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jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


martes, 17 de septiembre de 2024

Hemos de saber detenernos ante tantos que van como muertos para tender la mano y decirles como Jesús ‘levántate’, escuchando en nosotros también esa invitación de jesus

 


Hemos de saber detenernos ante tantos que van como muertos para tender la mano y decirles como Jesús ‘levántate’, escuchando en nosotros también esa invitación de jesus

1Corintios 12,12-14.27-31a; Salmo 99; Lucas 7,11-17

Nos habrá sucedido más de una vez; mientras nos desplazamos de un lugar a otro en nuestra ciudad o allí donde hacemos la vida, de pronto nos topamos con un entierro. Una cosa natural, pensamos, porque todos hemos de morir; sin embargo son diversas las reacciones que podemos tener en ese momento; desde el fastidio porque se nos atrasan nuestras carreras al no poder cruzar en aquel momento por donde queríamos ir, o distintos sentimientos y reacciones que nos pueden surgir al encontrarnos con el hecho de la muerte.

Insensibles pasamos de largo, nos quedamos esperando que pase la comitiva, sin mostrar ningún interés como si aquello no fuera con nosotros, no es un pariente, no es una persona conocida o con quien hayamos trabado relaciones en la vida; pero muchos son los sentimientos que pueden aflorar desde compasión para los familiares que vemos tristes en el cortejo, incomodidad en nuestro interior porque nos hace pensar en el fin de nuestra propia vida, y cuando decimos fin nos podemos referir a todas las acepciones que tenga la palabra; lástima quizás no solo por aquellos familiares que están sufriendo la pérdida, sino pensando en el mismo difunto, que puede ser joven o mayor, que puede ser un niño pequeño o un anciano, que haya podido morir de improviso, por un accidente o tras larga enfermedad.

Pero seguro que no nos quedamos tan tranquilos porque a la larga podemos pensar en tantos que estando vivos sin embargo viven como muertos su propia existencia, sin rumbo en la vida y sin ningún sentido que les haga valorar lo que hacen o por lo que luchan, atados a dependencias de todo tipo que terminan viviendo como autómatas pero sin vida propia, personas que viven en la rutina y sin ninguna ilusión sino que simplemente van dejando pasar los días, gentes llenas de amarguras que no saben vivir la vida afrontando las propias realidades y entonces no saben disfrutarla, y así podríamos seguir pensando en tantas situaciones con lo que nos damos cuenta que nos estamos encontrando con demasiados muertos en la vida.

Es bien significativo este pasaje del evangelio con este encuentro de Jesús y los discípulos con aquella comitiva que salía de la ciudad de Naim para enterrar a aquel hijo único de una madre viuda. Mucho podemos ver, pues, tras esta imagen que se nos interpone ante nosotros reflejando aquel hecho en nuestra propia vida. Es como un cristal traslúcido que nos hace ver ambas situaciones interpuestas la una sobre la otra. Es el filtro del evangelio con el que tenemos que ver nuestra vida.

Jesús no pasó de largo, se detuvo e hizo detener también la comitiva. Escasas son las palabras que le oímos pronunciar, ‘no llores’ le dice a la madre, ‘levántate’, le dice el muchacho difunto. Y se levantó y se lo entregó a su madre.

Sigamos escuchando esas palabras de Jesús, ‘no llores’, ‘levántate’. ¿Nos lo estará diciendo a nosotros? Quizás también vamos apenados por la vida ¿conscientes de la muerte que hay en nosotros? ¿Conscientes de la muerte que reina a nuestro alrededor? ¿Llenos quizás de amarguras, de fracasos, de desesperanzas, de pérdidas de ilusión? ¿Solo regodeándonos en nuestro propio dolor, en nuestros fracasos o en la desorientación con que a veces caminamos por la vida?

Pero Jesús está diciendo también ‘levántate’. No nos quedemos envueltos en nuestro dolor, sumidos en nuestras desesperanzas, vacíos en nuestras superficialidades, desorientados en nuestros caminos sin rumbo, llenos de negruras porque solo vemos cosas que nos parecen inalcanzables que nos hacen sentirnos frustrados por no conseguir lo que nos proponemos, dando zigzag de un lago para otro porque no hemos puesto verdaderas metas en la vida.

‘Levántate’, nos está diciendo Jesús. ¿Habremos sabido detenernos a su lado para escuchar su invitación? Pero ¿sabremos detenernos ante tantos lugares de muerte, personas que van en la vida como muertos para tender nuestra mano y decirles también como Jesús ‘levántate’?

domingo, 30 de junio de 2024

Como Jesús tenemos que ser rayos de luz y esperanza, ir despertando a tantos dormidos en la vida, tender la mano a quienes están postrados para levantarlos de la muerte

 


Como Jesús tenemos que ser rayos de luz y esperanza, ir despertando a tantos dormidos en la vida, tender la mano a quienes están postrados para levantarlos de la muerte

 Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2 Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43

‘Despiértate, que parece que estás dormido’, le decimos a alguien y no porque se esté durmiendo donde no debe hacerlo, por ejemplo en su lugar de trabajo, sino porque parece que le falta vida, le falta entusiasmo en aquello que está realizando, como si le faltara vida. Pero, ¿cómo reaccionamos nosotros habitualmente cuando falta la vida?

Y podemos concretar algo más, ¿cómo reaccionamos ante la enfermedad que nos limita, antes las deficiencias físicas o síquicas con que algunas veces tengamos que enfrentarnos en nosotros o en los que nos rodean, como nos enfrentamos al hecho de la muerte? No solo soportamos, se convierte como en una amargura porque queremos vivir y no queremos ninguna limitación; es el amor a la vida que todos llevamos de manera implícita en nuestro propio ser.

Queremos vivir, aunque algunas veces no sepamos cómo; y digo que no sepamos cómo porque muchas veces tenemos conceptos muy distintos en lo que es vivir; y nos podemos confundir, y aunque digamos que estamos buscando la vida, más bien nos encerramos en la muerte; hay muchas formas de estar muerto.

