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domingo, 13 de abril de 2025

Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

 


Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

¿Podríamos decir que estamos contemplando un mosaico? Aunque de forma ordinaria y popular llamamos mosaicos a las piezas con que adornamos o alicatamos nuestros pisos y paredes, sabemos bien que un mosaico esta formado por diferentes piezas de variados colores con los que realizamos la composición de una imagen con sus luces y con sus sombras de una forma, diríamos, artística y de gran belleza. Pues bien, así quiero pesar cuando escuchamos este relato que hoy nos ofrece la liturgia en este domingo de Ramos en la pasión, pero un mosaico donde podemos entremezclar, vamos intercalando las piezas de nuestra vida con esos momentos de la pasión que en este texto del evangelio de san Lucas se nos relata.

Hay como una serie de contraposiciones en este texto que bien van reflejando lo que es el camino de nuestra vida en contraste con el evangelio de Jesús. Momentos de tragedia como momentos de entusiasmo y euforia, momentos grandiosos de luz que contrastan con otros momentos de sombra como lo es la vida misma, una solemnidad por el momento trascendental que se vive contrapuesto con esos pasos renqueantes que vamos dando tanta veces cuando nos dejamos adormilar por la vida o cuando no somos valientes para afrontar con decisión el momento en que hemos de dar la cara, testimonio que nos ofrecen los que menos podrían parecer proclives a estar en el lado de Jesús, mientras los que nos decimos que seriamos capaces de dar la vida por Jesús nos escondemos o negamos que estamos del lado de Jesús.

Comienza el relato diciéndonos Jesús cuanto ha deseado llegar a este momento de la Pascua que es como una primera invitación que nos hace para que nos dispongamos en este comienzo de la semana de pasión a desear vivir y celebrar también con intensidad esta Pascua, en concreto la de nuestra vida y en este año. Y es Jesús quien nos deja la forma de vivirla y celebrarla, en su Cuerpo entregado que se hace Pan de vida para nosotros y en su Sangre derramada como signo de esa entrega que nosotros hemos de vivir. Es el estilo del servicio que Jesús nos ofrece como sentido de vida, de la suya y de la nuestra. ‘Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’. Por eso nos dirá que ‘el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve’, como tantas veces nos había enseñado a lo largo del evangelio.

Es fácil en un momento de fervor hacer propósitos y promesas. Tras lo que iban viviendo en aquella cena pascual y los anuncios y las palabras de Jesús estamos prontos para los buenos propósitos. ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte’, son las palabras de Pedro, pero pronto será el primero que se duerme en Getsemaní en los momentos de la oración de Jesús - ¿no le había sucedido algo así también en el Tabor cuando Jesús los llevó para orar en lo alto de la montaña? – y cuando llegue el momento de dar la cara negará incluso el conocer a Jesús. ¿No nos dice nada de nuestros altos y bajos, de los momentos de entusiasmo cuando parece que todas las cosas marchan bien y de los momentos de decaimiento y zozobra cuando aparece la oscuridad del sufrimiento?

Podríamos seguir haciendo así una lectura detallada en confrontación con nuestra vida de cada uno de los momentos de la pasión de Jesús. Nos daría para abundantes y profundas reflexiones. Vamos a fijarnos brevemente en algunos de los momentos de Jesús en la cruz y en sus palabras. Quien cuando había proclamado en las Bienaventuranzas la meta ideal del que es su discípulo y le sigue señalándonos que los misericordiosos alcanzarán misericordia y casi como una primera consecuencia el que tenemos que ser misericordiosos con los demás amando incluso a los enemigos, ahora mientras lo crucifican pide al Padre perdón y misericordia para quienes lo están clavando al madero ‘porque no saben lo que hacen’. Es la piedra preciosa del mosaico que nos manifiesta lo que es el rostro misericordioso de Dios frente a nuestro corazón endurecido que de tantos abismos de rencores y resentimientos vamos llenando la vida.

Otra pieza brillante de ese mosaico aunque nos pueda parecer contradictorio la encontramos en uno de aquellos malhechores que eran crucificados junto a Jesús. Aquel corazón que podríamos contemplar endurecido por la maldad que le había llevado a aquella condena ¿qué pudo contemplar en quien con ellos estaba crucificado incongruentemente como rey de los judíos para pedir estar con El en su Reino? Los caminos de Dios son inescrutables hemos escuchado muchas veces y los caminos de la gracia estaban regando el corazón de aquel malhechor. ¿No había dicho Jesús que el médico no era para los que se creían sanos sino para los que sentían enfermos? ‘Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, porque así de pronta es la misericordia del Señor. Y nosotros que le damos tantas vueltas al paso de perdonar y de restablecer el amor y la amistad.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, fueron las últimas palabras de Jesús. Un día había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Nos había enseñado para nuestra oración que fuéramos capaces de pedir que se hiciera siempre la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Aunque había pedido en Getsemaní que pasara de El aquel cáliz había permanecido en su deseo de que por encima de todo estuviera siempre lo que era la voluntad de Dios. Quien se pone en las manos de Dios sabe que nunca se podrá sentir abandonado porque Dios es siempre nuestra fortaleza y nuestro refugio. ¿Qué podía decir Jesús en este momento supremo de su muerte? Encomendarse a las manos del Padre.

El claroscuro de nuestra vida está en nuestras angustias y desesperanzas cuando nos llegan de una manera u otra los momentos oscuros de la vida donde todo lo vemos turbio, donde nos parece que el túnel al final se queda sin luz, donde no somos capaces de ver más allá de ese momento de tormento esa luz que pone paz en el corazón, ser capaces de ver los resplandores de bien y de bondad que podemos encontrar en los que están a nuestro lado. En aquella tarde de tormento el centurión supo descubrir el actuar de Dios porque confesaría ante la muerte de Jesús que era un justo.

Dejémonos invitar, como decíamos antes, por Jesús para comer esta Pascua con El. Ha de ser una Pascua especial, en ese mosaico tenemos que saber descubrir el verdadero colorido de la vida que solo en Jesús podemos encontrar. Estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua.

domingo, 2 de abril de 2023

Desde los contrastes propios de este Domingo de Ramos entremos con intensidad en el camino de la pasión que nos conduce a la Pascua y que es el paso salvador de Dios

 


Desde los contrastes propios de este Domingo de Ramos entremos con intensidad en el camino de la pasión que nos conduce a la Pascua  y que es el paso salvador de Dios

Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

El pórtico de la semana de pasión que se nos abre en este domingo de ramos no puede estar más lleno de contrastes. Todo parece ser una celebración de gloria tal como la iniciamos con nuestros cánticos, con nuestros Hosannas conmemorando aquella entrada gloriosa y triunfal de Jesús en la ciudad de Jerusalén.

Todo parecía como si fuera un guión previamente establecido, porque aquel Jesús que era alabado y bendecido en Galilea, recordemos las multitudes que se congregan en torno a El, recordemos el entusiasmo de las gentes cuando realizaba los signos de curación de los enfermos que admirados decían que nunca habían visto cosa igual, que Dios había visitado a su pueblo, cuántas esperanzas se despertaban en aquellos corazones rotos y llenos de sombras, y ahora su subida a Jerusalén podía parecer la culminación de todo lo vivido hasta entonces.

