Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta virtudes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta virtudes. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.

martes, 16 de julio de 2019

Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes


Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes

 Zacarías, 2, 14-17; Mateo 12, 46-50
Al norte del territorio de Israel se alza la cordillera del Carmelo cuyas estribaciones en su lado occidental vienen a descansar casi en las aguas del Mediterráneo. Estas montañas del Carmelo tienen hondas resonancias bíblicas muy relacionadas con los profetas sobre todo con el adalid de su lucha contra los cultos paganos a los baales que entre los israelitas se querían introducir el profeta Elías y cuyos momentos más significativos se desarrollan precisamente en estas montañas.
Fueron luego en los tiempos de las cruzadas remanso de paz, y refugio de descanso y recogimiento para aquellos cruzados que no querían alejarse de la tierra del Señor. Pronto surge un grupo de anacoretas en estas montañas que se agrupan bajo la regla que como norma de vida el patriarca de Jerusalén elabora para ellos reuniéndose en torno al templo levantado en honor de María, naciendo así la Orden religiosa de la Virgen María del Monte Carmelo, a quien invocan como Madre protectora y a quien llamarán también estrella del mar, viviendo el espíritu de recogimiento y su mismo ardor misionero que viviera el profeta en aquellas montañas. Allí en lo alto de aquellas estribaciones del monte Carmelo se levanta María como luz y como guía que va a ser para todos los navegantes de la vida.
Más tarde entre los avatares que sufrió la Orden que se tuvo que venir a Europa la tradición habla de cómo María se la manifiesta a san Simón Stock entregándole como signo y como librea para su vestimenta y para sus vidas el Santo Escapulario que tan especial significación va a tener para el hábito de los Carmelitas pero también en la devoción del pueblo cristiano que ama a María como un querer vestirse también de María. Este tendría que ser su especial significado para quieren portar sobre sus hombros el escapulario del Carmen queriendo expresar así como queremos vestirnos de María, como queremos imitar a María llevando impresas en nuestra vida todas sus virtudes.
Vestir el escapulario tiene que ser un compromiso de santidad en nosotros, queriendo sentirnos seguros en ese navegar de la vida en medio de las tormentas de las tentaciones con la especial protección de María. Es nuestro compromiso pero es la gracia que a través de María recibimos para nuestra lucha contra el pecado, pero también para el resplandecer de nuestras virtudes, comprándolas intensamente de María. Es un vestirse de Maria no ya tanto como un ropaje externo o un disfraz, sino como querer meternos en el molde de María para así lograr esa vida perfecta resplandeciente de santidad.
La devoción a María en esta advocación del Monte Carmelo o como simplemente decimos la Virgen del Carmen está profundamente enraizada en el pueblo cristiano a lo largo de todo el mundo. Aunque en cada lugar la invoquemos con una advocación especial como reina y protectora de nuestros pueblos, sin embargo la Advocación del Carmen prevalece por todas partes y ya bien sabido es la devoción que tienen a la Virgen del Carmen los hombres y las mujeres del mar.
A la orilla de nuestras playas o acantilados sobre el mar aparecen repetidamente las ermitas y los templos dedicados a la Virgen del Carmen; marineros y pescadores la tienen como patrona y a ella la invocan como esa Estrella del Mar que siempre les guía y les protege en sus singladuras y en su honor sabemos cómo surgen fiestas en todos los pueblos. Somos muchos, hombres y mujeres, los que llevamos su nombre como nuestro nombre propio, queriendo expresar así como nos sentimos sus hijos y no nos falta nunca su protección de Madre en todos los peligros.
He querido hoy detenerme en esta página de la semilla de cada día en la figura de María y aunque aparentemente no hago ningún comentario del evangelio del día, podríamos decir, sin embargo, que mirando a María estamos mirando el Evangelio, porque ella es la portadora de esa Buena Noticia de salvación porque nos trae a Jesús y porque es el mejor ejemplo de cómo tenemos que ser los discípulos de Jesús. Su presencia siempre nos está diciendo que hagamos como El nos dice, su presencia siempre nos está llevando al Evangelio de Jesús, su presencia siempre está sembrando en nosotros los valores del Reino de Dios que nos anuncia Jesús.

viernes, 31 de agosto de 2018

La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar


La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Me cansé de esperarte, le decimos al amigo cuando al fin aparece a la cita, allí estaba aburrido sin saber que hacer, si venias o no venias, porque se pasaron las horas, y vaya puntualidad la tuya, nos quejamos. Malo es estar esperando a alguien, pero estar esperando pasivamente, aguantando a que pase el tiempo, sin darle un sentido o un valor a esa espera. Se nos hace difícil, imposible, aburrida, nos dan ganas de marcharnos. Pero es también la pasividad o la ociosidad con la que esperamos. Quizá tampoco estábamos preparando nada para recibirle, sino simplemente pasivamente a lo que saliera.
En la vida hay que hacer muchas esperas, porque puede ser como veníamos diciendo al amigo o a la persona que nos había anunciado su llegada, pero es también la espera por el fruto de nuestro trabajo, la espera de un mañana mejor, la espera de algo que buscamos ansiadamente y que esperamos – valga repetir la palabra – que con nuestro trabajo consigamos. Poniéndonos más trascendentes es la espera de la salvación que se nos ofrece con la ayuda de la gracia, o la esperanza de la vida eterna que anima la vida de todo cristiano.
La esperanza una virtud y un valor muy importante en la vida del ser humano y una virtud esencial en la vida del cristiano. No es solo la esperanza humana en la realización de esos sueños o esos ideales que esperamos alcanzar para ser mejores y ser más felices, sino también la esperanza virtud sobrenatural que ponemos en el Dios de quien esperamos el perdón y la salvación.
Es la esperanza que de manera especial se nos refleja en la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio y tantas veces habremos meditado del Señor que viene a nuestra vida porque en nosotros quiere habitar como en unas bodas eternas. Es la esperanza que abre nuestro corazón a una alegría especial, porque nos gozamos ya en aquello que un día vamos a vivir en plenitud. Por eso decimos siempre que el hombre de esperanza es alguien en quien siempre ha de rebosar la alegría, desterrando todo luto y todo llanto.
Pero la esperanza nunca es una actitud pasiva en la que resignadamente aguantamos y esperamos salir de la situación en la que nos encontremos deseando que se nos dé aunque nada pongamos de nuestra parte un mañana mejor. No es así de ninguna manera como hemos de ver y sentir lo que es nuestra esperanza cristiana.
Es una disponibilidad y una apertura, pero es ir ya transformando nuestras actitudes o nuestra manera de ver y hacer las cosas porque el que está vigilante está activo, está haciendo además todo lo posible no solo para no dormirnos sino para tener preparado todo lo que sea necesario para cuando llegue el cumplimiento de esa esperanza.
Es lo que nos está enseñando esta parábola que hoy se nos ofrece. No se puede estar pasivamente durmiéndose en la vida. Hay que estar vigilante y activo, sabiendo estar preparado y tener las cosas disponibles. El que espera tiene que estar en la sintonía del amor, pero eso al que espera nunca le faltará la alegría y el gozo que está pregustando de lo que va a llegar. El que de verdad espera en esta sintonía de amor no se amarga ni sufre por la tardanza, sino que le hará estar más vigilante y mejor preparado. Es la actitud, la postura que hemos de tener en la vida ante lo humano que nos sucede cada día, pero también en lo sobrenatural que Dios nos regala.

