No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida
1Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26
Claro que todos queremos vivir una vida llena de armonía, donde tengamos una buena convivencia entre unos y otros, que nada nos haga sufrir y que las cosas vayan marchando bien, que podamos ser bien considerados y que también lleguemos a tener una buena sensibilidad como para sentir como nuestros los problemas de los que nos rodean y nos esforcemos por ayudarnos unos a otros a ser más felices encontrando solución a los problemas que vayamos encontrando.
Decía que todos queremos eso, y lo podríamos decir pensando en la buena voluntad de todos porque todos realmente ansiáramos siempre lo más justo. Pero sabemos bien que esa no es la realidad de la vida porque sigue reinando la injusticia y la insolidaridad, no todos tienen esos buenos sentimiento hacia los demás y mucho solo piensan en sí mismos, no siempre hay esa sensibilidad para buscar soluciones a los problemas y sufrimientos de los demás e incluso habrá quien no comprenda que nosotros podamos hacer las cosas desinteresadamente simplemente por el gozo de hacer bien a los demás.
Mientras vamos haciendo el bien y gastándonos los unos por los otros sentiremos un gozo en el alma que nadie nos podrá arrebatar, pero quizás llegará un momento que lo que hagamos moleste a los demás, nos vamos a encontrar quien vaya detrás de nosotros tratando de destruir y derruir aquello que nosotros hemos intentado construir. Son los que se sienten satisfechos en sí mismos, no por el bien que hacen, sino por el egoísmo en que viven que les hace creerse los reyes del mundo, pero que un día se van a encontrar que no hay nadie que seque sus lágrimas o dé consuelo a aquellas situaciones dolorosas con las que sin duda un día se encontrarán.
Es eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en esta página del evangelio. Son las bienaventuranzas tal como nos las relata el evangelista san Lucas, que en cosas fundamentales tienen una coincidencia con las que nos propone el evangelista san Mateo, pero que aquí nos da unos matices porque contrapone a la bienaventuranza lo que podríamos llamar la maldición de los que se han encerrado en sí mismos, rehusando a hacer el bien desinteresadamente y a obrar siempre desde unos intereses egoístas que manifiestan además la superficialidad de sus vidas.
‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis… y seréis dichosos cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre… vuestra recompensa será grande en el cielo…’
Por contra nos dirá también ‘¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’
¿Queremos quizás que hablen bien de nosotros? Decíamos al principio que entre todas aquellas cosas que ansiábamos y deseábamos era el ser bien considerado por los demás. No es mal deseo. Pero, ¿por qué cosas queremos ser bien considerados por los demás? A los ojos del mundo parece que lo importante o lo que nos hace importantes son todas esas vanidades de las que nos rodeamos para aparentar algo que realmente no somos. Buscamos prestigios y buena consideración de aquellos que nos parecen importantes y poderosos, nos arrimamos decimos tantas veces a quienes nos den buena sombra porque se manifiestan muy exultantes en su arrogancia y rodeados de los lujos de la vida, de esos que parece que siempre están saciados en sus fantasías que a la larga nos manifiestan la pobreza de sus vidas aunque sean muchas las riquezas de las que dispongan.
Quienes queremos vivir según los parámetros del Reino de Dios vamos a resultar incómodos porque en la opinión de esos que se creen poderosos nosotros estaríamos fuera de lugar. Pero al final, ¿quién será feliz de verdad? No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios, ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida.