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jueves, 2 de octubre de 2025

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

 

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Salmo 18; Mateo 18, 1-5. 10

Nadie quiere aparecer como pequeño e insignificante. Es una tentación que sentimos, aunque al final tengamos que reconocer que no somos tan importantes, al menos entre los que nos rodean queremos hacernos notar; nos puede suceder a todos, buscamos influir, que se nos tenga en cuenta, no queremos quedarnos atrás, nuestro deseo es sobresalir. Y sucede en todos los ámbitos, muchas veces nos quedamos relegados a un ámbito más cercano, pero vemos que en esa escala ascendente de los que se sienten poderosos continuamente andamos en esa carrera por ostentar el poder, por creernos superiores o mejores que los demás; cuántas vanidades de ese tipo contemplamos en la vida social, en la política o en los círculos de influencia en nuestra sociedad; verdadera guerras sordas por conseguir esos lugares de apariencia o de poder.

Frente a esa experiencia de la vida cada vez más frecuente, aunque siempre ha habido quien se ha andado con esas insuflas de grandeza, hoy nos habla Jesús en el evangelio de que en su reino hemos de hacernos como niños. Palabras de Jesús que en el tiempo y momento en que fueron pronunciadas tenían como una connotación especial, por la poca importancia que en aquella sociedad se les daba a los niños. Hasta que no llegaran a una cierta edad en que ya se consideraran mayores no se les tenia en cuenta, se les dejaba a un lado.

Y ahí en medio de esa connotación de la sociedad Jesús nos viene a decir que seamos como niños; ¿con su inocencia? ¿Con su ingenuidad? ¿Con esa falta de malicia? ¿Con esa curiosidad de su espíritu que les hace preguntar y preguntar porque quieren saber, porque quieren entender? ¿Con esa simplicidad del niño que corre libremente de una lado para otro parece que es ajeno a todas las preocupaciones? ¿Con esa espontaneidad que se convertía en una generosidad natural siempre dispuestos a ser los primeros en hacer las cosas?

Podrían parecer valores muy infantiles, cosas de niños que nos decimos. Pero ¿realmente son valores infantiles o pueden convertirse en valores muy fundamentales para entender lo que ha de significar el Reino de Dios para nosotros?

Ojalá tuviéramos esa inocencia para quitar la malicia y desconfianza a nuestros actos, a lo que hacemos, a lo que son nuestras relaciones con los demás. Ojalá tuviéramos siempre esa hambre de aprender y de crecer, supiéramos acelerar ese motor de búsqueda interior que nos hace encontrarnos con nosotros mismos o con lo que es la verdad de la vida y de las cosas que vivimos. Ojalá tuviéramos esa disponibilidad que nos hace generosos haciendo que pensemos menos en nosotros mismos que en el bien que podemos hacer a los demás. Ojalá supiéramos entrar en esa órbita en la solo buscamos poner nuestra parte, nuestro granito de arena, sin buscar coronas de oropeles, sin querer estar imponiéndonos sino sabiendo colaborar poniendo cada uno su saber y su capacidad de actuar.

No son cosas tan infantiles, sino que serán cosas que nos harán profundizar más en nuestra vida para buscar lo que verdaderamente es fundamental y así abandonáramos esas ínfulas de vanidad que tantas veces nos envuelven para hacernos un mundo de fantasías y de superficialidad.

El evangelio de hoy nos ha querido hablar de esa sencillez con que hemos de tomarnos la vida, de esa alegría de vivir simplemente porque somos generosos, porque somos capaces de compartir con los demás lo que somos, porque estamos deseando estar siempre en esa actitud de servicio.

Claro que si hoy se nos ofrece este evangelio, en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios, es por aquello que se nos dice al final de que tengamos ‘cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.

Nos quiere recordar este texto el sentido de la celebración de este día y es el pensar en esos Ángeles de Dios que están a nuestro lado, que serán inspiración celestial para nosotros y signos de esa presencia de Dios en nuestras vidas para insuflar en nosotros también esa fortaleza de gracia para el camino de nuestra vida. No nos sentiremos nunca abandonados de Dios que nos hace sentir su presencia en el signo de los ángeles del cielo y que son también una invitación para que nos unamos siempre, como decimos en la liturgia, al coro de los ángeles que canta la gloria del Señor.


jueves, 27 de marzo de 2025

Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

 


Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

No sé por qué seremos así como nos manifestamos tantas veces, desconfiados, con suspicacias, siempre sospechando, viendo intenciones ocultas cuando no las hay; nuestros orgullos nos hacen desconfiados, nos molesta el bien que puedan hacer o que puedan tener los otros, estamos viendo canales ocultos donde no los hay, nos corroe la envidia y terminamos deseando mal.

