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lunes, 12 de octubre de 2026

María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

 


María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

1 Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28

Todos necesitamos en la vida un acompañante que vaya a nuestro lado en el camino; nos da seguridad, nos da confianza y nos hace perder los miedos, en determinados momentos nos puede servir de guía cuando no encontramos bien el camino y es alentador sentir a nuestros pasos los pasos de quien nos acompaña en el camino. Muchas veces en nuestra autosuficiencia y en nuestros orgullos los negamos y hasta rechazamos porque nos decimos que no tenemos miedo o que nos sabemos bien el camino, y olvidamos también aquello que popularmente se dice que cuatro ojos ven más que dos.

Y no estoy refiriéndome solamente a caminos geográficos que tengamos que realizar con sus consiguientes peligros y desorientaciones, por una noche oscura, por los peligros que nos puedan acechar en el camino, abismos que nos rodean o espesuras de bosque que nos envuelvan, por sus dificultades o porque podamos ser asaltados, sino creo que todos entendemos que la imagen pueda tener un significado más amplio. Es sencillamente la presencia de una madre o de unos padres que nos acompañan en nuestro crecimiento; ese consejero y confidente al que le pedimos que nos ilumine nuestros rumbos o nos ayude a encontrar nuestras metas y que camina a nuestro lado haciéndonos ver lo que necesitamos pero dejándonos hacer nuestro camino; ese amigo de toda confianza al que siempre sentimos a nuestro lado y sin decirnos quizás demasiadas cosas nos hace ser más razonables en nuestros caminos. Nos acompañan en nuestro caminar y nos dan confianza también en nuestras posibilidades.

Es lo quiero sentir con el evangelio en la mano donde Dios nos hace sentir la presencia y la fuerza del Espíritu en nuestro interior que nos ilumina, nos impulsa, nos fortalece, nos acompaña en el camino para que no perdamos nuestros rumbos. Cuidado que nos creamos que lo sabemos todo y que no necesitamos ese acompañante, en este caso, el Espíritu Santo. Ahí lo tenemos todo, es cierto, aunque no siempre nos dejamos conducir, nos dejamos guiar y en nuestro orgullo nos lo queremos saber todo y decir que por nosotros mismos somos capaces de todo.

Pero hay algo más como regalo de la misericordia divina y es que Jesús nos ha querido dejar su madre como nuestra madre, como lo vemos en su testamento de la cruz. María va jalonando nuestro camino como ha sido y ha hecho a lo largo de la historia. Es en consecuencia la devoción tan tierna que tenemos a María, la madre del Señor. Hoy precisamente celebramos una fiesta de María que en la tradición cristiana vemos esa presencia de María en aquellos primeros momentos de la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el Pilar de Zaragoza, ese signo y señal que allí nos ha quedado como recuerdo perpetuo de la predicación del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas y cómo María, viviendo aún en carne mortal de alguna forma misteriosamente se hizo presente al Apóstol como acompañante de su camino de evangelización.

Son tradiciones que se ahondan en el mito de la leyenda pero que sin embargo con ese signo milagroso del pilar a lo largo de los siglos hemos sentido siempre esa señal de la presencia de María que siempre ha estado en nuestro camino; se han multiplicado los nombres con que invocamos a María en los distintos lugares y regiones, pero siempre ha permanecido esa invocación de la Virgen del Pilar, porque María en verdad ha sido un pilar de nuestra fe al tiempo que un punto de arranque y partida para labor evangelizadora que nuestros misioneros ha realizado a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.

Sintamos, pues, a María, la madre de Jesús, la Madre de Dios, que nos dejó como regalo como madre para que nos acompañara en ese camino de nuestra fe, de nuestra vida. Ahí está misteriosa esa presencia de María, que no quiere ocupar ningún lugar que no le corresponda, que solo es la madre, que solo es la que nos acompaña en ese camino de nuestra vida. Así con María nos sentirnos seguros y fuertes en nuestras luchas y en nuestros caminos, iluminados porque nos refleja siempre la luz de Jesús en toda situación e impulsados por su amor para que también nosotros seamos testigos de nuestra fe, seamos evangelizadores en ese mundo que tanto necesita del Evangelio. María como madre nos ayuda a crecer porque ella siempre nos llevará a Jesús donde encontraremos ese vino nuevo de la gracia.

Démosle un buen sentido a nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen María; con ella no nos sentiremos confundidos, con ella a nuestro lado tenemos la certeza de que hacemos el camino de Jesús y no simplemente nuestros caminos.


domingo, 12 de octubre de 2025

Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

 


Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Hechos 1, 12-14; Lucas 11, 27-28

En la complejidad de lo que es la vida, después que hayamos pasado por muchas experiencias, unas oscuras en muchas ocasiones, pero otras también llenas de luminosidad, cuando tenemos que seguir enfrentándonos al camino de la vida nos entran miedos y nos llenamos de dudas, nos sentimos inseguros, necesitamos tener claros los pasos que tenemos que ir dando y aunque haya quien nos haya dado pautas, sin embargo, nos detenemos a pensar, a reflexionar, a replantearnos las cosas, a sentir esa seguridad que necesitamos para avanzar. Buscamos unos apoyos, unos pilares que mantengan firme el edificio que pretendemos construir con la vida.

Esto son cosas que nos suceden en las responsabilidades que hemos asumido en la vida, en los trabajos que tenemos que realizar, pero también allá en lo más hondo de nosotros mismos y en nuestra propia identidad; es algo que también en el camino de la fe nos sucede y nos planteamos, buscando esa luz que nos viene de Dios por la fuerza de su Espíritu para continuar con nuestro compromiso cristiano.

