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domingo, 8 de noviembre de 2026

Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas de aceite de nuestra vida para poder iluminar y que no nos falte esa sabiduría que nos llena de sentido y trascendencia con auténtica esperanza

 


Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas de aceite de nuestra vida para poder iluminar y que no nos falte esa sabiduría que nos llena de sentido y trascendencia con auténtica esperanza

Sabiduría 6, 12-16; Salmo 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

¡Cuánto está tardando ya!, decimos desesperados en nuestra espera quejándonos de impuntualidades sin saber la razón de las cosas. Así andamos en la vida, con nuestras prisas y nuestras carreras, quizás nosotros haciéndonos esperar, pero no siendo pacientes en nuestra espera; es más, algunas veces no le damos importancia a lo que esperamos y vamos por improvisaciones; ya se nos ocurrirá algo, nos decimos, cuando llegue el momento, y más bien nos dejamos llevar, nos entretenemos en nuestras cosas, o lo que ahora nos parece más urgente porque quizás pensamos que nos da unos beneficios más palpables, pero que sin embargo del futuro no sabemos cómo va a venir. Pero esas actitudes de pasividad, de descuido o desencanto se traducen también en lo que son nuestras relaciones con los demás y nos volvemos exigentes, ni somos pacientes ni somos comprensivos, aunque cuando se trata de lo que tienen que aguantarnos a nosotros está aquello es que yo soy como soy y me tienen que aguantar.

Esperanza, paciencia, atención y cuidado, vigilancia, predisponernos de una manera positiva ante lo que viene o lo que va a suceder parece muchas veces que son cosas que ya hemos olvidado; y es por otra parte o vivimos tan entorpecidos por lo material que solo buscamos o queremos ganancias inmediatas, o también nos falta un sentido de transcendencia a nuestra manera de vivir para abrirnos a algo más hermoso y más sublime; la onda espiritual algunas veces parece que la hemos descartado de nuestra vida. Ya algunas veces no somos capaces ni de centrarnos dentro de nosotros mismos, como si le tuviéramos miedo.

Hoy Jesús para hablarnos de todo esto nos propone una parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces, las doncellas que tenían que estar con sus lámparas encendidas para iluminar primero la llegada del novio de la amiga para sus bodas y también luego la sala del banquete; nos habla Jesús con el ejemplo de lo que eran las costumbres de la época también conforme a las necesidades pero también de las circunstancias de que en aquellos caminos podía ser normal un retraso en la llegada. Y es lo que sucede en la parábola que nos propone Jesús.

En la tardanza sucede incluso que aquellas doncellas llegan a dormirse allá por donde pueden hasta que escuchan el grito que anuncia la llegada del esposo. Era necesario avivar aquellas lámparas para que todo pudiera estar iluminado; la tardanza había significado un gasto mayor del aceite que como combustible era necesario para mantenerlas encendidas, pero también la desgana y despreocupación de algunas hizo que ahora no todas tuvieran aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas. Estaban más dispuestas a participar en la alegría de la fiesta que significaba una boda que en sentirse responsables de la misión que se les había encomendado. ¿Qué es lo que tenía que ser importante para aquellas doncellas? Cumplir con su misión y poder tener todo iluminado. Pero se habían dormido, que no era dormirse solamente por el cansancio o el aburrimiento, sino por la dejadez y la desgana con que habían asumido su función.

Cuántas veces nos dormimos en la vida ¿por nuestros aburrimientos? ¿Por la falta de un sentido de aquello que hacemos o tenemos que hacer? ¿Por la desgana que nos entra cuando todo nos parece una rutina porque no le damos valor a lo que hacemos? ¿Porque queremos vivir la vida con una alegría superficial y sin sentido? ¿Porque no nos tomamos en serio lo que somos y el surco que tenemos que ir abriendo en la vida con lo que somos y con nuestros valores? ¿Porque quizás no nos valoramos ni a nosotros mismos? ¿Por esa falta de trascendencia cuando solo pensamos en la ganancia del momento?

Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas del aceite para que nuestras lámparas puedan iluminar. Tenemos que llenar de la verdadera sabiduría nuestra vida, como hemos escuchado hoy en la primera lectura; tenemos que aprender a sentarnos a rumiar una y otra vez las lecciones que nos va dando la vida para saber encontrar todo su jugo y sabor; hemos de dejar a una lado tanta superficialidad que solo vive el momento pero que tampoco sabe saborear esa vida misma encontrándole un trascendente sentido. ¿Dónde encontramos ese aceite?

Es hermoso lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘La ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones...’ Dios viene a nuestro encuentro, hemos de dejarnos encontrar; con esa imagen tan bonita que nos ha propuesto, hemos de saber sentarnos a la puerta pero con nuestro corazón abierto, con el evangelio de Jesús en nuestras manos, con esa reflexión que nos hace meditar en lo hondo y madurar desde dentro, con esa disposición también para nosotros compartir lo que llevamos en nuestro interior y que sea riqueza y sabiduría también para los demás.

Seguro que nuestra vida estará llena de esperanza y rebosante de trascendencia; seguro que podemos ser luminarias también para los demás desde esa luz de nuestra fe que llevamos en el corazón.


sábado, 17 de octubre de 2026

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

 


Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

Efesios 1, 15-23;Salmo 8; Lucas 12, 8-12

En la vida tenemos que saber actuar con claridad y con congruencia; nuestro actuar, nuestra manera de plantearnos las cosas, los principios por los que nos regimos, que son también nuestras palabras, lo que decimos; todo lo cual tiene como cola una cadena de consecuencias, porque realmente tiene que haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos; podemos proclamar muy bonitos principios pero si luego actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve? ¿dónde está nuestra congruencia? Claro que eso nos obliga a tener las cosas claras, lo que significa que tiene que ser algo que hemos pensado mucho, hemos reflexionado, hemos tratado de profundizar lo más posible.

Cuidado que la superficialidad nos puede desembocar en muchas incongruencias; además en nuestra palabra no nos podemos contradecir, por eso antes de hablar tenemos que pensar mucho las cosas y ahondar en nosotros mismos, en lo que es nuestra vida, como decíamos, esos principios por los que nos regimos, que no son simplemente para lucirnos ante los demás por todo lo que sabemos, sino para manifestar con nuestro actuar que estamos obrando siempre en consecuencia. Todos alegamos fácilmente de la rectitud con que queremos obrar, de la madurez de la que queremos hacer gala y hasta hacemos mil promesas, pero bien sabemos que muchas veces nos resbalamos por unas pendientes que nos hacen salirnos de cauce. Lo vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno, y también tenemos el peligro de deslizarnos nosotros por esas pendientes.

Como cristianos, ¿estaremos actuando con esa congruencia? ¿Tenemos realmente claros lo que son los caminos del Evangelio? Esto es algo que tenemos que analizar alguna vez en nuestra vida, encontrar esos momentos de silencio y reflexión para encontrarnos esa verdad de nuestro interior. No es precisamente el evangelio a lo que le demos demasiado tiempo de reflexión habitualmente; cuanto nos cuesta participar en esos grupos que se nos pueden ofrecer en nuestras comunidades para una mayor profundización de nuestra fe.

¿Estaremos como Iglesia haciendo lo suficiente en este sentido? La semilla ha de llegar a un determinado grado de maduración para que al sembrarla pueda germinar y al final darnos fruto. ¿Estaremos haciendo lo suficiente en este sentido?

Hoy en el evangelio Jesús nos está pidiendo que demos testimonio por El. Declararnos por El ante los hombres, nos dice, dar la cara. No lo podemos negar, pero tampoco podemos actuar como si no tuviéramos fe en El, y esa fe no es solo que recemos o vayamos a los actos de culto, comulguemos todos los domingos o recibamos los sacramentos en su momento.

Es mucho más, porque es nuestra manera de actuar en la vida, son nuestras relaciones con los demás, es la rectitud con que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos, es la asunción de nuestras responsabilidades con todas sus consecuencias, son los planteamientos que nos hacemos de cara a nuestra sociedad… en cada cosa, en cada momento hemos de actuar como cristianos, hemos de actuar en consonancia con lo que nos enseña el evangelio, es lo que hablamos o lo que decimos, el consejo que damos o la atención que le prestamos al otro. Y no es que tengamos que estar en todo momento nombrando a Dios, pero sí que aquello que hacemos o que decimos tenga ese sentido y ese valor desde la trascendencia de nuestra fe.