Con lo bonito que es caminar en la vida sin malas intenciones, con el corazón en la mano, con ojos limpios y llenos de luminosidad para ver lo bueno, para resaltar el bien que puedan hacer los demás sin que por eso nosotros tengamos que sentirnos mal, sin tener malicia en nuestro corazón que tanto daño nos hace a nosotros mismos porque nos sentimos enfermos por dentro sin querer buscar una sanción, y tanto daño hacemos a los demás sembrando odios y resentimientos.

Es una cruda realidad en la que nos vemos envueltos y por la que nosotros resbalamos tantas veces cayendo en un abismo que no nos permitirá ser felices.

Jesús se encontró también con un mundo así al que quería liberar de su mal, pero que no todos quisieron aceptar esa sanción y esa liberación de Jesús. Hoy nos habla el evangelio cómo Jesús había curado a un hombre liberándolo de un espíritu inmundo, en la forma de hablar del evangelio y de aquellos tiempos. Curó a un endemoniado, como se solía decir.

Hay gente sencilla que se admira, se siente feliz con las obras que Jesús realiza, son capaces de ver la mano de Dios que les visita y les cura y les sana. Pero por allí siempre andan los desconfiados, los que tienen lleno de su corazón de maldad, los que no saben reconocer el bien aunque lo tengan delante de los ojos. Si tenemos los ojos turbios es normal que no veamos claridad, que todo lo veamos turbio. Es lo que le sucedía a algunos en torno a Jesús. En su maldad son capaces de decir que Jesús no actúa con el poder de Dios sino con el poder de Satanás. A tanto llegaba su malicia.

Qué difícil es convencer a personas que tienen esa malicia en el corazón. Lo estamos viendo a nuestro alrededor cada día en el mal entendimiento que reina en todos los sectores de la vida y de la sociedad; nunca los que consideramos adversarios de nuestras ideas podrán hacer algo bueno, porque siempre los contrarios vendrán a destruir; nunca se es capaz de continuar edificando sobre lo que otro haya construido, sino que todo lo destruiremos para comenzar de nuevo y no dejar rastro de lo bueno que hayan hecho los otros. Así nos vamos destruyendo en nuestra sociedad, así no lograremos nunca un avance a mejor porque sepamos aprovechar lo bueno que los otros hayan realizado como base de lo que seguiremos construyendo.

Jesús les decía a las gentes de su tiempo que un reino dividido no puede subsistir porque terminará haciéndose la guerra a si mismo y destruyéndose. Jesús quería hacerles comprender que el dedo de Dios estaba en aquello que estaba realizando; Jesús quería que tuviéramos ojos limpios, como decíamos antes, ojos llenos de luz para poder ver con claridad.

Hoy nosotros al escuchar este evangelio nos sentimos admirados como aquellas gentes de la obra de Dios y damos gracias, pero también recibimos la lección para nuestra mirada, para la limpieza de nuestro corazón, para las malicias de las que tenemos que liberarnos, para aprender a valorarnos más los unos a los otros respetando y exaltando lo bueno que realizan, para que logremos ese mundo del que desterremos la malicia, donde tendamos más puentes que nos acerquen, donde aprendamos a caminar juntos y colaborar entre todos para hacer nuestro mundo mejor.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

sábado, 27 de julio de 2024

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 7 de marzo de 2024

Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

 


Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Alguna vez habremos visto algo delante de nosotros y, aunque ha sido un hecho real y palpable, no un sueño ni nada imaginado, sin embargo hemos dicho no me lo puedo creer. Nos quedamos atónicos, sin saber qué decir, qué explicación podemos dar, pero no nos lo terminamos de creer. Algo que nos sorprende, inesperado, que no esperábamos en aquella situación, que no esperábamos de aquella persona y así nos quedamos sin palabras.