Pudiera parecer que me estoy enrollando de mala manera, pero es algo que en el fondo todos pensamos, aunque saquemos conclusiones diversas y no siempre convergentes. Pero es un ansia que todos llevamos. Y hoy el evangelio nos quiere hacer pensar en todo eso.

Nos habla el evangelio de una niña que está en lecho de muerte, de un padre que desesperado, podemos decir, no sabe a quién acudir y viene a Jesus; y nos habla de que Jesús se pone en camino, aunque parece como si fueran diversos los obstáculos que van apareciendo. Prescindimos de lo que nos cuenta otro evangelista de la mujer que se introduce por medio con sus hemorragias – también carencia de vida al desparramarse la sangre – en el camino de Jesús hasta casa de quien le ha pedido por su hija; pero vendrán decir que la niña ha muerto y ya no hay esperanza; allá están ya las plañideras con sus llantos y lamentaciones.

Jesús sigue el camino que ha emprendido, que es un camino que quiere que nosotros también realicemos; de hecho lo estamos realizando con nuestros miedos y con nuestras dudas, con nuestro dejarnos dormir en tantas cosas que tendrían que ser importantes y dejamos a un lado, con la muerte que vamos dejando entrar en nuestra vida con nuestras desganas, nuestros abandonos y nuestras desconfianzas, nuestros cansancios y aburrimientos, con tantas rupturas de todo tipo que nos van destrozando por dentro; de tantas maneras nos vemos envueltos en un circulo de sombras que parecen fúnebres en nuestra vida.

‘La niña no está muerta, sino dormida’, les dirá jesus a los que ya están haciendo duelo, aunque no lo comprendan e incluso se rían de El. ¿Dirá eso Jesús de nosotros?  Si solo está dormida se podrá despertar. Es un rayo de esperanza el que quiere entrar en aquella casa tan envuelta en sombras lúgrubes, que estaban allí ya desde el primer momento las plañideras.

¿No seremos de alguna manera plañideras de nuestra propia vida en muchas ocasiones? Claro que vienen las dificultades en la vida y los contratiempos, y nosotros lo que hacemos es quejarnos de todo y de todos; pronto queremos echar balones fuera y empezamos a ver culpabilidades; o nos sentimos impotentes e incapaces de levantarnos para comenzar de nuevo y allí donde hay sombras tratar de poner luz; o abandonamos ante la primera dificultad sin intentar buscar solución, encontrar una salida, descubrir otras posibilidades de hacer las cosas. Como se suele decir, muchas veces somos unos quejicas. Y aún más a quien viene a intentar darnos una solución le decimos ya de antemano que las cosas no tienen solución porque está todo perdido.

Jesus siguió adelante, se abrió paso entre aquellos que lo veían todo perdido. Y a Jairo le decía, ‘basta que tengas fe’. ¿Será posible la esperanza cuando parece que todo está perdido? ¿De qué nos puede valer esa fe? Es lo que muchos se siguen preguntando y quizás quieran planteárnoslo si nosotros queremos seguir adelante como Jesus. Jesus cogió de la mano a la niña y la levantó. ‘A ti, te lo digo, levántate’. Y le dijo a los padres que le dieran de comer.

¿Nos dejaremos que nos tomen de la mano para levantarnos de nuestra oscuridad de muerte en la que tantas veces nos vemos envueltos? Quizá no nos hemos dado cuenta ni lo hemos valorado, pero cuántas veces hemos salido de nuestras postraciones, de nuestros malos momentos; cuántas veces hemos comenzado a creer de nuevo que es posible, que se puede cambiar o se puede recomenzar, que las cosas comienzan a tener solución. ¿Habremos pensado en esa mano de Dios que ha llegado a nosotros a través quizás de quien menos pensamos que con una palabra de ánimo nos puso de nuevo en camino? Sepamos tener ojos de fe y vemos a Dios actuando sobre nuestra vida, aunque no lo hayamos sabido siempre agradecer.

Pero decíamos que con Jesús nos hemos puesto en camino porque El siempre nos invita a ir más allá, a ir a la otra orilla, a llegar allí hasta esa cama de postración y de muerte en que se pueden encontrar tantos; como Jesús tenemos que saber ser rayos de luz y de esperanza, como Jesús tenemos que ir despertando a tantos por la vida; como Jesús tenemos que tender la mano a quien está postrado en ese lecho – y no nos dé miedo ni asco dar la mano por mucha que sea la miseria con que nos encontremos – porque tenemos que levantarlos de la muerte y hacerlos ir también al encuentro con la vida.

Pensemos en lo que hoy mismo podemos hacer en este sentido, no lo dejemos para mañana, porque la vida tiene que hacerse más presente en nuestro mundo.


lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

 


Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

Las circunstancias que estamos viviendo en estos momentos hace que se intensifiquen los problemas y aflore a la superficie el sufrimiento que viven tantos alrededor nuestro, y que quizá nosotros llevamos también en nuestro interior, en nuestra propia vida. Momentos de llanto, podríamos decir, para muchos cuando nos sentimos agobiados en las necesidades que van apareciendo y que pueden hacernos la vida difícil; momentos de llanto cuando parece que se ha perdido la esperanza, o al menos los horizontes parecen estar preñados de nubarrones negros que nos impiden ver la luz del sol; momentos de llanto de tantos que quizá ven pasar a su lado hermanos insensibles que no son capaces de ver ni de escuchar esas lagrimas y esos llantos lo que hace más dura la soledad.

No es que estos momentos sean únicos, porque siempre la humanidad ha estado marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por el llanto de los que nada tienen o se ven solos, por las angustias de las soledades de los que se ven discriminados por la sociedad. Pero son momentos los actuales que vivimos para hacernos pensar, para tratar de encontrar esa sensibilidad que nos haga mirar con otros ojos en torno nuestro, para tratar de despertar alguna esperanza, para poner nuestra mano que ayude a levantarse a los caídos o a secar las lágrimas de los que lloran.