lunes, 16 de julio de 2018

Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Al norte de las llanuras de Galilea surge una cadena montañosa que se extiende en sus estribaciones hasta las orillas mismas del Mediterráneo. Son los montes del Carmelo de singular importancia en diferentes momentos de la antigua historia de Israel. Entre muchas cosas destaca la referencia que estos montes tuvieron para el profeta Elías pues allí se refugió en momentos difíciles de idolatría a los baales del reino del Norte, o reino de Israel. Como su mismo nombre indica en el significado de la palabra son montes de especial belleza, como un jardín florido que se levanta desde las llanuras del Esdrelón, y que nos pueden servir muy bien como una hermosa referencia a la belleza de la santidad de Maria.
Hacemos esta referencia histórica porque de ahí surgió el que en los tiempos de las Cruzadas, a finales del siglo XII muchos cruzados que habían ido hasta Palestina para liberar la tierra donde nació y vivió Jesús del dominio de los otomanos, al tiempo que también muchos peregrinos que iban a la tierra de Jesús optaron por quedarse para vivir como anacoretas escogiendo precisamente por su referencia Elías estos montes del Carmelo.
Poco a poco fueron surgiendo grupos y comunidades de vida eremitita en las laderas del Carmelo hasta que posteriormente se les diera una regla de vida que dio origen a lo que llamamos los monjes del Carmelo, los Carmelitas. Pronto en la devoción mariana de aquellos monjes colocaron una imagen de la Virgen en alguna de aquellas grutas que les servían de oratorios, y fue el origen por así decirlo de la Virgen del Monte Carmelo. El Carmelo, pues, se convirtió en el huerto florido de María, en el jardín donde íbamos a aprender de sus virtudes y de su santidad.
En su nombre más femenino pronto se le comenzaría a decir Carmen, mientras el nombre masculino de Carmelo era que el que se daba a los varones que querían llevar esta advocación mariana en su nombre. Devoción a María con esta advocación que pronto con la multiplicación de los monjes y su extensión por otros lugares hizo que también se propagara, siendo una de las advocaciones de María más queridas y más, por así decirlo, celebradas.
Esta devoción a la Virgen del Carmen tiene como una característica muy principal la imitación a María. Imitar a María es vestirse de María, significativamente en el hábito o en el escapulario, pero que bien entendemos que ha de tener una mayor profundidad al copiar las virtudes de María en nuestra vida. Es el hábito o el escapulario, porque aunque hoy se nos haya quedado reducido a un pequeño trozo de tela con la imagen de María que ponemos sobre nuestro pecho su origen era algo mucho más amplio.
El escapulario en su origen era como un sobrevestido que se ponía sobre la ropa habitual y que si en principio era como una prevención para no manchar los ropajes que se llevaban a causa de los trabajos que se realizasen, como ese era el escapulario, el delantal diríamos hoy, que se ponían los monjes del Carmelo en sus trabajos conventuales quienes querían vivir una vida semejante a la de aquellos monjes imitando a María lo imponían sobre sus vestimentas, convirtiéndose así en el hábito del Carmen.
Por eso como decíamos la devoción a la Virgen del Carmen es sobre todo de imitación de María. ¿A quien mejor podemos imitar en su fe y en su amor, en la escucha de la Palabra y en el amor a Dios como verdadero centro de su vida, en la generosidad y en el servicio, en el desprendimiento y vaciamiento interior y en la santidad? Vestidos de María, pues, queremos prevenirnos de las manchas que más dañan nuestra vida, los vicios y pecados.
Sí, nos queremos vestir de la belleza de María, de sus virtudes y de su santidad. Y es que quienes nos decimos sus hijos, llevamos al cuelo su medalla o su escapulario, o una imagen suya en nuestra cartera, tenemos que pensar que hemos de hacerlo con dignidad. No podemos mezclar esa imagen de María con nuestro vicio y nuestro pecado, sino que esa imagen tiene que ser para nosotros siempre un recuerdo y una exigencia de una vida más santa. Vestirnos de María es desprender el olor de María en sus virtudes en nosotros.
En la devoción a María se nos habla muchas veces de cómo María no va a permitir que quien lleve su escapulario pueda morir en pecado y ella le dará la gracia de arrepentirse antes de su muerte. Clásico es el cuadro de la Virgen del Carmen que está en nuestra Iglesias donde vemos a María queriendo sacar a las almas del purgatorio para llevarlas a la presencia de Dios en el cielo. Y es que quien con sinceridad de corazón lleva esa imagen de la virgen consigo de una forma o de otra, seguro que en su corazón sentirá el movimiento de la gracia que le impulsa a la conversión, a volver su vida a la gracia del Señor.
Escuchemos en nuestro corazón la palabra de María que siempre nos estará diciendo como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’; María siempre nos conducirá hasta Jesús para que le escuchemos, para que nos dejemos inundar por su gracia y su perdón. No nos hagamos sordos a la palabra de María, ‘haced lo que El os diga’. Desprendamos de nosotros ese perfume del jardín de María adornándonos con todas sus virtudes.


