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martes, 3 de febrero de 2026

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

 


Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Salmo 85;  Marcos 5, 21-43

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe. Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Un hombre lleno de angustia, ¿cómo no lo va a estar si se le muere su niña?, que no sabe a donde acudir pero cuando oye la llegada de Jesús allá corre para pedir auxilio. Y Jesús que quiere ir al encuentro de la persona en su más cruda realidad se pone en camino a casa de Jairo; cuando vamos de camino con alguien van saliendo las inquietudes o las dudas que llevamos en nuestro interior, los interrogantes que se nos plantean, las inseguridades en que nos sentimos. Seguramente no fue un camino en silencio, aunque el evangelio nos lo relate en escuetas palabras. En algún momento surgirá el pensamiento quizás del fracaso porque ya está todo perdido. Son las pocas palabras que le escuchamos a Jesús pero con ellas diría muchas cosas. ‘¿No te he dicho que basta con que tengas fe?’

En el intervalo del camino siguen sucediendo cosas. Una muchedumbre rodea aquella pequeña comitiva y lo apretuja. Perdida en aquella muchedumbre una mujer que también ha perdido sus esperanzas con la enfermedad que le aflige. Jesús parece ser que será el único que sostenga su esperanza, aunque ve difícil llegar a Jesús porque además por su enfermedad es una persona impura y no podría mezclarse con la gente. Pero la fe, como dirá Jesús en otro momento, mueve montañas y ella logra abrirse paso hasta Jesús para tocar al menos la orla de su manto. Y sucede lo inesperado, siente la mujer que se ha curado porque cesan sus hemorragias, pero siente también Jesús que alguien le ha tocado.

‘¿Quién me ha tocado?’, se vuelve Jesús. Allá el intrépido discípulo le dirá que cómo hace esa pregunta si la gente lo apretuja por todas partes. Es distinto lo que ha sucedido, la multitud apretuja y tocamos sin sentir, pero la fe toca en lo más hondo y sentiremos como nos transformamos. Aquella gente por curiosidad quizás, porque Jesús se dirige a la casa de Jairo que tiene una hija enferma, por la novedad que se pueden encontrar si realmente Jesús la cura, se dan de empujones y empellones también al cuerpo de Jesús. Y todo se quedará ahí, pero lo que sucedido con aquella mujer es distinto. Finalmente dará el paso adelante para sentirse plenamente confortada con las palabras de Jesús. ‘Tu fe te ha salvado, sigue viviendo con fe y tendrás vida…’ así terminan los caminos que con fe hacemos hasta Jesús.

Como finalmente sucedió con Jairo y su hija. Todavía el trecho de camino que queda por hacer va a ser difícil. ‘No molestes al maestro que no hay nada que hacer’, le dicen los que vienen con noticias de la casa. Al llegar el alboroto de las plañideras aunque Jesús les repite una y otra vez que no está muerta sino dormida. Son palabras que cuesta creer. Finalmente llegan en medio de dolor de todos a la cámara donde está la niña que ha fallecido. ‘A ti te lo digo, niña, levántate’ y la niña se levantó con vida. Un camino dificultoso, pero un camino de fe que se convierte en gracia; allí está el regalo de Dios.

¿Es nuestro camino?, tenemos que preguntarnos. Ahí están también nuestras dudas y nuestras ansiedades, seguimos preguntándonos ¿a quién tenemos que acudir?, oímos hablar de que llega Jesús pero quizás nos quedamos con la curiosidad pero no terminamos de descubrir algo más; ¿nos apretujaremos en torno a El para seguirle? Pero tiene que ser algo más que vernos envueltos en una masa, muchas veces quizás participamos en esos momentos multitudinarios de nuestra piedad popular, pero, ¿hasta donde llegamos?; ¿seremos capaces de abrirnos paso para llegar hasta Jesús y tocarle con la fe de aquella mujer aquejada de su enfermedad? Necesitamos tocar a Jesús o sentirnos tocados por El como aquellos leprosos que curaba, aquellos ciegos a los que ponía un poco de barro en sus ojos, aquellos sordomudos a los que tocaba sus labios o sus oídos, como a tantos a los que tendía una mano para levantarlos de sus camillas de postración.

Es algo más que un contacto físico, es el contacto de la fe para que circule la gracia, para que llegue a nosotros su vida, es el quizás quedarnos en silencio sentados en su presencia porque las palabras que tienen que resonar son las que Jesús nos dirige a nuestro corazón. No temamos quedarnos en silencio haciendo sentir sobre nosotros el peso de nuestras dudas o de nuestras debilidades. El todo lo transformará. Es la fe que nos sana, que nos salva, que pone vida en nosotros.

lunes, 7 de julio de 2025

Gestos y signos de vida y de salvación hemos de saber tener con los que nos rodean para hacer más presente el Reino de Dios en el mundo que nos rodea

 



Gestos y signos de vida y de salvación hemos de saber tener con los que nos rodean para hacer más presente el Reino de Dios en el mundo que nos rodea

Génesis 28, 10-22ª; Salmo 90; Mateo 9,18-26

La vida toda está rodeada de gestos, para comunicarnos, para relacionarnos, para expresar lo que queremos o lo que sentimos, para significar todo lo que es la vida en si misma; los podemos llamar gestos, como lo llamamos también signos; son señales que dicen en si mismas, y que de alguna manera tienen un lenguaje universal; no son necesarias traducciones porque muchas veces dicen algo más y más hondo que lo que expresamos con palabras, siendo también éstas gestos y signo de lo que pensamos o de lo que llevamos dentro.

