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viernes, 6 de septiembre de 2024

Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

 


Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

1 Corintios 4, 1-5; Salmo 36;  Lucas 5, 33-39

A alguien le preguntaban un día cómo hacía para que medio de todos los problemas que tiene la vida de cada día, las noticias que se escuchaban habitualmente que no siempre tenían buenos presagios, y seguramente los problemas que también podría tener como cualquier hijo de vecino siempre mantuviera la alegría, la sonrisa en el rostro y el buen ánimo y optimismo con que se le veía en la vida. Una pregunta interesante, porque además no siempre nos encontramos con personas con ese optimismo y buen semblante en la vida.

Y aquel hombre respondía porque a pesar de todas esas negruras de la vida, a pesar también de sus muchos problemas y contratiempos que también tenía y muchos, sin embargo él trataba de mantener la paz en el corazón y la serenidad en su espíritu. Que ¿cómo lo lograba? Respondía que desde su fe. Porque cuando se sabía amado de Dios, sabía en quien de verdad podía apoyarse, quien le daba esa serenidad y esa fuerza a su espíritu, y cuando uno se pone en las manos de quien sabe que no le falla, ¿por qué habrá de atormentarse y amargarse?

¡Qué importante es mantener esa paz y esa serenidad de espíritu a pesar de todos los pesares! Es que en nuestra vida entra un cambio muy importante en la apreciación de lo que es la vida, de cómo afrontar los problemas, que sabemos que nunca faltarán, porque hemos encontrado algo que nos ha transformado totalmente, un verdadero tesoro para nuestra vida que nos hará sentir siempre esa paz en el corazón y mantendrá la alegría y la esperanza en la vida.

Pero es necesario que descubramos el verdadero sentido de nuestra vida, ese sentido y nuevo valor que da a nuestra vida y todo será distinto. No tenemos por qué andar cabizbajos, con cara de funeral porque nos vayan apareciendo problemas en la vida, con el corazón atormentado por mil amarguras. Como decía Jesús, es que los amigos del novio cuando están en la boda con él pueden andar con trajes de lutos y con llantos de tristeza. Todo tiene que tener ese sentido de alegría porque nos conforta esa fe que tenemos y porque nos anima siempre la esperanza.

Tenemos que descubrir el hondo sentido que da la fe a nuestra vida que todo lo transforma. Ya no se trata de ir haciendo cositas como quien va acumulando méritos para conseguir un premio. No es cuestión de irnos amargando con ayunos y penitencias, cuando sabemos lo que es la generosidad del amor de Dios que sigue confiando en nosotros aunque no siempre seamos fieles del todo. Tiene que haber otra generosidad en la vida, otro desprendimiento donde nos gozamos en el amor de Dios y en consecuencia viviremos en un sentido nuevo de amor.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que ser vaso nuevo, que tenemos que vestir un vestido nuevo, que de nada nos valen los remiendos que nada arreglan sino que tenemos que dejarnos transformar por El para ser en verdad unos hombres nuevos, unas criaturas nuevas. Ya no nos valen esas medidas que estábamos acostumbrados a usar – hasta aquí llegamos, con este mínimo ya nos es suficiente, desde aquí no nos podemos pasar, como tantas veces nos sigue pesando en nuestro pensamiento - porque el amor no tiene medida ni límites sino que siempre será generoso sin fin como tan bonito nos explica san Pablo en la carta a los Corintios en aquel himno al amor. Es la novedad que nos ofrece el evangelio, es la vida nueva que nace en nosotros a partir de nuestra fe en Jesús desde nuestro Bautismo.

Es un vino nuevo, como en las bodas de Caná, el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor.


miércoles, 10 de julio de 2024

Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

 


Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

¿Qué significa tener poder? La pregunta podría tener diferentes y variadas respuestas según lo que sean las apetencias y los deseos de cada uno. Queremos ser poderosos, no lo ocultemos – bueno algunos no lo ocultan sino que de muchas maneras manifiestan sus deseos de poder – pero para algunos sentirse poderoso será poder disponer de todo lo que apetece, no carecer de nada, y mostrar así su grandeza delante de los demás; tener poder puede significar tener autoridad, lo que significa mandar, disponer no ya sólo de cosas sino incluso de la vida o de la manera de vida de los demás, porque desde mi poder haré y manipularé lo que sea necesario para que se haga lo que yo quiera y como yo lo quiero; poder entonces puede ser dominio que exige sumisión en los demás porque yo soy el que mando y el que digo como tienen que ser las cosas… así podríamos seguir desgranando esas muchas maneras con las que yo me manifestaría poderoso, por encima de los demás, en actitud y postura de dominio.

¿Será ese nuestro estilo y lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida? Ya les dirá Jesús en algún momento en que los discípulos andan discutiendo por detrás de Jesús quién será más poderoso, quien va a ocupar los puestos de dominio, que entre ellos no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Es un camino distinto por el que debemos transitar.

Hoy el evangelio nos habla sin embargo de que Jesús dio poder y autoridad a aquellos que había escogido como apóstoles. ¿Cuál es el sentido de ese poder y de esa autoridad? No les dice jesus que les da poder para que vayan mandando sobre los demás, sino para que puedan ir liberando de todo lo que signifique mal entre aquellos a los que Jesús envía a anunciar la buena noticia del Reino de Dios. No nos confundamos con las palabras.