viernes, 15 de junio de 2018

Preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve


Preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

¿Dónde está la verdadera riqueza de la persona? De la misma manera nos preguntaríamos ¿de donde proceden las peores oscuridades del hombre, de la persona?
Hoy y siempre, podríamos decir, nos cuidamos mucho de nuestra apariencia externa; cuanto gastamos en tiempo y en dinero para mantener esa belleza exterior. En toda la historia y en todas las culturas nos encontramos cómo las personas siempre se han cuidado en esa presentación de si mismos ¿Vanidades? ¿Manifestación quizá de nuestro orgullo personal para expresar así signos de grandeza o de poder, sea cual sea?
Es lógico que cuidemos nuestra apariencia y nuestra presentación, porque de alguna manera hemos de sentirnos bien y hacer también que los que están a nuestro lado se sientan bien con nosotros. Es desagradable, es cierto, presentarnos descuidados y desaliñados ante las otras personas, en una reunión, en nuestro trabajo, o simplemente en lo que es la convivencia con los demás. Pero también sabemos que hay gente que se pasa en ese cuidado de lo exterior. Así aparecen las vanidades, los orgullos, la sensación de superioridad con que algunos quizás quieran presentarse ante los otros. Que son también nuestras tentaciones.
Pero mayor orgullo y vanidad es que cuidemos tanto nuestro exterior y apariencia y descuidemos nuestro interior. Podemos presentarnos vanidosos en la vida ante los demás haciendo gala de muchas cosas, pero realmente estemos vacíos por dentro. Caemos en la cuenta enseguida cuando nos encontramos una persona superficial, una persona sin contenido ni riqueza interior. No tiene principios, no tiene valores, no hay ideales en su vida que eleven su espíritu por encima de esa apariencia externa, no tienen metas por las que luchar. Buscan una felicidad efímera basada solo en lo exterior pero en su vació interior son las personas más infelices, porque no encontraran satisfacciones que le llenen el alma.
Y es que tenemos que cuidar nuestro interior, tener unas razones profundas para vivir, cultivar valores y virtudes, poner altura de miras en lo que se hace para superar todos esos barros de maldad que se nos pueden ir pegando en el alma como se pega el polvo y la suciedad en nuestra ropa exterior, pero que son peores esos barros de maldad que nos van hundiendo en esa podredumbre de nuestro espíritu.
Y es que de la misma manera que pueden haber buenos deseos y ansias de lo mayor y de lo mejor en nosotros para superarnos cada día, de la misma manera pueden aparecen esas negruras en nuestra alma que vuelven turbia nuestra vida y que no solo nos dañan a nosotros mismos, sino que producen destrucción en todo lo que encuentran a su alrededor.
Por eso la persona que quiere crecer y darle profundidad a su vida no solo tiene que cultivar todos esos buenos valores que le lleven a esa superación de si mismos, sino que también han de irse purificando de esos barros que empobrecen nuestra vida y tanto daño hacen a los demás. Superación que es renovación, que es purificación, que tiene que ser crecimiento, que tiene que llevarnos a una madurez en nuestra vida que nos aleja de esas superficialidades.
De dentro, del corazón del hombre, si no nos cuidamos, pueden salir esos malos deseos, esas malas intenciones, esos celos y esas envidias, esos orgullos que todo lo destruyen, esos rencores y resentimientos, esa maldad que no le importa hacer daño a los demás con tal de satisfacer sus pasiones, ese egoísmo insolidario que le hace pensar solo en si mismo, toda esa maldad que ennegrece nuestro corazón y nuestra vida. Eso malo que exteriormente luego podemos hacer ha nacido de esa maldad que llevamos en el corazón si no lo hemos sabido purificar.
Aquellas vanidades de las que antes hablábamos van creando esos posos de negrura en nuestro interior que será luego lo que vomitaremos en las malas acciones que realizamos contra los demás. Por eso preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve.

sábado, 9 de junio de 2018

Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos



Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos


‘Y María conservaba todas estas cosas en su corazón’, así nos lo repite el evangelista en referencia a todo cuanto María contemplaba en torno al nacimiento de su Hijo.
Cuando uno se ve sorprendido por algo hermoso y agradable parece que se le abren los ojos en desmesura para querer captar como la más fiel cámara fotografía todo cuando sucede en su entorno, hasta el más mínimo detalle. Todo lo quiere grabar, todo lo quiere recordar, todo  lo quiere dejar bien guardado en su corazón pero será algo que jamás olvidará.
Así María, como nos cuenta el evangelio cuando los pastores llegaron hasta aquel establo donde se habían refugiado y había nacido el Niño, se vio gratamente sorprendida y escuchaba y guardaba en su corazón todo cuanto aquellos pastores decían. La sorpresa fue grande cuando llegaron aquellos que parecían personajes poderosos y sabios venidos de lejanas tierras que hablaban de una estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos. ‘María guardaba y conservaba todos estas cosas en su corazón’.
Guardamos como el más preciado tesoro en nuestro corazón todas aquellas cosas buenas que nos suceden o que acaecen en nuestro entorno, los buenos recuerdos, las experiencias gozosas que nos han hecho felices, los encuentros con los seres que amamos o con aquellos que van dejando huellas en nosotros, los bienes que hemos recibido y bien sabemos que no merecemos, las amistades y amores más entrañables, las cosas más bellas de la vida cuando en verdad queremos caminar en positivo y hemos empapado y empapado hasta rebosar nuestro corazón de amor.
Por eso hoy cuando la liturgia nos invita a hacer memoria del Corazón Inmaculado de María podemos imaginar cuantas cosas hermosas María guarda en su corazón. Y no es una imaginación de cosas irreales o sueños sino el reflejo de toda la riqueza espiritual que hay en el corazón de María. Podríamos atrevernos a decir que cada página del evangelio está firmemente grabada y guardada en el corazón de María. Ella, la primera que plantó la Palabra en su corazón y que como nos dirá el evangelio merecerá la alabanza de Jesús, a ella la primera como primicia, a cuantos escuchan y plantan en su corazón y en su vida la Palabra de Dios.
Hoy, después de haber celebrado ayer la solemnidad del corazón de Jesús, celebramos el Inmaculado corazón de María. Sabemos que ocupamos un lugar en su corazón porque somos sus hijos. El regalo de Jesús en la Cruz al hacerla Madre de cuantos creen en El, hizo que ya para siempre ocupáramos un lugar en su corazón.  Y es ahí donde tenemos que empaparnos de toda su ternura; es ahí donde aprenderemos desde dentro todas esas virtudes y valores que tanto resplandecieron en María, su humildad y sencillez, su servicialidad y su disponibilidad siempre para el amor, su obediencia a la voluntad de Dios cuando tan bien supo plantar en su corazón la Palabra de Dios.
Queremos aprender de ella y así impregnarnos de todas sus virtudes. Queremos como María saber tener los ojos atentos para disfrutar de las maravillas de Dios y cantar su grandeza. Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos. Queremos como María tener la disponibilidad para ir llevando a Dios a los demás, pero también para ayudar a que cuantos se tropiecen con nosotros puedan también encontrarse con Dios porque por nuestro amor y por nuestra santidad seamos signos de su presencia.
Con María cantemos las maravillas de Dios.