Jubilosa era la entrada de los peregrinos a la ciudad santa que tras el duro recorrido por el valle del Jordán subían la larga ascensión desde Jericó hasta Jerusalén. La llegada al monte de los olivos con la visión de la ciudad santa enfrente con todo el esplendor del templo en primer término era motivo de júbilo y la bajada del monte era normal que fuera entre cánticos de alegría y alabanza. En aquel cortejo se unía la presencia de Jesús con todos los seguidores que le acompañaban, con las noticias de la reciente resurrección de Lázaro hacía pocos días en Betania y todo se convirtió en una explosión de júbilo y de cánticos de alabanza. ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor’. Algo así como una proclamación mesiánica que venía a culminar todas las expectativas y alabanzas que habían comenzado en Galilea.

Con esos sones comenzamos hoy nuestra celebración y todas las celebraciones de la pasión que van a culminar en la celebración de la Pascua en la resurrección del Señor en el amanecer del domingo. Y con esa alegría de fiesta nos queremos introducir en esta semana grande. No son días para la tristeza, aunque mucho hemos llenado de crespones negros o morados nuestros templos y hasta las mismas celebraciones. Nosotros sabemos que vamos hacia la Pascua, pero no simplemente como una fecha con la que tenemos que cumplir sino como ese paso de Dios por nuestra vida para llenarnos de vida.

Va a resplandecer en el amor, porque es lo que esta en el fondo de todo el misterio de Cristo y lo que tiene que hacerse presente en toda su intensidad en nuestra vida. Un amor que nos llenará de luz, un amor que hará brotar la esperanza, un amor que nos pone en camino de vida porque nos pone en camino de entrega hasta la muerte. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único. Es lo que vamos a contemplar. Cuando sea elevado en lo alto todos me reconocerán y comenzarán a creer. Por eso ya desde esta primera celebración miramos a lo alto, miramos a la cruz, miramos al crucificado, miramos al que se entregó para ser nuestra vida y nuestra salvación.

Pero no lo miramos como algo ajeno a nosotros, que podamos contemplar enfrente de nosotros. Es otra mirada, es otra vivencia, es otro el camino que nosotros tenemos que recorrer. Porque estamos en esa cruz, o porque miramos esa cruz que es nuestra y en la que estamos ya crucificados. Y miramos nuestros dolores y nuestras luchas, y miramos las veces que nos sentimos defraudados por dentro con nuestros fracasos pero miramos también los pasos que vamos dando a pesar del peso de la cruz porque tenemos junto a nosotros como Cireneo al mismo Jesús. Y miramos la cruz en la que tenemos que crucificarnos, porque es la que nos enseña a arrancarnos de nuestros egoísmos e insolidaridades, nos enseña a arrancarnos de las pasiones que nos dominan y nos enturbian el espíritu, porque nos enseña a comenzar nosotros también un camino de amor.

Es el recorrido que vamos a ir haciendo con toda la intensidad de nuestro amor en esta semana de pasión. Cuando vayamos mirado nuestra vida desde el prisma de la cruz de Jesús nos daremos cuenta de muchas cosas que nos pueden atormentar en nuestro interior, de muchas angustias que podemos sentir en esos que hemos vivido y nos damos cuenta que no ha sido saludable para nosotros, pero también del sentido nuevo, del sentido pascual, del sentido de esperanza con que hemos de vivir todas esas situaciones de nuestra vida. No es para hundirnos ni para desesperarnos.

Es para aprender a abrirnos a la vida. Nos arrancaremos entonces de las sombras, nos llenaremos de nueva luz. Así tendrá que brillar con luz nueva nuestra vida en la noche pascual de la resurrección del Señor. ¿Cómo será posible? Porque en ese camino, aunque a veces sea duro y doloroso, estamos viendo el paso de Dios por nuestra vida. Y los pasos de Dios son siempre salvadores.

Hagamos en verdad camino viviendo con intensidad la pasión para que haya verdadera pascua en nuestra vida.

domingo, 5 de abril de 2020

Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres



Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres

 Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66
La celebración de este domingo comienza con aires de triunfo y cantos de victoria pero siempre con el telón de fondo de la pasión y de la muerte. Todo tiene aires de pascua aunque a este domingo lo llamemos de pasión y la pascua la reservemos para el domingo de la resurrección. Pero tiene aires de pascua, porque es el paso del Señor.
Decimos que tiene aires de triunfo pero sin embargo los signos que acompañan son bien humildes y sencillos, porque simplemente es el pueblo sencillo, son los niños los que aclaman los hosannas en honor de Jesús y toda la expresión de una entrada triunfal es sin embargo en un humilde borrico con los mantos de la propia gente no ya como colgadura sino como alfombra. Sin embargo, decimos y con toda razón, entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El triunfo no estaba solo en aquel momento que seria simplemente algo ocasional motivado por las noticias que llegaban de lo sucedido en Betania días atrás y por eso las gentes sencillas que caminaban a Jerusalén para la pascua, unen sus cantos de alegría por la llegada a la ciudad santa que todo peregrino experimentaba con las noticias que les llegaban de Jesús y su aclamaciones - ¿no serian principalmente galileos que tras la bajada del Jordán ahora a través del monte de los olivos llegaban a Jerusalén? – eran para Jesús al que consideraban muy suyo, el profeta de Galilea.
Pero el triunfo verdadero iba a estar en todo lo que en los próximos días sucedería en Jerusalén con el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz. Son las sorpresas de Dios aunque parezcan incongruentes a los ojos de los hombres. Era lo que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos y ahora se hacia realidad profunda en El mismo. ¿Quién sería grande e importante? El que se hiciera el último y el servidor de todos, había enseñado Jesús.
Aquí estaba ‘el que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y tomó la condición de esclavo…’ que nos hará reflexionar san Pablo con aquel himno de las primeras comunidades cristianas. ‘Y se humilló a si mismo, pasando por uno de tantos, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz’, que continuará diciéndonos el apóstol. Ahí está el verdadero camino del triunfo, ahí tienen que sonar los cantos de victoria. Lo estamos contemplando, lo hemos celebrando en este domingo. Y como concluye el himno que nos transmite san Pablo ‘por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’.
Con esa óptica escuchamos hoy la lectura de la pasión. Es la óptica del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Es la óptica del amor de quien se humilló y se entregó obediente hasta la muerte. Es la óptica que va a dar sentido al sufrimiento porque es ofrenda de amor. Será la óptica a través de la cual nosotros tenemos que mirar nuestro mundo y sus sufrimientos, las circunstancias concretas que vivimos y también ¿por qué no? las angustias de tantos a nuestro lado, y nosotros mismos también, llenas de incertidumbres y hasta desconfianzas. Es la óptica con la que tenemos que vivir también esta semana santa tan especial que quizá a muchos desconcierte y hasta la pueda hacer llenar de dudas su corazón.
Seguimos hablando de triunfo y de victoria aunque esas amarguras que llevamos en el alma parezca que nos impiden cantar. Pero aunque no tengamos solemnes celebraciones ni pomposas o devotas procesiones nosotros sí queremos estar celebrando el misterio de Cristo con el mismo entusiasmo y con la misma fe desde el fondo de nuestro corazón. Nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.
Para los que seguían a Jesús todo aquello que sucedía en Jerusalén con Jesús y que de alguna manera les atañía a ellos también, pudiera ser que les aparecieran muchos temores y muchas angustias, en cierto modo hasta podían desconfiar si había merecido la pena aquello de seguir a Jesús, de ser su discípulo. Podían haber tupidos velos de duda y de temor que en cierto modo les obligaron a encerrarse en el cenáculo. Pero allí aún seguían esperando. Aunque no habían entendido muy bien lo que Jesús les había anunciado una y otra vez, El les había hablado de resurrección, de que al tercer día el Hijo del Hombre resucitaría. Y allí los encontraría Jesús en la tarde de la resurrección.
A pesar de todos los pesares de los momentos que vivimos nosotros queremos tener puesta toda nuestra fe, toda nuestra confianza en el Señor, en la Palabra de Jesús. Y estando incluso como estamos, teniendo también que estar encerrados en el cenáculo de nuestras casas, nosotros seguimos confiando, nosotros seguimos teniendo en nuestro corazón esos cantos de triunfo con los que iniciamos la semana santa con la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén.
No nos pueden faltar esos ‘hosannas’ en nuestro corazón para que podamos llegar al ‘aleluya’ de la resurrección. Será el domingo de pascua, pero pensemos que pascua estamos ya viviendo porque a través de todo esto el Señor sigue pasando por en medio de nuestra vida, el Señor sigue caminando junto a nosotros. Signos son de esa presencia de Dios en medio nuestro son tantos que se están dejando la vida en estos días para atendernos en multitud de servicios, o están cuidando de los que están pasando por este azote del virus o se ven incluso abocados a la muerte. En ellos, en unos y en otros, llega también Dios junto a nosotros para que podamos tener vida de la mejor y en plenitud.