Pero Jesús hoy nos está enseñando algo más, a confiar en la asistencia y la inspiración del Espíritu Santo en cada momento y en cada situación. Como nos dice, no tenemos que preocuparnos de preparar nuestra defensa cuando seamos llevados a los tribunales, porque el Espíritu Santo obrará en nuestro interior y pondrá palabras en nuestros labios y actitudes y posturas en nuestra vida. Tenemos que creer en esa asistencia del Espíritu Santo y dejar que actúe en nosotros.

Seguro que tenemos la experiencia de que cuando vamos en la vida dejándonos así guiar por la fe y la gracia de Dios ha habido momentos en que hemos hablado y en que hemos actuado de forma que nosotros mismos nos hemos asustado del acierto y valentía con que obramos. ¿Por qué no creer en esa fuerza del Espíritu que actúa en nosotros? Mira que hoy nos dice del terrible pecado que es actuar contra la acción del Espíritu de Dios.

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior.


jueves, 1 de octubre de 2026

Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

 


Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

La imagen del camino es una imagen muy repetida que emplean tanto los poetas como los filósofos como por cualquiera que quisiera explicarnos el propio sentido de la vida; en camino con unas metas y unos objetivos, en camino como recorrido de múltiples experiencias que conforman la vida misma, en camino con sus logros y con sus dificultades al tiempo que con los momentos encantadores en que disfrutamos de la vida misma; la empleamos como imagen de lo que es nuestra vida cristiana y lo que significa el seguimiento de Jesús, como el mismo Jesús nos viene a decir que El es el Camino; una imagen del Reino de Dios que hemos de anunciar pero que primero que nada tenemos que vivir recorriendo nosotros también un camino, que podemos llamar si queremos un proceso de vida, de descubrimiento pero también de lo que hemos de vivir.

En el pasaje que hoy nos ofrece el Evangelio contemplaremos a Jesús que ha escogido y a llamado a los que quieren ser sus discípulos pero que al mismo tiempo los pone en camino; ser sus discípulos ha significado primero que nosotros hemos escuchado ese anuncio y esa invitación a darle la vuelta a nuestra vida para creer lo que se nos anuncia, la llegada del Reino de Dios, pero no como algo ajeno o externo a nosotros sino como algo que nosotros comenzamos a vivir; nos hemos dejado transformar para vivir en esas características, podríamos decir, de lo que es el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos pone en camino para anunciar eso mismo que nosotros estamos viviendo; no es un mensaje que nos han dado y nosotros simplemente nos hemos de contentar con ser transmisores fieles, vamos a transmitir lo que nosotros vivimos, vamos a anunciar lo que vivimos, por eso nosotros mismos nos hemos de convertir en signos de lo que es ese Reino de Dios; no es solamente que nosotros podamos curar a los enfermos o expulsar demonios como nos dicen textualmente las palabras del Evangelio, sino que nosotros somos testigos de que eso se ha realizado en nosotros; es la forma con la que la palabra que anunciamos tiene toda su autoridad.

Repetidamente nos dice Jesús lo que tenemos que anunciar, ‘ha llegado el Reino de Dios’. No son solo palabras que pronunciamos sino que tiene que ser el signo de nuestra vida con el que manifestemos esa presencia del Reino de Dios. Pero como nos dice Jesús no es un camino fácil, vamos enviados como corderos en medio de lobos, el campo que tenemos que trabajar es muy grande y no somos suficientes obreros - ¿será por eso por lo que en otros lugares del evangelio Jesús nos propone la parábola en la que el dueño de la vida sale a distintas horas a buscar obreros para su viña? -, pero además habrá ocasiones en que no somos aceptados o somos rechazados.

Fijémonos que Jesús en ese momento en que quizás somos rechazados y tendremos que irnos a otro sitio nos sigue repitiendo lo mismo que tenemos que anunciar. Sacudimos el polvo de nuestros pies… pero tenemos que seguir repitiendo, ‘sabed que el Reino de Dios ha llegado’. Y esto tenemos que decirlo con convencimiento, porque el Reino de Dios no está con nosotros solamente cuando las cosas marchan de forma esplendorosa sino que también ahí, en la dificultad, en los problemas, en los momentos difíciles, cuando nos llegue el rechazo o el sufrimiento, cuando los caminos se nos vuelven oscuros y hasta tenebrosos tenemos que sentir que el Reino de Dios está con nosotros, que ha llegado el Reino de Dios.

