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sábado, 12 de septiembre de 2020

Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

 


Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es lo que es la misma naturaleza en sí. En la higuera buscamos higos, en el peral peras, en la vid es lógico que esperemos encontrar uvas. Lo contrario sería algo fuera de la naturaleza, aunque hoy nos hagamos plantas híbridas con el desarrollo de la genética, o desde siempre hayamos injertado unos árboles en otros, pero siempre como nos decían nuestros mayores siguiendo las reglas de la naturaleza.

Pero Jesús no nos está poniendo este ejemplo para darnos una lección de botánica o de otras ciencias, sino como una imagen para decirnos cuán incongruentes somos las personas por la forma como nos expresamos en la vida o como vivimos. Es la congruencia con que hemos de vivir, o la incongruencia que manifestamos en tantas ocasiones donde quizá nuestras palabras que tendrían que expresar nuestros pensamientos, sin embargo van por un lado y nuestra vida, lo que luego hacemos, parece que está en contradicción total con nuestro pensamiento.

Quizás nos está manifestando el vacío y la hipocresía con que vivimos nuestra vida. Y es que de lo que hay en nuestro  corazón, nos dice, rebosa la boca y dado el vacío interior con que vivimos es superficial nuestra vida y cuanto hacemos parecerá como un sin sentido. Queremos aparentar muchas veces quizá lo que realmente no somos y nos ponemos como un disfraz, como una careta para aparentar unas cosas que realmente no tenemos en el corazón y que luego se manifestarán como una farsa, mera apariencia superficial nada más porque no le hemos dado profundidad a la vida.

Por supuesto todo esto lo podemos contemplar en la vanidad con que viven tantos su vida. Solo son una fachada, una apariencia; una fachada y una apariencia para buscarse quizá el aplauso de la gente, para alcanzar unas cotas de poder con su populismo vacío de contenido, con unas promesas que nunca van a ser cumplidas, porque lo único que se desea muchas veces es ser aupado a esas alturas de poder.

Bonitas palabras, pero que si hay un poco de sensatez en nuestra vida pronto nos damos cuenta que están llenas de falsedades con las que pretenden engañarnos y engatusarnos. Contemplamos demasiado en la sociedad en que vivimos todas esas vanidades y ansias de poder que se llenarán luego de corruptelas y de injusticias. Todo termina generando un desencanto y un hastío en aquellos que con buena voluntad luchan por algo mejor con lo que se sienten tentados a pasar de todo eso y aislarse de ese mundo de falsedad e hipocresía.

Pero cuidado esa vanidad, esa falta de coherencia, esa vaciedad y superficialidad la estemos viviendo en este mundo concreto de nuestras comunidades cristianas. Cuidado no estemos cayendo nosotros también en esas incoherencias en nuestra manera de actuar y de vivir nuestra fe, desde quienes vivimos una religiosidad demasiado superficial porque quizá  no profundizamos lo suficiente en el sentido y valor de nuestra fe, o desde quienes todo nuestro ser cristiano se nos haya quedado en unos ritos que en determinados momentos realizamos con lo que parece que ya contentamos nuestra conciencia pero que luego en el resto de la vida nos olvidamos de los valores cristianos, de los valores del Reino de Dios, viviendo nuestra vida a nuestro aire, muchas veces muy alejada del sentido de la fe.

Muchas veces tenemos la tentación de quedarnos en la expresión religiosa de nuestra vida de fe en unos ritos llenos de pompa y de esplendor, de gran solemnidad decimos muchas veces, pero que se nos pueden quedar en una ostentación excesivamente artística como un espectáculo donde sacamos a relucir todos nuestros oropeles llenos de boato y de fastuosos brillos que nos hacen sentirnos como en la gloria en esos momentos, pero que cuando pasa todo lo olvidamos y no damos los frutos de amor y de justicia que serían nuestra verdadera riqueza. Vanidades en las que podemos caer los cristianos, en los que puede caer incluso la iglesia en la realización del culto cristiano.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

 


Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 8; Lucas 6, 39-42

Demasiado empañados llevamos los cristales de las lentes con que miramos la vida. Los que tenemos que utilizar gafas para corregir nuestra visión tenemos la experiencia de que hay ocasiones en que nos parece que lo vemos todo turbio y hasta llegamos a pensar si acaso tenemos algún problema en nuestros ojos que van mermando la visión, pero finalmente nos damos cuenta que los cristales de nuestras lentes se han llenado de polvo, de grasas y de mil otras manchas que nos hacen ver con dificultad; no los hemos limpiado. Como aquella mujer que criticaba a su vecina porque mirando desde la ventana de su casa le parecía que lavaba mal la ropa y estaba llena de manchas hasta que un día el marido le dijo que limpiara los cristales de su ventana.

