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martes, 27 de octubre de 2026

Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

 


Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Nosotros hoy también podemos tener una confusión semejante en la cabeza a la que tenían los judíos del Reino de Dios que anunciaba Jesús porque entonces se dejaban influir por unos deseos de liberación de toda opresión extranjera como vivían en la situación del momento y nosotros nos podemos dejar también influir por las ideas de prepotencia y de poder con todas sus consecuencias que puede entrañar la idea de un reino en el hoy de nuestra vida.

Una liberación que podríamos llamar política y de soberanía que tenían entonces con una mezcla de sueños de grandeza y poderío que nos encandila en el hoy de nuestra vida; todos queremos ser grandes e importantes, admiramos las cosas grandiosas y extraordinarias y nos puede parecer que por ahí han de ir las aspiraciones de la vida. ¿Se mezclará algo de todo eso en lo que podríamos llamar sentido cristiano o también en la imagen de Iglesia que algunas veces podamos transmitir a la semejanza de los poderes o instituciones de la sociedad?

Hoy Jesús nos propone una parábola para hablarnos del Reino de Dios. Y rompe moldes, nos deshabilita las ideas preconcebidas, nos echa por tierra tantos castillos en el aire que nos hemos edificado. Nos habla del Reino de Dios y no nos habla de cosas grandiosas y maravillosas, ni siquiera parece querer referirse a multitudes que forman parte en ese Reino del que Jesús nos está hablando. Habla de una semilla y además de una semilla muy pequeña que tampoco dará lugar a grandes plantas, o nos habla de unos granos de levadura que encima se va a diluir de tal manera en la masa con la que se mezcla de manera que ni siquiera se va a ver. Una pequeña semilla que generará una planta con sus frutos, que luego van a servir como condimento que dé sabor a nuestros alimentos; unos granos de levadura que se diluyen en la masa, pero que hará que esa masa fermente y nos pueda dar hermoso y sabroso pan.

Pero, ¿qué es entonces ese Reino de Dios? ¿Dónde y cómo podremos encontrarlo? ¿Cuál es ese sabor y cuál es ese fermento? Nos está hablando Jesús no de cosas grandiosas o extraordinarias que tengamos que hacer o incluso vivir, nos está hablando de algo pequeño y que incluso nos puede pasar desapercibido; nos está diciendo que en esas cosas y ordinarias que hacemos todos los días o que contemplamos en los demás hemos de saber poner ese sabor y hemos de convertirlo en esa levadura que haga fermentar la masa.

Y es que el amor que vamos viviendo y que vamos repartiendo no es escandaloso pero sí puede y tiene que ser contagioso. Seamos capaces de abrir nuestros ojos de una manera nueva para contemplar esos signos que nos pueden pasar desapercibidos del Reino de Dios en tantas cosas sencillas y que personas sencillas están realizando cada día cuando somos por ejemplo de compartir nuestra alegría y nuestra ilusión, cuando por nuestros gestos de generosidad podemos despertar esperanza en tantos que van arrastrándose por la vida, en esas personas que siempre y sin hacer ruido están dispuestas a echar una mano, a acompañar a alguien en su soledad, que se interesa y visita el vecino que está enfermo o que ya no sale de su casa, que comparte el perejil y la sal con el pariente que está cercano, que busca siempre una palabra de ánimo para aquel que ve caminando decaído a su lado, que está buscando siempre el encuentro y despertando la colaboración de los demás, que sabe acercarse en silencio a unos y otros para lograr la reconciliación entre los que se sienten distantes.

