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sábado, 25 de noviembre de 2017

Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, llenando nuestra vida de trascendencia y de esperanza

Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, llenando nuestra vida de trascendencia y de esperanza

Lucas, 20, 27-40
Nadie ha venido nunca del más allá para contarnos lo que allí hay, hemos escuchado decir a algunos en más de una ocasión. Y no es simplemente una broma que se hace para tratar de hacerse el gracioso o caer bien, sino que en el fondo puede significar una desconfianza, una falta de fe o una pérdida del sentido de trascendencia que en nuestro ser cristiano hemos de dar a nuestra vida.
Hemos de reconocer que por muchas cosas bonitas que digamos a la hora de la muerte de un ser querido o con lo que tratemos de consolar a alguien que está triste por la muerte de un familiar, en el fondo subyace, aunque nos digamos cristianos, aunque digamos muchas misas por nuestros difuntos, una cierta incredulidad en la resurrección.
Quizá ayude a ello las imaginaciones que nos hacemos, de cómo será esa vida, si vamos a vivir de manera semejante a lo que es nuestra vida de ahora y así muchas cosas más. No todos en nuestro entorno creen en la resurrección, aunque cuando recitamos el credo lo decimos de memoria y repetimos esas palabras que hacen referencia a la resurrección y a la vida eterna.
No es fácil hablar de este tema. Entramos en la hondura del misterio donde tenemos que fiarnos de la Palabra de Jesús. De ello nos habla mucho en el evangelio, de cómo quiere que vivamos para siempre en El. Y El tiene vida eterna, y vivir en El es vivir en esa vida eterna que nos llena de plenitud. De muchas maneras nos lo repite en el evangelio.
Hoy se nos habla de las dudas que planteaban los saduceos que por principio doctrinal negaban la resurrección y que vienen con los tiquis miquis de las leyes del Levítico para poner dudas, y para seguir manteniéndose en su negativa a creer en la resurrección.
Jesús les viene a decir que no andemos con imaginaciones de vida a la manera como vivimos corporalmente aquí en la tierra; que es algo distinto, que se entra en otra orbita porque se entra en la órbita de la plenitud de Dios. Y Dios es el Dios de la vida y lo que quiere es darnos vida en plenitud, vida para siempre.
Nos costará entender y nos cuesta explicarnos. Pero toda esa ansia de plenitud que llevamos en nuestro corazón no se puede quedar en nada; aquí en la tierra todo lo bueno y lo mejor que vivir siempre tendrá sus limitaciones, limitado en el tiempo, y limitados porque todo eso bueno se ve manchado por nuestras debilidades y nunca encontraremos el amor perfecto, ni tendremos una paz plena. Pero Dios puede darnos la plenitud de todo eso en la vida eterna que nos tiene reservada, como nos dirá Jesús, el Reino eterno preparado para vosotros desde la creación del mundo.
Aquel paraíso del que nos habla la primera página de la Biblia, donde Dios colocó al hombre en su creación, es imagen de lo que Dios quiere para nosotros. Llegará un momento en que nada ya nos puede manchar porque el mal y la muerte han sido vencidos para siempre. Si aquel paraíso se vio truncado por nuestro pecado – cuantas veces en la vida seguimos truncando, destrozando lo mejor de nosotros mismos cuando dejamos meter en nuestro corazón el egoísmo y el orgullo – sin embargo Cristo ha venido a redimirnos a vencer ese mal y es muerte con su muerte y en su resurrección nos lleva con El, nos hace participes de si vida para siempre.
Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, que son artículos fundamentales de nuestra fe, llenemos nuestra vida de trascendencia y de esperanza.

domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.

