Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta nueva Jerusalén. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nueva Jerusalén. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de noviembre de 2021

Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

 


Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

1Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

No pretendo hacer comparaciones ni paralelismos para sacar conclusiones en el mismo sentido porque realmente tenemos tendencias a los catastrofismos y podemos tener el peligro de ver en los aconteceres de la naturaleza unos castigos de Dios que no tendríamos que ver desde ese sentido.

Estos días hemos contemplado, sobre todo en nuestras islas, aunque el acontecimiento las ha sobrepasado, los efectos del volcán de la Cumbre Vieja en la cercana isla de La Palma. Para mi personalmente me ha sido doloroso contemplar en el vuelo de los drones que nos están trayendo puntual información la destrucción de aquellas poblaciones y de aquellos lugares; trataba de descubrir lugares, conocidos aunque han pasado ya más de cincuenta años, porque aquellos lugares fueron donde estrené mi sacerdocio; muchos recuerdos lejanos en el tiempo pero que ahora se reviven han aflorado dentro de mi por ser ese lugar tan ligado a mi en mis primeros años como sacerdote. Dolor siento en mi corazón al ver todo destruido, lugares donde habité y que recorrí mil veces ejerciendo mi recién estrenado ministerio.

No he podido menos que evocarlo al escuchar lo que nos dice hoy el evangelio. Aunque la visión en cierto modo es distinta – mi visión es recordando el pasado viendo la situación actual - y no podemos sacar las mismas conclusiones es en cierto modo el dolor de Jesús al contemplar la ciudad santa de Jerusalén desde la altura del monte de Los Olivos; quienes en alguna ocasión hemos bajado también por ese monte enfrente de la ciudad de Jerusalén reconocemos la belleza de lo que desde allí se ve hoy, pero de lo que lo contemplarían los ojos de Jesús igual que sus contemporáneos con el templo de Jerusalén en un primer plano de la ciudad.

La visión de Jesús es de futuro porque El viene a anunciar la destrucción de esa hermosa ciudad; es el dolor como buen judío amante de su ciudad y de su templo que vislumbra el horror y destrucción a que se vería sometida la ciudad donde no quedaría piedra sobre piedra.

Se queja Jesús de Jerusalén a la que tanto amaba pero donde sería rechazado y le conduciría a la muerte. Se quebraría la ciudad bajo la destrucción un día, pero la que ahora se resquebrajaba es la vida. Sería la gran muestra, la última muestra de su amor y de su entrega. Era el camino que había emprendido en su subida a Jerusalén desde la lejana Galilea y para lo que había venido preparando a sus discípulos. Las lágrimas de Jesús contemplando ahora la ciudad santa lamentándose por todo lo que había de sucederle era una muestra que podíamos llamar de su amor pero que era el anuncio, un anuncio más, del sufrimiento de su pasión.

Al pie de aquel monte desde el que ahora contemplara la ciudad se iniciará en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos su pasión con el prendimiento. Son los caminos de su subida a Jerusalén donde ya no es solamente la maldad de aquellos que entonces le rechazaron por los que se entrega, sino que se está entregando para derramar su sangre para ser la redención y la salvación de todos los hombres. Las lágrimas de Jesús no se quedan en la ciudad que tiene ante sus ojos sino que serán la entrega de amor que por todos nosotros está haciendo.

Aquella destrucción como aquella muerte forma parte del camino de pascua que para nosotros será salvación. La ruina del hombre por el pecado y la muerte tiene que ser parte del camino de la vida. Es el camino de la Pascua que termina en el triunfo de la vida en la resurrección. Aquella mirada compasiva con una última llamada que está haciendo a su ciudad no está enseñando a nosotros a mirar con ojos nuevos y distintos cuanto nos rodea para que todo sea como un principio de transformación. Una ciudad nueva se levantará sobre la ciudad destruida - la nueva Jerusalén -, como un hombre nuevo ha de surgir por la gracia de ese hombre viejo de pecado que somos nosotros.

Unas lágrimas las de Jesús que nos invitan, sí, al arrepentimiento, pero que nos abren a la esperanza de una nueva vida. Es la fe que tenemos en Jesús que todo lo transforma para hacernos renacer desde las cenizas del pecado y de la muerte a una nueva vida. Pero también tienen que despertar una esperanza en nuestros corazones cuando vemos unas cenizas que todo lo cubren y lo destruyen, pero sabemos que con la fuerza que tenemos en nuestro interior y que nos viene de Dios todo lo podremos rehacer; unas lágrimas que pueden enturbiar nuestros ojos, pero unas lágrimas que tienen que lavarlos y limpiarlos para poder ver con la claridad de la esperanza lo nuevo que podemos hacer resurgir.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Llora Jesús sobre Jerusalén, ¿llorará también por nosotros?

