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sábado, 2 de febrero de 2019

De María de Candelaria queremos aprender a ser misioneros de luz, a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás con el anuncio de Jesús


De María de Candelaria queremos aprender a ser misioneros de luz, a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás con el anuncio de Jesús

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas, 2, 22-40

Suben al templo José y María para cumplir con lo prescrito por la ley de Moisés. Todo primogénito varón sería presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Realizadas las  purificaciones rituales de la mujer después del parto se disponen a hacer la ofrenda que está prescrita en la presentación del niño al Señor cuando un anciano que aguardaba con esperanza la llegada del Mesías del Señor les sale al encuentro para tomando el niño en sus brazos bendecir al Señor porque sus ojos han visto al Salvador anunciado y esperado que ahora era presentado ante todos los pueblos como la luz de las naciones y la gloria de su pueblo Israel.
Aquel anciano había recibido una inspiración del Espíritu que le aseguraba que sus ojos no se cerrarían hasta que pudiera contemplar al Mesías Salvador. Allí está en medio del templo, con la mirada atenta de María que va guardando todo cuanto sucede en su corazón, alabando y bendiciendo al Señor cuando se une al cántico de alabanzas una anciana que llevaba muchos años también sirviendo al templo del Señor con la esperanza puesta en el Mesías que un día habría de llegar; se puso a dar gloria a Dios y a hablar del Niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén.
Llevaba María la luz en sus brazos cuando se presenta en el templo, y aquella luz comienza a brillar para todos con los cánticos de alabanza de aquellos ancianos. Llevaba Maria la luz en sus brazos y allí es consciente, con las palabras del anciano Simeón, de que esa luz habrá de brillar sobre las tinieblas, aunque mucho fuera el dolor al paso por la pascua de la pasión, porque iba a ser signo de contradicción. Una espada la traspasará el alma, le anuncia a ella también el anciano.
Es lo que litúrgicamente hoy estamos celebrando a los cuarenta días del nacimiento del Señor. Una fiesta que en la liturgia se convierte en la fiesta de las candelas, recordando con ese signo de la luz lo que Jesús había de significar para nosotros y para el mundo. En la liturgia de este día también caminamos nosotros al encuentro del Señor con lámparas encendidas en nuestras manos, como aquellas doncellas de la parábola que un día Jesús nos propondrá, pero que hemos de mantener siempre encendidas, procurando que no nos falte el aceite de la fe y del amor, porque con esa luz nosotros tenemos que iluminar nuestro mundo, con esa luz de nuestra vida de fe y de amor nosotros tenemos que anunciar al que es la verdadera luz.
Si decíamos antes que Maria subía hasta el templo de Jerusalén con la luz en sus brazos porque llevaba a Jesús es lo que nosotros los canarios contemplamos hoy en la figura de María de Candelaria a quien hoy estamos celebrando como nuestra Madre y patrona. También María se adelantó a la presencia de los misioneros en nuestras tierras con su imagen aparecida en las playas de Chimisay que portaba en sus manos también la luz. Así la contemplamos en su imagen, mientras  con el brazo derecho abraza a Jesús niño en su regazo en la mano izquierda porta una candela, una luz para que el signo nos ayude a contemplar al que es la verdadera Luz.
Fue ella la primera misionera de nuestras tierras antes incluso de que los castellanos hicieran posesión de ellas para la corona de España. Ella estaba haciendo dirigir la mirada de nuestros antepasados guanches hacia lo alto para encontrar la luz. Fue el primer anuncio del evangelio, María es el primer evangelio para nuestra tierra, porque se adelantó a anunciar a Jesús. Chaxiraxi la llamaban, algo así, como la Madre del Sol, Madre del sustentador de cielo y tierra, y a quien nosotros contemplamos como la Madre de Jesús, la luz del mundo, la Madre de Dios, que es también nuestra madre.
En esta fiesta los canarios acudimos a María, nos postramos con amor filial ante su imagen bendita en su basílica de Candelaria o allí donde tengamos una imagen de María de Candelaria; con fervor acudimos a ella buscando su protección maternal, pero de ella queremos aprender a hacer el camino que nos lleve a la luz de Jesús, como de ella tenemos que aprender también a convertirnos en misioneros de los demás porque aprendamos a llevar la luz, porque aprendamos a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás, porque aprendamos a llevar a todos el anuncio de Jesús.