Claramente nos trasmite el evangelio lo que fueron las palabras y la intención de Jesús.  ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ Expulsar los espíritus inmundos y curar todo lo que signifique sufrimiento. No es dominio, no es estar en primer lugar, no es mostrar grandezas a la manera de los poderosos de este mundo que se rodean de personas que les sirvan, es arremangarse para ponerse a curar y a sanar. No es vestirse ropas lujosas que manifiesten poder y grandeza, sino quitarse el manto y ceñirse bien ceñido para coger una jofaina y ponerse a lavar los pies a los demás, como lo hizo en la cena pascual, donde incluso dirá que lo llaman Maestro y Señor y en verdad lo es. ¿Cómo? En el ejemplo del servicio.

No sé, aquí me quedo pensando en mi vida, en mis actitudes y en mis posturas, en mi manera de hacer las cosas y de trabajar con los demás. ¿Estaré yo ciñéndome bien para estar disponible para el trabajo y para el servicio? Incluso cuando voy haciendo el bien muchas veces llevamos dentro de nosotros esos pensamientos y sueños por los que me siento grande porque quizás estoy haciendo cosas buenas.

Me quedo pensando en muchos tramos de mi vida en las que quizás he perdido el tiempo porque ese orgullo que llevamos dentro ha echado a perder muchas cosas buenas que aparentemente estaba haciendo pero que las malograba desde mi interior por mis orgullos y mis sueños.

Me quedo pensando en la Iglesia ¿qué imagen estaremos dando? ¿No habrá demasiados oropeles, no habrá demasiadas vestimentas lujosas, no habrá demasiados signos de grandeza y de poder en lugar de ceñirnos bien para ir a lavar los pies a la humanidad sufriente que nos rodea y que no sea solo por apariencia y espectáculo? Parece que predicamos mucho pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio. Tendríamos que leer muchas veces más este texto que hoy se nos ofrece.


lunes, 15 de enero de 2024

Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

 


Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Ya comenzaba a crear inquietud en algunos sectores aquel nuevo profeta que había aparecido por Galilea. Sus palabras despertaban fervor en algunos, mientras otros se sentían inquietos porque las señales que iba realizando de alguna manera iban ya anunciando y prefigurando como un nuevo estilo, como un nuevo sentido para muchas cosas.

Sorprendían los milagros que iba realizando, curaciones de enfermos, paralíticos que comenzaban a caminar, hombres poseídos por espíritus inmundos que eran liberados de su mal, pero además sorprendían también las circunstancias, la autoridad con que se manifestaba y lo que parecía que descuidara algunas costumbres y ritos a los que estaban acostumbrados y que parece que convertían en cosas fundamentales.

Los que comenzaban a escucharle y seguirle no parece que dieran señales del cumplimiento de esos ritos como eran los ayunos a los que estaban acostumbrados los fariseos y que parecía que aquel profeta del desierto había dado tanta importancia. Sin embargo, les hablaba de conversión, de un cambio radical de vida y de sentido, que les decía que era fundamental para poder creer y aceptar esa Buena Noticia que proclamaba con el anuncio de la llegada del Reino de Dios.

Es por lo que ahora vienen a reclamarle, de alguna manera, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos del Bautista. Y Jesús para responder les habla de fiesta y de banquete de bodas, de la alegría del novio en su boda, pero de la alegría y la fiesta de los amigos del novio. ¿Cómo pueden estar tristes y cabizbajos si están participando de la boda de su amigo? Hablará Jesús muchas veces de un banquete de bodas al que todos están invitados; y estar de bodas es fiesta, es alegría, porque no se va a celebrar entre lágrimas, salvo que sean de alegría.

Jesús habla ahora, y lo hace claramente, de algo nuevo. No se puede andar con remiendos; habla de un vino nuevo que necesita de unas vasijas nuevas porque las que ya están cuarteadas lo que harán es romperse porque no pueden soportar el empuje y la fuerza de un vino nuevo. Y nosotros que queremos seguir andando con remiendos; es necesario un manto nuevo; es necesario saborear el vino nuevo, los vinos pasados pueden perder fuerza o agriarse. Pero nosotros parece que seguimos muy contentos conservando las cosas de antes, todavía nos gustan los oropeles y las campanillas que llamen la atención. ¿Qué es lo que tendría que brillar y qué es lo que tendría que llamar la atención?

Porque cuando hoy estamos comentando este texto del evangelio no es para hacer un juicio de la aceptación o no de aquella gente en el tiempo de Jesús de su mensaje de Evangelio. Somos nosotros los que tenemos que mirarnos, es nuestra iglesia de hoy la que tenemos que contemplar, son nuestras reticencias con las que tenemos que entrar en juicio, son esas cosas que resucitamos para quedarnos en apariencias las que tenemos que analizar, para ver si en verdad estamos entrando en la novedad del evangelio.

Somos nosotros los que tenemos que vestir el traje nuevo que Jesús nos ofrece en su evangelio y no andar con componendas y remiendos. Tenemos el peligro de cuidar mucho la suntuosidad de nuestros templos o nuestras celebraciones, pero pasamos de largo ante el que nos tiende la mano pidiendo una ayuda quizá porque su apariencia nos desagrada. Nos preocupamos de buscarnos ornamentos cada vez más suntuosos y brillantes y no tenemos una manta con que cubrir la desnudez de un pobre en la orilla del camino. Hablamos y decimos cosas muy bonitas y hermosas que nos encantan a los oídos, pero no tenemos una mirada a los ojos de aquel con quien nos cruzamos en el camino. Nos cuesta hacerlo, reconozcámoslo. Lo pensamos, y hasta estamos convencidos, pero no damos el paso.

Dejemos que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos para ver si de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio.

sábado, 8 de julio de 2023

El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

 


El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17

Los caminos de la vida y de la historia podríamos decir que son un continuo avanzar, cada cosa tiene su tiempo, cada momento será único e irrepetible, y nos vamos encontrando continuamente las novedades que la misma vida nos ofrece, de alguna manera continuación de lo anterior pero siempre con lo nuevo de lo que ahora sucede que no es una simple repetición de lo pasado. Algunas veces nos cuesta aceptar esa novedad; sobre todo los mayores hay momentos en que nos llenamos de añoranzas de las cosas que en otros momentos vivimos y nos cuesta aceptar lo nuevo que progresivamente se nos va ofreciendo.

De ahí las tendencias en la manera de pensar, en la forma de plantearnos la vida, de continuar con la construcción de este mundo, cosas que nos hacen diferentes los unos a los otros, cosas en las que siempre habríamos de tener la lucidez de ver lo nuevo que podemos hacer o podemos construir. Son las diferentes tendencias que nos encontramos en la vida social, en las costumbres que queremos mantener, en lo valores sobre los que hemos de ir construyendo la vida, la visión incluso de futuro que podamos tener. Nos cuesta muchas veces descubrir lo bueno en lo nuevo que se nos va ofreciendo. No es lo mismo la historia vivida en otros siglos y en otros tiempos, que la vida que ahora nos toca vivir, y es a esta vida a la que tenemos que responder.

La presencia de Jesús que tantas esperanzas iba suscitando en los que soñaban con un nuevo, sin embargo también llenaba de inquietud a los que les costaba entender la novedad de la Buena Noticia que Jesús iba proclamando. Siempre la palabra de los profetas a trabes de toda la historia de Israel produjo esperanzas e inquietudes, entusiasmos y desconfianzas, no todos aceptaban la palabra valiente del profeta que les hablaba en nombre de Dios. Lo mismo está sucediendo con Jesús. Los que se sentían más oprimidos por la vida en las circunstancias concretas que cada uno vivía, llenaban su corazón de esperanza con el mensaje de liberación que Jesús ofrecía; pero incluso, sin embargo, aquellos que aun queriendo mantener una fe y unos sentimientos religiosos, descubrían que eran nuevos los caminos que Jesús ofrecía se sentían inquietos y desconfiados porque les parecía que les estaban cambiando su mundo. Fue el rechazo que veremos a lo largo del evangelio que manifestarán sobre todo los dirigentes del pueblo, muy enfrascados en sus intereses también, contra Jesús.

Pero hoy quienes se acercan a Jesús con cierta desconfianza son los que habían estado muy cerca del Bautista que había venido como precursor del Mesías para preparar los caminos del Señor. La austeridad de Juan, que era un signo en medio de aquel pueblo, había hecho también que a sus propios discípulos les costara aceptar el mensaje de Jesús y el nuevo estilo de vida que Jesús iba ofreciendo. Ellos que habían vivido intensamente la austeridad del bautista, ahora no entienden que los que siguen a Jesús no vivan también en ese mismo sentido tan penitencial. Había que preparar los caminos del Señor, pero no eran las cosas como rutinas lo que había que mantener, sino que era el corazón el que de verdad debía convertirse al Señor. Había sido el mensaje del Bautista que no siempre supieron entender, y era el mensaje de Jesús. Algo nuevo estaba ofreciendo Jesús.

Los discípulos de Juan no entienden que los discípulos de Jesús no ayunen como ellos lo hacían. Pero Jesús les está diciendo que ha llegado la hora de las bodas del Reino de Dios. Y las bodas no se pueden vivir en la tristeza sino en la alegría. ¿Cómo van a ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos celebrando el banquete de bodas del Reino de Dios?

Y es cuando Jesús nos deja esas hermosas sentencias que nos hablan de esa vida nueva que hemos de vivir. Pero para vivir esa vida nueva del Reino de Dios hay que vestirse un traje nuevo. ¿No recordamos, con la parábola, aquel traje de fiesta que se exigía al que estaba invitado a la boda y quien no lo tuviera no podía participar en ella? No valen composiciones y arreglos, los remiendos siempre quedan mal apañados. Es necesario un traje nuevo, un vestido nuevo, como nuevos tienen que ser los odres donde se ponga el vino nuevo no sea que su fuerza los destruya y se pierdan los odres y se pierda ese vino nuevo.

Es la conversión a la que nos invita Jesús, que es una transformación total, que no es revestirse un traje cualquiera hecho de remiendos, sino vestirse el traje nuevo de la fiesta. Qué lástima porque seguimos con muchos remiendos en la vida, queremos arreglar esto por aquí, queremos mantener lo otro por allí, volvemos a sacar las cosas viejas que ya están inservibles aunque en su momento tuvieran su razón de ser, nos quedamos con estas devociones y estas rutinas, pero no damos el paso grande de la transformación del corazón y de la vida.

Vivamos toda la novedad que nos ofrece el evangelio, como su misma palabra indica. Es noticia nueva, porque si no es nueva no es noticia, y es noticia buena porque algo bueno y nuevo nos ofrece. Dejemos de hacer componendas. Abrámonos a esa novedad de vida nueva.