Estoy haciendo referencia a esto, en la que no hemos metido ninguna maldad por medio, pero parece que no siempre vamos con ese corazón limpio de malas intenciones; porque quizás por desconfianza que nos tenemos los unos de los otros, quizás porque hemos tenido quizás algún contratiempo con esas personas, quizás porque recordamos viejos enfrentamientos en nuestra relaciones vecinales o en nuestras relaciones laborales, hay personas, como decíamos, de las que desconfiamos, hay personas que no las miramos bien, hay personas a las que podemos ver realizar las mayores maravillas y las cosas más hermosas del mundo, a las que enseguida ponemos, como solemos decir, un pero; vemos segundas intenciones, vemos intereses ocultos que solo nosotros vemos por lo turbia que ya está de antemano nuestra mente, y si podemos quitarle el mérito se lo quitamos, si podemos desprestigiar en esas andamos, si podemos sembrar desconfianza en los demás ya nos estamos frotando las manos.

La malicia que se ha metido en nuestro corazón ya no nos deja ver la verdad y lo bueno. Reconozcamos que cosas así nos suceden a nosotros o las vemos en nuestro entorno con demasiada frecuencia; y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio con sus enfrentamientos.

Es lo que estaba sucediendo en torno a Jesús y de lo que nos habla hoy el episodio del evangelio. Jesús le ha hecho recobrar el habla a un mudo; el evangelista nos lo relata con el lenguaje propio de la época, pues nos habla de la expulsión de un demonio; en fin de cuentas siempre podemos decir que es la liberación de un mal, de una carencia que tenía aquella persona para expresarse y comunicarse con los demás. Eran los signos anunciados por los profetas y que en aquel texto de la sinagoga de Nazaret se nos recordarán.

Hay personas que saben ver la acción de Dios en aquella acción de Jesús y su reacción son las alabanzas a Dios como vemos tantas veces en el evangelio. Pero hay quien no quiere aceptarlo, no quieren ver lo que está sucediendo delante de sus ojos, no querían aceptar a Jesús. Y vienen las reacciones, como decíamos antes la ceguera, la desconfianza, el desprestigio, la intención oculta, etc… Ahora dicen que Jesús obra milagros expulsado demonios y lo hace con el poder del príncipe de los demonios, son las incongruencias en que caemos en la vida cuando nos ciega la malicia del corazón.

Pero Jesús querrá dejarnos un mensaje. Dejémonos purificar, pero cuidemos mantener esa pureza y esa santidad de nuestros corazones. Tantas veces vamos dando pasos en nuestra vida de superación, de crecimiento espiritual, tenemos momentos hermosos y llenos de fervor, pero si nos descuidamos pronto podemos caer de nuevo por la pendiente de la tibieza, de la frialdad de nuestros corazones dejando meter de nuevo el mal en nuestra vida. Es una lucha constante, es cierto, pero es el sabernos mantener en fidelidad al amor que hemos recibido para mantenernos siempre en el buen camino. Si nos descuidamos pronto vamos a darnos cuenta que en lugar de recoger buenos frutos con el Señor lo que estamos haciendo es desparramar esa gracia de amor que el Señor nos ha regalado.

Cuidado, nos dice Jesús, que el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. ¿Queremos caer por esa pendiente de nuevo dejando meter la malicia en nuestros corazones? ‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón’.

sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

domingo, 16 de julio de 2023

Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

 


Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Una palabra puede tener muchas y diferentes resonancias según quien la escuche, porque podemos darle diferentes significados, o porque la miramos y escuchamos desde diferentes ecos que llevemos en el corazón; podemos ir precavidos de entrada ante quien nos pronuncia esa palabra y esa malicia que llevamos en el corazón nos haga tergiversar esa palabra que se nos dice; experiencia tenemos de cuantos conflictos se han producido en nuestras relaciones humanas, por esa malicia que llevábamos como prejuicio y esa interpretación que le dimos a algo que era bueno en sí. La palabra era buena en si misma, pero nosotros la maleamos y no será ya para nosotros palabra de sabiduría que nos enriquezca.

Decimos las palabras, decimos los gestos, decimos cualquier cosa que hagamos que siendo algo bueno sin embargo no encuentra la misma reacción por quienes nos rodean, nos escuchan, o caminan con nosotros en la vida. Es también la valoración que nosotros hacemos tantas veces de lo que nos dicen o hacen junto a nosotros los que nos rodean.

Hoy el evangelio nos está hablando de momentos de placidez, de sentirnos a gusto disfrutando de cuanto nos rodea. La escena que nos presenta el evangelio realmente es bucólica; la orilla del lago, la gente que va y viene, los pescadores que a la vuelta de sus faenas reparan redes, mantienen en orden las artes de pesca y Jesús allí en medio sentado entre la gente hablando y comentando, como suele suceder, los acontecimientos del día.

