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martes, 27 de octubre de 2026

Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

 


Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Nosotros hoy también podemos tener una confusión semejante en la cabeza a la que tenían los judíos del Reino de Dios que anunciaba Jesús porque entonces se dejaban influir por unos deseos de liberación de toda opresión extranjera como vivían en la situación del momento y nosotros nos podemos dejar también influir por las ideas de prepotencia y de poder con todas sus consecuencias que puede entrañar la idea de un reino en el hoy de nuestra vida.

Una liberación que podríamos llamar política y de soberanía que tenían entonces con una mezcla de sueños de grandeza y poderío que nos encandila en el hoy de nuestra vida; todos queremos ser grandes e importantes, admiramos las cosas grandiosas y extraordinarias y nos puede parecer que por ahí han de ir las aspiraciones de la vida. ¿Se mezclará algo de todo eso en lo que podríamos llamar sentido cristiano o también en la imagen de Iglesia que algunas veces podamos transmitir a la semejanza de los poderes o instituciones de la sociedad?

Hoy Jesús nos propone una parábola para hablarnos del Reino de Dios. Y rompe moldes, nos deshabilita las ideas preconcebidas, nos echa por tierra tantos castillos en el aire que nos hemos edificado. Nos habla del Reino de Dios y no nos habla de cosas grandiosas y maravillosas, ni siquiera parece querer referirse a multitudes que forman parte en ese Reino del que Jesús nos está hablando. Habla de una semilla y además de una semilla muy pequeña que tampoco dará lugar a grandes plantas, o nos habla de unos granos de levadura que encima se va a diluir de tal manera en la masa con la que se mezcla de manera que ni siquiera se va a ver. Una pequeña semilla que generará una planta con sus frutos, que luego van a servir como condimento que dé sabor a nuestros alimentos; unos granos de levadura que se diluyen en la masa, pero que hará que esa masa fermente y nos pueda dar hermoso y sabroso pan.

Pero, ¿qué es entonces ese Reino de Dios? ¿Dónde y cómo podremos encontrarlo? ¿Cuál es ese sabor y cuál es ese fermento? Nos está hablando Jesús no de cosas grandiosas o extraordinarias que tengamos que hacer o incluso vivir, nos está hablando de algo pequeño y que incluso nos puede pasar desapercibido; nos está diciendo que en esas cosas y ordinarias que hacemos todos los días o que contemplamos en los demás hemos de saber poner ese sabor y hemos de convertirlo en esa levadura que haga fermentar la masa.

Y es que el amor que vamos viviendo y que vamos repartiendo no es escandaloso pero sí puede y tiene que ser contagioso. Seamos capaces de abrir nuestros ojos de una manera nueva para contemplar esos signos que nos pueden pasar desapercibidos del Reino de Dios en tantas cosas sencillas y que personas sencillas están realizando cada día cuando somos por ejemplo de compartir nuestra alegría y nuestra ilusión, cuando por nuestros gestos de generosidad podemos despertar esperanza en tantos que van arrastrándose por la vida, en esas personas que siempre y sin hacer ruido están dispuestas a echar una mano, a acompañar a alguien en su soledad, que se interesa y visita el vecino que está enfermo o que ya no sale de su casa, que comparte el perejil y la sal con el pariente que está cercano, que busca siempre una palabra de ánimo para aquel que ve caminando decaído a su lado, que está buscando siempre el encuentro y despertando la colaboración de los demás, que sabe acercarse en silencio a unos y otros para lograr la reconciliación entre los que se sienten distantes.

Semillas pequeñas y que parece que nadie nota pero que son señales del Reino de Dios que aunque nosotros muchas veces en nuestras negruras nos parece que todo anda mal sin embargo los valores del evangelio se han ido penetrando en nuestro tejido social y se está viviendo quizás mucho más de lo que nosotros imaginamos. Debemos valorar esos pequeños resplandores que quizás tenuemente van surgiendo y que tenemos que saber avivar. Tengamos los ojos abiertos para descubrirlo y seamos capaces de ser levadura que vaya haciendo fermentar esa masa, hacer florecer esas semillas y dar señales de que a pesar de todos los pesares el Reino de Dios se hace presente en nuestro mund


sábado, 17 de octubre de 2026

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

 


Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

Efesios 1, 15-23;Salmo 8; Lucas 12, 8-12

En la vida tenemos que saber actuar con claridad y con congruencia; nuestro actuar, nuestra manera de plantearnos las cosas, los principios por los que nos regimos, que son también nuestras palabras, lo que decimos; todo lo cual tiene como cola una cadena de consecuencias, porque realmente tiene que haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos; podemos proclamar muy bonitos principios pero si luego actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve? ¿dónde está nuestra congruencia? Claro que eso nos obliga a tener las cosas claras, lo que significa que tiene que ser algo que hemos pensado mucho, hemos reflexionado, hemos tratado de profundizar lo más posible.

Cuidado que la superficialidad nos puede desembocar en muchas incongruencias; además en nuestra palabra no nos podemos contradecir, por eso antes de hablar tenemos que pensar mucho las cosas y ahondar en nosotros mismos, en lo que es nuestra vida, como decíamos, esos principios por los que nos regimos, que no son simplemente para lucirnos ante los demás por todo lo que sabemos, sino para manifestar con nuestro actuar que estamos obrando siempre en consecuencia. Todos alegamos fácilmente de la rectitud con que queremos obrar, de la madurez de la que queremos hacer gala y hasta hacemos mil promesas, pero bien sabemos que muchas veces nos resbalamos por unas pendientes que nos hacen salirnos de cauce. Lo vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno, y también tenemos el peligro de deslizarnos nosotros por esas pendientes.