Hoy el texto de la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos hablaba de lo que hizo el grupo de los discípulos después de aquella ultima manifestación de Jesús en que antes de subir al cielo los envió por el mundo para anunciar el evangelio. Pero ya también Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Hemos de reconocer que se encontraban en una situación anímica como la que hemos venido describiendo en esta reflexión.

Allá se fueron al Cenáculo de nuevo, aquel lugar de tantas experiencias no solo en la cena pascual sino también como refugio en los momentos de la pasión de Jesús, pero también escenario, por así decirlo, de su experiencia pascual. Allí los había encontrado Jesús después de su pasión y su resurrección. Ahora allí estaban de nuevo en oración, en reflexión – algunas decisiones tuvieron que tomar como elegir al sustituto de Judas en el grupo de los Doce -, en silencio de búsqueda, en tensión de su espíritu para la misión que Jesús les había encomendado. Y nos dice que estaban no solo el grupo de los apóstoles más cercanos a Jesús sino algunas mujeres y con ellas María, la madre de Jesús.

¿Era el apoyo que necesitaban? ¿Era la búsqueda de esa fortaleza interior y ese coraje para lanzarse por el mundo para el anuncio del Evangelio? ¿Era la apertura de su mente y de su corazón para abrir los horizontes de su vida que tenía que ir más allá de aquellos rincones de su Galilea o de su tierra de Palestina, la tierra prometida que habían recibido sus padres? Y María está ocupando un lugar importante en ese grupo, por algo de manera especial la recuerda el autor de los Hechos de los Apóstoles.

Se nos ofrece este texto en la liturgia de este día en que celebramos a la Virgen en esa advocación tan querida para nosotros del Pilar. Es todo un signo y una señal en nuestra vida, en el camino de nuestra vida cristiana, en nuestro camino también de apóstoles y evangelizadores que hemos de ser en medio de nuestro mundo. Somos también los enviados del Señor que necesitamos de ese coraje, de esa fuerza interior, de esa fuerza del Espíritu como estaban allí esperando los Apóstoles en el Cenáculo y que se manifestaría en Pentecostés. Pero es una imagen y un signo muy hermoso que contemos con esa presencia de María.

¡Qué hermosa esa Advocación del Pilar! Un pilar de apoyo y fortaleza, como un edificio que hemos de edificar con sólidos cimientos pero con la fortaleza de unas columnas que den armazón al edificio. Un pilar como era los que se ponían en las antiguas calzadas romanas que atravesaban el imperio y que iba señalando rutas, que iba marcando distancias, que daba seguridad a los caminantes de seguir la ruta cierta y segura.

En la tradición de nuestra Iglesia en España tenemos desde siempre ese Pilar que quedó como signo y señal de esa presencia de María junto al apóstol que hizo el primer anuncio del Evangelio en nuestras tierras. Pero ese Pilar ha continuado presente en toda la historia de la Iglesia española a través de los tiempos para hacernos sentir esa presencia de María junto a nosotros en nuestros caminos, en nuestra vida, como lo estuvo presente, según hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles, allí en el Cenáculo junto a los discípulos y apóstoles sobre los que había de constituirse la Iglesia. Así María ha estado siempre junto a nosotros, como Madre, como compañera de camino, como signo de luz de fortaleza para nuestras vidas.

Como nos ha dicho el evangelio en ella contemplamos la imagen de la que ha plantado la Palabra de Dios en su vida y que merecería todas las alabanzas. ‘Dichosos más bien los escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Aquella mujer que fue llamada bienaventurada porque en su carne se hizo carne el Hijo de Dios y con su pecho lo alimentó como Madre, lo es dichosa también por ella siempre quiso que en ella se cumpliera la Palabra del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

jueves, 12 de octubre de 2023

Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

 


Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11, 27-28

Bienaventurados, dichosos, felices nos sentimos cuando las cosas nos marchan bien en la vida, cuando podemos disfrutar de tantas cosas bellas y agradables que la vida nos ofrece; y cuando pensamos en ello, no estamos precisamente en que nos veamos colmados de riquezas o de bienes materiales; pensamos más bien, cuando podemos sentir paz en el corazón, cuando reina la buena armonía con aquellos que nos rodean, cuando disfrutamos de la familia que nos rodea y nos arropa, o pensamos en la suerte de tener buenos amigos que nos van acompañando en el camino de la vida, en medio incluso de nuestras luchas, de nuestros momentos que no son tan fáciles, pero que tenemos esa suerte, por decirlo de alguna manera, de tener quienes nos acompañan, son un estímulo y un apoyo. No buscamos grandes cosas, pero nos sentimos dichosos, nos sentimos felices.

Todos ansiamos ser dichosos en la vida, soñamos con ello, lo buscamos, y de la misma manera lo deseamos para los demás. Disfrutamos también cuando vemos gente que vive feliz a nuestro alrededor; admiramos la dicha y la felicidad que puede vivir una madre rodeada de sus hijos; nos gozamos cuando vemos un matrimonio feliz, cuando contemplamos una familia unida, de alguna manera queremos nosotros también hacernos partícipes de su dicha y felicidad.

¿Sería algo así lo que pasaba por el corazón y la mente de aquella mujer anónima de la que nos habla el evangelio, que estaba disfrutando al escuchar a Jesús al llenarse su corazón de una esperanza nueva, y pensó en la dicha que podía sentir también en su corazón la madre de Jesús orgullosa de su Hijo y de lo que hacía?

Nos habla hoy el evangelio de esa mujer anónima que levanta su voz en grito en medio de la gente. ¡Viva la madre que te parió!, sería la forma en que traduciríamos sus palabras. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Una alabanza para María que viene a cumplir lo que ella misma proféticamente había anunciado en el cántico de alabanza a Dios cuando la visita a Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Y es el primer grito, aunque ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo que se le había anunciado se cumplirá, que tendrá su continuación a lo largo de los siglos en las alabanzas que todos dedicamos a la Madre, que todos dedicamos a María.

Pero algo más quiere decirnos Jesús aprovechando estas alabanzas. No enmienda Jesús la alabanza de aquella mujer, sino que vendrá como a darle un mayor sentido y profundidad. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es también una alabanza para María, la que había plantado la Palabra de Dios en su corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel.

Pero ha de ser el camino que nos haga verdaderamente dichosos a nosotros también. Dichosos y bienaventurados seremos si somos capaces también de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón. Dichosos nosotros cuando cumplimos la Palabra de Dios en nuestra vida. Dichosos nosotros si plantamos nuestra casa, plantamos nuestra vida sobre el cimiento firme de la Palabra de Dios. Dichosos nosotros cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que toda nuestra vida tenga un nuevo color, un nuevo sabor, un nuevo perfume que seamos capaces de transmitirlo a los demás.

Hoy estamos celebrando una fiesta de María, la Virgen del Pilar. María se nos muestra así con la firmeza de la fe y del amor, su imagen apoya sobre un pilar que se hunde en la roca firme nos está señalando como toda nuestra vida tendrá siempre mantenerse firme apoyada en la Palabra de Dios.

Su imagen bendita, que nos habla de la tradición antigua de la fe anunciada por el Apóstol Santiago en nuestras tierras españolas, ha servido de soporte para mantenernos a lo largo de los siglos en la firmeza de esa fe, pero ha sido también la que nos ha lanzado por los caminos del mundo para ser misioneros de esa fe. Que María del Pilar nos siga manteniendo, sea luz en nuestro camino que a veces se nos hace oscuro, para que sigan resplandeciendo los valores del Evangelio y podamos seguir construyendo con ese ardor misionero el Reino de Dios en nuestro mundo.

Sintámonos dichosos porque tenemos a María como madre, sintámonos dichosos porque de ella aprendemos a escuchar el evangelio de Jesús.


miércoles, 12 de octubre de 2022

Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

 


Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

‘Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mi’, había proclamado proféticamente María en el cántico en la visita a su prima Isabel en la montaña. Ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo anunciado para ella tendría su realización.

Hoy contemplamos ya en el evangelio que será una mujer anónima la que entre la multitud proclame en un cántico de alabanza a la que es la madre del Señor. ‘Dichosos los pechos que te amamantaron y el vientre que te llevó’, proclamaría aquella mujer dando comienzo a ese cántico ininterrumpido de alabanzas a María que se prolongaría por todas las generaciones y a través de todos los tiempos.

Hoy estamos celebrando una de esas fiestas a María que tiene tradición de siglos y nos manifiesta también tradiciones milenarias que nos hablan de la presencia de Maria en la evangelización de nuestra tierra. Será algo que de una forma o de otra se repetirá a lo largo de la historia. Hoy las tradiciones nos hablan de esa presencia milagrosa de María junto al apóstol Santiago en los momentos de la primera evangelización de nuestra tierra.

No es necesario que queramos reducirlo a hechos históricos, sino que hemos de saber contemplar la historia de una tradición, pero que es la historia del amor del pueblo cristiano a María y de la presencia que siempre María ha tenido haciéndose presente en la vida y en la historia de la Iglesia y que nos ha servido de ariete y de estímulo en la tarea de la evangelización.

Las tradiciones de tantos lugares que nos hablan de una presencia milagrosa de la Virgen en el encuentro con su sagrada imagen de ello nos están hablando, siendo de alguna manera siempre María la primera misionera que de formas extraordinarias y milagrosas se hace presente en esos caminos de evangelización. Esas apariciones de la Virgen, como el pueblo cristiano en su sencillez quiere expresarlo, no viene a ser otra cosa que un signo de esa tarea de evangelización, de anuncio del Evangelio.

Y María, la que estuvo presente en aquella iglesia naciente, en el cenáculo, en la espera de la venida del Espíritu Santo, así se manifiesta, así está presente en la Iglesia, así nos ayuda en esa tarea de la evangelización. Muchas veces esa imagen de la Virgen sigue siendo el único eslabón entre la religiosidad del pueblo llano y sencillo con el Señor nuestro Dios. Por María siempre podremos ir hasta Jesús, porque María siempre nos señalará el camino de Jesús, el camino del Evangelio cuando a nosotros nos diga también que hagamos lo que El nos dice.

Hoy celebramos a la Virgen del Pilar, tan enraizada en la devoción del pueblo cristiano español y posteriormente de aquellas naciones y países, sobre todo de América, donde España tuvo la misión especial de llevar el Evangelio. La Virgen del Pilar, cuya imagen vemos sobre un pilar, sobre un pedestal bien anclado en la tierra, y de ahí su nombre, viene a ser así ese pilar que nos ayuda a mantenernos firmes y fortalecidos en la fe.

Pilar bien anclado en nuestra tierra como lo es esa devoción a María, pero bien anclado sobre todo en el evangelio de Jesús que nos pretende mostrar. Llega así ese torrente de vida y de gracia a través de María, significada de esa manera en ese pilar, para alimentar nuestra fe, para fortalecernos en nuestra fe, para no dejarnos vencen por tantos embates contra nuestra fe que hoy, como en todos los tiempos, estamos recibiendo.

Necesitamos esa fortaleza de nuestra fe para seguirla proclamando con valentía en medio de nuestro mundo. Con María del Pilar así nos sentimos fortalecidos; nos arracimamos en torno a su pilar para mantenernos unidos; salimos al mundo con ese estandarte de ese pilar de María que siempre veremos coronado de la Cruz de Cristo. Como en algún momento de la historia se reveló, con ese signo vencerás.