Semillas pequeñas y que parece que nadie nota pero que son señales del Reino de Dios que aunque nosotros muchas veces en nuestras negruras nos parece que todo anda mal sin embargo los valores del evangelio se han ido penetrando en nuestro tejido social y se está viviendo quizás mucho más de lo que nosotros imaginamos. Debemos valorar esos pequeños resplandores que quizás tenuemente van surgiendo y que tenemos que saber avivar. Tengamos los ojos abiertos para descubrirlo y seamos capaces de ser levadura que vaya haciendo fermentar esa masa, hacer florecer esas semillas y dar señales de que a pesar de todos los pesares el Reino de Dios se hace presente en nuestro mund


domingo, 8 de junio de 2025

Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 


Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13;  Juan 20, 19-23

Hay experiencias por las que pasamos en la vida que nos marcan profundamente y nos harán sentir que a partir de ello ya todo no es igual para nosotros, nos pueden abrir a un nuevo sentido de vida, a comprender de una forma distinta aquellas cosas que nos van sucediendo y reviviéndolas nos sentimos como distintos, de alguna manera transformados y con una fuerza interior que nos lleva a ese nuevo actuar. Son experiencias que no solo recordamos sino que revivimos dentro de nosotros, porque cuando las recordamos es como si estuviéramos viviéndolas de nuevo y brota de nosotros como una nueva energía que nos hace distintos en cada momento.

Los discípulos de Jesús habían  pasado también por una tremenda experiencia; la entrega de Jesús, su pasión y su muerte fue algo que les hizo experimentar dentro de ellos mismos algo grande; la experiencia podría parecer que estaba llena de sombras porque todo aquello podía sonarles a fracaso; pero cuando al tercer día se encontraron con El vivo y resucitado todo cambio en su interior.

El evangelio, por expresarlo de alguna manera nos habla de sorpresa y de alegría, pero tuvo que ser algo más porque comenzaron a descubrir el sentido de todo; revivían no solo su muerte sino todo lo que había sido su vida con Jesús y sus hechos y palabras se hacían vida dentro de ellos; las palabras de Jesús se cumplían y lo estaban viendo en aquella experiencia pascual que estaban viviendo; era en verdad pascua para ellos todo aquello porque era un paso grande – pascua significa paso – el que estaban viviendo y los estaba transformando.

Sentían que Jesús estaba ya siempre con ellos; aquello que Jesús les había prometido del Paráclito o Defensor que estaría con ellos y les haría comprender todas las cosas lo estaban experimentando en sus vidas; era el Espíritu divino, el Espíritu Santo prometido que estaba con ellos.

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de dos momentos principales donde van a sentir esa fuerza del Espíritu; la forma de narrarnos las cosas de los evangelistas que tienen que emplear lenguajes humanos nos hablarán de dos tiempos distintos. Es el evangelio de Juan el que nos habla como en aquel primer encuentro con Cristo resucitado se sintieron llenos del Espíritu cuando Jesús les decía que habían de ir por el mundo anunciando el perdón, anunciando una nueva paz. ‘Recibir el Espíritu Santo… a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’

Es anuncio y cumplimiento de aquella amnistía, aquel año de gracia del que hablaban los profetas y Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. Una experiencia que ellos estaban viviendo y que ahora habían de transmitir. El Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar aquella Buena Nueva es el que ahora ellos van a sentir en su interior para hacer ese anuncio hasta los confines del mundo.

San Lucas, por su parte, nos dará por así decirlo un plazo de cuarenta días en que con la presencia de Cristo resucitado que ellos estaban continuamente reviviendo fueron como redescubriendo todo el sentido del misterio de Jesús. Experimentarán así esa presencia del Espíritu en su corazones que Lucas nos va a situar en el día del Pentecostés judío – una fiesta que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, de ahí su nombre – el momento en que van a sentir esa experiencia del Espíritu, esa fuerza del Espíritu que hará abrirse puertas y ventanas en su vida para salir a anunciar el nombre de Jesús. Es lo que nos describe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles y hoy escuchamos.

Es lo que hoy nosotros estamos celebrando. Para nosotros no puede ser solo un recuerdo o una conmemoración; para nosotros tiene que ser el revivir esa experiencia del Espíritu en nosotros que lo hemos recibido desde nuestro Bautismo que nos hizo templos del Espíritu y de forma espacial como un don en nuestra confirmación. No puede ser algo que se quede en el recuerdo de un sacramento que un día recibimos, tiene que ser algo mucho mas hondo en nosotros mismos. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu, tenemos que dejarnos conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu Santo. Tenemos que hacerlo en verdad vida en nosotros.