Como cristianos, ¿estaremos actuando con esa congruencia? ¿Tenemos realmente claros lo que son los caminos del Evangelio? Esto es algo que tenemos que analizar alguna vez en nuestra vida, encontrar esos momentos de silencio y reflexión para encontrarnos esa verdad de nuestro interior. No es precisamente el evangelio a lo que le demos demasiado tiempo de reflexión habitualmente; cuanto nos cuesta participar en esos grupos que se nos pueden ofrecer en nuestras comunidades para una mayor profundización de nuestra fe.

¿Estaremos como Iglesia haciendo lo suficiente en este sentido? La semilla ha de llegar a un determinado grado de maduración para que al sembrarla pueda germinar y al final darnos fruto. ¿Estaremos haciendo lo suficiente en este sentido?

Hoy en el evangelio Jesús nos está pidiendo que demos testimonio por El. Declararnos por El ante los hombres, nos dice, dar la cara. No lo podemos negar, pero tampoco podemos actuar como si no tuviéramos fe en El, y esa fe no es solo que recemos o vayamos a los actos de culto, comulguemos todos los domingos o recibamos los sacramentos en su momento.

Es mucho más, porque es nuestra manera de actuar en la vida, son nuestras relaciones con los demás, es la rectitud con que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos, es la asunción de nuestras responsabilidades con todas sus consecuencias, son los planteamientos que nos hacemos de cara a nuestra sociedad… en cada cosa, en cada momento hemos de actuar como cristianos, hemos de actuar en consonancia con lo que nos enseña el evangelio, es lo que hablamos o lo que decimos, el consejo que damos o la atención que le prestamos al otro. Y no es que tengamos que estar en todo momento nombrando a Dios, pero sí que aquello que hacemos o que decimos tenga ese sentido y ese valor desde la trascendencia de nuestra fe.

Pero Jesús hoy nos está enseñando algo más, a confiar en la asistencia y la inspiración del Espíritu Santo en cada momento y en cada situación. Como nos dice, no tenemos que preocuparnos de preparar nuestra defensa cuando seamos llevados a los tribunales, porque el Espíritu Santo obrará en nuestro interior y pondrá palabras en nuestros labios y actitudes y posturas en nuestra vida. Tenemos que creer en esa asistencia del Espíritu Santo y dejar que actúe en nosotros.

Seguro que tenemos la experiencia de que cuando vamos en la vida dejándonos así guiar por la fe y la gracia de Dios ha habido momentos en que hemos hablado y en que hemos actuado de forma que nosotros mismos nos hemos asustado del acierto y valentía con que obramos. ¿Por qué no creer en esa fuerza del Espíritu que actúa en nosotros? Mira que hoy nos dice del terrible pecado que es actuar contra la acción del Espíritu de Dios.

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior.


viernes, 3 de julio de 2026

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

‘Si no lo veo, no lo creo’, decimos también nosotros muchas veces en la vida tomando esta expresión que manifiesta las dudas de Santo Tomás, aunque nosotros no siempre lo hacemos en una referencia de fe en lo sobrenatural sino en esas cosas de nuestra vida de cada día. Es la actitud de reserva y en cierto modo de desconfianza ante algo que nos cuentan que haya sucedido y que nos parece inverosímil, en algo que ha hecho alguien al que consideramos incapaz de realizar tales cosas. 

¿Necesitamos palpar con nuestras manos? ¿que lo veamos con nuestros propios ojos? Ponemos en duda la credibilidad de quien nos cuenta algo muchas veces quizás también desde nuestros orgullos personales, de nuestro amor propio porque no fuimos nosotros capaces de hacerlo, o porque no tuvimos la experiencia que tuvieron otros.

¿Algo así le estaría pasando al apóstol? Habían, es cierto, pasado por una experiencia dura que a cualquiera lo desestabilizaría; cuando estamos así, no sabemos qué hacer ni qué pensar, nos encerramos para que nadie nos vea o nos encuentre o nos echamos a caminar. Tomás se había ido a caminar y en esa ocasión Jesús resucitado se les manifestó; Tomás no estaba con ellos. El primer saludo que se va a encontrar a su vuelta es la noticia de que Jesús había estado allí con ellos, ‘hemos visto al Señor’, le dicen, pero su reacción no podía ser otra, ahora no creía en nada, ni siquiera en aquello que sus compañeros llenos de alegría por su encuentro con Jesús ahora le contaban.

Aún pesaba en su corazón la experiencia del dolor y de las esperanzas que habían perdido. ahora necesitaba algo más que unas palabras entusiasmadas de otros que habían tenido nuevas experiencias. El quisiera quizás tenerlas también aunque no se atrevía a manifestarlo claramente, como nosotros cuando andamos confusos, queremos algo pero nos da miedo manifestarlo porque nos parece una derrota para nuestro amor propio.

La experiencia la iba a tener. como nos narra el evangelista a los ocho días, estando igualmente con las puertas cerradas, y en esta ocasión Tomás con ellos, se manifestó de nuevo Jesús. ¿Era verdad o solo eran sueños e imaginaciones? Pero Jesús se acercó a él sin reproches, solo queriendo que hiciera aquello que había manifestado querer hacer para creer. ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado…’ No seas incrédulo, le viene a decir Jesús, confía, despierta tu fe, aquí lo puedes experimentar.

