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martes, 27 de octubre de 2026

Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

 


Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Nosotros hoy también podemos tener una confusión semejante en la cabeza a la que tenían los judíos del Reino de Dios que anunciaba Jesús porque entonces se dejaban influir por unos deseos de liberación de toda opresión extranjera como vivían en la situación del momento y nosotros nos podemos dejar también influir por las ideas de prepotencia y de poder con todas sus consecuencias que puede entrañar la idea de un reino en el hoy de nuestra vida.

Una liberación que podríamos llamar política y de soberanía que tenían entonces con una mezcla de sueños de grandeza y poderío que nos encandila en el hoy de nuestra vida; todos queremos ser grandes e importantes, admiramos las cosas grandiosas y extraordinarias y nos puede parecer que por ahí han de ir las aspiraciones de la vida. ¿Se mezclará algo de todo eso en lo que podríamos llamar sentido cristiano o también en la imagen de Iglesia que algunas veces podamos transmitir a la semejanza de los poderes o instituciones de la sociedad?

Hoy Jesús nos propone una parábola para hablarnos del Reino de Dios. Y rompe moldes, nos deshabilita las ideas preconcebidas, nos echa por tierra tantos castillos en el aire que nos hemos edificado. Nos habla del Reino de Dios y no nos habla de cosas grandiosas y maravillosas, ni siquiera parece querer referirse a multitudes que forman parte en ese Reino del que Jesús nos está hablando. Habla de una semilla y además de una semilla muy pequeña que tampoco dará lugar a grandes plantas, o nos habla de unos granos de levadura que encima se va a diluir de tal manera en la masa con la que se mezcla de manera que ni siquiera se va a ver. Una pequeña semilla que generará una planta con sus frutos, que luego van a servir como condimento que dé sabor a nuestros alimentos; unos granos de levadura que se diluyen en la masa, pero que hará que esa masa fermente y nos pueda dar hermoso y sabroso pan.

Pero, ¿qué es entonces ese Reino de Dios? ¿Dónde y cómo podremos encontrarlo? ¿Cuál es ese sabor y cuál es ese fermento? Nos está hablando Jesús no de cosas grandiosas o extraordinarias que tengamos que hacer o incluso vivir, nos está hablando de algo pequeño y que incluso nos puede pasar desapercibido; nos está diciendo que en esas cosas y ordinarias que hacemos todos los días o que contemplamos en los demás hemos de saber poner ese sabor y hemos de convertirlo en esa levadura que haga fermentar la masa.

Y es que el amor que vamos viviendo y que vamos repartiendo no es escandaloso pero sí puede y tiene que ser contagioso. Seamos capaces de abrir nuestros ojos de una manera nueva para contemplar esos signos que nos pueden pasar desapercibidos del Reino de Dios en tantas cosas sencillas y que personas sencillas están realizando cada día cuando somos por ejemplo de compartir nuestra alegría y nuestra ilusión, cuando por nuestros gestos de generosidad podemos despertar esperanza en tantos que van arrastrándose por la vida, en esas personas que siempre y sin hacer ruido están dispuestas a echar una mano, a acompañar a alguien en su soledad, que se interesa y visita el vecino que está enfermo o que ya no sale de su casa, que comparte el perejil y la sal con el pariente que está cercano, que busca siempre una palabra de ánimo para aquel que ve caminando decaído a su lado, que está buscando siempre el encuentro y despertando la colaboración de los demás, que sabe acercarse en silencio a unos y otros para lograr la reconciliación entre los que se sienten distantes.

Semillas pequeñas y que parece que nadie nota pero que son señales del Reino de Dios que aunque nosotros muchas veces en nuestras negruras nos parece que todo anda mal sin embargo los valores del evangelio se han ido penetrando en nuestro tejido social y se está viviendo quizás mucho más de lo que nosotros imaginamos. Debemos valorar esos pequeños resplandores que quizás tenuemente van surgiendo y que tenemos que saber avivar. Tengamos los ojos abiertos para descubrirlo y seamos capaces de ser levadura que vaya haciendo fermentar esa masa, hacer florecer esas semillas y dar señales de que a pesar de todos los pesares el Reino de Dios se hace presente en nuestro mund


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