1Mac. 2, 15-29; Sal. 49; Lc. 19, 41-44
‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad…’ nos dice el evangelista. Cuando tras la dura subida desde Jericó y el valle del Jordán se traspasa el monte de los Olivos es espectacular lo que aparece ante los ojos del peregrino. Hoy mientras descendemos por el monte de los Olivos podemos ir contemplando la ciudad en todo su esplendor. En primer término hoy contemplamos la explanada del templo en la que hoy se levantan las dos mezquitas, una con su cúpula dorada sobre el lugar donde estaba el templo en los tiempos de Jesús.
Para el devoto judío que tanto amaba la ciudad santa de Jerusalén las lágrimas que correrían brotarían de sus ojos y correrían por su rostro querrían expresar la emoción y la alegría por la llegada hasta el monte santo de Jerusalén. ‘Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor’, cantarían con los salmos como lo siguen haciendo hoy los peregrinos que hasta la ciudad santa se acercan; ‘Jerusalén están fundada como ciudad bien compacta, allá suben las tribus, las tribus de Israel’.
Hoy contemplamos llorar a Jesús - en medio del monte de los Olivos hay un pequeño oratorio que recuerda este llanto de Jesús - pero no es solo la emoción del peregrino como veníamos contando, sino es el dolor que Jesús siente en su corazón por todo lo que va a suceder a Jerusalén. ‘Al ver la ciudad dijo llorando: ¡Si al menos tú en este día comprendieras lo que conduce a la paz! Pero no, está escondido a tus ojos…’
Jerusalén, la ciudad de la paz que ese viene a ser el significado de su nombre. Y siendo la ciudad de la paz sin embargo se le anuncia violencia y destrucción y siempre ha estado llena de violencia y carente de paz, a través de los siglos. No es solo lo que pocos años después sucedería y que las palabras de Jesús ahora se convierten en anuncio profético, sino que en cierto modo esa profecía viene como a definir por su violencia la que tendría que ser ciudad de paz.
Violencia que vivieron los profetas a través de todos los tiempos del Antiguo Testamento que fueron no aceptados y rechazados, e incluso muchos de ellos martirizados hasta en el mismo altar del templo, pero que tendrá un momento culminante en la pasión y la muerte de Jesús cuya sangre derramada sería para traernos la reconciliación y la paz. Es el rechazo que también realizan de Jesús al que aunque haya momentos en que los niños y la gente sencilla le aclamen como el que viene en el nombre del Señor, sin embargo esos gritos se convertirán en el rechazo por el que pedirían para El la muerte y la cruz.
‘Porque no reconociste el momento de mi venida’, les dice ahora Jesús. No aceptaron a quien venía a anunciarnos la amnistía y el perdón absoluto para nuestros males y pecados. Rechazaron al que los profetas habían anunciado como Príncipe de la paz; y porque no llenaron sus corazones de buena voluntad para ellos no fue la paz que habían anunciado los ángeles a los pastores ya desde el nacimiento de Jesús.
Allí derramaría Jesús su sangre, entregaría su vida para que por su sangre derramada tuviéramos la seguridad de la Alianza nueva y eterna que nos traería la reconciliación y la paz, derribando los muros que nos separaban, venciendo el odio y el pecado, para regalarnos la vida nueva de la gracia que sí traería paz a nuestros corazones.
Subía ahora Jesús a Jerusalén, estaba a punto de realizar su entrada en la ciudad y en el templo y llora Jesús al contemplar aquella ciudad tan querida para todos; llora ante la belleza del templo que se levantaba soberbio en primer término sabiendo que todo aquello será destruido, ‘no quedaría piedra sobre piedra…’; nunca más se levantaría un templo semejante, pero El sí podía reconstruirlo porque con su muerte y resurrección sería El para siempre ese verdadero templo de Dios, dándonos la posibilidad de que nosotros uniéndonos a El también para siempre con nuestra vida renovada y resucitada pudiéramos cantar la gloria del Señor.

Pero Jesús nos contempla a nosotros que desde nuestro bautismo también hemos de ser esos verdaderos templos de Dios, y ¿lloraría también sobre nosotros y por nosotros? ¿Reconocemos o no el momento de su venida? Llega el Señor a nosotros que ya como en un anticipo tendríamos que ser la nueva Jerusalén, ¿cómo le recibimos? ¿Ansiamos  nosotros de la misma manera alcanzar un día la Jerusalén del cielo para participar para siempre de su gloria y de la vida eterna junto a Dios? Mañana tendremos oportunidad de seguir reflexionando sobre ello.