No necesitó meter su dedo en las llagas de las manos, ni su mano en la llaga del costado. Era su corazón el que ahora estaba sintiendo y se caían todas las escamas de sus ojos y de su corazón. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fueron sus únicas palabras con lo que lo estaba diciendo todo. Sí un día había sido hermosa la confesión de Pedro allá en Cesarea de Filipo porque el Padre se lo había inspirado en su corazón, hermosa era ahora la confesión de fe de Tomás. Porque Tomás estaba teniendo la experiencia del encuentro con el Señor resucitado. 

Es lo que hará crecer la fe, es lo que hará que la fe se vuelva expansiva, es lo que nos llevará a contagiar de nuestra fe a los demás, porque no hablamos de cosas aprendidas o recibidas de otros, sino por lo que en lo hondo de nuestro corazón hemos vivido y experimentado. 

Somos cristianos demasiado del catecismo y la doctrina y poco de la experiencia por eso seremos tan poco convincentes; si experiencias tenemos, y seguro que en la vida hemos tenido momentos intensos de fe, sin embargo somos poco dados a comunicarlas; no hablamos de lo que vivimos, de lo que experimentamos dentro de nosotros; tenemos que ser más una comunidad, una iglesia que comparte sus experiencias, lo que vivimos, porque será como de verdad estaremos transmitiendo la fe, contagiando de la fe, entusiasmando con nuestra fe. 

Porque no compartimos de verdad lo que llevamos dentro luego nuestras celebraciones se hacen frías y rituales, pierden alegría y entusiasmo, nuestro cántico de alabanza al Señor se convierte en un mero rito. Reavivemos nuestra fe haciendo que cada celebración sea un encuentro vivo con el Señor. 

Abramos de verdad los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe.

jueves, 7 de mayo de 2026

Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

 


Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

Hechos 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

En un buen ambiente de alegría y de fiesta no podemos menos que sentirnos contagiados por ese buen ambiente y mantener el tono de esa alegría; se dice que quien viene con cara de tristeza y de circunstancias a un lugar así donde todos están disfrutando de esa alegría viene a aguar la fiesta; tenemos que participar de esa alegría común y saber ponernos a tono porque nos sentiremos contagiados y hasta comenzaremos a ver nuestros problemas o nuestras situaciones personales de otra manera.

¿Estaremos muchos cristianos aguando la fiesta que tendría que ser la vivencia de nuestra fe y el sentirnos cristianos y amados de Dios? Primero decir que no siempre estamos manifestando nuestra alegría en medio de la vida y que nosotros tendríamos los mayores motivos para vivir esa alegría; somos cristianos porque nos sentimos amados de Dios, envueltos por su amor y en ese amor hemos de permanecer; claro que aguamos la fiesta también porque en muchas ocasiones no se nota tanto el amor como los ramalazos de egoísmo que aparecen en nuestras actitudes y posturas. Muchas veces somos cristianos tristes, de excesivas lágrimas y angustias lo que nos estaría convirtiendo en tristes cristianos, con lo que eso connota.

Hoy nos está diciendo Jesús que permanezcamos en su amor. No es un mandato, aunque en algún momento lo llamemos mandamiento del amor, es una consecuencia de vida cuando nos sabemos amados. ‘Yo os he amado’, nos dice Jesús, pero nos dice que es toda una corriente de amor que parte del amor de Dios ‘como el Padre me ha amado’, así llega ese amor a nosotros y en que hemos de permanecer.

¿Qué significa ese permanecer en su amor? Algunas veces interpretamos en que en determinados momentos tenemos que hacer algunas obras de amor; claro que ese amor se va a ir manifestando en lo que hacemos, pero no con cosas sueltas a las que queremos unir como en cadena, porque claro pensado así habrá momentos en que nos podríamos saltar esas acciones de amor. Es algo mucho más profundo. Quien se siente amado con un amor como el que Dios nos tiene le ha de parecer lo más natural del mundo amar también; nos sentiremos envueltos y empapados de ese amor para que lo único que se refleje de nuestra vida sea precisamente eso, el amor.

Tendríamos que sentirnos envueltos en ese buen ambiente, como decíamos al principio, de manera que tan contagiados nos sintamos que no sea otra cosa que amor lo que vaya fluyendo de nuestra vida. Y cuando fluye el amor qué lejos quedan las actitudes egoístas e insolidarias, qué tan espontánea surge de nuestro corazón la comprensión y el perdón, cómo apartamos de nosotros todo lo que sea resentimientos, recelos y rencores, posturas vengativas, perversas dobles intenciones, envidias, malas ambiciones que nos lleven al orgullo o a la malicia, a la violencia o a la malquerencia. Serían cosas que irían aguando nuestro amor, ese buen ambiente de comunión que entre nosotros tendría que haber.

Y termina diciéndonos hoy Jesús ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. ¿Será esa la alegría que envuelve nuestra vida de cristianos? Sería la alegría de nuestra vida que tendría que manifestarse de mil manera en todo momento, nuestro corazón siempre tendría que estar cantando, pero algunas veces no lo manifestamos ni en nuestras mismas celebraciones; si decimos celebraciones tendríamos que decir fiesta, pero de cuanto aburrimiento las llenamos a veces.

¿Cuándo despertaremos de verdad los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y del amor que con gozo vivimos?

 

sábado, 11 de abril de 2026

Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

 


Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

Hay noticias que no podemos callar. Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo. Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de haber recibido cartas tomándose un buen café.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.

El evangelista Marcos es mi escueto en la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron; hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

Es nuestro compromiso de Pascua, es más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que lo centramos en el misterio de Cristo.

Pero la celebración es también Palabra que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.

