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miércoles, 20 de marzo de 2024

Busquemos a Jesús, queramos conocer a Jesús dejémonos iluminar por su verdad que nos engrandece y nos hace libres

 


Busquemos a Jesús, queramos conocer a Jesús dejémonos iluminar por su verdad que nos engrandece y nos hace libres

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52-56ª; Juan 8, 31-42

El orgullo nos mata. El orgullo quiere endiosarnos y al final terminamos siendo esclavos de nuestro propio ego, de nuestro propio yo. Y es que además el orgullo  nos hace odiosos, insoportables; qué terrible es tener a nuestro lado a una persona orgullosa que no piensa sino en sí misma, que no hace sino resaltar sus cosas, porque todo lo que hace lo ve admirable y único y nadie puede ser como él. No lo aguantamos.

Orgullosos de nuestras cosas, de lo que hacemos o de lo que valemos. Por supuesto no está mal que nos valoremos y por ahí tiene que andar también la autoestima, pero eso no significa colocarnos sobre pedestales para encandilar a los otros o para anularnos. Orgullosos de la sangre, porque nos consideramos siempre que estamos un escalón por encima de los demás; orgullosos de nuestro pueblo o nuestras costumbres, pero que nos impiden ver y valorar también a los demás y sus raíces. Muchos orgullos se nos pueden ir metiendo en la vida, que van creando distancias, abismos con los que están a nuestro lado, a quienes veremos siempre desde la altura de nuestro orgullo y cuando miramos siempre de lo alto veremos pequeños a los que están abajo; es lo que nos suele suceder. Por eso decíamos que realmente el orgullo nos mata, porque va a restar humanidad a la propia vida.

Es lo que le estaba sucediendo a aquellos a los que Jesús se está dirigiendo en esta ocasión, en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Están subidos en sus pedestales porque ellos sí que son hijos de Abrahán, ellos sí que tienen la religión auténtica; así lo piensan, pero en su vida no hacen sino  crear abismos con los que los rodean. Por eso no entienden, o no quieren entender las palabras de Jesús. Pero no son solo sus palabras sino que es la manera cómo Jesús se ha presentado ante el pueblo, cómo Jesús está al lado de los que se sienten oprimidos por cualquier motivo para abrirles camino de verdad y de libertad.

No le importa a Jesús estar al lago de los pobres y de los que son despreciados de los demás. Le echarán cara, es cierto, de que come con publicanos y con pecadores. Pero es que Jesús ha venido para restituirnos nuestra humanidad, y es la humanidad con que se presenta, a pesar de ser Dios, - no hizo alarde de su categoría de Dios, nos dirá san Pablo, sino que se abajó y se hizo uno de tantos -, y es la humanidad con que tratará a todos para elevarnos y darnos la mayor grandeza.

Por eso les dirá a sus discípulos que ellos no pueden ser como los poderosos de este mundo o los que tienen autoridad sobre los pueblos, sino que han de saber hacerse los últimos y los servidores de todos. Es el camino que toma Jesús que se hizo esclavo para morir por nosotros en la cruz.

Y Jesús que nos ayuda a descubrir la verdad de nuestra vida, nos engrandece, porque nos hace hijos de Dios. No somos esclavos sino libres. Por eso nos ha dicho hoy: ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Conocer a Jesús es conocer la verdad; El es nuestra sabiduría, El es la Verdad, como nos dirá en otro momento y estos días vamos a recordar. Es en Jesús donde vamos a encontrar el verdadero sentido del hombre, el verdadero sentido de la vida. Por eso nos dice ‘conoceréis la verdad y la verdad nos hará libres’.

Y continuará diciéndonos ‘y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres’. Y con la libertad que nos ofrece Jesús serán nuevas y distintas nuestras relaciones con los demás, porque a partir de ese momento todo tiene que ser humanidad; nada de opresión, nada que merme o reste la grandeza de toda persona, nada que me haga sentirme ni mejor ni por encima. Algo nuevo tiene que comenzar, porque aprenderemos a caminar al mismo paso, dándonos la mano, ayudándonos mutuamente a levantarnos los unos a los otros, no permitiendo que haya distinciones ni separaciones, porque como somos hijos todos somos hermanos. No vamos ya caminando por la vida con otros orgullos o grandezas.

Busquemos a Jesús, queramos conocer en verdad a Jesús, dejémonos iluminar por su verdad, hagamos su camino que es el que nos lleva a la vida.


martes, 30 de enero de 2024

Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

 


Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

Nos sucede muchas veces, nos encontramos pasando por un mal momento del que queremos salir, pero parece que todo son dificultades, murallas que parecen interponerse para encontrar la solución. Y muchas veces parte de nosotros mismos, de nuestra indecisión o de nuestros miedos, como también en el camino podemos encontrarnos obstáculos, desde quienes parece que se gozan en hacernos creer que es grande la dificultad, o también de prejuicios o respetos sociales, por llamarlos de alguna manera que nos hacen temer que aquello no tiene solución o ya no hay remedio.

Pero si tenemos claro a dónde podemos acudir, no nos dejamos llevar por esos posibles prejuicios sociales, y no hacemos caso a tantos agoreros que nos ponen las cosas cada vez más negras, podremos tomar la valiente decisión de encontrar la solución o el camino para esa recuperación que necesitamos.