Por la forma en que el cristiano vive esas situaciones estará dando señales de que el Reino de Dios ha llegado. Nos cuesta aceptar y afrontar esas situaciones, se nos hace duro el camino en esos momentos oscuros, tendremos quizás que caminar incluso entre lágrimas, pero seguimos manteniendo una fe, seguimos manteniendo el espíritu en alto, seguimos caminando con la certeza de que Dios está ahí con nosotros en ese camino concreto que nos ha tocado vivir, seguimos con la seguridad, porque así nos lo ha dicho Jesús, que el Reino de Dios ha llegado, y en esas situaciones nosotros hemos de ser testigos y mensajeros. Pongámonos en camino.


sábado, 15 de agosto de 2026

Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 


Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10Ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56

No era para menos. Hay experiencias vividas que no se pueden callar. El bien como el amor es expansivo. Una buena noticia que nos impacta por lo que significa en sí misma pero también por lo que va a repercutir en la vida, en la propia y en la de los demás, no la podemos callar; nos vemos necesitados de comunicarla, de compartirla.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a María. No ha sido la noticia de que su prima Isabel está esperando un hijo y es mayor y pueda necesitar ayuda. Es importante, es cierto, y es como para ponerse en camino quien tiene la sensibilidad del amor en su corazón para ir a echar una mano. Es el misterio del amor de Dios que está poseyendo a María, como le ha comunicado el ángel, y ésta sí es la gran noticia, que se le desborda a María en su corazón hasta reventar. ¿Quién puede entenderlo mejor que quien también se ha visto desbordada por el amor de Dios concediéndole el don de la maternidad a pesar de sus años? Corre María a casa de su prima que la recibe sintiendo que la noticia también ha llegado a su corazón. ‘¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’

Prorrumpen las dos mujeres en bendiciones y cánticos de alabanza. Dichosa y bendita tú que has creído, le dice Isabel a María, porque todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Las promesas de Dios se están cumpliendo en Isabel con aquel hijo que va a nacer y que tendrá una misión y un lugar importante en la historia de la salvación. La misericordia y el amor del Señor se está desbordando sobre todos, aunque no todos sean conscientes de ello, y con ello se cumplen las promesas del Señor.

Es el cántico de María que reconoce las maravillas que el Señor en ella está realizando y que serán cumplimiento de las promesas de Dios para toda la humanidad. María, aunque pequeña porque se sigue llamando a sí misma la esclava del Señor, siente que en Dios se está sintiendo exaltada y glorificada porque todas las generaciones la llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Es un adelanto aquí en este pasaje del Evangelio de lo que hoy en la liturgia estamos celebrando.

María va delante como primicia de esas bendiciones de Dios para toda la humanidad; la contemplamos hoy glorificada en el cielo, participando ya plenamente de la resurrección de Cristo que con El quiso llevarla al cielo trascurrido el curso de su vida terrenal. Pero María quiere seguir saliendo nos al encuentro en cada rincón y en cada momento para hablarnos de las glorias del Señor. Por eso María, madre de la Iglesia, ha querido y quiere estar al lado de esta Iglesia peregrina aquí en la tierra para recordarnos que hemos de recorrer los caminos de Jesús.

Las imágenes de María repartidas en cada rincón de la Iglesia, igual la tenemos en nuestros templos como la tenemos entronizada en nuestros hogares, la llevamos con nosotros ya sea en esa medalla que llevamos al cuello o en la estampa que portamos en nuestra cartera, no están queriendo sustituir a Dios en nuestras vidas sino que son ese recuerdo y esa palabra de Madre que nos recuerda siempre como tenemos que escuchar a Jesús. Habitualmente en sus imágenes nos trae a Jesús o nos señala con algún signo que tenemos que dejarnos iluminar por Jesús.