domingo, 14 de abril de 2019

Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva


Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva

Lucas, 19, 28-40
‘Los niños hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, extendían sus mantos por el camino y aclamaban: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor’. Así se canta en una de las antífonas de esta fiesta recogiendo el sentir de lo que nos cuentan los evangelistas de la entrada de Jesús en Jerusalén.
En la bajada del Monte de los Olivos enfrente de la ciudad santa por el camino que venia del Jordán y por el que confluían los peregrinos que venían de Galilea se arremolinaban las gentes que conociendo los hechos inmediatos de lo realizado por Jesús – la resurrección de Lázaro de Betania – ahora le aclaman con cánticos de profundo sentido mesiánico. Algunos incómodos querrán acallar a la multitud e incluso se lo piden al Maestro. ‘Os digo que si estos callan, gritarán las piedras’, responde Jesús.
Suenan aires de triunfo, se canta la gloria del Señor, se aclama a Jesús como el que viene en nombre del Señor. Si un día Jesús no había permitido que allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes le aclamasen como Rey, ahora lo permite porque sabe Jesús que es el inicio de la Pascua, de la verdadera Pascua. Son los sentimientos que también nosotros dejamos traslucir en este domingo de Ramos en la pasión del Señor. No podemos perder el sentido de este domingo con el que iniciamos la Semana que culmina con la Pascua.
Jesús había anunciado repetidamente que subía a Jerusalén donde iban a acontecer muchas cosas, que los discípulos les costaba comprender. Ahora mientras subía desde Galilea el evangelista nos dice que Jesús iba caminando delante, como si llevara prisa por lo que había de suceder. Había anunciado que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, que habría de sufrir pasión y muerte pero que al tercer día habría de resucitar. Quizá los discípulos más cercanos que recordaban bien las palabras de Jesús ahora no terminaban de comprender lo que estaba sucediendo, y pareciera que les dieran la razón de que lo anunciado por Jesús no tenia por qué suceder. El triunfo y la gloria que ahora se proclama es el preanuncio de lo que había de ser la verdadera victoria. Todo se iría desarrollando a su tiempo porque llegaba el tiempo de la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna de la nueva Alianza.
Este es el pórtico de esta semana que llamamos santa por los grandes misterios que en ella celebramos. Cuarenta días de subida hemos ido realizando a través de toda la Cuaresma para prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Desde el principio hemos escuchado también ese anuncio de la subida a Jerusalén, camino que hemos querido ir haciendo con Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra cada día. Llega ahora el momento de la celebración, de la contemplación, de hacer vida en nosotros esa Pascua de Jesús que también nos transforme y nos haga renacer a una nueva vida con la renovación de nuestro compromiso bautismal en la noche de la Pascua.
Son días de contemplación pero cuando hay verdadera contemplación hay transformación interior porque iremos rumiando una y otra vez en nuestro interior todo este misterio pascual. Iremos poniéndonos en cada situación y en cada momento – como hoy con aquellos niños hebreos que alfombraban el camino de Jesús – para hacernos presentes y de ninguna manera de forma pasiva en cada uno de esos momentos.
Necesitamos una predisposición en nosotros para no quedarnos en superficialidades o meros sentimientos compasivos. Muchas cosas podrían distraernos aun en medio de las celebraciones y los actos que vivamos en estos días a pesar de la buena voluntad. Tenemos que llenarnos de los sentimientos de Cristo Jesús, tenemos que dejarnos asombrar por la maravilla del misterio que contemplamos, tenemos que saber hacer silencio interior, tenemos que centrarnos de verdad en lo que es fundamental.
Es una contemplación que no hacemos como meros espectadores, porque nos pueden encandilar las manifestaciones artísticas que a la manera de catequesis a través de los tiempos han ido adornando y llenando de contenido nuestras celebraciones. Es una contemplación que hacemos del misterio de Dios y tenemos que dejarnos envolver por ese misterio que al mismo tiempo se acerca a nosotros y se mete en nuestra vida. Por eso tiene que ir surgiendo la verdadera oración que es también escucha, que se hace alabanza, que compromete nuestra vida, que despierta nuestra fe.
Vayamos día a día empapándonos de ese misterio, que es empaparnos de amor, que es dejarnos transformar desde lo más hondo de nosotros, que es comenzar a vivir con toda intensidad esa vida que se nos ofrece. Siempre tenemos que ir descubriendo la grandeza y la maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega, en su pasión, en su muerte en la Cruz. Así podremos resucitar a una vida nueva y cantar con la alegría más profunda el aleluya de la resurrección.

domingo, 25 de marzo de 2018

Es domingo de ramos pero será bueno que nos preguntemos si al celebrar la pascua este año vamos a terminar por ser un poquito mejores y nuestro mundo será mejor


Es domingo de ramos pero será bueno que nos preguntemos si al celebrar la pascua este año vamos a terminar por ser un poquito mejores y nuestro mundo será mejor

