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domingo, 12 de octubre de 2025

Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

 


Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Hechos 1, 12-14; Lucas 11, 27-28

En la complejidad de lo que es la vida, después que hayamos pasado por muchas experiencias, unas oscuras en muchas ocasiones, pero otras también llenas de luminosidad, cuando tenemos que seguir enfrentándonos al camino de la vida nos entran miedos y nos llenamos de dudas, nos sentimos inseguros, necesitamos tener claros los pasos que tenemos que ir dando y aunque haya quien nos haya dado pautas, sin embargo, nos detenemos a pensar, a reflexionar, a replantearnos las cosas, a sentir esa seguridad que necesitamos para avanzar. Buscamos unos apoyos, unos pilares que mantengan firme el edificio que pretendemos construir con la vida.

Esto son cosas que nos suceden en las responsabilidades que hemos asumido en la vida, en los trabajos que tenemos que realizar, pero también allá en lo más hondo de nosotros mismos y en nuestra propia identidad; es algo que también en el camino de la fe nos sucede y nos planteamos, buscando esa luz que nos viene de Dios por la fuerza de su Espíritu para continuar con nuestro compromiso cristiano.

Hoy el texto de la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos hablaba de lo que hizo el grupo de los discípulos después de aquella ultima manifestación de Jesús en que antes de subir al cielo los envió por el mundo para anunciar el evangelio. Pero ya también Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Hemos de reconocer que se encontraban en una situación anímica como la que hemos venido describiendo en esta reflexión.

Allá se fueron al Cenáculo de nuevo, aquel lugar de tantas experiencias no solo en la cena pascual sino también como refugio en los momentos de la pasión de Jesús, pero también escenario, por así decirlo, de su experiencia pascual. Allí los había encontrado Jesús después de su pasión y su resurrección. Ahora allí estaban de nuevo en oración, en reflexión – algunas decisiones tuvieron que tomar como elegir al sustituto de Judas en el grupo de los Doce -, en silencio de búsqueda, en tensión de su espíritu para la misión que Jesús les había encomendado. Y nos dice que estaban no solo el grupo de los apóstoles más cercanos a Jesús sino algunas mujeres y con ellas María, la madre de Jesús.

¿Era el apoyo que necesitaban? ¿Era la búsqueda de esa fortaleza interior y ese coraje para lanzarse por el mundo para el anuncio del Evangelio? ¿Era la apertura de su mente y de su corazón para abrir los horizontes de su vida que tenía que ir más allá de aquellos rincones de su Galilea o de su tierra de Palestina, la tierra prometida que habían recibido sus padres? Y María está ocupando un lugar importante en ese grupo, por algo de manera especial la recuerda el autor de los Hechos de los Apóstoles.

Se nos ofrece este texto en la liturgia de este día en que celebramos a la Virgen en esa advocación tan querida para nosotros del Pilar. Es todo un signo y una señal en nuestra vida, en el camino de nuestra vida cristiana, en nuestro camino también de apóstoles y evangelizadores que hemos de ser en medio de nuestro mundo. Somos también los enviados del Señor que necesitamos de ese coraje, de esa fuerza interior, de esa fuerza del Espíritu como estaban allí esperando los Apóstoles en el Cenáculo y que se manifestaría en Pentecostés. Pero es una imagen y un signo muy hermoso que contemos con esa presencia de María.

¡Qué hermosa esa Advocación del Pilar! Un pilar de apoyo y fortaleza, como un edificio que hemos de edificar con sólidos cimientos pero con la fortaleza de unas columnas que den armazón al edificio. Un pilar como era los que se ponían en las antiguas calzadas romanas que atravesaban el imperio y que iba señalando rutas, que iba marcando distancias, que daba seguridad a los caminantes de seguir la ruta cierta y segura.

En la tradición de nuestra Iglesia en España tenemos desde siempre ese Pilar que quedó como signo y señal de esa presencia de María junto al apóstol que hizo el primer anuncio del Evangelio en nuestras tierras. Pero ese Pilar ha continuado presente en toda la historia de la Iglesia española a través de los tiempos para hacernos sentir esa presencia de María junto a nosotros en nuestros caminos, en nuestra vida, como lo estuvo presente, según hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles, allí en el Cenáculo junto a los discípulos y apóstoles sobre los que había de constituirse la Iglesia. Así María ha estado siempre junto a nosotros, como Madre, como compañera de camino, como signo de luz de fortaleza para nuestras vidas.