viernes, 1 de febrero de 2019

Como la mostaza que ha crecido en buena planta y vale para acoger a los pajarillos del campo, con el testimonio de nuestra vida podemos ser buena sombra que cobija también a los que luchan por dar una respuesta



Como la mostaza que ha crecido en buena planta y vale para acoger a los pajarillos del campo, con el testimonio de nuestra vida podemos ser buena sombra que cobija también a los que luchan por dar una respuesta

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Vuelve el evangelio a presentarnos la imagen de la semilla para hablarnos del Reino de Dios. No hace muchos días escuchamos la parábola de Jesús que nos hablaba del sembrador que va esparciendo la semilla por todas partes aunque no siempre cae en buena tierra y por esa causa no siempre podemos recoger el fruto esperado. Hoy nos propone una nueva parábola que nos habla de la semilla sembrado y que poco a poco va brotando con la esperanza de recoger un día su fruto, aunque nos habla también de la insignificante semilla de la mostaza que va a hacer nacer una hermosa planta entre todas las hortalizas.
Nos conviene recordar una y otra vez estas parábolas porque esa es también nuestra tarea. esparcir la semilla sembrándola en todo campo y esperar, con los debidos cuidados también, el que prenda en los corazones de los hombres y así se vaya expandiendo más y más el Reino de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Pero todo tiene su ritmo, porque ahí está nuestra espera, como la del agricultor que planta y que siembra pero sabe esperar su tiempo.
Quisiéramos poder recoger pronto la cosecha y que sea abundante. pero tenemos que contar con el corazón de las personas que han de dar respuesta, que han de ir madurando en su vida esa semilla sembrada, lo que no siempre es fácil, porque bien sabemos las múltiples influencias que recibimos por todas partes. Ya cuando meditamos la parábola del sembrador nos damos cuenta de las reticencias de los corazones que no siempre están dispuestos.
Es un misterio hondo el que se produce en el corazón de cada persona cuando recibe esa semilla de la Palabra de Dios; la semilla puede llegar a nosotros a través de muchos medios pero igual que la semilla que echamos a la tierra ha de encontrar la humedad y el calor adecuado para que pueda germinar, así en nuestro corazón. rumiando en nuestro interior esa palabra que escuchamos vamos haciéndola nuestra, vamos confrontándola con nuestra vida, vamos buscando esa respuesta que algunas veces nos cuesta dar, vamos encontrando quizá también ayuda en nuestro entorno con el testimonio de quienes nos rodean, tratamos de verla quizá reflejada en otras personas para ver como mejor acogerla en nuestra vida.
Todo un proceso que muchas veces puede ser lento. Pero la gracia de Dios siempre estará acompañándonos, dándonos la fuerza del Espíritu para nosotros dejarnos guiar. Un día brotará esa planta nueva, aparecerá la flor, se transformará en fruto, aparecerá un nuevo amor en nuestra vida porque finalmente nos sentiremos impregnados por el amor Dios.
Es lo que sucede en cada corazón que a su tiempo dará su fruto. De ahí nuestra paciente espera, porque además a quien corresponde recoger el fruto es al Señor. Pensemos además que nosotros somos frutos de una semilla que tambien un dia se plantó en nosotros; nuestra respuesta no siempre ha sido instantánea, sino que también en nosotros se ha ido realizando y se sigue realizando un proceso que no siempre tenemos acabado. Pongamos buen caldo de cultivo en nuestro corazón dejándonos conducir por la gracia del Señor, alimentándonos con los sacramentos, sintiéndonos estimulados por el amor de los que hermanos que junto a nosotros están haciendo también ese camino.
Pensemos que con esa respuesta que nosotros damos podemos ser estímulo y aliciente también para los que están a nuestro lado. Es importante el calor de amor que pongamos en nuestra vida, para dar nosotros esa respuesta, para ayudar también a los que como nosotros están también recibiendo esa semilla y están en proceso de dar también una respuesta, producir también sus frutos. como la mostaza que ha crecido en buena planta y hasta vale para acoger a los pajarillos del campo, nosotros con el testimonio de nuestra vida podemos ser buena sombra que cobija también a los hermanos que luchan por dar una respuesta.