Pero la palabra de Jesús no será nunca una palabra superficial que se lleva el viento, la palabra de Jesús tiene la sabiduría de hacernos pensar, de hacernos reflexionar, de hacer que nos miremos por dentro, pero también de despertar muchas cosas buenas en nuestros corazones. Una palabra dicha con sencillez, como quien va desgranando los granos de una espiga, que no simplemente alimentan a los pajarillos que revolotean a nuestro lado si cae en el suelo, sino que van siendo alimento para nuestra vida, despertando nuevas ilusiones de cosas grandes, sembrando inquietud en nuestras vidas, abriéndonos horizontes y caminos que nos hacen avanzar hacia una nueva plenitud.

Y nos está hablando de esa riqueza de vida que encierra la semilla; cuántas nuevas plantas que produzcan nuevos frutos pueden surgir, qué hermoso alimento y energía para la vida cuando comemos ese fruto. En misma tiene su valor ¿sabremos apreciar cuanto nos ofrece? ‘La semilla cayó a tierra y dio fruto’, repetimos en el salmo recordando el meollo del mensaje.

Hoy nos hablado Jesús de una semilla que sale el sembrador a sembrar. La parábola, es cierto, nos describe los diferentes terrenos en que puede caer y del fruto o no fruto que pudiera producir. Muchas veces en nuestra reflexión hemos hecho mucho hincapié en esa diferencia de terrenos que nosotros podemos ser; y tenemos que hacerlo también. Pero me atrevo a decir que el protagonista de la parábola es la semilla y la riqueza de esa semilla que el sembrador ha salido a sembrar. No era una semilla estéril, no era una semilla dañada, como en otros momentos Jesús nos dirá en otras parábolas, era una semilla buena.

Valoremos, pues, esa buena semilla. Es cierto que es una clara referencia a la Palabra de Dios que se siembra o se ha de sembrar en los campos de nuestro mundo. Una semilla que está ahí y a su tiempo producirá su fruto. Una buena semilla que también podemos encontrar en cuanto de bueno vamos encontrando en la vida, que podemos encontrar en esa palabra enriquecedora que podemos recibir, que podemos escuchar a los que están a nuestro lado, y tanto nos puede ayudar.

Una buena semilla en tantos gestos de humanidad que podemos encontrar en los que nos rodean, una buena semilla en ese buen testimonio y ejemplo que recibimos de alguien que pasa a nuestro lado, una buena semilla que podemos encontrar en la generosidad de tantos corazones que hacen el bien, que tienen una mano para ayudar al que va tambaleante por los caminos de la vida, en una sonrisa que llena de un nuevo azul el cielo que nos rodea para desterrar sombras, una buena semilla que podemos encontrar en tantas cosas si somos capaces de abrir los ojos para ver la bondad y generosidad de muchos corazones. Una buena semilla, es cierto, que nosotros también podemos ir sembrando al borde del camino de nuestra vida.

Vamos, pues, a intentar descubrir esas buenas semillas, porque son también una forma de cómo Dios nos habla. Seamos capaces de crear en nuestros corazones aquellos momentos de placidez de los que hablábamos al principio cuando contemplábamos a Jesús junto al lago hablando con la gente. No vamos a permitir ni que nuestros oídos ni nuestra mirada se llenen de malicia que malinterpreten esa Palabra de vida que llega a nosotros. Hagamos ese silencio interior, llenemos de paz y serenidad nuestro corazón y nos vamos a encontrar con Jesús que desgranará para nosotros esos granos de semillas que alimenten nuestra vida.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres tú? ¿Qué te da derecho para hacer lo que haces? Con palabras semejantes queremos parar los pies algunas veces a quien nos parece que se está metiendo donde no debe, que se está atribuyendo una atribuciones o poderes que no tiene. Porque en la vida nos encontramos con todo. El listo que todo se lo sabe y en todo quiere meter el hocico, hablando pronto y mal, pero que no podemos tolerar y buscamos la forma como pararlo en esas atribuciones que con tanta libertad se ha tomado.

¿Era algo así lo que querían decirle los judíos a Jesús? Ya muchos veían con malos ojos sus enseñanzas y les parecía que estaba soliviantado al pueblo haciéndoles unas promesas que no tenían sentido; algunos quizás veían sus intereses en peligro y había que buscar la manera de desprestigiar a Jesús, para otros Jesús era poco menos que un blasfemo porque les parecía que se atribuía un lugar que solo Dios ocupaba, les molestaba quizás que la gente sencilla encontrara esperanza en las palabras y en la presencia de Jesús.