martes, 22 de diciembre de 2015

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56

Del cántico de María podemos decir muchas cosas y podríamos darle muchas denominaciones según la lectura que de él hagamos. Es grande su riqueza porque es grande lo que siente María en su interior por lo que no cesa de cantar y alabar a Dios. Hoy quisiera yo llamarlo el cántico de la misericordia.
María canta agradecida a Dios - ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador’ - porque en las maravillas que en ella está realizando se ven cumplidas todas aquellas antiguas promesas de la misericordia de Dios que se iba a derramar sobre la humanidad.
‘Auxilió a… su pueblo acordándose de la misericordia prometida desde antiguo a favor de Abrahán y su descendencia para siempre’. Se cumple lo prometido por Dios desde los albores de la humanidad. Y cuando dice Abrahán y su descendencia está hablando de aquel pueblo creyente que tuvo su origen en Abrahán nuestro padre en la fe.
La promesa de Dios en el paraíso tras el pecado de Adán es una promesa de misericordia. El hombre había pecado porque en su orgullo y soberbia no solo se había querido apartar del camino de Dios sino que había querido erigirse a si mismo en Dios. ‘Seréis como dioses’, le tienta la serpiente. Pero no quiere Dios que el hombre permanezca en la muerte y en el pecado. Habrá una victoria que será la de la misericordia y el perdón. Anuncia aquel linaje de la mujer, aquel hijo de la mujer que un día aplastaría con su pie la cabeza de la serpiente, aunque quisiera herirle en el calcañal. Es la victoria del amor y de la misericordia.
Ha llegado la hora en que se cumplen las promesas de Dios y no solo para aquel pueblo sino para toda la humanidad. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, canta María. Dios en su misericordia se ha fijado en los pequeños y en los pobres, vuelve su rostro sobre todos los que sufren las consecuencias del mal y del pecado en este valle de lágrimas y nos ofrece el paño de su consuelo que va a enjugar todas esas lágrimas porque en su misericordia llega el perdón y la gracia, llega el sentido de una nueva vida con la salvación que Dios nos ofrece y que se derrama en nosotros por el hijo de María, Jesús que salvará a todos de sus pecados. Aquel hijo de María que se está gestando en sus entrañas será nuestra vida y nuestra salvación, será la manifestación gloriosa de la misericordia eterna de Dios.
Todo se va a transformar porque la muerte es derrotada por la vida. Los que viven oprimidos por cualquier tipo de esclavitud van a ser liberados, y los pequeños y los humildes van a ser exaltados mientras dispersa a los soberbios de corazón y derriba del trono a los poderosos. La imagen la tenemos en María, la pequeña, la humilde, la que se considera la última y la esclava pero en quien se están realizando maravillas. ‘El poderoso ha hecho obras grandes en mí’, canta María. Es María la que va a ser causa de alegría para muchos y todos van a felicitarla de generación en generación porque acogió a Dios en su vida de tal manera que en ella Dios se hizo carne para que pudiéramos palpar a Dios, sentirnos inundados por su amor, envueltos en el manto de su misericordia.
Cantemos un cántico de amor al Señor con el cántico de María.

