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domingo, 22 de marzo de 2026

En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

 


En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios  que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En la palabra de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios nos va a ofrecer.

Por otra parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor, porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista

‘Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’, terminará afirmando y anunciando Jesús.

Pero tratemos de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran. ‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.

¿Cuál es el camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.

A este mundo nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades, a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para que tengamos vida para siempre.

Nosotros también muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.

Es lo que nos disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo de muerte que nos rodea.

Jesús le preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al mundo que nos rodea?

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