María a quien vemos hoy en el evangelio ponerse en camino está siendo para nosotros que muchas veces tanto nos cuesta arrancar para comenzar a hacer algo bueno un estímulo y un acicate que nos impulsa también a ponernos en camino porque una Buena Noticia seguimos teniendo que transmitir y que no podemos callar; es el anuncio de la misericordia del Señor que se sigue derramando sobre nosotros y de lo que todos tenemos que hacernos eco. María fue la primera portadora de evangelio cuando corre con la buena noticia a casa de Isabel; María fue la primera portadora de evangelio en nuestra tierra canaria cuando su imagen bendita reposó sobre nuestras costas canarias, como hoy estamos recordando y celebrando en esta fiesta de la Virgen de Candelaria. Fue la luz primera que hizo mirar al Sol a nuestros antepasados porque es lo que reflejaba María en su imagen con la imagen de la luz y portando en sus brazos a Jesús.

Esta fiesta de la Virgen de Candelaria que en nuestra tierra celebramos haciéndola coincidir con la fiesta de su Asunción al cielo es para nosotros una llamada a vivir con toda intensidad el compromiso de nuestra fe. Nuestra tierra sigue necesitando el anuncio del Evangelio con palabras claras y valientes pero también con el testimonio del compromiso de nuestra vida en medio de los problemas con que nos encontramos cada día. Como María en su camino a casa de Isabel nosotros también tenemos que ponernos en camino para ese anuncio de la misericordia del Señor. Como María tenemos que ponernos en camino allí donde haya una necesidad, un dolor o un sufrimiento, una soledad o un cierto distanciamiento.

María saltó todos los obstáculos de las distancias o los peligros de los caminos que había que atravesar; podríamos decir que como luego anunciara el Bautista fue enderezando caminos, allanando valles, recortando distanciamientos que nosotros tenemos también que saber hacer para que no haya soledades, para que los que están tristes encuentren el bálsamo de nuestro consuelo, para que nadie se sienta nunca discriminado por ninguna razón, para que todos se sientan acogidos y valorados sea cual sea su condición, para que a nadie le falte un trozo de pan, para que todos puedan escuchar una palabra de ánimo que les haga levantarse una y otra vez tras sus reiteradas caídas, para que todos encuentren comprensión.

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque conmigo lo hicisteis’ ojalá escuchemos un día para participar de la gloria del cielo, como ya hoy estamos contemplando a María tras su gloriosa Asunción al cielo.


martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


jueves, 30 de julio de 2026

Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

 


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

Vivimos en la loca carrera de las prisas, porque todos queremos llegar lo más pronto posible a nuestras metas, no nos importa saltar etapas o darnos empujones los unos a los otros, que pueden terminar en atropellos. Como en la carretera que siempre queremos que no vaya nadie delante de nosotros y buscamos adelantar sea como sea, aunque pongamos en peligro muchas cosas. Hemos perdido la paciencia, no terminamos de darnos cuenta que el trabajo tiene que avanzar con tiento porque hay que cuidar mil detalles para que se pueda realizar bien.

Pero ya entendemos que con lo que estoy diciendo no nos queremos referir a las cosas materiales que vayamos haciendo sino que es la construcción de la propia vida, que tiene sus etapas y que hemos de cuidar con esmero. Está en juego lo que somos, que es mucho más importante que lo que tenemos. Muchas veces nuestra vida se puede parecer a esa red, de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio, que recoge toda clase de peces que luego habrá que discernir bien con lo que nos quedamos; así nuestra vida con sus valores, pero también con los tropiezos que podamos ir teniendo en nuestros propios errores o en las cosas que no siempre hacemos bien y que tenemos que saber reconocer y corregir.

Nos hablaba también el profeta de la vasija de barro en manos del alfarero que la modela; no podemos dejar a lo que salga, el alfarero con su saber hacer la va modelando para encontrarle su fortaleza y su belleza, y el barro se deja hacer, se deja manejar, por decirlo de alguna manera, por las manos expertas del alfarero. ¿Seremos alfareros de nuestra propia vida? ¿o dejaremos que el alfarero divino nos vaya modelando? Está la sabiduría y el poder de Dios con la fuerza de su Espíritu, pero el Señor al mismo tiempo nos ha concedido el don de la libertad con que nosotros hemos de responder; nuestra disponibilidad no es falta de libertad, es dejarnos conducir para con la fuerza del Espíritu divino podamos hacer relucir lo mejor de nosotros mismos.