No son ya los cristales de nuestras lentes o de nuestra ventana sino que es la mirada turbia con que nosotros miramos a los demás. Los filtros de nuestras malicias, de nuestros propios defectos o debilidades, de los malos deseos que llevamos en el corazón, de nuestros orgullos o prepotencias, de nuestros resentimientos o nuestras envidias nos hacen mirar mal a los demás. Todo lo estamos viendo con segundas intenciones, con malquerencias enquistadas, con resentimientos no curados, con desconfianzas que impiden todo camino de cercanía y encuentro.

Son tantas las experiencias y situaciones de este tipo que podemos descubrir en los que nos rodean, o acaso aniden en nuestro interior, aunque tratemos de ocultarlos con mil disimulos. Es en lo que hoy el evangelio nos quiere hacer recapacitar cuando Jesús nos dice que quitemos las vigas que tenemos en nuestros ojos, antes de querer corregir las pequeñas motas que pudiera haber en los ojos de los demás. Nos sucede con demasiada frecuencia y no tenemos la humildad de reconocerlo.

Son nuestros orgullos personales donde nunca queremos reconocer que hay debilidades y defectos en nuestra vida o en nuestra manera de ver y hacer las cosas. Pero son también los orgullos comunitarios, podemos decir, cuando los pueblos nos creemos superiores a los demás y de ahí surgen tantas rencillas y desconfianzas entre pueblos vecinos.

Pero surgen actitudes así en nuestras comunidades; siempre hay algunos que se creen superiores a los demás, siempre hay algunos que se creen maestros de todo y de todos, siempre algunos que se convierten en manipuladores de los que parecen más débiles para así quizá considerar que consiguen más cuotas de poder, y no son capaces de abajarse de sus caballos de orgullo para reconocer que no todo lo saben, que no todo pueden hacerlo por si mismos, que siempre hay que saber contar con los demás.

Y esto lo palpamos también en nuestros grupos cristianos en nuestras comunidades y parroquias generándose en ocasiones verdaderas guerras entre unos grupos y otros. No nos damos cuenta de que somos seguidores de Jesús, de aquel que nos dijo que teníamos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos para encontrar la verdadera grandeza y el verdadero sentido de nuestra vida. Cuántas cosas nos pueden salir en nuestra reflexión si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor que anida en nuestros corazones.

Qué distintos son los caminos que nos propone el Señor; qué estilo de vida más sano es el que nos propone para que en verdad seamos capaces de caminar como hermanos en ese camino de la vida que nos toca recorrer y así seamos también más felices haciendo un mundo mejor.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

 


Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

1Corintios 8, 1b-7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Todos deseamos la paz y la armonía de la vida. Es una aspiración profunda de todos, una aspiración de la humanidad, reconocemos, no siempre conseguida. Cuando nos ponemos a hablar y razonar con serenidad todos andamos por esos deseos y añoramos que pudiéramos vivir así. Lo intentamos con buena voluntad al menos con aquellos que están más cerca de nosotros, familiares y amigos pero al mismo tiempo nos damos cuenta que vivimos en un mundo donde hay mucha acritud.

Desgraciadamente los dirigentes de nuestra sociedad no nos dan mucho ejemplo cuando solo actúan con visiones muy miopes y muy partidistas de manera que solo es bueno y solo son buenos los que son de su onda. Aquellos lugares donde la palabra y el diálogo tendrían que resplandecer muchas veces son una muestra pública, un escaparate donde solo vemos acritud en las palabras, en los gestos, en las actitudes, y solo sabemos echarnos en cara los unos a los otros si hiciste una cosa o si hiciste otra.

Y esa acritud se trasmite y se contagia de manera que en la vida de cada día estamos muy abocados a actitudes y posturas violentas. Ya no sabemos hacer ningún reclamo ni reivindicación a lo que tendríamos derecho si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Es una pena que vayamos construyendo una sociedad así, porque eso es además lo que estamos enseñando con nuestras actitudes y posturas a las generaciones más jóvenes que vienen detrás y en lugar de ayudarles a que encuentren serenidad en su vida, más bien provocamos esas actitudes violentas. ¿A dónde vamos a parar con una sociedad fundamentada en estas posturas y actitudes?