jueves, 23 de febrero de 2017

Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos


Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50
En otro momento del evangelio Jesús nos decía que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal; la luz tiene que iluminar, la sal tiene que dar sabor. Pero si la lámpara esta oculta no puede dar luz, pero también hemos de decir que si la lámpara esta visible pero el cristal que cubre la llama que da luz esta manchada y rota no podrá reflejar debidamente esa luz, si el cristal esta lleno de suciedad o enturbiado con distintos colores lo que sucederá es que la luz no podrá llegar nítida para iluminar o teñirá de colores no tan agradables su resplandor. O como nos dice refiriéndose a la sal si se vuelve sosa no podrá realizar su acción, si se corrompe nos dará corrupción.
Creo que esto nos pueda ayudar mucho. Vamos a decir, a dar por sentado que somos buenos porque no hacemos grandes maldades, pero bien sabemos que tenemos que cuidar mucho nuestras actitudes, hacer un control de nuestras pasiones más diversas porque muchas veces pueden aparecer en nosotros algunas cosas que ya no son tan buenas, no hay tal pureza de intención, o el descontrol de nuestra vida puede hacer que nos aparezcan actitudes y comportamientos en que nos dejamos llevar por nuestro orgullo, aparecen mezquindades en nuestra vida, nos pueden ir corroyendo por dentro los celos y las envidias y ya aunque aparentemente parezcamos buenos  no todo es bueno en nuestro interior; y eso que tenemos en nuestro interior se va reflejando aunque no queramos en nuestros actos.
Por eso la actitud madura de la persona es querer ir superándose cada día mas, para superar debilidades, para purificar esas posturas, esos gestos, esas acciones que realizamos delante de los demás, porque el mal que hay en nosotros desgraciadamente puede influir en los demás, puede arrastrar a los demás también a realizar lo mismo que nosotros con no tanta pureza realizamos. Ya sabemos que en la vida caminamos siempre como en una pendiente, y el que está en una pendiente y quiere ascender siempre tendrá que estar en tensión para no dejarse arrastrar, para poder seguir dando pasos en esa ascensión y en ese crecimiento de su vida.
El ajetreo de la vida, el encuentro con los demás, el esfuerzo y preocupación por nuestro trabajo y nuestras responsabilidades puede hacer muchas veces que no pongamos toda la tensión y toda la atención en lo que tendría que ser importante en nuestra vida que es ese crecimiento interior, ese crecimiento y maduración como persona. Fácilmente nos pueden aparecer en esos encontronazos que vamos teniendo en la vida por los problemas que nos van como cercando, pueden aparecer, digo, ramalazos de orgullo, de egoísmo, de amor propio, de rivalidades que nos enfrentan, de envidias y celos que tanto daño nos hacen, pero que también pueden hacer mucho daño a los que están a nuestro lado.
Jesús nos previene con sus palabras hoy en el evangelio que nos pueden parecer incluso duras, pero es que tenemos que saber arrancar de raíz esas malas pasiones que se nos meten tan dentro de nosotros; algunas veces parece incluso que no nos damos cuenta de lo que nos sucede o de esos gestos o esas actitudes impropias que podamos tener con los demás. Por eso es tan necesaria la vigilancia. Ya sabemos que una mala hierba no nos vale solo con cortarla, sino que tenemos que arrancarla de raíz porque de lo contrario volverá a reverdecer en nosotros.  A eso nos está invitando Jesús hoy en el evangelio.
Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos.

sábado, 16 de julio de 2016

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Hoy se multiplican las felicitaciones de un lado para otro porque muchos son los que llevan – llevamos – el nombre de la Virgen del Monte Carmelo; por otro lado los marineros la invocan como la Estrella del Mar que les guía en sus travesías y en las zozobras de sus trabajos, mientras muchos pueblos a lo largo de toda la geografía se engalanan para celebrar a María en esta advocación tan hermosa de la Virgen del Carmen.
Así la llamamos, la Virgen del Carmen, aunque bien sabemos que el auténtico titulo de esta advocación es la Virgen del Monte Carmelo. Las montañas del Carmelo al norte de Palestina e Israel naciendo de las llanuras de Galilea vienen como a desplomarse sobre el mar Mediterráneo formando una cadena montañosa de gran belleza; y fueron unos religiosos, nacidos quizá al calor de las cruzadas como unos eremitas en aquellas montañas para imitar en cierto modo al profeta Elías que allí había encontrado refugio, los que entronizaron en aquellas montañas un altar a la Virgen; de ahí nació el nombre de la Virgen del Monte Carmelo, la bendita imagen de María que allí en el Monte Carmelo se había entronizado.
La Biblia y los poetas cantan la belleza del monte Carmelo, cuyo nombre significa en sí mismo poesía y la belleza de un jardín, cuyo cántico nosotros queremos entonar en honor de la Madre que allí tenemos entronizada, para llevarla también en lo hondo de nuestro corazón.
Bien conocemos que la devoción a la Virgen del Carmen está unida al uso del escapulario. Escapulario que, es cierto, hemos reducido en su tamaño casi a la mínima expresión pero que en su origen eran como un traje que se ponía sobre la ropa normal como un resguardo para el trabajo. Que ese escapulario o medalla de la Virgen que nos acompaña sea, sí, ese resguardo contra los peligros del mal; que sea un recuerdo para nuestra vida de esa presencia de María junto a nosotros que quiere ayudarnos con la gracia que nos alcanza del Señor para que tengamos fuerza en las dificultades, pero para que nos veamos libres de toda tentación y de todo pecado.
Ya sabemos que la verdadera devoción a María es revestirnos de sus virtudes, imitar en nosotros la santidad de su vida, que en verdad copiemos en nosotros todo lo bueno de María y con su protección nos veamos siempre llenos de la gracia del Señor. Sí, es un revestirnos de María, ponernos no solo el traje externo de María con su escapulario sino desde lo más hondo de nosotros mismos vernos transformados a imitación de María para llenarnos así de la santidad de Dios.
Y tal como comenzábamos diciendo felicidades a todos los que llevan el nombre de María, Virgen del Monte Carmelo, Virgen del Carmen, que nos sintamos siempre protegidos con su amor.

