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martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


viernes, 17 de abril de 2026

Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

 


Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

Hechos 5, 34-42; Salmo 26;  Juan 6, 1-15

Cuántas veces nos pasa, nos creemos tan autosuficientes y únicos que nos parece que somos los únicos que sabemos y que solo nosotros hacemos las cosas bien, nos cuesta contar con los otros, admitir la capacidad que los otros tienen también, a lo sumo les permitimos que colaboren en algunas cosas pero siendo siempre nosotros los que llevemos la voz cantante. ¿Será orgullo? ¿Será vanidad?, seguro que hay mucho de autosuficiencia.

Hoy Jesús nos da una lección. Bueno siempre es mucho lo que nos enseña el evangelio porque siempre es un mensaje de vida. Jesús había marchado a la otra orilla del lago, aunque Jesús quisiera la soledad con sus discípulos más cercanos las multitudes se agolpan porque quieren escucharle, porque quieren estar con El; se han despertado las esperanzas del pueblo y allí donde se puede encender y mantener viva esa luz de la esperanza acuden en masa.

Ha sentido compasión de ellos porque están como ovejas sin pastor y se ha puesto a enseñarles, pero se acerca la tarde, están lejos de los poblados y a aquella gente se les han acabado las provisiones. Habrá que buscar pan para toda esa gente, pero, ¿dónde encontrarlo? Es lo que le plantea Jesús a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’, le dice Jesús a Felipe que es el que ahora está más cerca de Él. Jesús quiere contar con los discípulos. Como diría otro evangelista narrándonos este mismo hecho ante la solicitud de los discípulos Jesús les dice ‘dadles vosotros de comer’. Alguno replicará buscando soluciones, ‘doscientos denarios de pan no dará para dar un trozo de pan a cada uno’.

Pero Jesús sigue esperando iniciativas hasta que alguien viene diciendo que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero, ¿qué es esto para tantos?’ Y Jesús cuenta con ello, serán cinco panes de cebada, el pan de los pobres, algo mísero e insignificante, pero grande ha sido la disponibilidad de aquel muchacho que no se los guarda para si sino que los pone a disposición.

Muchos gestos hermosos comienzan a aparecer, como podrían aparecer en la vida si nosotros supiéramos más contar con los demás. Nos quejamos tantas veces que nadie hace nada, pero ¿les habremos dado la oportunidad? Quizás vamos pensando en cosas extraordinarias o maravillosas pero las cuentas de Dios son otras, las medidas de Dios tienen otros valores. ¿No tendríamos que aprender?

Jesús no ha comenzado haciendo el milagro, haciendo cosas extraordinarias, Jesús ha comenzado contando con los discípulos, pero contando también con lo pequeño y que nos pueda parecer insignificante para todo lo que se quiere abarcar; ha contando con aquellos panes de los pobres que un pobre muchacho ha tenido sin embargo la generosidad de no sólo compartir sino de ponerlo todo a disposición de lo que se pueda necesitar. Es compartir, sí, pero aquí hay algo más, alguien se ha desprendido de todo lo que tenía aunque para él no quedara nada.

Y el milagro se realizó, comió la multitud que era mucha gente, pero aún sobró que se recogieron doce canastos para que nada se perdiera. ¿Qué puede valer mi pequeña aportación? Pensamos alguna vez. ¿Qué puede valer lo que yo haga que no va a ser sino un pequeño grano perdido en la inmensidad de la playa?  Pero junto con otros granos formará el montón. ¿De qué sirve lo que ese puede hacer si no sabe hacer nada y es lo más perdido que podamos encontrar? Es la acción de una persona, es una pequeña llama de amor que va contribuir a que se encienda esa hoguera especial que transformará nuestro mundo.

¿Aprenderemos a contar con los demás, incluso de aquel o de aquello que nos pueda parecer pequeño o insignificante?