Y en este cuadro escuchamos hoy las palabras de Jesús, las bienaventuranzas. Unas palabras que algunas veces nos cuesta entender, porque podrían parecer sin sentido, pero son unas palabras que tratan de infundir esperanza, porque un día esos nubarrones negros se correrán y dejarán pasar la luz del sol. Parece una paradoja lo que nos dice Jesús. Pero llama dichosos a los pobres, y a los que lloran, y a los que sufren, y a los que son discriminados por cualquier causa por la sociedad. Y dice Jesús que encontrarán consuelo, que sus lágrimas se secarán y se transformarán en alegría, y que de ellos es el Reino de los cielos.

Es la transformación de la vida que se realiza cuando en verdad queremos y buscamos el Reino de Dios. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento del evangelio. Y es que cuando queremos vivir el Reino de Dios las actitudes y la vida de los hombres se transforma. No es que en nombre de ese Reino de Dios tengamos que aguantarnos en esa pobreza o en ese sufrimiento, sino que todo va a comenzar a ser nuevo porque los hombres cambiaremos y surgirá un mundo nuevo de solidaridad que llenará de una nueva alegría los corazones de los hombres.

Aprenderemos a descubrir valores nuevos incluso en nuestra pobreza y sufrimiento, porque la austeridad de nuestra vida nos hará buscar lo que verdaderamente es importante; ya sabemos cuanta generosidad hay en los que son pobres y cuantos gestos de solidaridad se tienen los unos con los otros. No veremos nunca a un rico poseído de si mismo ser capaz de compartir el perejil con el que está a su lado, pero entre los pobres hasta lo más pequeño que podamos tener nunca lo consideran como suyo propio sino que siempre están dispuestos a ponerlo a disposición de los demás; como los vecinos que comparten el perejil, por poner una imagen.

No es una paradoja de algo que no se puede realizar. Es la paradoja de lo nuevo que puede comenzar a vivirse cuando en verdad optamos por el evangelio del Reino que Jesús nos anuncia. Por eso podemos ser dichosos y felices, porque en nuestros corazones a pesar de las negruras siempre habrá esperanza, porque nuestra confianza de verdad la hemos puesto en el Señor.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo


Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo

2Macabeos 2, 15.29; Sal 49; Lucas 19, 41-44
Hay momentos y situaciones en las que nos afloran los sentimientos y fácilmente nos brotan las lágrimas de nuestros ojos. Es la emoción ante una alegría grande que nos sobreviene cuando quizá no lo esperábamos, pero será la tristeza que embarga el corazón en momentos difíciles de dolor no solo físico sino muchas veces porque nos duele el alma; puede ser la incomprensión que vemos en los demás por lo que hacemos; aunque no busquemos gratitudes y alabanzas porque en nosotros predomina la gratuidad, sin embargo no apreciamos el fruto de lo que hacemos en la reacción de los otros sino más bien quizá posturas negativas y enfrentamiento.
Es triste la ingratitud y aunque en nuestro corazón haya buenos deseos de perdonar, son cosas sin embargo que nos duelen en el alma. Queramos o no, somos personas sensibles, hay sensibilidad en nuestro espíritu y aunque queramos parecer fríos sin embargo hay sentimientos que afloran sin que lo podamos remediar. De alguna manera en esa lucha interior en que queremos mantener el dominio de nosotros mismos, podemos aparecer también como signos de contradicción.
Jesús era consciente de que era un signo de contradicción. El ofrece su amor e invita a escucharle y a seguirle. No es frío, sin embargo, ante la reacción de ingratitud que pueda encontrar a los demás, aunque sabia muy bien que su camino era un camino de pascua. La gente sencilla se entusiasmaba con El, le escuchaba con agrado y muchos eran los que querían ser sus discípulos. Estaban también los que le rechazaban quizá porque no llegaran a comprender el sentido nuevo de vida que Jesús nos ofrecía, o quizá podían ver en peligro sus situaciones de privilegio.
Ahora caminaba hacia Jerusalén y bien sabía El que caminaba hacia la Pascua y aquella pascua iba a ser bien distinta. No era solo un cordero inmolado como recuerdo de aquella primera pascua de la salida del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, sino que ahora iba a ser la Pascua verdadera, el paso definitivo de Dios que nos ofrecía la salvación eterna, el momento en que el verdadero Cordero Pascual iba a ser inmolado y su sangre seria para nosotros precio de redención eterna. Era la Sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación.
Bajando el monte de los Olivos, contemplando enfrente todo el esplendor de la ciudad santa con la suntuosidad del templo en primer término nos dice el evangelista que Jesús lloró. Una pequeña capilla en la bajada del monte hoy sigue recordándonoslo. Llora Jesús ante aquella ciudad donde ha prodigado sus signos, donde ha enseñado con insistencia la llegada del Reino de Dios y como hay que acogerlo desde lo hondo del corazón, pero siente también el rechazo de tantos y Jesús llora.
No es el temor a lo que aquel rechazo pudiera significar para El en su muerte, porque sabía bien que era el Cordero que había de inmolarse. Era el llanto y el sufrimiento al ver cuantos rechazaban la gracia, la vida nueva que El les ofrecía. Aquel llanto de Jesús, en primer lugar por aquella ciudad santa que un día había de destruirse, era algo más porque trascendía los tiempos y la historia para contemplar a cuantos siguen rechazando la gracia, a cuantos dan la espalda y se hacen oídos sordos para no escuchar la invitación a la gracia, la invitación a la vida.
Esas lágrimas de Jesús llegan hasta el hoy de nuestra vida y de nuestra historia. Porque esas lágrimas hemos de reconocer son por ti y por mí con tantas respuestas negativas que seguimos dando en la historia de nuestra vida. Esas lágrimas son también por el hoy de nuestra sociedad, el hoy de nuestra Iglesia, el hoy de nuestro mundo. ¿Seguiremos siendo insensibles nosotros que esas lágrimas de Jesús no lleguen a mover nuestro corazón?