Hoy nosotros, en esta fiesta del Pilar, nos unimos a todas esas generaciones que a través de la historia han cantado alabanzas en honor de María, seguiremos proclamándola dichosa y bienaventurada porque reconocemos la obras grandes que en ella realizó el Señor y por ella sigue realizando para toda la humanidad. Es el regalo que con nuestra fe queremos hacer también a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio.

 

martes, 12 de octubre de 2021

María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

 


María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

No es ajeno cuanto sucede en nuestro entorno a nuestras preocupaciones y a lo que es nuestra vida de cada día y en estos días no podemos quitar de nuestro pensamiento el sufrimiento de cuantos están sufriendo las consecuencias del volcán que asola una de nuestras islas. Surge necesariamente nuestro sentimiento de solidaridad y tratamos de ponernos en su carne cuando con la violencia del volcán se están viendo despojados de todo, sus casas con todas sus pertenencias, sus terrenos de cultivo, su vida misma.

Todos tenemos una referencia importante es nuestra vida, que no se mira solo como una riqueza, sino que es parte de su vida misma; es su casa, es su hogar, es allí donde hacen su vida, es donde tienen tantos recuerdos porque quizá perteneció a sus padres y es algo así como su referencia familia con todo lo que en ese lugar se ha vivido, ha vivido la familia. Es un punto de referencia importante para la vida de la persona. Pensamos en los sentimientos dolorosos que afloran en lo más profundo de esas personas que así lo han perdido todo.

Sin dejar de tener en cuenta esos sentimientos de solidaridad que tienen que despertarse en nuestro corazón, hoy en esta fiesta de la virgen he querido también tomar esa referencia. De ello de alguna manera nos quieren hablar los textos de la Escritura que se nos ofrecen, sobre todo la primera lectura tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento.

Se nos habla ahí del traslado con gran regocijo de todos del Arca de la Alianza que les había acompañado como un signo de la presencia de Dios en todo su peregrinar por el desierto. Aunque todavía en el texto se habla de una cierta provisionalidad, los deseos son poder levantar un templo para el Señor que contenga ese Arca de la Alianza con todo su significado. Ese templo del Señor, esa morada de Dios entre nosotros los hombres que tanta importancia va a tener a lo largo de toda la historia de la salvación, del pueblo judío. Un lugar que sirva de referencia para ese encuentro con Dios, un lugar donde todos puedan confluir y donde todos se sientan a gusto como en una casa familiar porque es la casa de Dios.

Pero este texto se nos ofrece hoy en la liturgia también en una clara referencia a María, cuando la estamos celebrando en esta advocación de Nuestra Señora del Pilar. María es también ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de nosotros los hombres. Cuando Dios quiere encarnarse haciéndose hombre lo hace en el seno de María, y María que se convierte así en la Madre de Dios es para nosotros ese templo de Dios donde quiere morar, donde quiere encarnarse para hacerse hombre.

‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, proclama aquella mujer anónima cuando escucha a Jesús. Ese vientre de María, verdadero sagrario de Dios; en su vientre durante nueve meses se gestó aquella criatura que no era simplemente un hombre que iba a hacer, sino que allí estaba verdaderamente Dios en esa unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la persona de Jesús.

Por eso, por ejemplo, siempre decimos que aquel camino que María hizo hasta la montaña de Judea en la visita a su prima Isabel fue como la primera procesión del Cuerpo de Cristo, porque allí llevaba en su seno María a Dios mismo. ¿No se revolvió de gozo el hijo de Isabel en su seno materno con la presencia de María? ¿No será un signo de cómo aquel niño profeta, como solo saben hacerlo los profetas, los hombres de Dios, sintió la presencia de Dios en el seno de María?

Esa referencia en nuestro hogar que tenemos de nuestra vida misma, como antes reflexionábamos, la estamos teniendo en María, la madre de Dios. Por eso María, la Virgen Madre de Dios, siempre nos conducirá a Dios, nos hará presente a Dios en medio de nosotros. Es el templo, es el sagrario, es la morada de Dios que nos trae a Dios, siempre será referencia para nosotros de la presencia de Dios.

Hoy la contemplamos y celebramos sobre la columna del Pilar, hermoso significado también para nosotros. La columna que nos sirve de apoyo y fortaleza y que nos ayuda a edificar con cimiento firme nuestra vida de fe. Cuando nos apoyamos en María, como un hijo sabe apoyarse en su madre nunca nos sentiremos defraudados, nunca se debilitará nuestra fe.


María como señal que encontramos a lo largo del camino para que no perdamos el rumbo; en la antigüedad en las grandes vías del imperio había de tramo en tramo unos postes, unas columnas – el miliario o poste miliar - que iban indicando la ruta a donde nos llevaba y de donde provenía para no perder el rumbo, que hoy lo tenemos en nuestros caminos y carreteras en esos carteles y en esas señales que nos indican el camino o carretera por donde circulamos. Pensemos en María como esa columna miliar que nos da la seguridad del camino de Jesús del camino del evangelio.