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

 


Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

1Corintios 4, 1-5; Sal 36;  Lucas 5, 33-39

Cuando Nicodemo fue de noche a ver a Jesús porque en su interior cuando le escuchaba surgían nuevos interrogantes y nuevas inquietudes Jesús le habla de un nuevo nacimiento. ¿Qué quería decirle Jesús? era una forma de decirle que cuando uno lo escucha y quiere seguirle significaba que había de comenzar una vida totalmente nueva. Ya sabemos que Nicodemo se aferra a la literalidad de las palabras – no en vano era un magistrado judío y que de alguna manera se sentía influenciado por los grupos dominantes como los fariseos – y Jesús le hablará de que ese nacimiento será posible por la acción del Espíritu, por el agua y el Espíritu, le dice en una referencia al Bautismo.

Será lo que más tarde san Pablo nos hablará de ser un hombre nuevo, porque el hombre viejo ha pasado. Con la pascua de Jesús se ha realizado ese paso del hombre viejo al hombre nuevo, se ha producido esa renovación, ese renacer de ese hombre nuevo del Espíritu.

Claro que tendríamos que recordar que el primer anuncio que hace Jesús ya desde el comienzo de su anuncio de la Buena Nueva del Reino, es que había que convertirse y creer en esa Buena Noticia. Nos tomamos a veces a la ligera la palabra conversión y le damos muchas vueltas para no enfrentarnos a la radicalidad de la palabra, pero convertir, conversión, es dar la vuelta, es tener otra perspectiva y otra mirada, es un dejar atrás y arrancar el hombre viejo que queda en nosotros, para poder ser ese hombre nuevo.

Tenemos que reconocer que también a nosotros nos cuesta entender y llegar a vivir todo esto. Les costaba a los contemporáneos de Jesús. Todo cambio es doloroso, porque es dejar atrás todo aquello que nos parecía que siempre nos había servido porque hay que comenzar con algo totalmente nuevo.

¿Cómo no les iba a costar a aquellos contemporáneos de Jesús que habían llegado a una religión de cumplimientos rituales, pero donde faltaba el espíritu que en verdad diera vida a todo aquello que vivían? Los maestros de la ley les enseñaban que había que cumplir a rajatabla el descanso sabático, que tenían que ir a la Sinagoga los sábados y en la Pascua subir a Jerusalén, que habían de realizar algunos ritos y sacrificios, y había unos días en que tenían que ayunar. Cumplían con aquello y ya se sentían satisfechos. Lo nuevo que ahora les enseñaba Jesús les desconcertaba.

En cierto modo, ¿no nos habremos hecho nosotros también una religión parecida aunque hayamos cambiado los viejos ritos de los sacrificios de animales por nuestras celebraciones de la misa o por nuestras procesiones? Vamos a la Iglesia los domingos, tratamos de cumplir con una serie de ritos religiosos, unos días en el año queremos vivir la religiosidad con un poco de más intensidad cuando llega la semana santa, recibimos los sacramentos porque bautizamos a nuestros hijos y queremos que hagan la primera comunión, hacemos alguna limosna cuando podemos o cuando tenemos suelto en el bolsillo, y poco más. Y ya nos decimos cristianos. ¿No nos estará sucediendo como aquellos que se quedaban solo con los ayunos rituales?

Pero cuando leemos o escuchamos un texto como el que hoy se nos ofrece, nos sentimos de alguna manera desconcertados, tratamos de hacernos nuestras personales interpretaciones, porque la cosa no es para tanto, pero que no nos pidan más, que ya pertenecemos a no sé qué cofradía o le llevo flores a la Virgen.


¿Nos podemos quedar tan tranquilos cuando escuchamos – y escuchamos de verdad porque no solo abrimos los oídos sino el corazón – el Evangelio que Jesús nos anuncia? ¿Dónde está ese hombre nuevo? ¿Cómo terminamos de interpretar lo de los odres nuevos? ¿Cómo nos arreglamos para hacer esa vestidura nueva en lugar de 
andar con nuestros remiendos y al final con nuestros harapos? Abramos con sinceridad nuestro corazón y escuchemos la Buena Nueva que nos anuncia Jesús.

 

viernes, 3 de septiembre de 2021

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Hoy he estado haciendo limpieza a fondo en casa, nos dice alguien. Es que vamos acumulando tantas cosas inservibles que algunas veces no sabemos ni donde poner las cosas. Es el comentario que surge. Porque aquello a lo que le dimos uso en un momento determinado y nos prestó un hermoso servicio no lo queremos tirar, porque pensamos que nos puede valer como remedio en cualquier momento. Hay personas que son muy acumuladoras, que todo lo guardan por si acaso un día lo pudiera necesitar. No es ahorro, son apegos del corazón, porque nos cuesta desprendernos de cosas, nos pueden valer como un remedio o para un remiendo, pensamos.

Así en muchas situaciones de la vida. Y ya no son cosas solamente, pero son apegos del corazón, o quizá rutina de seguir utilizando siempre lo mismo cuando en la vida vamos descubriendo cosas nuevas que podemos hacer mejor y con mayor sentido. Es cierto que lo que somos hoy es lo que ayer construimos, que somos herederos de muchas cosas que nuestros padres o nuestros antepasados vivieron en su momento con mucha intensidad.

Pero es sabiduría de la vida ir profundizando en la vida e ir descubriendo esa actitud nueva que podemos tener a la que quizás en otro momento no le dimos tanta importancia; no es cuestión de hacer las cosas simplemente porque son una tradición sino que todo lo que recibimos lo tenemos que entroncar en el momento presente, en las situaciones distintas que vivimos ahora y que nos harán buscar quizá planteamientos nuevos, sin abandonar lo que es esencial en nuestra vida, lo que son en verdad los fundamentos. Pero no confundamos los cimientos con los adornos con que queremos embellecer la fachada.