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47

‘Mirad que subimos a Jerusalén…’ les había anunciado repetidamente Jesús a los discípulos. Ellos no habían sabido entender. Subir a Jerusalén era normal sobre todo por la fiesta de la Pascua para los judíos o también alguna de las otras fiestas establecidas en la ley mosaica. Menos aun entendían lo que Jesús les decía que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que sufriría muerte de cruz. Habían intentado incluso quitárselo de la cabeza.
Ahora estaban ya a las puertas de la ciudad bajando por la ladera de enfrente, por el monte de los olivos y en la cercanía ya de la fiesta de la pascua eran muchos ya los que entre cantos de alegría por llegar a contemplar la ciudad de Jerusalén bajaban también en aquellos momentos. Entre los que bajaban habría muchos galileos, porque aquel era el camino normal para acercarse a Jerusalén por el valle del Jordán subiendo luego desde Jericó que habían escuchado las enseñanzas de Jesús por toda Galilea y contemplado sus signos y milagros.
Pero estaba también reciente un signo muy especial como había sido la resurrección de Lázaro, después de cuatro días enterrado, en la cercana Betania. Entre los cánticos entusiasmados por la llegada a Jerusalén, el entusiasmo de los galileos por Jesús y las noticias de la reciente resurrección de Lázaro habían caldeado el ambiente y ahora era a Jesús al que aclamaban. El había tomado prestado en una cercana aldea un borrico sobre el que iba montado y todo hizo que las gentes comenzaran a aclamar a Jesús como el que venia en nombre del Señor, alfombrando los caminos con sus mantos y cogiendo ramas de los árboles para expresar así su alegría por la llegada de Jesús a Jerusalén.
Para los discípulos cercanos todo sería asombro y entusiasmo, porque además no veían lo que Jesús había anunciado de entregas y de muerte sino los signos eran todo lo contrario de victoria. ‘¡Hosanna al Hijo de David!’, aclamaban niños y mayores con todo entusiasmo. Eran cánticos de victoria lo que se oían y que provocarían cierta reacción de los fariseos y los sumos sacerdotes porque ahora si parecía que todo se les iba de las manos.
‘Si callan los niños, gritarán las piedras’, había dicho Jesús cuando alguien se había acercado a decirle que los hiciera callar porque aquello quizá no parecía conveniente. Jesús acepta aquellas aclamaciones aunque sabe que a los pocos días aquellas aclamaciones cambiarían. Pero es su entrada para la Pascua y aquella iba a ser una pascua especial porque sería la pascua definitiva, la pascua nueva y definitiva que traería el paso salvador de Dios en medio de los hombres para siempre.
Los cristianos también en este domingo conmemoramos y celebramos también esa entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. También nosotros nos unimos a los niños hebreos en este día para aclamar al Señor y también con palmas y ramos de olivo queremos salir al encuentro del Señor que viene a nuestra Jerusalén, a nuestra vidalol. Queremos entender bien todo el sentido que tienen esas aclamaciones porque son un anticipo de los Aleluyas que vamos a cantar en la mañana de Pascua.
Queremos entender, sí, el anuncio de Jesús sobre el sentido de su subida a Jerusalén y por eso en estos días vamos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, vamos a celebrar y conmemorar su pasión y su muerte pero nosotros si entendemos lo que El también había anunciado – y tanto le costaba entender a los discípulos – de que al tercer día resucitaría.
Y todo esto no lo queremos vivir de cualquiera manera, no lo queremos vivir de una manera superficial, no queremos ser meros espectadores que contemplamos un espectáculo. Demasiado espectáculo estamos haciendo de nuestra semana santa hasta convertirla en una fiesta de interés turístico. Las imágenes que tendrían que servirnos para contemplar y meditar toda la crudeza de la pasión de Cristo, que fue una pasión de amor, demasiado se han convertido desde una devoción no siempre bien entendida en ostentación de joyas y de riquezas que están bien lejos del verdadero sentido de la pasión y muerte de Jesús.
Tenemos que saber interiorizar bien todo el sentido de nuestras celebraciones y aunque es bueno que también proclamemos ante todos en la vía publica lo que es nuestra fe, hagámoslo desde el verdadero sentido que tiene que tener para nosotros la celebración de la pascua. ¿Sentiremos en verdad ese paso salvador de Dios por nuestra vida que nos transforma y nos hace vivir en un nuevo sentido de amor?
Cuando terminemos todas nuestras celebraciones ¿vamos a ser mejores y hemos logrado que el mundo sea un poquito mejor? ¿Qué anuncio de Buena Nueva salvadora estaremos haciendo en estos días? ¿Llegará el evangelio a los corazones de nuestros hermanos – y también a nuestro corazón – no porque veamos unas imágenes que desfilan en unas procesiones sino porque cala hondo el mensaje de Jesús que interroga nuestra vida para hacer un mundo mejor?
Amigo que lees estas páginas de mi blogspot te invito a que tomes en tus manos estos días la Biblia y la abras por los relatos de la pasión en los distintos evangelistas. Este año en el Domingo de Ramos leemos la pasión según el evangelista Marcos. Detente un poco en tus actividades, encuentra momentos de sosiego y de silencio y escucha a Dios en tu corazón, déjate interrogar por el relato de la pasión de Jesús y deja que el Espíritu del Señor vaya transformando tu vida. Seguro que inspirará muchas cosas en tu corazón. Será una forma hermosa de hacer pascua. Subamos también nosotros con Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua.



domingo, 9 de abril de 2017

Está cerca la hora y hemos de levantarnos para hacer el camino de la cruz con Jesús que es nuestra cruz y la de nuestro mundo y se haga verdadera Pascua para todos


Está cerca la hora y hemos de levantarnos para hacer el camino de la cruz con Jesús que es nuestra cruz y la de nuestro mundo y se haga verdadera Pascua para todos