Todo esto tendría que hacernos pensar. Todo esto tendría que hacer que nosotros los cristianos supiéramos sacar a flote esos valores más profundos que nos enseña el evangelio y que tenemos que reflejar en nuestra vida aunque vayamos a contracorriente del mundo que nos rodea. Es la paradoja que nos ofrece hoy el evangelio. Y digo paradoja porque en verdad una primera lectura de lo que nos dice Jesús nos hace pensar que eso es imposible de realizar, que eso está en contra de lo que todos hacen.

¿Quién perdona a los que le ofenden o hacen daño? Lo normal es que guardemos rencor. ¿Quién es capaz de desprenderse de todo por los demás? Bueno, estaríamos dispuestos a dar hasta cierto punto, pero no a quedarme sin nada. ¿Quién es capaz de poner la otra mejilla? Es que se reirían de mí, pensamos, y pensarán que soy un cobarde. Y así podríamos seguir pensando en todo lo que nos dice hoy Jesús. Pero es el plan que El nos propone, son los parámetros en los que hemos de vivir los que queremos el Reino de Dios. Es la forma que tenemos para construir ese mundo mejor que todos deseamos. Es la forma positiva en que tenemos que enfrentar la vida.

Y Jesús nos dice que seamos misericordiosos. Y misericordia significa no juzgar ni condenar; y misericordia significa ser capaces de ser comprensivos con las debilidades de los demás hasta a llegar a perdonar; y misericordia significa ser capaz de no solo dar sino darme por los demás, porque siento como propio el dolor y el sufrimiento por el que puedan estar pasando los otros en sus necesidades o en sus problemas, y si lo siento como propio, como propio lo asumo y pongo todo de mí para darle solución. Como termina diciéndonos Jesús ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Qué distinta sería la vida, nuestras relaciones, la armonía que pondríamos en todo lo que hiciéramos; qué lejos estarían las violencias y las acritudes; qué paz resplandecería sobre nuestro mundo. Es nuestra tarea, es lo que asumimos cuando decimos que somos cristianos seguidores de Jesús. Emprendamos el camino aunque nos cueste.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

 


Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

Las circunstancias que estamos viviendo en estos momentos hace que se intensifiquen los problemas y aflore a la superficie el sufrimiento que viven tantos alrededor nuestro, y que quizá nosotros llevamos también en nuestro interior, en nuestra propia vida. Momentos de llanto, podríamos decir, para muchos cuando nos sentimos agobiados en las necesidades que van apareciendo y que pueden hacernos la vida difícil; momentos de llanto cuando parece que se ha perdido la esperanza, o al menos los horizontes parecen estar preñados de nubarrones negros que nos impiden ver la luz del sol; momentos de llanto de tantos que quizá ven pasar a su lado hermanos insensibles que no son capaces de ver ni de escuchar esas lagrimas y esos llantos lo que hace más dura la soledad.

No es que estos momentos sean únicos, porque siempre la humanidad ha estado marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por el llanto de los que nada tienen o se ven solos, por las angustias de las soledades de los que se ven discriminados por la sociedad. Pero son momentos los actuales que vivimos para hacernos pensar, para tratar de encontrar esa sensibilidad que nos haga mirar con otros ojos en torno nuestro, para tratar de despertar alguna esperanza, para poner nuestra mano que ayude a levantarse a los caídos o a secar las lágrimas de los que lloran.

Y en este cuadro escuchamos hoy las palabras de Jesús, las bienaventuranzas. Unas palabras que algunas veces nos cuesta entender, porque podrían parecer sin sentido, pero son unas palabras que tratan de infundir esperanza, porque un día esos nubarrones negros se correrán y dejarán pasar la luz del sol. Parece una paradoja lo que nos dice Jesús. Pero llama dichosos a los pobres, y a los que lloran, y a los que sufren, y a los que son discriminados por cualquier causa por la sociedad. Y dice Jesús que encontrarán consuelo, que sus lágrimas se secarán y se transformarán en alegría, y que de ellos es el Reino de los cielos.

Es la transformación de la vida que se realiza cuando en verdad queremos y buscamos el Reino de Dios. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento del evangelio. Y es que cuando queremos vivir el Reino de Dios las actitudes y la vida de los hombres se transforma. No es que en nombre de ese Reino de Dios tengamos que aguantarnos en esa pobreza o en ese sufrimiento, sino que todo va a comenzar a ser nuevo porque los hombres cambiaremos y surgirá un mundo nuevo de solidaridad que llenará de una nueva alegría los corazones de los hombres.