Jesús nos habla en parábolas, precisamente con el texto de hoy concluimos este capítulo donde san Mateo nos ha condensado las principales parábolas de Jesús, y somos nosotros ahora los que nos tenemos que dejar enriquecer con las enseñanzas del evangelio que nos conducen a desarrollar en nosotros los mejores valores.

No es solo conocer las parábolas, quedarnos, por así decirlo, en el ejemplo que en ellas podamos encontrar sino dejarnos envolver por ese espíritu de sabiduría que nos va a hacer alcanzar una maravillosa riqueza espiritual como alimento de nuestra vida que nos va iluminando en cada situación. Tenemos que saber aplicar a la vida de cada día esa sabiduría que hemos ido acumulado en nuestro interior. Por eso nos habla del letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos y en cada momento va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo según convenga.

Ojalá así tengamos presente la Palabra de Dios en nuestra vida, estemos tan empapados de esa sabiduría del evangelio que allá por donde vayamos dejemos el rastro y el perfume de lo que llevamos dentro y es la mejor riqueza de nuestra vida. Con qué facilidad recordamos una canción de moda o traemos a cuento una frase que un día nos llamó la atención porque la dijo un personaje de nuestros gustos o que está de moda, pero qué poco los cristianos citamos el evangelio o los textos sagrados de la Biblia; con qué facilidad nos sentimos encantados con maneras de pensar o de actuar que nos vienen de los países más exóticos y los queremos convertir en filosofía de nuestra vida, y qué pronto olvidamos toda la profundidad de los valores del evangelio que además han sido piedras fundamentales de nuestra cultura occidental. Nos vamos a hacer no sé qué experiencias que nos parecen exóticas y nos olvidamos del sentido de nuestra oración y meditación cristiana que pone verdaderos cimientos de nuestro crecimiento humano y espiritual.

¿No tendríamos los cristianos que rescatar con más entusiasmo toda la riqueza y sabiduría el Evangelio que verdaderamente nos humaniza y nos hace crecer espiritualmente?

miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

‘Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

lunes, 1 de junio de 2026

Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

 


Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

2Pedro 1,1-7; Salmo 90;  Marcos 12,1-12

¿Nos sentiremos tan dueños de lo que tenemos entre manos que llegamos a pensar que podemos hacer con ello lo que nos apetezca? Dicen que cada uno hace de su capa un sayo, pero no es tan simple cuando consideramos el valor de lo que tenemos entre manos, la responsabilidad que tengamos ante ello o el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida; queremos ser tan autónomos y autosuficientes que de nada ni de nadie queremos depender y quizás hasta podemos olvidar el sentido de la vida misma o del engranaje del que formamos parte en el conjunto de la vida y de la sociedad que nos tiene que hacer ver las consecuencias de nuestros actos para ese conjunto de la vida o de la sociedad de la que formamos parte. No podemos ir de egoístas, autosuficientes e insolidarios por la vida, porque así hemos perdido el sentido de la vida misma.

Habla Jesús en esta parábola, y ya nos comenta el evangelista que en esta ocasión hablaba a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, haciendo referencia a los que eran los dirigentes de la sociedad de entonces, y habla del hombre que plantó una viña, la dotó de todo lo necesario, una cerca, un lagar, una torre de vigilancia, y la arrendó a unos labradores para que la trabajaran y le rindieran sus frutos.

Vemos por una parte la intencionalidad de Jesús al señalarnos el evangelista a los dirigentes de entonces que tenían una responsabilidad en aquella sociedad; habla de la generosidad al preparar la viña con todo lo necesario, pero por supuesto para percibir sus frutos. Aquí tenemos, pues, los puntos de referencia para comprender su sentido. ¿Hasta dónde llegaría la responsabilidad de aquellos labradores? Aquellos dirigentes por los que Jesús hablaba se estaban viendo señalados, como luego veremos que hasta querrán quitarse de en medio a Jesús. Siempre hemos interpretado esta parábola como un resumen de lo que ha sido la historia de Israel pero sobre todo con ese aspecto de quienes se sentían dueños y manipuladores de la religiosidad y de la fe del pueblo judío no aceptando o rechazando los enviados de Dios para mantener su poder de influencia en la vida del pueblo judío.