Nos damos la mano para saludarnos en nuestros encuentros o en nuestras despedidas, es expresión de amistad y también de acuerdo de paz; ponemos la mano en el hombro de alguien y queremos expresar nuestro apoyo y la fortaleza que el otro recibe con nuestro gesto; damos un abrazo como expresión de cercanía más honda, porque de alguna manera es hacer vibrar el corazón al unísono; nos atrevemos a tocar al otro porque queremos llamar su atención o para decirle que cuente con nosotros que estamos ahí; nos cogemos del brazo de la otra persona porque queremos caminar juntos pero que significa mucho más porque en ese camino vendrán los desahogos y las confidencias;  nos sentamos al lado del otro y hacemos silencio porque simplemente queremos escuchar lo que el otro tenga que decirnos; miramos a los ojos porque le estamos diciendo que queremos llegar más hondo, o porque ofrecemos la sinceridad de nuestro corazón que ofrece confianza; muchos son los gestos con los que nos expresamos y todos son siempre bien significativos aunque algunas veces casi los hagamos sin darnos cuenta, pero siempre queriendo decir algo.

El evangelio está lleno de gestos, en Jesús que nos manifiestan muchas cosas por algo incluso a sus milagros los llamamos signos, pero no son solo esas cosas extraordinarias los gestos que hemos de contemplar en Jesús, pero gestos también en quienes se acercan a El con una petición o con un deseo, expresando también un sentimiento o queriendo ser señales también de una búsqueda que llevamos en nuestro interior y que no siempre sabemos expresar con palabras.

El texto que hoy se nos ofrece muchas veces lo hemos meditado y reflexionado; un hombre importante – algún evangelista lo llama jefe de la sinagoga – que se acerca a Jesús porque su hija está en la ultimas; una mujer con una triste enfermedad por todas las connotaciones incluso sociales que tenía y que también se acerca a Jesús buscando su curación. Ya sabemos bien cómo se desarrolló todo el episodio.

Una petición de un hombre que sufre y que se postra ante Jesús; Jesús que escucha y que se pone en camino, una mujer que se atreve a tocar la orla del manto de Jesús, un silencio penetrante que hace despertar los espíritus, una palabra de aliento para quien tanto ha confiado y que ahora se siente curada, una palabra invitando a la confianza para quien le parece que todo ya está perdido, una mano que se tiende y que levanta a la niña de su enfermedad y sueño de muerte.

¿Queremos más gestos cuando tantos se nos han ofrecido en esta corta página del evangelio? Pocas son las palabras que escuchamos a Jesús, salvo para invitar a la fe y a la confianza por una parte o para resaltar la fe de aquella mujer que se atrevió a tender la mano hasta el manto de Jesús con la confianza total de que sería curada. ‘Animo, hija, tu fe te ha curado…’ que le dice a la mujer de las hemorragias, ‘Basta que tengas fe’ que le repite Jesús a Jairo. No son necesarias cosas especiales o extraordinarias, una mano que se acerca a Jesús y una mano que acerca a Jesús. Pero en medio la fe.

¿Dónde está nuestra fe? ¿Cuáles son los gestos con los que nosotros queremos trasmitir vida, como lo hizo Jesús en aquella ocasión? ¿No tendremos que comenzar a decir menos palabras y a tener más gestos con los que manifestemos de verdad la presencia del Reino de Dios entre nosotros? La mujer se curó y la niña se levantó… ¿qué señales de curación, de salud, de vida estamos dando o estamos viendo en lo que vamos haciendo cada día?

martes, 4 de febrero de 2025

Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

 


Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

Hebreos 12, 1 – 4; Salmo 21; Marcos 5, 21-43

Supongamos que tenemos que hacer una petición de algo que consideramos muy importante para nuestra vida; ya procuraremos preparar con todo cuidado la solicitud, las palabras que vamos a decir en nuestra petición o la instancia a presentar si ese es el camino; buscaremos quizás los más expertos que nos puedan aconsejar, nos valemos de las influencias que podamos conseguir de personas que desde su situación privilegiada pongan su mano, intercedan por nosotros si ese es el caso, o cuidaremos mucho la forma de presentarnos ante quien nos pueda atender en dicha solicitud. No iremos con las manos vacías y de cualquier modo.

¿Será esa la manera de proceder cuando acudimos a Dios desde nuestras necesidades o problemas? Creo que en este aspecto tenemos muchas cosas que revisar; con atención tenemos que leer, escuchar, empaparnos del evangelio que hoy se nos ofrece. ¿Qué necesitaríamos en verdad?

El evangelio es claro. Escuchémoslo desde el corazón y con mucha atención porque nos dice cosas importantes. Repasemos las situaciones que se nos describen. Un hombre, que en cierta manera era importante, era el jefe de la sinagoga, tiene una niña que está muy enferma y acude directamente a Jesús. Y Jesús se ofrece para ir directamente a su casa para darle vida a su niña. Por otra parte una pobre mujer, anónima entre la multitud de manera que pasa desapercibido incluso en la situación de la enfermedad que padece que en cierto modo oculta, pero que no sabe a quien acudir y se va directamente a Jesús, sin preparar palabras ni peticiones, pero con una certeza que le da su corazón desde la fe que la mueve; solo con tocarle el manto piensa ella que es suficiente.

Vendrán criados con malas nuevas para el jefe de la sinagoga, porque piensan que ya nada hay que hacer, pero Jesús le dice a aquel hombre que solo le ha pedido fe, ‘basta que tengas fe’. Aquella mujer, que nada dice, pero que se atreve a tocar a Jesús pero que ahora le está costando dar la cara cuando Jesús pregunta que quien le ha tocado, incluso con la aglomeración de gente a su alrededor, cuando se atreve a dar el paso adelante, tímida pero agradecida, Jesús le dirá que su fe le ha curado.