Muchas de estas cosas que hemos ido mencionando de lo que nos sucede en la vida podemos ver reflejadas en el pasaje del evangelio que hoy se nos presenta. En primer lugar está Jairo, era un hombre importante e influyente, que podía pertenecer de alguna manera a la clase dirigente de aquella sociedad, puesto que era el Jefe de la Sinagoga. Su situación social le podía estar cerca de aquellos escribas y fariseos que tanta oposición comenzaban a hacer a Jesús. Pero Jairo se encuentra con su hija enferma y, como dice él, está en las últimas. ¿A quién acudir? ¿Se atreverá con la prestancia de su figura a acudir como uno más hasta Jesús para que sane a su hija? Saltándose todos los prejuicios que le podían imponer de alguna manera los principales opositores a Jesús, se atreve a ir al encuentro con Jesús, cuando está llegando ahora en barca después de atravesar el lago, para pedirle que vaya a curar a su hija.


Parece que todo son prisas dada la urgencia de la situación de aquella niña. Pero Jesús ha tenido que detenerse en camino. Una mujer con hemorragias en la que se había gastado una fortuna buscando remedio para su enfermedad se ha atrevido a ir por detrás de Jesús a tocar el manto, con la confianza de que solo es necesario eso para curarse. No podría estar aquella mujer en medio de la aglomeración de personas que rodean a Jesús porque ella por su enfermedad es una mujer impura. Pero ha saltado todas esas conveniencias sociales y se ha acercado a Jesús.

Jesús ha sentido que alguien le ha tocado y se detiene en su camino, para impaciencia de Jairo. ‘¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaban: Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?’ La mujer temblorosa no ha tenido más remedio que dar un paso adelante ‘y se echó a sus pies’. ‘Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad’, le dice Jesús.

Jairo le apremia y llegan malas noticias. No hay que molestar al maestro, la niña ha muerto. Otra barrera que se impone. Parece que la oscuridad de la muerte quiere hacer presencia. Tantos nubarrones negros que podrán descorrerse si mantenemos la fe. Es lo que le dice Jesús a Jairo. ‘No temas; basta que tengas fe’. Y continúan el camino, encontrándose la casa llena ya de las plañideras que lloran la muerte de la niña. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida’. Pero comenta el evangelista que se reían de El.  ¡Cuántos se ríen de nuestra fe! ¡Cuántas veces nos acobardamos temiendo esas burlas que podamos recibir por nuestra fe!


Y ya sabemos el final del relato. La tomó de la mano y la levantó y se la entregó a los padres. A pesar de que el camino se había llenado de sombras al final apareció la luz. También seguramente lo habremos experimentado cuando hemos mantenido con valentía nuestra fe. ¡Qué satisfacción más honda sentimos en el alma! No nos falta la luz porque nunca faltará la presencia de Dios que camina a nuestro lado y que se nos manifiesta de tantas maneras. Como lo hizo Jesús con Jairo, y como también le dio oportunidad a aquella mujer. Yo lo he sentido en mi vida.

Basta que mantengamos nuestra fe.


martes, 15 de noviembre de 2022

Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, poniendo trabas y barreras, desconociendo esa nueva presencia de Dios y Jesús pase de largo

 


Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, poniendo trabas y barreras, desconociendo esa nueva presencia de Dios y Jesús pase de largo

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Sal 14; Lucas 19, 1-10

¿Cuál hubiera sido nuestra reacción? Alguien que llega y por la cara nos dice sin que nosotros lo hayamos invitado ni tengamos mayor confianza o amistad que quiere quedarse en nuestra casa. Seguro que nos lo hubiéramos pensado. Quizás nos veamos comprometidos y busquemos alguna solución, o si no nos queda más remedio más que corriendo busquemos un lugar, una habitación, una cama para quien que se ha auto invitado, pero nos quedarán los recelos dentro de nosotros.

Sin embargo en lo que nos cuenta el evangelio no fue así. Zaqueo no conocía a Jesús pero quería conocerlo, al menos, verlo pasar cerca. Entre su tamaño por una parte y los recelos de la gente hacia los recaudadores de impuestos, de modo normal poniéndose en la calle al paso de Jesús parecía imposible; pero el no cejaba en su empeño y no tuvo reparo en subirse a la higuera por donde había de pasar Jesús; además oculto entre los ramajes podría pasar desapercibido y evitar un desprecio más de la gente.

Pero fue Jesús quien se detuvo al pie de la higuera, y ahora no buscaba higos porque tuviera hambre como en otra ocasión, sino que tenía hambre de un corazón, quería hospedarse en la casa de Zaqueo. Por eso, se auto invita, le dice a Zaqueo que quiere quedarse en su casa, aunque esto pudiera ser señal de algo más que estaría buscando Jesús. Y Zaqueo no tuvo reparo en abrir con alegría las puertas de la casa para recibir a Jesús y ofrecerle todos los mejores signos de la hospitalidad con un banquete.

Los recelos no fueron de Zaqueo porque Jesús quisiera ir a su casa, los recelos estaban en aquellos que como siempre están observando a la distancia a ver lo que sucede, porque Jesús ha ido a hospedarse a la casa de un pecador. Los habían tenido también cuando Leví había invitado a Jesús a su casa, después que Jesús le invitara a seguirle. Pero el médico busca a los enfermos y ofrece los medios para que encuentren la salud. Es lo que Jesús está haciendo ahora hospedándose en la casa de Zaqueo.

