Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta aurora de salvación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aurora de salvación. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de septiembre de 2026

Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

 



Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4a; Salmo 12; Mateo 1, 18-23

En este día 8 de septiembre celebra la Iglesia una festividad de la Virgen María, su Natividad, su nacimiento. ¿Cuál es el primer sentimiento que provoca el nacimiento de alguien? Hemos de reconocer que alegría; es la noticia llena de alegría que corre de boca en boca entre vecinos y familiares ante el nacimiento de un niño; todos sentimos palpitar en nuestro corazón la alegría de su nacimiento y pronto corremos a felicitarnos porque siempre es algo que sentimos como muy nuestro y a felicitar a sus padres.

En el paso de los años ese alegría se mantiene porque todos seguimos celebrando el aniversario del nacimiento y es fecha que nunca olvidamos. Una alegría en el nacimiento siempre llena de esperanza pero siempre atravesada por los interrogantes de lo que va a ser aquella criatura que comienza el recorrido del camino de su vida, queriendo siempre expresar los mejores deseos para que por nada se vea perturbada esa vida que comienza su camino.

Para nosotros, pues, también es un día grande de alegría en el nacimiento de María y tendríamos que decir muchas cosas. No podemos menos que hacer que sea un día de felicitación y de bendiciones queriendo, pues, felicitar a María en su cumpleaños. ‘Me felicitarán todas las generaciones’ proclamará en su cántico de alabanza al Señor cuando reconoce las maravillas que el Señor hace en la humildad de su esclava, cómo ella misma se siente en las manos del Señor. Y ahí se nos manifiesta la grandeza de María, reconociendo que el Señor ha realizado en ella maravillas - ¿y qué maravilla más grande que la de hacerla su madre? – sin embargo ella sigue sintiéndose siempre la pequeña, la humilde esclava del Señor.

¿No tenemos, pues, muchos motivos de alegría y de alabanza al Señor en el nacimiento de María? Su nacimiento es la aurora de la salvación, como proclamamos en la liturgia de este día. La aurora es ese momento en que sin aún ver al sol ya estamos alumbrándonos con su resplandor que traspasa los limites del horizonte. Así es María para nosotros porque nos anuncia la cercanía del Sol que nos viene de lo Alto porque de ella había de nacer quien fuera nuestra salvación.

Aquel pueblo que caminaba en tinieblas en la espera de la pronta venida del Mesías, en el actuar de Isabel con la visita de María a las montañas de Judea y en la reacción de la criatura que llevaba en su seno, el futuro precursor del Mesías, están recibiendo ya esos primeros resplandores de la salvación con la presencia de María, que venía a ser esa aurora que anuncia el nacimiento del Salvador.

Es la alegría de los cielos y es la alegría de Dios que en María se sintió complacido para fijarse en ella y hacerla su Madre. Es por lo que el ángel de la anunciación que encontró gracia ante Dios, ‘la llena de gracia’ la llama porque en ella de manera especial va a morar Dios cuando se encarne en sus entrañas. ¿No podríamos decir, entonces, que en el cielo también las campanas sonaban a gloria con el nacimiento de María? Es lo que ella luego va reconocer, cómo Dios se fijó en su pequeñez, porque son los pequeños y los humildes los más gratos a Dios, que rechaza la vanidad de los soberbios pero engrandece a los humildes.

Es la alegría de nuestro corazón que saborea la ternura de una madre, que como madre sabe caminar al lado de sus hijos, a quien nosotros como a una madre la vemos embellecida con todas las virtudes que hemos de copiar para nuestra vida, y como hijos que quieren seguir las huellas de la madre sentimos el calor de su mano maternal que nos sostiene en los momentos difíciles, que nos alienta y nos empuja para que sigamos adelante y para que aspiremos a cosas mejores, y como madre es también luz que nos ilumina el corazón para que son su reflejo sepamos llegar siempre a la luz de Jesús. En las advocaciones con que la celebramos este día unas veces la llamamos la Virgen y Madre de la luz, y otras veces la invocamos como Señora de los Remedios, por citar algunas de esas advocaciones de nuestra devoción, clara referencia a lo que venimos reflexionando.

Muchos motivos tenemos para celebrar la Natividad de María y con ella llenarnos de alegría, porque es Aurora de nuestra Salvación. Es el feliz cumpleaños de María en el que nos alegramos todos sus hijos y con ella queremos festejarlo.


lunes, 8 de septiembre de 2025

Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

 .


Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 12; Mateo 1, 1-16.18-23

Antes de que el sol se eleve sobre el horizonte, cuando aun no ha comenzado a despuntar, sin embargo comienza el horizonte a teñirse de los primeros resplandores que son anuncio de ese nuevo día que va a comenzar a despuntar con toda la plenitud de los rayos del sol. Tenemos que reconocer que es muy bonito el amanecer cuando tenemos la oportunidad de ver con claridad el horizonte, quizás en la lejanía del mar o desde lo alto de una montaña. He disfrutado mucho cuando he tenido la oportunidad y en esas circunstancias que he mencionado sobre todo desde la alta montaña.

La liturgia en este día en que celebramos la Natividad de la Virgen María la llama con toda razón aurora de un nuevo amanecer. El nacimiento de María nos preanuncia el nacimiento del Sol que nos viene de lo alto, que de ella había de nacer. Hay quienes no quieren entender la devoción y el amor que nosotros los cristianos sentimos por María; sabemos claramente que ella no es la Salvación, pero sí es la Madre que nos trajo al Salvador cuando Dios querrá encarnarse en sus entrañas para de ella nacer siendo hombre y para traernos la salvación.

El resplandor de María a nosotros también nos ilumina cuando nos anuncia la llegada de la verdadera luz. En ella estamos pregustando esas mieles de la salvación, con ella nosotros queremos caminar al encuentro de esa verdadera luz. No la hacemos ni más ni menos, pero es la Madre del Salvador, y toda madre estará siempre cerca del corazón de sus hijos, como tendrán a sus hijos en su propio corazón. ¿Por qué vamos a separar a María del corazón de Cristo? ¿Por qué nosotros, que también somos sus hijos, acogiéndonos al corazón de la madre no podemos aprender de ella a ir hasta Jesús? María siempre nos conducirá hasta Jesús. Ella, por supuesto, no suplantará a Dios, porque ella se sentirá siempre la humilde esclava del Señor que lo único que desea es tener a Dios en su corazón.

Muchas imágenes de María  - pensemos en tantas advocaciones de María que precisamente celebramos en este mismo día – siempre las contemplaremos con una luz, con una candela, con una vela en sus manos, mientras en la otra siempre también nos mostrará a Cristo. Ahondemos en todo el significado de esta imagen que contemplamos para que comprendamos siempre de la mejor manera posible lo que significa la presencia de María en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Podríamos decir frente a tantos que se escandalizan por nuestro amor a María y por el lugar que le damos en la vida de la Iglesia, que María no nos dice que ella sea la luz, sino que siempre nos estará señalando el camino de la luz, porque siempre ella nos está conduciendo hasta Jesús. 

Como decíamos, María es la Aurora de nuestra salvación. La aurora no es el sol, pero sí nos estará reflejando la luz del sol. Eso es María para nosotros, eso es lo que en ella podemos contemplar; son los valores del Reino de Dios que en ella podemos encontrar y copiar para nuestra vida; la mujer llena de fe, que merecerá por ello toda alabanza, pero la mujer disponible siempre para el servicio y para el amor, que siempre está en camino para servir como lo hizo en su camino hasta las montañas de Judea para servir en la casa de Isabel, o como estaba con los ojos atentos en las bodas de Caná para detectar donde había una necesidad y hacer que Jesús allí derramara su gracia.

Es la mujer humilde, que reconoce las maravillas que Dios realiza en ella, pero no se siente ella grande porque aunque siendo madre se siente hermana y cercana de toda la humanidad para caminar nuestros caminos, para hacerse presente con su amor, para estar siempre en esa disponibilidad de un corazón abierto para a todos acoger como madre. Sabe María que los poderosos van a ser derribados de sus tronos y que solo los humildes y los sencillos podrán tener la dicha de conocer y vivir los misterios de Dios, como ella misma canta en el Magnificat. ¿Estará adelantando María en su cántico lo que un día Jesús cantará también dando gracias al Padre que revela su corazón y su misericordia a los que son pequeños y sencillos? En ella ya lo estamos viendo.