jueves, 31 de enero de 2019

Vivamos con alegría nuestra fe y transmitamos nuestra luz al mundo para que se deje finalmente iluminar por el Evangelio de Jesús


Vivamos con alegría nuestra fe y transmitamos nuestra luz al mundo para que se deje finalmente iluminar por el Evangelio de Jesús

Hebreos 10,19-25; Sal 23; Marcos 4,21-25

¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Así se pregunta Jesús hoy en el evangelio. Si encendemos una luz es para ponerla donde nos ilumine, ilumine a los demás, o ilumine los caminos por donde hemos de andar en la vida. Las luminarias se suelen poner en lo alto para que su luz llegue bien a todas partes y sin sombras. Ya sé que me vais a decir que hoy se ponen las luces de forma indirecta, pero siempre se estudia, tenemos que decir, para que produzcan el mejor efecto, resalten lo que queremos que se vea mejor, o quizá no nos encandilen en nuestros pasos. Pero su función es iluminar.
Claro que Jesús cuando nos habla de este en el evangelio no nos quiere dar una lección magistral de dónde o cómo tenemos que colocar nuestras luminarias, pero sí nos quiere enseñar algo, porque al hablar de la luz está queriendo ir más allá de esa luz que colocamos en nuestras casas o en los lugares públicos para que iluminen cuando llegue la noche. Hay una luz que tenemos o hemos de tener en nuestra vida con la que nosotros podemos iluminar y hay una luz que podemos encontrar en El que va a iluminar y dar sentido a nuestra vida y que hemos de transmitir a los demás.
A veces nos quejamos de las sombras de nuestro mundo; nos parece que todo son sombras cuando contemplamos nuestras luchas y batallas, los orgullos y egoísmos que nos envuelven, la maldad y corrupción que parece que todo lo invade, las rivalidades y las envidias con que se mueven tantos corazones, la violencia que nos azota desde esas ambiciones. Se dan a conocer más pronto las sombras que la luz y parece que todo se ensombrece.
Ya decía el evangelio, es cierto, que las tinieblas rechazaron la luz, pero sabemos también por el evangelio que la luz tendrá la victoria. Pero cuando vemos tantas sombras, ¿no será porque nosotros mismos ocultamos las obras de luz que realizamos?
Aunque no tenemos que hacer ostentación orgullosa de lo bueno que hacemos porque nos dice Jesús que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, sin embargo en otro momento nos dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.
Nuestras buenas obras tienen que iluminar nuestro mundo; es el testimonio que desde nuestra fe tenemos que dar. Necesitamos dar a conocer a nuestro mundo que la fe que vivimos es la alegría de nuestra vida y de esa alegría queremos contagiar a cuantos nos rodean. Andamos demasiado quizá encerrados no solo en nosotros mismos sino en nuestros círculos, como si nos diera miedo hablar de nuestra fe, hablar de nuestras obras a los demás; quizá vivimos de una forma demasiado, digamos, vergonzosa nuestra fe y eso no tiene que se nuestro estilo; los valores que nosotros vivimos tenemos que transmitirlos a los demás con valentía, porque nosotros también tenemos una palabra que decir para hacer mejor nuestro mundo, es más, tenemos la mejor palabra; tenemos que iluminar los caminos de la vida, los caminos de los demás. Tenemos que salir al encuentro con los demás con la alegría de nuestra fe testimoniada con las obras de nuestro amor.
Quizá muchas veces se habla mal de la Iglesia y de los cristianos porque solamente se conocen algunas tinieblas que se nos pueden meter en nosotros; no hemos dado un testimonio claro de nuestra luz; no se conoce lo bueno que la Iglesia realiza; a algunos quizás les encanta resaltar esas sombras y no quieren ver la luz, pero nosotros con valentía y con humildad tenemos que dar testimonio de la luz que hay en nosotros, de esa fe que vivimos con alegría y de la que nunca nos avergonzamos.
Vivamos con alegría nuestra fe y transmitamos nuestra luz al mundo para que se deje finalmente iluminar por el Evangelio de Jesús.