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.

viernes, 12 de octubre de 2018

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11,27-28

Una tradición casi legendaria nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la tarea de la evangelización de nuestra tierra española. Allí en la antigua Cesareagusta, hoy Zaragoza, junto al río Ebro quedó como señal aquel Pilar de la fortaleza que por la fuerza del Espíritu y con la presencia de María a nuestro lado ha de anunciarse y mantenerse la fe cristiana en nuestra tierra y en el mundo.
Así nació desde los tiempos más inmemoriales la devoción a María, que como un signo en su pequeña imagen sobre el Pilar, nos ayuda a mantener con fortaleza nuestra fe, a proclamarla con perseverancia y a expresarla en los mejores signos del amor. Hoy 12 de octubre es para nosotros la fiesta de la Virgen del Pilar. Ha sido así a través de los siglos y hoy seguimos invocando con amor a nuestra Madre, porque ella como Madre ha estado y está siempre a nuestro lado ayudándonos a preservar nuestra fe frente a tantos peligros que la acechan y es un espejo en el que mirarnos para descubrir en todo momento cuales son los caminos de Jesús.
A través de los tiempos y con el paso de los siglos muchos han sido los momentos duros como nos refleja la historia en que nos hemos visto convulsionados en nuestra fe, momentos también de persecución y hasta de martirio, momentos oscuros en que nos hemos visto envueltos por la indiferencia de tantos en lo que atañe a la fe que a todos  nos debilita, igualmente que momentos floridos en que ha resplandecido la fe y la santidad de tantos que nos han precedido o también, por qué no pensarlo, están a nuestro lado y son un estimulo fuerte en ese camino de la vivencia de nuestra propia fe.
Y María ha estado ahí siempre como un faro de luz que nos guía en nuestro camino para que vayamos siempre hasta Jesús, para que no nos acobardemos en nuestra debilidad o en esos momentos difíciles en que se pueda poner a prueba nuestra fe. Sentir la presencia de María nos da fortaleza en nuestro camino, nos da seguridad frente a los peligros que tenemos que afrontar, sentimos su aliento de madre junto a nosotros que nos da esperanza.
Y eso hoy, en los tiempos en que vivimos que no son mejores ni peores que otros tiempos de la historia, queremos sentirlo una vez más con la presencia de María. A ella acudimos como a una Madre, porque así nos la dejó Jesús, en ella nos refugiamos, pero no para escondernos frente a aquellos que nos puedan hacer oposición sino para salir más fortalecidos en esa tarea de anuncio del evangelio que en estos nuevos tiempos con valentía tenemos que hacer.
Hoy la Iglesia, aparte de otras muchas cosas que la convulsionan, esté comprometida en la tarea de una nueva evangelización. Y no es solo pensando en lejanos lugares donde por primera vez haya de anunciarse el nombre de Jesús, sino que es en nuestra tierra, en aquellos que nos rodean y con quienes convivimos donde tenemos que realizar esa tarea.
Hay en muchos lugares momentos de un reflorecimiento del fervor religioso, nuestro pueblo a pesar de tantas cosas que tiene en contra se dice cristiano y religioso y en alguna cosa y en algunos momentos lo manifiesta, sobre todo cuando es en actos en torno a María, pero bien sabemos que nuestra sociedad está bien lejana en muchos aspectos del sentido del evangelio, aunque también aparecen buenos brotes de semillas que no están lejos del Reino de Dios.
Y es ahí donde tenemos que evangelizar; es ahí donde queremos sentir de manera especial esa presencia de María, que a través de sus distintas imágenes en la devoción sana de nuestros pueblos, aun hace que se mantenga un rescoldo de fe. Es lo que tenemos que avivar con la fuerza del Espíritu, con la presencia de María, para que en verdad nuestros corazones y nuestras gentes se abran de nuevo al mensaje del evangelio.
Que María sea ese Pilar que nos fortalezca en nuestra fe; hoy la invocamos en la Advocación del Pilar que une en torno a si a todas las naciones hispanas del Nuevo Mundo; hoy en nuestra tierra tinerfeña la contemplamos peregrina en su imagen bendita de Candelaria en los caminos de la nueva evangelización en esa visita que en estos momentos está haciendo a nuestra zona metropolitana; o Virgen de Guadalupe en otra de nuestras islas, La Gomera, en su bajada al encuentro con sus hijos realizada en estos días; y así en tantas y tantas otras advocaciones de nuestra devoción. Amemos a María y con ella vayamos siempre hasta Jesús.

 