Dejémonos envolver por esa luz que María nos refleja de lo que es el amor y la misericordia de Dios para que un día también nos sintamos llenos de esa luz porque nos sentimos enriquecidos con la misericordia del Señor.

viernes, 8 de diciembre de 2023

La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

 


La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Apenas iniciado el camino del Adviento nos aparece la figura de María en esta hermosa fiesta tan entrañable para todos de la Inmaculada Concepción de María. Viene como a condensar todo el camino que vamos haciendo acompañados de los profetas y de Juan Bautista, donde María nos aparecerá también en el momento oportuno en la cercanía de la Navidad. Pero hoy nos aparece esta fiesta que es una fuerte invitación a que lancemos el grito de la esperanza porque tenemos la certeza de la victoria de la vida del amor sobre la muerte.

Bien necesitamos ese aliento para el camino que en Maria encontramos. A veces nos encontramos desalentados cuando nos sentimos envueltos en tantas negruras de muerte y de violencia, de enfrentamientos sin sentido ni razón, de insensibilidad y de inferencia que nos hace insolidarios y egoístas porque solo nos miramos a nosotros mismos y no sabemos abrir el corazón a lo que en verdad nos pueda elevar y trascender. Pero es posible un mundo nuevo y distinto; no van a ser los orgullos y las ambiciones los que nos dominen y sigan esclavizando, porque con Maria aprendemos a abrir nuestra vida para que se llene de Dios cuando sabemos abrir el corazón con mirada nueva a los que nos rodean.

Es el aliento que de Maria recibimos haciendo renacer las esperanzas en nuestro corazón. El orgullo de querer ser como Dios destruyó el plan de Dios que quería una humanidad para la dicha y la felicidad; por algo en la imagen de la Biblia aparece el hombre colocado en un jardín que tenía que ser las delicias para la humanidad, pero cuando nos endiosamos nos destruimos a nosotros mismos y causamos destrucción a nuestro alrededor. Qué pronto comenzó la desconfianza en el corazón del hombre cuando se dejó seducir por el pecado; se escondieron porque se dieron cuenta de que estaban desnudos, nos dice el autor sagrado. Y pronto comenzarán las culpabilizaciones, como siempre hacemos en la vida, cuando no queremos reconocer nuestros errores y siempre se los queremos aplicar a los demás. Fue el querer pasarse la pelota entre Adán y Eva, finalmente terminando en la serpiente del maligno.

Es la historia de las negruras de nuestra vida, pero hoy contemplamos a quien no se esconde aunque sienta la humildad de su pequeñez sino que se siente sorprendida con el misterio de Dios que el ángel le está comunicando. Le cuesta entender el misterio – se puso a rumiar y considerar lo que significaban aquellas palabras – pero está pronta, aunque se siente pequeña, para ponerse a disposición del plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Una nueva aurora se despliega para la humanidad. Será posible la victoria del amor y de la vida. María nos está abriendo el camino. El velo de sombras se va a descorrer porque algo nuevo va a comenzar. Dios está con nosotros, va a ser para siempre el Emmanuel y el sí de aquella doncella de Nazaret hizo posible el nacimiento de una nueva humanidad, porque Dios sigue creyendo en el  hombre, sigue contando con el  hombre y por eso El mismo se hace hombre. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.

Es cierto que es el Misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando y que pronto vamos a celebrar. Hoy con María Inmaculada estamos ya pregustando los gozos de esa fiesta, porque ha renacido la esperanza en nuestros corazones. Es el grito de la esperanza que con María en esta fiesta en que la contemplamos toda pura, sin pecado concebida en virtud de los méritos del que iba a nacer de sus entrañas nosotros queremos proclamar. Es posible ese mundo nuevo en que ya nunca nos escondamos con nuestras malicias y nuestras desconfianzas, en que ya para siempre seamos capaces de tendernos la mano para caminar junto, en que nuestras palabras no serán ya más para el enfrentamiento acalorado culpando siempre a los demás de nuestros males y por eso queramos destruirlos, sino que va a nacer un reino nuevo de amor, de justicia y de paz.

Para nosotros es un compromiso y muy serio. Porque celebrar esta fiesta de María no es para quedarnos estáticos y cada uno en su rincón, sino que es y tiene que ser un ponernos en camino. Como lo hizo María, pronto la veremos en camino para buscar un lugar donde ir a servir, donde llegar la alegría de Dios que desbordará incluso de la casa de Zacarías e Isabel porque se trasportará por todas las montañas de Judea como un adelanto de los cánticos y de gloria y de paz que meses mas tarde harán resonar los ángeles por los campos de Belén anunciando el nacimiento del Salvador.

