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sábado, 21 de marzo de 2026

Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

 


Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

Jeremías 11, 18-20; Salmo 7; Juan 7, 40-53

Es necesario tomar posición en la vida, definirnos, decir claramente lo que pensamos o lo que queremos, aunque sepamos que nuestras posturas van a resultar incómodas para muchos. Creo que es algo que los cristianos de hoy también tendríamos que tener muy claro y en consecuencia ser valientes. Nos encontraremos con gente que se posesiona de distinta manera, respetar a esas personas no significa que tengamos que comulgar con sus ideas abandonando nuestros principios, ni podemos tener miedo de la situación de preponderancia que puedan tener quienes opinan distinto en la sociedad en la que vivimos, pero nuestra verdad no la podemos callar.

Hoy el evangelio nos presenta un momento un tanto complejo en la relación o en la reacción que muchos puedan tener ante Jesús. Nos irá apareciendo ahora en estos últimos días de la cuaresma, en nuestra preparación para la celebración de la pascua esos momentos en que aquellos que no aceptan a Jesús comenzarán a maquinar contra El. Pero nos vamos encontrando también quienes van descubriendo en Jesús algo distinto. Unos decían que en verdad eran un profeta, sintiéndose interrogados interiormente por su palabra pero también por los signos que Jesús va realizando. Otros dirán que eso es imposible, porque de Galilea nunca había surgido un profeta, y además sabían que Jesús no se había instruido en aquellas rabínicas de Jerusalén. Sin embargo sentían que su palabra los interrogaba por dentro.

Cuando los dirigentes de Jerusalén quieren apresar incluso a Jesús y mandan a unos guardias que ejecuten esa orden se encontrarán que vuelven con las manos vacías, no se habían atrevido a realizar aquel prendimiento por temor al pueblo que escuchaba y reverenciaba a Jesús. La respuesta de aquellos guardias a la pregunta de por qué no lo habían apresado era que nadie había hablado nunca como lo hacía Jesús. Y ya escuchamos la respuesta dura de los fariseos. ‘¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos’.

Pero aquellos guardias habían sido valientes y se habían arriesgado a no hacer lo que les pedían. Escuchaban algo nuevo en las palabras de Jesús. Habían tomado también posición, como la estaba tomando también Nicodemo, aquel magistrado que una noche había ido a hablar con Jesús, que les dice que no se puede condenar a nadie sin escucharlo. Pero recibirá los improperios de sus compañeros por esta palabra de defensa de Jesús que había pronunciado.

Cuando ahora en nuestro camino cuaresmal estamos nosotros reflexionando sobre el evangelio en esta preparación que hemos de hacer de nuestro espíritu para poder vivir la pascua quizá tendríamos que preguntarnos en qué medida en el mundo en el que vivimos hoy nosotros como cristianos nos estamos posicionando. Podríamos estar queriendo nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, como dice el refrán, o podíamos estar queriendo nadar entre dos aguas. Necesitamos posicionarnos, necesitamos ese coraje que nos da el espíritu del Señor para dar ese testimonio.

No nos podemos quedar en unos actos que pudieran ser o muy solemnes, o muy llenos de artificio, o simplemente en un sentimentalismo provocado por unas imágenes que vemos pasar pero que no dejamos que penetren profundamente dentro de nosotros. Tenemos el peligro de la superficialidad religiosa en quedarnos en ostentaciones en cierto modo vanidosas, pero sin dejar que la Pascua cale hondamente en nuestra vida para dejarnos transformar por el evangelio de Jesús. Tendríamos que hacer una revisión profunda de la manera como entendemos y vivimos nuestra religiosidad porque aunque plasmemos plásticamente unas escenas del evangelio, sin embargo el evangelio pudiera estar muy lejos de todo eso, y entonces no calar en nuestra vida.

La Palabra de Dios tiene que inquietarnos y no hemos de tener miedo a esa inquietud que nos hace buscar algo más, que nos hace profundizar en el mensaje del evangelio para darle ese sentido profundo que necesita nuestra vida.

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