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sábado, 25 de noviembre de 2017
Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, llenando nuestra vida de trascendencia y de esperanza
domingo, 20 de marzo de 2016
Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección
Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección
martes, 22 de diciembre de 2015
Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia
Cantemos un cántico de amor a Dios que derrama su misericordia sobre nosotros con el cántico de María que es el cántico de la misericordia
1Samuel
1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56
lunes, 27 de mayo de 2013
¿Quién puede salvarse? Con Dios todo lo podemos
sábado, 1 de diciembre de 2012
Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro
miércoles, 22 de junio de 2011
Aquel día el Señor hizo Alianza con Abrán
Gén. 15, 1-12. 17-18;
Sal. 104;
Mt. 7, 15-20
‘El Señor se acuerda de su Alianza eternamente’, hemos repetido en el salmo. Y en la lectura del Génesis hemos escuchado que ‘aquel día el Señor hizo Alianza con Abrán’.
La historia de la salvación está jalonada toda ella por el tema de la Alianza. Se va repitiendo una y otra vez en la historia del salvación desde que el Señor prometiera allá en el paraiso cuando el pecado de Adán que la cabeza de la serpiente sería escachada. Esa Alianza renovada una y otra vez en la historia de Israel va recordando esa promesa de salvación, manteniendo la esperanza de una Alianza eterna y definitiva que nosotros sabemos que en la Sangre de Jesús se ha realizado. El pueblo de Israel, el pueblo de Dios es el pueblo de la Alianza.
Será con Noé al salir del arca tras el diluvio; es ahora con Abrahán al que Dios quiere hacer padre de un gran pueblo y darle una tierra en posesión; será la Alianza del Sinaí con Moisés que tanta importancia tuvo para el pueblo de Israel peregrino hacia la tierra prometida para ser así el pueblo de Dios; se repetirá al entrar en la tierra prometida con Josué, y luego en distintos momentos del pueblo establecido ya definitivamente en aquella tierra. Todo gira para el pueblo de Israel en torno a la Alianza con el Señor. Y de importancia grande será la Alianza solemne del Sinaí que luego recordarán continuamente y será renovada en numerosas ocasiones.
La Alianza entraña siempre dos partes que se comprometen; es Dios que será para siempre su Dios, pero será el pueblo que querrá ser siempre el pueblo del Señor. Pero quizá podríamos destacar que siempre es mucho más lo que Dios ofrece que lo que el hombre pueda realizar. Es cierto que siempre el hombre y el pueblo se compromete a cumplir la voluntad de Dios, el mandamiento del Señor, pero la gracia que el Señor otorga es siempre mucho más inmensa.
Fijémonos en este caso de la Alianza con Abrahán que responde con su fe, pero la promesa del Señor es mucho más grande: ‘te haré padre de un pueblo numeroso… mira al cielo y cuenta las estrellas si puedes… así será tu descendencia… a tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río’. Y nos comentará el autor sagrado ‘Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber’.
Los profetas irán recordando continuamente al pueblo esa Alianza con el Señor, que han de llevar inscrita en los corazones. Todo será anticipo y preparación de la alianza definitia y eterna que se realizaria con Jesús en su sangre derramada. Es lo que ahora nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía seguimos recordando y celebrando. Es el memorial del Señor que es la Eucaristía. ‘Este es el Cáliz de mi sangre, de la sangre de la Aliana nueva y eterna’, recordamos, celebramos, hacemos presente en el Sacrificio de Cristo.
Bien nos viene recordarlo con toda nuestra fe y dar respuesta en el día a día de nuestra vida. Al escuchar la Palabra del Señor que hoy nos ha hablado de esta Alianza de Abrahán nos tendría que motivar para que viviéramos mejor cada día esa nuestra condición de ser también hijos de la Alianza, de la Alianza nueva y eterna. Al contemplar las maravillas del Señor, en este caso en la predilección que siente por Abrahán a quien ha llamado para ser padre de los creyentes, recordar cuántas maravillas sigue realizando Dios en nuestra vida y darle la respuesta del sí total de nuestra fe y de nuestro amor.