No nos podemos quedar inertes e impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás llevándoles la buena noticia que hemos recibido.

Hoy el evangelio nos recuerda que ese es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?

viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


viernes, 12 de julio de 2024

No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

 


No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Bueno, lo voy a decir así como me sale casi de forma espontánea, pero me gustaría me entendieran bien lo que quiero expresar. Una cosa es recibir una instrucción en la que se nos trasmiten unos conocimientos que bien o pueden ser hechos de la historia que nos vendría bien conocer – ¿a quien no le gusta conocer la historia de su pueblo, o de sus antepasados, por ejemplo? – ya sea el conocimiento de unas ciencias o unas materias  que necesitamos para manejarnos en la vida, y otra cosa es educarnos para la vida, trasmitirnos algo más hondo que nos ayude a encontrar el sentido de la vida misma y afrontar humanamente las diferentes circunstancias con las que nos vamos a ir topando. Es trasmitir algo más hondo porque diríamos nos va a enseñar a vivir, algo que tendrá que convertir en levadura que haga fermentar la masa de nuestro mundo.

Y eso, podríamos decir, es lo que nos quiere trasmitir el evangelio que hoy se nos ofrece. Esa es la misión que Jesús confía a quienes creen en El, a sus discípulos como lo que tienen trasmitir al mundo que les rodea; es el testimonio de lo que se vive, de lo que viven a partir de lo que significado su encuentro con Jesus.

No se contentarán los evangelistas con darnos unos datos biográficos de la vida de Jesús, sino de trasmitir el mensaje que ha sido la vida de Jesús para la humanidad. Son pocos los datos que podríamos llamar históricos que se nos ofrecen en los evangelios de Jesús, pero cuando nos están trasmitiendo lo que hizo y lo que dijo Jesús se nos está trasmitiendo un mensaje de vida desde lo que los propios evangelistas han vivido también en su encuentro con Jesús.

Y es lo que se nos está pidiendo a nosotros hoy, a los que creemos en Jesús, que hemos de convertirnos en testigos en medio del mundo. Un testimonio que no será fácil, porque de alguna manera implica una novedad, algo distinto frente a lo que se vive en el mundo. Por eso decimos es un mensaje de salvación, un mensaje de liberación, un mensaje que presente lograr una transformación para hacer un mundo nuevo, para hacer unos hombres nuevos.

Y eso será costoso porque se convierte en una contradicción frente al mundo. No siempre se querrá escuchar ese mensaje sobre todo cuando implica una renovación interior, una renovación desde lo más hondo de nosotros mismos; y nos cuesta cambiar, nos habituamos a lo que siempre hemos vivido y aunque no sintamos una satisfacción plena, sin embargo no queremos arrancarnos de ello para emprender algo nuevo. Es principalmente desde nuestro propio interior donde vamos a encontrar esa oposición al propio mensaje del evangelio.

Por eso hoy Jesús les dirá a los discípulos que los envía como corderos en medio de lobos, pero al mismo tiempo nos pedirá sagacidad y sencillez. Esa sabiduría de Dios que queremos vivir y transmitir al mismo tiempo nos dará como una visión nueva, nos hace descubrir un sentido nuevo, y nos motivará interior para descubrir los medios y caminos, la manera  de cómo hemos de llevar mejor ese mensaje a los demás. 

Pero no podemos olvidar la humildad y la sencillez, porque solo somos unos servidores de esa Palabra de salvación que hemos de trasmitir, no nos podemos presentar como poseedores absolutos que tratan de imponer dicho mensaje, dicho sentido de vida. Es la oferta que hacemos desde el amor, es la oferta que hacemos con sencillez y humildad. Pero es la oferta que hacemos con valentía sin temor a la oposición que podamos encontrar.

Nos habla Jesus de tribunales y de juicios, nos habla de cárceles y de persecución y es que el discípulo no es mejor que su maestro y ¿qué es lo que hicieron con Jesus? El nos promete la fuerza y sabiduría de su Espíritu que estará con nosotros, pondrá palabras en nuestros labios y fortaleza en el corazón. Porque es una vida lo que queremos transmitir, que primero hemos de vivir en nosotros mismos para luego poder contagiar a los demás. Es como una osmosis lo que tenemos que realizar, porque de aquello que nosotros estamos empapados, empaparemos al mundo que nos rodea.  

martes, 30 de abril de 2024

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

 


Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz. No es simplemente la victoria de uno contra otro cuando hay dos contendientes; si hay una victoria, habrá habido algún derrotado; ¿cómo puede sentirse si desde esa fuerza violenta que dado la victoria a una de las partes se le quiere imponer la paz? La paz no se impone como no se impone el silencio, tampoco se conquista por la violencia de ninguna de las armas que tengamos en nuestras manos para decir que somos vencedores, porque siempre habrá daños, siempre habrá quien se siente herido, siempre habrá quien quiere otra cosa, otra libertad que se le ha arrebatado, como la paz no es tampoco un clima de sosiego exterior. Por eso, otro tiene que ser el camino de la paz.

Es un tema candente hoy, en la historia de nuestro hoy, como ha sido candente en la historia de todos los tiempos, y aun no hemos terminado de aprender la lección. No terminamos de aprender para la paz, no terminamos cada uno de nosotros buscar esos caminos de paz en nosotros mismos. Cuando todos la busquemos con sinceridad y tratemos de mantenerlo dentro de nosotros mismos comenzaremos de verdad a crear ese clima de paz que se irá contagiando de los unos a los otros.