jueves, 12 de octubre de 2017

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Una piadosa y secular tradición nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el sentido de la madre que está junto a sus hijos y que con su presencia mística y espiritual acompañaba a los discípulos de Jesús en los caminos de la evangelización del mundo. Como un signo de ello allí quedó el Pilar en las orillas del Ebro en aquella antigua ciudad de Cesaroaugusta que nos recordará para siempre esa presencia de María junto a sus hijos como Madre de la Iglesia y modelo de nuestro camino de fidelidad al evangelio.
Las puertas del templo que guarda ese sagrado signo del Pilar con la imagen de María están abiertas permanentemente para que todos como buenos hijos sepamos acudir a la Madre que es nuestro consuelo y alienta nuestra esperanza en los caminos de la vida y nos estimula al mismo tiempo en esa tarea evangelizadora de nuestro mundo.
Hoy celebramos su fiesta y nos alegramos como los hijos se alegran con la madre y se gozan en su amor; hoy la invocamos para que ella nos ayude a encontrar ese pilar en el que fortalecer nuestra fe, alentar nuestra esperanza y hacer crecer más y más nuestro amor. Hoy queremos sentir de manera especial esa protección de María, como las madres saben hacerlo siempre con sus hijos, para alejar de nosotros todos los peligros que puedan poner en riesgo nuestra vida pero sobre todo nuestra paz interior y la buena convivencia que siempre hemos de vivir con los demás a los que tenemos que sentir siempre como hermanos.
Son tiempos convulsos y de mucha confusión los que vivimos en muchos aspectos de la vida. Me fijaré en algunos aspectos; una cierta inestabilidad social pone en peligro nuestra convivencia en paz y hay el peligro de que surjan nuevos odios o antiguos resentimientos que como heridas quizá mal curadas siguen afectándonos allá en lo más hondo de nuestro corazón; los problemas parece que aumentan en nuestra sociedad cuando no siempre sabemos buscar el entendimiento, no promovemos como tendríamos que hacerlo el encuentro y el diálogo, y se producen rupturas en la sociedad y en las familias que no solo nos alejan los unos de los otros sino que además muchas veces nos lleva a enfrentamientos que no desearíamos. Tratemos de fijarnos en cosas concretas en este sentido que estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad que nos lleva a la crispación, al miedo y la desconfianza sobre nuestro futuro, al enfrentamiento y a la falta de paz.
Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar que como un faro de luz está ahí en el centro de nuestra sociedad y de nuestra tierra. De ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, para que sepamos como ella tener siempre una mirada de amor. Que aprendiendo de la humildad de María sepamos ir al encuentro de los demás para ser verdaderos constructores de paz, de fraternidad, de armonía y buena convivencia por encima de aquellas cosas que nos puedan diferenciar pero que no nos tienen por qué distanciar.
Que con la ayuda de María, la gracia que ella nos obtenga del Señor sepamos ser constructores de esa nueva sociedad que desde nuestros diferentes valores y carismas vayamos construyendo. Que cada uno con sus propias particularidades, con esos colores distintos con que cada uno miramos la vida, vayamos entretejiendo una sociedad bella en la que todos tengamos nuestro lugar y cada uno aportemos la belleza de nuestra vida y de aquello bueno en lo que creemos. Seguro que lograremos un bello mosaico en el que todos con una convivencia en paz y armonía podamos ser cada día más felices.
Que pongamos a María ahí en el centro de nuestro corazón para que sintamos en verdad el impulso de su amor de madre. Ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe en el Dios que nos ama y nos fortalece; ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe también en el hombre, nuestro hermano, porque nos hará descubrir cuanto de bueno hay en cada persona para que con ello vayamos logrando esa armonía y esa paz para la convivencia de toda nuestra sociedad. Que nos agarremos fuerte de ese Pilar que nos ofrece María que no es otro que apoyarnos fuertemente en el evangelio de Jesús que tenemos que plantar de verdad en nuestra vida.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Hoy celebramos el día de la Virgen del Pilar. Una fiesta muy entrañable para todos los españoles y para toda la hispanidad. Una fiesta que es un eco de aquel grito de la mujer anónima que bendecía a la madre de Jesús, cumplimiento de las palabras proféticas de María que en el Magnifica anunciaba que la felicitarían todas las generaciones, pero que se convierte en un reto para nosotros que seremos bendecidos si, como María, escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón, como nos ha dicho Jesús en el evangelio.
La tradición, entre las penumbras de la leyenda, nos habla de la presencia de María haciéndose cercana al apóstol Santiago mientras anunciaba el Evangelio en nuestras tierras hispanas. Como un hito, como un signo grande allí quedó el Pilar sobre el que descansan los pies de la Virgen y a donde acuden millares y millares de devotos para sentir el amor y la protección de María que siempre nos conduce hasta Jesús.
Es la madre que se hizo presente junto al apóstol en momentos duros y difíciles de la predicación del Evangelio y que con su aliento llenó de esperanza aquel corazón en su entrega por la causa del evangelio. Es la madre que sigue haciéndose presente en la vida de sus hijos como consuelo y como esperanza, como fortaleza para su fe para que nunca se sienta debilitada por los avatares de la vida, como ánimo para la constancia en el amor de la entrega y de la búsqueda del encuentro con los demás, y como refugio maternal para los pecadores y consuelo de los afligidos que así sienten siempre la presencia de María.
Ese pilar sobre el que descansa la imagen bendita de María y que da nombre a esta advocación de todo esto nos habla. Que sintamos de verdad ese pilar de María en nuestro corazón, en nuestra vida para así sentirnos fortalecidos en nuestra fe y en nuestro amor con la gracia del Señor.
El Beato Pablo VI en la exhortación apostólica ‘Marialis Cultus’ entre otra cosas bellas nos dice: ‘La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas…’  
Así queremos sentir la protección de María del Pilar cuando celebramos su fiesta y sentimos siempre a nuestro lado la presencia de la madre, la presencia de María. Quiero completar esta breve reflexión con el himno que nos ofrece la liturgia para la oración de Laudes de esta fiesta:
Santa María del Pilar, escucha
nuestra plegaria, al celebrar tu fiesta,
Madre de Dios y Madre de los hombres,
Reina y Señora.

Tú, la alegría y el honor del pueblo,
eres dulzura y esperanza nuestra;
desde tu trono, miras, guardas, velas,
Madre de España.

Árbol de vida, que nos diste a Cristo,
fruto bendito de tu seno virgen,
ven con nosotros hasta que lleguemos
contigo al puerto…