viernes, 7 de septiembre de 2018

Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir


Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Vernos separados de la persona que amamos nos resulta doloroso; sentimos la añoranza de su presencia, a la mente nos vienen los recuerdos de los momentos hermosos que junto a esa persona vivimos, ansiamos y deseamos estar con ella y en nuestro corazón sentimos el dolor de su ausencia. En muchas ocasiones esa separación se nos hace tan dura que parece que perdemos el gusto o el sentido de todo y nos parece que se nos acaban las ganas de vivir. Sin embargo siempre permanece la esperanza de un nuevo reencuentro y soñamos con los momentos felices que podremos volver a vivir, por eso el dolor de la separación parece que se mitiga en esa esperanza que nos anima y nos hace estar deseando ese nuevo día.
Son experiencias humanas que vivimos en distintos momentos a lo largo de la vida, un viaje, una necesidad de cambiar de residencia, unas obligaciones laborales, u otras circunstancias que se nos pueden hacer más dolorosas y difíciles de sobrellevar que en ocasiones se nos vuelven traumas para el corazón. Son experiencias humanas de las que tenemos que trascendernos porque nos pueden estar hablando también de experiencias del espíritu, experiencias que como creyentes y cristianos podemos vivir.
Son los momentos de gracia que como cristianos podemos vivir cuando sentimos fuertemente la presencia del Señor en nuestro corazón y en nuestra vida que nos dan un sentido muy especial a nuestro vivir. Es el gozo y la alegría que siempre ha de cantar en el corazón del cristiano porque se sabe gozosamente amado y no pierde de vista de ninguna manera esa presencia del Señor en su vida, aunque puedan aparecer humanamente momentos duros por las pruebas o las dificultades que pasemos, por enfermedades o limitaciones que quizá tengamos que soportar, u otros momentos dolorosos de la vida.
Pero el cristiano no pierde nunca la alegría del Espíritu en su corazón. Se sabe amado y se sabe lleno del Espíritu del Señor. No tienen entonces que atormentarse ni buscar por si mismo momentos o situaciones de sufrimiento porque la alegría del Espíritu canta en su corazón. No es fácil en ocasiones, porque pueden ser muchas las tormentas que nos envuelvan, pero vivimos con seguridad, la seguridad y la confianza en el amor del Señor.
El evangelio hoy nos habla de ayunos y sacrificios que le reprochan los fariseos a los discípulos de Jesús porque no hacen. En el sentido con que lo Vivian los fariseos el ayunar era algo así como un luto, porque incluso externamente en su porte así habían de manifestarse cuando ayunaban. Y Jesús les dice que sus discípulos no necesitan de esas apariencias ni tienen que estar con esos duelos, porque los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo lo han de vivir con gozo y alegría. Lejos entonces de los discípulos de Jesús los llantos y los lutos, porque están con Jesús. No olvidemos cuantas veces Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. Y así tienen que estar viviendo, con ese sentido, los discípulos de Jesús el Reino de Dios al que Jesús le está invitando.
Así tenemos que vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir. Vistámonos el traje nuevo de fiesta que ha de vestir siempre el hombre nuevo del Reino de Dios.

jueves, 28 de diciembre de 2017

La sangre de aquellos niños inocentes que hoy celebramos nos ha de comprometer a hacer un mundo nuevo y mejor donde toda vida sea siempre respetada y valorada


La sangre de aquellos niños inocentes que hoy celebramos nos ha de comprometer a hacer un mundo nuevo y mejor donde toda vida sea siempre respetada y valorada

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18

‘Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven’. Es lo que evoca el evangelista recordando al profeta Jeremías. Nos lo ha descrito con todo detalle. Herodes se vio burlado por los Magos de Oriente; no volvieron estos a Jerusalén a dar parte donde habían encontrado el  niño, recién nacido rey de los judíos que venían a adorar; se volvieron por otro camino.
Y como sucede tantas veces, y más cuanto tienen el poder en sus manos, montó en cólera para destruir cuanto pudiera tener referencia a aquello en lo que se había visto burlado. Muerte para todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; muerte para los inocentes como sucede tantas veces. Y aquellos niños se convirtieron en testigos por su sangre derramada; son los primeros mártires por el nombre de quien venía para ser salvador de todos los hombres.
‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ recordamos evocando también hechos antiguos. ‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ pero podríamos evocar también el llanto por tantos inocentes que siguen muriendo en nuestro mundo. Serán las guerras siempre crueles y siempre injustas, y en la retina de nuestros ojos tenemos imágenes de tantas guerras de hoy, de tanta destrucción y de tanta muerte.
Rivalidades, fanatismos incluso religiosos, odio y enfrentamientos entre pueblos y naciones, luchas tribales en lo que simplemente por ser de otra tribu o de otro grupo destruyen a su paso cuanto encuentran. Pensamos en Irak y Siria por tenerlos muy cercanos o recordamos tantos pueblos de Afrecha que se destruyen unos a otros, o pensamos en no hace tanto tiempo muchos lugares latinoamericanos con guerrillas o ejércitos de liberación (?), o más allá en extremo oriente con fanatismos de razas y religiones. Pero es interminable la fila de inocentes en la que entran multitud de niños también.
‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ pero será también aquí donde nos decimos que estamos en nuestra civilizada sociedad donde siguen muriendo tantos y tantos niños inocentes; seguimos viendo quizá niños abandonados a su suerte por nuestras calles o con madres que se aprovechan de su imagen mísera para implorarnos compasión en sus angustias y necesidades; seguimos viendo quizá niños maltratados, o por el contrario niños tan mimados a los que no se les prepara para una vida futura que puede ser dura y que luego creará tremendos dramas en la vida. Pero quizá no oigamos el llanto de las madres que se desprenden de sus hijos aun por nacer invocando no se cuantas razones o sinrazones, pero que quizá llevarán el drama en su interior pero sin querer reconocerlo por haberlos aniquilado con el terrible aborto.
No quiero ponerme trágico en esta reflexión que nos hacemos incluso en este entorno de navidad, pero son algunas de las imágenes que me evoca esta fiesta de los santos inocentes de Belén. Esa sangre inocentemente derramada tendría, sin embargo, que hacernos reflexionar mucho para caer en la cuenta de qué es lo que estamos haciendo de nuestras vidas y de nuestro mundo. Detrás, en el fondo, porque tenemos que contemplar a Jesús, tendríamos que descubrir un mensaje de vida, de esperanza, de compromiso en el amor que el Niño nacido en Belén – hoy lo contemplamos también desplazado, desterrado en tierra extraña que nos evocaría también tantas otras imágenes de nuestro tiempo – nos quiere transmitir.
¿No sentiremos en nosotros el compromiso por construir un mundo mejor, por hacer que todos tengamos una vida más digna, para que valoremos siempre toda vida que es muy importante porque es un don de Dios?