lunes, 27 de mayo de 2013

¿Quién puede salvarse? Con Dios todo lo podemos

Eclesiástico, 17, 20-28; Sal. 31; Mc. 10, 17-27
Después de todo este episodio que nos ha narrado el evangelio - el joven rico que se acerca a Jesús preguntando qué hay que hacer para heredar la vida eterna, su marcha pesaroso porque le parecía mucho lo que Jesús le pedía y los comentarios que hace Jesús sobre lo dificil que es a los ricos entrar en el Reino de los cielos - los discípulos comentan y se preguntan ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’
La salvación, nos preguntamos nosotros, ¿de quién depende? ¿es cosa solo de lo que nosotros podamos hacer? Cuando pensamos así tenemos la respuesta de Jesús: ‘Es imposible para los hombres, no para Dios’. Tenemos que empezar por reconocer que la salvación es un regalo del amor de Dios. Tendremos que dar una respuesta en nuestra vida, pero no es cosa que nosotros nos ganemos por méritos propios. Si fuera así, ¿para qué fue necesario que viniera Jesús?
Fue el  hombre el que se apartó del camino de Dios, como vemos reflejado ya en la primera página de la Biblia. La desobediencia del hombre, el no que el hombre da a Dios es lo que produce la ruptura. Y ante esa ruptura del hombre Dios se adelante ofreciéndonos una salvación, ofreciéndonos un salvador. Es el anuncio que ya allá en el paraiso nos hace Dios y es lo que jalona toda la historia de la salvación.
Cuando queremos hacer las cosas por nuestras fuerzas o por nuestra voluntad nada más como si no necesitáramos de nadie más, no necesitaramos de la gracia del Señor, sabemos como estamos abocados al fracaso; creo que tenemos la experiencia de nuestra debilidad, de cuánto nos cuesta avanzar seriamente en el camino del santidad y del amor porque una y otra vez nos sentimos tentados y nos sentimos sin fuerzas cuando no acudimos a la gracia del Señor.
¿Sería lo que le faltó a aquel joven rico de la página del evangelio? Cuando vio lo que Jesús le proponía y el camino de desprendimiento que habría de realizar en su vida, se sintió muy apegado desde su corazón a todas aquellas cosas que poseía y quizá pensaba que era algo que habría de realizar por si mismo o solo con sus propias fuerzas. Se sintió imposibilitado y esclavo de aquellas cosas en las que había apegado su corazón o que se habían adueñado de su corazón. Era bueno y cumplidor, tenía ansias de vivir algo más para alcanzar a vivir el Reino de Dios, pero quizá pensó que lo podría realizar por si mismo. Dio media vuelta y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Es lo que motivará el comentario de Jesús. ‘¡Qué dificil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!’, ¡qué dificil a los que tienen su corazón apegado a sus cosas, a sus posesiones, a sus sueños, a los caprichitos de su vida! ‘¡Qué dificil es es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!’ Y habla Jesús del camello y del ojo de la aguja para ponernos la comparación de lo que puede parecer imposible de realizar.
Es necesario desprenderse, quitar las jorobas de los apegos del corazón, vivir con un corazón libre de apegos para poder tener disponibilidad para amar, para servir, para ayudar, para compartir; es necesario aprender a olvidarse de si mismo y de sus apegos. Será cómo podremos entender lo que es el Reino de Dios y podremos comenzar a vivirlo con toda intensidad.
Pero eso lo podremos realizar no por nosotros mismos sino si ponemos toda nuestra confianza en el Señor. ‘Es imposible para los hombres,  no para Dios. Dios lo puede todo’. Cuando tenemos a Dios con nosotros podremos; cuando contamos con la fuerza y la gracia del Señor no nos sentiremos derrotados; cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, nos daremos cuenta de cuál es nuestra verdadera riqueza.

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntaban los discípulos. Dios nos ofrece y nos regala su salvación; Dios nos regala su gracia que nos fortalece y que nos libera el alma y el corazón; Dios es nuestra salvación y nuestra fortaleza. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor; pongamos, sí, nuestra voluntad y nuestro deseo, pero poniendo toda nuestra confianza en la gracia del Señor.

sábado, 1 de diciembre de 2012


Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro

Apoc. 22, 1-7; Sal. 94; Lc. 21, 34-36
‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’. Estamos terminando la lectura del Apocalipsis y ahora nos encontramos con un mensaje semejante al escuchado en los primeros versículos. ‘Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’, nos decía. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, escuchamos de labios de Jesús en el evangelio.
Progresivamente el Espíritu del Señor nos ha ido conduciendo a través del mensaje del Apocalipsis, corrigiéndonos, enseñándonos, dándonos esperanza, anunciandonos que la victoria sobre el mal es posible. En las paginas finales del Apocalipsis se nos habla de ‘un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe’. Se nos compara a la Iglesia con ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se arregla para su esposo’, como tantas veces hemos escuchado y hubiera correspondido escucharlo ayer, si no hubiera sido la fiesta de san Andrés.
Se nos ha descrito la Jerusalén celestial que canta para siempre la gloria del Señor y llenos de esperanza en medio de nuestras luchas y tribulaciones hemos deseado el forma parte un día de ese cortejo celestial de los ciento cuarenta y cuatro mil que cantan en el cielo eternamente la gloria del Señor. Pero nuestra esperanza se ha despertado y engrandecido y tenemos la certeza de que un día así podremos cantar la gloria del Señor.
La creación entera ha sido renovada, el hombre ha sido hecho un hombre nuevo y ya vivimos para siempre el tiempo de la gracia y de la gloria del Señor. Por eso las ultimas páginas de la Biblia, el Apocalipsis es el último libro de la Biblia, conectan con las primeras páginas del Génesis que nos hablaban de la voluntad del Dios de crear al hombre para la dicha y la felicidad. La imagen del paraiso terrenal es la imagen de esa dicha para la que Dios creó al hombre, pero que el hombre con su pecado destruyó y sigue destruyendo.
Por eso ahora en el tiempo de la victoria definitiva del que nos habla el Apocalipsis vuelven a aparecer las mismas imágenes en ese rio de agua viva que atraviesa la ciudad, como atravesaba el jardín del Edén, ese ‘árbol de la vida, que da doce cosechas, una cada mes del año’ como signo de fecundidad y de vida. Ahora han desaparecido las tinieblas, ‘ya no habrá más noche’, y todo será luz y resplandor pero ‘no necesitará ni la luz de lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios irradiará su luz sobre ellos y reinarán por los siglos’.
‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’, será el grito final del Apocalipsis que nosotros hemos repetido con el salmo, es el grito de este momento final del año litúrgico, como será el grito y la súplica que repetiremos ahora en el tiempo de Adviento que vamos a comenzar.
Ven, Señor Jesús, pedimos pensando en ese momento final de la historia en la segunda venida del Hijo del Hombre queriendo que ese encuentro con el Señor que viene sea para la dicha y para la gloria eterna junto a Dios. Ven, Señor, era la súplica llena de esperanza que hacía el pueblo creyente esperando la venida del Mesías Salvador, y que nosotros iremos repitiendo mientras nos preparamos para la celebración de su primera venida en su nacimiento en Belén para nuestra salvación.
Ven, Señor Jesús, será la súplica que vamos a hacer repetidamente durante el tiempo de Adviento que comenzamos, pero que es la súplica que continuamente hacemos al Señor cada día pidiendo que venga a nosotros, que sea nuestra fortaleza y nuestra vida, que nos llene de su gracia y de su salvación para que podamos alcanzar esa victoria final. Porque ese será el verdadero sentido que hemos de darle al tiempo del Adviento que vamos a comenzar a celebrar y vivir. Nos movemos entre su primera venida en la carne para redimirnos y salvarnos y su venida al final de los tiempos para el juicio definitivo de la historia, pero sabiendo y pidiendo cada día que se siga haciendo presente en nuestra vida con su gracia para que podamos vivir con todo sentido su salvación. ‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’.

miércoles, 22 de junio de 2011

Aquel día el Señor hizo Alianza con Abrán


Gén. 15, 1-12. 17-18;

Sal. 104;

Mt. 7, 15-20

‘El Señor se acuerda de su Alianza eternamente’, hemos repetido en el salmo. Y en la lectura del Génesis hemos escuchado que ‘aquel día el Señor hizo Alianza con Abrán’.

La historia de la salvación está jalonada toda ella por el tema de la Alianza. Se va repitiendo una y otra vez en la historia del salvación desde que el Señor prometiera allá en el paraiso cuando el pecado de Adán que la cabeza de la serpiente sería escachada. Esa Alianza renovada una y otra vez en la historia de Israel va recordando esa promesa de salvación, manteniendo la esperanza de una Alianza eterna y definitiva que nosotros sabemos que en la Sangre de Jesús se ha realizado. El pueblo de Israel, el pueblo de Dios es el pueblo de la Alianza.

Será con Noé al salir del arca tras el diluvio; es ahora con Abrahán al que Dios quiere hacer padre de un gran pueblo y darle una tierra en posesión; será la Alianza del Sinaí con Moisés que tanta importancia tuvo para el pueblo de Israel peregrino hacia la tierra prometida para ser así el pueblo de Dios; se repetirá al entrar en la tierra prometida con Josué, y luego en distintos momentos del pueblo establecido ya definitivamente en aquella tierra. Todo gira para el pueblo de Israel en torno a la Alianza con el Señor. Y de importancia grande será la Alianza solemne del Sinaí que luego recordarán continuamente y será renovada en numerosas ocasiones.

La Alianza entraña siempre dos partes que se comprometen; es Dios que será para siempre su Dios, pero será el pueblo que querrá ser siempre el pueblo del Señor. Pero quizá podríamos destacar que siempre es mucho más lo que Dios ofrece que lo que el hombre pueda realizar. Es cierto que siempre el hombre y el pueblo se compromete a cumplir la voluntad de Dios, el mandamiento del Señor, pero la gracia que el Señor otorga es siempre mucho más inmensa.

Fijémonos en este caso de la Alianza con Abrahán que responde con su fe, pero la promesa del Señor es mucho más grande: ‘te haré padre de un pueblo numeroso… mira al cielo y cuenta las estrellas si puedes… así será tu descendencia… a tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río’. Y nos comentará el autor sagrado ‘Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber’.

Los profetas irán recordando continuamente al pueblo esa Alianza con el Señor, que han de llevar inscrita en los corazones. Todo será anticipo y preparación de la alianza definitia y eterna que se realizaria con Jesús en su sangre derramada. Es lo que ahora nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía seguimos recordando y celebrando. Es el memorial del Señor que es la Eucaristía. ‘Este es el Cáliz de mi sangre, de la sangre de la Aliana nueva y eterna’, recordamos, celebramos, hacemos presente en el Sacrificio de Cristo.

Bien nos viene recordarlo con toda nuestra fe y dar respuesta en el día a día de nuestra vida. Al escuchar la Palabra del Señor que hoy nos ha hablado de esta Alianza de Abrahán nos tendría que motivar para que viviéramos mejor cada día esa nuestra condición de ser también hijos de la Alianza, de la Alianza nueva y eterna. Al contemplar las maravillas del Señor, en este caso en la predilección que siente por Abrahán a quien ha llamado para ser padre de los creyentes, recordar cuántas maravillas sigue realizando Dios en nuestra vida y darle la respuesta del sí total de nuestra fe y de nuestro amor.

No recordamos estos textos el Antiguo Testamento y los comentamos simplemente por erudición para saber cosas de historia, por así decirlo, sino para encontrar en ellos la palabra que el Señor quiere dirigirnos y que nos recuerda continuamente su amor al que tenemos que darle respuesta. Una respuesta en los frutos de fe y de amor, como hoy nos pide también el evangelio. Tenemos que ser árbol bueno que dé frutos buenos. ‘Por sus frutos los reconoceréis’, nos dice Jesús en el evangelio.

sábado, 12 de febrero de 2011

Una armonía rota por la tentación del maligno y un anuncio de salvación y victoria final


Gén. 3, 9-24;

Sal. 89;

Mc. 8, 1-10

Hemos venido escuchando durante toda esta semana los relatos de la creación que nos trae el Génesis. Finalmente Dios crea al hombre y a la mujer como culminación de todo lo que Dios ha hecho. Todo ha ido hablando de belleza y de armonía por lo que se dice que Dios colocó al hombre y a la mujer que había creado en un jardín, el paraíso terrenal como también lo llamamos. El hombre no creado para la soledad sino para la comunión por eso se habla de la creacion de Adán y de Eva. Una armonía total que Dios quería para todos y así vivía el ser humano en medio de toda aquella bella naturaleza que cultivaba con la fuerza de sus manos, tal como Dios lo había creado a su imagen y semejanza, y rodeado incluso de toda clase de animales.

Pero todo ello se vió truncado por el mal, por la fuerza del maligno que tienta al hombre ofreciéndole otras cosas que venían a romper todo el orden y belleza de la creación que Dios había hecho. La serpiente tienta a Eva ofreciéndole ser como dioses – ‘seréis como dioses’ - y la criatura se deja seducir por la tentación, como siempre que el orgullo y la soberbia se mete por medio en el corazón del hombre que le llevará siempre a rupturas dolorosas consigo mismo y con todo lo que le rodea, que al fin será ruptura con el Creador, ruptura y pecado contra Dios.