Muchas veces los cristianos vamos de cansinos por la vida, parece que fuéramos arrastrándonos y haciendo las cosas solo por cumplimiento u obligación. Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo, que ponga alas en nuestros pies para ir a llevar esa buena noticia de salvación a los demás.

Qué lástima que los cristianos nos manifestemos tan aburridos, con falta de ese vigor y ese empuje que tienen que tener los que están llenos del Espíritu de Dios. Qué lástima que los encuentros de los cristianos sean tan monótonos y aburridos, pareciera que andamos adormilados, nos falta entusiasmo por aquello según decimos en lo que creemos porque no somos capaces de contagiar, de entusiasmar a los que están a nuestro lado.

Pidamos que se derrame abundante el Espíritu en nosotros, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que en verdad podamos hacer en nuestro mundo esa revolución del Evangelio. Si somos tantos cristianos en el mundo – cómo nos llenamos la boca con las cifras - ¿cómo es que en nuestro mundo no haya hecho efecto la levadura del evangelio? Y es que no vivimos esa vida nueva y renovadora del Evangelio; quizás habremos dejado sin efecto la fuerza de esa levadura porque la hemos hecho levadura vieja.

viernes, 11 de abril de 2025

La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

 


La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

A fuer de sinceros muchas veces nos encontramos con muchas incongruencias en la vida, porque da la impresión que no están muy acordes las cosas que pensamos o que decimos con lo que luego realmente hacemos. Somos buenos para establecer principios y reglas pero a la hora de la verdad cuando llega el momento de ver lo que vivimos parece que hay mucha distancia entre eso que establecemos y lo que luego haremos. Nos escudamos quizás en nuestras propias debilidades, nos decimos que tampoco que tenemos que ir a rajatabla con lo que tenemos que hacer ni tenemos que ser tan radicales, nos procuramos algunas rebajas de manera que descafeinamos tanto el café que al final no será café, descafeinamos tanto nuestra vida religiosa y cristiana que al final se parece poco al evangelio. Aparecen las incongruencias, como decíamos.

En la hora en que Jesús les repartió pan para que pudieran comer todos en abundancia allá en el descampado cuando se habían acabado las provisiones, todos estaban entusiasmados queriendo proclamarlo rey; cuando daba la vista a los ciegos o curaba a los leprosos decían que Dios había visitado a su pueblo; cuando curaba a los que llamaban endemoniados o hacia caminar a los tullidos el poder de Dios estaba con El y todos se entusiasmaban porque era para ellos una señal de la venida del Mesías; pero cuando Jesús les decía que eran otras cosas las que tenían que pedir o buscar, que no todo estaba en el milagro fácil sino que había que comenzar a actuar de una manera nueva en las mutuas relaciones o en su relación con Dios, ya eso costaba entenderlo porque aquel estilo nuevo de vivir podía echar abajo muchas cosas que había que transformar, signo de ello fue la expulsión de los vendedores del templo.

Cuando Jesús en sus palabras y en su actuar estaba manifestando claramente el rostro de Dios que era algo muy distinto de lo que habían imaginado, como Jesús se presentaba como el enviado del Padre, se atrevía a llamar Padre a Dios además de enseñarnos que esa era la nueva relación que con Dios habíamos de tener porque El era el Hijo de Dios y porque a nosotros nos quería hacer también hijos de Dios, entonces ya Jesús eran un blasfemo al que había que apedrear.

Es lo que se nos presenta hoy en el evangelio. ‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ les pregunta Jesús. ‘No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios’, le dicen. No había terminado de conocer a Jesús, no habían querido entender sus palabras. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’, les vuelve a insistir Jesús. Palabras solemnes de Jesús que nos vienen a manifestar claramente que es el Hijo de Dios. Como dirá en otro momento ‘el Padre y yo somos uno’.

Se escabulló de sus manos, porque aun seguían queriendo detenerlo y se fue a la otra orilla del Jordán, allá donde Juan había estado bautizando.  ‘Y muchos creyeron en El allí’, nos dice el evangelista.