sábado, 1 de diciembre de 2012


Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro

Apoc. 22, 1-7; Sal. 94; Lc. 21, 34-36
‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’. Estamos terminando la lectura del Apocalipsis y ahora nos encontramos con un mensaje semejante al escuchado en los primeros versículos. ‘Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’, nos decía. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, escuchamos de labios de Jesús en el evangelio.
Progresivamente el Espíritu del Señor nos ha ido conduciendo a través del mensaje del Apocalipsis, corrigiéndonos, enseñándonos, dándonos esperanza, anunciandonos que la victoria sobre el mal es posible. En las paginas finales del Apocalipsis se nos habla de ‘un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe’. Se nos compara a la Iglesia con ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se arregla para su esposo’, como tantas veces hemos escuchado y hubiera correspondido escucharlo ayer, si no hubiera sido la fiesta de san Andrés.
Se nos ha descrito la Jerusalén celestial que canta para siempre la gloria del Señor y llenos de esperanza en medio de nuestras luchas y tribulaciones hemos deseado el forma parte un día de ese cortejo celestial de los ciento cuarenta y cuatro mil que cantan en el cielo eternamente la gloria del Señor. Pero nuestra esperanza se ha despertado y engrandecido y tenemos la certeza de que un día así podremos cantar la gloria del Señor.
La creación entera ha sido renovada, el hombre ha sido hecho un hombre nuevo y ya vivimos para siempre el tiempo de la gracia y de la gloria del Señor. Por eso las ultimas páginas de la Biblia, el Apocalipsis es el último libro de la Biblia, conectan con las primeras páginas del Génesis que nos hablaban de la voluntad del Dios de crear al hombre para la dicha y la felicidad. La imagen del paraiso terrenal es la imagen de esa dicha para la que Dios creó al hombre, pero que el hombre con su pecado destruyó y sigue destruyendo.
Por eso ahora en el tiempo de la victoria definitiva del que nos habla el Apocalipsis vuelven a aparecer las mismas imágenes en ese rio de agua viva que atraviesa la ciudad, como atravesaba el jardín del Edén, ese ‘árbol de la vida, que da doce cosechas, una cada mes del año’ como signo de fecundidad y de vida. Ahora han desaparecido las tinieblas, ‘ya no habrá más noche’, y todo será luz y resplandor pero ‘no necesitará ni la luz de lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios irradiará su luz sobre ellos y reinarán por los siglos’.
‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’, será el grito final del Apocalipsis que nosotros hemos repetido con el salmo, es el grito de este momento final del año litúrgico, como será el grito y la súplica que repetiremos ahora en el tiempo de Adviento que vamos a comenzar.
Ven, Señor Jesús, pedimos pensando en ese momento final de la historia en la segunda venida del Hijo del Hombre queriendo que ese encuentro con el Señor que viene sea para la dicha y para la gloria eterna junto a Dios. Ven, Señor, era la súplica llena de esperanza que hacía el pueblo creyente esperando la venida del Mesías Salvador, y que nosotros iremos repitiendo mientras nos preparamos para la celebración de su primera venida en su nacimiento en Belén para nuestra salvación.
Ven, Señor Jesús, será la súplica que vamos a hacer repetidamente durante el tiempo de Adviento que comenzamos, pero que es la súplica que continuamente hacemos al Señor cada día pidiendo que venga a nosotros, que sea nuestra fortaleza y nuestra vida, que nos llene de su gracia y de su salvación para que podamos alcanzar esa victoria final. Porque ese será el verdadero sentido que hemos de darle al tiempo del Adviento que vamos a comenzar a celebrar y vivir. Nos movemos entre su primera venida en la carne para redimirnos y salvarnos y su venida al final de los tiempos para el juicio definitivo de la historia, pero sabiendo y pidiendo cada día que se siga haciendo presente en nuestra vida con su gracia para que podamos vivir con todo sentido su salvación. ‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’.

lunes, 19 de noviembre de 2012


Revelación que Dios ha entregado a Jesucristo…

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5; Sal. 1; Lc. 18, 35-43
‘Esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene suceder pronto’. Así comienza el libro del Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia. Es el libro de la ‘revelación’, porque eso significa realmente la palabra Apocalipsis. Una revelación que conduce al pueblo cristiano en medio de luchas y dificultades, son todas las descripciones que se nos van haciendo a lo largo del Apocalipsis, en una lucha contra el enemigo y el mal hacia el triunfo final en que contemplaremos la nueva Jerusalén, la ciudad santa que bajaba del cielo, que es el trono y la gloria de Dios.
‘Dichosos el que lee y dichosos los que escuchan esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Es la bienaventuranza; es la invitación al gozo en la esperanza. Podemos pasar por momentos oscuros y difíciles pero no nos falta nunca la esperanza. Cuando a finales del siglo primero de la era cristiana Juan escribe el Apocalipsis no le faltan al pueblo cristiano persecuciones y dificultades. Pero se siente seguro en el Señor; sabe que tiene asegurada la victoria. Esta revelación que recibe de Dios a eso le impulsa, a eso le conduce. Será un camino de fidelidad pero será también un camino de purificación.
‘Juan a las siete Iglesias: gracia y paz a vosotros de parte del que es y del que era y viene…’ El Espíritu se va a dirigir a las siete iglesias que representan la Iglesia toda de entonces y de siempre, siempre en tribulación mientras espera al Dios que viene. A cada una de las Iglesias les va a resaltar en aquello que destacan y son fieles, pero también les va a llamar la atención y corregir en lo que pueden ser los fallos y en lo que han de enmendarse. La voz del Espíritu les va a resonar fuerte en los oídos y va a ser una voz que les invita a la purificación.
En el texto que hoy hemos escuchado el Espíritu se dirige a la Iglesia de Éfeso. ‘Conozco tu manera de obrar…’ y le recuerda todo el esfuerzo que va realizando, cómo no quiere casarse con los malvados ni quiere confundirse con los falsos apóstoles descubriendo a los que son embusteros. ‘Eres tenaz, has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga, pero tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero’. No mantiene la intensidad del primer amor que se va enfriando. Es necesario caldear de nuevo el corazón para volver a aquella primera intensidad.
Nos puede decir mucho a nosotros también. Queremos ser buenos, luchamos y nos esforzamos, pero en ocasiones nos puede la debilidad. Queremos ser fieles y queremos hacer siempre el bien, pero nos puede en ocasiones el cansancio y la rutina y se nos enfría el corazón. Como los enamorados que se van acostumbrando a su amor y pierden la frescura y la intensidad del primer amor. Tenemos que recuperarlo. Por eso tenemos que escuchar con atención sin cansarnos ni acostumbrarnos la Palabra de Dios de la que hemos de sentir siempre su novedad para no caer en esa frialdad y rutina.
Por eso aunque a veces nos pueda parecer repetitiva la Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando hemos de hacer el esfuerzo de abrir bien siempre los oídos del corazón para que sea una palabra viva que nos interpele, que nos despierte, que enriquezca nuestra vida, que nos haga sentir la gracia y la fortaleza del Señor.
‘Dichosos el que lee y dichosos los que escuchan esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Que sintamos esa bienaventuranza sobre nosotros porque así escuchemos y le demos importancia a lo que el Señor nos revela. Que el Espíritu venga a nosotros y nos hable también al corazón para dejarnos transformar. Aunque seamos débiles con nosotros estará siempre la fortaleza y la gracia del Señor.