Isaías 50,4-7; Sal 21; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,14–27,66
‘Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos!’ Así les decía Jesús en el huerto a los discípulos que estaban adormilados. ¿Será también lo que nos quiere decir Jesús hoy cuando comenzamos esta semana de Pasión? ‘Mirad, está cerca la hora…’
Lo que en el camino de Galilea a Jerusalén les había anunciado tantas veces y a los discípulos tanto les había costado comprender, ahora lo proclama ya inminente. ‘Está cerca la hora’. Era el inicio de la pasión. Es el inicio de nuestras celebraciones pascuales para las que nos hemos venido preparando a lo largo de toda la Cuaresma. Decimos Semana Santa, semana grande, semana de pasión que culminara en la celebración del tiempo pascual. También nosotros podemos andar confundidos y no terminar de entender los anuncios que Jesús nos hace. Es necesario espabilarnos, despertarnos de ese sueño en que nos sumergimos tantas veces en nuestra insensibilidad.
A nosotros también nos dice ‘¡Levantaos, vamos!’ Tenemos que subir también a Jerusalén pasando hoy por la bajada del monte de los Olivos para entrar en la ciudad santa, pasar por el huerto de Getsemaní, hacer todo el recorrido de la calle de la Amargura, subir con Jesús al Calvario, ponernos al lado de su cruz, mas aun, tomar la cruz, la nuestra y la de Jesús.
La cruz que veremos cargar a Jesús y en la que va a ser clavado es nuestra cruz. El la tomo antes que nosotros, que tantas veces quizás la hemos rehusado, de la que nos queremos echar atrás. Cuanto miedo le tenemos a la cruz, pero ¿Por qué? El puso amor, nosotros habíamos puesto nuestro pecado, pero en ella están puestas también todas las angustias y sufrimientos de todos los hombres – una lista muy larga podríamos hacer de pobreza, de hambre, de dolor, de guerras, de rivalidades y enfrentamientos, de injusticia… -, y ahora nos toca poner también amor para que sea redentora, para que sea en verdad transformadora para nosotros y para nuestro mundo, para que sea camino de salvación para todos.
Este domingo inicio y puerta de la semana santa lo llamamos Domingo de Ramos en la Pasión del Señor; y es que queremos hacer nuestra entrada como lo hizo Jesús en la ciudad santa; lo aclamaban las gentes, gritaban los niños, alfombraban el camino con los mantos y las ramas de los olivos y las palmeras en una entrada triunfal en Jerusalén. Todo tendría que sonar a música de paz y de triunfo - olivos y palmeras -, porque llegaba el Hijo de David, el que venia en nombre del Señor. Son los sencillos y los humildes, los niños y los pobres los que lo entienden y de los que saldrán los mejores cánticos de alabanza al Señor. Que no se callen esos gritos de paz para que no se oigan los gritos de tantas piedras de violencia.
No se ahogaran, sin embargo, estos gritos con los que cinco días mas tarde van a resonar ante el Pretorio de Pilatos, pero unos y otros hemos de entenderlos en su justo sentido. Nos pueden parecer contradictorios y un contrasentido que quienes un día entrando en la entrada en Jerusalén gritaban unas cosas, mas tarde parece que gritaran lo contrario. Unos y otros aunque parezcan de distinto signo nos van a proclamar una única y misma verdad,  quien es de verdad Jesús y el sentido de su muerte.
Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como un día lo señalara el Bautista allá en el Jordán. Es el Cordero inmolado cuya sangre nos purifica y nos da vida; es el Cordero inmolado cuya sangre derramada va a ser la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna; es la Sangre que caerá sobre nosotros para sellar esa Alianza, para hacer nacer en nosotros eso hombre nuevo que nos comprometa a hacer un mundo nuevo.
‘¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’, gritaran ante el Pretorio los que buscaban su muerte sin comprender bien lo que decían y el alcance que tenían aquellas palabras. Será la Sangre que engendrara un hombre nuevo, un mundo nuevo. Nosotros, si, queremos entender y darle su verdadero sentido. Nosotros queremos entender ese camino de la cruz, ese camino de la pasión y de la muerte que va a emprender Jesús. Sabemos como nosotros tenemos que emprender ese camino al paso de Jesús porque como hemos dicho esa cruz es nuestra cruz, y es la cruz del sufrimiento, de la pasión que sufre nuestro mundo. Nosotros, si, queremos entender el sentido de esa Sangre derramada.
‘¡Levantaos, vamos!’ nos decía Jesús en Getsemaní y nos esta diciendo a todos en este día. Emprendamos el camino con Jesús en esta semana que nos lleva a la Pascua, pero que sabemos bien que ha de ser el camino pascual por el que ha de discurrir siempre nuestra vida.
Caminemos al paso de Jesús con la cruz, la nuestra y la de nuestro mundo, que es la cruz que Jesús va llevando delante de nosotros. Si lo hacemos así y ponemos toda nuestra vida y todo nuestro amor veremos surgir en nosotros un hombre nuevo, haremos posible también que nuestro mundo sea mejor, estaremos así construyendo de verdad el Reino de Dios, llegaremos a vivir en profundidad todo el sentido de la pascua.


domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.

domingo, 29 de marzo de 2015

Solo desde el amor podremos comprender el misterio de la cruz que también hemos de vivir en nuestra carne

Solo desde el amor podremos comprender el misterio de la cruz que también hemos de vivir en nuestra carne

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47
‘Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios… se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo… actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz…’
Es el misterio que contemplamos; es el misterio que celebramos. Subió a Jerusalén porque había llegado la hora de la entrega, la hora del amor. Entra en la ciudad santa, como en este domingo de ramos lo contemplamos, pero, aunque suenen cantos de victoria en los hosannas del pueblo sencillo, no es el Mesías guerrero y triunfador como ellos esperaban. Su cabalgadura no es el caballo brioso de los vencedores, sino el humilde borrico que había anunciado el profeta Zacarías.
Sabemos nosotros muy bien lo que significaba aquella entrada en Jerusalén; lo había anunciado una y otra vez, aunque a sus discípulos más cercanos les costaba comprender; por eso cuando vaya sucediendo todo lo anunciado ellos serán los primeros escandalizados que se duerman, que huyan, que renieguen, que se escondan y se encierren, o que tengan miedo a seguirle hasta lo alto del calvario.
Ahora se va a revelar de verdad misterio de Jesús. Será en la pasión y en la cruz donde hemos de comprenderlo y conocerle, aunque como siempre la cruz puede ser escándalo o puede ser obstáculo. Cuanto nos cuesta entender la cruz. Pero es que no nos podemos quedar en la cruz, sino mirar más allá, porque tenemos que mirar y contemplar el amor y la vida. Sólo desde el amor, y un amor como el que nos enseñó Jesús no solo con sus palabras sino con su propia vida, es como podremos comprender el misterio de la cruz que, repito, es misterio de amor y de vida.
Será así cómo nosotros subamos también con Jesús a Jerusalén a la Pascua; siendo capaces de poner amor en nuestra vida aprendemos a despojarnos, a olvidarnos de nosotros mismos, a no pensar en grandezas ni en reconocimientos humanos, a no temer todo aquello que se nos anunciaba con el profeta. ‘El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba’. Desprecios, burlas, cuchicheos por detrás, pérdida de reconocimientos humanos… tenemos que aprender a ser la semilla sembrada en tierra, oculta en la tierra donde se pudre para germinar y engendrar nueva vida.
No nos vamos a esconder, no vamos a tener miedo, no vamos a rehuir la parte de pasión que nos corresponda; que no  nos falte la fe, que no nos falte la gracia del Señor. Aunque algunas veces gritemos ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ sabemos que con nosotros está el Señor.
Es el dolor y el sufrimiento de la pasión; de la pasión de Jesús y de nuestra pasión, porque ahí tenemos que ponernos nosotros también; es una unión mística y espiritual con Jesús pero que se traduce muchas veces en realidades muy concretas que pueden ser dolorosas en nuestra vida; pero es algo que no podemos, o no debemos rehuir, porque ya nos anunció que el que quiera ser su discípulo ha de saber tomar la cruz, ha de saber negarse a sí mismo.
 Esto no son palabras bonitas y muy espirituales que digamos en un momento determinado y desde un fervor especial, sino que tenemos que darnos cuenta de esa realidad concreta que vivimos - cada uno mire sus propios sufrimientos y angustias, como mire también los sufrimientos y angustias de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado - donde tenemos que unirnos de verdad a la pasión de Jesús. Y todo eso tenemos que aprender a hacerlo como lo hizo Jesús; solo desde el amor tiene sentido; solo el amor es el que nos hará sentir la fuerza del Señor que nos acompaña.
Ya nos lo decía el profeta: ‘Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado’. En ese camino de Pascua si en verdad queremos hacerlo al paso de Jesús, sabemos que no quedaremos nunca confundidos porque Jesús está a nuestro lado.
Pero además es un camino que, aunque a veces nos parezca oscuro o doloroso, lo tenemos que hacer con la esperanza de la vida; como fue la pascua de Jesús. No se quedó en el calvario, no se quedó colgado de la cruz, no se quedó encerrado en el sepulcro, al tercer día resucitó glorioso del sepulcro; por eso cuando hablamos de pascua hablamos de pasión y muerte pero también de resurrección; hablamos de amor y de entrega hasta el final, pero hablamos de vida, de vida eterna que el Señor nos da a los que creemos en El y seguimos su camino. ‘Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el Nombre sobre todo nombre… ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’.
Contemplemos así hoy, con este espíritu y con estos sentimientos, la pasión y muerte del Señor que se nos relata en el evangelio de este día. Hagamos ese camino de la pasión y de la cruz junto a Jesús, o sintiendo a Jesús a nuestro lado en nuestra propia pasión. Que esta sea nuestra ofrenda de amor por nosotros, por nuestro mundo. Que la salvación que Jesús nos ofrece nos transformen la vida; seamos ese grano de trigo enterrado para dar vida al mundo. Así viviremos con todo sentido este año la Pascua del Señor.