Aprenderemos a descubrir valores nuevos incluso en nuestra pobreza y sufrimiento, porque la austeridad de nuestra vida nos hará buscar lo que verdaderamente es importante; ya sabemos cuanta generosidad hay en los que son pobres y cuantos gestos de solidaridad se tienen los unos con los otros. No veremos nunca a un rico poseído de si mismo ser capaz de compartir el perejil con el que está a su lado, pero entre los pobres hasta lo más pequeño que podamos tener nunca lo consideran como suyo propio sino que siempre están dispuestos a ponerlo a disposición de los demás; como los vecinos que comparten el perejil, por poner una imagen.

No es una paradoja de algo que no se puede realizar. Es la paradoja de lo nuevo que puede comenzar a vivirse cuando en verdad optamos por el evangelio del Reino que Jesús nos anuncia. Por eso podemos ser dichosos y felices, porque en nuestros corazones a pesar de las negruras siempre habrá esperanza, porque nuestra confianza de verdad la hemos puesto en el Señor.

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

 


Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

La malicia que en muchas ocasiones se nos mete en el corazón transforma de tal manera nuestros sentimientos, nuestros valores y nuestra manera de ver las cosas que nos puede llegar a hacer decir que es malo aquello que sabemos muy bien que es totalmente bueno.  Son tales los filtros que ponemos en nuestros ojos que hasta lo más luminoso lo enturbiamos.

Quizá la desconfianza que mutuamente nos tenemos hacen que surjan los recelos para ver intenciones ocultas en aquello que hacen los demás; la rivalidad que nos creamos entre unos y otros quizá por nuestra diferente manera de pensar, nuestros diferentes planteamientos nos impide la cordura suficiente para reconocer lo bueno que hacen también aquellos que piensan distinto a nosotros; los resentimientos que mantenemos en nuestro corazón por viejas cosas que un día sucedieron y que crearon barreras entre nosotros nos hará que nunca podamos ver un puente que nos lleve a un nuevo encuentro y siempre estaremos con esos viejos rencores en nuestro corazón que a la larga nos destruyen por dentro.

No es que todos seamos malos y mantengamos esas malicias que así nos destruyen, pero todos nos podemos sentir tentados a actuar de esa manera en algún momento, y por supuesto tenemos que reconocer que hay muchas personas de limpio corazón que actúan siempre sin ningún tipo de maldad. Pero es bueno constatar esas realidades que nos sirvan para precavernos y si en algún momento nos llegan tentaciones semejantes seamos capaces de superarlas.

Hoy nos habla el evangelio de hechos semejantes. Jesús va a la sinagoga, era sábado y allá estaban escribas y fariseos al acecho para ver qué hacía Jesús. Había un hombre enfermo, con una mano paralizada. ¿Lo curaría Jesús siendo sábado en que estaba prohibido todo tipo de trabajo? Y es Jesús el que le pide que se ponga en medio. Y es cuando interpela a aquellos que le estaban acechando. Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

¿Es que podemos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque haya unas normas, puestas quizá con buena intención, pero que con nuestras interpretaciones manipulamos? Es lo que estaba sucediendo con el descanso sabático. El sábado era para el Señor y todo el día tenía que estar dedicado a Dios y a su culto y alabanza. Pero hemos de reconocer que encerraba también otra cosa buena con la obligación del descanso; no se podía convertir el trabajo en una esclavitud, y si no hubiera normas que impusiesen el descanso también podría haber gente que se aprovechara de los pobres para obligarles a trabajar y suprimirles el descanso. Pero llegar a convertir esa norma en algo que nos impidiera incluso hacer el bien no tendría sentido ninguno.

Muchas lecciones podemos, pues, deducir de este texto evangélico donde seamos capaces de ver la valoración de la persona que en todo momento hemos de saber hacer. Nada ni nadie puede esclavizar a la persona, pero en nuestras manipulaciones humanas los que se creen poderosos también con el trabajo pueden manipular y esclavizar a los que nada tienen. Y esto es algo que hoy podemos seguirnos encontrando en nuestras sociedades que decimos tan avanzadas y en que tanto se ha progresado, por ejemplo, en el derecho y respeto de los trabajadores.

Pero está la otra lección desde los aspectos con que comenzamos nuestra reflexión y que vemos reflejados en la actitud de aquellos escribas y fariseos que estaban con la malicia en el corazón al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Purifiquemos nuestro corazón de todo tipo de malicia; tengamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea luz, todo lo que sea bueno de cualquier parte que venga; aprendamos a valorar el bien y eliminemos toda clase de prejuicios que llenan de malicia el corazón.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

 


Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

‘Yo no me meto en la vida de nadie, allá él’, ‘cada uno que se las arregle como pueda, yo tengo bastante con lo mío’… Cosas así escuchamos todos los días, cosas así pensamos nosotros algunas veces. Porque esa tentación a la insolidaridad está muy presente en la vida. Es una manera de entender la vida, o mejor dicho, es una manera de no haber entendido el sentido de la vida.