lunes, 20 de julio de 2015

No pidamos signos nuevos para creer sino reconozcamos las maravillas que el Señor continuamente hace en nuestra vida

No pidamos signos nuevos para creer sino reconozcamos las maravillas que el Señor continuamente hace en nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42
‘Maestro, queremos ver un signo tuyo’. Se habían acercado a Jesús unos escribas y fariseos. Siempre con sus dudas, con sus reticencias, con sus preguntas incongruentes y capciosas, con su búsqueda de pruebas pero sin querer ver lo que tenían claro delante de los ojos.
Cuando nos encontramos con estas actitudes de los escribas y fariseos tenemos la tentación de hacernos nuestros propios juicios condenatorios en nuestro interior contra ellos. Nos preguntamos cómo es posible que fueran tan ciegos que no vieran claramente lo que Jesús les estaba manifestando. Pero creo que eso no puede ser nuestra actitud; no somos nadie para juzgar ni para condenar; si además seguimos las enseñanzas de Jesús precisamente eso es lo que El nos enseña.
Creo que más bien tendríamos que mirarnos a nosotros mismos que no terminamos de dar el paso hacia adelante, que no terminamos de creer aunque queramos decir otra cosa; también nosotros seguimos con nuestras dudas; también nosotros andamos pidiendo milagros; bueno, no los llamaremos milagros pero cuantas intervenciones milagrosas o extraordinarias le estamos pidiendo a Dios continuamente, para que tengamos suerte, para que no nos suceda tal cosa, para que se resuelva aquel problema, para que nos saquemos la lotería… Sí, hasta esas cosas le pedimos al Señor prometiéndonos que si así nos sucede haremos no sé cuantas cosas. Muchas veces nuestra religiosidad se nos queda en un toma y daca, pedimos y hacemos promesas, si nos haces tal cosa luego nosotros haremos no sé cuantas más.
Por otra parte si nuestra fe fuera en verdad firme en el Señor daríamos pasos adelante en mejorar nuestra vida, en vivir esas actitudes nuevas, esos nuevos valores que nos enseña el Evangelio. Pero seguimos arrastrándonos en nuestras viejas costumbres, sin terminar de arrancarnos de aquellas pasiones que nos dominan y terminan convirtiéndose en vicios de nuestra vida. Tendríamos que adelantar en la virtud; tendríamos que resplandecer más en santidad; nuestro amor tendría que ser cada día más entregado; nuestra relación con el Señor en nuestra oración, en la escucha de su Palabra y en la vida sacramental tendría que ser cada día más intensa.
Pero seguimos en la vida como arrastrándonos y no resplandeciendo en nuestra santidad como tendríamos que resplandecer. Y nosotros sí tenemos la certeza de la presencia del Señor en nosotros, en nuestra vida. Cuántas cosas hemos recibido continuamente del Señor; de cuántas  maneras se ha manifestado su amor en nuestra vida. Tendríamos que recordar las maravillas que el Señor continuamente hace en nosotros y saberle dar gracias. Cantar como María que el Señor ha hecho maravillas en nosotros.

jueves, 16 de julio de 2015

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad


‘Haced lo que El os diga’, nos está diciendo María continuamente cuando en nuestra devoción acudimos a ella. Recordamos que esas palabras fueron las que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná. Pero son las que en nuestra devoción hemos de escuchar de labios de la Virgen. Todo en la devoción que le tengamos a nuestra Madre siempre ha de llevarnos a Jesús.
Hoy estamos celebrando a la Virgen del Carmen, o Virgen del Monte Carmelo como es su titularidad litúrgica más propia. Devoción a la Virgen que nació en el Monte Carmelo de tantas resonancias bíblicas. Allí se había refugiado el profeta Elías en su lucha contra los falsos profetas de los baales. Allí en la época de las Cruzadas para liberar la Tierra Santa del dominio de los árabes se encontraron y se refugiaron en una vida llena de ascetismo muchos de aquellos que hasta aquellos lugares habían ido como guerreros pero que al contacto con la tierra de Jesús se sintieron motivados a no alejarse nunca de aquella tierra santa.
Pronto la imagen de la Virgen entronizada en aquel monte fue venerada no solo por aquellos ermitaños, en cierto modo origen de la Orden del Carmelo, sino que se fue extendiendo por todas partes. Es la Virgen la que milagrosamente se manifiesta a quienes se habían congregado en torno a esa Imagen bendita y entrega el escapulario que iba a ser vestido y distintivo de la orden del Carmelo y que luego vestirían también los devotos de la Virgen del Monte Carmelo.
Llevar, pues, el escapulario de la Virgen es como vestirnos de María. Pero no ha de ser un objeto piadoso que llevemos solo externamente, sino que ha de significar cómo nuestra vida ha de estar toda impregnada de las virtudes de María Santísima. Muchas cosas se han escrito y se dicen de que quien lleve siempre el escapulario del Carmen tiene asegurada su salvación. Pero no lo miremos cómo algo mágico que simplemente se produzca sin más que por llevar el escapulario; lo convertiríamos en un amuleto.
El escapulario de la Virgen siempre con nosotros, y además colocado muy cerca del corazón, nos recuerda a María, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón y eso nos ha de recordar entonces la vida buena, la vida santa que hemos de tener los que amamos a María y queremos vestirnos de ella. María nos alcanza la gracia del Señor que nos fortalece, y nosotros ponemos en ese recuerdo permanente de María junto a nosotros ese esfuerzo por luchar por ser cada día mejores, por apartarnos de los malos caminos, de ser fuertes en toda tentación y peligro. Así María nos ayuda, nos previene, nos fortalece con la gracia del Señor.
Que sea autentica la devoción que le tengamos a la Virgen. Que no se nos quede en unos ‘vivas’ y unas fiestas que decimos que hacemos en su honor, sino que vistámonos de María, copiemos en nosotros su vida santa y así tenemos asegurada con la gracia del Señor esa salvación.
Como decimos en la oración de este día, que los que veneramos a la Virgen en su advocación del monte Carmelo con su intercesión podamos llegar a Cristo, monte de nuestra salvación.


lunes, 25 de agosto de 2014

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes  

2Ts. 1, 1-5. 11-12; Sal. 95; Mt. 23, 13-22
En la primera lectura durante unos días escucharemos textos de la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses. Era una comunidad muy querida para san Pablo, pues en ella pasó largo tiempo predicando el evangelio en su segundo viaje apostólico, cuando, sintió a través de aquel sueño visión que tuvo donde veía a un macedonio que lo llamaba,  que el Señor era el que lo llamaba para predicar en tierras europeas. Tesalónica, ciudad importante en las rutas comerciales de la época, es la capital de la región de Macedonia. Ya está  en territorio europeo, es al norte de Grecia, mientras hasta entonces la predicación de Pablo había sido en el Asia Menor, lo que es hoy Turquía.
Pablo guarda grato recuerdo de su predicación en Tesalónica porque fueron muchos los que abrasaron la fe; aunque tuvo que marchar ante una serie de revueltas que forjaron los que se oponían a la predicación del Evangelio, mantiene su cariño por aquella comunidad, conservamos dos cartas, y estuvo en constante contacto con ellos. La que escuchamos estos días es la segunda carta conservada.
Tras el saludo inicial, no solo suyo sino de Silvano y Timoteo que le acompañan, en que desea la gracia y la paz de Dios Padre y del Señor Jesucristo para aquella Iglesia, querrá dar gracias a Dios por las noticias que le llegan de cómo se mantiene viva en ellos su fidelidad cristiana. No olvidemos que decir Iglesia es lo mismo que decir los convocados por el Señor, por eso su saludo es para los que forman la Iglesia de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. ‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros’, les dice.
¿Por qué gracias a Dios por aquella Iglesia? Podíamos decir que el exponente de la vida cristiana, en lo que se manifiesta la vida cristiana es en la práctica de virtudes teologales, la vivencia de la fe, del amor y de la esperanza. Pablo quiere resaltar cómo lo viven ellos. ‘Vuestra fe crece vigorosamente’, les dice. Cuántas veces lo hemos dicho, cómo tiene que crecer y madurar nuestra fe, cómo tiene que manifestarse una fe madura y comprometida; una fe que se manifiesta, se proclama, se contagia a cuantos estén a nuestro alrededor.
Pero no es solo la fe, sino que tiene que manifestarse de forma comprometida en el amor. ‘Vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando’. Qué hermoso cómo se vive el amor mutuo. ‘De cada uno por todos y de todos por  cada uno’, nadie queda excluido; y es un amor vivo, eficiente, que no se queda solo en palabras, sino que serán actitudes profundas que se van a ir manifestando en múltiples gestos de amor, de atención, de cuidado mutuo, de delicadeza, de alegre y afectiva convivencia, de compartir generoso.
Pero no puede faltar la esperanza. Esperanza que es perseverancia en la fe; esperanza que es confianza en un futuro de vida nueva; esperanza que es constancia en el amor, aunque no siempre sea fácil; esperanza que es fortaleza en medio de la dificultad que se podría convertir en persecución; esperanza que llena de trascendencia nuestra vida; esperanza que no se queda en el momento presente, sino que precisamente porque no siempre es fácil ese momento presente, sabe que llegará una plenitud de dicha y de recompensa por lo que hayamos hecho.
Pablo se siente orgulloso de la esperanza de aquella comunidad; pasan momentos difíciles pero ‘la fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis’, les dice.
Creo que mientras hemos ido comentando y reflexionando lo que era la vivencia de fidelidad de aquella comunidad, hemos tratado de irnos viendo nosotros a saber si así es también nuestra fidelidad al Señor. Aunque quizá con muchas debilidades en muchos momentos, también creo que como san Pablo tenemos que dar gracias a Dios, porque intentamos, queremos permanecer en esa fe y en ese amor, aunque nos cueste; la esperanza no se ha apagado en nuestros corazones aunque muchos sean los nubarrones que traten de oscurecerla. Queremos mantenernos en esa fidelidad al Señor.
Demos gracias a Dios porque no se nos ha apagado la fe, queremos mantener caldeado nuestro amor y la esperanza nos hace perseverantes en todo momento.