Ahora había llegado hasta el colmo. Se había permitido meterse en el templo y con las costumbres y normas de régimen interior que allí se tenían – quizá por el interés de algunos que encontraban ganancias y posicionamientos de poder – y Jesús se había atrevido a echar a los vendedores del templo y a derribar las mesas de los cambistas. Por eso algunos se habían atrevido a enfrentarse a Jesús para pedirle cuentas sobre la autoridad con que se creía para actuar así. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’

Pero Jesús no les responde directamente sino que a su vez les plantea otra pregunta a la que no saben como contestar porque entonces serían ellos los que se vieran comprometidos. Y como Jesús les dice, si ustedes no me contestan yo tampoco os doy respuesta a lo que me planteáis. La malicia que pervertía sus corazones es con la que acuden con sus exigencias a Jesús. Pera a Jesús no podemos ir con exigencias. Es necesario una sinceridad de corazón y una pureza de malas intenciones.

Pudiera parecer anécdota este episodio que nos narra el pasaje evangélico. Pero para nosotros siempre toda palabra de Jesús, todo gesto de su vida, su presencia tiene para nosotros un mensaje, nos plantea interrogantes para nuestra vida y nos quiere hacer pensar. Hay gente que dice no encontrar respuestas a sus interrogantes cuando leen el evangelio. Y es eso lo que tenemos que plantearnos, cómo acudimos nosotros al evangelio, cual es nuestra mirada o qué es lo que llevamos en el corazón.

No vamos al evangelio como quien va a un libro de historia porque quiere saber cosas, porque quiere aprender cosas; no podemos quedarnos en la belleza literaria que en el evangelio, en las parábolas de Jesús, en el mismo relato que nos hacen los evangelistas, sin negar su belleza. No son palabras bonitas lo que nosotros vamos buscando; no podemos ir desde nuestros prejuicios con nuestras preguntas ya como predeterminadas para que nos den una respuesta que concuerde con nuestras ideas o con nuestros pensamientos. No podemos acudir con un prejuicio crítico que ya llevamos elaborado de antemano. Así no encontraremos nada porque el evangelio es mucho más que todo eso.

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios, con corazón abierto para poder descubrir esa novedad que siempre nos ofrecerá a nuestra vida. Siempre será para nosotros buena nueva, buena noticia, desde la apertura de nuestro corazón, desde la sinceridad de nuestra humildad. Será entonces para nosotros esa perla preciosa, ese tesoro escondido que vamos a encontrar para llenar de riqueza nuestro espíritu, nuestra vida. No es algo material lo que vamos a encontrar, será que nos eleve y nos llene nuestro espíritu. Es algo sobrenatural porque es encontrarnos con Dios y encontrarnos con la vida.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

 


Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

En la vida siempre hay quien lleva filtros en los ojos. Como esos que siempre llevan entintados los cristales de sus gafas; entonces todo lo que miran es con el color del cristal a través del cual están mirando. Lo pueden ver todo turbio o lo pueden ver con negruras, depende de la suciedad a través de la cual miran o de la oscuridad que llevan en la vida.

Cuando nos entra desconfianza en el corazón hacia alguien siempre veremos de manera turbia todo lo que haga esa persona; diremos que esa persona obra por mala intención sin darnos cuenta que quienes llevamos la mala intención en el corazón somos nosotros con nuestra desconfianza, o con nuestra malicia. Personas que siempre están al acecho, están detrás de las mirillas de sus ventanas observando, interpretando, juzgando… condenando, porque las cosas no son como a ellos les gustaría, porque con nuestra malicia interpretamos lo que hacen poniendo malicia o doble intención.

Nacen las criticas sin razón y siempre destructivas. Aparecen las discriminaciones y los rechazos. No somos capaces de ver lo bueno porque siempre tendremos ‘un pero’ que poner. Está detrás nuestra autosuficiencia y el desprecio. Son nuestras miradas puritanas pero que encierran una falsedad en nuestro corazón. Nos volveremos destructivos porque siempre queremos echar abajo lo que los otros realicen y a la menor oportunidad trataremos de rehacer a nuestra manera lo que los otros hayan realizado. No se soporta lo bueno que puedan hacer los demás sobre todo si consideramos que no son de los nuestros.