Creemos que podemos ser felices por nosotros mismos, nosotros solo sin contar con nadie, pero aunque tengamos momentos en que lleguemos a decir que lo pasamos muy bien sin tener que contar con los demás, al final nos damos cuenta que la felicidad no es completa. Querer vivir la vida en soledad, porque nos encerramos en nosotros y no queremos contar con nadie es no haber terminado de entender el sentido de la vida.

Son razones de la más honda humanidad las que nos tendría que hacer encontrar el verdadero sentido de la vida. Y en esto los seguidores de Jesús tendríamos que ser especialistas. Sí, digo bien, especialistas, porque Jesús nos ha dejado el amor a los demás como nuestro distintivo. Y si amamos a los demás, al menos tal como nos amamos a nosotros mismos aunque el amor cristiano tiene una sublimidad mayor porque la imagen del amor la tenemos en el amor que Cristo nos tiene, si amamos a los demás, repito, no podemos aislarnos ni desentendernos de los demás. Es lo que nos quiere decir hoy Jesús.

Nuestro vivir tiene que estar fundamentado en esa comunión de amor; y cuando hay esa comunión de amor todo cuanto afecte al otro me afecta a mí y lo siento como algo mío también. Por eso hoy nos habla Jesús de ayudarnos mutuamente en ese camino de superación que toda persona ha de recorrer; y ayudarnos es estar al lado del hermano en sus luchas y batallas de crecimiento y superación, ayudarnos es hacernos ver las cosas con una visión distinta, porque eso somos capaces de corregirnos mutuamente señalándonos aquello que vemos que tendría que cambiar o que superar; y ayudarnos es ser comprensivos con los demás en sus debilidades tanto que estamos dispuestos siempre a perdonar, porque perdonar es estimular al otro a que se corrija o que haya las cosas bien.

Cuántas oportunidades tenemos cuando hay verdadero amor pero cuando lo hacemos con la humildad de quien se siente débil también y reconoce que tropieza mil veces también en la misma piedra. No es fácil, porque todos tenemos nuestro amor propio y nuestros orgullos; por eso costará aceptar lo que el otro me diga, pero me costará también el acercarme de manera humilde y llena de amor al otro, no para imponer, sino para ayudar;  con qué facilidad afloran nuestras violencias y malos modos en gestos y palabras, en la manera de hacer las cosas para los demás.

Algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros, unos nuevos lazos de comunión que nos hagan vivir en el amor verdadero. Por eso ya nos va previniendo en los distintos momentos del evangelio de que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras relaciones con los demás tienen que ser distintas. Una sinceridad y una autenticidad en la vida, una apertura del corazón a los demás donde nadie puede quedar excluido, por eso nos dirá que tenemos que amar incluso a los enemigos y rezar por los que nos odian o hayan hecho mal. Tendremos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos, de manera que no caben las imposiciones ni las exigencias a los demás creyéndonos ni mejores ni superiores a los otros. Ahí estará nuestra grandeza.

Será grande la preocupación que siente Jesús por los que le siguen para que vivan en la unidad y nada nos distancie ni nos separe, porque sería un contra testimonio contra el amor y la comunión que tenemos que vivir. Por eso nos enseñará a permanecer unidos no simplemente como un recurso psicológico de aquello de que la unión hace la fuerza, sino que la grandeza de nuestra vida estará en esa comunión que vivamos con los demás.

Y nos enseñará que nuestra relación con Dios, que tiene que ser muy personal y auténtica, al mismo tiempo ha de tener también ese sentido de comunión, de modo que cuando nos reunamos y pidamos algo al Padre en su nombre el Padre nos lo concederá. No tendrá nunca sentido que nos atrevemos a llamar a Dios Padre, como  nos enseña en su modelo de oración, si no vivimos en comunión con los demás.

Sí, algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos, donde podremos llamar a Dios Padre porque miramos siempre a los demás como hermanos.

Claro que las preguntas comienzan a rondar en nuestro interior. ¿Será así cómo nosotros amamos? ¿Qué señales de comunión estoy dando cada día porque siento cuanto sucede a los demás como algo mío también? ¿Será esa la imagen de Iglesia que nosotros ofrecemos al mundo?