Comencemos por aceptarnos a nosotros mismos, también con nuestros errores, también con las violencias que a veces afloran en nuestras vidas, comencemos a darnos cuenta de nuestra realidad y al aceptarnos nos perdonamos esos errores y esos tropiezos, para arrancar amarguras del corazón; quien no ha sabido perdonarse mantiene siempre una llama encendida, que aunque nos parezca pequeña en cualquier momento se puede convertir en un incendio devorador, por eso personar es comenzar por apagar ese pequeño rescoldo que pueda quedar en nosotros, de lo que hemos hecho o de lo que nos han hecho; no podemos dejar rescoldos que a la menor brisa se conviertan en llamaradas destructoras.

Y eso es el caldo de cultivo que tenemos que hacer con los demás, mostrando que sabemos perdonar, mostrando que sabemos ser misericordiosos porque nuestro corazón a pesar de las miserias tiene siempre una lado de compasión que elimina aristas, que lima asperezas, que busca siempre la conjunción con los demás evitando chispas y haciendo una buena rodadura. Es el aceite de la misericordia que sirve de colchón, que crea engranajes de amor, que busca siempre el encuentro, que nunca echará en cara ni querrá imponerse, que saber estar siempre de buena manera al lado de todos.

Cuando todos comencemos a contagiarnos los unos a los otros de esa misericordia estaremos definitivamente emprendiendo el camino de la paz. Por eso cuando pedimos por la paz, estamos pidiendo por esos pequeños detalles que seamos capaces de tener los unos con los otros, pero estamos pidiendo que los corazones de los que tiene en sus manos esos ejes de violencia y que están robando la paz a nuestro mundo, cambien porque se vean envueltos en ese aceite de misericordia. No todos estarán dispuestos y así vemos la carrera por la que va nuestro mundo, pero desde abajo tener que hacer hervir ese aceite de la misericordia para que todos nos veamos envueltos en él y comencemos a sentir distinto, y en consecuencia poco a poco a actuar distinto.

Hoy nos ha dicho Jesús en el Evangelio que nos da su paz. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. Pero también nos dice que no nos acobardemos por lo difícil que podemos encontrarlo. Fue también su saludo pascual en las distintas apariciones a los discípulos, pero también hoy nos dice que su paz es distinta, que no nos la da como la da el mundo. Recordemos que cuando saluda con la paz a los discípulos en el cenáculo aquel primer día de la semana los envió al mundo con el mensaje del perdón y del amor. No puede estar lejos la paz del perdón y de la misericordia; es el camino para encontrar la verdadera paz.

domingo, 14 de agosto de 2022

Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

 


Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

Jeremías 38,4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Tenemos que tomarnos en serio las cosas. No nos quedemos en superficialidades. Somos habitualmente fáciles de contentar. Ya una cosa nos marcha medianamente bien y nos creemos en la gloria, nos creemos triunfadores; bueno, es que rehusamos el esfuerzo, lo que signifique sacrificio, aquello en lo que es necesario trabajar con ahínco; si ya con esto nos podemos arreglar, para que seguir trabajando más.

Es en muchos aspectos de la vida que nos sucede; es el estudiante que se contenta con el aprobado cuando podría obtener mejores notas; y no es cuestión de tener unas notas de las que podamos presumir, sino de los mayores conocimientos que podría adquirir, del mayor dominio de la materia, de la sabiduría que vaya adquiriendo, para poder desempeñarme mejor en la vida; pero nos sucede en el desarrollo de responsabilidades, en el trabajo, en los compromisos que pueda adquirir. Vamos planeando por encima de las cosas y no nos queremos meter en profundidades, porque eso significará mayor esfuerzo.

Tenemos que tomarnos en serio de nuestra nos viene a decir hoy la Palabra de Dios. Se nos ofrece el testimonio del profeta Jeremías, que escuchamos en la primera lectura, fiel a su misión aunque esto le costara persecuciones y hasta peligro de muerte. Releamos con detenimiento de nuevo la lectura del profeta.  Es de lo que nos habla la carta a los Hebreos que nos invita ‘a correr con constancia la carrera que nos toca renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia’.

Y el evangelio nos ofrece un texto que en una primera lectura superficial nos podría resultar contradictorio. Si Jesús es el príncipe de la paz, ¿cómo nos dice que ha venido a traer guerra? Si Jesús lo que quiere es que nos amemos, ¿cómo ve tan natural que haya divisiones incluso en el ámbito familiar? ¿Cómo entender lo del fuego que quiere prender y nos habla de un bautismo de muerte? Pero cuando nos hacemos estas preguntas ¿no tendríamos que recordar lo que había anunciado el anciano Simeón de que aquel niño que tenía en sus brazos había sido puesto como signo de contradicción?

La palabra de Jesús, y tenemos que decir su vida, no nos puede dejar adormilados y pasivos sino que siempre va a producir una inquietud grande en quien la escucha con sinceridad. Ya nos dice Jesús en otra ocasión que no viene a poner remiendos sino que es necesario un traje nuevo, una nueva vestidura, unos odres nuevos para el vino nuevo que nos ofrece. No es que Jesús venga producir fundamentalismos y fanatismos en quienes lo escuchan, pero sí ha de producirse una profunda transformación del corazón y de la vida de manera que las cosas no pueden seguir de la misma manera. ¿No nos ha pedido conversión para aceptar la buena nueva que nos anuncia, para poder aceptar y vivir el Reino de Dios?