Lo estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad; somos tan partidistas que solo lo que hagan los nuestros será bueno; en nosotros no veremos nunca ningún defecto, ningún error, trataremos de ocultar los fallos que puedan tener los que son de nuestro bando, intentaremos salpicar de maldad todo lo que hacen los demás. No somos capaces de caminar en nuestra sociedad aunando esfuerzos; no queremos escuchar lo que nos puedan ofrecer los demás, aunque luego cuando ya no nos quede más remedios intentaremos hacerlo como si fueran ideas nuestras cuando antes siempre estábamos en contra. Problemas del día a día de nuestra vida social donde tampoco sabemos perder y reconocer el éxito que puedan lograr los demás.

¿Cuándo aprenderemos a buscar lo bueno y lo mejor entre todos en un armonioso diálogo? ¿Cuándo dejaremos a un lado esa acritud que tan fácilmente aparece en los diálogos o discusiones que podamos mantener para ofrecer cada cual las mejores ideas para el bien de todos? Lo malo es que estas actitudes de nuestros dirigentes van contagiando a todos, y las nuevas generaciones serán igualmente partidistas, poco dialogantes y violentas. Nos quejamos de esa violencia que cada vez más agravada en multitud de actos públicos, pero ¿a quien están imitando? ¿Qué se ve en los que se llaman dirigentes de nuestra sociedad?

Son aspectos humanos que tenemos que saber mejorar, son actitudes nuevas que tenemos que saber poner en juego en nuestra sociedad quienes nos decimos seguidores de Jesús. El padeció también esas violencias y rechazos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que en la sinagoga aquel sábado estaban al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Y el que pasó haciendo el bien no podía dejar que un ser humano siguiera sufriendo simplemente por la intransigencia de algunos.

Había allí un hombre con una mano paralizada, pero no querían permitir que Jesús lo curara, estaban al acecho; ya estaban apareciendo las desconfianzas contra Jesús y todo lo que hacia Jesús tenía que pasar por el filtro de aquellos ojos llenos de desconfianza y de maldad.

Y Jesús nos dice que siempre tenemos que hacer el bien, que no podemos permitir el sufrimiento de nadie si está en nuestras manos remediarlo; Jesús nos está pidiendo que vayamos por la vida con  mirada limpia sabiendo recoger todo lo bueno, venga de donde venga. Jesús nos pide que no andemos encorsetados con normas y preceptos que no ayudan al bien del hombre, al bien de la persona. Jesús nos está pidiendo que comencemos a hacer un mundo de mayor armonía y paz, que busquemos siempre el encuentro y el diálogo, que sepamos respetar y valor lo bueno del otro, que arranquemos de una vez para siempre las malicias y desconfianzas del corazón. Son los estilos del Reino de Dios.

viernes, 10 de junio de 2022

Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

 


Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32

Un cristal turbio nos impide ver con claridad; es más, un cristal turbio nos hará ver cosas turbias allí donde no las hay; la suciedad no está en la cosa que vemos sino en aquello que nos ha servido de filtro a través del cual veíamos las cosas; lo podemos ver todo verde, sin ponemos el filtro de ese color, lo podemos ver luminoso si el cristal está límpido y brillante sin ninguna mancha. Los cristales manchados del vehículo que conducimos nos van a entorpecer la marcha del vehículo poniendo en peligro su conducción porque nos impiden ver con claridad. Ya podríamos adelantar, que la legañas de maldad que llevemos en nuestros ojos nos harán mirar de mala manera a aquellos con los que nos cruzamos en el camino de la vida.

Ya nos dirá en otro momento del evangelio Jesús que quitemos la viga que llevamos en nuestro ojo antes de querer quitar la mota que pudiera haber en el ojo del hermano. Y pueden ser unas vigas tremendas las que llevemos en nuestros ojos llenos de malicia, de maldad, en nuestro corazón lleno de malas intenciones. Es lo importante que nos quiere hacer ver Jesús.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del sermón del monte donde tras proclamar las bienaventuranzas Jesús ha ido desgranando una multitud de situaciones de nuestra vida que tendrían que entrar en revisión. No ha venido a abolir la ley y los profetas le escuchamos decir, sino a darle plenitud; por eso irá revisando cada una de esas situaciones en las que incluso le hayamos podido hacer decir más a las normas que nos hemos ido imponiendo que lo que el Señor quiso darnos con su ley. Por eso nos irá repitiendo ‘habéis oído que se os dijo, pero yo os digo…’ para darnos el verdadero sentido que han de tener las cosas.