lunes, 12 de octubre de 2015

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

1Crónicas 15,3-4. 15-16;16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

El pilar es un signo y una señal. Fundamentamos los edificios sobre fuertes pilares que van a sostener la trabazón de todo el edificio y nos hablan de la fortaleza de lo que edificamos; pero también podemos decir que es una señal porque un pilar colocado en un sitio determinado nos puede estar señalando lo importante que allí podemos encontrar, pero también puede ser una señal que nos indique una dirección a seguir para no perder el norte o la dirección de nuestro camino.
He querido comenzar mi reflexión con estas imágenes porque hoy estamos celebrando a la Santísima Virgen María en su advocación y título del Pilar por la representatividad de su imagen sobre una columna o un pilar. Nos recuerda una hermosa tradición que nos habla de la presencia de María ya desde los orígenes de la fe cristiana en nuestras tierras hispanas con la predicación del Apóstol Santiago, a quien se le manifestó la Virgen María como fortaleza de Dios en la difícil tarea del anuncio del Evangelio en nuestra tierra.
Da igual que tengan o no tengan fundamento histórico estas piadosas tradiciones - no vamos a entrar en discusiones de tipo histórico que pienso son lo menos importante en este caso -, porque lo importante es el signo de María presente en el caminar de nuestra fe en nuestra tierra hispana a lo largo de los siglos, en los que María ha sido siempre un faro seguro que nos ha conducido a la fortaleza de nuestra fe en Jesús. Ella siempre nos conduce a Cristo y nos enseña a dejarnos iluminar por su luz.
María así es para nosotros ese pilar, esa columna que nos ayuda a mantener firme nuestra fe frente a todas las acechanzas y peligros. Con María a nuestro lado, en ese lugar preciso y precioso en que Dios quiso colocarla en la historia de la salvación, nos sentimos seguros en el camino de nuestra fe, nos sentimos fortalecidos con la gracia del Señor de la que ella es intercesora en favor nuestro. María en su imagen del Pilar se convierte así en signo de esa presencia y de esa gracia del Señor que con la mediación de la madre llega a todos sus hijos; es el signo que nos habla de esa firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero es el signo también de lo que tiene que ser nuestro amor del que María nos enseña a amar como nos amó Jesús.
Estando al lado de María nos sentimos seguros en la orientación y en la dirección que le damos a María. Con ella nunca nos sentiremos engañados; si escuchamos de verdad a María en nuestro corazón - cómo tendríamos que aprender a hacer silencios en nuestro corazón cuando vamos al encuentro de María para no solo atiborrarla con nuestras peticiones sino también sobre todo para escuchar sus inspiraciones en lo secreto de nuestro corazón - ella nos llevará siempre hasta Jesús. Siempre María es esa señal que nos dirige hasta Jesús y nos dice ‘haced lo que El os diga’.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, escuchábamos a la mujer anónima del evangelio prorrumpiendo en cánticos de alabanza a María, pero también escuchábamos a Jesús que completaba ese cántico diciéndonos que seremos en verdad dichosos como María si como ella escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón. Así María es ese pilar, ese signo de fortaleza, esa señal que se hace camino que nos conduce a Jesús, ese ejemplo que hemos de seguir y ese amor que hemos de vivir.

viernes, 12 de octubre de 2012


María, Pilar y estrella de la nueva evangelización

Crón. 18, 3-4.15-16; 16, 1-2; Sal. 26; Lc. 11, 27-28
‘Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí’, anuncia proféticamente la misma María, inspirada por el Espíritu Santo, en el cántico del Magnificat.
El ángel la había llamado ‘la llena de gracia’. ¿Qué más grande bendición y felicitación podía recibir que desde el mismo cielo llamaran ‘la llena de gracia’?
Isabel, en estos mismos momentos del cántico del Magníficat, inspirada también por el Espíritu Santo la había llamado dichosa porque había creído, pero no solo eso sino que la llama la Madre del Señor. ‘¿De donde que venga a mí la madre de mi Señor? Dichosa tú que has creído que todo lo que se te ha dicho se cumplirá’.
La felicitaría la mujer anónimo en medio de la multitud que alaba a la madre que trajo al mundo al Salvador. ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’, diría aquella mujer alabando a la madre de Jesús. Pero Jesús mismo la llamaría dichosa porque ella como nadie plantó en su corazón la Palabra del Señor. ‘Dichosos más bien los que escuchan la palabra del Señor y la cumplen’, acabaría diciendo Jesús.
Aquí estamos nosotros hoy uniéndonos al coro que a través de los siglos ha prorrumpido en alabanzas a María porque es la Madre del Señor y porque el Señor nos la ha dejado como Madre. Hoy recordamos su presencia allá junto al Ebro cuando vino a alentar la esperanza y los trabajos apóstolicos de Santiago en predicación por nuestras tierras hispanas. Pero es la alabanza que queremos entonar en honor de María que ha sido nuestro amparo celestial a través de los siglos y que en torno a María y con su protección se ha mantenido la fe de los pueblos de España.
‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche a tu pueblo en el desierto’, hemos proclamado ya desde el principio de la celebración. Recordamos aquel peregrinar del pueblo de Dios por el desierto pero que siempre se veía alentado por la presencia del Señor bajo el signo de aquella nube que les protegía y les sostenía en los ardores del calor del día o los rigores del frió de la noche en su camino hacia la tierra prometida. Pero esas palabras las dirigimos a María que está ahí, en ese signo de la columna, del pilar, como guía y protección del pueblo cristiano. Ella, como el Arca de la Alianza que acompañaba y animaba la fe del pueblo peregrino, está también junto a nosotros como ese signo maravilloso de lo que es la presencia y el amor del Señor.
Así quiso Dios contar con María en la historia de nuestra salvación. Fue aquel sí al ángel de la anunciación que hizo posible la encarnación del Hijo de Dios en su seno para que nos naciera un salvador siendo la madre de Dios, pero es también la maternidad de María, madre de todos los creyentes que Jesús nos dejó como herencia desde lo alto de la cruz. ‘He ahí a tu hijo… he ahí a tu madre’. Escuchamos a Jesús en aquellos sublimes momentos. Y Juan, el discípulo amado, la recibió en su casa, y nosotros, discípulos amados y que queremos merecer tal amor y tal dicha, queremos acogerla para siempre en  nuestro corazón.
La llamamos madre, la sentimos como madre; la contemplamos como madre y ejemplo de mujer creyente, la sentimos como madre que nos cuida y nos protege para que lleguemos siempre hasta Jesús. La contemplamos como Madre que siempre nos está señalando el camino de Jesús, y la sentimos como madre de la evangelización que siempre nos está impulsando para que nosotros no solo encontremos el camino de Jesús para nosotros mismos sino que nos convirtamos también en signos y señales de evangelio para que los que están a nuestro lado reciban esa buena noticia y alcancen también la salvación.
A Ella, pues, le pedimos que nos ayude a mantenernos fuertes en nuestra fe, firmes y seguros en nuestra esperanza y constantes y generosos siempre en el amor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso cuando contemplando a María iniciamos este Año de la Fe al que nos ha convocado el Papa y ayer iniciábamos porque en María tenemos la estrella y el mejor ejemplo de la Nueva Evangelización que todos hemos de emprender.

miércoles, 12 de octubre de 2011

María es verdadera columna que nos guía y nos sostiene en el camino de Jesús


1Crónicas, 15, 3-4.15-16; 16, 1-2;

Sal. 26;

Lc. 11, 27-28

‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto’. Con esta antífona inicia la liturgia la celebración de este día. Una clara referencia a aquella nube que como columna luminosa en la noche y resfrescante con su sombra en el día iba sobre el campamento del pueblo peregrino por el desierto y que era además la señal cuando se levantaba o se posaba sobre el campamento de su camino hacia la tierra prometida.