viernes, 9 de noviembre de 2012


Comunión entre los que creemos en Jesús para edificar el templo vivo de Dios

Apc. 21, 1-5; Sal. 45; Jn. 2, 13-22
‘Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’.  Con estas palabras tomadas del libro del Apocalipsis, que luego hemos escuchado también en la proclamación de la Palabra, la liturgia quiere iniciar esta fiesta de la Dedicación de la Iglesia de Letrán. Cuando uno se acerca a esta Basílica de El Salvador, o San Juan de Letrán que de una y otra manera es conocida en Roma, al contemplar la belleza de tan hermoso templo estas imágenes descritas en el Apocalipsis de alguna manera se nos hacen presente en nuestra mente en la, repito, grandiosidad y belleza del lugar.
Alguien quizá podría preguntarse y por esta celebración en el calendario litúrgico de la Iglesia universal si en fin de cuentas es una Iglesia situada en Roma. Hay una razón poderosa, es la catedral del Papa, es la catedral del Roma, sede del Obispo de Roma que al mismo tiempo es Pastor de la Iglesia universal. Se trata, pues, de una reafirmación de nuestra fe apostólica, del sentido eclesial de nuestra fe, y de nuestra comunión con el Papa pero también con toda la Iglesia.
No se trata, pues, de un templo cualquiera, sino que tiene un significado muy especial para toda la Iglesia por los motivos que hemos mencionado. Sin dejar de lado este sentido eclesial de nuestra fe y este sentido apostólico de nuestro Credo, al celebrar la Dedicación de un templo también podríamos hacernos hermosas consideraciones para nosotros que hemos sido también ungidos para ser ese templo del Espíritu y esa morada de Dios que quiere venir a habitar en nosotros, como nos enseña Jesús en el Evangelio.
Por ese camino va, además, el sentido de la liturgia de esta fiesta expresado no solo en la Palabra proclamada sino también en los textos propios de esta fiesta como son las diversas oraciones y también el prefacio. Nos sentimos congregados en el templo construido con piedras, podemos decir, para expresar cómo se ha de manifestar de forma admirable el misterio de la comunión de Dios entre nosotros. Congregados quienes hemos sido convocados en Iglesia nos sentimos unidos, nos sentimos en comunión los que confesamos una misma fe, pero no es una comunión entre nosotros solamente lo que queremos expresar sino también nuestra comunión con Dios.
Por eso cuando aquí nos congregamos vamos haciendo crecer nuestra propia fe y nuestra vida, vamos edificando este templo de Dios que somos nosotros en la medida en que acogemos la Palabra de Dios que aquí se nos proclama y alimentamos nuestra vida cristiana, nuestra fe y nuestro amor, en los sacramentos que aquí en comunión celebramos. ‘En este lugar tú vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’, como proclamamos en el prefacio para expresar lo que aquí venimos a celebrar, el sentido de esta fiesta.
Un templo de Dios somos que hemos de cuidar y hacer resplandecer. Así como nuestros templos materiales donde nos reunimos, como hemos expresado más arriba, los queremos tener limpios y adornados, para que por una parte expresen lo que es el culto que queremos tributar a Dios con toda la mayor y profunda dignidad, así nosotros, verdaderos templos de Dios hemos de estar bien adornados por la virtudes y resplandecientes con la santidad de nuestra vida.
Como decía san Cesáreo de Arlés en una homilía en la dedicación de este templo, ‘debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la Iglesia cuando venimos a ella’. Y prosigue ‘¿deseas encontrar limpia la Basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la Basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea en verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta Iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: habitaré y caminaré con ellos’.
Hermosas consideraciones que nos tendrían que hacer reflexionar mucho. Que la celebración de la dedicación de este templo consagrado al Señor sea una llamada que sintamos en el corazón a la más viva comunión entre los que creemos en Jesús, sea una invitación a la vida de la santidad y de la gracia que no desoigamos, sea un punto de apoyo fuerte para nuestra conciencia de Iglesia, de nuestra pertenencia a la Iglesia universal en comunión con el Papa y con todos los Obispos. 