¿Será lo que nosotros también tenemos que hacer ya desde este día y desde esta fiesta de la Inmaculada? ¿Cuáles van a ser los verdaderos cánticos de paz que tienen que resonar en la noche de la navidad? ¿Veremos pronto la paz en aquellos lugares de conflicto y de guerra o seguirá sin poderse celebrar la noche de Navidad en Belén como algunos anuncian que sucederá en este año? ¿No podremos cambiar nosotros esos anuncios porque allí donde estemos construyamos más comprometidamente la paz?

Creo que María Inmaculada a eso nos está invitando. Ojalá podamos cantar ese cántico nuevo porque sentimos que el Señor sigue haciendo maravillas.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 


María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Cuando llega el cumpleaños de una persona a la que amamos y apreciamos todos nos afanamos por desearle las mejores cosas, los días de mayor felicidad y quienes hayamos tenido una mayor cercanía en la vida recordamos acontecimientos vividos juntos, o momentos que fueron muy importantes en la vida de esa persona. Todos son felicitaciones, deseos de alegría y de felicidad y nos gustaría estar junto a esa persona en tal celebración para participar de esa fiesta. Más cuando es un ser querido como pueda ser una madre donde ya procuraremos ofrecerle las mejores muestras de nuestro amor.

Pues en este día celebramos un cumpleaños muy especial y en el que todos queremos celebrar fiesta. Hoy es el día del nacimiento de María, la Madre del Señor y nuestra Madre. Nuestros pueblos y la Iglesia toda se hacen fiesta en este día tan hermoso de la Natividad de nuestra Señora, aunque luego lo celebremos con distintas advocaciones según sea la devoción y amor que le tenemos a Maria y lo vinculada que la tengamos a la vida de nuestros pueblos. Podríamos hacer un elenco muy largo de Advocaciones de María con lo que hoy celebramos su fiesta según sean los pueblos y lugares. Pero todos estamos celebrando el cumpleaños de María, la fiesta de la Madre.

Igual que decíamos antes que en la fiesta de un cumpleaños de una persona cercana a nosotros hacemos memoria de esos distintos momentos vividos junto a esa persona, así queremos hacerlo con María recordando y celebrando esos momentos de la vida de María que tan transcendentales fueron en la historia de la salvación. Es cierto que si quisiéramos hacer una biografía de María, nos vemos cortados por tan pocos datos que nos ofrece el evangelio de la vida de María; cuando nos salimos de lo que nos dicen los evangelios y queremos rememorar otros momentos de la vida de la Virgen, muchas veces nos llenamos de imaginación o utilizaremos aquellos datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos, que son escritos antiguos, pero que nunca entraron en el canon de la Iglesia reconociéndolos como Palabra de Dios.

Desde esos evangelios apócrifos y desde diversas tradiciones se suele situar el lugar del nacimiento de María en las cercanías de donde estuvo levantado el templo de Jerusalén y donde una hermosa basílica nos recuerda el lugar del nacimiento de María, muy cercana también a la piscina probática mencionada en el evangelio. Esa cercanía del templo nos da pie para entender la profundidad de la fe de María pues en sus aledaños seguramente fue educada, aunque luego el evangelio de san Lucas nos la sitúe siendo aún muy joven en Nazaret, una pequeña aldea de Galilea, donde se realizaría el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas.

Pero creo que más que tratar de bucear en tradiciones o llenarnos de imaginación en torno a la figura de María, hoy es un momento para la acción de gracias a Dios. Ella supo reconocer que el Señor había realizado obras grandes en su pequeñez y en su humildad, por eso nosotros queremos cantar hoy las alabanzas al Señor dando gracias porque nos ha dado a María; damos gracias por María y por su fe, por la disponibilidad de su vida y por la generosidad de su amor; damos gracias por María porque ella se convierte para nosotros en un canto de esperanza, porque su nacimiento lo vislumbramos como la aurora de la salvación como dice la liturgia, y porque de Maria aprendemos nosotros a abrirnos a Dios. Y damos gracias a Dios porque así Jesús quiso regalárnosla como Madre y junto a nosotros sentimos su presencia maternal para caminar a nuestro lado enseñándonos a caminar los caminos de Jesús.

Felicidades María en tu cumpleaños; felicidades María por tu fidelidad y por tu amor; felicidades María – y queremos cantarte con todas las generaciones – porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ti; felicidades Madre y nos felicitamos nosotros por tenerte siempre a nuestro lado con tu amor y protección maternal.