miércoles, 16 de julio de 2014

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 25-27
La advocación de la Virgen del Carmen es quizá una de las más repetidas y que evoca una intenso devoción del pueblo cristiano a la Virgen María, la madre del Señor que también nos la ha dejado como madre. Serán los marinos y todos los que realizan sus tareas en el mar los que la invoquen con devoción sintiendo que María es el ancla segura de su salvación, porque apoyados en María sienten seguras sus vidas en la duras tareas de la vida.
Pero no será solo en los pueblos marinos o a las orillas del mar los que la invoquen con tan dulce nombre porque también queremos sentir la protección de la Virgen del Carmen en la hora de nuestra muerte para que quienes vistamos su santo Escapulario nos veamos pronto liberados de las penas del purgatorio para gozar con María de la gloria del cielo. Es muy habitual en nuestras parroquias que el altar de la Virgen del Carmen vaya adornado con el cuadro de las almas del Purgatorio que con la poderosa intercesión de María son liberadas de sus penas.
Pero además, al menos en nuestra tierra, pocos serán los pueblos que no tengan dedicada alguna iglesia o santuario a la Virgen del Carmen o en nuestros templos parroquiales haya también un retablo dedicado en su honor. De la misma manera que son muchas las personas que llevan este nombre de la Virgen.
Y es que desde que Jesús nos la dejó como madre desde la cruz como hermoso testamento de amor, siempre queremos sentir esa presencia de María a nuestro lado. En ella todos los hijos sentimos el amor y la protección de la Madre; en ella encontramos el ejemplo y el estímulo para nuestro caminar cristiano, porque sus virtudes están diáfanas ante nuestros ojos para que la imitemos y las copiemos en nuestra vida.
Precisamente la devoción del Escapulario del Carmen eso de alguna manera viene a enseñarnos, porque querer vestir el escapulario es querer vestirnos de María, es querer copiar en nuestra vida todas sus virtudes y todo su amor, porque además María es ese molde perfecto que nos configura totalmente con Cristo; es como meternos en María para que María nos envuelva con sus virtudes, pero no de una forma exterior, sino transformando desde lo más hondo nuestro corazón.
Qué mejor modelo podemos tener que María para hacernos ese hombre nuevo de la gracia. Ella fue la llena de gracia porque se dejó inundar de la presencia de Dios en su vida. Son las palabras con las que la saluda el ángel de la anunciación, ‘la llena de gracia por el Señor está contigo’, pero que además va a ser luego cubierta y envuelta por el Espíritu Santo para que el Hijo de Dios se hiciera hombre en sus entrañas.
El texto del evangelio que hoy hemos escuchado, y que repetidamente hemos escuchado en estas ultimas semanas, nos está señalando también el camino de María para ir a Dios, para conocer el misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, dice Jesús,. Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla’.
¿No nos estará hablando Jesús en cierto modo de cómo en María se ha revelado el misterio de Dios? Ella es la que se llama a si misma la humilde esclava del Señor dispuesta siempre al sí, a la disponibilidad, al servicio, a la fe y al amor. En María Dios se manifiesta y se revela de manera especial. Si antes decíamos que tenemos que imitar a María, que tenemos que vestirnos de María, miremos de su humildad y sencillez, miremos de su pequeñez pero de la grandeza de su amor, y haciendo como ella abramos nuestro corazón a Dios que también a nosotros se nos manifestará y nos llenará de su gracia.

Siguiendo siempre los caminos de María estamos seguros que llegaremos a Dios, que nos llenaremos de Dios.

sábado, 28 de junio de 2014

Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor



Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor

Is. 61, 9-11; Lc. 2, 41-51
Si ayer contemplábamos el Sagrado Corazón de Jesús meditando sobre el tesoro inagotable de su amor por nosotros, hoy la liturgia nos invita a hacer esta memoria de la Virgen queriendo fijarnos en su Corazón Inmaculado.
Nos vamos a atrever a acercarnos calladamente a María para abrir ese cofre precioso de su Corazón y tratar de descubrir cuáles son los tesoros maravillosos que allí guarda. En el evangelio repetidamente se nos dice que ante todo lo que le iba sucediendo o iba sucediendo ante sus ojos ella ‘conservaba todo en su corazón’.
¿Qué podemos encontrarnos en el Corazón de María? Primero que nada nos damos cuenta que es la mujer llena de Dios. Como la llena de gracia la había saludado el ángel que le decía que Dios estaba con ella y así la vemos poseída de Dios. Si ayer cuando contemplábamos el corazón de Cristo escuchábamos que si nos amamos los unos a los otros, Dios habita en nosotros y nosotros en El, ¿qué podemos decir, entonces, del Corazón de María, rebosante siempre de fe y de amor?
Iremos, pues, contemplando cómo se suceden todas las virtudes en el corazón de María. Allí vemos resplandecer su fe, la fe de la mujer abierta siempre al misterio de Dios, que se dejaba asombrar por su presencia y por las maravillas que Dios iba realizando en ella. Es la mujer de la fe humilde, porque reconoce las maravillas del Señor y siempre se sentirá pequeña - ahí y así se manifiesta su grandeza - para estar siempre en disponibilidad total para Dios y para los demás.
Se llama a sí misma la humilde esclava del Señor, que siempre estará buscando y rumiando en su corazón cuanto le sucede para descubrir lo que es la voluntad del Señor. Recordemos cómomeditababa en su corazón las palabras del saludo del ángel o cómo preguntaba para entender lo que era la voluntad de Dios.  Se llamará a sí misma también la humilde esclava siempre dispuesta al servicio y correrá a la montaña de Judá donde sabe que podrá prestar sus servicios, o estará atenta allá donde pueda haber alguna necesidad para buscarle solución, como la vemos en las Bodas de Caná.
Y contemplamos la pureza y la santidad de vida en la que resplandecerán todas las virtudes. Ella es la imagen de la mujer fuerte y trabajadora, de la que nos había hablado la Biblia, pero contemplaremos de manera especial su fortaleza en los momentos de la prueba y del dolor. De pie la contemplamos junto a la cruz de Hijo en el momento de la entrega, como la mujer fuerte que también sabe hacer su ofrenda de amor, el sacrificio de su entrega en el sufrimiento con el que se une a la pasión redentora de Cristo; porque se siente fortalecida por la fuerza del Espíritu divino para realizar con firmeza esa suprema ofrenda del sacrificio de lo que más amaba, su Hijo; porque bien sabía que aquel dolor, aquella muerte en la cruz tendría un valor redentor para todos nosotros ya que bien entendía el significado del nombre de Jesús que salvará a todos de sus pecados.
Pero en esa fortaleza en el dolor y el sufrimiento florece también la virtud de la esperanza en la confianza total y absoluta en las palabras de Jesús que anunciaban tras aquella muerte vida y resurrección. No faltaba la esperanza y la confianza en el corazón de María, como quien se pone en las manos de Dios porque así se siente protegida y sostenida por el Señor confiando en el cumplimiento de sus promesas salvadoras. Es la esperanza de María en ese mundo nuevo del Reino de Dios que ella ya canta en el Magnificat porque sabe que todo puede cambiar, todo va a cambiar donde los hambrientos se van a ver colmados de bienes mientras los ricos van a ser despedidos sin nada. Es el cántico de la esperanza en el Reino nuevo que en Jesús se va a realizar.
Podríamos seguir ahondando en el Corazón de María porque se convierte para nosotros en una fuente inagotable de virtudes y valores que podemos imitar. Tratemos nosotros de meternos en ese corazón maternal de María, donde sabemos bien que tenemos nuestro lugar - todos cabemos en su corazón porque así lo hace grande el amor - porque es la madre que nos ha acogido como hijos desde que Jesús nos confiara en la cruz a su amor de Madre y así ya para siempre la podemos sentir junto a nosotros, o más bien, nosotros metidos en su corazón. No olvidemos que amar es meter en el corazón a aquellos que amamos y es lo que hace María con nosotros.
Sí, metámonos en el corazón María para empaparnos de sus virtudes y sus gracias. Cuanto necesitamos aprender de María, llenarnos de María, para así llenarnos de Dios. Nos dejamos contagiar por su fe, para abrir nuestro corazón y nuestra vida a Dios, para saber estar atentos como María a la acción de Dios que de tantas maneras se nos va manifestando en nuestra vida, pero que algunas veces andamos como ciegos y no sabemos sentir se presencia llena de amor.
Empapados en su amor, en el amor de María, aprenderemos mejor lo que es el amor verdadero, el servicio desinteresado, la entrega humilde y generosa, la disponibilidad total porque así podremos aprender a estar más cerca de los otros, que nada nos aleje de los hermanos, porque amándolos los metemos en nuestro corazón, pero es que además si aprendemos a amarnos así, sentiremos cómo Dios habita en nosotros para que nosotros habitemos también en El.
Metiéndonos de verdad en el corazón de María aprenderemos a ser fuertes en las tribulaciones y en las pruebas; el corazón Inmaculado de María, siempre lo contemplamos rodeado de una corona de espinas que florecen porque siempre en María estuvo la esperanza, sabía que tras la pasión y la muerte estaba la vida y la resurrección; aprendamos, pues, del corazón de María que por muy punzantes que puedan ser las espinas del dolor, del sufrimiento, de los problemas a los que tengamos que enfrentarnos en la vida siempre hay la esperanza de que todo tiene un sentido, siempre hay la esperanza de que si sabemos hacer una ofrenda de amor de nuestro sufrimiento nuestro dolor se convierte en corredentor con el de Cristo en la cruz, y que esas espinas van a florecer en el amor porque estamos contribuyendo con esa ofrenda y con nuestra oración desde el dolor a hacer ese mundo nuevo del Reino de Dios.
Mucho más podríamos seguir meditando al calor del corazón de María; simplemente sintamos su presencia de amor que nos habla de Dios, que nos llena de Dios, que nos conducirá siempre a la paz y al amor de Dios.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una Palabra del Señor que con fe y humildad acogemos en nuestro corazón