Vienen los fariseos hablándole a Jesús de ayunos y penitencias y por qué sus discípulos no ayunan como ayunaban los discípulos de Juan o como siguen haciéndolo los discípulos de los fariseos. Habían convertido algo que es cierto que podía ser importante en cuanto nos ayudara a la conversión del corazón, en algo fundamental sin lo cual los perecía que no había ningún sentido religioso para sus vidas. Pero quizá olvidaban el encuentro profundo del corazón con el Señor y la acogida que en verdad había de tenerse a la Palabra de Dios.

Por eso Jesús les habla de actitudes y de posturas nuevas, que la acogida del Reino de Dios que Jesús anunciaba no se podía quedar en unos remiendos que tratasen de disimular los rotos que pudiera haber en el interior del corazón del hombre, y por eso era necesario un paño nuevo para un vestido nuevo, como eran necesarios odres nuevos para el vino nuevo. Jesús desde el principio había pedido conversión para creer y aceptar la buena nueva que les anunciaba, y conversión no son remiendos, sino conversión es transformación profunda del corazón.

Son muchas las cosas de las que tenemos que desprendernos, de lo que tenemos que aligerar el corazón para vivir el sentido nuevo del Reino de Dios. Y eso tenemos que vivirlo también en el hoy de nuestra vida. La buena noticia del Evangelio siempre tiene que ser novedad en nuestra vida, que nos pide unas actitudes nuevas en nuestro corazón y una nueva forma de actuar. Hay maneras de ser y de hacer que nos pudieron valer muy bien en otros momentos de nuestra historia pero el Espíritu del Señor que es el que guía e inspira a la Iglesia nos va abriendo nuevos caminos de renovación.

Fue realmente un momento profético en la vida de la Iglesia el concilio Vaticano II celebrado en el siglo pasado y fue un paso y una puerta de apertura de la Iglesia y del mensaje del evangelio al mundo de hoy. Poco a poco siguiendo aquellas directrices del Espíritu expresadas en las decisiones del concilio se ha ido realizando un profundo camino de renovación en la Iglesia. Eran necesarios unos odres nuevos, una pieza nueva para hacer ese traje del hombre nuevo renovado por el Espíritu; fueron necesarios también un arrancarnos de muchos apegos de muchas cosas que había que vivir hoy con un espíritu nuevo.

Claro que habrá quienes, como reflexionábamos al principio, quisieran seguir guardando muchas cosas que pudieron sernos buenas en otros momentos, pero que hoy ya no nos dicen nada. Algunos aun quieren seguir haciendo remiendos porque les cuesta vestirse ese traje nuevo del Espíritu. Son muchos apegos los que se mantienen en ciertos sectores de la misma iglesia de los que cuesta desprenderse. Y algunas veces incluso les duele las decisiones que tiene que tomar la Iglesia desde el magisterio y la autoridad del Papa y se crean ciertas resistencias que al final a nadie ayudan. Tenemos que aprender de una vez por todas a dejarnos conducir por la acción del Espíritu del Señor.

domingo, 11 de octubre de 2020

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 


Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿A quien le amarga un dulce?, se suele decir. ¿Quién rechaza una comida, un banquete de bodas? ¿Quién rehúsa participar en una fiesta que se presenta bastante atrayente? Podríamos decir que en general a todos nos gustan los dulces, nos agrada que nos inviten a una comida o a un banquete, participar en una fiesta. 

Sin embargo sabemos que a veces podemos tener otras preferencias, otras prioridades en la vida; hay personas quizás muy hurañas a las que no les gusta participar en fiestas o en reuniones donde haya mucha gente; también sabemos que a veces ponemos por delante nuestros intereses particulares, nuestro yo antes que encontrarnos con los demás en una comida fraternal; los orgullos nos dominan en ocasiones y nos encerramos en nosotros mismos, sin querer incluso dar explicaciones, pero evitamos aquel encuentro, aquella fiesta, aquella comida que quizá incluso desde el núcleo familiar se había preparado con tanta ilusión de que todos estuviéramos juntos, pero nos negamos a asistir; ya sabemos el llanto de tantas madres que no llegan a ver sentados en una misma mesa a todos sus hijos cuando con tanta ilusión había preparado aquella comida.

Como preámbulo me he hecho estas consideraciones ante la parábola de los invitados a la boda que no quisieron participar que nos propone hoy el evangelio. Cargamos las tintas muchas veces en los que se negaron a participar en el banquete de bodas que el rey había preparado y nos olvidamos que en la vida nosotros también vamos negándonos a muchas invitaciones que se nos pueden hacer desde distintas circunstancias o también en una diversidad grande de sentidos.

Pero aquel rey no se arredró ante la negativa de los invitados sino que la boda y el banquete seguían adelante; por eso envía a sus servidores para que vayan por todas partes, vayan a los cruces de los caminos y traigan a todos los que encuentren para el banquete de bodas de su hijo. La sala del banquete al final se llenó de invitados.

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Ya entendemos fácilmente que todos estamos invitados al banquete de la vida y de la salvación. Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esta invitación al banquete de bodas. Jesús nos está ofreciendo ese banquete de vida porque Jesús se ha ofrecido para la salvación de todos. Y quiere que todos participemos y vivamos esa salvación, esa gracia que El quiere regalarnos.