Estamos ya a las puertas de la semana de Pasión que culminará con la celebración de la Pascua para lo que hemos venido preparándonos durante todo el camino cuaresmal. Momento ha sido todo este recorrido para repasar muchas cosas de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús, de la autenticidad que tiene que haber en nuestra vida y de la necesaria renovación que hemos de hacer. Hoy se nos está preguntando por la congruencia de nuestra fe y nuestra vida.

¿Creemos para una procesión o para hacer grandes manifestaciones religiosas cargadas de mucha pomposidad o creemos como verdadero alimento de nuestra vida, como motor de una transformación de nuestras costumbres, como fermento de un nuevo sentido de iglesia que hemos de vivir, como un compromiso que tenemos también con la vida y con la sociedad que estamos construyendo?

¿Se notará allí donde estamos, donde desarrollamos nuestra vida diaria que en nosotros hay una fe y hay unos valores distintos aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo y la sociedad en la que vivimos? ¿En qué se nota que hay unos cristianos que son fermento de una sociedad nueva?

martes, 18 de febrero de 2025

En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

 


En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

Génesis 6,5-8; 7, 1-5.10; Salmo 28; Marcos 8,14-21

También algunas veces nos quedamos atascados, sobre todo cuando nos hablan en un sentido figurado y nosotros en nuestra superficialidad nos quedamos en el sentido literal de las palabras; bueno, en ocasiones nos quedamos ahí porque quizás sabemos que lo que nos están diciendo viene con segundas, como solemos decir, y no queremos complicarnos, no queremos vernos aludidos; algunas veces quizás no andamos en la onda, que decimos también, porque vamos en la vida a lo nuestro y no queremos pensar, no queremos ahondar, no queremos complicarnos en la vida, que ya tenemos bastante con los nuestro, solemos decir.

¿Andaban despistados los discípulos? Jesús les hablaba siempre claramente y a los que estaban más cercanos a El, como aquel grupo de los doce que se había formado en su entorno, les hacía consideraciones especiales. Es quizás de lo que ahora quiere hablarles, quiere hacerles comprender, para que tampoco se dejen arrastrar, para que no entren en confusiones como tantos cuando veían las enseñanzas de los fariseos y de los maestros de la Ley; quizás por algunas ambiciones que aun llevaban en sus corazones, no terminaban de dejar de pensar en primeros puestos, o en la manera que tenían de entender lo que era el mesianismo, o porque en algunas ocasiones se sintiesen tentados a aquellos rigorismos que les ofrecían los fariseos, ahora no terminan de entender a Jesús.

Nos sucede tantas veces que andamos confundidos, no estamos satisfechos con muchas cosas en nuestra vida social, en nuestras comunidades, en lo que sucede en nuestros pueblos, en lo que contemplamos también muchas veces en la Iglesia y no sabemos a quien escuchar; o queremos andar a lo de ancha es Castilla, para no complicarnos la vida y dejar correr las cosas, o nos sentimos tentados también por muchas de las cosas que oímos; también surgen corrientes en lo social o en nuestra iglesia con caminos de rigorismo que nos hacen pensar que esa sería la solución de muchos problemas.

Ahora que van atravesando en la barca el lago y cuando se dan cuenta que no han recogido las suficientes provisiones para el recorrido que van a hacer, viene Jesús y les habla de que anden con cuidado con la levadura de los fariseos; ya ellos están entendiendo, no lo que realmente les quiere decir Jesús, sino en la preocupación que ahora tienen de que no han previsto suficiente pan para su recorrido, porque se dan cuenta de que solo llevan un pan.

Jesús se da cuenta que no lo han entendido, les recuerda lo que había sucedido en otra ocasión cuando se encontraron en despoblado con mucha gente y pocos panes, y como se habían solucionado todo. Pero Jesús no va por ahí con sus palabras, El quiere hacerlos pensar en algo más, para que no entren en confusiones y se dejen engañar. Hablar de levadura era en lenguaje figurado, porque así como la levadura es la que va hacer fermentar la masa – ya en alguna ocasiones nos dirá que necesitamos ser levadura en medio del mundo porque hemos de dar buen sabor a nuestro mundo – y ahora Jesús se está refiriendo a la levadura de los fariseos que con sus palabras, sus insinuaciones, sus reglamentos, sus rigorismos querían impregnar a aquella sociedad de algo bien distinto de lo que Jesús nos quería trasmitir como evangelio, como buena noticia de salvación para todos.

Es la levadura de Jesús la que va a hacer fermentar nuestra vida, es la que hará surgir ese hombre nuevo de vida y de gracia, es la levadura de Jesús la que se va a convertir en evangelio para toda la humanidad, en buena noticia de salvación. Dejemos que el evangelio se meta en nuestro corazón y allí vaya produciendo sus frutos, vaya haciendo fermentar nuestra vida para que surja esa vida nueva que transforme nuestro mundo. 

Será así como nosotros llegaremos a ser también con el evangelio de Jesús esa buena levadura para nuestro mundo. Dejemos que esa semilla se siga sembrando en nosotros, poco a poco, dejándola germinar en silencio en nuestro corazón. Todo lo que nos pueda ayudar a rumiar ese alimento de vida que es el evangelio tenemos que aprovecharlo. No podemos escuchar ahora el anuncio del evangelio y al rato olvidarlo porque ya estamos interesados en otras cosas. Ahí en el silencio del corazón tenemos que seguirlo meditando para empaparnos de verdad de ese evangelio de Jesús. Nos sentiremos al final transformados nosotros y comenzaremos de verdad a transformar nuestro mundo.

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

viernes, 12 de julio de 2024

No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

 


No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Bueno, lo voy a decir así como me sale casi de forma espontánea, pero me gustaría me entendieran bien lo que quiero expresar. Una cosa es recibir una instrucción en la que se nos trasmiten unos conocimientos que bien o pueden ser hechos de la historia que nos vendría bien conocer – ¿a quien no le gusta conocer la historia de su pueblo, o de sus antepasados, por ejemplo? – ya sea el conocimiento de unas ciencias o unas materias  que necesitamos para manejarnos en la vida, y otra cosa es educarnos para la vida, trasmitirnos algo más hondo que nos ayude a encontrar el sentido de la vida misma y afrontar humanamente las diferentes circunstancias con las que nos vamos a ir topando. Es trasmitir algo más hondo porque diríamos nos va a enseñar a vivir, algo que tendrá que convertir en levadura que haga fermentar la masa de nuestro mundo.

Y eso, podríamos decir, es lo que nos quiere trasmitir el evangelio que hoy se nos ofrece. Esa es la misión que Jesús confía a quienes creen en El, a sus discípulos como lo que tienen trasmitir al mundo que les rodea; es el testimonio de lo que se vive, de lo que viven a partir de lo que significado su encuentro con Jesus.

No se contentarán los evangelistas con darnos unos datos biográficos de la vida de Jesús, sino de trasmitir el mensaje que ha sido la vida de Jesús para la humanidad. Son pocos los datos que podríamos llamar históricos que se nos ofrecen en los evangelios de Jesús, pero cuando nos están trasmitiendo lo que hizo y lo que dijo Jesús se nos está trasmitiendo un mensaje de vida desde lo que los propios evangelistas han vivido también en su encuentro con Jesús.

Y es lo que se nos está pidiendo a nosotros hoy, a los que creemos en Jesús, que hemos de convertirnos en testigos en medio del mundo. Un testimonio que no será fácil, porque de alguna manera implica una novedad, algo distinto frente a lo que se vive en el mundo. Por eso decimos es un mensaje de salvación, un mensaje de liberación, un mensaje que presente lograr una transformación para hacer un mundo nuevo, para hacer unos hombres nuevos.

Y eso será costoso porque se convierte en una contradicción frente al mundo. No siempre se querrá escuchar ese mensaje sobre todo cuando implica una renovación interior, una renovación desde lo más hondo de nosotros mismos; y nos cuesta cambiar, nos habituamos a lo que siempre hemos vivido y aunque no sintamos una satisfacción plena, sin embargo no queremos arrancarnos de ello para emprender algo nuevo. Es principalmente desde nuestro propio interior donde vamos a encontrar esa oposición al propio mensaje del evangelio.

Por eso hoy Jesús les dirá a los discípulos que los envía como corderos en medio de lobos, pero al mismo tiempo nos pedirá sagacidad y sencillez. Esa sabiduría de Dios que queremos vivir y transmitir al mismo tiempo nos dará como una visión nueva, nos hace descubrir un sentido nuevo, y nos motivará interior para descubrir los medios y caminos, la manera  de cómo hemos de llevar mejor ese mensaje a los demás. 

Pero no podemos olvidar la humildad y la sencillez, porque solo somos unos servidores de esa Palabra de salvación que hemos de trasmitir, no nos podemos presentar como poseedores absolutos que tratan de imponer dicho mensaje, dicho sentido de vida. Es la oferta que hacemos desde el amor, es la oferta que hacemos con sencillez y humildad. Pero es la oferta que hacemos con valentía sin temor a la oposición que podamos encontrar.

Nos habla Jesus de tribunales y de juicios, nos habla de cárceles y de persecución y es que el discípulo no es mejor que su maestro y ¿qué es lo que hicieron con Jesus? El nos promete la fuerza y sabiduría de su Espíritu que estará con nosotros, pondrá palabras en nuestros labios y fortaleza en el corazón. Porque es una vida lo que queremos transmitir, que primero hemos de vivir en nosotros mismos para luego poder contagiar a los demás. Es como una osmosis lo que tenemos que realizar, porque de aquello que nosotros estamos empapados, empaparemos al mundo que nos rodea.  

viernes, 20 de octubre de 2023

Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 


Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 Romanos 4,1-8; Sal 31; Lucas 12,1-7

La levadura es ese fermento que se emplea para provocar ese proceso de fermentación que nos va a dar esas diversas sustancias y nutrientes importantes para la alimentación del cuerpo humano. Es lo que se utiliza en la masa de harina con la que elaboramos el pan, por ejemplo, lo mismo que en la repostería. Algo que se diluye en la masa de manera sutil, podríamos decir, que no se necesita en grandes cantidades, casi imperceptible pero necesaria para la manipulación de la masa para hacerla fermentar.

Pero lo podemos tomar como imagen de lo que podríamos llamar también manipulación de las personas y de las masas. Deja correr un bulo y veremos como se va difundiendo de manera sutil y al final todo el mundo se lo cree como si fuera una verdad, una cosa real. Queremos que la opinión de la masa vaya en un sentido, déjalo caer casi como una noticia imperceptible, y poco a poco a poco todo el mundo se lo terminará creyendo y actuando según aquello que se pretendía. Hoy nuestra sociedad es muy manipulada desde las distintas ideologías y quienes tienen el poder de la comunicación en sus manos van a influir, muchas veces de manera muy decisiva, incluso en la marcha de la sociedad.

Es necesario tener criterios firmes y convincentes; es necesario que formemos debidamente nuestra conciencia desde unos principios y desde unos valores para tener la seguridad de por donde caminamos, sin dejarnos arrastrar por esas distintas influencias que se van dando por distintos caminos en nuestra sociedad. Y en esto los cristianos tenemos que fundamentarnos debidamente para mantener la firmeza de nuestra fe, para caminar con pie seguro en esa construcción de nuestro mundo que queremos realizar desde los ideales y los valores del Reino de Dios. Y tenemos que preguntarnos si en esto no estaremos fallando por una falta de firmeza en nuestra vida.

Con lo que escuchamos hoy en el evangelio vemos cómo Jesús quiere prevenirnos, como quería entonces prevenir a los discípulos con la levadura de los fariseos. Jesús les habla de la hipocresía, de la falsedad de sus vidas. Hipócrita es el que tiene dos caras, tomando la palabra de aquellas caretas que se utilizaban en las obras teatrales para que el actor diera el aspecto de aquel papel que representaba; el actor no se representaba a si mismo, sino que con la careta tenía que hacer de otro personaje.

Jesús les echa en cara a los fariseos que como maestros enseñaban muchas cosas que luego ellos en su propia vida no realizaban. Aparentar con las palabras una cosa que estaba muy distante de lo que realmente era su vida. La hipocresía es una falsedad, una mentira, una apariencia que oculta lo que en verdad es la propia vida; es una vanidad y una ostentación; es una falta de autenticidad en la vida y de congruencia entre lo que son las palabras y las obras que luego realizamos; es una sutileza muy bien camuflada para manipular y por llevar a los demás por caminos de nuestra conveniencia; una manipulación de los que son débiles desde la malicia que reina en el corazón.

Cuidado con esas falsas levaduras llenas de maldad. Pero no olvidemos, por otra parte, que Jesús quiere que nosotros los cristianos seamos en verdad levadura en la masa; no porque manipulemos de mala manera a los demás o tratemos de imponer las cosas, sino porque nos diluyamos en medio del mundo que nos rodea para contagiar de esos valores del evangelio que tanta grandeza dan a nuestra vida.

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.

martes, 25 de octubre de 2016

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

 Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

El evangelio nunca es para adormecernos; no nos podemos quedar en la belleza literaria que en sus páginas podamos encontrar, ni acudimos al evangelio como un entretenimiento más de nuestra vida. El evangelio siempre crea inquietud en el corazón porque siempre el evangelio está abriendo horizontes en nuestra vida, sembrando inquietud en el corazón, despertándonos de nuestras modorras, señalándonos cosas que hemos de purificar y sembrando nueva inquietud de vida en nosotros.
Por eso nunca es repetitivo en nuestra vida ni lo podemos convertir en una rutina; nunca ante el evangelio podemos tener la postura de ‘eso ya me lo sé’ o ‘qué nuevo me va a decir o descubrir’. Siempre el evangelio es novedad, ‘Buena Nueva’, es una buena noticia (y las noticias no pueden ser nunca viejas porque no serían noticia) para nuestra vida.
Se convierte así el evangelio en nosotros en ese grano de mostaza que no solo desde su pequeñez hace nacer un arbusto grande en el que puedan incluso cobijarse muchos animalitos, sino es también ese nuevo sabor - ¿para qué utilizamos la mostaza sino para darle sabor a nuestras comidas? – tanto a nuestra vida como a nuestro mundo.
Es el evangelio esa levadura de la vida; levadura que nos pudiera parecer insignificante, porque nunca es grande la cantidad que se añade a la masa sino en proporción a su volumen, pero que calladamente va haciendo fermentar esa masa, va a ir haciendo fermentar un nuevo sentido, un nuevo sabor primero a nuestra vida y luego también a través nuestro a ese mundo en el que vivimos.
Por eso decíamos el evangelio no nos adormece, sino que hará fermentar en nosotros esas nuevas actitudes, esos nuevos valores, esa nueva forma de actuar en el estilo del Reino de Dios. En esa inquietud, entonces, tenemos que preguntarnos si nosotros estamos dejando actuar esa levadura en nuestra vida, si nos estamos dejando transformar. Nos hace revisarnos continuamente porque queremos mejorar, porque queremos impregnarnos más y más de evangelio y hemos de cuidar entonces aquellas cosas que pudiera haber en nosotros y contrarrestar lo bueno que tendría que producir en nosotros la levadura del evangelio.
Pero en esa inquietud también nos planteamos cómo los creyentes estamos siendo levadura con nuestra presencia en medio del mundo. Nuestra presencia no tendrían que pasar inadvertida, y no porque vayamos haciendo cosas extraordinarias o milagros, sino por los efectos que tendrían que estar produciéndose en los demás. Tendríamos que ser contagio de evangelio allí donde estemos porque desde dentro vayamos impregnando de esos valores del evangelio a los que estén a nuestro lado. Nuestra presencia tiene que influir, pero desgraciadamente más bien nosotros nos dejamos influir por los contravalores que nos pueda presentar el mundo.
Presencia callada y silenciosa quizá la que nosotros tengamos en nuestros ambientes, pero una presencia que se ha de ir haciendo notar por aquello bueno que contagiamos en los demás. No gritamos desde signos externos ni por voces aparatosas, sino que contagiamos con nuestra vida, con nuestro amor esa fe que nosotros vivimos. Quizá quienes estén a nuestro lado tendrían que preguntarse qué hay en nosotros que a ellos les hace cambiar, les hace ver las cosas de forma distinta, les hace actuar también de una forma nueva.