La única instancia necesaria ha sido la de la fe. Ni discursos con muchas palabras ni influencias de nadie que puedan aparecer como poderosos, sino la humildad del que se siente pobre y necesitado y con esa fe y con esa humildad acude a Jesús. No hacen falta antesalas porque todo va a suceder a pie de calle, no será necesario acudir ni al templo ni a la sinagoga, Jesús que se baja de la barca y allí lo aborda aquel hombre, Jesús que camina por la calle entre el remolino de gente que lo apretuja por todas partes. Pero la fe mueve montañas, como nos dirá Jesús en otra ocasión.

Y nosotros que nos cansamos de hacer largos rezos, nosotros que acudimos a la intercesión de todos los santos, nosotros que rodeamos de esplendor nuestro culto, nosotros que vamos con nuestras ofrendas por delante o al menos con nuestras promesas de no sé cuantas cosas haremos después, cuantas de alguna manera instancias que preparamos;  y Jesús nos dice que basta que tengamos fe, Jesús que se deja abordar por los necesitados o sale a su encuentro dejando que lo apretuje la gente o tiren de su manto, Jesús que se pone en camino allí donde falta la vida porque quiere hacer que la recuperemos, Jesús que no le importa que se rían de El porque está diciendo cosas que la mayoría influenciada por costumbres o rutinas no sabe comprender.

¿Aprenderemos a encontrarnos con Jesús? ¿Sabremos descubrirle en quien sale a nuestro encuentro en la vida y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra que nos anima, vuelve su mirada hacia quienes estamos al borde del camino, nos llama para que vayamos hasta El?

¡Qué hermoso es el evangelio! ¡Qué buena noticia nos trae Jesús! Dejémonos sorprender, comencemos a ver las cosas con los ojos de Jesús, despertemos de verdad nuestra fe y que sea la que mueva esas montañas de rutinas que paralizan nuestra vida.

 

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


martes, 30 de enero de 2024

Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

 


Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

Nos sucede muchas veces, nos encontramos pasando por un mal momento del que queremos salir, pero parece que todo son dificultades, murallas que parecen interponerse para encontrar la solución. Y muchas veces parte de nosotros mismos, de nuestra indecisión o de nuestros miedos, como también en el camino podemos encontrarnos obstáculos, desde quienes parece que se gozan en hacernos creer que es grande la dificultad, o también de prejuicios o respetos sociales, por llamarlos de alguna manera que nos hacen temer que aquello no tiene solución o ya no hay remedio.

Pero si tenemos claro a dónde podemos acudir, no nos dejamos llevar por esos posibles prejuicios sociales, y no hacemos caso a tantos agoreros que nos ponen las cosas cada vez más negras, podremos tomar la valiente decisión de encontrar la solución o el camino para esa recuperación que necesitamos.

Muchas de estas cosas que hemos ido mencionando de lo que nos sucede en la vida podemos ver reflejadas en el pasaje del evangelio que hoy se nos presenta. En primer lugar está Jairo, era un hombre importante e influyente, que podía pertenecer de alguna manera a la clase dirigente de aquella sociedad, puesto que era el Jefe de la Sinagoga. Su situación social le podía estar cerca de aquellos escribas y fariseos que tanta oposición comenzaban a hacer a Jesús. Pero Jairo se encuentra con su hija enferma y, como dice él, está en las últimas. ¿A quién acudir? ¿Se atreverá con la prestancia de su figura a acudir como uno más hasta Jesús para que sane a su hija? Saltándose todos los prejuicios que le podían imponer de alguna manera los principales opositores a Jesús, se atreve a ir al encuentro con Jesús, cuando está llegando ahora en barca después de atravesar el lago, para pedirle que vaya a curar a su hija.


Parece que todo son prisas dada la urgencia de la situación de aquella niña. Pero Jesús ha tenido que detenerse en camino. Una mujer con hemorragias en la que se había gastado una fortuna buscando remedio para su enfermedad se ha atrevido a ir por detrás de Jesús a tocar el manto, con la confianza de que solo es necesario eso para curarse. No podría estar aquella mujer en medio de la aglomeración de personas que rodean a Jesús porque ella por su enfermedad es una mujer impura. Pero ha saltado todas esas conveniencias sociales y se ha acercado a Jesús.

Jesús ha sentido que alguien le ha tocado y se detiene en su camino, para impaciencia de Jairo. ‘¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaban: Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?’ La mujer temblorosa no ha tenido más remedio que dar un paso adelante ‘y se echó a sus pies’. ‘Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad’, le dice Jesús.

Jairo le apremia y llegan malas noticias. No hay que molestar al maestro, la niña ha muerto. Otra barrera que se impone. Parece que la oscuridad de la muerte quiere hacer presencia. Tantos nubarrones negros que podrán descorrerse si mantenemos la fe. Es lo que le dice Jesús a Jairo. ‘No temas; basta que tengas fe’. Y continúan el camino, encontrándose la casa llena ya de las plañideras que lloran la muerte de la niña. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida’. Pero comenta el evangelista que se reían de El.  ¡Cuántos se ríen de nuestra fe! ¡Cuántas veces nos acobardamos temiendo esas burlas que podamos recibir por nuestra fe!


