo, cubrir la desnudez del hermano; en tantas cosas que se pueden traducir estas palabras de Jesús; tantas cosas con las que hemos de saber ir al encuentro con el hermano con nuestra presencia, con nuestro amor, con nuestro compartir, con nuestro saber estar a su lado, con esa sonrisa que hacemos florecer en sus labios y en su corazón, con esa esperanza que despertamos, con esa dignidad nueva y plena en la que les hemos de hacer sentir.
Son los caminos de la santidad por los que hemos hacer discurrir nuestra vida. Mereceremos que un día se nos diga ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Y podamos así gozar de la heredad de Dios, de la visión de Dios, de la plenitud de Dios en su santidad verdadera.

domingo, 19 de febrero de 2017

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Con Jesús no nos valen las rebajas. Cuando se trata de amar y amar de verdad no podemos andar con mezquindades ni con mínimos para cumplir. Las relaciones de amor no se pueden quedar reducidas a mercadeos; yo te doy tanto para que tu me des cuanto, si tu no haces nada por mi no me siento obligado a hacer por ti. Son otras las medidas y los parámetros que nos enseña Jesús.
Demasiado andamos en la vida con el mercantilismo de que a todo le ponemos precio y nada hacemos si no es para obtener unos beneficios a cambio. Algunas veces parece que hubiéramos olvidado la palabra gratuidad, y más que la palabra la actitud. Pero así como lo hacemos para obtener beneficios utilizamos esas mismas varas de medir cuando se trata de lo malo que nos puedan hacer o lo bueno que nos hayan podido hacer.
Todavía no hemos olvidado lo del ojo por ojo y diente por diente. Y así andamos con deseos de revanchas, con resentimientos, con cosas que no olvidamos y no perdonamos nunca, con marcas que le ponemos a la gente de una vez para siempre porque quizás un día cometieron un error o hicieron algo mal. Decimos que estamos envueltos en una cultura cristiana pero el evangelio no termina de ser la norma última de nuestro actuar.
Tajantemente hoy nos dice Jesús y también en la Palabra de Dios del Antiguo Testamento que hemos escuchado lo que son nuestras metas y la motivación mas profunda para ese nuevo actuar del que se llama seguidor de Jesús, del que quiere vivir con todas sus consecuencias el espíritu del Evangelio.
‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ nos decía el Levítico en el nombre del Señor. Y Jesús por su parte nos dirá: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto…'Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Nuestra meta, nuestro modelo, nuestro estilo y nuestro sentido es Dios, es el amor de Dios. Santos como el Señor nuestro Dios es Santo… perfectos como el Padre del cielo. Así seremos sus hijos, así estaremos expresando que nos sentimos amados de Dios y con el mismo amor nosotros queremos amar también.
Si lo que queremos es imitar ese amor de Dios, ¿Cómo podemos permitirnos entre nosotros violencias y venganzas? Si queremos en verdad mostrarnos como hijos de Dios ¿Cómo vamos a dejar de amar al prójimo a quien también Dios ama? Dios no hace distinciones, ama a unos y otros, ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, manda la lluvia a justos e injustos’ ¿Cómo podemos hacer nosotros distinciones en nuestro amor?
El amor al prójimo va a ser nuestro distintivo para siempre. ¿Y quien es mi prójimo? Ya recordamos que un letrado vendrá un día a Jesús con esa pregunta. Jesús nos lo aclara bien porque la palabra en si mismo nos esta diciendo que prójimo es el otro; entre los judíos se consideraba que prójimo era solamente el que era de su mismo pueblo y de su misma religión. Ya vemos como en tiempos de Jesús se trataba con desprecio a los gentiles, a los que no eran judíos; se les consideraba como un enemigo.
Pero ya vemos bien como Jesús nos dirá que tenemos que amar también al enemigo, al que nos haya hecho mal o nos haya ofendido. En otro momento nos hablara claramente del perdón y de la medida del perdón cuando nos diga aquello del setenta veces siete. Hoy nos dice algo que podríamos considerar sublime, porque nos dice no solo que perdonemos sino que oremos por el enemigo, por aquel que nos haya podido haber ofendido.
Por eso hoy nos esta proponiendo un camino de perfección, perfectos como nuestro Padre del cielo. Ya sabemos que cuando entre nosotros los hombres hablamos de perfección conocemos nuestras limitaciones y nos parece casi imposible. ¿Cuál es la perfección que Jesús nos esta proponiendo? ¿Cuál es ese modelo de santidad que nos decía el Levítico?
Nuestro Dios es Padre y su amor es un amor compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios, compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios de la que hemos de impregnarnos. Experimenta esa ternura de Dios en tu vida y no podrás ya amar sino con esa misma ternura a los demás.
Cuanto nos cuesta, hemos de reconocer. Pero ese seria el mejor evangelio que pudieras anunciar a los demás, reflejar en tu vida esa ternura y misericordia de Dios. Aun con mis limitaciones para yo vivirlo en mi propia vida, sin embargo me duele que no seamos capaces de mostrarnos así con los demás. Es triste el contra testimonio que tantas veces damos, si, un testimonio en contra del evangelio que queremos predicar. Porque nunca nuestro perdón es todo lo generoso que tendría que ser, porque aunque salgan muchas palabras bonitas de nuestros labios no terminamos de ser misericordiosos con el pecador; porque aunque decimos que perdonamos sin embargo seguimos marcando de alguna manera a aquel que un día pudo haber cometido un error y ya no lo valoraremos de la misma manera.
Y esto tristemente sucede en nuestra Iglesia, sucede en quienes tienen que anunciar ese evangelio de misericordia, y sigue sucediendo en tantos de nosotros que no terminamos de perdonar a los demás porque los separamos y discriminamos para siempre.
Seriamente te pregunta, ¿has orado alguna vez por aquel que quizá algún día te ofendió, por aquel a quien por eso estarías considerando un enemigo? Ora por aquel a quien te cuesta tanto perdonar y veras como empezarás a sentir una nueva paz en tu corazón.