Pero mucho podemos sacar en consecuencia para nuestra vida hoy y la respuesta que hoy damos. A muchos aspectos nos podría llevar a la reflexión. Cuanto somos y cuanto hemos recibido en la vida, ¿a qué nos obliga? Primero que nada, tendríamos que decir, un reconocimiento del don de Dios. Sí, es mi vida, son mis dones, son mis cualidades y valores, pero, ¿los tenemos por nosotros mismos? Esa viña de nuestra vida está llamada a dar unos frutos, ¿nos sentiremos dueños por nosotros mismos para hacer de mi capa un sayo, como antes decíamos? ¿Qué hemos hecho del evangelio de Jesús y cómo está siendo en verdad el criterio de los valores que hemos de buscar y con los que hemos de enriquecer nuestra vida?

También hacemos nuestras interpretaciones cuando llega la hora de la verdad y tenemos que aplicarlo a las diversas situaciones de nuestra vida. Queremos suavizar, queremos hacer rebajas, queremos quedarnos en los mínimos, queremos hacer nuestras combinaciones para quizás no tener que arrancar tantos apegos que seguimos llevando en el corazón, queremos justificarnos para no ser tan radicales como nos lo plantea Jesús y queremos ir haciendo arreglitos por acá o por allá.

Al final seremos la higuera con mucho ramaje y con pocos frutos. ¿Nos creeremos tan dueños de la higuera o de la viña que nos creemos que cuantos somos o hacemos es solo una riqueza personal? Como nos decía el apóstol Pedro ‘crezca en nosotros la gracia y la paz por el conocimiento de Dios y Salvador Jesucristo…’ por eso continuaba diciéndonos que ‘es necesario saber de Jesucristo, familiarizarnos con su Evangelio’. ¿Será eso algo primordial en nuestra vida?


martes, 19 de mayo de 2026

Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Ha llegado la hora, la hora de la glorificación, dice Jesús; y estas palabras son pronunciadas cuando están reunidos en las horas previas al comienzo de la pasión, como epílogo a la cena pascual. Habla de gloria de Dios y habla de amor y de entrega hasta dar la vida, en cierto modo habla de muerte; es lo que hace que muchos no entiendan, que a nosotros mismos nos cueste también comprender, porque hablar de gloria parece que significaría hablar de triunfos y de victorias, pero a nuestros ojos humanos muchas veces nos cuesta verlo.

Hay ocasiones en que se nos hace difícil porque la subida del calvario que vamos encontrando en la vida se nos hace dura; cuántos contratiempos y malentendidos y también interpretaciones maliciosas, cuántos obstáculos desde lo que nos cuesta superarnos a nosotros mismos pero también de la oposición que en nuestro entorno podremos encontrar, no siempre somos comprendidos, querrán echar muchas veces sobre nosotros la basura de los desprestigios porque nos ven débiles y no somos tan perfectos.

Y Jesús nos está hablando de glorificación; aunque humanamente muchas de las cosas que nos suceden nos duelen sin embargo hemos de saber darle un sentido y un valor. El camino de pasión y de pascua que emprendía Jesús no era un camino fácil; recordemos que ante el sufrimiento que se avecinaba en Getsemaní suda sangre; ‘que pase de mi este cáliz’, será su súplica, ‘pero no se haga mi voluntad sino la tuya’ concluirá diciendo Jesús en su oración.

Se ha puesto en manos del Padre, pero en manos del Padre nos deja también a nosotros. ‘He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos… porque son tuyos… y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.

Es la oración de Jesús por nosotros, por su iglesia que aun camina en este mundo. Una oración que nos está pidiendo a nosotros que permanezcamos en su amor, que guardemos su palabra, que crezcamos más y más en el conocimiento de Dios, que seamos capaces de poner toda nuestra fe en El, por muy difícil que sea el camino, por muchas que sean las tinieblas con que nos vayamos encontrando.