Y ya sabemos el final del relato. La tomó de la mano y la levantó y se la entregó a los padres. A pesar de que el camino se había llenado de sombras al final apareció la luz. También seguramente lo habremos experimentado cuando hemos mantenido con valentía nuestra fe. ¡Qué satisfacción más honda sentimos en el alma! No nos falta la luz porque nunca faltará la presencia de Dios que camina a nuestro lado y que se nos manifiesta de tantas maneras. Como lo hizo Jesús con Jairo, y como también le dio oportunidad a aquella mujer. Yo lo he sentido en mi vida.

Basta que mantengamos nuestra fe.


lunes, 10 de julio de 2023

El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

 


El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

No todos reaccionamos ni nos enfrentamos a los problemas de la misma manera; todos en nuestro interior los sufrimos, algunos toman decisiones rápidas acudiendo inmediatamente a donde podamos solucionarlos no importándole incluso que se sepa la mala situación por la que estamos pasando, otros con timidez buscamos una solución pero no nos atrevemos con claridad enfrentarnos al problema aunque nos duela quizás por vergüenza a que sea conocido o buscamos maneras que nos puedan parecer confusas y diluidas también para encontrar una solución.

Quizás no tenemos confianza en nosotros mismos, entramos como en una rutina en que nos acostumbramos a todo, desconfiamos de cuanto hay a nuestro alrededor, porque quizás muchas veces nos hemos visto muy solos, no sabemos a quien acudir o no nos atrevemos a acudir allí donde podemos encontrar soluciones y ayudas para nuestra situación.

Nos encontramos a mucha gente que se resigna y aguanta, y quiere hasta convertir en virtud su resignación, pero esa pasividad le llevará aun a mayor sufrimiento. Necesitamos aprender a confiar, necesitamos tener decisiones firmes, nos hace falta una fortaleza de ánimo que algunas veces hemos perdido. Tenemos también que saber mirar hacia lo alto, porque en Dios aprendamos a poner nuestra confianza, con la certeza de que El nunca fallará.

La página del evangelio de hoy nos habla de dos diferentes maneras de afrontar una situación dura para sus vidas, pero hay algo que tienen en común, la fe. Primero contemplamos a este jefe de la Sinagoga, Jairo se le llama en otro evangelio, que acude a Jesús porque su hija acaba de morir. Tiene la confianza toda puesta en Jesús; si pone su mano sobre ella está seguro que no perderá a su hija. Y se ponen en camino. La tardanza en llegar por causa de otros encuentros tenidos por medio, le hará dudar, y al llegar a la casa todo es un ambiente de muerte con las plañideras incluso con sus gritos de dolor. Será necesario que Jesús insista en la fe de aquel hombre, porque la niña no está muerta, como le dice Jesús, sino que duerme, aunque estas palabras encuentren el desprecio de los que no tienen fe. Pero Jesús tomará a la niña de su mano y la levantará de su sueño de muerte.

Pero decíamos que en medio han sucedido otros encuentros. Una mujer que padece de unas hemorragias crónicas también piensa que Jesús podrá sanarla, cuando ya ha gastado toda su fortuna y sus esperanzas en quienes no podían darle solución a su problema. Para una mujer en aquella época era vergonzoso encontrarse en aquella situación porque sería considerada impura y por eso no acudirá públicamente a Jesús. Pero ella tiene una confianza, si al menos toca el manto de Jesús sabrá que podrá curarse, y eso hace.

Aunque todo ha sucedido en el secreto y la discreción de aquella mujer que no quiere hacerse notar, Jesús, sin embargo, querrá destacar la fe valiente, aunque parezca llena de cobardía por la forma de hacer, de aquella mujer. ‘Jesús se volvió y al verla le dijo: Ánimo, mujer, tu te fe ha curado. Y la mujer quedó sana’. Al final de estos episodios, el evangelista nos dirá que la gente sorprendida alababa a Dios y la noticia se divulgó por toda la comarca.

¿Era simplemente la noticia de un taumaturgo que hacía cosas extraordinarias y curaba a las personas? Es algo distinto lo que quiere trasmitirnos hoy, la fe que nos sana y que nos salva, la fe que nos pone en camino de nueva vida y abre nuevos horizontes a nuestra existencia, la fe que nos hace valientes para luchar contra las sombras para llenar el mundo de vida, la fe que no es resignación sino nueva fortaleza para la lucha por la vida, la fe que nos hace encontrarnos con Jesús para sentir cómo se derrama el amor de Dios sobre nosotros, la fe que llena de confianza nuestra vida porque nos descubre que somos amados y si Dios nos ama importante es nuestra vida, importante somos ante los ojos de Dios, la fe que tendrá que divulgarse, de la que hemos de dar testimonio, que nos hemos de tener miedo de manifestarla públicamente porque lo que estamos haciendo es divulgar el amor que Dios nos tiene.

martes, 31 de enero de 2023

Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

 


Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21-43

Cosas así suelen suceder; cuando más prisa parece que tenemos, más tropiezos encontramos en el camino. Estamos deseosos por algo, hemos hecho de nuestra parte las gestiones necesarias para conseguirlo, pero vienen los retrasos, vienen los ‘peros’y las dificultades, cosas que van surgiendo y que ralentizan la solución o la concesión de aquello que habíamos solicitado, o que estábamos deseando conseguir y que en principio tan fácil parecía.

Nos encontramos en el evangelio hoy a un hombre que vive envuelto en sus preocupaciones, su niña está enferma y parece estar en las últimas. Quizás ha oído hablar de Jesús que realiza milagros, que cura a los enfermos, lo busca quizás y no lo encuentra, porque Jesús está al otro lado del lago – recordemos el evangelio de ayer -; a su llegada está esperándolo como muchas gente también que lo espera porque quiere escucharle. Es lo que se disponía hacer Jesús, hablar, enseñar a la gente que allí está reunida.