Hoy de forma concreta nos habla del adulterio, pero Jesús nos viene a hacer comprender que incluso nos puede suceder que sin llegar al adulterio en la materialidad de los actos, sin embargo desde nuestro corazón podemos tener actitudes adulteras desde la malicia con que miremos a la otra persona. Por eso las palabras de Jesús hoy quieren ir incluso más allá de lo que en principio se nos plantea, para hacernos caer en la cuenta de cual es lo importante que hemos de tener en cuenta en la vida y en lo hacemos. Es la bondad o la maldad que llevemos en el corazón. Ese cristal sucio a través del cual miramos a la mujer de nuestro prójimo, a la otra persona podríamos o tendríamos que decir, por la malicia que podemos llevar dentro.

Vale de cara al tema del adulterio por lo que en concreto se nos dice en este pasaje, pero nos damos cuenta que nos vale para todas las intenciones que podemos tener o con que podemos mirar a los demás. No olvidemos que una de las bienaventuranzas que Jesús nos propone es ‘dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’.

Dichosos los limpios de corazón, sí, porque tendrán una mirada clara y distinta y nada la enturbiará. Dichosos los limpios de corazón, podríamos también decir, porque ellos serán los que verán en el otro un hermano; dichosos los limpios de corazón porque serán los que sabrán amar; dichosos los limpios de corazón porque tendrán generosidad en el corazón; dichosos los limpios de corazón porque teniendo un corazón puro nunca harán discriminación y todos se sentirán como hermanos; dichosos los limpios de corazón porque serán los que tenderán su mano sin importarles ni el color de su piel, ni la condición exterior que pueda presentar su persona, porque sabrán caminar juntos, y sabrán hacer un mundo justo; dichosos los limpios de corazón porque siempre llevarán limpias y luminosas las lentes de sus ojos y de su corazón y sabrán hacer un mundo de luz y de vida, porque siempre irán repartiendo amor.

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

viernes, 9 de julio de 2021

Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 


Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Hay un dicho o refrán popular que dice que ‘camarón que se duerme, se lo lleva la marea (se lo lleva la corriente)’. Como todos los refranes populares encierra una sabiduría popular que nos previene contra la pereza, el descuido, las irresponsabilidades con que podemos vivir la vida. Cuántas oportunidades perdemos por no saber estar atentos y vigilantes para cuando pueda aparecer esa oportunidad; pero de cuántos peligros nos libraríamos también si tuviéramos ese ojo avizor que está atento a lo que sucede a su alrededor y de las cosas que nos pudieran afectar negativamente en la vida.

Creo que dentro de la madurez humana a la que todos aspiramos está esa vigilancia y atención a cuanto sucede en nuestro entorno, para evitar peligros, para aprovechar oportunidades, pero también para saber sacar provecho de aquello que nos sucede para ese nuestro crecimiento y maduración como personas.

Esto es algo que hemos de tener muy claro en el camino de nuestra vida cristiana. En nuestra oración, en la oración que nos enseñó Jesús, pedimos no caer en la tentación y vernos libres del mal, pero de alguna manera cuando lo hacemos estamos pidiendo esa luz, esa perspicacia, esa vigilancia con que hemos de estar para no vernos invadidos por el mal, y eso contando con la gracia del Señor.

Es lo que hoy también quiere decirnos Jesús en el evangelio. El camino no siempre es fácil; la tarea del anuncio del Reino de Dios que Jesús nos confía va a encontrar mucha contradicción a nuestro alrededor; mantener nuestra fidelidad y nuestra fe algunas veces se convierte en una tarea difícil por todas las influencias que podemos recibir de nuestro entorno; el camino del evangelio no se convierte en un camino de rosas, porque muchas van a ser las zarzas y las espinas que nos encontremos en el camino; quien lleva la luz del evangelio se convierte en un signo de contradicción en medio del mundo.

¿No fue ese el camino de Jesús? ¿No lo había anunciado así el anciano Simeón a su madre María? La imagen del hijo del hombre, varón de dolores, que nos presentan los profetas nos describe bien el camino de pasión de Jesús; y el discípulo no es más ni mejor que su maestro.

‘Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, les dice Jesús a sus discípulos. Y a continuación les hablará de cómo van a ser traicionados, cómo van a ser entregados a los tribunales para ser condenados, de todo el camino de persecuciones con que se van a encontrar. El león rugiente está acechando buscando a quien devorar, nos recordará san Pedro en sus cartas. Hoy Jesús nos habla de lobos que rodean a las ovejas, aunque ya en otro momento hablará de los buenos pastores que cuidan de su rebaño y están atentos a cuando pueda venir el lobo. Pero de alguna manera ahora nos está señalando lo que va a ser el día a día de nuestra vida.