Cuando nos ponemos en la órbita de Jesús ya las cosas no pueden ser de la misma manera, no podemos andar con componendas, nos exige tomarnos en serio las cosas, como decíamos al principio. O caminamos por el camino del amor hasta sus últimas consecuencias o no nos digamos discípulos de Jesús. En la medida en que voy escuchando el evangelio de Jesús tengo que ir tomando opciones en mi vida emprendiendo ese camino nuevo que nos ofrece. Cuando nos sentimos cogidos por Jesús en lo más hondo de nosotros mismos tiene que brotar ese fuego en nosotros para de una manera ardiente transformar nuestra vida y luchar por ir transformando también nuestro mundo. ‘Fuego he venido a traer sobre la tierra…’ nos dice hoy Jesús. Y ese fuego tiene que comenzar ardiendo dentro de nosotros para sentirnos purificados y transformados. De ese fuego queremos contagiar a los demás.

Claro que no todos lo entenderán. Vamos a nadar contracorriente. Porque en nuestra inquietud no podemos permitir que las cosas sigan siendo de la misma manera; porque queremos transmitir a los demás esa inquietud que nosotros llevamos dentro. No queremos arrasar, no queremos imponer, no queremos obligar a nadie, pero aquello en lo que creemos, aquello que son nuestras convicciones nadie me las podrá arrebatar. Claro que eso me va a hacer chocar quizás con los más cercanos a nosotros. Es lo que nos dice hoy en el evangelio de la división que se va a producir incluso entre los seres más queridos de la familia.

¿Será así como lo vivimos? ¿Será esa la imagen que damos los cristianos? ¿Será esa la radicalidad con la que nos expresamos y vivimos nuestros compromisos hasta el final? Qué lástima que los que creemos en Jesús en lugar de dejarnos contagiar por El, sigamos dejándonos contagiar por el espíritu del mundo; y tenemos miedo de expresar nuestras convicciones porque decimos que no nos entienden, y vamos acomodándonos a lo que hay en el ambiente, y no queremos ‘molestar’ a nadie expresando libremente lo que es nuestra fe y tiene que ser nuestra vida, y porque queremos contentar a todos vivimos tan superficialmente nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Tomémonos en serio las cosas, decíamos al principio, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas.

sábado, 2 de julio de 2022

Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

 


Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17

A veces somos más conservadores de lo que queremos reconocer. En los muchos sentidos de la palabra. Queremos mantenernos en lo de siempre, si además siempre nos ha ido bien, para qué vamos a cambiar nos decimos; miramos para detrás en la vida y en la historia y a veces nos parece que fueron tiempos mejores, y ojalá pudiéramos volver a aquellas cosas que eran tan bonitas; aunque nos decimos modernos y queremos ser muy prácticos en lo que tenemos, en nuestra manera de vestir o de plantearnos la imagen de la vida, soñamos con suntuosidades, volvemos a fórmulas de antes porque nos parecen tan solemnes o tan fantasiosas, hasta cuando nos queremos divertir en nuestras fiestas somos capaces de resucitar viejos estilos y prendas que en verdad recuerdan otros tiempos pero que nos parecen tan suntuosas; y estamos hablando de generalidades, de las cosas comunes que tenemos o hacemos en la vida, pero no entremos en nuestros ritos y experiencias de religiosidad donde seguimos tan cargados de tradiciones y de expresiones solemnes que hasta nos hacen derramar alguna lágrima de emoción.

Cuánto nos cuesta una renovación; cuánto nos cuesta llegar a encontrar una autenticidad en aquello que hacemos o que vivimos y no quedarnos en la apariencia de lo suntuoso; cuánto nos cuesta llegar a dar una profunda vitalidad a lo que hacemos dejándonos en verdad conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu.

Fue lo que le costó a mucha gente de su tiempo el aceptar el mensaje de Jesús. Pero nos sigue sucediendo hoy como en todos los tiempos. Hoy vemos que van reclamándo a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. Pero Jesús les responde que cómo van a andar vestidos de luto los amigos del novio cuando están participando en su boda; si están en la fiesta de la boda, todo tendrá que ser alegría, no tienen por qué estar tristes.

¿Qué nos quiere decir Jesús? El nos está enseñando el sentido nuevo que tiene la vida desde la vivencia del Reino de Dios que nos anuncia y que se ha de instaurar; la relación con Dios ha de tener un sentido nuevo; no podemos seguir viviendo bajo los temores que se manifestaban en la religión en el Antiguo Testamento, donde llegar a tener una experiencia de la visión de Dios parecía como que se tenía que morir. No era la relación de los hijos con el padre, sino era la relación desde el temor, por eso siempre había que estar haciendo cosas como para aplacar a Dios.

Pero ha venido quien nos ha redimido, quien ha derramado su sangre entregándose por nosotros para que tengamos vida y salvación. Derramará su sangre Jesús, la Sangre de la nueva Alianza, la Sangre de la Alianza nueva y eterna para que obtengamos el perdón de nuestros pecados. No estaremos ahora haciendo méritos, porque ya ha habido uno que nos ha merecido el perdón y la paz para nuestros corazones. ¿Por qué envolver con colgaduras de tristeza todo lo que significa religión, relación con Dios?

¿No andaremos todavía nosotros en nuestras expresiones religiosas con ese tipo de colgaduras? ¿Vivimos en verdad la alegría de la fiesta en nuestras celebraciones cristianas y en todo lo que es la vida del cristiano? ¿Seguiremos aun con las colgaduras negras de la tristeza y del llanto? Os confieso algo que me llegó a lo hondo del corazón y me llenó de satisfacción grande; fue tras la celebración de unas primeras comuniones cuando un señor, que había sido invitado por una familia a dicha celebración, se me acercó y me dijo para felicitarme, ‘la celebración de la primera comunión de estos niños fue una verdadera fiesta, así lo estaban viviendo los niños y así lo he estado viviendo yo’, me decía.