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.

viernes, 8 de septiembre de 2017

‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.

Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23
Hoy es un día especial en el que felicitamos a María, un día en que nos felicitamos con María. Como lo hacemos con la madre al celebrar su onomástica o su cumpleaños. No solo la felicitamos sino que nos felicitamos con ella porque es nuestra Madre, nos alegramos con su alegría, nos alegramos por tenerla por madre, nos gozamos y felicitamos a nosotros mismos por su amor. En el día del cumpleaños de la madre cuantos recuerdos afloran no solo a nuestra mente sino también a nuestro corazón; rememoramos su vida pero rememoramos sintiendo una vez más en nosotros su amor, ese amor que se ha derramado desde la madre sobre sus hijos cada uno de los días de su vida.
Y eso es lo que hoy queremos celebrar con María. Durante el año muchas fiestas hacemos en su honor recordando las maravillas que el Señor hizo en ella; celebramos muchas fiestas en su honor porque es recordar el amor que nos tiene y de que de una forma maravillosa va derramando sobre nosotros; cada una de esas fiestas es como un hito en nuestra historia o en la historia de nuestra Iglesia por esa presencia especial de María.
La recordamos y acompañamos en su dolor sintiendo así su amor sobre nosotros al que queremos corresponder, pero queremos caminar con ella en su espíritu de servicio para caminar como ella fue al encuentro de Isabel nosotros ir también al encuentro con los demás; la vemos a nuestro lado como estuvo con los discípulos en el cenáculo y sentimos como ella nos impulsa una y otra vez para que nos abramos al espíritu del Señor. Y así podemos recordar tantos momentos de nuestra vida y de la presencia de María junto a nosotros; por eso la invocamos con tantos nombres que no quieren ser sino la expresión de lo que ella significa para nosotros y como nosotros así la sentimos en nuestra vida y en nuestra historia.
Pero hoy es un día muy especial, es su cumpleaños, es la fecha de su nacimiento, es el momento en que recordamos aquella niña que abrió sus ojos a la luz de este mundo en un día así, y que fue la alegría y la esperanza para sus padres, a quienes invocamos y recordamos como Joaquín y como Ana, aunque el evangelio no nos hable de ellos. Cuando nace un niño cuantas esperanzas se abren en las puertas de la vida. ¿Qué será de este niño? Quizás siempre pensamos en medio de las alegrías de su nacimiento y eso sería también lo que surgió en aquellos corazones en aquella casa perdida en las callejuelas de Jerusalén a las espaldas del templo. Allí hoy un hermoso templo nos recuerda el nacimiento de María y muy cerca de la piscina probática cercana a la puerta por donde entraban las ovejas y animales para los sacrificios del templo, de ahí el hombre de la piscina, probática, de las ovejas. Todo pudiera ser muy significativo.
Quizá la incertidumbre del futuro aunque fuera muy lleno de esperanzas era lo que predominaba en aquel hogar y entre familiares y amigos ante el nacimiento de aquella niña. Pero nosotros bien sabemos que había brotado un renuevo del tronco de Jesé  de donde había de florecer un vástago que nos traería la salvación. Comenzaban a cumplirse los anuncios del profeta. Ya los santos padres desde la antigüedad vieron en el nacimiento de esta niño ese renuevo del tronco de Jesé y el principio de ese vástago de salvación que había de florecer; así lo han expresado incluso los artistas de todos los tiempos en sus imágenes y hasta en los versos llenos de poesía con que se ha querido honrar a María en su nacimiento. ‘Cuando nació la Virgen María el mundo se iluminó, ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, rezamos con las antífonas de la liturgia de este día.
Aquella niña iba a ser la bendecida del Señor porque bendito para nosotros iba a ser el fruto de su vientre que nos traería la salvación. Así nosotros celebramos con alegría su natividad, el nacimiento de María. Nuestros pueblos en este día celebran su fiesta con diversas invocaciones en su honor, siendo nuestro socorro y el remedio de nuestras vida, siendo la luz que nos ilumina por nos anuncia y nos trae la verdadera luz. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.
Felicidades María, es tu cumpleaños. Contigo nos alegramos y nos felicitamos porque a través de ti nos llego la salvación; contigo nos alegramos y felicitamos como Jesús quiso dárnosla como Madre; contigo nos alegramos y felicitamos porque tu nacimiento es la aurora que nos anuncia el gran día de la salvación que nos llegará por tu Hijo Jesús.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