Y nos pide Jesús, sagacidad y sencillez. Sagacidad que es lo mismo que vigilancia y atención, ese cuidado con ojo avizor con que hemos de estar en nuestra vida para que nos pueda venir la tentación. Pero al mismo tiempo nos habla de sencillez porque en esa vigilancia y atención, en esa sagacidad, no poder dejar meter la malicia, la mala intención o el mal deseo.

Estar vigilantes para no caer en las redes del mal no significa que llenemos el corazón de violencia o de deseos de venganza. Es también una tentación que nos puede aparecer en nuestro corazón. Por algo en las bienaventuranzas llamará dichosos a los que son limpios de corazón que además serán los que verán a Dios; no han dejado que se enturbie el corazón y por eso tendrán los ojos claros para ver las obras de Dios, la presencia de Dios.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

 


Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

La malicia que en muchas ocasiones se nos mete en el corazón transforma de tal manera nuestros sentimientos, nuestros valores y nuestra manera de ver las cosas que nos puede llegar a hacer decir que es malo aquello que sabemos muy bien que es totalmente bueno.  Son tales los filtros que ponemos en nuestros ojos que hasta lo más luminoso lo enturbiamos.

Quizá la desconfianza que mutuamente nos tenemos hacen que surjan los recelos para ver intenciones ocultas en aquello que hacen los demás; la rivalidad que nos creamos entre unos y otros quizá por nuestra diferente manera de pensar, nuestros diferentes planteamientos nos impide la cordura suficiente para reconocer lo bueno que hacen también aquellos que piensan distinto a nosotros; los resentimientos que mantenemos en nuestro corazón por viejas cosas que un día sucedieron y que crearon barreras entre nosotros nos hará que nunca podamos ver un puente que nos lleve a un nuevo encuentro y siempre estaremos con esos viejos rencores en nuestro corazón que a la larga nos destruyen por dentro.

No es que todos seamos malos y mantengamos esas malicias que así nos destruyen, pero todos nos podemos sentir tentados a actuar de esa manera en algún momento, y por supuesto tenemos que reconocer que hay muchas personas de limpio corazón que actúan siempre sin ningún tipo de maldad. Pero es bueno constatar esas realidades que nos sirvan para precavernos y si en algún momento nos llegan tentaciones semejantes seamos capaces de superarlas.

Hoy nos habla el evangelio de hechos semejantes. Jesús va a la sinagoga, era sábado y allá estaban escribas y fariseos al acecho para ver qué hacía Jesús. Había un hombre enfermo, con una mano paralizada. ¿Lo curaría Jesús siendo sábado en que estaba prohibido todo tipo de trabajo? Y es Jesús el que le pide que se ponga en medio. Y es cuando interpela a aquellos que le estaban acechando. ‘Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

¿Es que podemos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque haya unas normas, puestas quizá con buena intención, pero que con nuestras interpretaciones manipulamos? Es lo que estaba sucediendo con el descanso sabático. El sábado era para el Señor y todo el día tenía que estar dedicado a Dios y a su culto y alabanza. Pero hemos de reconocer que encerraba también otra cosa buena con la obligación del descanso; no se podía convertir el trabajo en una esclavitud, y si no hubiera normas que impusiesen el descanso también podría haber gente que se aprovechara de los pobres para obligarles a trabajar y suprimirles el descanso. Pero llegar a convertir esa norma en algo que nos impidiera incluso hacer el bien no tendría sentido ninguno.

Muchas lecciones podemos, pues, deducir de este texto evangélico donde seamos capaces de ver la valoración de la persona que en todo momento hemos de saber hacer. Nada ni nadie puede esclavizar a la persona, pero en nuestras manipulaciones humanas los que se creen poderosos también con el trabajo pueden manipular y esclavizar a los que nada tienen. Y esto es algo que hoy podemos seguirnos encontrando en nuestras sociedades que decimos tan avanzadas y en que tanto se ha progresado, por ejemplo, en el derecho y respeto de los trabajadores.

Pero está la otra lección desde los aspectos con que comenzamos nuestra reflexión y que vemos reflejados en la actitud de aquellos escribas y fariseos que estaban con la malicia en el corazón al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Purifiquemos nuestro corazón de todo tipo de malicia; tengamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea luz, todo lo que sea bueno de cualquier parte que venga; aprendamos a valorar el bien y eliminemos toda clase de prejuicios que llenan de malicia el corazón.