miércoles, 30 de enero de 2019

Liberados de barreras y tópicos dejaremos que la semilla de la Palabra directamente llegue a nuestro corazón


Liberados de barreras y tópicos dejaremos que la semilla de la Palabra directamente llegue a nuestro corazón

Hebreos 10,11-18; Sal 109;Marcos 4,1-20

Muchas veces en nuestras conversaciones o en la apreciación que nos hagamos o tengamos de las cosas, de lo que vemos o escuchamos, o incluso de aquello que leemos y nos pueda servir para nuestras reflexiones, nos creamos o nos valemos de unos tópicos con lo que damos por sentado algunas apreciaciones que nos pueden llevar a una superficialidad que no nos deja comprender lo más profundo de lo que  nos sucede o de lo que se nos quiere transmitir. se nos pueden convertir en prejuicios que son como barreras que nos impiden ir a lo más profundo. Y esto en muchos aspectos de la vida, que en nuestras relaciones con los demás por otra parte dañan la imagen que tengamos de esas personas y marcarán también nuestro trato.
Pero vayamos a lo que ha motivado esta introducción en mi reflexión. Es lo que nos puede suceder ante el evangelio que cada dia se nos proclama. Ya nos lo sabemos, decimos, porque textualmente es cierto que ya muchas veces lo habremos escuchado. pero es que ya casi, como de antemanos, nos hacemos nuestra previsión, nuestra tópica reflexión por así decirlo.
En el caso de la parábola que hoy nos propone Jesús enseguida nos decimos que estamos ante una de las más bellas parábolas y nos hacemos muchas consideraciones sobre lo que es el terreno sobre la que se ha echado la semilla, y nos sabemos ya muchas cosas. Por así decirlo nos hemos creado un tópico que nos impide quizá ir más allá y nos quedamos en las reflexiones que siempre nos hemos hecho. ¿Ese tópico no será una de esas malas tierras que impedirán que la semilla pueda dar buen fruto en nosotros? ¿Nuestros tópicos no la están ahogando?
Por eso ante la Palabra que se nos proclama para que sea en verdad buena noticia - evangelio - para nosotros tenemos que comenzar por quitar barreras, limpiar nuestro corazón y nuestra mente con previsiones que ya nos hayamos hecho de antemano, y dejar que la Palabra llegue limpia a nuestro corazón, y que penetre en nosotros como espada de doble filo, en expresión bíblica también, para que llegue a lo más hondo de nosotros.
Liberados de esas barreras dejaremos que directamente llegue a nosotros. Por eso tenemos que saber hacer silencio en nosotros cuando vamos a escuchar el evangelio; y hacer silencio no es solo aislarnos de esos ruidos exteriores que nos pueden entorpecer su escucha - necesitamos serenidad y silencio - sino también quitar esos otros ruidos interiores que pueda haber dentro de nosotros para que podamos escucharla de verdad.
Necesitamos tiempo, serenidad, saber detenernos, no querer sacar rápido una conclusión, leerla y escucharla una y otra vez, porque será así cómo iremos descubriendo la luz, como podremos sentirla en nuestro corazón, como podremos rumiar de verdad. Y digo rumiar - y es una palabra o una actitud que me gusta mucho - porque es como volver a masticarla una y otra vez para poder sacarle su sabor, su jugo, lo que en verdad el Señor quiere decirnos.
No saco conclusiones ni explicaciones ahora de esta parábola del sembrador que hoy se nos propone, sino que os invito a que volvamos a leerla, sin esas barreras, sin esos tópicos, sin esas ideas preconcebidas y veremos cuánto nos quiere decir el Señor. Seremos así buena tierra que llegará a dar fruto.

martes, 29 de enero de 2019

Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada porque quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia cuando escuchamos y creemos en la Palabra de Dios



Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada porque quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia cuando escuchamos y creemos en la Palabra de Dios

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35

Es como un hermano para mí’, decimos cuando presentamos un amigo, al que le tenemos mucho aprecio, con el que se han compartido muchas cosas, con quien no tenemos secretos, y en todo momento lo hemos sentido a nuestro lado; nos ha ayudado y le hemos ayudado, ha estado en los momentos difíciles y con él compartimos nuestras alegrías. 'Hay amigos que son más afectos que un hermano', dicen los libros de la Sabiduría.
En el mismo sentido lo decimos haciendo referencia a quien sin ser nuestra madre sin embargo en la vida se ha comportado con nosotros como una madre estando a nuestro lado, ofreciéndonos su cariño que es mucho más que una amistad. A uno y otro los sentimos como parte de nuestra familia, sin ser de la misma sangre, hay unos lazos que nos unen, que nos hacen sentirnos cerca los unos de los otros, y parece que vamos haciendo juntos el camino de la vida.
Me han venido a la mente estas experiencias humanas que habremos vivido quizás de una forma o de otra cuando he escuchado el texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia del día. Jesús, como siempre está rodeado de mucha gente que se agolpa en torno suyo para escucharle y que hacía en ocasiones que fuera difícil llegar hasta Él; recordemos el caso del paralítico que llevan a su presencia y que tienen que descolgarlo del techo por no hay manera de entrar de forma normal por la puerta.
En esta ocasión están fuera la madre de Jesús y sus familias. El evangelio dice hermanos pero todos entendemos la forma de hablar de los orientales o de los semitas, para quienes todos los miembros de la familia, incluso los que nosotros en nuestro lenguaje decimos primos, se consideraban como hermanos. Por eso ahora a Jesús le dicen, 'Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan'.
Parecería que al recibir la noticia Jesús quisiera que se abriera paso para que puedan llegar hasta Él su madre y sus parientes, pero sin embargo nos sorprende preguntandose delante de todos ¿quiénes son su madre y sus hermanos? ¿No reconoce Jesús que aquella mujer que está allí es su madre y que aquellos son sus parientes que han venido quizás desde Nazaret para verlo y estar con El?
Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada. Quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia; no quiere El romper los lazos que nos unen por la sangre sino que con toda intensidad quiere El que los estrechemos, pero quiere establecer una nueva relación. Ya nos dice Juan en el principio del Evangelio que en nosotros hay una nueva vida por la que nos sentimos y somos hijos de Dios; no fue por la carne o por la sangre ni por otro vínculo humano, sino que porque hemos puesto nuestra fe en Él su Espíritu viene a nosotros para hacernos hijos de Dios. Por esa fe y por la fuerza del Espíritu entramos a formar una nueva familia.
Ahora nos está diciendo que quienes somos su madre y sus hermanos, y no señala a todos los que hemos creído en la Palabra, la hemos escuchado y la hemos plantado en nuestro corazón. ¿Quienes son mi madre y mis hermanos?… Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Como María, la que escuchó la Palabra de Dios, creyó en ella haciéndose su esclava, plantándola en su corazón y se convirtió en la Madre de Dios. Cuando nosotros escuchamos y creemos, cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestra vida porque queremos cumplirla, hacerla vida en nosotros somos los hijos de Dios, entramos a formar parte de esa nueva familia de los hijos de Dios. Padre, madre, hermano o hermana somos todos los que escuchamos y creemos, los que llevamos a la vida y la cumplimos en nosotros, como nos dice hoy el Evangelio.
Hablamos al principio de ese otra forma se sentirnos familia porque nos queremos, porque compartimos y nos hacemos presente en la vida del otro, porque caminamos a su lado y sentimos en todo momento su presencia, su ayuda o su amor y decimos es como mi hermano, es como mi madre o mi padre, transportemos esto al ámbito de la fe y de la vida cristiana y entenderemos mejor las palabras de Jesús; transplantemos esto al terreno de los que creemos en Jesús y en su palabra y comprenderemos cómo tenemos que amarnos, cómo tenemos que estar los unos junto a los otros, cómo tenemos que ayudarnos y compartir porque ahora ya somos uno, ya hay unos nuevos vínculos de amor entre nosotros.