¡Felicidades, María! Sí, felicidades ya te llames Luz o te llames Remedios, ya te llames Pino o te llames Guadalupe, ya el nombre con que te llamen sea Covadonga o sea Victoria, hoy es tu día. ¡Felicidades, Madre! Es tu cumpleaños; hoy fue el día de tu nacimiento. En nuestro amor te damos muchos nombres, que son como piropos con los que queremos embellecer si cabe más tu hermosura; pero tu nombre hermoso es María, como te llamó el ángel, pero eres la agraciada de Dios, la bendecida del Señor, eres su Madre y eres nuestra Madre.
No sabemos cómo mejor bendecirte y alabarte, como mejor manifestar ese amor grande que tenemos, y la alegría que sentimos en tu fiesta; por eso los pueblos a lo largo de la geografía quieren celebrar tu nacimiento y te invocan con distintos nombres, pero todos quieren ser el amor devoto de quienes generación tras generación te hemos visto y llamado dichosa y bienaventurada.
Hoy es un día grande. No es el nacimiento de una niña más, con todo lo que ya en si mismo tiene el nacimiento de una nueva criatura. Es que con tu nacimiento comienza a resplandecer en el horizonte de la historia y de la vida el resplandor de una nueva aurora. La aurora anuncia la salida del sol y comienza a reflejar ya en el horizonte los colores de los que se llena el universo con la salida del sol. En ti, María, estamos viendo esa hermosa aurora que nos anuncia al Sol que viene de lo alto, en ti, María, estamos contemplando la aurora de la salvación, porque de ti ha de nacer el Salvador. Por eso tu nacimiento no puede pasar desapercibido.
Quizá aquel día en aquel humilde hogar de Jerusalén en los alrededores de la piscina de Betesda y en la cercanía del templo cuando se oyó tu primer llanto al venir a la vida, los vecinos de alegraran por el nacimiento de la hija de aquellos venerables y devotos padres, Joaquín y Ana, y se felicitaran con ellos. Pero allí estaba brotando un hermoso renuevo del tronco de Jesé que daría hermosa flor que nos traería el fruto salvífico de la vida y de la salvación. Por eso nuestra alegría quiere ser grande en la fiesta de tu nacimiento y queremos así mostrarte todo nuestro amor, como al tiempo alabar y bendecir al Señor que nos ha dado tan hermosa flor, presagio y anuncio de nuestra salvación.
Queremos ofrecerte nuestro amor con el que queremos copiar en nosotros tu belleza y tu santidad; queremos ofrecerte nuestro amor siguiendo tus mismos pasos, y dejándonos iluminar por la verdadera luz del Sol que nos trae la salvación. Ojalá nosotros podamos reflejar en nuestra vida, como tú, verdadera aurora de la salvación, reflejaste en tu vida la santidad de Dios; que nuestra vida se llene de los colores vivos del amor, que reflejemos en nosotros esa luz de Dios que en ti brilla porque aprendamos de tu solidaridad para salir también al encuentro de los demás, para ponernos en el camino del servicio y de la atención a los necesitados; que brille también nuestro rostro y nuestra vida toda con la luz de la gracia, porque como tú, María, sepamos llenarnos de Dios.
Alcánzanos, Madre, tú que eres la bendecida de Dios y la bendita entre todas las mujeres, la bendición de Dios que nos santifique y nos haga resplandecer, como tú, de amor.
¡Felicidades, María! ¡Felicidades, Madre! en el día de tu nacimiento, aurora y anuncio de nuestra salvación

jueves, 8 de septiembre de 2011

La aurora de la salvación que nos anuncia la llegada de la luz verdadera


Miqueas, 5, 2-5;

Sal. 12;

Mt. 1, 18-23

En esta fiesta de la Natividad de la Virgen María toda la liturgia rebosa de alegría y de gozo. Es el nacimiento de la que iba a ser la Madre de Dios, la escogida por el Señor y desbordante de gracia para en sus purísimas entrañas encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre.

Una fiesta de la Virgen muy arraigada en la devoción popular aunque sean diversas las advocaciones con que la invocamos en muchas parroquias y pueblos de nuestras islas en este día, Virgen de la Luz, Señora de los Remedios, Virgen del Socorro, entre otras por citar algunas, además de Virgen del Pino, como se celebra en la diócesis hermana de Canarias.