No recordamos estos textos el Antiguo Testamento y los comentamos simplemente por erudición para saber cosas de historia, por así decirlo, sino para encontrar en ellos la palabra que el Señor quiere dirigirnos y que nos recuerda continuamente su amor al que tenemos que darle respuesta. Una respuesta en los frutos de fe y de amor, como hoy nos pide también el evangelio. Tenemos que ser árbol bueno que dé frutos buenos. ‘Por sus frutos los reconoceréis’, nos dice Jesús en el evangelio.
sábado, 12 de febrero de 2011
Una armonía rota por la tentación del maligno y un anuncio de salvación y victoria final

Gén. 3, 9-24;
Sal. 89;
Mc. 8, 1-10
Hemos venido escuchando durante toda esta semana los relatos de la creación que nos trae el Génesis. Finalmente Dios crea al hombre y a la mujer como culminación de todo lo que Dios ha hecho. Todo ha ido hablando de belleza y de armonía por lo que se dice que Dios colocó al hombre y a la mujer que había creado en un jardín, el paraíso terrenal como también lo llamamos. El hombre no creado para la soledad sino para la comunión por eso se habla de la creacion de Adán y de Eva. Una armonía total que Dios quería para todos y así vivía el ser humano en medio de toda aquella bella naturaleza que cultivaba con la fuerza de sus manos, tal como Dios lo había creado a su imagen y semejanza, y rodeado incluso de toda clase de animales.
Pero todo ello se vió truncado por el mal, por la fuerza del maligno que tienta al hombre ofreciéndole otras cosas que venían a romper todo el orden y belleza de la creación que Dios había hecho. La serpiente tienta a Eva ofreciéndole ser como dioses – ‘seréis como dioses’ - y la criatura se deja seducir por la tentación, como siempre que el orgullo y la soberbia se mete por medio en el corazón del hombre que le llevará siempre a rupturas dolorosas consigo mismo y con todo lo que le rodea, que al fin será ruptura con el Creador, ruptura y pecado contra Dios.
La belleza de la inocencia se pierde – ‘se dan cuenta de que están desnudos’ -, comienzan las huídas para no reconocer el vacío que se nos mete por dentro – ‘el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor entre los árboles del jardín’ – y comenzarán también los enfrentamientos, divisiones y acusaciones porque nunca queremos reconocer la parte de nuestra culpa – ‘la mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto y comí… la serpiente me engañó’ -.
Quienes habían sido creados para el encuentro y la comunión – ‘no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien que le ayude’ – terminarán enfrentados y causándose dolor el uno al otro. Así podríamos seguir considerando todas las consecuencias del pecado porque hasta el trabajo se volverá duro para el hombre como si la naturaleza se le hubiera vuelto adversa.
Pero el amor de Dios por su criatura preferida estará por encima de todo ese mal que se ha introducido en el corazón del hombre. Hay una promesa de salvación. llamamos a esta página del Génesis que hoy hemos escuchado como el Protoevangelio, porque es un primer anuncio, un adelanto de esa Buena Nueva de salvación que Dios ofrece al hombre a pesar de su pecado. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tu la hieras en el talón’. Es el anuncio de la futura liberación, promesa que Dios irá repitiendo a través de toda la historia de la salvación, que el pueblo de Israel guardará en su corazón a pesar de sus muchas infidelidades, y que tendrá plena realización en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre que nos traerá la salvación.
Este texto del Génesis está lleno de imágenes, en ese lenguaje parábolico con el que se nos quiere decir tantas cosas. Esa imagen de la serpiente tentadora que lleva al pecado a Eva que viene a significar esa mal que se nos mete en el corazón del hombre, ese diablo tentador que nos quiere apartar del camino del bien, y que va a ser derrotado por el Mesías Salvador – ‘la estirpe de la mujer te herirá en la cabeza’ – será una imagen repetida que aparece con frecuencia en las imágenes que nos hablan de María Inmaculada a quien vemos pisando la cabeza de la serpiente, o en imágenes también de Jesús en la cruz o junto a la cruz aplastando también la cabeza del dragón maligno.
Pero todo ello nos habla de la victoria final de Jesús en su Pascua contra el mal; nos habla entonces también de esa tentación que nosotros hemos de saber vencer, no ya sólo por nuestras fuerzas, sino con la gracia salvadora de Jesús que siempre nos acompaña. Volvemos a repetir aquellas palabras del evangelio tantas veces recordadas, ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Que no caigamos en las redes del pecado, de la tentación, de la muerte, porque estamos llamados a la vida y a la vida feliz que en Dios podemos alcanzar. Mucho tendríamos que decir en este sentido y mucho tendríamos también que orar al Señor.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Allí en medio crecía el árbol de la vida y gritamos ¡Marana tha!
Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un paraiso donde Dios colocó a Adán; nos lo describe atravesado por un río y en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios al crear al hombre lo quería para la felicidad y la vida aunque el hombre prefiera la muerte al dejar meter el pecado en su corazón.
Ahora en la última página de la Biblia, al finalizar el libro del Apocalipsis al hablarnos de la ‘nueva jerusalén, la ciudad santa, el nuevo cielo y la nueva tierra’ nos la describe también con imágenes semejantes a las del paraiso porque también nos habla de un río que atravesaba la ciudad y de un árbol de la vida. ‘A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía el árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones’.
Ahora todo será vida y será luz. Si en el paraíso el hombre sintió la tentación de ser como Dios, ahora partícipes de la vida de Dios podrá ver a Dios cara a cara. ‘En la ciudad está el trono de Dios y el del Cordero… lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente’. Nos recuerda lo que el mismo Juan nos decía en su primera carta. ‘Somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste seremos semejantes a El y le veremos tal cual es’.
Y todo será luz. Si al principio del evangelio Juan nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no la recibieron, ahora las tinieblas han desaparecido para siempre ‘ya no habrá mas noche, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará la luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos’.
Un último grito se oirá en el Apocalipsis, que hoy hemos repetido como responsorio en el salmo. ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’. Es la súplica repetida en la liturgia de la Iglesia y que si aparece hoy en el último día y la última celebración del año litúrgico, comenzaremos el Adviento, un nuevo año, con esa misma súplica que iremos repitiendo en todo el Adviento. ‘Ven, Señor Jesús’.
Pero es la súplica de la Iglesia también en cada Eucaristía. Cuando celebramos la Pascua, cuando hacemos presente sobre el altar todo el sacrificio de Cristo de forma incruenta, también será esa nuestra suplica. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’. Es que ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Es la esperanza que nos mueve a la vigilancia y a la atención. ‘Mientras esperamos su venida gloriosa…’ Es la esperanza y la vigilancia que nos hace estar despiertos y atentos. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza…’ nos decía Jesús en el evangelio. ‘Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Terminamos un año litúrgico para comenzar ya con las primeras vísperas de hoy un nuevo ciclo litúrgico al iniciar el Adviento que nos prepara para la navidad. No sólo vamos a celebrar su primera venida en la carne, sino que vivimos en la esperanza de su segunda venida gloriosa y en plenitud. ‘Cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar’ como vamos a decir en el prefacio del Adviento. Por eso ahora pedimos, suplicamos, gritamos ‘¡Marana Tha! Ven, Señor Jesús’
sábado, 29 de noviembre de 2008
Dios nos ha preparado una felicidad eterna en los cielos
Apoc. 22, 1-7
Sal. 94
Lc. 21. 34-36
Dios nos ha creado para la felicidad. Y quiere para nosotros una dicha y una felicidad eterna, sin fin. Nos tiene reservado un cielo nuevo y una tierra nueva de dicha y de felicidad junto a El.
Pero esa voluntad de Dios la encontramos desde las primera página de la Biblia cuando nos habla de la creación y de la creación del ser humano. ‘Luego Dios plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Y puso en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Del Edén salía un río que lo regaba…’ Así se expresa la primera página de la Biblia para decirnos en tan bellas imágenes el deseo de Dios de la felicidad del hombre.
Ahora en la última página de la Biblia encontramos una descripción semejante para hablarnos de ese cielo nuevo que tiene reservado para el hombre. De esa dicha y felicidad eterna que Dios quiere para el hombre que ha creado y ha redimido. ‘El ángel del Señor me mostró a mí, Juan, el río de agua viva, luciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En la mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Allí ya no habrá nada maldito… ya no habrá más noche ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos’.
Es la descripción rica en imágenes de la felicidad eterna de ver a Dios cara a cara. ‘Lo verán cara a cara’, dice el Apocalipsis. ‘Lo veremos tal cual es’, nos dirá san Juan en sus cartas. Los vencedores, los que formarán parte de ese cortejo celestial, los que están marcados en la frente con la señal de la sangre del Cordero, podrán contemplar a Dios, podrán gozar de la dicha de la visión de Dios por toda la eternidad y por toda la eternidad cantarán el cántico nuevo de la alabanza al Señor.
Queremos llegar a esa dicha y a esa felicidad. Ahora nos toca seguir caminando en este mundo pero en la fidelidad al Señor. Pedimos al Señor, como termina el Apocalipsis, ‘Marana Tha, ven Señor Jesús’. Que gocemos ya anticipadamente de su presencia y de su gracia que nos fortalezca en nuestro camino.
El evangelio de hoy nos previene para que estemos preparados. ‘Tened cuidado…’, nos dice Jesús. Hay muchas cosas que se pueden apegar a nuestro corazón, muchas pasiones que se desbordan, muchas cosas que nos pueden esclavizar. ‘Tened cuidado… no se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Esperanza y vigilancia. Atención para no dejarnos enrollar por la tentación y el pecado. Cuidado para vivir santamente de manera que un día podamos gozar de la visión de Dios y cantar eternamente sus alabanzas.