La belleza de la inocencia se pierde – ‘se dan cuenta de que están desnudos’ -, comienzan las huídas para no reconocer el vacío que se nos mete por dentro – ‘el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor entre los árboles del jardín’ – y comenzarán también los enfrentamientos, divisiones y acusaciones porque nunca queremos reconocer la parte de nuestra culpa – ‘la mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto y comí… la serpiente me engañó’ -.

Quienes habían sido creados para el encuentro y la comunión – ‘no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien que le ayude’ – terminarán enfrentados y causándose dolor el uno al otro. Así podríamos seguir considerando todas las consecuencias del pecado porque hasta el trabajo se volverá duro para el hombre como si la naturaleza se le hubiera vuelto adversa.

Pero el amor de Dios por su criatura preferida estará por encima de todo ese mal que se ha introducido en el corazón del hombre. Hay una promesa de salvación. llamamos a esta página del Génesis que hoy hemos escuchado como el Protoevangelio, porque es un primer anuncio, un adelanto de esa Buena Nueva de salvación que Dios ofrece al hombre a pesar de su pecado. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tu la hieras en el talón’. Es el anuncio de la futura liberación, promesa que Dios irá repitiendo a través de toda la historia de la salvación, que el pueblo de Israel guardará en su corazón a pesar de sus muchas infidelidades, y que tendrá plena realización en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre que nos traerá la salvación.

Este texto del Génesis está lleno de imágenes, en ese lenguaje parábolico con el que se nos quiere decir tantas cosas. Esa imagen de la serpiente tentadora que lleva al pecado a Eva que viene a significar esa mal que se nos mete en el corazón del hombre, ese diablo tentador que nos quiere apartar del camino del bien, y que va a ser derrotado por el Mesías Salvador – ‘la estirpe de la mujer te herirá en la cabeza’ – será una imagen repetida que aparece con frecuencia en las imágenes que nos hablan de María Inmaculada a quien vemos pisando la cabeza de la serpiente, o en imágenes también de Jesús en la cruz o junto a la cruz aplastando también la cabeza del dragón maligno.

Pero todo ello nos habla de la victoria final de Jesús en su Pascua contra el mal; nos habla entonces también de esa tentación que nosotros hemos de saber vencer, no ya sólo por nuestras fuerzas, sino con la gracia salvadora de Jesús que siempre nos acompaña. Volvemos a repetir aquellas palabras del evangelio tantas veces recordadas, ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Que no caigamos en las redes del pecado, de la tentación, de la muerte, porque estamos llamados a la vida y a la vida feliz que en Dios podemos alcanzar. Mucho tendríamos que decir en este sentido y mucho tendríamos también que orar al Señor.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Allí en medio crecía el árbol de la vida y gritamos ¡Marana tha!