‘Aurora de la salvación’ llama la liturgia a este día y María es para nosotros ‘esperanza y aurora de la salvación’. La aurora nos anuncia la luz del sol que llega, el nacimiento de María nos está adelantando ese momento grande en que Dios va a derrochar su amor por nosotros y querrá hacerse hombre en las entrañas de María para venir como verdadera y única luz de nuestra vida y del mundo. Con razón, pues, a María la llamamos Madre de la Luz porque va a hacer posible con Sí incondicional a Dios que llegue la luz para iluminarnos, que venga Cristo con su salvación.

Qué ricas de hondo significado tantas imágenes de María – como vemos en la imagen de la Virgen de la Luz, en la del Socorro, o en la nuestra tan querida de Candelaria - que al mismo tiempo que nos están mostrando a Jesús en sus brazos llevan también en su mano una luz como signo de que hemos de aprender a buscar la verdadera luz que es Jesús. María siempre nos estará llevando hasta Jesús y su salvación. ‘Haced lo que El os diga’, nos repite una y otra vez en nuestro corazón como le escuchamos decir a los sirvientes allá en las bodas de Caná de Galilea.

Por eso, ya desde el comienzo de la celebración la liturgia nos invitaba a que ‘celebremos con alegría el nacimiento de María, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios’. Y alabamos, bendecimos y proclamamos ‘la gloria del Señor en la Natividad de santa María, siempre virgen. Porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo, y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro’.

Siempre en las fiestas de la Virgen nos alegramos, nos gozamos con ella y la festejamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo en la fiesta de la Madre? Es la Madre del Señor, porque ella nos vino el autor de la vida de la salvación, y celebrar su nacimiento es como estar celebrando las primicias de la salvación que nos llega a través de la Maternidad de la Virgen María. Por eso cuando celebramos una fiesta de María hemos de sentir más fuertemente en nuestro corazón esos deseos de llenarnos de Dios, de llenarnos de su gracia y santidad, de copiar a María para aprender a ser santos y puros de corazón.

Celebramos a María, la Madre del Señor, pero celebramos a María que es también nuestra Madre. Así nos la quiso dejar Jesús cuando el momento supremo del sacrificio y de la entrega se la confia a Juan para que la ame como la madre más amada. En Juan estábamos todos representados, por eso amamos a sí a María, nos confiamos a ella como a la madre más amada y a ella continuamente pedimos su socorro, su intercesión, que nos alcance el divino remedio de la gracia.

Como decíamos en la oración litúrgica ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en esta fiesta de su nacimiento’. Aumento de paz, le pedimos. Que nos llenemos de su luz. Pero que seamos al mismo tiempo mensajeros de luz para los demás. La luz no es para que nos la quedemos nosotros sino para que nosotros también iluminemos con esa luz de Jesús al mundo que nos rodea y que tanto necesita encontrar esa luz. Nuestras vidas siempre tendrían que estar anunciando la luz, tendrían que ser auroras de salvación para los demás, como lo fue María, porque por el testimonio de nuestra vida estemos anunciando donde está la luz verdadera, estemos anunciando el Sol de justicia que nos trae la salvación. En nuestras manos, en nuestra vida siempre tendría que estar encendida esa luz de la gracia con la que no sólo nosotros nos sintamos iluminados sino que iluminemos como María también a los demás.

Que sintamos la gracia renovadora del Señor en nuestro corazón para que nos llenemos de alegría en el amor. Sí, porque cuando amemos de verdad, aprendemos de María lo que es el verdadero amor, sentiremos un gozo hondo en nuestras almas. Aunque el amor nos haga pasar por el sacrificio o la cruz, nuestras vidas siempre tienen que estar llenas de alegría, porque darse por los demás es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

Que busquemos con todo ahinco vivir la gracia del Señor que nos haga cada día más santos. A María la saludó el ángel como la llena de gracia porque el Señor derramaba sus gracias sobre ella que iba a ser su madre. Pero en virtud de los méritos de Cristo también se derrama en nuestros corazones la gracia del Señor, también tendríamos que ser los que estamos llenos de la gracia del Señor. Que lo valoremos, que no perdamos esa gracia porque dejemos penetrar el pecado en nuestros corazones. Que nuestra vida se sienta transformada por el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones.