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domingo, 15 de marzo de 2026

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

 


No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

¿Cuál es la reacción más espontánea que algunas veces nos surge cuando tenemos que enfrentarnos a una enfermedad o a algún tipo de limitación que no esperábamos? ¿Cuál es el juicio que quizás inconscientemente nos hacemos cuando vemos a alguien atormentado por una grave enfermedad cuando antes lo veíamos sano y fuerte? Hay reacciones que nos surgen espontáneas.

¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo? Buscamos culpas que decimos que no tenemos, pero que sin embargo nos rebelamos como si fuera un castigo. De aquel que sin esperarlo lo vemos de pronto en una grave enfermedad quizás sin decirlo pensamos qué mala vida ha tenido que ahora le han venido esas consecuencias, pensando en algún desorden quizás oculto, pero que de alguna manera andamos con culpabilizaciones. Quizás luego nos ponemos a razonar y quitamos esas sospechas de nuestra mente echando quizás la culpa al destino que no podrá quejarse (¡!).

¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Porque dentro de la mentalidad de la época y en aquel ambiente religioso del mundo judío fueron los discípulos cercanos a Jesús los primeros que comenzaron a preguntar algo que no entendían y querían que Jesús les aclarase del por qué aquel hombre que se encontraron en las calles de Jerusalén había nacido ciego, cual era el pecado, de él o de sus padres, para tener tal castigo. Nuestras miradas humanas.

Pero la mirada de Jesús es distinta, no responde directamente a la pregunta, pero sí nos da una respuesta superior. En lugar de plantearse interrogantes Jesús se detiene y se agacha hasta el suelo para coger un poco de tierra y hacer con su saliva un poco de barro que poner en los ojos del ciego. Es el Dios que ha bajado a la tierra, se ha hecho como nosotros porque se ha hecho  hombre, se mezcla con nuestro barro. ¿Querrá decirnos algo este signo de Jesús?

Luego lo mandará a la piscina de Siloé, el enviado, para que allí lave sus ojos. Jesús lo cura pero lo pone en camino. Tenemos que poner nuestra parte, porque no es algo mágico lo que sucede, es la disponibilidad para buscar un camino, para un encuentro con algo distinto, para poder llegar hasta la luz, que la luz ilumine su vida. Aquel hombre no sabe ni quien es el que le ha dicho que fuera a lavarse a Siloé como responde a los que le preguntan cuando se monta el revuelo de su curación y las distintas reacciones que van surgiendo.

Su camino no fue solo ir a Siloé sino que luego tendrá que seguir haciéndolo hasta encontrarse de verdad con quien ha sido su salvación. Es su propia lucha también contra las reacciones que van surgiendo queriendo él también encontrar una respuesta. Solo un hombre de Dios ha podido realizar lo que allí ha sucedido. El se ha encontrado con la luz mientras en su alrededor siguen las tinieblas que incluso quieren envolverle. Le recordarán que empecatado nació y de alguna manera le están culpabilizando de su ceguera, pero en él hay una certeza interior. Llegarán incluso a expulsarle de la sinagoga porque las tinieblas no quieren aceptar a la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio. ‘La tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Pero Jesús le sale al encuentro cuando se entera de que lo han expulsado de la sinagoga. Podría parecer que toda aquella lucha la estaba haciendo aquel hombre en solitario porque todos en su entorno se ponen en contra, que hasta su misma familia de alguna manera quiere ignorarlo por temor a ser ellos expulsados también de la sinagoga. Son nuestros esquinazos, las veces que queremos irnos por otra esquina para evitar complicaciones, las veces en que tratamos de disimular o no damos la cara con valentía. Teniendo la luz también queremos ocultarla, porque sabemos que puede ser rechaza, porque no es lo políticamente correcto en la sociedad en la que vivimos, porque quizás alguien se pueda sentir molesto u ofendido porque nosotros mostramos nuestra fe; son cosas que están sucediendo en nuestro sociedad porque a algunos le molestan los signos cristianos y aunque resalten otros lo cristiano hay que ocultarlo.

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que decir y proclamar, no ocultemos el testimonio que tenemos que dar, no metamos la luz debajo del celemín sino sigamos poniéndola muy alta para que pueda iluminar a todos. Es un camino que tenemos que hacer con decisión y valentía al que nos ayuda este camino cuaresmal, no olvidemos nunca que somos unos testigos aunque de alguna manera tengamos que ser también mártires, que en fin de cuentas ese es el significado de la palabra.