Apoc. 22, 1-7;
Sal. 94;
Lc. 21, 34-36

Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un paraiso donde Dios colocó a Adán; nos lo describe atravesado por un río y en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios al crear al hombre lo quería para la felicidad y la vida aunque el hombre prefiera la muerte al dejar meter el pecado en su corazón.
Ahora en la última página de la Biblia, al finalizar el libro del Apocalipsis al hablarnos de la ‘nueva jerusalén, la ciudad santa, el nuevo cielo y la nueva tierra’ nos la describe también con imágenes semejantes a las del paraiso porque también nos habla de un río que atravesaba la ciudad y de un árbol de la vida. ‘A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía el árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones’.
Ahora todo será vida y será luz. Si en el paraíso el hombre sintió la tentación de ser como Dios, ahora partícipes de la vida de Dios podrá ver a Dios cara a cara. ‘En la ciudad está el trono de Dios y el del Cordero… lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente’. Nos recuerda lo que el mismo Juan nos decía en su primera carta. ‘Somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste seremos semejantes a El y le veremos tal cual es’.
Y todo será luz. Si al principio del evangelio Juan nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no la recibieron, ahora las tinieblas han desaparecido para siempre ‘ya no habrá mas noche, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará la luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos’.
Un último grito se oirá en el Apocalipsis, que hoy hemos repetido como responsorio en el salmo. ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’. Es la súplica repetida en la liturgia de la Iglesia y que si aparece hoy en el último día y la última celebración del año litúrgico, comenzaremos el Adviento, un nuevo año, con esa misma súplica que iremos repitiendo en todo el Adviento. ‘Ven, Señor Jesús’.
Pero es la súplica de la Iglesia también en cada Eucaristía. Cuando celebramos la Pascua, cuando hacemos presente sobre el altar todo el sacrificio de Cristo de forma incruenta, también será esa nuestra suplica. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’. Es que ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Es la esperanza que nos mueve a la vigilancia y a la atención. ‘Mientras esperamos su venida gloriosa…’ Es la esperanza y la vigilancia que nos hace estar despiertos y atentos. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza…’ nos decía Jesús en el evangelio. ‘Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Terminamos un año litúrgico para comenzar ya con las primeras vísperas de hoy un nuevo ciclo litúrgico al iniciar el Adviento que nos prepara para la navidad. No sólo vamos a celebrar su primera venida en la carne, sino que vivimos en la esperanza de su segunda venida gloriosa y en plenitud. ‘Cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar’ como vamos a decir en el prefacio del Adviento. Por eso ahora pedimos, suplicamos, gritamos ‘¡Marana Tha! Ven, Señor Jesús’

sábado, 29 de noviembre de 2008

Dios nos ha preparado una felicidad eterna en los cielos

Apoc. 22, 1-7

Sal. 94

Lc. 21. 34-36

Dios nos ha creado para la felicidad. Y quiere para nosotros una dicha y una felicidad eterna, sin fin. Nos tiene reservado un cielo nuevo y una tierra nueva de dicha y de felicidad junto a El.

Pero esa voluntad de Dios la encontramos desde las primera página de la Biblia cuando nos habla de la creación y de la creación del ser humano. ‘Luego Dios plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Y puso en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Del Edén salía un río que lo regaba…’ Así se expresa la primera página de la Biblia para decirnos en tan bellas imágenes el deseo de Dios de la felicidad del hombre.

Ahora en la última página de la Biblia encontramos una descripción semejante para hablarnos de ese cielo nuevo que tiene reservado para el hombre. De esa dicha y felicidad eterna que Dios quiere para el hombre que ha creado y ha redimido. ‘El ángel del Señor me mostró a mí, Juan, el río de agua viva, luciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En la mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Allí ya no habrá nada maldito… ya no habrá más noche ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos’.

Es la descripción rica en imágenes de la felicidad eterna de ver a Dios cara a cara. ‘Lo verán cara a cara’, dice el Apocalipsis. ‘Lo veremos tal cual es’, nos dirá san Juan en sus cartas. Los vencedores, los que formarán parte de ese cortejo celestial, los que están marcados en la frente con la señal de la sangre del Cordero, podrán contemplar a Dios, podrán gozar de la dicha de la visión de Dios por toda la eternidad y por toda la eternidad cantarán el cántico nuevo de la alabanza al Señor.

Queremos llegar a esa dicha y a esa felicidad. Ahora nos toca seguir caminando en este mundo pero en la fidelidad al Señor. Pedimos al Señor, como termina el Apocalipsis, ‘Marana Tha, ven Señor Jesús’. Que gocemos ya anticipadamente de su presencia y de su gracia que nos fortalezca en nuestro camino.

El evangelio de hoy nos previene para que estemos preparados. ‘Tened cuidado…’, nos dice Jesús. Hay muchas cosas que se pueden apegar a nuestro corazón, muchas pasiones que se desbordan, muchas cosas que nos pueden esclavizar. ‘Tened cuidado… no se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

Esperanza y vigilancia. Atención para no dejarnos enrollar por la tentación y el pecado. Cuidado para vivir santamente de manera que un día podamos gozar de la visión de Dios y cantar eternamente sus alabanzas.