martes, 24 de agosto de 2010

Doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero


Apc. 21, 9-14;
Sal. 144;
Jn. 1, 45-51

‘Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero’. ¿A qué o a quién se esta refiriendo el Apocalipsis? Es una imagen de la Iglesia ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Bellas imágenes las que nos ofrece el Apocalipsis y que nos presenta la Iglesia en la Palabra de Dios en esta fiesta del apóstol san Bartolomé.
Fiestas profundamente eclesiales que decimos las fiestas de los Apóstoles. Que nos hacen sentir Iglesia; que nos ayudan a comprender mejor donde están las raíces de la Iglesia. ‘Tenía una muralla grande y alta y doce puertas, custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados, los nombres de las tribus de Israel… el muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Cristo es la Roca de nuestra vida, pero quiso fundamentar su Iglesia sobre la piedra de Pedro; pero junto a Pedro está el grupo de los doce, que así se convierten también en esos cimientos y fundamentos de la Iglesia de Jesús. ‘El muro tenía doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero’, que acabamos de escuchar.
Hoy celebramos a uno de esos apóstoles, Bartolomé, el hijo de Timeo, Tholmai o Tolomeo, que viene a significar su nombre, que también identificamos con el Natanael del que nos habla el evangelio de Juan que fue llevado hasta Jesús por Felipe, como hemos escuchado. Poco más sabemos de él que lo que nos dice el evangelio, porque luego lo demás son tradiciones, muchas fundamentadas en los evangelios apócrifos que nos hablan de su predicación en Armenia, en Asia Menor, en Mesopotomia y hasta en Arabia y la India. También nos hablan de su martirio, en el que fue primero desollado y luego decapitado.
Pero lo fundamental para nosotros es que fue uno de los doce, de los apóstoles escogidos y llamados de manera especial por el Señor, como nos narran los evangelistas cuando nos dan el hombre de los doce apóstoles y que no sólo predicó de palabra el Evangelio de Jesús como éste le había encomendado, sino que dio su vida, derramó su sangre por el nombre de Jesús.
Hoy con el Apocalipsis queremos contemplar a esa Iglesia resplandeciente, ‘brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido’. ¿Cómo vemos resplandecer así a nuestra Iglesia? ¿Cómo hemos de hacer resplandecer de esa manera a nuestra Iglesia hoy? Es el resplandor de la santidad de la Iglesia que se manifiesta en sus mejores hijos que son los santos. Es el resplandor, pues, que hemos de dar nosotros con nuestra vida santa. El resplandor de nuestra fe y el resplandor de nuestro amor. Esa santidad a la que hemos de aspirar en todo momento cuando escuchamos el mensaje de fe que nos trasmiten los apóstoles y que llega a nosotros a través del magisterio de la Iglesia. En los apóstoles decimos que nos fundamentamos, se fundamenta la Iglesia y a esa santidad nos tiene que llevar para que así resplandezcamos nosotros también.
Natanael en el evangelio es presentado, y nada menos que por Jesús, como un israelita cabal, ‘un judío de verdad en el cual no hay engaño’; lo que nos está hablando de la rectitud de su vida, de su fe y de su buen hacer. Pero se encontró con Jesús, y aunque al principio le costara sus dudas, sin embargo se dejó cautivar por la Palabra de Jesús para llegar a una hermosa confesión de fe. ‘Rabí, Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’.
Que lleguemos nosotros también a una profunda confesión de fe, que lleguemos nosotros a ese reconocimiento de Jesús como el todo de nuestra vida. Que siguiendo a Jesús plantemos de verdad su Palabra en nuestra vida para dar frutos de santidad. Que vivamos una profunda comunión eclesial porque sintiéndonos iglesia, de verdad nos sintamos hermanos, en comunión total de amor de los unos para con los otros. Así resplandecerá nuestra Iglesia ‘como piedra preciosa, como jaspe traslúcido’ por nuestra santidad y por la santidad de todos los miembros de la Iglesia.

domingo, 2 de mayo de 2010

Compartimos la vida de Cristo resucitado si nos amamos


Hechos, 14, 21-27;
Sal. 144;
Apoc. 21, 1-5;
Jn. 13, 31-35

‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… el primer cielo y la primera tierra han pasado… todo lo hago nuevo…’ Proféticamente nos habla el Apocalipsis de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva y nos está hablando de esa plenitud que en Dios, en el cielo vamos a tener, y a los que continuamos nuestra peregrinación en medio de luchas y debilidades nos llena de esperanza. ‘La ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios…’
Pero proféticamente nos habla el paraíso de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva que ya ahora tenemos que ir viviendo y realizando aunque no lo tengamos en plenitud, porque aún el pecado sigue reinando en nosotros, porque aún el dolor y el sufrimiento no ha desaparecido de todo, porque aún seguimos dejando que haya muerte en nuestra vida. ¿No es eso lo que tenemos que ir construyendo ahora cuando queremos vivir el Reino de Dios? Ese Reino de Dios no puede ser algo lejano y que nos parezca inalcanzable, sino que es algo que quienes creemos en Jesús y seguimos su camino tenemos que ir viviendo ya.
Porque ya vamos viviendo la presencia de Dios entre nosotros, porque somos su pueblo, ese pueblo que El ha rescatado con su sangre y nos ha santificado. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y será su Dios’. ¿No nos recuerda lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’?
Esa ‘ciudad santa que descendía del cielo, esa nueva Jerusalén’ la tenemos que ir logrando, viviendo ya ahora. ‘Dios estará con ellos y será su Dios’. ¡Qué consuelo! Aún nos queda sufrimiento porque, como les decía Pablo a aquellas comunidades de Asia Menor donde había anunciado el evangelio, ‘hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Pero ‘el que estaba sentado en el Trono dijo: Todo lo hago nuevo’. Es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús; es la novedad de esa vida nueva que tenemos que vivir; es esa transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida y en nuestro mundo.
Algunas veces nos pasamos de conservadores porque nos contentamos como vivimos y pensamos que ya nada nuevo puede haber en nosotros. No es la novedad, diríamos de la novelería, sino es la novedad de esa transformación que el Señor con su gracia quiere realizar en nuestro corazón. Y cuando abrimos de verdad nuestro corazón al Señor y a su palabra nos damos cuenta de cuántas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas podemos hacer mejor, en cuántas cosas nos podemos y nos tenemos que santificar.
El Apocalipsis nos habla de esa ‘nueva Jerusalén que descendía del cielo arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. ¿Cuáles son esos adornos y esas joyas? La esposa o la novia se engalana con las joyas que le ha regalado su amor. Lo que ha recibido con amor y por amor, le sirve para adornar y enjoyar su vida para su esposo.
¿Qué nos querrá decir todo esto? Lo podemos tener bien claro. ¿No es la joya más preciosa que podemos tener en nuestra vida todo el amor que Dios nos tiene? No nos extrañe, pues, que lo que nos pida Jesús, que se mandamiento nuevo sea el del amor. Su mandamiento, nuestro distintivo, la imagen más hermosa que podamos dar de nuestra fe en El, la joya más hermosa con que podemos y tenemos que adornar nuestra vida. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros’.
Qué importante lo que nos dice Jesús, lo que nos pide como respuesta de nuestra vida. La más mala imagen que nosotros podamos proyectar de nuestra fe no es que seamos débiles y pecadores, sino que no nos amemos, nuestra desunión, nuestras rencillas y rencores, los desapegos de nuestro corazón, el individualismo en que encerremos nuestra vida; en una palabra nuestra falta de amor. Cualquiera puede comprender que seamos débiles y tengamos muchos tropiezos mientras vamos luchando, lo que es más difícil de comprender es que llevemos el nombre de cristianos y no nos amemos.
Seguimos viviendo la Pascua. Cuidado con que por el hecho de que las semanas van discurriendo y pasan los día, ya veamos la pascua como algo lejano. La Pascua para el cristiano es algo que tenemos que estar viviendo siempre con intensidad. Y ya sabemos la pascua es muerte y resurrección; es un morir al pecado para renacer a una nueva vida.
Y san Juan nos dirá que ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida si nos amamos’. El que no ama permanece en la muerte. Si queremos vivir la pascua tenemos que pasar a la vida, resucitar, en una palabra, amarnos. En consecuencia nuestra vivencia pascual es amarnos. Cuando amamos a los hermanos estamos compartiendo de verdad la vida de Cristo resucitado, porque hemos pasado de la muerte a la vida.
¡De cuántas maneras tenemos que expresar nuestro amor a los demás! En cuántas cosas concretas, en cuantos gestos, en cuantos detalles, en cuánto compromiso se tiene que traducir ese amor, esa pascua en nuestra vida, en ese día a día de nuestra convivencia con los hermanos, en la vida familiar, con aquellas personas de las que estamos rodeados en nuestro trabajo o en nuestra vida social, en el quehacer diario de nuestra comunidad cristiana.
Para concluir esta reflexión quiero resaltar algo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. Después del itinerario realizado en su viaje apostólico, Pablo y Bernabé regresan a la comunidad de ‘Antioquia de donde los habían enviado con la gracia de Dios a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe’. Hermoso cómo la comunidad siente como algo propio todo aquello que se había realizado y dan gracias a Dios por todo ello. Que así sintamos nosotros como propio todo el quehacer de la Iglesia y así también alabemos al Señor.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Iglesia en marcha y comunidad que se construye en comunión

DEDICACION BASILICA SAN JUAN DE LETRÁN
Ez. 47, 1-2.8-9.12
Sal. 45
Jn. 2, 13-22


El día 9 de noviembre litúrgicamente se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Es la Catedral de Roma, la sede del Obispo de Roma y en consecuencia del Papa, Pastor de la Iglesia universal.
La fiesta nos quiere recordar y celebrar la Dedicación, la consagración de este templo, que se le llama el templo madre de toda la cristiandad. Y es al mismo tiempo una celebración profundamente eclesial, no sólo por este aspecto de la consagración de este templo, Iglesia, sino fundamentalmente porque quiere ser un signo de la comunión de todas las Iglesias con la Sede del Papa. Es la comunión necesaria de toda la Iglesia de Jesús, de todos los seguidores de Jesús.
En el marco de esta celebración la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios el texto que hace referencia a la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. ‘El celo de tu casa me devora’, recuerda el evangelista las palabras proféticas para aplicárselas a Jesús en este gesto de querer purificar el templo de Jerusalén de aquel mercado en que se había convertido.
La clave de la comprensión de este texto está en la respuesta de Jesús a los requerimientos de los judíos pidiendo explicación de con qué autoridad hacía aquello. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les responde Jesús. No lo entienden, hablan del tiempo que habían tardado en su reconstrucción en los tiempos de Herodes, que incluso aún no había concluido, pero el evangelista nos dice que ‘él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y dieron fe a la Palabra de Jesús y a la Escritura’. Una clara referencia en principio a su resurrección.
Pero en el marco de esta celebración se nos quiere decir algo más. Hablar de ese cuerpo y de ese templo, es hablar del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, que somos todos nosotros los que creemos en Jesús. Y aquí queremos centrar nuestra reflexión.
La imagen del templo edificio que se construye nos evoca no sólo la materialidad de un edificio material que se construye, sino que nos está hablando de ese templo que somos nosotros y que es la Iglesia.
Como dice uno de los prefacios de la Dedicación de una Iglesia, ‘esta casa visible… donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros…’ Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios. Las mismas palabras lo indican; Iglesia es la convocatoria a un encuentro, los convocados a un encuentro que se encuentran unidos y reunidos; comunidad, ya la misma palabra la indica, los que viven en comunión; pueblo de Dios y familia que siempre implica que muchas se encuentran reunidos y en unidad.
Peregrinos que caminamos unidos; peregrinos hacia la Jerusalén del cielo, somos imagen y anticipo de esa Jerusalén celestial; peregrinos y constructores de esa Iglesia, de ese templo, de esa comunión que necesitamos tener los unos con los otros. ¡Cómo tenemos que cuidar la comunión entre nosotros! No puede faltar si en verdad nos sentimos Iglesia, nos sentimos familia y pueblo de Dios. Una tarea constante que tenemos que realizar. Un empeño y un compromiso, constructores de comunión. De cuántas maneras lo podemos expresar, lo tenemos que expresar en el día a día. Nunca destructores ni demoledores, siempre contribuyendo a la unidad, a la concordia, a la comunión.
Somos Iglesia en marcha, comunidad que se construye, familia que crece, cuerpo que se mantiene unido. Si nos faltara estaríamos destruyendo por la base nuestra fe, nuestro ser cristiano y no habría un auténtico seguimiento de Jesús. Que ese sea nuestro empeño.