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injustita porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz


Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injusticia porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz

Lucas, 19, 41-44
Cuando hay sensibilidad en el corazón uno sufre dentro de si cuando ve que aquel a quien quiere y aprecia, a pesar de las buenas cosas que le dijimos, sin embargo toma un camino equivocado en la vida y se deja arrastrar por sus debilidades que le conducen a un pozo profundo del que le es difícil salir. Uno quisiera ayudarle, pero quizá no se deja; cuantas veces nos encontramos con personas así obstinadas en sus errores y con dolor en el alma tenemos que respetarle sus decisiones y sus pasos aunque vemos que van camino de su ruina.
Es el dolor de los padres que ven que sus hijos no hacen caso de sus consejos y recomendaciones y les parece que toda aquella buena semilla que sembraron o trataron de sembrar en sus corazones en lugar de buena cosecha les da una cosecha perdida.
Es el dolor de los educadores o de cuantos tienen la misión de enseñar y ayudar que se ven con las manos cortadas porque su tarea parece que se hace infructuosa.
Sin embargo siempre hay que mantener la esperanza de que un día aquella buena semilla haga resurgir de las cenizas una buena planta que recoja en si todo aquello que nosotros quisimos sembrar. No podemos perder la esperanza, porque puede cambiar el corazón del hombre para volver a lo bueno.
El evangelio hoy nos habla de que Jesús llora ante la contemplación de la ciudad de Jerusalén viendo los derroteros por donde camina y que toda aquella belleza que ahora contemplan sus ojos un día se destruirá y no quedará piedra sobre piedra. En la bajada del monte de los Olivos, en el camino que viene del valle del Jordán, enfrente de la colina de la ciudad de Jerusalén hoy hay una pequeña Iglesia que recuerda precisamente ese llanto de Jesús.
Allí Jesús ha realizado milagros, ha enseñado en las explanadas del templo o por las calles de Jerusalén; el ciego de nacimiento de las calles, el paralítico de la piscina probática y tantos otros milagros realizados por Jesús son la muestra de su amor. Pero son los polluelos que rehúsan el calor de la madre que quiere acogerlos bajos sus alas; no han querido escuchar a Jesús y allí están maestros de la ley, ancianos del sanedrín o sumos sacerdotes que le hacen frente y harán todo lo posible por llevarlo a la muerte.
Pero no es la angustia ante su propia pasión y muerte lo que inunda de tristeza su corazón, sino la terquedad de quienes no quieren escucharle y lo que Jesús en su sabiduría divina sabe que le va a pasar a aquella ciudad porque no han reconocido el momento de su venida. Pero Jesús seguirá en medio de ellos y una vez más se dirige a la ciudad santa como tantas veces ha realizado cuando subía a la Pascua o a las otras fiestas judías. Todo buen judío sentía el gozo grande de está allí en aquella ciudad como cantaban cuando se dirigían a ella, ‘qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor…’
Sube Jesús ahora a la pascua que va a ser la pascua definitiva, la pascua de la salvación. Dios está en medio de ellos y con Jesús lleva la vida y la salvación aunque tenga que pasar por la pasión y la muerte. Con esa fe en Jesús nosotros seguimos caminando por la vida y queriendo siempre hacer el bien. Sembraremos la semilla de la paz y del amor, aunque muchas veces la tierra esté llena de espinas y abrojos, pero tenemos la esperanza de que un día esa semilla brotará y florecerá un mundo nuevo. Por eso seguimos sembrando con esperanza.

martes, 18 de abril de 2017

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘¿Por qué lloras? ¿a quien buscas?’ lloramos por desaliento, lloramos por desconsuelo, cuando buscamos y no encontramos, cuando nos agobian los problemas, cuando sentimos la soledad, cuando nos parece que nadie nos entiende, cuando sentimos deseos de cariño y parece que nadie nos tiene en cuenta, cuando el dolor no solo nos mortifica corporalmente sino sobre todo cuando nos duele en el alma, cuando sentimos que nos hacen daño, cuando nos vemos impotentes en la vida para reaccionar, para responder, para hacer aquello que ansiamos, cuando nuestras metas parece que se oscurecen y se alejan… tantas cosas por las que lloramos y no sabemos donde encontrar consuelo, como encontrar respuesta. ‘¿Por qué lloras? ¿A quien buscas?’ Nos cegamos quizás y no encontramos a quien estamos buscando.
¿Por qué lloramos? ¿Lloraremos acaso por el sufrimiento de los hermanos que nos rodean? Abramos los ojos para ver su sufrimiento; no nos insensibilicemos, es nuestro peligro. Es la madre que no tiene un pan que dar a sus hijos; es el enfermo que se ve atenazado en una enfermedad incurable; es el que sufre la violencia de los demás; son los matrimonios rotos y los hijos que parece ya que no son de nadie; son los que sufren incomprensiones, son juzgados y criticados, los que nadie quiere y se sienten discriminados, los que llevan la condena para siempre en sus vidas porque no alcanzan el perdón de los demás; son los que son victimas inocentes de las guerras y violencias que hacemos desde nuestras ambiciones egoístas y terriblemente injustas; los que se sienten engañados y son manipulados por tantas vanidades de la vida; los que sufren por el odio que llevan en su corazón y no son capaces de perdonar para encontrar la paz. ¿Seremos capaces de llorar por nuestro pecado que así se convierte en un mal para los demás y los hace sufrir?
Maria Magdalena lloraba desconsolada a las puertas del sepulcro. Había venido a buscar el cuerpo de Jesús al que habían crucificado tres días antes y el sepulcro estaba vacío. Por mucho que los Ángeles le anunciaran la resurrección de Jesús ella no encontraba consuelo, porque seguía buscando a Jesús en el lugar de los muertos. Lloraba y sus ojos se cegaban porque ni a Jesús supo reconocer en quien le hablaba y pensado que era el encargado del huerto que se había llevado el cuerpo de Jesús a otro lugar, andaba preguntando donde estaba para ella llevárselo consigo. Sus lágrimas, su dolor, la búsqueda de Jesús donde no podía encontrarlo cegaban sus ojos para no descubrirle presente ante ella ahora mismo.
Es cierto que era grande su amor por Jesús, pero incluso el amor le cegaba y no le dejaba razonar para poder encontrar verdaderamente a Jesús. ¿Nos pasara de manera semejante a nosotros desde tantas cosas que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos y en nuestro corazón y al final no sabremos ni buscar ni encontrar a Jesús?
Tenemos que escucharle mas, recordar con todo detalle cuantas cosas nos ha dicho y enseñado de cómo hemos de buscarle para que llegue la luz a nuestros ojos y se ilumine también nuestro corazón. El nos ha señalado bien por donde hemos de encontrarle, en quien hemos de encontrarle, y aunque sean muchas las cosas personales que nos hagan llorar el corazón – no nos quedemos en ellas -, comencemos a ver las lagrimas de los que nos rodean y podremos encontrar a Jesús. Sintamos como nuestro el dolor de los demás, hagamos nuestras sus lágrimas y estaremos sintonizando con Jesús y le podremos encontrar. Es esa la mirada nueva que hemos de aprender a tener contemplando a Cristo resucitado.


jueves, 17 de noviembre de 2016

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44
Cuando tenemos el presentimiento de que algo va a suceder, o podemos prever de una forma cierta algún acontecimiento que quizá no nos sea muy grato, nos llenamos de incertidumbre, en cierto modo las angustias se pueden apoderar de nosotros o lloramos de impotencia al ver que quizá no hemos conseguido aquello por lo que habíamos luchado. Son momentos en cierto modo difíciles, que nos llenan de tristeza, y que tenemos también la tentación del desaliento en medio de nuestras luchas y esfuerzos quizá por conseguir algo mejor no solo para nosotros sino también para los demás.
¿Cómo se sentía Jesús al contemplar la ciudad de Jerusalén a la que llegaba una vez más y contemplaba hermosa ante si desde el bacón del monte de los Olivos? Hemos venido siguiendo el camino de Jesús en su subida a Jerusalén. Una subida que El sabía bien que iba a tener un especial significado; había ido anunciando a sus discípulos todo lo que iba a suceder en cumplimiento de las Escrituras y que se iba a convertir en una pascua muy especial no solo para El sino para toda la humanidad.
Hoy le contemplamos llorando enfrente de la ciudad que contempla desde el monte de los Olivos. Allí está como conmemoración un pequeño templo con un ventanal muy hermoso sobre la ciudad y que se llama así precisamente, ‘Dominus flevit’, donde Jesús lloró. Era el presentimiento de la pascua cercana que iba a ser un verdadero paso de Dios en medio de la historia de la humanidad porque era en verdad un paso salvador. No era solo la tentación de la incertidumbre o del desaliento lo que Jesús podría sentir en aquellos momentos. Eran mucho más las lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa de Jerusalén.
Allí contemplando la ciudad Jesús recuerda cuantas veces ha recorrido sus calles, cuantas veces ha predicado y enseñado en la explanada del templo, cuantas veces se había ido derramando la gracia misericordiosa de Dios sobre ellos con los signos que realizaba, curando enfermos, haciendo caminar a los inválidos o dando la vista a los ciegos. Pero aquella ciudad permanecía en su ceguera, las sombras del rechazo, de la duda, de la indiferencia, de la cobardía seguían entenebreciendo sus vidas. Y Jesús entraría en la ciudad santa para celebrar su Pascua, porque sobre ella y sobre todos los hombres derramaría su sangre salvadora.
Y Jesús llora porque no han sabido ver el paso de Dios en medio de ellos, no han querido escuchar su Palabra y no se han hecho merecedores de la gracia que Dios tan generosamente derramaba sobre ellos. ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos… no reconociste el momento de mi venida…’ Jesús está previendo también la destrucción y la desolación que una vez más arrasará la ciudad santa. Algo bien doloroso para todo judío sería el ver destruida su ciudad. Pero es otra la destrucción que Jesús está viendo en el corazón de aquel pueblo, de aquellas gentes.
Y de nosotros ¿qué podrá decir el Señor? ¿Habremos reconocido el momento de gracia que continuamente nos regala? También nosotros tenemos el peligro de cegarnos y no saber reconocer la presencia del Señor, no saber escuchar esa Palabra que directamente nos dice al corazón a través de tantos medios. No nos podemos quedar en lamentarnos por aquella ciudad que no supo reconocer la presencia de Dios en medio de ellos, sino que tenemos que mirarnos a nosotros. Cuantas señales va dejando el Señor de su paso por nuestra vida, cuantas llamadas nos va haciendo continuamente que no siempre sabemos reconocer y no siempre es buena nuestra respuesta.
Es una llamada nueva que hoy nos hace el Señor. Es una invitación a descubrir la gracia del Señor. Es un toque de atención que hoy nos hace para que seamos capaces de reconocer ese paso salvador de Dios por nuestra vida.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Llora Jesús sobre Jerusalén, ¿llorará también por nosotros?