domingo, 13 de abril de 2014

La Pasión y la Pascua la hemos de vivir sintiendo el paso salvador del Señor en nosotros



La Pasión y la Pascua la hemos de vivir sintiendo el paso salvador del Señor en nosotros

Mt. 21, 1-11; Is. 50, 4-7; Sal. 21; Filp. 2, 6-11; Mt. 26, 14-27, 66
Con gozo, con aires de triunfo hemos comenzado hoy nuestra celebración conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén cinco días antes de la Pascua. También nosotros hemos cantado como los niños hebreos con nuestros ramos de olivo y nuestras palmas de victoria en las manos ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!’
Es el domingo de Ramos en la Pasión del Señor y podría quizá parecernos que cuando vamos a contemplar y celebrar durante esta semana la pasión y la muerte de Jesús en la cruz esos aires de gozo y de triunfo podrían estar fuera de lugar. Pero tienen todo su sentido; por una parte conmemoramos aquel momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones y los gritos de júbilo, los hosannas de los niños y del pueblo sencillo y queremos vivir aquel mismo entusiasmo; pero no hemos de olvidar que vamos a cantar victoria porque la muerte de Jesús y su cruz no es una derrota, sino una victoria. Como nos dice Tomás de Kempis ‘en la cruz está la salud, en la cruz está la vida, en la cruz está la defensa de los enemigos, en la cruz está la fortaleza del corazón’.
Hemos escuchado el relato de la pasión según san Mateo. Por una parte comienza señalando la traición de Judas que desembocaría en todo el proceso de la Pascua de Jesús, pero al mismo tiempo vemos que el resto de los discípulos le están preguntando a Jesús dónde y cómo van a celebrar la Pascua. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’, le preguntan.
Puede ser también esa nuestra pregunta en el inicio de esta semana de Pasión que va a culminar con la celebración del misterio pascual de Cristo. Le preguntamos a Jesús, pero nos preguntamos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a celebrar la pascua? ¿cómo vamos a culminar los preparativos? Jesús les señala unas circunstancias para que encontraran el sitio de Jerusalén, pero a nosotros quizá también nos está señalando cómo no hemos de celebrar la pascua o cómo hemos de celebrarla.
La Pascua la hemos de vivir con nuestra vida, con lo que es la realidad concreta de nuestra vida; la Pascua la hemos de vivir en nuestra vida, celebrar en nuestra vida sintiendo ese paso salvador del Señor en nosotros.
La pasión de Jesús comenzó en medio de angustias, tristezas, soledades además de las  traiciones y abandonos. En la cena recuerdos y anuncios de pascua, de pasión, de entrega, pero también de traiciones y negaciones. ‘Uno de vosotros me va a entregar…’, les dice. Y más adelante les anuncia que ‘esta noche vais a caer todos por mi causa’, cuando le abandonen tras el prendimiento de Getsemaní, o cuando incluso Pedro llegue a negarle diciendo que no lo conoce.
Y aunque a su llegada a Getsemaní comenzó a entristecerse y angustiarse, como señala el evangelista, en su oración, aunque pide que pase de El este cáliz, asume el sufrimiento de su pasión y se pone en las manos del Padre para hacer su voluntad. ‘Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad’.
Caminamos nosotros también en este domingo de ramos en la pasión del Señor con nuestra pasión, con la pasión que se hace realidad en nuestra vida en nuestros propios sufrimientos y angustias, en nuestras soledades y en las debilidades que ensombrecen nuestra vida tantas veces que hasta nos llevan a la infidelidad del pecado. Aquí estamos, le queremos decir también nosotros al Señor; aquí estamos con lo que es nuestra vida.
Cada uno puede pensar en su realidad, en sus sufrimientos o carencias, en sus debilidades y en lo que ha sido y es su vida que no podemos ocultar a los ojos de Dios. Pero como somos venimos hasta el Señor; como somos viene el Señor con su salvación a nuestra vida. Ahí tiene que realizarse esa pascua del Señor, ese paso de salvación para nosotros. No nos viene a salvar el Señor de cosas imaginarias sino de lo que es la realidad concreta de nuestra vida y así con sinceridad hemos de ponernos ante El.
Vamos nosotros a atrevernos a acercarnos a la pasión del Señor, pero para que podamos llegar a confesar nuestra fe en El. Entre los que estaban en el entorno de Jesús en el camino del calvario o al pie de la cruz, había muchos que se mofaban de El o lo injuriaban de forma blasfema. ‘A otros ha salvado, y El no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?’ Y nos dice el evangelista que ‘hasta los bandidos crucificados con El lo insultaban’, aunque bien sabemos por el relato de otro evangelista que uno de ellos al verse en el mismo tormento y sufrimiento supo descubrir la acción de Dios.
Nosotros sí queremos seguir confiando totalmente en El y poniendo en El toda nuestra fe y nuestra esperanza. Ahí tenemos segura nuestra salvación. Es en verdad el Hijo de Dios y nuestro Salvador. El centurión romano al final también lo confesaría porque igualmente él supo descubrir en ese sufrimiento la acción de Dios y por la fe que se despertó en su corazón de alguna manera él vivió también la pascua salvadora de Jesús en su vida. Es lo que nosotros con toda intensidad queremos sentir y queremos vivir hoy y a través de toda esta semana de Pasión.
Hay un detalle que nos dice que cuando depositaron a Jesús en el sepulcro ‘María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas frente al sepulcro’. Serían las que en la mañana de pascua, en la mañana de la resurrección fueron las primeras en llegar y encontrar el sepulcro vacío, porque Cristo había resucitado. Queremos nosotros quedarnos sentados enfrente de la cruz de Jesús en estos días contemplando y meditando en nuestro corazón toda la pasión del Señor. En medio de todo el dolor y sufrimiento brilla siempre la luz de la esperanza de la salvación. No podemos vivir de cualquier manera estos días que tienen que ser para nosotros días de gracia y días en que alcancemos la salvación del Señor para nuestras vidas.
Ahí tenemos una tarea, una meditación que realizar, una pascua del Señor que hemos de asumir en nuestra vida, para que, aunque en la vida tengamos muchos momentos duros, aprendamos a vivir nuestra pasión buscando siempre por encima de todo lo que es la voluntad del Señor.