lunes, 24 de agosto de 2009

Sentido eclesial y confesión de fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios


Apc. 21, 9-14
Sal. 144
Jn. 1, 45-51



Celebrar la fiesta de los apóstoles siempre nos hace ahondar en el sentido eclesial de nuestra fe. Para el cristiano toda celebración ha de resplandecer siempre por su sentido eclesial. Pero, si cabe, aún más la fiesta de los apóstoles. Nos recuerda el fundamento apostólico de nuestra fe pues que el primer testimonio de la resurrección del Señor de ellos lo hemos recibido.
En esto nos hace ahondar la lectura del Apocalipsis de este día que nos habla ‘de la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Y dicho texto termina hablándonos de ‘los doce basamentos que llevan doce nombres; los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Celebramos hoy a san Bartolomé Apóstol. Con ese nombre aparece en las listas del Colegio Apostólico en los sinópticos y en los Hechos de los Apóstoles, sin embargo Juan nos habla en el texto del evangelio de hoy de Natanael. La tradición de la Iglesia nos los hacen coincidir, Natanael y Bartolomé, en una misma persona.
Reflexionemos en este texto del evangelio que nos propone hoy la liturgia y que podríamos decir nos ofrece la vocación de Natanael y su primera profesión de fe. El hombre honrado y creyente a carta cabal – merece una alabanza de Jesús ‘aquí tenéis un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ – que se deja conducir por Felipe, no sin ciertas reticencias, hasta Jesús.
‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Ya conocemos la respuesta del futuro apóstol. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ Pero Felipe insiste: ‘Ven y lo verás’. Y se fue a conocer a Jesús, quizá con la mosca detrás de la oreja, pero fue.
Hemos hablado de su rectitud y de su condición de creyente, y lo decimos a partir de lo que Jesús le dice, como ya hemos hecho referencia. Algún momento íntimo de fe – tan íntimo que solo Dios podría conocer – habría vivido y que podría ser a lo que se refería Jesús. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví’. Fue suficiente esta referencia para que hiciera toda una hermosa profesión de fe en Cristo como Mesías Salvador, pero también a Jesús como Hijo de Dios. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel’.
¿Qué enseñanza podemos sacar de todo esto para nuestra vida? Aunque algunos tratan de ocultarlo o de minimizarlo creo que de una forma u otra en momentos determinados hemos podido tener alguna experiencia religiosa especial, alguna experiencia de Dios. En la niñez, en los momentos de la catequesis o de la recepción de los sacramentos, en la juventud por alguna circunstancia especial o ya como adultos habrá podido haber un momento de especial fervor, un momento donde sentimos de manera especial la mano de Dios sobre nuestra vida, una Palabra escuchada, unos hechos acaecidos en nuestro entorno que nos han impresionado y que nos han hecho pensar en Dios, en la fe, en algo trascendente, en la verdad de nuestra propia vida.
No podemos echar en saco roto esas experiencias vividas. Dejémonos sorprender y conducir por el Señor que nos habla de mil maneras y vayamos hasta esa proclamación honda de nuestra fe en Jesús. Felipe sirvió de mediación para que Natanael conociera a Jesús. Natanael luego haría su personal y profunda proclamación de fe en Jesús. Es también nuestro camino, dejándonos conducir por aquellas mediaciones que Dios pone a nuestro lado. Pero pensemos que también nosotros podemos hacer la acción de Felipe para los demás, para ayudar a que otros también vayan al encuentro con Jesús.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Cielos nuevos y tierra nueva

Apoc. 20, 1-4.11 -21, 1

Sal. 83

Lc. 21, 29-33

‘Somos un pueblo que camina… buscando otra ciudad…. ciudad de eternidad…’ Es un canto que utilizamos muchas veces en nuestras celebraciones. Hoy nos habla el Apocalipsis de esa ciudad que no termina, de eternidad. ‘Y ví la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’.

Hermosa visión la que nos ofrece hoy Juan en el Apocalipsis. Ha sido derrotado el dragón maligno y enviado al abismo. ‘Agarró al dragón, que es la antigua serpiente, el diablo o satanás, y lo encadenó para mil años…’ Nos recuerda la serpiente del Génesis que tentó a Eva, el diablo tentador que se atrevió a tentar también a Jesús, el maligno que tantas veces nos ha llevado y arrastrado por el camino del pecado.

Llega el momento del juicio universal y la entrada en la gloria. ‘Y ví también unos tronos y en ellos se sentaron los encargados de juzgar…’ Allí estaban en primer lugar los mártires ‘los decapitados por el testimonio de Jesús y el mensaje de Dios… éstos volvieron a la vida y reinaron con Cristo…’ Recordamos lo que ya hemos escuchado: ‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’.