Pero es una oración de Jesús al Padre pidiendo por nosotros que quedamos en el mundo, y en el mundo tenemos una misión, y en el mundo aunque sea adverso tenemos un testimonio que dar, en el mundo tenemos que ser testigos manifestando en nuestra vida lo que es la obra de Jesús. Todo siempre para la mayor gloria de Dios, como nos dejó bien resumido en su lema san Ignacio de Loyola. Y, ¿cuál es esa gloria de Dios? Hoy nos lo está diciendo Jesús en el evangelio que ha de convertirse en vida para nosotros. ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

Es lo que tenemos que ir haciendo con nuestro testimonio, porque no vamos a predicarnos a nosotros mismos, no vamos a decir lo buenos que somos, vamos a hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Y qué necesitamos para eso? Que se conozca a Dios, la revelación de Dios. Es la Buena Nueva que vino a anunciarnos Jesús. Reconocerlo verdaderamente como el Señor de nuestra vida, que conozcamos y reconozcamos a Jesús.

sábado, 25 de abril de 2026

Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

 




Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

1Pedro 5, 5b-14; Salmo 88; Marcos 16, 15-20

Celebramos hoy a san Marcos, evangelista, decimos, o podemos decir también, el hombre del Evangelio. Es lo que nos ha dejado, su gran mensaje, el Evangelio de Jesús. Así comienza su relato, ‘comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios’, pero en el mismo sentido lo termina recordándonos el mandato de Jesús, ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

¿Qué es el evangelio? ¿Qué significa decir evangelio? Buena noticia. Cuando decimos evangelio de Jesús estamos diciendo ‘buena noticia de Jesús’, y Marcos nos está diciendo que es el Mesías, el Cristo (por eso se emplea la palabra Jesucristo), verdadero hombre – nos contará lo que hizo y lo que dijo, nos expresa todo lo que fue su existencia – pero al mismo tiempo nos está diciendo que es el Hijo de Dios. Buena noticia como nos dirá al final que hemos de proclamar a toda la creación; y concluirá diciéndonos que ‘ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Quien ha recibido esa buena noticia no puede menos que comunicar, transmitir a los demás.

Es la consideración que nos está ofreciendo san Pedro en su carta, pidiéndonos humildad porque así nos hacemos gratos a Dios y Dios se nos manifestará. Es la acogida humilde que hemos de hacer a esa buena noticia de Jesús.  ‘Sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él, os ensalce en su momento…’ En El nos confiamos porque en El nos sentimos amados, es la gran noticia, el amor de Dios que nos tiene como hijos y cuenta con nosotros aunque no siempre seamos buenos hijos. Es el mejor y más hermoso regalo que podamos recibir. Lo necesitamos, porque nos sentimos débiles, lo necesitamos porque además nos vemos zarandeados por el maligno que nos tienta de mil maneras y quiere apartarnos del camino que hemos emprendida, que nos agobia con mil pensamientos y mil cosas que nos distraen o que nos pueden hacer perder la paz. Pero en el amor de Dios nos sentimos seguros. ‘Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros’.

Cuando experimentamos todo esto en nuestra vida ¿no nos vamos a sentir en paz? ¿No es esta una gran noticia para nosotros? Es la buena noticia de Jesús que llega a nuestra vida y nos llena de paz, como nos pone en camino de algo nuevo que hemos de vivir. ‘Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará’, continúa diciéndonos el apóstol. Nos hemos de sentir fuertes en el Señor. Y con esa alegría tenemos que seguir anunciando esa buena noticia a los demás. No nos podemos callar.

Es el mensaje que yo estoy recibiendo en lo hondo de mi corazón en esta fiesta del Evangelista san Marcos que hoy celebramos. Como Él nosotros hemos de hacernos también mensajeros del evangelio, pero no como algo aprendido porque así nos lo hayan enseñado sino como algo vivido y experimentado en nuestro corazón. Miremos las diversas situaciones por las que habremos pasado a lo largo de nuestra vida, no siempre fáciles, también con nuestros agobios o momentos de decaimiento, como en otros momentos en que se ha hecho experiencia viva en nosotros ese amor de Dios. Como nos sigue diciendo el apóstol Pedro tenemos que ‘dar testimonio de que esta es la verdadera gracia de Dios’. Recordemos y reavivemos esas experiencias vivas de fe que hemos vivido en nuestra vida. De ello tenemos que ser testigos en medio del mundo.