1Mac. 2, 15-29; Sal. 49; Lc. 19, 41-44
‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad…’ nos dice el evangelista. Cuando tras la dura subida desde Jericó y el valle del Jordán se traspasa el monte de los Olivos es espectacular lo que aparece ante los ojos del peregrino. Hoy mientras descendemos por el monte de los Olivos podemos ir contemplando la ciudad en todo su esplendor. En primer término hoy contemplamos la explanada del templo en la que hoy se levantan las dos mezquitas, una con su cúpula dorada sobre el lugar donde estaba el templo en los tiempos de Jesús.
Para el devoto judío que tanto amaba la ciudad santa de Jerusalén las lágrimas que correrían brotarían de sus ojos y correrían por su rostro querrían expresar la emoción y la alegría por la llegada hasta el monte santo de Jerusalén. ‘Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor’, cantarían con los salmos como lo siguen haciendo hoy los peregrinos que hasta la ciudad santa se acercan; ‘Jerusalén están fundada como ciudad bien compacta, allá suben las tribus, las tribus de Israel’.
Hoy contemplamos llorar a Jesús - en medio del monte de los Olivos hay un pequeño oratorio que recuerda este llanto de Jesús - pero no es solo la emoción del peregrino como veníamos contando, sino es el dolor que Jesús siente en su corazón por todo lo que va a suceder a Jerusalén. ‘Al ver la ciudad dijo llorando: ¡Si al menos tú en este día comprendieras lo que conduce a la paz! Pero no, está escondido a tus ojos…’
Jerusalén, la ciudad de la paz que ese viene a ser el significado de su nombre. Y siendo la ciudad de la paz sin embargo se le anuncia violencia y destrucción y siempre ha estado llena de violencia y carente de paz, a través de los siglos. No es solo lo que pocos años después sucedería y que las palabras de Jesús ahora se convierten en anuncio profético, sino que en cierto modo esa profecía viene como a definir por su violencia la que tendría que ser ciudad de paz.
Violencia que vivieron los profetas a través de todos los tiempos del Antiguo Testamento que fueron no aceptados y rechazados, e incluso muchos de ellos martirizados hasta en el mismo altar del templo, pero que tendrá un momento culminante en la pasión y la muerte de Jesús cuya sangre derramada sería para traernos la reconciliación y la paz. Es el rechazo que también realizan de Jesús al que aunque haya momentos en que los niños y la gente sencilla le aclamen como el que viene en el nombre del Señor, sin embargo esos gritos se convertirán en el rechazo por el que pedirían para El la muerte y la cruz.
‘Porque no reconociste el momento de mi venida’, les dice ahora Jesús. No aceptaron a quien venía a anunciarnos la amnistía y el perdón absoluto para nuestros males y pecados. Rechazaron al que los profetas habían anunciado como Príncipe de la paz; y porque no llenaron sus corazones de buena voluntad para ellos no fue la paz que habían anunciado los ángeles a los pastores ya desde el nacimiento de Jesús.
Allí derramaría Jesús su sangre, entregaría su vida para que por su sangre derramada tuviéramos la seguridad de la Alianza nueva y eterna que nos traería la reconciliación y la paz, derribando los muros que nos separaban, venciendo el odio y el pecado, para regalarnos la vida nueva de la gracia que sí traería paz a nuestros corazones.
Subía ahora Jesús a Jerusalén, estaba a punto de realizar su entrada en la ciudad y en el templo y llora Jesús al contemplar aquella ciudad tan querida para todos; llora ante la belleza del templo que se levantaba soberbio en primer término sabiendo que todo aquello será destruido, ‘no quedaría piedra sobre piedra…’; nunca más se levantaría un templo semejante, pero El sí podía reconstruirlo porque con su muerte y resurrección sería El para siempre ese verdadero templo de Dios, dándonos la posibilidad de que nosotros uniéndonos a El también para siempre con nuestra vida renovada y resucitada pudiéramos cantar la gloria del Señor.

Pero Jesús nos contempla a nosotros que desde nuestro bautismo también hemos de ser esos verdaderos templos de Dios, y ¿lloraría también sobre nosotros y por nosotros? ¿Reconocemos o no el momento de su venida? Llega el Señor a nosotros que ya como en un anticipo tendríamos que ser la nueva Jerusalén, ¿cómo le recibimos? ¿Ansiamos  nosotros de la misma manera alcanzar un día la Jerusalén del cielo para participar para siempre de su gloria y de la vida eterna junto a Dios? Mañana tendremos oportunidad de seguir reflexionando sobre ello.