Pero por medio se mete este hombre, que además es alguien principal porque es un jefe de la sinagoga; ¿se valdría quizás de su estado para acercarse a Jesús? para acercarse a Jesús no hace falta tener influencias, porque Jesús acoge a todos. Habla de su niña, de su situación, y Jesús se ofrece para ir a la casa de Jairo. Ojalá lleguen pronto.

Pero la gente entorpece el paso de Jesús. ahora una mujer en medio de aquella multitud que apretuja a Jesús se atreve a acercarse también porque ella también tiene un problema, una necesidad, está enferma con hemorragias que ningún medico ha podido curar. Pero no quiere interrumpir el camino de Jesús y tiene la confianza que con solo tocarle el manto puede curarse. Y así sucede.

Pero esto hace detenerse a Jesús, para que aun crezca más la impaciencia del jefe de la sinagoga. ‘¿Quién me ha tocado?’ pregunta Jesús y allá están los discípulos más cercanos para recordarle que toda la gente lo apretuja a su alrededor y muchos habrán sido los que lo han tocado. Pero Jesús se ha detenido. Jesús sabe hacer eso que a nosotros nos cuesta cuando tenemos prisa. Allí hay alguien que ha estado sufriendo y que ahora ha recobrado la vida, la salud y Jesús quiere destacar algo. La mujer al final se acerca reconociendo lo que ha pasado. Ha sido ella quien lo ha tocado pero con esa fe grande que había en su corazón. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús, ‘vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Era necesario resaltar la fe de aquella mujer, porque hay muchos más que están necesitando reafirmar también su fe. Han llegado a decirle a Jairo que no moleste más al maestro porque la niña ya ha fallecido. Y Jesús sigue con tema de la fe que sigue necesitando aquel hombre traspasado por el dolor de la noticia que le han traído. ‘No temas; basta que tengas fe’, le dice Jesús.  Y prosiguen el camino.

Ya hemos escuchado el final del relato, cómo Jesús toma de la mano a la niña y la levanta, porque como les ha dicho ‘no está muerta, solo está dormida’. Y la niña vuelve a la vida y les dice que le den de comer. Seguramente en todo aquel proceso de la enfermedad poco habría comido y tendría hambre. 

Pero con la fe había llegado la vida a aquella casa. Como lo necesitamos nosotros; como necesitemos mantener la confianza y la esperanza; como tenemos que esperar la hora de Dios; como hemos nosotros también de mantener la fe. Dios llega a su hora a nuestra vida. Siempre hay una hora de la salvación.   

lunes, 4 de julio de 2022

Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

 


Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26

Una mano tendida puede tener diversos significados; puede ser la mano que con violencia viene en mi contra para hacerme daño, o puede ser la mano pacífica que viene en sones de paz con su saludo; puede ser la mano desconfiada y que está a la defensiva, ocultando negruras interiores, o puede ser la mano dadivosa en el compartir y en el dar generosamente.

A manera de anécdota puedo decir que mi perrito es muy sensible ante la mano que se le acerca; si viene de un desconocido desconfía y se pone en guardia para la defensa o para el ataque, pero si es una mano que se deja caer pacíficamente la lame como señal de amistad dándole permiso, por decirlo así, para que le acaricie. ¿Desconfiamos nosotros también y nos ponemos a la defensiva ante una mano que se nos acerca? ¿Ofrecemos generosamente nuestra mano como signo de amistad y de paz y como señal de la vida que queremos también compartir?

En el evangelio de hoy aparece repetidamente la señal de la mano. ‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá’, le suplica aquel jefe de los judíos que acude a Jesús desde la desesperación y la angustia de su niña que está en las ultimas. Al final, cuando llegue Jesús a la casa de Jairo, mientras aparta a las plañideras y todos lo que hacían llanto diciendo que la niña no está muerta sino dormida, la tomará de la mano y se la dará a sus padres llena de vida.

Pero en medio aparece otro personaje mientras van de camino. Será una mujer la que tenderá su mano para tocar al menos la orla del manto de Jesús también desde la angustia de su enfermedad que la volvía impura y que con su gesto podía hacer incluso impuro a Jesús, por dejarse tocar por una mujer que sufre de fuertes hemorragias.

Es la mano de la súplica llena de esperanza que se salta todas las barreras porque quiere llegar hasta donde está la vida, donde pueda encontrar la salud y la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús cuando rebuscando entre la multitud que lo apretujaba quien lo había tocado aquella mujer se atreverá a decir que ha sido ella quien ha tocado el borde de su manto para encontrar la salvación.

Ahí está la mano tendida de Jesús que nos trae vida y salvación, que nos libera de todas las impurezas y ataduras, que nos resucita y nos levanta de todos nuestros sueños oscuros para que podamos tener nueva vida, nos pone en camino de vida y de salvación.

Mucho tendríamos que aprender de este evangelio para el signo de nuestras manos, para el actuar de nuestras manos como señal de lo que hacemos y somos con nuestra vida. muchas veces nuestras manos han marchado ensombrecidas por sueños de muerte y de violencia; muchas veces nuestras manos han sido puños cerrados que no quieren dejar escapar nada de lo que pueden contener; muchas veces nuestras manos se han convertido en barreras que separan y apartan, que aíslan, que ponen a un lado, que discriminan porque no se quien juntar con las de otro color o las de otra raza; muchas veces nuestras manos se ocultan porque encierran negruras impuras de los malos deseos y son muestras de la ambición que todo lo quiere acaparar, llevan escondidas los cuchillos de la traición y de la violencia, no quieren ofrecerse limpias como signos de paz.