La liturgia en este día con ello nos señala a María que así nos acompaña en nuestro peregrinar de fe a lo largo de la vida como madre que nos guía y nos protege, pero clarísima referencia a lo que ha significa para el pueblo cristiano español la columna, el pilar de la Santísima Virgen María, anclado a las orillas del Ebro en Zaragoza.

Es María esa tienda de la Alianza plantada en medio del pueblo cristiano que siempre nos recordará a Jesús, nos llevará hasta Jesús para que sintamos su presencia y su gracia salvadora. La primera lectura nos ha hablado del traslado del Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios siempre con su pueblo, que el Rey David traslada con todo honor y veneración hasta la Tienda que había preparado en medio de su pueblo.

Cuando el Verbo de Dios decide plantar su tienda en medio de nosotros, como nos dice el evangelio de Lucas, escogerá a María para en sus entrañas encarnarse y hacerse hombre, por eso podemos decir que María es esa Tienda de la Nueva Alianza porque con su Sí hizo posible la encarnación de Dios, la presencia del Emmanuel, Dios con nosotros, para ser nuestra vida y salvación.

Por eso siempre nosotros recordaremos a María, miraremos a María para aprender de ella a abrir nuestro corazón para que Dios se haga presente en nuestra vida, para decir Sí en todo momento a lo que es la voluntad de Dios, sintiéndonos como María humildes ante Dios para que su voluntad se realice en nosotros, para que su Palabra se plante en nuestra vida, y como María demos frutos de vida, de gracia, de salvación. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’.

Dichosa María, todas las generaciones la felicitarán como ella misma proféticamente anunciara en el cántico del Magnificat – ‘desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí’ - y que veremos en el evangelio que será llamada dichosa por su fe por parte de su prima Isabel – ‘¡dichosa tú que has creido!’ -; dichosa por haber criado en su seno al Hijo de Dios, - ‘los pechos que te alimentaron y el vientre que te llevó’ - como la cantara la mujer anónima que escuchamos hoy en el evangelio; y dichosa porque escuchaba la Palabra de Dios y la plantaba en su vida, como diría también de ella el mismo Jesús. ‘¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’

Nosotros queremos también cantar a María y no sólo la llamamos a ella dichosa porque grande era el amor que se derramaba en su corazón porque Dios así la había llenado de gracia, sino que con ella nos sentimos nosotros dichosos por tenerla como madre que así nos la regaló Jesús desde la cruz, por tenerla a nuestro lado como esa columna que nos guía y nos sostiene noche y día alcanzándonos la gracia del Señor, por tenerla en medio de nosotros como ese pilar en quien apoyarnos para sentirnos seguros, porque con María sabemos que no erraremos el camino que nos conduce hasta Jesús, que nos hace seguir a Jesús.

‘El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado’, hemos exclamado nosotros en alabanza a María con el responsorio del salmo. ¡Qué dicha haber tenido siempre en España esa especial presencia de María que nos ha ayudado en nuestro caminar, ha mantenido la fe de todas las generaciones, y nos ha impulsado a llevar esa misma fe por los caminos del mundo en tantos y tantos misioneros y misioneras que han surgido de nuestra tierra y que se han repartido por todas partes!

Por eso tenemos que pedirle a María, madre amorosa y buena, que siga intercediendo por nosotros, que nos sintamos cobijados bajo su manto protector, que nos alcance la gracia del Señor para mantenernos siempre firmes en nuestra fe frente a tantos embates que de una forma u otra quieren atentar contra la integridad de nuestra fe cristiana.

Necesitamos sentirnos fortalecidos frente al materialismo de la vida que nos invade, frente a la tibieza y a la frialdad qu nos llevan a una indiferencia religiosa muy preocupante en muchas generaciones hoy en día, frente a ese neopaganismo que muchas veces se nos quiere imponer cuando se nos quiere relegar al ámbito sólo de lo privado la vivencia y manifestación de nuestra fe y cuando se quieren desterrar de lo público y lo social todo lo que sea un signo religioso y cristiano.

Necesitamos ser valientes en la proclamación de nuestra fe y es gracia que le queremos pedir en este día a María, la Virgen, Madre de Dios y madre nuestra. Que nos mantengamos firmes en la fe y generosos en el amor, como pedimos en las oraciones litúrgicas porque ante tantas necesidades y problemas que se viven en nuestra sociedad y que sufren tantos hermanos nuestros como sabemos por la situación tan crítica que vivimos, nuestro amor, nuestra generosidad, nuestra solidaridad tienen que brillar de manera especial.

Fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor, son actitudes, son estilo de vivir y de manifestarnos que también pedimos en otra de las oraciones de la liturgia de esta fiesta. La columna o el pilar dan fortaleza a una edificación; que María, su presencia, su amor, la gracia que del Señor nos alcanza, nos ayude a tener y manifestar en todo momento esa fortaleza y esa vivencia comprometida de nuestro ser cristiano.