La salvación llegaba a aquella casa. No se habían cerrado las puertas sino que se habían abierto los corazones. Se habían abierto los corazones para vaciarse porque era la manera en que Jesús ocupara su lugar en aquel corazón. ‘Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más’.

‘Hoy ha sido la salvación para esta casa’, proclamará Jesús. Ahora sí que Zaqueo estaba cerca del camino del Reino de Dios, había vaciado su corazón para llenarlo de lo que verdad merece la pena; había vaciado su corazón porque de todo se desprendía para que Dios habitara en él. Ya había habido buena disposición aunque él se sentía un pecador. El rechazo de la gente no dejándole sitio, no dejándole pasar, criticando ahora a Jesús incluso porque haya venido a hospedarse en su casa, estaban manifestando lo que sentía en su corazón.

Pero había buena disposición; pudo haberse quedado en su casa, pues en fin de cuentas aquella comitiva era una más de las que se dirigían a Jerusalén para la pascua, sin embargo se echó a la calle en búsqueda de conocer a Jesús. ¿Estaría sintiendo una llamada en su corazón?

Cuántas veces sentimos el impulso de hacer algo distinto, algo no habitual en lo que acostumbramos a realizar, y nos quedamos en la duda, vamos o no vamos, hacemos o no hacemos. Y alguna vez podríamos estar cerrando puertas. Zaqueo las abrió y se echó a la calle no teniendo reparo en subirse finalmente a una higuera para ver el paso de Jesús. Tampoco tuvo reparo en llevar a su casa a Jesús, cuando Jesús se auto invita. Como solemos decir, la breva se cayó de madura, allí estaba su decisión final, optaba de verdad por el Reino de Dios.

¿Abriremos nosotros las puertas para quien viene a nosotros y en quien tenemos que saber descubrir a Jesús? ¿Nos dejaremos acaso arrastrar por el qué dirán los que están en nuestro entorno? Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, sigamos poniendo trabas y barreras, sigamos desconociendo esa nueva presencia de Dios que quiere llegar a nuestra casa y Jesús pase de largo por nuestra vida.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

sábado, 26 de marzo de 2022

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado


La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

De entrada decimos que no es malo que valoremos aquello que vamos consiguiendo; siempre hemos de tener metas que nos ayuden a crecer, a mejorar, a lograr mejores cosas en la vida; y hay que reconocerlo, es bueno y hasta necesario reconocerlo; sicológicamente se nos habla de autoestima y de valoración de nosotros mismos; es el camino de la vida que ha de ser siempre en ascensión.

Pero que nos valoremos a nosotros mismos no significa que tengamos que minusvalorar a los demás, despreciar a los demás; tampoco es humano que nos sintamos superiores de los otros, porque cada uno tiene sus valores y hemos también de saber reconocer los valores de los demás, y tampoco nos podemos creer dioses que nos pongamos sobre pedestales para mirar por encima del  hombro a los otros.

Y en la postura y en el camino del creyente, junto al reconocimiento de lo que somos, de los talentos que Dios nos ha puesto en nuestras manos siguiendo la imagen de otra parábola del evangelio, hemos de reconocer por otra parte lo recibido de las manos de Dios. Como creyentes nos sentimos en las manos de Dios, como creyentes vemos el actuar de Dios en nuestra vida, como creyentes tenemos que saber dar gracias a Dios por los dones que nos ha concedido.

Y haciéndonos todas estas consideraciones previas donde nos ponemos ante la parábola que hoy Jesús nos ofrece en el evangelio. En ese necesario camino de humildad que como creyentes hemos visto que hemos de tomar. Ya el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es importante que veamos la motivación de la parábola para que nos demos cuenta de la autentica actitud de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar.

‘Considerarse justo y despreciar a los demás’. Es lo que nos reflejan la actitud, las palabras, las posturas de aquel fariseo. Actitud soberbia del que se queda de pie, que ni ante Dios sabe postrarse; orgullo y vanidad haciendo recuento de lo que hace como si todo fuese de su valor, claro que al tiempo tenemos que ver las intenciones torcidas con que hace las cosas que en si mismas pueden ser buenas; desprecio hacia el que está postrado allá en el ultimo rincón, porque el fariseo se considera mejor y no quiere ni mezclarse con aquel hombre, y humildad del publicano que se siente pecador y así se postra ante el Señor pidiendo perdón. ¿Todo es malo en aquel hombre pecador al que desprecia el fariseo? No tenemos por qué pensarlo, porque cosas buenas tienen que haber también en su vida, pero está la grandeza de la humildad que así se siente pecador delante del Señor.

Es la sentencia con la que Jesús concluye la parábola. ‘Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. El camino de la grandeza no es el camino de la soberbia. Aparentemente pueden aparecer grandes y poderosos, pero se queda todo en la fachada. Hay que buscar la verdadera grandeza del hombre, en el interior del hombre.