Rm. 2, 1-11; Sal. 61; Lc. 11, 37-41
Para comenzar a comentar el texto del evangelio que se nos ha proclamado hoy hemos de decir que es una continuación exacta del que hubiéramos escuchado ayer, de no ser por la celebración del día de santa Teresa de Jesús con sus lecturas propias.
Parten todas estas palabras de Jesús de denuncia de la actitud de los fariseos de lo sucedido en una ocasión en que invitaron a Jesús a comer en casa de un fariseo y estaban todos muy pendientes de si Jesús se lavaba las manos o no antes de sentarse a la mesa. Jesús que conocía bien el corazón de los que le rodeaban y sus intenciones les habla fuerte de que lo que hay que tener bien limpio es el corazón. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, les dice.
Pero escuchemos esa Palabra del Señor no solamente como dicha a aquellos fariseos y letrados que le acompañaban entonces en la mesa, sino sintamos hondamente en nosotros que esa Palabra nos la está diciendo hoy el Señor a nosotros. ‘Pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’, les dice; nos dice. Vivían unas actitudes y posturas muy escrupulosas para fijarse en esos pequeños detalles, pero luego su corazón estaba endurecido para las cosas verdaderamente importantes.
Querían  aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados hasta como piadosos, pero olvidaban lo esencial. No es que no tengamos que tener en cuenta las cosas pequeñas, que ya nos dirá en otro momento que el que no sabe ser fiel en lo pequeño en lo importante no lo será, pero sí nos está diciendo que no olvidemos la justicia, el respeto y la valoración de las personas, el amor a Dios y el amor que hemos de tener al hermano. Que no nos podemos quedar en las apariencias, sino que es desde lo más hondo de nosotros mismos desde donde tenemos que transformar nuestro corazón para llenarlo de las más hermosas virtudes.
¿De qué nos vale fijarnos en minucias si luego no tenemos verdadero amor al hermano que está a nuestro lado? Aprendamos a valorar a la persona, a toda persona; aprendamos a ser justos en nuestras relaciones con los demás actuando con sinceridad, alejando de  nosotros toda falsedad e hipocresía, no dejándonos nunca arrastrar por la vanidad y las apariencias; aprendamos a arrancar de raíz de nuestro corazón los malos sentimientos hacia los demás como la envidia o los rencores; transformemos nuestro corazón para llenarlo de humildad, de paz, de mansedumbre, quitando todo brote de violencia, de orgullo o de soberbia.
Los letrados reaccionaron ante las palabras de Jesús - ‘diciendo eso, nos ofendes también a nosotros’, le dicen - pero Jesús les replica que no se contenten con imponer cosas a los demás, sino que sean ellos los primeros en cumplirlas en su vida.
Os confieso una cosa. Cuando me hago esta reflexión en torno a la Palabra de Dios que comparto con ustedes en la celebración - o través también de las redes sociales en internet intentando llegar a mucha gente - primero que nada me la hago para mi mismo; tengo que pensar, por supuesto desde mi ministerio, en todos aquellos a los que va a llegar esta reflexión sobre la Palabra pero antes me la aplico a mí mismo, me veo reflejado en lo que el Señor nos dice o nos pide y siento que es a mí el primero a quien el Señor se lo está diciendo. No quiero ser simplemente un altavoz mecánico que trasmita unas palabras o unas reflexiones, sino quiero abrir los oídos de mi corazón para sentir lo que el Señor me dice o me pide. Doy gracias porque así esta Palabra también va haciendo mella en mi corazón, y confieso humilde que no siempre le doy la respuesta que el Señor me pide en su Palabra.

Con humildad pongámonos siempre ante la Palabra del Señor que se nos proclama; con mucha fe, para reconocer que es Dios mismo quien nos está hablando allá en lo hondo de nuestro corazón. Pidámosle su gracia, que no nos falte nunca, para que sepamos acogerla y plantarla en nuestra vida de manera que siempre dé fruto al ciento por uno.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.