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jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

martes, 13 de febrero de 2024

No nos dejemos sucumbir por acosos e influencias que recibimos de todas partes, sino mantengamos encendida la lámpara de nuestra fe anclando nuestra vida en el evangelio

 


No nos dejemos sucumbir por acosos e influencias que recibimos de todas partes, sino mantengamos encendida la lámpara de nuestra fe anclando nuestra vida en el evangelio

Santiago 1, 12-18; Salmo 93;  Marcos 8, 14- 21

En ocasiones nos sucede, como si estuviéramos embotados, tenemos las cosas delante y no las encontramos, no las vemos. Y no es solo eso que nos sucede tantas veces que algo que necesitamos o estamos usando continuamente de pronto queremos buscarlo y no lo encontramos, no lo vemos, aunque prácticamente lo tengamos delante de los ojos.

Pero ya no pienso solamente en cosas materiales que tenemos perdidas de esa manera, sino que quizás alguien nos está hablando de una cosa, que se sobreentiende que hemos de entender de lo que nos está hablando, y tampoco parece que nos queremos enterar; quizás alguien nos quiere contar algo y nos lo quiere decir con una delicadeza especial, podríamos decir que nos lo quiere decir con imágenes que se pueden expresar también con palabras y nos quedamos en una interpretación tan literal que no llegamos a entender el mensaje que nos quieren transmitir, o lo que es peor, luego nos hacemos nosotros interpretaciones sesgadas que nos pueden llevar a malos entendimientos y hasta desconfianzas y rupturas. Cuantos problemas nos creamos con esa cerrazón de la mente.

Algo así les pasaba en ocasiones a los discípulos con Jesús. El quería aprovechar cada situación para enseñarles, para hacerles reflexionar, para abrir su mente y su corazón a la buena nueva del evangelio del Reino que Jesús no solo anunciaba sino que estaba constituyendo en medio de ellos. Como hacemos también nosotros en ocasiones que aprovechamos algo que sucede, algo especial que podamos contemplar y con ello queremos enseñar a los hijos o queremos trasmitir algo a los que están a nuestro lado.

Iban en la barca atravesando el lago y no habían cogido demasiadas provisiones para aquellos recorridos que Jesús hacia con los discípulos unas veces enseñando en los distintos pueblos por los que pasaban, u otra aprovechando esos momentos de mayor cercanía con el grupo de los discípulos para instruirlos con  mayor intensidad, podríamos decir.

Y Jesús les deja caer, como quien no quiere la cosa, que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y de los escribas. Quizás a nosotros hoy nos pueda ser fácil interpretar el sentido de estas palabras de Jesús. La levadura es la que hace fermentar la masa para poder elaborar el pan; depende de la bondad de la levadura para que podemos tener un buen pan. Pero como la levadura es lo que queremos inculcar por ejemplo en los demás para una buena mentalización, para un crecimiento interior, para una nueva manera de ver las cosas; y vamos dejando caer nuestros pensamientos, vamos dejando nuestras reflexiones quizás resumidas en pocas palabras o en unas imágenes, vamos queriendo contagiar nuestro pensamiento y nuestra manera de obrar.

Lo podemos llamar propaganda o publicidad, lo podemos considerar como una mediación para lograr lo que queremos de nuestra sociedad. Estamos rodeados de esas influencias de todo tipo, nos bombardean desde los medios de comunicación afines a unas ideas, nos lo tratan de imponer trazando leyes y normas para la sociedad desde un sentido partidista, son las maneras de ir logrando un cambio en la sociedad.

Lo hacían los fariseos y los escribas haciendo entender a la gente que lo que ellos decían y ensañaban, aunque luego ellos no lo cumplieran, era lo válido para aquella sociedad y aquellos momentos. Desde una situación de poder, porque se habían convertido en los dirigentes de aquella sociedad, trataban de influir en la gente. Y es lo que Jesús les está diciendo a los discípulos, ‘cuidado con la levadura de los fariseos…’ Pero los discípulos no entendían; lo veían casi como una punta de Jesús porque no habían llevado suficiente pan para aquellos días que iban a estar por distintos lugares. Y Jesús tendrá que detenerse a hacerlos reflexionar, recordando muchas cosas que había hecho con ellos y en las que en otras ocasiones habían sabido ver la acción de Dios en sus vidas a través de aquellos signos y milagros que Jesús iba realizando.

¿Estaremos también nosotros cegados para no saber comprender lo que nos pasa, lo que sucede en la sociedad, lo que Jesús trata de decirnos a través del evangelio? También nosotros recibimos muchas influencias de todas partes, y como los fariseos estaban en contra de Jesús, también nos encontramos una sociedad que de alguna manera rechaza el mensaje del evangelio. Ahí está esa lucha sorda de tantos contra lo que significa la fe, la religión, la Iglesia; de muchas manera se trata de influir para hacer una sociedad de la que cada vez se destierre más a Dios y a nuestra relación con El.