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento. Es más, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de si mismo, con la fuerza del Señor, agradeciendo a Dios lo poco o lo mucho que tengamos, pero que son los talentos que tenemos en nuestras manos y hemos de desarrollar. Pero siempre buscando el bien, siempre derrochando bondad, siempre compartiendo con los demás, siempre buscando la riqueza y el bien de todos. 

lunes, 25 de octubre de 2021

Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

 


Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

¿Por qué se fijó en mí? Yo estaba queriendo pasar desapercibido en medio de la gente; además no soy tan importante para que se fijen en mí. Pero parecía que me buscaba porque en medio de todo lo que sucedía se dirigió a mí como si me hubiera conocido de toda la vida. Me sentí sorprendido, porque además parece que sabía más de mí de lo que yo podía imaginar…

Las impresiones quizás de alguien que se ve sorprendido cuando quiere pasar desapercibido; la sorpresa porque además fue como un levantarlo y de alguna manera se le dio la importancia que realmente tenía aunque pasara desapercibido para los demás. Cómo en cierto modo nos sentimos halagados cuando somos tomados en consideración y parece que todo lo que otros habían querido anular ignorando a la persona ahora se ve notablemente restablecido.

Fue necesario que alguien prestara atención y se fijara para comenzar a tener en cuenta a aquella persona. Y la persona se siente elevada en su interior, se siente como con mayor dignidad porque se le tiene en cuenta, porque alguien se ha fijado en ella. Vamos por la vida y no prestamos atención a aquellas personas con las que nos cruzamos; solamente una mirada o una sonrisa podría haber hecho que aquella persona se sintiera valorada en su dignidad, se restableciera en ella su orgullo de persona tenida en cuenta.

Jesús no pasaba al lado de las personas ignorándolas; Jesús se detenía junto a aquel que nadie valoraba y le daba la mano para levantarse. Recordemos el ciego de las calles de Jerusalén, el paralítico de la piscina, a Zaqueo escondido entre las ramas de la higuera; si nos vamos fijando en las páginas del evangelio encontraremos muchas más ocasiones.

Ahora al entrar en la sinagoga se ha fijado en aquella pobre mujer encorvada, quizás medio oculta en un rincón entre la gente y en la que nadie se habría fijado; o estaban acostumbrados a verla que parecía como si fuera natural lo que le sucedía a aquella mujer y ya nadie le prestaba atención. Pero Jesús se detiene, la mira, la llama, la hace ponerse en el centro de aquella asamblea. Lleva un montón de años en aquella situación – diez y ocho años comentará el evangelista - y nadie se había fijado en ella, nadie se había preocupado por ella.

Y aquella mujer se ve restablecida en su dignidad solamente con que Jesús se haya fijado en ella y la pusiera en medio. Para que todos se fijaran, era una mujer y una mujer enferma, nunca hubiera estado en el centro de la asamblea haciendo que la gente se fijara en ella. Incluso era menospreciada cuando el jefe de la sinagoga diga que no vengan en sábado para que Jesús los cure sino en otro día para no saltarse el descanso sabático. Era una forma quizás de querer poner a los que se encontraban en la situación de aquella mujer en un segundo plano. Pero solamente con eso, con que Jesús la pusiera en medio, ya se sentía curada, porque se sentía restablecida en su dignidad; Jesús se referirá a ella como una hija de Abraham. Pero además Jesús la curó de su enfermedad.

En otros aspectos podríamos fijarnos también en este pasaje en referencia al tema del descanso del sábado que se tomaban con tanto rigor y que Jesús les desmontará haciendo que nos fijemos más en la persona que en la letra de la ley que tomada así lo que hace es esclavizar. Pero ya es importante que aprendamos de Jesús a fijarnos en las personas, a restablecer la dignidad de las personas con nuestro aprecio y consideración, cómo una mirada puede levantar un ánimo caído y una sonrisa despertar una esperanza en el corazón.

lunes, 8 de marzo de 2021

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

 


No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

El orgullo de los pueblos que se creen merecedores de todo y que se creen los mejores. Y siempre que aparece el orgullo aparecen los desprecios, la poca valoración de los que creemos inferiores, y las exigencias de todo tipo, porque, como decíamos, nos creemos merecedores de todo. Quizá no puedan ofrecer otra cosa que uno de su pueblo alcanzó cotas altas, y porque de nuestro pueblo salió, vamos a decirlo así, una lumbrera, alguien que en algún campo de la vida destacó por algo, ahora yo todos nos creemos mecedores y hasta nos volvemos exigentes.

¿Qué pasaba en Nazaret? La fama de Jesús, el profeta que había surgido de aquel pueblo que antes apenas había tenido nombre, llegaba a todas partes y comenzaron a aparecer los orgullos. Pero bien sabemos que los orgullos van acompañados también de desconfianzas, porque ¿de dónde ha sacado El toda esa sabiduría y esos poderes? Y en esas desconfianzas comienzan las valoraciones que no siempre van a ser favorables para los cercanos al personaje. Si aquí están sus hermanos, sus parientes, su familia que en nada han destacado, porque su padre era simplemente el carpintero.

Es lo que podemos describir de Nazaret, que al principio cuando había salido Jesús a hacer la lectura en la sinagoga, todo eran alabanzas y orgullos patrios, pero pronto se volvieron en contra en desconfianzas y en desprecios de alguna manera. Por eso Jesús les dirá claramente que un profeta no es bien mirado en su pueblo, solo en su pueblo será despreciado. Y ahora le están pidiendo que haga allí lo que saben que ha hecho en otros lugares, aunque su fe en El no sea tan clara. Y ya sabemos que la exigencia primera para los milagros de Jesús es la fe los que piden la ayuda, los que piden el milagro, y en eso no están destacando precisamente en su pueblo de Nazaret.