Que nuestras manos sean siempre de bendición y de vida, de consuelo para los que sufren y paño que limpie las lágrimas de los que lloran, muestren la cercanía de nuestro corazón y el valor que le damos a todo el que está a nuestro lado o se acerca a nosotros, están siempre abiertas y limpias de toda malicia, y sean cauces generosos de nuestro compartir, se cogerse de la manos de los demás para sentir y expresar la comunión que entre todos queremos construir, y se extiendan ampliamente para acoger a todos en un abrazo de paz.

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

lunes, 5 de julio de 2021

Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

 


Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

Nos narra el evangelio hoy dos episodios llenos de dramatismo y de sufrimiento. ¿Cómo reaccionamos cuando inesperadamente nos suceden hechos que nos llenan de dolor, de angustia, de mucho sufrimiento? Está, es cierto, el grito desgarrador, sobre todo cuando nos enfrentamos a la muerte de un ser querido; está la angustia que se apodera de nuestro espíritu ante la que muchas veces no sabemos ni cómo reaccionar; está el desgarro y la desesperación que de alguna manera nubla nuestros sentidos y ya no hacemos lo que queremos.

Un padre llega con angustia hasta los pies de Jesús para decirle que su hija acaba de morir. Mucha es la angustia de su corazón pero aun parece que le queda un rayo de esperanza. ‘Ven, pon tu mano sobre ella y vivirá’. Pero en el episodio, en el camino, se entremezcla también con el sufrimiento de una mujer que se siente con una enfermedad incurable y que además en la cultura propia de aquel tiempo era algo tremendamente vergonzoso; se siente quizá marginada porque aunque los demás no lo sepan ella sabe cual es su enfermedad y que prácticamente no podría mezclarse con nadie porque sería la contaminación de una impureza legal. Y aquella mujer que sufre en silencio, en silencio también se acerca a Jesús con una esperanza, solamente tocándole el manto piensa que curará.

Pero a Jesús le vemos pronunciar pocas palabras. Quizá no sean necesarias muchas palabras para estar al lado de un corazón que está lleno de angustia. Simplemente se pone en camino a la casa de aquel afligido padre. Cuando llegue no querrá gritos ni alborotos de llantos de plañideras porque la muerte no ha tenido la última palabra. Aquellos gritos y lamentos de plañideras servirán de poco consuelo, aunque ritualmente haya que hacerlo así, para una familia que se siente rota por la muerte de una hija.


Pero la presencia de Jesús alienta la esperanza, despierta la fe. Como despertó al paso del camino la fe de aquella mujer que se siente desesperada en su enfermedad. En el camino bastará la mano de la mujer que se extiende con fe y esperanza hasta la orla del manto de Jesús, como al llegar al lugar de la niña que ha muerto será la mano de Jesús la que se tienda para tomar a la niña de su mano y levantarla viva para devolvérsela a sus padres. ‘Basta que tengas fe’, le dirá a aquel padre desconsolado y ahora a la mujer que se ha sentido curado le dirá ‘tu fe la ha curado’.

¿Nos estará enseñando Jesús cuales han de ser nuestros gestos, las actitudes profundas que también nosotros tengamos ante el mundo de sufrimiento que nos rodea? aprendamos a estar en silencio, aprendamos a caminar en silencio al lado del que sufre. Algunas veces nos revolvemos en nuestro interior buscando palabras, buscando razonamientos, buscando pruebas, buscando mil recursos, que solo son muchas veces gritos y lamentos de plañideras, para consolar o para levantar el ánimo de los que están tirados al borde del camino.

Bastará quizás una mirada, un detenerse a su lado, un sentarnos en silencio, una mano amiga que se tiende o que se pone sobre el hombro, un rescoldo de amor que brote de nuestro corazón con nuestros gestos o con nuestra simplemente presencia. Algunas veces ese gesto es más difícil que pronunciar miles de palabras, pero quizá sea más eficaz si estamos mostrando todo el amor que hay en nuestro corazón. Hay silencios cargados de la emoción tensa del amor que valen mucho más que mil palabras.

lunes, 6 de julio de 2020

Encerrados en nuestra autosuficiencia difícilmente se encenderá la luz de la fe en el corazón sin embargo crece y se fortifica creyendo con toda humildad y confianza


Encerrados en nuestra autosuficiencia difícilmente se encenderá la luz de la fe en el corazón sin embargo crece y se fortifica creyendo con toda humildad y confianza