viernes, 30 de agosto de 2013

Nos lamentamos porque no teníamos las lámparas encendidas…

1Tes. 4, 1-8; Sal. 96; Mt. 25, 1-13
Con qué sensación de desconcierto y hasta de ridículo se queda uno cuando pudo haber conseguido algo, pero por un descuido, por no haberse esforzado lo suficiente quizá, o por alguna otra razón de la que uno se siente culpable, no lo ha conseguido, se ha quedado a las puertas, como se suele decir, con la miel en los labios.
Nos sucede en muchas situaciones de la vida; un examen que pudimos aprobar si hubiéramos aprovechado más el tiempo que tenemos conciencia de que lo perdimos sin ninguna justificación; una meta en algo, ya sea en lo deportivo o ya sea en la carrera de la vida, que no pudimos alcanzar porque preferimos la vida fácil y sin complicaciones y no nos preparamos lo suficiente.
Luego vienen los lamentos y los llantos, echándonos veinte mil culpas cuando ya no tenemos remedio; pudimos haberlo conseguido y no lo logramos; y vienen los propósitos, eso no me volverá a pasar, ya aprendí la lección, pero quizá los errores se siguen repitiendo porque seguimos en nuestro tren de la comodidad y del mínimo esfuerzo.
¿Nos estará reflejando esto, situaciones así, la parábola que acabamos de escuchar? Bien entendemos que la parábola es una bonito lección para muchas situaciones, también en el lado más humano de la vida, por las que podemos pasar. Pero nos está hablando también de nuestra salvación eterna, de nuestra pertenencia y vivencia del Reino de los cielos.
Unas jóvenes, diez doncellas, que lo que tenían que hacer era esperar al novio que llegaba para la boda, pero teniendo bien preparadas las lámparas con las que se iba a iluminar el camino de llegada y se iba a adornar la sala del banquete. Pero ya escuchamos, unas cuantas no fueron lo suficientemente sensatas y no tenían aderezadas debidamente sus lámparas porque no tenían suficiente aceite, combustible, para que las lámparas permanecieran encendidas. Y la puerta se les cerró en sus narices, hablando vulgarmente, y cuando debían de estar dentro en el banquete de bodas, se tuvieron que quedar fuera, por no mantener encendidas sus lámparas. ¿Cómo se sentirían? ¿frustradas? ¿desconcertadas? ¿tirándose de los pelos, como se suele decir? ¿echándose mil culpas por no haber sido previsoras? Pero se quedaron fuera.
Viene el Señor a nuestra vida, y podemos pensar en el momento final de nuestra existencia que nunca sabemos cuando va a suceder; pero viene el Señor a nuestra vida y en cada momento y cualquier situación que vivamos si lo hacemos con fe tendríamos que sentir su presencia. ¿Cómo estamos preparados para ese momento final? ¿cómo está de ardiente nuestra fe para saber descubrir la presencia del Señor que llega a nuestra vida con su gracia?
En muchas ocasiones vivimos adormilados. ‘El esposo tardaba y les entró sueño a todas’, que decía la parábola. Vivimos entretenidos en nuestra vida con nuestras cosas, con nuestras preocupaciones, con la lucha de cada día y no pensamos en esa presencia del Señor que llega a nosotros; ya tendremos tiempo de pensar en ello en otro momento, nos decimos; ahora nos preocupan más otras cosas y las expresiones religiosas y de fe las dejamos para otro momento.
Nos hemos propuesto quizá en la vida irnos superando en muchas cosas en esa tarea ascética de ir purificándonos, creciendo espiritualmente, sintiéndonos fuertes frente a las tentaciones que nos pueden venir porque queremos ser mejores, comportarnos más como cristianos; y quizá nos creemos fuertes, pensamos que ahora no nos va a venir la tentación, dejamos para otro rato ese momento de oración donde sentiríamos esa fuerza del Señor y cuando menos lo pensemos nos encontramos con la prueba y la tentación, y nos dejamos arrastrar, y retrocedemos lo que habíamos avanzado en ese camino de superación porque volvimos con nuestro pecado.
Nos hace falta tener la lámpara encendida y el suficiente aceite que nos alimente en la oración, en la frecuencia de sacramentos, en la reflexión que nos hagamos sobre nuestra vida, en la escucha allá en lo hondo del corazón de la Palabra del Señor. El Señor nos llama, quiere hacerse presente en nuestra vida, tenemos que estar con la fe despierta y el espíritu bien dispuesto.
Luego nos sentimos mal, porque podíamos haber hecho y no hicimos, por desgana o por rutina dejamos de hacer aquella oración de cada día; teníamos en nuestra mano la gracia del Señor pero andábamos preocupados más por otras cosas. Y luego también vienen las lamentaciones, los arrepentimientos y los propósitos. Y el Señor sigue esperándonos, sigue contando con nosotros, sigue regalándonos su gracia. No la echemos en saco roto porque El siempre quiere reconocernos, porque El siempre nos ama con amor eterno.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz…



1Macb. 2, 15-29;

Sal. 49;

Lc. 19, 41-44

Bajando el Monte de los Olivos, hacia la mitad de la ladera, y teniendo enfrente una hermosa panorámica de la ciudad santa de Jerusalén hay una pequeña capilla llamada ‘dominus flevit’, donde Jesús lloró, que nos hace mención a lo escuchado hoy en el evangelio. Lucas nos enmarca el episodio dentro de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ‘Al acercarse Jesús a Jeerusalén y ver la ciudad le dijo llorando: Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz…’

Para todo buen judío acercarse a Jerusalén o contemplarla como se hacía desde el monte de los olivos era motivo de gran orgullo y emoción. Era la belleza de la ciudad por una parte, con la visión del hermoso templo en primer término, pero era todo lo que significaba la ciudad porque en ella estaba el templo del Señor, era la capital de su territorio y así se convertía en un gran emblema para la nación. Sentían orgullo por su ciudad y la amaban profundamente.

Jesús llora por Jerusalén, porque será destruida. ‘Llegará un día en que tus enemigos te rodearán con trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro y no dejarán piedra sobre piedra…’ Esto tendría que producirle un gran dolor en su corazón que tanto amaba aquella ciudad por todo lo que significaba.

Pero el llanto de Jesús es por algo más. ‘Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz’. Había venido quien traía la paz, pero era rechazado. Llegaba la Palabra viva de Dios, pero no era escuchada. Llegaba quien traía la vida, pero preferían la muerte. Llegaba quien era la luz del mundo, pero preferían las tinieblas. Así era rechazado Jesús. ‘Porque no reconociste el momento de mi venida’, terminará diciéndole Jesús cuando anuncia su destrucción.

Pero todo esto es como un ejemplo y una señal para nosotros. Cuando leemos un texto sagrado, cuando escuchamos la Palabra del Señor no nos contentamos con ver lo que podían significar las palabras de Jesús para otros, en este caso para la ciudad de Jerusalén que no lo aceptaba. Escuchamos la Palabra que el Señor nos dice a nosotros. Y nos tendríamos que preguntar si ese llanto de Jesús no será tambien por nosotros.

No respondemos con nuestro amor a tanto amor cómo el Señor nos manifiesta. No siempre le prestamos toda la atención que deberíamos a su Palabra. Muchas veces nos llenamos de violencia y desamor en nuestros gestos y en nuestras palabras y no caminamos los caminos de la paz que tendríamos que caminar. Y están tantas debilidades nuestras que nos merman en nuestra santidad. Somos cobardes en nuestro interior y no damos la cara por el Señor como tendríamos que hacerlo con una vida de testimonio, de amor, de buenas obras. Nos sentimos tentados y preferimos nuestros caminos que nos llevan por el mal antes que seguir y hacer lo que el Señor nos pide.

Por eso sentimos que esas lágrimas de Jesús son también por nosotros. Pero esto tiene que motivarnos a que pongamos más amor cada día en neustra vida. Son lágrimas de gracia que riegan nuestra vida para que nos despertemos a lo bueno. ‘Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz…’ le decía Jesús a la ciudad de Jerusalén. Sintamos que nos lo dice a nosotros para que busquemos siempre esos caminos que nos conducen a la paz; que busquemos a Jesús, que busquemos su Palabra, que busquemos en verdad esa paz que sintamos en nuestro corazón y con la que regalemos a los demás.

Ojalá sintamos en nosotros esa fuerza y esa gracia del Señor que nos mueva a ser cada día mejores. Es lo que tenemos que pedirle al Señor continuamente.