Es el momento de la resurrección final. Es un artículo de nuestra fe. ‘Creo en la resurrección de la carne’, decimos en el Credo. ‘Ví a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono… el mar entregó sus muertos… y todos fueron juzgados según sus obras’.

La hora de la resurrección y la hora del juicio final. ‘Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el registro de los vivos…’ Recordamos lo que escuchamos en el evangelio de Mateo sobre el juicio final. Y sabemos de qué vamos a ser juzgados, qué es lo que nos va a tener en cuenta Jesús. Por eso quienes están escritos en el libro de la vida, porque en verdad hayan llenado su vida de amor que es vida, serán llevados al cielo nuevo y a al tierra nueva, que nos tiene preparado. Quienes hayan llenado su vida de muerte, que no estén inscritos en el libro de la vida ‘serán arrojados al lago de fuego’.

Todo esto no es para el temor, sino para movernos al amor. Para que sintamos dentro de nosotros esos hondos deseos de cielo. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres’, hemos repetido en el salmo. Pero allí también manifestábamos esas ansias y deseos de cielo, de poder contemplar cara a cara Dios, de gozar de su presencia, de iluminarnos con su luz. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo…’

Que un día nosotros podamos ser de los que estemos inscritos en el libro de la vida. Que podamos vivir ese cielo nuevo y esa tierra nueva. Que podamos gozar de la dulzura del Señor. Que podamos con todos los santos en el cielo cantar eternamente la gloria del Señor.

martes, 5 de agosto de 2008

María, imagen de la nueva Jerusalén, morada de Dios entre nosotros

Apc. 21, 1-5
Sal. tomado de Jud. 15, 9-10
Lc. 11, 27-18

‘Tú eres el orgullo de nuestro pueblo’, aclamaba el pueblo de Israel a Judit porque les había dado la victoria contra sus enemigos, y siempre se recordarían las hazañas que el Señor realizó por su mano. Así la liturgia de la Iglesia toma estas palabras para ensalzar y engrandecer a María, como aquellas otras que nos recuerda el evangelio de aquella mujer anónima que en medio de la multitud levantó su voz para ensalzar a la Madre de Jesús. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!’
Hoy la liturgia, en este cinco de agosto, celebra la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. Una de las cuatro Basílicas mayores de la Urbe, y que fue mandada construir por el Papa Sixto III, después de que en un sueño recibiera inspiración divina para construirla. Se le señaló el sitio de la edificación por el lugar que amaneciera nevado el 5 de agosto en el caluroso verano romano. Fue en una de las colinas romanas, el Esquilino, donde se realizó el prodigio y allí se levantó este primer templo en Occidente en honor de María, a la que recientemente el Concilio de Éfeso había reconocido y proclamado como Madre de Dios. De ahí que en este día en muchos lugares se celebre la fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves, como sucede en la Isla de La Palma y otros tantos sitios.
Toda la liturgia de este día es cántico de alabanza a María valiéndose precisamente de lo proclamado en la Palabra de Dios. El libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia en ‘la ciudad santa bajada del cielo, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo... es la morada de Dios entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos’. Triunfo de la Iglesia, morada de Dios, que nos hace presente a Dios, que nos santifica con la presencia de Dios.
Pero la liturgia quiere ver en ellas una figura de María. María es la mejor figura de la Iglesia, porque nos presenta la dignidad más grande a la que somos llamados cuando Dios quiere morar también en nuestro corazón y cuando nos pone en camino de esa santidad que nosotros también hemos de vivir.
¿De quién mejor podemos copiar esa santidad que de María? ¿Quién mejor que María nos puede significar lo que es ser esa morada de Dios, que quiso encarnarse en sus entrañas?
El que no cabía en la inmensidad de toda la creación, del cielo y de la tierra, quiso sin embargo morar en las entrañas de María. ¿Es que acaso el constructor no puede tener la posibilidad de morar en aquella morada que ha construido? Así reflexionaba san Cirilo de Alejandría en su homilía del Concilio de Éfeso que proclamó a María como la Madre de Dios.
Si tomamos las palabras del Antiguo Testamento y las palabras del Apocalipsis para cantar las alabanzas de María, ¡cómo no tomar las palabras de Jesús que también se convierten en una alabanza de su madre en la réplica aquella mujer anónima de la bienaventuranza de María!
‘¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!’ María fue la que escuchó y plantó la Palabra de Dios en su corazón y la puso en práctica. No sólo María prestó, podríamos decir, sus entrañas de mujer y madre para que en ellas se encarnase la Palabra de Dios que quería plantar su tienda entre nosotros y naciese el Hijo de Dios hecho hombre, sino que además fue la que día a día seguía plantando en su corazón todo lo que el Señor le iba manifestando en los acontecimientos de su vida. ‘María guardaba todo esto en su corazón’, nos repite el evangelista Lucas en los hechos de la Infancia de Jesús.
Es lo que tenemos que aprender de María. Morada de Dios, en la que habita Dios, tierra buena donde se sembró cada día la semilla de la Palabra de Dios. Lo fue María y lo tenemos que ser nosotros, imagen de la Iglesia e imagen y espejo en el que tenemos que mirarnos cada uno de nosotros. Ella es imagen y modelo de lo que nosotros tenemos que ser. Ella es Madre que nos hace nacer para esa vida nueva y nos enseña a plantar en nosotros esa semilla que ha de producir fruto al ciento por uno.
Que resplandezca así en nosotros la santidad de María, blanca y pura como la más resplandeciente nieve que refleja los mejores brillos del cielo. Imitando así a María es cómo realmente cantaremos su mejor alabanza.