domingo, 4 de enero de 2015

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

‘Bendito sea Dios… que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones… nos eligió… nos predestinó… a que fuésemos santos… a que fuésemos sus hijos adoptivos… nos colmó de la gracia en el Amado…’
Sí, tenemos que bendecir al Señor. Nos ha regalado tanto. Es tanto el amor que nos tiene. Estos días lo estamos viviendo con toda intensidad. Estos días estamos sintiendo la ternura de Dios que así nos ama. Elegidos y amados de Dios, escogidos de manera especial desde toda la eternidad para que fuésemos sus hijos. Y nos regala su gracia.  Y nos quiere santos, pero está con nosotros en su infinita misericordia derramando efusivamente su gracia para que podamos vivir en esa santidad.
Tenemos que bendecir al Señor sin cansarnos. Cómo en su amor se nos revela y nos hace partícipes de su sabiduría eterna. Porque nos da su Espíritu podemos conocerle. Porque nos da su Espíritu podemos gozarnos en su amor. Porque nos da su Espíritu podemos participar de su gloria. Es nuestra luz, nuestra vida, nuestra gloria; lo es todo para nosotros. Así tenemos que acogerle, recibirle, dejar que plante su tienda en nosotros, porque en nosotros quiere habitar.  A los que le reciben les hace hijos de Dios, como hemos escuchado en el Evangelio; a los que le acogen les revela el misterio de Dios, porque El es nuestra revelación, la revelación de Dios para nosotros.
Es hermosa la reflexión que se hace san Pablo en la carta a los Efesios. El siente también el gozo en su corazón cuando ve la fe de aquella comunidad. ‘Yo que he oído hablar de vuestra fe no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en nuestra oración’. Y lo hace el apóstol en el deseo de que sigan creciendo en la fe, de que siga creciendo el amor en sus corazones, de que sigan dando testimonio de manera que todos se hagan boca de lo que es la fe y la vida de aquella comunidad.
¿Será así nuestra fe? ¿Será algo de todo esto lo que estamos viviendo con toda intensidad estos días de la celebración de la Navidad?  Que aprendamos a bendecir a Dios, porque es una forma de reconocer su amor y su gracia. Pero que seamos capaces de abrir nuestro corazón en la oración para que todos tengan su cabida en ella. San Pablo reza por aquella comunidad de Éfeso dando gracias por los testimonios hermosos de fe que contempla en ellos. Es lo que nosotros tenemos que aprender a hacer también bendecir al Señor por los testimonios de fe que vemos en tantos a nuestro lado que se manifiestan de muchas maneras.
Aprendamos a rezar por los otros, a dar gracias a Dios por los otros, dar gracias por tantos testimonios hermosos que recibimos de tantos hermanos a nuestro lado. Sepamos tener ojos luminosos para ver y reconocer la fe de los demás. Sepamos tener un corazón amplio, grande, siempre abierto para que en él quepan todos y en nuestra oración los tengamos en cuenta a todos.