Y es aquí cuando tenemos que comenzar a preguntarnos por nuestras respuestas. Y no es solo este banquete de vida que es la Eucaristía a la que cada día pero en especial cada domingo somos invitados, somos llamados, sino tenemos que pensar con mayor amplitud y universalidad para escuchar esa invitación al Reino de Dios, para esa respuesta de fe que nosotros tendríamos que dar. ¿Respondemos todos a esa llamada de la fe? ¿Respondemos todos queriendo vivir el Reino de Dios? ¿Respondemos aceptando plenamente el evangelio sin hacernos rebajas y queriendo empaparnos así de sus valores?

Nos damos excusas, por decirlo suavemente. Nos ponemos límites en nuestra respuesta. Miramos primeramente nuestro yo y nuestros intereses y aparecen incompatibilidades en nuestra manera de vivir la vida con lo que nos pide la fe, con lo que nos pide el evangelio ¿y qué preferimos? También nos negamos y queremos hacerlo algunas veces de manera sutil a vivir en plenitud el evangelio, el compromiso de la fe y nos quedamos en cumplimientos superficiales y ocasionales, o vamos abandonando poco a poco el camino de nuestra vida cristiana en la medida en que crece nuestra tibieza que se convierte en frialdad y alejamiento.

Y es aquí donde entra el sentido de la segunda parte de la parábola; algún comentarista nos dice incluso que son como dos parábolas que se han unido en una, por una parte los invitados al banquete de bodas y por otra parte el que no iba vestido dignamente para participar en aquel banquete.

Dice la parábola que aquel rey que había preparado el banquete cuando ya estaba llena la sala de comensales entró a saludar a los ahora invitados pero se encontró a uno que no llevaba el traje de fiesta. En principio es algo que nos desconcierta, porque si eran pobres recogidos por los caminos, cómo iba a tener un traje de fiesta para participar en el banquete. Pero son esas aparentes incongruencias las que nos hacen pensar y nos hacen preguntarnos en que nos puede afectar a nosotros y qué mensaje nos puede ofrecer.

Cuando ya nosotros hemos querido venir y dar respuesta a la invitación del Señor y participar de esa fiesta que es nuestra fe y que ha de ser toda nuestra vida cristiana es cuando ahora tendríamos que preocuparnos de llevar siempre ese traje de fiesta. ¿Qué significa? Esa fe y esa gracia que nos ha convocado no la podemos perder. En la medida en que fuéramos creciendo en nuestra respuesta y en nuestra fe tendría que ir resplandeciendo cada vez más nuestra vida cristiana.

Pero ¿qué nos sucede? Que muchas veces caemos por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad, vamos perdiendo la intensidad de nuestra vida cristiana y nos estamos volviendo atrás porque de nuevo nos dejamos seducir por las tentaciones que nos manchan, que nos llenan de oscuridad de nuevo la vida; nuestro traje de fiesta está perdiendo su esplendor.

Es un toque de atención, es una llamada de nuevo que el Señor nos hace, es un repetirnos de alguna manera la invitación para que despertemos y no nos dejemos arrastrar por esas pendientes que van enfriando nuestra vida cristiana, que ya entonces no sería esa fiesta de nuestra vida. Cuantas veces vamos perdiendo la ilusión y la alegría de la fe cuando volvemos a nuestras rutinas de siempre, cuando se afloja la intensidad de nuestra vida y de nuestro amor.

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor.

lunes, 20 de enero de 2020

Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús


Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22
Claro que uno no sabe lo que se esconde detrás de un semblante, porque como se suele decir la cara es el espejo del alma, y quizás detrás de ese semblante que contemplamos hoy muchos problemas y preocupaciones que pudieran quitarnos la paz y que se expresa y manifiesta a través de ese rostro serio y adusto.
Pero también podríamos decir que lo que expresamos con nuestro rostro es una manera de entender la vida, una filosofía de la vida y hay personas que pareciera que disfrutaran con sombras y amarguras porque por donde quiera que vayan eso es lo que anuncian y barruntan no teniendo una mirada positiva y de luz a ese mundo que contemplamos. También es verdad que lo que contemplamos muchas veces no nos agrada y todo son tonos grises o sombríos, pero desde nuestra manera de entender las cosas podemos llenarlos de luz y color para darle una variación más de vida.
Como decimos lo que expresamos muchas veces es esa manera de entender la vida, ese sentido que le hemos querido dar, y demasiadas veces encorsetamos la vida llenándola de tantas reglas o de tantas aristas que parece que no nos queda más remedio que ir con ese semblante sombrío porque lo único que vamos son sombras.
Jesús con su evangelio quiere darle otra tonalidad a la vida, quiere llenarla de luz y que la miremos con optimismo, aunque seamos realistas y veamos cuánto tenemos que transformar en nosotros o en la vida misma. Cargaban demasiado los judíos de su época, sobre todo ciertos sectores que se presentaban como más cumplidores o puritanos, de cargas a cumplir o a llevar y como no siempre somos perfectos para llevar al limite esas normas que nos imponemos, al final terminamos con culpas y con lutos, con lagrimas porque nos sentimos incapaces de hacerlo todo perfecto y se llenaba la vida de cierta tristeza y desesperanza.
Habla Jesús de un sentido de fiesta y de boda que tendría que acompañar nuestra existencia, sobre todo en el gozo de sentir que Jesús está con nosotros en nuestro caminar y que El es nuestro sentido y nuestra fuerza. Habla del novio que está con los amigos y mientras el novio esté en medio de ellos no puede faltar ese sentido de alegría, de fiesta y de esperanza. ¿Cómo si estamos en la fiesta de una boda van a caber aires sombríos en nuestra vida y en nuestro actuar?
Es el rostro animoso y lleno de esperanza que hemos de llevar siempre en nosotros, porque aunque tengamos problemas o nos cueste muchas cosas en la vida tenemos con nosotros quien es nuestro sentido y nuestra esperanza, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, y sabemos que con Cristo a nuestro lado nada nos faltará. Siento lástima cuando contemplo en personas además que se tienen por muy religiosas y muy piadosas esos rostros compungidos que parece que son más madres de angustias que madres de vida y esperanza.
Odres nuevos para vino nuevo, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús. Es el sentido nuevo del evangelio, es el sentido nuevo de quien tiene al novio a su lado, de quien tiene a Jesús con él.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?


Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
Algo habrá hecho para que termine así, habremos dicho, pensado o escuchado en más de una ocasión cuando alguien que parecía que iba de triunfador en la vida o al menos así era tenido por muchos vemos que de pronto todas las cosas le van mal y se ve abocado al fracaso más estrepitoso. Lo decimos o pensamos cuando vemos el fracaso de muchos en la vida y, al margen ahora de nuestros sentimientos tradicionales de fe, podríamos decir, o alguno podría incluso con sarcasmo decir en referencia a Jesús y su muerte en la cruz. Un fracaso, cinco días antes las multitudes todavía le aclamaban a su llegada a la ciudad de Jerusalén, y ahora pocos días después un multitud frente al pretorio pide su muerte y además una muerte ignominiosa como es la muerte de cruz.
Pero más INRI, como se suele decir, vamos nosotros y queremos en este domingo proclamar a Jesús como Rey del Universo con este texto del evangelio que nos habla de su muerte en la cruz. Parecen todo contradicciones; los ajenos a nuestra fe cristiana y tantos que luchan contra todo tipo de religión parece que se frotarían gozosos las manos y nos hablarían de absurdos y de contradicciones. ¿Qué clase de rey es proclamado como tal precisamente cuando es ejecutado a muerte? ¿Qué clase de maestro es y qué magisterio nos puede enseñar aquel que por causa de todo lo que enseña es apresado y condenado a muerte? Podríamos decir que son los gozos de los enemigos.
Pero es además que nosotros los cristianos pecamos muchas veces de triunfalistas y queremos copiar la manera de los triunfos del mundo para aplicárselos a Jesús proclamándolo rey y coronándolo con coronas doradas y poniendo sobre sus hombros mantos de terciopelo y armiño, a la manera de los lujos y los oropeles de este mundo. Hemos olvidado quizá las mismas palabras de Jesús que nos decía por una parte que su reino no es de este mundo y que la manera de presentar nuestras grandezas no ha de ser nunca a la manera de los reyes y de los poderosos de este mundo. Conocemos bien las palabras de Jesús pero poco caso le hacemos. Fijémonos como incluso nosotros queremos revestirnos de esas vestiduras de vanidad y de gloria en las que tan distantes nos situamos de lo que fue el camino de Jesús.
Anunciaba es cierto el Reino de Dios pero  nunca las características que nos dio era el de un reino a la manera de los reinos de este mundo; no era desde la ostentación y la búsqueda de grandezas humanas como habíamos de vivir ese reino sino en la búsqueda de la verdadera paz sembrando el auténtico amor en los corazones para vivir en la justicia verdadera que nada la pudiera empañar.
Por eso cuando querían hacerlo rey huía de aquellas manifestaciones y muchas veces las obras maravillosas que hacia no quería que se divulgaran para que no entrara ninguna confusión en el corazón de los que le seguían. Bien conocemos su insistencia a sus discípulos más cercanos para que aprendieran a hacerse los últimos y los servidores de todos y cuando le pedían lugares de honor lo que ofrecía era un bautismo igual que por el que El había de pasar. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Solo permitió que lo aclamaran con cánticos de sabor mesiánico cuando entró en la ciudad santa sabiendo que ya era la recta final hacia la pascua.  Lo más que permitió fue el ir sentado en un borrico como había anunciado el profeta y las aclamaciones inocentes de los niños que proféticamente, como saben hacerlo los inocentes anunciaban la llegada del que venia en nombre del Señor para ser en verdad nuestra salvación.
Algo habrá hecho para terminar así, retomamos las palabras con que iniciamos esta reflexión y no las vamos a dejar caer en saco vacío. Algo había hecho Jesús, es cierto, estar al lado de los pobres y de los que sufren, mezclarse con los pecadores y los que eran considerados la clase más baja de este mundo, prostitutas y publicanos, vivir la cercanía de la gentes para sintonizar la humillación que vivían y enseñarnos así a caminar por esos mismos caminos de humildad, pero para que aprendiéramos nosotros a entrar en una nueva sintonía de amor cuando fuéramos capaces de sintonizar con su corazón, pasar por el mundo haciendo el bien repartiendo amor y misericordia y queriendo poner paz en todos los corazones.
No nos extrañe verlo ahora crucificado entre dos malhechores – entre los últimos de este mundo había preferido vivir - y ser comparado con ellos para recibir las mofas de todos que le contemplan como un perdedor, que ni ahora puede salvarse a si mismo porque no baja de la cruz y parece que entonces poca puede ser la salvación que nos pueda ofrecer.
Pero allí estaba El dando su vida, derramando su sangre  por nosotros y por todos, entregándose en la entrega más sublime del amor que es llegar a ser capaz de dar la vida por los que ama.
Lo que ahora contemplamos es el fruto de lo que hasta entonces había vivido. Alguien, colgado de un mismo madero como El, ha sido capaz de sintonizar con ese amor, ha sido capaz de darse cuenta de que un justo está sufriendo los mismos dolores y el mismo tormento que ellos que han sido malhechores; será el que grite desde lo más hondo de su miseria pero desde donde ha sido capaz de sintonizar con el amor, ‘Jesus, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’.
Ya el nombre con que lo invoca lo dice todo, ‘Jesus’, Dios me salva. Era reconocer en verdad que Jesús es el salvador y esa misma tarde va a recibir esa salvación ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’, fue la respuesta de Jesús. Claro que es el Rey y el Salvador, claro que es el Señor y es el Mesías como lo podremos proclamar con toda razón desde la resurrección. ‘A ese Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’, proclamaría solemnemente Pedro lleno del Espíritu de Jesús en el día de Pentecostés.
Claro que nosotros celebramos que Jesús es Rey, el Rey del Universo como lo proclamamos en esta fiesta de hoy. Pero es que nosotros hemos entendido cual es la manera de su Reino, la manera de ser Rey. Cuidado, pero eso tenemos que vivirlo, eso tenemos que manifestarlo, y por eso tenemos que comenzar a desterrar tanto oropel y tanta vanidad de los que tantas veces nos revestimos incluso en la Iglesia. Serán otros los mantos que tendrán que vestir tantos cuerpos desnudos, serán otras las vestiduras del hombre nuevo del amor de las que tenemos que revestirnos.
No digamos más sino realicémonos en nuestra vida. Tenemos que hacer las mismas cosas que Jesús y que le llevaron a terminar así.