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26
Nos pueden parecer caminos distintos. Y es que el camino es algo más que el lugar geográfico que recorremos, sino que es el camino que nosotros con nuestras circunstancias distintas en cada uno hacemos. Uno y otro camino, recorrido por una persona o recorrido por otra sin embargo nos pueden llevar a la misma meta. Cada uno con sus circunstancias, con sus propios problemas o dificultades va haciendo el camino, va haciendo su recorrido, va llegando a su meta.
Así es el camino de la fe. Nos conduce a Dios, pero cada uno de nosotros somos distintos y por eso nos pueden parecer también los caminos distintos, pero a pesar de las circunstancias particulares o personales de cada uno ha de tener también unos presupuestos semejantes, podríamos decir, para llegar a esa proclamación o a esa vivencia de la fe. El camino de la fe siempre tiene que estar fundamentado en la humildad porque pobres y pequeños nos sentimos todos ante el misterio de Dios y ante la inmensidad de su amor. Un camino de humildad pero un camino de apertura de corazón y de generosidad para confiar, para fiarnos, para dejarnos hacer y conducir, porque además la fe es un don, un don que recibimos de Dios y que nos pide una respuesta.
Cuando al principio decía que los caminos nos pueden parecer distintos estaba queriendo hacer referencia a lo que hoy nos presenta el evangelio. Dos personas que se acercan a Jesús, si queremos decir en el mismo camino que fue el recorrido desde la entrada de la ciudad hasta la casa de Jairo, pero que fueron caminos diferentes por los que se acercaron a Jesús. Uno era un personaje importante, el jefe de la sinagoga, Jairo, como nos dice uno de los evangelistas que nos relata este hecho que acude abiertamente a Jesús porque su hija se está muriendo y quiere que Jesús vaya a imponerle su mano para que se cure.
Y Jesús se pone en camino. Alrededor mucha gente, quizás atraídos por una parte por la fama de Jesús pero también por el hecho de aquel personaje importante que ha venido a rogarle a Jesús y Jesús ahora se dirige a su casa. Pero en medio de toda aquella gente hay otra persona que también está haciendo un camino; pasa desapercibida, no quiere incluso que nadie se entere de su situación y enfermedad no solo por la vergüenza de sus hemorragias, sino porque eso además la convertía en una mujer impura – todo lo que fuera un flujo de sangre así era considerado causa de impureza -. Y aquella mujer calladamente pero con una fe y una humildad grande por detrás le toca el manto a Jesús porque tiene la confianza de que solo eso basta para ser curada.
Vemos las diferencias de los caminos. Uno entre el bullicio de la gente y la importancia de ser un personaje en la comunidad, jefe de la sinagoga, y la otra en la humildad del silencio pasando totalmente desapercibida. Pero para Jesús no pasó desapercibido; si antes había escuchado a Jairo y había accedido a ir con él hasta su casa, ahora siente que aquella mujer le ha tocado, que allí ha habido una mano llena de fe que se ha acercado hasta Jesús. Pero la fe de ambos hará posible el milagro. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús a la mujer. ‘Basta que tengas fe’, le dice Jesús a Jairo cuando llegan las malas noticias de que la niña ha muerto. Y si la mano de la mujer fue la que se acercó a Jesús, ahora es la mano de Jesús la que toma de su mano a la niña para levantarla. ‘A ti te lo digo, levántate’.
En ambos caso resplandece la humildad y la confianza que alimenta la fe. Creyendo humildemente la fe de aquellas dos personas crece y se hace grande como para que Dios obre maravillas en ellos. Como nos enseñaba Benedicto XVI ‘la fe solo crece y se fortalece, creyendo’. Cuando nos cerramos a la fe en nuestras autosuficiencias difícilmente se va a encender esa luz en nuestro corazón.

martes, 4 de febrero de 2020

Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar



Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43
A veces nos sentimos muy seguros de conseguir aquellos deseos o aquellas metas que nos proponemos y estamos como optimistas y hasta pregustando ya las mieles de lo conseguido; nos hacemos nuestro plan bien detallada, bien lo llevemos en la mente porque son quizás muchas las horas que le hemos dedicado a pensarlo y repensarlo, o bien porque plasmemos nuestros objetivo en un proyecto como si fuera una memoria de aquello que queremos conseguir.
Pero tras esos momentos de euforia nos puede sobrevenir de repente el pesimismo, nos llenamos de negatividad y ya no lo vemos tan fácil; nos aparecen en nuestra imaginación o en aquellas cosas que vemos que se van como encadenando dificultades, problemas que nos hacen ver ya nuestros proyectos, antes tan luminosos, ahora llenos de sombras que parecen que nos tiran abajo todas nuestras ilusiones.
Son los proyectos que el padre de familias se hace para su vida futura, pero sobre todo sus hijos soñando en su interior muchas cosas hermosas que espera conseguir; será el profesional en su trabajo, será el que trabaja en la vida social con sus proyectos de mejora de la sociedad con sus correspondientes planificaciones. Serán tantas cosas que soñamos y llevamos en nuestra mente de cara a nuestro futuro. Momentos ilusionantes, donde todo son luces, pero momentos que se nos intercalan de oscuridad con sus problemas y con las dificultades que encontramos en nosotros mismos, porque quizá nos sentimos incapaces de llevar esos proyectos adelante, o porque nos sentimos tan débiles y limitados que ya nos puede parecer imposible.
¿Qué hacer? ¿Resignarnos y esperar pasivamente a ver lo que podemos conseguir? ¿Llenarnos de miedos y temores que nos impiden dar un paso? ¿O buscar algo que nos dé ilusión, que nos haga sentir una fuerza interior que nos empuje, algo que nos haga creer en nosotros mismos para encontrar razones para luchar por esos objetivos?
¿Qué luz podemos encontrar en el evangelio de este día? Dos testimonios de dos personas que se sentían seguras en lo que deseaban y que, podríamos decir así, no les temblaron las piernas para llegar a conseguir lo que pedían o lo que deseaban, porque una de ellas ni siquiera llegó a expresarlo con palabras.
Nos habla de Jairo, jefe de la sinagoga, que tenía a su hija muy enferma, prácticamente en las últimas, y que con fe se acerca a Jesús para pedirle que haga algo por él. Y Jesús se pone en camino a casa de Jairo.
Pero en el camino se intercalan otras cosas; por una parte una mujer que se considera impura a si misma por causa de sus hemorragias y que había gastado toda su fortuna y no lo había conseguido. Pero ahora tiene a mano a Jesús; está segura que con solo tocarle la orla de su manto curaría. Y en medio del revuelo de la gente que siguen a Jesús ella se acerca por detrás y toca el manto de Jesús. Siente en su interior que está curada y ahora no sabe donde meterse, porque Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque ya está curada temblorosa se acerca a Jesús para reconocerlo. ‘Tu fe te ha curado’, le dirá Jesús. Aquella mujer no dudó aunque se interpusieran murallas de gente entre ella y Jesús.
Pero al tiempo vienen a decirle a Jairo que no moleste al maestro porque no hay nada que hacer, su niña ha muerto. Ya en la casa andan con los preparativos del funeral. Se le habían caído por tierra todas sus ilusiones y esperanzas; habría querido que el Maestro llegara a tiempo, pero el tiempo se había acabado. Seguro que la congoja también caería como una loza sobre Jairo. ¿No te he dicho que te basta que tengas fe?, interpela ahora Jesús a Jairo.
Y mantuvieron viva su fe, tanto la mujer como Jairo; la mujer se curó, la niña volvió a la vida. Necesitamos nosotros esa fe viva; necesitamos llenarnos de certezas y de confianza; necesitamos sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto; necesitamos esa confianza y esa perseverancia en tantos momentos de la vida; necesitamos ese optimismo que nos da la fe, esa esperanza que nos hace confiar y esperar. Saquemos muchas conclusiones de este pasaje del evangelio que bien lo necesitamos en el día a día de nuestra vida.

lunes, 8 de julio de 2019

La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia


La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26
Cuando tenemos la certeza de que podemos conseguir algo no hay quien nos detenga, y sobre todo si la angustia es grande porque aquello que queremos remediar o conseguir afecta a la vida de alguien y mas si es un ser muy querido para nosotros. Nada ni nadie podía detener a aquel jefe de la sinagoga, cuya hija estaba en las últimas, si acaso no muerta ya.
Lo mismo podríamos decir de aquella mujer que para curar sus hemorragias se había gastado lo que tenía y lo que no tenía acudiendo a todos los médicos que pudieran curarla, pero que en lugar de curarse estaba cada vez peor. Quizá en su timidez no se atrevía a dar la cara para hacer su petición en medio de la gente, porque además aquel tipo de enfermedad era vergonzante para las mujeres y más en aquel contexto social e histórico.
Si Jairo se había postrado delante de todos para hacer su petición interrumpiendo incluso lo que Jesús estaba haciendo, aquella mujer había ido calladamente por detrás porque en su seguridad tenía la certeza de que solo era necesario tocar el manto. Ni en uno ni en otro podemos ver situaciones mágicas porque en uno y en otro se destaca la fe por encima de todo.
‘Tu fe te ha curado’ le dice Jesús a la mujer; ‘basta que tengas fe’, le dirá a Jairo cuando vienen a comunicar el fatal desenlace y que entonces ya no es necesario molestar al maestro. No quiere Jesús tampoco hacer espectáculo del milagro y cuando llega y se encuentra a todos llorando  - por allí andan ya las plañideras – dirá que no está muerta sino dormida y entrando solo con sus padres y tres de sus discípulos a donde estaba la niña, la toma de la mano y la entrega viva a su padre. Si antes se reían de Jesús ahora todo serán alabanzas haciendo que corriera la noticia por toda la comarca.
Esto nos plantea seriamente sobre la seguridad con que nosotros vivimos nuestra fe.  Es cierto que muchas veces damos la impresión de que todo el día le estamos pidiendo milagros al Señor en nuestras súplicas pero tenemos que analizar de verdad con qué seguridad confiamos en obtener lo que le pedimos al Señor. No puede ser, desde luego una fe mágica en la que parece que estamos esperando que el Señor nos toque con su varita mágica para que se realice todo aquello que le pedimos.
No podemos hacer supersticiosa nuestra fe, como tantas veces por ejemplo a través de las redes sociales nos llegan sugerencias de que recemos tal o cual oración, la enviemos a no se cuentas personas de nuestros amigos, y esa misma noche el milagro se realizará porque alcanzaremos todo aquello que estemos deseando dentro de nosotros.
Cuántas cadenas mágicas de oración nos llegan continuamente por las redes sociales para que hagamos unas determinadas cosas porque de lo contrario recibiríamos en castigo no sé cuantas cosas malas que caerían sobre nosotros. Y nos ponen como amenazas el testimonio del que hizo lo que se le decía y se multiplicaron sobre él no sé cuántas cosas buenas, y aquel que no lo hizo y se desentendió de aquella cadena le sucedieron no sé cuantas desgracias. ¿Es que ahora el medio de comunicarse el Señor con nosotros es a través de las redes sociales y ese es el camino de nuestra oración? ¿Ese es el nuevo camino del evangelio?
No es esa la fe y la confianza en su Palabra que el Señor nos está pidiendo. Ojalá tuviéramos la fe de Jairo o de la mujer de las hemorragias, para acudir con esa confianza al Señor. Pero es la fe que nos hace escuchar su Palabra y plantarla en lo más hondo de nuestro corazón para que como buena semilla germine y fructifique en nosotros dando señales por nuestra parte de una vida nueva, de una vida mejor y más santa.
El Señor quiere resucitarnos, es cierto, como a la hija de Jairo, o curarnos de nuestros males como a aquella mujer de evangelio. Es así como hemos de sentir que el Señor nos tiende su mano, deja que le toquemos su manto, y nos inunda con su gracia que nos transforma que nos hace sentirnos un hombre nuevo y renovado totalmente. Es la fe que nos transforma, nos resucita, nos cura, nos llena de nueva vida, porque nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en nosotros.