lunes, 28 de enero de 2019

Nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver lo turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hace tener una mirada turbia a cuanto y cuantos nos rodean



Nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver lo turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hace tener una mirada turbia a cuanto y cuantos nos rodean

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30

Hemos de reconocer que muchas veces somos mal pensados y desconfiados y no sabemos apreciar bien lo bueno que hay en los demás. Desde nuestros orgullos que no soportan que otros puedan hacer el bien o incluso puedan ser mejores que nosotros somos capaces de ver una doble intención en lo que hacen los demás, cuando realmente esa mala intención está en nosotros. Nos cuesta reconocerlo, pero cuántos recelos se nos meten por dentro cuando vemos lo bueno de los demás. eso genera un mundo de desconfianzas y de luchas, donde terminaremos, si no paramos a tiempo, de querer destruir al otro con nuestros juicios y nuestras críticas que así son destructivas.
No tendremos paz en el corazón y cuando no tenemos paz en nuestro corazón todo serán guerras y batallas contra los demás en una espiral llena de violencias que algunas veces parece no tener fin. Puede parecer negativo este pensamiento con el que comienzo la reflexión del evangelio, pero nos conviene ser sinceros con nosotros mismos para que seamos capaces de ver eso turbio que se mete en nuestro corazón y que nos hará tener una mirada turbia a cuanto nos rodea. Es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy se  nos ofrece.
Jesús fue el que pasó haciendo el bien, como acertadamente Pedro proclamara un día en el anuncio del evangelio. Curaba a los enfermos, ponía paz en los corazones, despertaba esperanzas nuevas en la vida de los que lo rodeaban y escuchaban, iba liberando del mal a cuantos se acercaban a Él. Es lo que se nos quiere expresar cuando se nos habla de sus milagros y curaciones y cuando se mencionaba que expulsaba los espíritus inmundos de aquellos que estaban poseídos por el mal.
Su Palabra era una Palabra de paz y de esperanza que impulsaba a los corazones al bien. Pero no siempre era aceptada, no siempre era comprendida por quienes le escuchaban sobre todo si tenían el corazón lleno de maldad y de malicia, no se entendían los signos que realizaba con sus milagros y aunque la mayoría de la gente quedaba asombrada y alababa a Dios por cuanto Jesús hacia, sin embargo siempre habia algun receloso y desconfiado que era capaz de atribuir lo bueno que Jesús hacía al espíritu maligno.
Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Allí asomaba la malicia y la desconfianza con unos razonamientos que no tienen sentido. Así quiere hacérselo ver Jesús, aunque en su cerrazón nunca comprenderán ni aceptarán sus palabras. Y Jesús les dice que eso es un grave pecado, atribuir al espíritu maligno lo que es obra del Espíritu de Dios. Un pecado imperdonable, les dice Jesús. Un pecado imperdonable, porque mientras el corazón no cambie sino que sigamos obcecados en nuestro mal no nos abrimos a la gracia de Dios, ese regalo de amor de Dios que es su perdón.
Cuando vamos con malicia por la vida vamos destruyéndonos a nosotros mismos, tenemos que reconocer. Nuestro mal destruye cuando nos rodea, hace daño a los que están a nuestro lado, impide que nuestro mundo pueda florecer con una vida nueva, pero es que los primeros destruidos somos nosotros mismos. Nos hacemos intratables, estamos haciendo siempre juicios inmisericordes contra los otros, endurecemos el corazón y ya no seremos capaces de amar ni de sentir el amor que los otros puedan ofrecernos.
Son los cambios de actitudes que tenemos que realizar desde el fondo del corazón. Es la conversión que nos pide el Señor, que como siempre hemos dicho no es solo hacer unos arreglitos en nuestra vida, sino darle la vuelta a la vida, darle la vuelta a nuestro corazón, a nuestras actitudes, a nuestra manera de ver y de sentir para llegar a ser de verdad ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.




domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría.No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.