Y Jesús les recuerda dos hechos o acontecimientos de los antiguos profetas, en este caso de Elías y Eliseo. En tiempos de Elías muchas viudas había en Israel pasando necesidad en aquellos tiempos de sequías y de hambres, y sin embargo fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, un pueblo ya ajeno a Israel; pero grande había sido la generosidad de aquella mujer que nada tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite para hacer el último panecillo y esperar la muerte, pero sin embargo se había desprendido generosamente de ello para compartirlo con el profeta.

Muchos leprosos, les recuerda Jesús, había en Israel – era una enfermedad muy común en la antigüedad – y sin embargo el profeta Eliseo a quien curó fue a Naamán, el sirio. Había venido a Israel buscando la salud porque la fe de una esclava lo había recomendado.  Y la gente de Nazaret entendió el mensaje que Jesús les estaba dando, que había de despertar su fe, pero ellos seguían encerrados en sus orgullos, por eso se revuelcan y se vuelven contra Jesús, al que arrojan fuera del pueblo que incluso quieren despeñarlo por un barranco.

¿Por dónde anda el proceso de nuestra fe?, tendríamos quizá que preguntarnos en este momento. A eso tiene que llevarnos este evangelio que hoy estamos escuchando y precisamente en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Bueno, nos hemos acostumbrado ya a que en este tiempo viene la Cuaresma, porque pronto se acerca la Semana Santa, pero quizá vamos pasando los días y no vemos ningún  progreso en nuestra vida. Escuchamos la Palabra que cada día se nos ofrece, bueno, no sé si realmente la escuchamos, porque para escuchar de verdad tenemos que abrir los oídos del corazón.

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos. Es ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo, ir saliendo de nuestras rutinas en que simplemente repetimos las cosas que siempre hacemos pero no siempre con el deseo de superación, de crecimiento espiritual. La gente de Nazaret oyó aquel día las palabras de Jesús y la lectura del profeta, pero no supo escuchar en su corazón. Es lo que nosotros necesitamos saber hacer.

 

sábado, 21 de marzo de 2020

El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con nuestras debilidades pero siempre con la actitud del servicio y del amor


El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con nuestras debilidades pero siempre con la actitud del servicio y del amor

 Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
Es una cosa que tenemos tendencia a hacer, compararnos con los demás. No lo reconocemos si nos lo preguntan, pero en nuestro interior lo llevamos y en ciertas actitudes o formas incluso de relacionarnos con los demás lo manifestamos. ‘Yo no soy así…’ decimos con facilidad y cuando estamos diciendo esto es porque estamos haciendo comparación. Nos gustará o no nos gustará lo que el otro hace, pero siempre tenemos el prurito de decir aunque fuera de una forma muy sutil que nosotros los hacemos mejor, que no somos como esa persona, que nosotros si estamos en la cierto porque sabemos bien lo que hacemos y que el otro… buenos vamos a dejarlo aquí porque algunas veces podemos tener expresiones que no son repetibles.
Y es que en nuestro orgullo queremos sobresalir; en nuestro orgullo nunca reconoceremos que hacemos algo mal o que nos hemos equivocado; nos sentimos muy heridos en nuestro amor propio cuando nos hacen reconocer nuestros errores, nuestros fallos y siempre estaremos buscando una justificación.
Bueno quizá en la presentación del tema estemos generalizando de una forma excesiva, porque bien sabemos que no todo el mundo es así, pero es que necesitamos enfrentarnos con nosotros mismos y ser capaces de mirarnos con sinceridad para reconocer también nuestros errores, para no echarnos demasiado incienso por aquellas cosas buenas que hacemos – que por supuesto también las hacemos -, para no subirnos en pedestales ni ponernos por encima del otro, porque si nos miramos con sinceridad seremos humildes.
Es por lo que Jesús nos propone la parábola que escuchamos en el evangelio. Nos dice el evangelista que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Ya la conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado. Los dos hombres que suben al templo a orar, el fariseo y el publicano. Ya las posturas y la colocación lo están diciendo todo. El que se pone en medio, para que todos los vean; el que se pone en medio y mira por encima del hombro; el que se pone en medio con actitud prepotente que parece que va a avasallar a todo el mundo.
No será siempre el lugar físico quizás el que denote nuestra prepotencia, porque eso lo llevamos en el corazón, pero es bien significativo como Jesús nos narra la parábola. Cuantas veces vamos arrollando por la vida, con nuestras influencias, con el poder de lo que nosotros llamamos nuestro prestigio o quizá con el poder de nuestra riqueza; quizá con nuestra palabrería con la que no dejamos hablar a nadie o nuestras oratorias vacías y repetidas mil veces sin decir nada pero con las que queremos encandilar a la gente.
Mientras que el publicano anda poco menos que escondido en el último lugar, donde quizá nadie note su presencia ya que tan desagradable se hace para muchos; pero es la actitud y la postura del corazón. No se atrevía a levantar sus ojos, y humildemente se sentía pecador. Es cierto que no tenemos que mostrarnos con prepotencia, pero realmente tampoco tenemos por qué ocultarnos, con lo que somos nosotros queremos hacer el bien, dar gloria Dios, y tampoco tenemos que ocultar nuestros valores que pudiera convertirse eso en una soberbia camuflada. Vamos con la realidad de nuestra vida, que sabemos también llena de debilidades y defectos, pero queriendo poner mucho amor en lo que hacemos.
El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con sus debilidades que todos tenemos pero siempre con la actitud del servicio. No queriendo nunca humillar, pero siempre tendiendo la mano para ayudar a levantarse al débil o al caído y para ayudar a caminar; nunca con la prepotencia del que se siente seguro en si mismo y de ninguna manera despreciando a los demás; con la certeza de nuestra fe y con las inseguridades de nuestras dudas; con la fuerza del amor y dejándonos siempre conducir por el Espíritu del Señor.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