Tenemos que reavivar nuestra fe y la vivencia de nuestro ser cristiano para vivirla con alegría, para llenarnos de alegría y con ella contagiar a cuantos nos rodean. Tenemos que desterrar esas colgaduras con las que queremos a veces expresar nuestras suntuosidades, para darle auténtico sentido a aquello que vivimos y que celebramos.
 

Nos falta alegría en la Iglesia, nos falta alegría a los cristianos. Todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio, como termina diciéndonos hoy Jesús. ‘A vino nuevo, odres nuevos’. Por algo tenemos el Espíritu de Jesús con nosotros; dejémonos conducir por El.

domingo, 17 de abril de 2022

La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

 


La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

Romanos 6, 3-11; Lucas 24, 1-12; Juan 20, 1-9

‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ Sorpresa, asombro, desconcierto una vez más para aquellas buenas mujeres. Habían pasado por un trance bien amargo en la mañana y en la tarde del viernes. Con buena voluntad habían preparado sus aromas y sus ungüentos para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que no lo habían podido hacer en la tarde del viernes por ser el día de la preparación y al caer la tarde ya nada podían hacer. Ahora se encuentran removida la piedra del sepulcro, el cuerpo de Jesús que no está allí y aquella aparición de ángeles con sus anuncios. ‘¿Por qué buscar entre los muertos…?

Aunque por naturaleza decimos que amamos la vida, buscamos la vida, defendemos la vida, sin embargo nos gusta husmear entre sombras de muerte; para algunos después de determinados momentos de la vida parece que todo girara ya en torno a la muerte y al sepulcro.

Envolvemos con demasiados crespones negros la vida; envolvemos demasiado la vida con sombras y negruras; decimos que amamos la vida y destruimos la vida, demasiada muerte metemos entre nosotros; nos oscurecemos con demasiadas sombras cuando nos destruimos, nos hacemos daño, dejamos que impere la violencia, detrás de nuestras ambiciones no nos importa destruir lo que sea. A niveles grandes con nuestras guerras - ¡cuánta destrucción! -, pero a niveles no menos grandes en la cercanía de los unos y los otros con tantos traspiés que nos vamos haciendo los unos a los otros. ¿Qué buscamos?

¿Qué buscaban aquellas mujeres cuando fueron aquella mañana al sepulcro? Buena voluntad no les faltaba pero se les estaba ofreciendo mucho más de lo que buscaban. Se les estaba haciendo un anuncio muy importante capaz de cambiar la historia. ‘¡No está aquí!’ No está en el sepulcro y en la muerte. ‘¡Ha resucitado!’


‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’
. Es el anuncio grande que reciben. Su Palabra se ha cumplido. No busquen la muerte, no busquen a uno que ha sido derrotado, busquen al vencedor de la muerte. ¡Ha resucitado! ¡Ha triunfado la vida! De nuevo brilla la luz. Es el momento de la victoria definitiva. Contemplemos al resucitado, al que vive.

La sorpresa, el asombro, el desconcierto de los primeros momentos se transformó en alegría. Una alegría de la que tenían que contagiar a los demás. Por eso fueron corriendo al encuentro de los demás discípulos para contar cuánto les había sucedido. A todos les cuesta creer, pero ellas ya tienen la experiencia. Por eso algunos correrán de un lado para otro en aquella mañana con visitas también al sepulcro para comprobar que estaba vacío. Pero no era suficiente, lo podían haber robado como seguía pensando María Magdalena; tenían que ir todo teniendo la experiencia del encuentro con el resucitado. Todos al final se convertirían en transmisores de esa buena nueva, de esa gran noticia, Cristo había resucitado.

No olvidemos una cosa que hemos ido teniendo muy en cuenta en estos días. Jesús nos había invitado a sentarnos a su mesa en la cena de la Pascua; así vivimos aquellos momentos. Con Jesús habíamos realizado todo el camino de la pasión hasta hacernos presentes también al pie de la cruz en el Gólgota. Jesús también quiere salirnos al encuentro en esta noche y en este día de pascua para hacernos partícipes también de esa misma experiencia. Nosotros también estamos invitados por una parte a vivir esta alegría de la Pascua pero también a contagiarla al mundo que nos rodea.

Cristo resucitado también nos sale al encuentro aunque nosotros sigamos revolviéndonos entre sombras y entre muertes en el hoy y ahora de nuestra vida y de la misma situación que vive el mundo. La experiencia de la resurrección del Señor no es algo que podamos relegar solo al tiempo de los apóstoles y en aquellos momentos vividos en Jerusalén. Hoy Cristo viene a nosotros para decirnos que es posible salir de esas sombras en que nos vamos envolviendo.

La luz pascual de Cristo resucitado que simbólicamente hemos encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo. Es hora de encender esa luz, de encender esa nueva esperanza para nuestro mundo. Es la tarea de los testigos de la resurrección. No podemos seguir dejándonos envolver por esos agobios y esas angustias; no podemos seguir postrados en nuestros desalientos y nuestras desesperanzas; es posible algo nuevo, es necesario sentir la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que renueve nuestros corazones y renueve nuestro mundo, nuestra sociedad; son posibles los caminos de la paz y de una nueva solidaridad; no podemos pensar que todo está perdido.

Signos bonitos de solidaridad hemos sido capaces de tener en los peores momentos por ejemplo de la pandemia que hemos vivido y tenemos que ser capaces de seguirlos teniendo con quienes están sufriendo tantos horrores. Son señales que nos dan esperanza. Aunque la maldad, la ambición, los afanes de destrucción parezca que imperen en nuestro mundo tenemos la esperanza del cambio de los corazones.

La victoria de Cristo sobre la muerte que hoy contemplamos y celebramos nos llena de esperanza en la tarea de la construcción de ese mundo nuevo. Tenemos que ser esos promotores de paz, esos sembradores de esperanza, esos contagios de alegría nueva en el amor y la nueva ternura que vamos sembrando en nuestro mundo.

domingo, 2 de enero de 2022

Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

 


Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

Algunas veces pareciera que la luz ha dejado de iluminar o no tiene ya sentido, o no tenemos interés por la luz. ¿Alguien prefiere la oscuridad? ¿Habría alguien que abandonara un camino iluminado para transitar por otro que no tiene luz? Podrían parecer cosas absurdas lo que estoy diciendo para introducir esta reflexión, pero ya sabemos que muchas veces lo que no es bueno se tramita en la oscuridad o se prepara en lo oculto. No querrían luz, para que no se sepa lo que están conspirando. Y es al acecho de la oscuridad – que nada se sepa, dicen – donde se realizan las peores maldades, los peores crímenes, o donde se gesta la más malvada corrupción.

Con lo que estamos diciendo podemos referirnos a muchas cosas, a muchas maldades con que nos encontramos en la vida. Pero podemos hacer referencia también a la luz de la Navidad que hemos querido hacer brillar con especial resplandor estos días. Bueno, hacemos brillar la luz de la navidad aunque también tendríamos que preguntarnos si es la verdadera luz de la navidad la que ha ido iluminando nuestros ambientes que decimos navideños.

¿Será luces engañosas que utilizan el calificativo de navideñas pero que realmente son otras cosas las que pretenden anunciarnos? ¿En verdad son una auténtica referencia a la Navidad de Jesús los adornos con que nos hemos tratado de iluminar en estos días? Qué pronto pasamos a su lado y en lo menos que pensamos es en Jesús. ¿Será acaso que camuflamos la luz de Jesús con otros intereses, porque no es tanto Jesús el que queremos que sea la luz de nuestro mundo? Y aquí los que nos decimos creyentes tenemos quizá mucho que analizar de nuestras posturas y hasta planteamientos.

Y es que los que nos decimos que creemos en Jesús tendríamos que tomarnos más en serio el hacer que sea en verdad la luz de Jesús la que ilumine nuestras vidas y con la que queremos iluminar la vida de los demás, con la que queremos iluminar nuestro mundo. Algunas veces pareciera que solo nos dejamos arrastrar por los intereses de los demás y el anuncio que tendríamos que hacer de Jesús no lo hacemos tan claramente. O nos da miedo hacerlo. Cuidado que hasta en nuestros hogares llamados cristianos se haya ido desvaneciendo ese resplandor de Jesús, se haya ido apagando esa luz de Jesús.


Si en verdad nosotros portáramos en nuestra vida esa luz de Jesús aunque fuera poco algo contagiaríamos a los que están a nuestro alrededor pero por lo contrario miramos en nuestro entorno y cada día se diluye más ese sentido de Cristo, ese sentido cristiano de la vida. Un fuego ardiente pronto se propaga a su alrededor incendiando cuanto encuentra en su recorrido. ¿No es lo que vemos en los grandes incendios que muchas veces asolan nuestros montes y nuestros campos? ¿No lo hemos visto en esa tierra ardiente que es la lava de un volcán que con su fuego y calor va arrasando cuanto encuentra a su paso? Si nosotros los cristianos de verdad nos dejamos iluminar por la luz de Cristo nos tenemos que convertir en esas llamaradas que se propagan, que propagan ese fuego y esa luz de Cristo a su alrededor.

Nos falta a los cristianos ese ardor, ese fuego en el corazón, ese habernos dejado iluminar profundamente por la luz de Cristo para contagiar de esa luz todo cuanto nos rodea. Pero vemos nuestra sociedad cada vez más descristianizada, vemos que cada vez parece que la religión interesa menos en el entorno en el que vivimos, vemos que parece que cada vez son menos los que tienen interés por Jesús y por su evangelio, vemos cada vez más vacías nuestras celebraciones y no hacemos sino buscarnos disculpas para decirnos por qué la gente no viene. Algo nos está fallando. Parece que se ha perdido interés por lo cristiano.

Hoy el evangelio nos ha hablado del Verbo, de la Palabra que es luz y que es vida. Una luz de Jesús que viene a iluminarnos, una vida de la que Cristo quiere contagiarnos, impregnarnos. ¿Interesa esa luz? ¿Interesa esa vida?

‘En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió’ nos dice el evangelio. Y nos seguirá diciendo: ‘El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron’.

‘La tiniebla no la recibió’, no quiso saber de la luz. ¿No nos estará haciendo referencia a aquello que decíamos al principio de las preferencias por la luz o por las oscuridades? ‘Vino a su casa y los suyos no lo recibieron’. ¿No nos interpela esto cuando tan poco interés manifestamos por el evangelio o cuando no sentimos preocupación por la pérdida del sentido cristiano en nuestra sociedad o en nuestras familias? Somos ‘los suyos’, pero ¿qué estamos haciendo con la luz del evangelio hoy? Confieso que me inquieta esa mirada que hago a mi alrededor y la poca luz de Jesús que estoy descubriendo y acaso yo poco contagiando a los demás.