domingo, 24 de marzo de 2013


El camino de la pasión y nuestro camino cargando con la cruz detrás de Jesús

Is. 50, 4-7; Sal. 21; Filp. 2, 6-11; Lc. 22, 14 - 23, 56
‘Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre’. Así lo proclamamos antes de la lectura del Evangelio. Así lo hemos contemplado en la proclamación de la pasión. Así lo vamos a meditar y celebrar en esta semana de pasión con la culminación del triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Contemplamos y celebramos; meditamos y hacemos vida; nos dejaremos inundar por el misterio de amor y terminaremos rebosantes de vida nueva cuando lleguemos a la celebración pascual de la resurrección. Es un misterio grande de amor el que vamos a vivir.
Es Dios, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre ‘que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo’, como confesamos en el Credo. Se rebajó, se despojó de todo, se hizo el último, el esclavo y el servidor de todos, como le había enseñado a los discípulos; actuando como un hombre cualquiera - y no olvidemos que era y es Dios - se rebajó hasta someterse a la muerte, una muerte de cruz. Así lo ha proclamado san Pablo en este himno cristológico que nos propone en la carta a los Filipenses.
Ahí y así lo hemos contemplado en la proclamación de la pasión. La pasión de Jesús, ¿será nuestra pasión? Cuando contemplamos crudamente cara a cara el dolor y el sufrimiento parece que todo se nos llena de negrura, nos cuesta atisbar algún resplandor de luz; cuando contemplamos el dolor y el sufrimiento de Jesús en su pasión y en su muerte también nos sentimos abrumados, pero hemos de saber descubrir toda la luz que brilla tras esa pasión. Porque siempre resplandece, y de qué manera, la luz del amor, de la vida, que despierta nuestra esperanza, que nos hace mirar la pasión que nosotros hemos construido en nuestra vida, pero que ha de provocar en nosotros deseos de conversión al amor.
Podría decir que paralelamente al camino de la pasión de Jesús vamos descubriendo el camino negro de la maldad del corazón del hombre. Seguían las ambiciones y deseos de grandezas, aparecían las actitudes violentas, las traiciones y las negaciones cobardes, la manipulación de las personas y las acusaciones falsas, los menosprecios y burlas y las cobardías que terminan en sentencias injustas; ahí están los discípulos que siguen aspirando a primeros puestos o la violencia de la espada, la traición de Judas o la negación de Pedro, las acusaciones manipuladas ante Pilatos, los desprecios de Herodes y la cobardía del gobernador romano que van tejiendo por así decirlo el camino de la pasión de Jesús.
¿Serán también las sombras de nuestra vida con nuestro pecado que también provoca el camino de la pasión de Jesús? Hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida desde el relato de la pasión de Jesús.
Pero no todo es sombra y negrura porque la luz del amor de Jesús brilla sobre todo eso dando sentido a una pasión para transformar la negrura de nuestro pecado en la luz luminosa de la gracia que nos redime. ‘Aparta de mi ese cáliz, es el grito de Jesús en Getsemaní en el comienzo de su pasión, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Es la ofrenda del amor; es la obediencia al Padre; es el plan de salvación que a todos nos va a alcanzar.
En ese camino aparecen, sin embargo, resplandores de solidaridad, de esperanza y de fe. Será el Cireneo que ayuda a llevar la cruz de Jesús o las mujeres compasivas que lloran al paso del cortejo camino del calvario y que van a recibir el consuelo de Jesús - ‘no lloréis por mi, llorad por vosotras y por vuestros hijos…’ -; será el ladrón arrepentido que suplica lleno de esperanza el poder entrar por la puerta del Reino - ‘acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’ - o finalmente la confesión de fe del centurión que es capaz de descubrir detrás de la negrura de la muerte el resplandor de un amor que ha dado sentido a una muerte - ‘realmente, este hombre era justo’ - para concluir con el desprendimiento de quien ofrece su sepulcro nuevo para que lo ocupe el cuerpo de Jesús.
Mucho podemos reflexionar y meditar en torno a la pasión de Jesús, pero no ha de ser tarea de un momento ni de un día. Estos días de pasión tenemos que levantar nuestra mirada continuamente hacia la cruz de Jesús en lo alto del calvario. Para los cristianos que queremos vivir intensamente nuestra fe son días muy especiales y que hemos de vivir con gran intensidad sabiendo encontrar momentos y espacios para esa meditación, para esa reflexión, para esa oración. No es una contemplación solo externa la que tenemos que hacer, aunque bien nos ayudan plásticamente las imágenes sagradas que nos describen los diferentes momentos de la pasión del Señor para centrar bien nuestra meditación. Pero tiene que ser una profundización interior la que tenemos que hacer.
Todo ha de ser un camino que nos lleve a impregnarnos hondamente del misterio pascual de Jesús. Todo va a culminar cuando el próximo domingo celebremos y vivamos la resurrección del Señor. Hoy, casi como un anticipo, hemos aclamado al Señor en la conmemoración de su entrada en Jerusalén donde la gente sencilla y los niños le aclamaban y bendecían como el que viene en nombre del Señor. Bien lo sabemos nosotros y ya nuestro canto ha tenido esos ecos pascuales que con toda intensidad vamos a cantar en la noche de la resurrección y en el día de Pascua.
Cuando hemos cantado hoy la victoria de Cristo con nuestros hosannas sabíamos muy bien cual es ese verdadero camino de la victoria pascual que pasa por la cruz y culmina en la resurrección. Pero la gran victoria será cuando nosotros nos sintamos en verdad resucitados, renacidos, renovados en Cristo para vivir esa vida nueva de la gracia.
Ahora emprendamos ese camino de la pasión y del calvario. El evangelio nos decía quienes conducían a Jesús al Calvario ‘echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús’. Un día Jesús nos dijo que si queríamos ser sus discípulos tomásemos nuestra cruz de cada día y nos fuésemos con El. Vamos a tomar esa cruz, que ya sabemos bien cuantas cosas tiene de nuestra propia vida en aquellas negruras de las que antes hablábamos, y lo vamos a ser voluntariamente y con amor y vamos a cargar con ella para seguir a Jesús. El va delante, con Él pasaremos por el Calvario, pero sabemos que con El terminaremos en la gloria y el resplandor de la resurrección. Confesemos también nuestra fe en El, ‘verdaderamente es el Hijo de Dios’.