sábado, 11 de enero de 2020

Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida


Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida

1Juan 5, 5-13; Sal 147; Lucas 5, 12-16
¿Cómo te sentirías si acaso tu fueras una persona que no es tenida en cuenta en la vida, sino más bien algunas veces por circunstancias que te rodean de las que no puedes sentirse culpable más bien eres una persona despreciada, a la que nunca no solo no se le tiene en cuenta sino que más bien es excluida y casi no se le deja participar en los actos de la vida comunitaria? Te sentirías humillado en esos desprecios y en esa exclusión, pero si en un determinado momento te encuentras a alguien que públicamente te manifiesta tu aprecio, eso haría subir en muchos grados tu autoestima, y si además esa persona es de las que se consideran importantes y llega y te echa el brazo por encima como en un abrazo y te invita a que expreses tus opiniones y tengas incluso participación y responsabilidad en las actividades de la comunidad, no solo te sentirías halagado sino que en cierto modo lleno de orgullo y engrandecido al ver como cuentan contigo y serias capaz de dar lo mejor de ti mismo por lo que sea y por quien sea con tal de ser reconocido.
Hoy en el evangelio vemos que llega a la presencia de Jesús un hombre que es leproso. Por el mero hecho de tener esta enfermedad se le consideraba una persona impura y ya no podía participar en la vida ni familiar ni de la comunidad; condenado en vida había de vivir en lugares apartados, lejos de todo contacto humano con los que no estaban enfermos, viviendo una vida de pobreza y degradación sin parangón. Eran unos condenados en vida; ellos mismos habían de ir gritando que eran impuros para que nadie pudiera acercarse a ellos. Una vida dura y cruel a la que estaban condenados sin posibilidad de recuperación, como difícil podía ser el curarse entonces con los pobres medios de los que se poseía de tan terrible enfermedad.
Pero aquel hombre se abrió paso hasta Jesús sin encontrar resistencia, es más, Jesús tampoco lo rechaza, sino todo lo contrario hace lo que nadie seria capaz de hacer, poner su mano sobre él. El diálogo había sido breve. ‘Al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y enseguida la lepra se le quitó’.
Tenía deseos como todo leproso de ser curado, pero está tan acostumbrado a los desprecios y al ninguneo que casi no se atreve a expresar lo que desea. Podrá o no podrá Jesús tener autoridad para curar de la enfermedad, pero está acostumbrado a que nadie le hace caso, por eso solamente se atreve a sugerir ‘Señor, si quieres puedes limpiarme’. Qué humildad y qué valor, qué grandeza de su espíritu. Solo dirá ‘si quieres…’
Pero ya estaba sintiendo cómo su alma se regeneraba, porque de entrada no había encontrado rechazo, la primera vez desde el comienzo de su enfermedad. Pero siente algo más que lo levanta a él que en su humildad está postrado en tierra como tantas veces se había visto tirado por tierra por quienes le rechazaban. Se siente levantado porque siente una mano sobre él, una mano que llena de vida no solo para restablecer la salud de aquel cuerpo roto por la enfermedad, sino para llenar de vida un espíritu que está muerto, que está condenado por todos a estar muerto en vida. Es algo más que la curación de unas llagas corporales lo que está sintiendo porque es su alma la que se siente sanada y salvada, llena de vida nueva.
No podrá ya dejar de gritar a todos los vientos lo que ha sucedido con él aunque le hayan prohibido hablar de ello. Tiene que hablarlo, tiene que gritarlo, tiene que hacer que todo el mundo lo sepa, porque para él ha comenzado una vida nueva.
¿Podremos nosotros hacer que alguien a nuestro lado se sienta así resucitado cuando estaba muerto en vida? Creo que es lo que Jesús nos está diciendo que comencemos a hacer, oportunidades muchas tenemos. Alguien está esperando que le restituyas la autoestima perdida.