martes, 16 de julio de 2019

Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes


Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes

 Zacarías, 2, 14-17; Mateo 12, 46-50
Al norte del territorio de Israel se alza la cordillera del Carmelo cuyas estribaciones en su lado occidental vienen a descansar casi en las aguas del Mediterráneo. Estas montañas del Carmelo tienen hondas resonancias bíblicas muy relacionadas con los profetas sobre todo con el adalid de su lucha contra los cultos paganos a los baales que entre los israelitas se querían introducir el profeta Elías y cuyos momentos más significativos se desarrollan precisamente en estas montañas.
Fueron luego en los tiempos de las cruzadas remanso de paz, y refugio de descanso y recogimiento para aquellos cruzados que no querían alejarse de la tierra del Señor. Pronto surge un grupo de anacoretas en estas montañas que se agrupan bajo la regla que como norma de vida el patriarca de Jerusalén elabora para ellos reuniéndose en torno al templo levantado en honor de María, naciendo así la Orden religiosa de la Virgen María del Monte Carmelo, a quien invocan como Madre protectora y a quien llamarán también estrella del mar, viviendo el espíritu de recogimiento y su mismo ardor misionero que viviera el profeta en aquellas montañas. Allí en lo alto de aquellas estribaciones del monte Carmelo se levanta María como luz y como guía que va a ser para todos los navegantes de la vida.
Más tarde entre los avatares que sufrió la Orden que se tuvo que venir a Europa la tradición habla de cómo María se la manifiesta a san Simón Stock entregándole como signo y como librea para su vestimenta y para sus vidas el Santo Escapulario que tan especial significación va a tener para el hábito de los Carmelitas pero también en la devoción del pueblo cristiano que ama a María como un querer vestirse también de María. Este tendría que ser su especial significado para quieren portar sobre sus hombros el escapulario del Carmen queriendo expresar así como queremos vestirnos de María, como queremos imitar a María llevando impresas en nuestra vida todas sus virtudes.
Vestir el escapulario tiene que ser un compromiso de santidad en nosotros, queriendo sentirnos seguros en ese navegar de la vida en medio de las tormentas de las tentaciones con la especial protección de María. Es nuestro compromiso pero es la gracia que a través de María recibimos para nuestra lucha contra el pecado, pero también para el resplandecer de nuestras virtudes, comprándolas intensamente de María. Es un vestirse de Maria no ya tanto como un ropaje externo o un disfraz, sino como querer meternos en el molde de María para así lograr esa vida perfecta resplandeciente de santidad.
La devoción a María en esta advocación del Monte Carmelo o como simplemente decimos la Virgen del Carmen está profundamente enraizada en el pueblo cristiano a lo largo de todo el mundo. Aunque en cada lugar la invoquemos con una advocación especial como reina y protectora de nuestros pueblos, sin embargo la Advocación del Carmen prevalece por todas partes y ya bien sabido es la devoción que tienen a la Virgen del Carmen los hombres y las mujeres del mar.
A la orilla de nuestras playas o acantilados sobre el mar aparecen repetidamente las ermitas y los templos dedicados a la Virgen del Carmen; marineros y pescadores la tienen como patrona y a ella la invocan como esa Estrella del Mar que siempre les guía y les protege en sus singladuras y en su honor sabemos cómo surgen fiestas en todos los pueblos. Somos muchos, hombres y mujeres, los que llevamos su nombre como nuestro nombre propio, queriendo expresar así como nos sentimos sus hijos y no nos falta nunca su protección de Madre en todos los peligros.
He querido hoy detenerme en esta página de la semilla de cada día en la figura de María y aunque aparentemente no hago ningún comentario del evangelio del día, podríamos decir, sin embargo, que mirando a María estamos mirando el Evangelio, porque ella es la portadora de esa Buena Noticia de salvación porque nos trae a Jesús y porque es el mejor ejemplo de cómo tenemos que ser los discípulos de Jesús. Su presencia siempre nos está diciendo que hagamos como El nos dice, su presencia siempre nos está llevando al Evangelio de Jesús, su presencia siempre está sembrando en nosotros los valores del Reino de Dios que nos anuncia Jesús.