domingo, 1 de abril de 2012


Con amor generoso, con disponibilidad, con fe nos disponemos a celebrar la Pascua

Mc. 11, 1-10; Is. 50, 4-7; Sal. 21; Flp. 2, 6-11; Mc. 14, 1-15, 17
Casi al principio del relato de la pasión hemos escuchado a los discípulos preguntar a Jesús: ‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la Pascua?’
Puede ser la pregunta que también nos hagamos en este primer día de la semana de Pasión, en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nos estamos en el pórtico de esta semana que culmina en la Pascua del Señor. Más que dónde hemos de preparar la Pascua, quizá tendríamos que preguntarnos cómo tenemos que preparar la Pascua; cuáles han de ser las disposiciones que hemos de tener en nuestro corazón y nuestra vida para vivir esta semana de pasión y de celebración del misterio pascual de Cristo.
Ya hemos comenzado hoy conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén con nuestros hosannas y nuestros cánticos de aclamación, pero al mismo tiempo la liturgia ya nos ha ofrecido la lectura de la pasión. Es domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Las dos cosas tenemos que saber aunarlas en nuestra celebración y en nuestra vivencia. Cantamos el ‘hosanna al Hijo de David’; bendecimos al viene en el nombre del Señor, pero al mismo tiempo contemplamos su pasión.
Eso es la fundamental que hemos de hacer: contemplar, quedarnos como extasiados ante el misterio de la pasión y muerte del Señor. No es momento de muchas palabras ni muchas reflexiones sino de impregnarnos de todo el misterio de Dios que contemplamos en la pasión de Jesús.
Contemplar la pasión de Jesús es contemplar la pasión de amor de Dios por el hombre, por nosotros. Contemplado la pasión nos damos cuenta hasta donde llega ese amor de Dios que así nos ha entregado a su Hijo. Así nos salva. Así nos redime. Así nos hace hombre nuevo en el amor.
Van apareciendo personajes en torno a la pasión de Jesús que pueden ser un ejemplo y aliciente para nosotros en ese irnos encendiendo, caldeando nuestro corazón en el amor. Pudieran parecernos personajes secundarios en el relato de la pasión, pero sus actitudes, su generosidad y disponibilidad, su fe valientemente proclamada son hermosa lección para nuestra vida. Disposiciones que nos ayudarán también en este momento para la vivencia de todo el triduo pascual.
Cuando le preguntan a Jesús donde quiere que preparen la pascua, como hemos comenzado recordando y reflexionando, nos encontramos a alguien con una entera disponibilidad para Jesús. No sabemos siquiera su nombre aunque los comentaristas nos puedan hablar de parientes más o menos cercanos de Jesús, pero aquel hombre generosamente ofrece a Jesús ‘la sala grande del piso de arriba, arreglada con divanes’. Será allí donde se prepare y se celebre la cena pascual y será en adelante lugar de encuentro de los discípulos en la pasión y después de la pasión, y más tarde para la espera de Pentecostés y probablemente para todo el inicio de la comunidad cristiana de Jerusalén. Destacamos, pues, la generosidad y la disponibilidad. 
Antes habíamos contemplado el derroche de amor de María de Betania en casa de Simón, el leproso. ‘Llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús’. Ya escuchamos los comentarios interesados de Judas, pero también la réplica de Jesús. ‘Se ha adelantado a embalsamar el cuerpo para la sepultura’. Igual que el perfume intenso del nardo inunda y envuelve totalmente el ambiente allí donde es derramado, es el perfume del amor del que tenemos que dejarnos inundar y envolver para poder celebrar con toda hondura el misterio de la pasión y muerte de Jesús. Una hermosa predisposición, la del amor, para entrar en esta semana de pasión que nos lleva a la vida y a la resurrección.
Podríamos destacar muchas cosas en esta contemplación de la pasión y sus personajes. Dando como un salto – no podemos entrar en demasiados detalles – caminamos al lado de Jesús por la calle de la Amargura camino del calvario. El evangelio de Marcos es muy parco en esta referencia, pero creo que puede ser suficiente. ‘Lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz’. Hoy nosotros pensamos ¡qué dicha la de Simón de Cirene el llevar la cruz de Jesús! Sin embargo dice, ‘lo forzaron’. Pero seguro que aquel cargar la cruz junto a Jesús no fue algo que le dejara insensible. Si el evangelista nos dice con detalle que era el padre de Alejandro y de Rufo, es porque probablemente serían cristianos conocidos en aquella comunidad de Jerusalén. Algo tendría que ver el haber llevado Simón de Cirene la cruz de Jesús camino del calvario.
¿Lo consideraríamos para nosotros una dicha el llevar la cruz de Jesús? Recordemos que El nos había puesto como condición para seguirle, el negarnos a nosotros mismos y llevar la cruz en pos de El. Que esa sea ahora nuestra postura, nuestro deseo, nuestro compromiso. Que aprendamos a llevar la cruz, a cargar con nuestra cruz de cada día.
Que haya en nuestro corazón también la disposición a querer ayudar a los demás a llevar su cruz. Miramos mucho en ocasiones nuestra propia cruz y hasta nos quejamos que es pesada, pero no somos capaces de mirar la cruz de los que están a nuestro lado y que quizá necesitan una mano que les ayude, les levante un poco el peso de esa cruz. ¿Seremos capaces de hacerlo cuando ahora nos disponemos a entrar en esta semana de pasión que nos lleva a la cruz, al calvario, pero para culminar en vida y resurrección?
Finalmente nos fijamos en el centurión y su proclamación de fe. ‘El centurión, que estaba enfrente, al ver como había expirado, dijo: Realmente este hombre era Hijo de Dios’. había seguido paso a paso la condena y pasión de Jesús hasta su ejecución en el calvario. Lo había contemplado en su silencio y en la serenidad de su vida, como ‘cordero llevado al matadero’, que había anunciado el profeta. No es fácil encontrar luz en el dolor y en el sufrimiento, pero el centurión había descubierto la luz. En la muerte de Jesús había contemplado la profundidad de su vida y esto le llevaba ahora a la confesión de fe más hermosa. ‘Realmente este hombre es Hijo de Dios’.
Es a lo que tiene que llevarnos también la contemplación de la pasión y muerte de Jesús que estamos haciendo. En ese sufrimiento, en esa muerte tenemos que descubrir la profundidad de la vida de Jesús que tiene que llevarnos a la luz, porque nos llevará a descubrir el amor. Sólo quien ama con un amor como el de Jesús, que es el amor de Dios, podrá llegar a esa entrega, a esa donación tan generosa de si mismo. Por eso descubrimos a Dios; por eso confesamos nuestra fe en Jesús proclamándolo desde lo más hondo de nosotros mismos, es el Hijo de Dios que nos está regalando su amor, nos está regalando su vida, nos está regalando la salvación.
¿Nos llevará eso también a descubrir el sentido de nuestro dolor? ¿Seremos capaces nosotros de hacer también una ofrenda de nuestra vida como lo hizo Jesús? aprendamos de las lecciones de la pasión para que lleguemos a participar de la gloriosa resurrección.