¿Estaremos de verdad despiertos los creyentes para mantener encendida la lámpara de nuestra fe? ¿Nos dejamos influir o nos fortalecemos interiormente anclando nuestra vida en el evangelio, en Jesús, en Dios? No nos dejemos sucumbir por esos acosos e influencias que recibimos de tantos lados.

viernes, 20 de octubre de 2023

Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 


Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 Romanos 4,1-8; Sal 31; Lucas 12,1-7

La levadura es ese fermento que se emplea para provocar ese proceso de fermentación que nos va a dar esas diversas sustancias y nutrientes importantes para la alimentación del cuerpo humano. Es lo que se utiliza en la masa de harina con la que elaboramos el pan, por ejemplo, lo mismo que en la repostería. Algo que se diluye en la masa de manera sutil, podríamos decir, que no se necesita en grandes cantidades, casi imperceptible pero necesaria para la manipulación de la masa para hacerla fermentar.

Pero lo podemos tomar como imagen de lo que podríamos llamar también manipulación de las personas y de las masas. Deja correr un bulo y veremos como se va difundiendo de manera sutil y al final todo el mundo se lo cree como si fuera una verdad, una cosa real. Queremos que la opinión de la masa vaya en un sentido, déjalo caer casi como una noticia imperceptible, y poco a poco a poco todo el mundo se lo terminará creyendo y actuando según aquello que se pretendía. Hoy nuestra sociedad es muy manipulada desde las distintas ideologías y quienes tienen el poder de la comunicación en sus manos van a influir, muchas veces de manera muy decisiva, incluso en la marcha de la sociedad.

Es necesario tener criterios firmes y convincentes; es necesario que formemos debidamente nuestra conciencia desde unos principios y desde unos valores para tener la seguridad de por donde caminamos, sin dejarnos arrastrar por esas distintas influencias que se van dando por distintos caminos en nuestra sociedad. Y en esto los cristianos tenemos que fundamentarnos debidamente para mantener la firmeza de nuestra fe, para caminar con pie seguro en esa construcción de nuestro mundo que queremos realizar desde los ideales y los valores del Reino de Dios. Y tenemos que preguntarnos si en esto no estaremos fallando por una falta de firmeza en nuestra vida.

Con lo que escuchamos hoy en el evangelio vemos cómo Jesús quiere prevenirnos, como quería entonces prevenir a los discípulos con la levadura de los fariseos. Jesús les habla de la hipocresía, de la falsedad de sus vidas. Hipócrita es el que tiene dos caras, tomando la palabra de aquellas caretas que se utilizaban en las obras teatrales para que el actor diera el aspecto de aquel papel que representaba; el actor no se representaba a si mismo, sino que con la careta tenía que hacer de otro personaje.

Jesús les echa en cara a los fariseos que como maestros enseñaban muchas cosas que luego ellos en su propia vida no realizaban. Aparentar con las palabras una cosa que estaba muy distante de lo que realmente era su vida. La hipocresía es una falsedad, una mentira, una apariencia que oculta lo que en verdad es la propia vida; es una vanidad y una ostentación; es una falta de autenticidad en la vida y de congruencia entre lo que son las palabras y las obras que luego realizamos; es una sutileza muy bien camuflada para manipular y por llevar a los demás por caminos de nuestra conveniencia; una manipulación de los que son débiles desde la malicia que reina en el corazón.

Cuidado con esas falsas levaduras llenas de maldad. Pero no olvidemos, por otra parte, que Jesús quiere que nosotros los cristianos seamos en verdad levadura en la masa; no porque manipulemos de mala manera a los demás o tratemos de imponer las cosas, sino porque nos diluyamos en medio del mundo que nos rodea para contagiar de esos valores del evangelio que tanta grandeza dan a nuestra vida.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

 


No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Mantenerse uno firme en sus convicciones no es fácil. Es más fácil acomodarnos. Es la tentación en la que todos estamos en las distintas facetas de la vida. Hoy se emplea mucho la frase de lo políticamente correcto; o sea aquello que tú tienes que pensar o decir para no ir a la contra de lo que todos dicen; porque ahora quieren mandar los que se creen en mayoría; y no hablo ahora de democracia política, sino del común sentir y hacer de la gente, de lo que todo hacemos. 

Hay corrientes de opinión y ahora todos tienen que pensar según esa corriente de opinión dominante; y las corrientes de opinión las crean algunos que más gritan, o más se manifiestan en la calle o en los medios de comunicación, los que van creando influencias en los demás, en la mayoría de la gente, y a esos hay que creerlos y seguirlos, no se puede ir a la contra. Y entonces para no resultar molestos o incómodos, nos acomodamos (vaya con todo sentido el juego de palabras incómodo-acomodarse). Si alguien quiere opinar distinto lo va a tener difícil. La verdad de la vida tiene que ser algo mucho más profundo.

Por eso al que quiere ser cristiano de verdad le va a costar, no le va a ser fácil. Porque muchas veces tendremos que remar en contra. Nuestros valores y nuestros principios son otros de los que el mundo o la sociedad tratan de imponer. Y nos va a costar mucho la fidelidad. Nuestro punto de partida tiene que ser el evangelio, esa buena nueva que Jesús nos ofrece que se convierte para nosotros en un sentido de vida.

Las motivaciones profundas que nosotros tenemos para nuestro trabajo por la justicia, para la construcción de nuestro mundo desde el amor, para conseguir la verdadera paz que nos dé una felicidad duradera y profunda tienen unas características muy especiales que nosotros mamamos (vamos a decirlo así) en el evangelio. Y eso choca con los intereses del mundo, eso choca con un sentido materialista de la vida, eso choca con los egoísmos que nos asaltan y las posturas interesadas de tanto que solo buscan sus ganancias o sus vanidades. Y nos vamos a encontrar entonces con un mundo enfrente, al menos con muchos que no les convencen nuestras ideas y tratarán de destruir lo que nosotros vayamos construyendo sin importarles el destruirnos a nosotros también.

Y de eso es de lo que nos está previniendo Jesús en el evangelio cuando nos habla de persecuciones y de cárceles o de que nos vamos a encontrar enfrente quizás hasta los más cercanos que tengamos a nuestra vida como pueden ser nuestros familiares o aquellos que consideramos amigos. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre… Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre…’

Pero Jesús nos dice que no nos acobardemos, que no tengamos miedo, que no estemos preocupándonos demasiado en como hemos de hacer nuestra defensa, porque su Espíritu estará con nosotros.  ‘Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Termina Jesús hablándonos de la firmeza, de la fidelidad de nuestra vida. Firmeza y fidelidad que se ha de manifestar en la perseverancia. Eso que nos cuesta tanto. Pronto nos cansamos. Pronto tiramos la toalla. Pronto nos parece todo tan oscuro que perdemos las ganas de luchar, de esforzarnos, de seguir adelante. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, nos dice Jesús.

Vemos a tantos en la vida, en diferentes aspectos o en diferentes situaciones que cuando encuentran la dificultad ya van derrotados, que podemos nosotros terminar haciendo igual. Además muchas veces queremos que la salida sea a nuestra manera, pero Dios abre caminos nuevos y distintos delante de nosotros. Si permanecemos fieles aun en los momentos más oscuros veremos que al final la luz de Jesús no nos faltará. Como nos dice hoy ‘ni un cabello de vuestra cabeza perecerá’. Confiemos en el Señor, en su Palabra, en la fuerza de su Espíritu que estará siempre con nosotros.

jueves, 28 de junio de 2018

Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón



Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

No voy de arquitecto ni de ingeniero – ya mi amigo me diría que soy bastante malo y que de eso quizás no entiendo mucho – pero todos bien sabemos lo importante que es en toda edificación una buena cimentación. Si tenemos que hacer una buena construcción ya nos buscaremos no solo un buen constructor sino un buen arquitecto o un buen ingeniero que nos planifique todo muy bien, para no lamentar fallos posteriores.
Pero bien nos daremos cuenta que no hablo ahora de esas construcciones sino de la construcción de la propia vida en la que hemos de poner sólidos fundamentos, sólidos cimientos para que podamos lograr lo mejor de nosotros mismos en la vida. Ya nuestros padres y educadores se han preocupado de darnos buenos principios que nos hagan ir comprendiendo la vida en la medida en que hemos ido creciendo y madurando, pero nosotros mismos también hemos de sentir esa preocupación por ese cimiento de nuestra vida que nos haga alcanzar lo mejor.
Quizá nos fijamos demasiado en los demás, antes que fijarnos en nosotros mismos – aunque de eso ya hemos reflexionado más de una vez seguramente – pero nos damos cuenta de con cuanta superficialidad se corre por la vida. Hemos hecho de la vida una carrera y nos hemos apresurado tanto que no nos hemos preparado debidamente antes. Faltan principios, faltan valores, nos confundimos muchas veces y nos vamos tras lo que más relumbra en un determinado momento sin darnos cuenta que solo es un oropel, un oro falso que reluce. No le hemos sabido dar profundidad a la vida buscando los mejores cimientos, los mejores valores que nos fundamenten pero también nos hagan mirar bien alto para darle altos vuelos a nuestra existencia.
Necesaria esa profundidad en la vida en todos los aspectos; humanamente hemos de ir madurando y creciendo día a día en esos valores. Necesario profundizar en una espiritualidad honda, recia, para mantenernos firmes frente a tanto materialismo como nos invdade en la vida; buscamos solo satisfacciones prontas, del momento, nos apegamos a cosas materiales pensando que ahí tenemos la raíz de la felicidad, pero pronto nos damos cuenta de que estamos vacíos por dentro, de que nos falta esa profundidad para saber encontrar el mejor sentido de las cosas, de la vida, de lo que hacemos, pero sobre todo de lo que somos. Nos es muy necesario para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Y esto atañe a lo que es nuestra vida cristiana. No la podemos llenar de ritualismos vacíos, de costumbres o tradiciones a las que no les demos el verdadero sentido y profundidad. Sí, muchas veces nos decimos cristianos, nos decimos que somos muy religiosos, pero nos falta hondura, nos falta verdaderos cimientos, y andamos de acá para allá buscando espiritualidades que nos vienen no sé de donde y sin embargo tenemos en nuestras manos el evangelio y no lo tocamos.
Qué desconocimiento tenemos muchos de lo que es el evangelio de Jesús; así no avanzamos de verdad en nuestra vida cristiana, y luego decimos que no nos dice nada la Iglesia, la religión, la vida cristiana. Pero no nos hemos preocupado de conocer el evangelio, de leerlo a fondo, de reflexionar profundamente en lo que Jesús nos enseña.
Hoy Jesús nos pone la imagen de la casa edificada sobre arena o de la casa edificada sobre roca; ya sabemos como puede terminar una u otra cuando vengan las dificultades, los temporales de la vida. Y nos quiere decir Jesús que busquemos el verdadero fundamento. ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca… El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena...’
Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón. Dejemos atrás de una vez por todas esas superficialidades que tanto daño nos hacen. En Jesús encontremos ese verdadero sentido para nuestra vivir.

martes, 20 de enero de 2015

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Hebreos 6,10-2; Sal 110,1-2.4-5.9.10c; Marcos 2,23-28
Todos sabemos lo que es un ancla, ese instrumento de hierro en forma de arpón que sirve para sujetar las naves al fondo del mar. Es un símbolo que ha tenido mucha validez en el sentido cristiano. Ese sentido de firmeza, seguridad que le da a un barco bien anclado, nos habla del sentido y fortaleza de nuestra fe y nuestra esperanza cristiana. Es un símbolo que unido a la cruz ya aparece entre los cristianos de los primeros siglos sobre todo en las catacumbas. En aquellos momentos de persecución bien les venía recordar lo que significaba la fortaleza de la fe y cómo unidos a Cristo nada nos puede fallar.
Hoy es la imagen que nos aparece en la carta a los Hebreos. ‘Cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...’ En el momento en que es escrita esta carta ya comienzan las dificultades para los cristianos y el mensaje del Señor que quiere trasmitírseles precisamente es el de esa confianza y esperanza porque si nos sentimos apoyamos en Cristo nada nos puede fallar.
Un mensaje que en todo momento tenemos necesidad de escuchar. No nos faltan dificultades, problemas, contratiempos, tentaciones a los cristianos en el camino de nuestra vida. Nuestra seguridad la tenemos en el Señor. El es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestra roca, como tantas veces rezamos con los salmos. Por eso nos dice hoy ‘asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido’. Esa esperanza que es para nosotros como un ancla, segura y firme, que nos dice el autor sagrado, que nos dice el Señor para que tengamos la seguridad de que estando con el Señor tenemos su vida, tenemos su gracia con nosotros.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, repetimos cada día cuando rezamos el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseñó. Contra la tentación no luchamos por nosotros mismos y solo con nuestra fuerza. La fuerza la tenemos en el Señor. Ese mal que nos acecha y que es un peligro grande para nuestra vida, porque nos puede hacer caer en la esclavitud del pecado, nos puede debilitar en nuestra fe, nos puede llevar por caminos tortuosos, lo podemos superar con la gracia del Señor. Muchas veces podemos sentirnos desalentados y sin fuerzas porque nos parece que ese mal nos supera. Pero tenemos que saber sacar a flote nuestra fe y nuestra esperanza. Para nosotros es, como nos decía el autor sagrado, ‘como ancla del alma, segura y firme’.
El ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Tenemos la seguridad y la certeza de la Palabra del Señor. Hoy nos dice el Señor en carta a la Hebreos ‘te llenaré de bendiciones’. Que sepamos sentir esas bendiciones del Señor en nuestra vida; tengamos fe, confiemos en el Señor. El es nuestra salvación. Como lo sentían y lo vivían los primeros cristianos, así lo sintamos también nosotros, Cristo es el ancla de nuestra salvación.