sábado, 20 de julio de 2019

No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande


No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Qué mal nos sentimos cuando intentamos hacer algo bueno, pero por las circunstancias que sea no nos sale como nos gustaría a nosotros, o cuando pretendíamos algo grande e importante, sin embargo lo que resultó fue algo muy pequeño, insignificante quizás, que parece que no tiene ningún valor, pero donde habíamos puesto nuestra ilusión y nuestro esfuerzo y viene alguien y nos lo echa abajo; y llega alguien y nos dice que aquello es una mezquindad, que tanto decir y decir y mira lo que hemos conseguido, la poquedad o la pequeñez de lo logrado. Se nos viene el mundo abajo, con la ilusión y el esfuerzo que habíamos puesto, y viene ahora alguien y nos dice que aquello no vale nada. Se nos vuelan las ilusiones, nos sentimos perdidos y empequeñecidos, no tenemos ilusión ni fuerza para comenzar de nuevo algo bueno. Hay personas que parece que son especialistas en cortarnos las alas.
Algo que nos puede suceder en los ámbitos educativos, o en el seno familiar donde tenemos el peligro de que a alguno de sus miembros no lo valores, no tengamos en cuenta lo que hace aunque sea pequeño; algo que nos puede suceder en el ámbito de la sociedad y donde hay personas que quieren colaborar, pero quizá no saben hacer más o no pueden hacer sino cosas sencillas, y pudiera ser que los dejemos a un lado; y nos sucede, hemos de reconocerlo, también en el ámbito de la comunidad cristiana, en el ámbito eclesial.
Cuantas veces no valoramos ese pequeño real de la viejita de turno que simplemente ofrece sus oraciones en su misa diaria a la que no falta nunca, pero que no puede comprometerse en otras cosas o actividades; muchas cosas y también muchos encontronazos o discriminaciones pudieran estar sucediendo en el ámbito de la comunidad porque el encargado de turno, digámoslo así, no valora a determinadas personas y no sabe o no quiere contar con ellas; o a cuántos por no sé qué motivos apartamos de actividades o acciones pastorales que pudieran realizar dentro de la Iglesia. Hay muchos con los que no se quiere contar, quizás por que nos parezcan poca cosa o por algunas sombras que pudiera haber habido en su vida y que no hemos sabido ayudar a superar.
Muchas reflexiones de este tipo nos pueden surgir en nuestro interior desde el pasaje del evangelio que incluso cita un texto del profeta Isaías. Los fariseos habían planeado ya acabar con Jesús y Jesús se retira a otros lugares esperando mejores momentos. Sin embargo a cuantos se acercan los atiende, les enseña, les cura de sus enfermedades o dolencias, aunque siempre los dice que no lo digan a nadie. Quiere pasar desapercibido, pero siempre que tiene la oportunidad sigue anunciando el Reino de Dios.
Es cuando el evangelista se acuerda de profeta y trae a colación un texto. ‘Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Es lo que queremos recordar y ha motivado la reflexión que nos hacíamos y que bien tendríamos que tener en cuenta, como decíamos, para muchos aspectos de la vida. ‘La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará…’ Cómo tendríamos que recordarlo y tenerlo en cuenta en tantas ocasiones. Parece que el pabilo se va a apagar, pero tenemos que reavivarlo; parece que es una caña cascada - ¿para qué nos va a servir si ya está rota?, pensamos – pero aunque nos pudiera parecer inútil puede servirnos para algo, puede tener su función. Podríamos pensar cuantas cosas en el terreno de la artesanía se realizan con cosas que nos pudieran parecer desechos.
Todos tenemos un valor por insignificantes que parezcamos. Todos podemos realizar una función aunque nos pudiera parecer que no tienen capacidades. Pienso en el mundo de los discapacitados con los que he tenido el honor de colaborar en muchas cosas y de los que he aprendido tanto y del valor de sus vidas a pesar de las limitaciones.
Jesús nos enseña – y podríamos recordar muchos lugares del evangelio – a que valoremos lo pequeño y que seamos capaces de ser fieles en lo pequeño porque de lo contrario no lo seremos tampoco en lo grande o importante. No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia.

sábado, 30 de marzo de 2019

Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado


Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
La autosuficiencia, el orgullo, la soberbia son malos compañeros para el camino de la vida. Aunque algunos crean que llevándoselo todo por delante son más fuertes, más importantes o más respetados.
Nos encontramos gentes que caminan por la vida así. Se creen que ellos son todo para el mundo, miran por encima del hombro a los demás considerándolos unos pobrecitos que nada saben o nada pueden, van avasallando a todo el que se encuentran en el camino con su prepotencia echando a la cuneta de la vida a quienes consideren que les pueden impedir conseguir sus objetivos.
Respeto no conseguirán sino quizá miedo, y salvo aquellos que los envidian y quieren ser como ellos nadie los querrá como amigos; claro que quienes siguen sus ejemplos y entran por caminos de adulación, pronto estarán buscando como echar la zancadilla para ocupar su lugar.
Si esto lo hemos de tener en cuenta en unas verdaderas relaciones humanas con los que caminan con nosotros en la vida, ese estilo de vida lleno de vanidad y orgullo no nos vale de  ninguna manera para nuestras relaciones con Dios. Ante Dios todo tiene que ser sinceridad porque El conoce bien nuestro corazón y bien sabemos que Dios se goza con los humildes, porque ellos de manera especial se revela y para ellos tiene las gracias más especiales.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús propone una parábola por aquellos ‘que teniéndose por justos, despreciaban a los demás’. Y nos habla de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar. En uno resplandece el orgullo y la autosuficiencia, el creerse justo y despreciar a todo el que se encuentra a su lado. Se refleja en sus posturas y en su manera de orar.
Es sintomático que nos diga que se puso en pie delante de todos. No quiere mezclarse con nadie y como se cree superior ese gesto de estar de pie nos está señalando como quiere estar por encima de los demás. Y son también sus palabras llenas de vanidad donde trata de justificarse pero de hacer lista de merecimientos en sus cumplimientos. ¿Vendrá a comprar el favor de Dios?
Mientras el publicano postrado en tierra no hacia sino repetir que se sentía un hombre pecador e imploraba la misericordia del Señor. Siente y reconoce la pequeñez de su vida; sabe que ante Dios nadie se puede considerar bueno por si mismo; no le importa ocupar el ultimo lugar, porque sabe que allí donde esté y si lo hace con humildad siempre sentirá el favor de Dios; no le importa estar a ras de tierra, porque así se siente más cerca de los que con él van haciendo también el camino de la vida; se siente pobre y necesitado en su condición pecadora, porque sabe que la justificación y el perdón solo vienen de Dios.
Ya sabemos, como nos dice la parábola, quien bajo del templo justificado aunque luego caminar en medio de los demás confundiéndose con todos, también con los pequeños y con los pecadores. Con su humildad y sencillez sabrá estar cercano a los demás sintiendo la pobreza y pequeñez de los otros como suya también. Sabrá estar cercano a los otros porque los pedestales no son los que lo levantan sino sola la misericordia y la compasión del Señor que se ha derramado en su corazón y que será la misericordia y la compasión con que también se acercarán a los demás.
¿Cuál es nuestra postura ante Dios y ante los demás? ¿Nos costará también a nosotros doblar las rodillas ante Dios? Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano con el amor con los pequeños y humildes que caminan a nuestro lado.
Demasiado vamos viendo hoy en nuestros templos gente que no sabe ponerse, o no quiere ponerse de rodillas delante de Dios. ¿No tendría que hacernos pensar en la pobreza de nuestros gestos cuando nos ponemos en la presencia de Dios que puede ser indicativo de la pobreza de nuestro acercamiento a los demás?

viernes, 4 de agosto de 2017

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
En una ocasión escuché a alguien hacer un comentario un poco fuerte sobre un pueblo, al que no quiero mencionar porque por encima de todo respeto y valoro mucho, del que decía que para los que llegaran de otro lugar, fueran quienes fueran, los acogían con toda generosidad, pero que entre ellos se mataban como perros.
Un poco, o un mucho, fuerte puede ser la expresión, pero quiere expresar como muchas veces valoramos mucho más lo que nos pueda venir del exterior que lo que tengamos en la propia casa, en el propio pueblo. Vemos que alguien destaca por algún motivo y desde esas envidias pueblerinas y celos que muchas veces se nos meten por dentro no lo valoramos, tratamos quizás hasta de desprestigiarlo, o comenzamos a sacar de aquí y de allá, que si es de esta o cual otra familia, que donde se cree él que ha aprendido para que venga a darnos lecciones a nosotros y cosas por el estilo.
Qué lastima que no sepamos valorar bien lo que tenemos y siempre andemos haciéndonos odiosas y destructivas comparaciones. En lugar de construir con los valores que tenemos lo que hacemos es cortar el árbol por la base para que no nos dé sombra. Es triste pero muchas veces nos sucede así. Somos tan mezquinos.
¿No fue algo así lo que le sucedió a Jesús en su propio pueblo? Es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Cuando san Lucas en su evangelio nos narra un hecho paralelo nos habla primero de los elogios y orgullos que aparecieron cuando escucharon a Jesús pero que pronto se convirtieron en desprecios y odios que le llevarían incluso a intentar arrojarlo desde el monte al precipicio.
Son las preguntas que se hacen los de Nazaret en lo que hoy escuchamos en el evangelio. ‘¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es María su madre, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?’ Y comenta el evangelista que no querían creer en El. Y terminará diciéndonos que allí no pudo hacer ningún milagro.
Por una parte con este evangelio que estamos reflexionando tenemos que hacer crecer nuestra fe en Jesús dejando que su Palabra llegue claramente a nosotros. Que no interpongamos nunca nuestros prejuicios, las barreras de nuestra manera de pensar, nuestros filtros interesados para aceptar solo aquello que nos parece bien. Con sinceridad tenemos que poner siempre en su presencia, ante su Palabra para dejar que su gracia llegue a nosotros y nos transforme.
Pero también creo que el mensaje de la Palabra de Dios hoy ha de llevarnos a algo más, a nuestra aceptación respetuosa y con corazón abierto y generoso de los demás, de cuantos nos rodean. Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de ellos. Cuanto nos cuesta a veces, como reflexionábamos antes, la aceptación del otro, de cuantos prejuicios llenamos nuestra mente, cuantas barreras nos interponemos. Sepamos valorar a los demás con nuestra acogida humilde y generosa.
Además la valoración que hacemos de los otros a ellos también los enriquecen, porque los estimulan, se sienten alentados en lo bueno que hacen y eso les hará estar en mejor disposición para caminar junto a los demás. Cuantas veces un desaire nuestro ha hecho mucho daño a aquel a quien se lo hemos inflingido porque no se ha sentido valorado, se ha sentido quizás despreciado, y puede llevarle a muchas reacciones negativas para su vida. Nuestra acogida a los demás no solo nos enriquece por lo que recibimos de ellos, sino que también estimula a lo bueno a los que nos rodean. Valoremos a los que están a nuestro lado.