Como nos ha dicho el evangelio en ella contemplamos la imagen de la que ha plantado la Palabra de Dios en su vida y que merecería todas las alabanzas. ‘Dichosos más bien los escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Aquella mujer que fue llamada bienaventurada porque en su carne se hizo carne el Hijo de Dios y con su pecho lo alimentó como Madre, lo es dichosa también por ella siempre quiso que en ella se cumpliera la Palabra del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

 


Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

Deuteronomio 34,1-12; Salmo 65; Mateo18, 15-20

Los trapos sucios se lavan en casa. Habremos escuchado esta recomendación más de una vez. No es simplemente el hecho de cubrirnos nuestras espaldas, para que cuando luego nosotros tropecemos – que alguna vez tropezaremos porque todos estamos en el camino, como se suele decir – pues den la cara por nosotros. Creo que tiene que ir a algo mucho más profundo y más hermoso.

Si formamos una familia porque nos amamos creo que hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente. Es camino que hacemos juntos y en el que no nos sentimos aislados, porque cada una de las cosas que suceden o que son la vida de esa familia a todos nos atañe, todos hemos de saber arrimar el hombro, todos tenemos que ayudarnos para salir juntos de esos problemas o dificultades que se presentan, o para ayudarnos mutuamente a corregir errores, a enderezar posturas, a buscar no solo lo bueno sino lo mejor, porque sentimos como propio lo de los demás miembros de la familia, nos duele lo que a los otros les duele y nos alegra lo que crea ilusión en los demás miembros, evitando rivalidades y enfrentamientos y nunca dejándonos seducir por recelos ni desconfianzas.

Es lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio. Fijémonos que termina diciéndonos que si nos sentimos unidos y somos capaces desde esa unión de pedir algo al Padre en su nombre, se nos concederá. Porque además, nos dice Jesús, que cuando en su nombre estamos reunidos El estará en medio de nosotros. Cuánta falta nos hace que estemos verdaderamente convencidos de esto. Con esa premisa qué distinta sería nuestra vida, que seguridad tenemos para nuestro actuar, que niveles de confianza y cercanía nos creamos los unos con los otros. ¿Podremos ponernos a hacernos la guerra los unos a los otros si decimos que cuando estamos unidos en medio de nosotros está el Señor?

Es importante este pensamiento, esta fe que hemos de tener en esa presencia del Señor en los demás, allí donde nos sentimos en esa unión y comunión. Se va a derivar en la manera en que comenzaremos a mirar al otro; no será para mí un extraño, no lo miraremos a la distancia, no comenzaremos a hacer discriminaciones, empezaremos a valorarlo de verdad quitando esos filtros que tantas veces nos ponemos. No será para mi un extraño, un extranjero, un emigrante venido de lejos, alguien de otra raza, un pobrecito del que podamos sentir lástima.

Nuestras actitudes tienen que ser otras, quitando diferencias y buscando cercanía, ofreciendo mi brazo para caminar juntos apoyándonos mutuamente, sintiendo como vibra de manera especial el corazón ante su presencia porque lo estamos viendo como un hermano. Ya no pondremos distancias porque me pueda contagiar con sus malas costumbres como siempre andamos con nuestras desconfianzas, ya sabré acercarme a El con el corazón lleno de comprensión para ayudarle en los tropiezos que pueda tener en la vida.

Hoy nos está hablando Jesús de eso tan bonito que es la corrección fraterna. Seremos siempre ministros y servidores del reencuentro y de la reconciliación, seremos siempre lazo que une y punta de lanza que rompe nudos para regalar el perdón. Si en Jesús estamos unidos con los lazos del amor, ¿cómo no voy a regalar el perdón a quien tengo que amar?

jueves, 16 de mayo de 2024

Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

 


Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Solo el amigo que nos ama de verdad estará junto a nosotros sean cuales sean las circunstancias de la vida en las que nos encontremos. No nos fallará, estará siempre a nuestro lado, será nuestro estímulo y nuestra fuerza, comprenderá nuestras decisiones y perdonará nuestros errores, será mano que nos levante y apoyo en nuestro camino.

Intentamos hacer las cosas bien, queremos en verdad ser agradables para los que nos rodean, tenemos buena voluntad en lo que hacemos, pero a veces renqueamos, a veces fallamos, se nos rompen los hilos que nos unen, aparecen desavenencias y contratiempos, parece que todo se nos viene abajo y fracasamos. Es entonces cuando más necesitamos ese apoyo, ese sentir que el amigo está a nuestro lado, que somos capaces de salir adelante a pesar de los nubarrones que puedan aparecer en la vida; necesitamos tener claridad de ideas y saber por donde andamos.

No olvidemos que Jesús en la misma última cena que han venido celebrando los ha llamado amigos. ‘No os llamo siervos, os llamo amigos’, nos había dicho. Ahora de nuevo necesitamos escucharlo, pero no como palabras que lleguen de forma agradable a nuestros oídos, sino como algo que palpamos en nuestra vida. Así se nos manifiesta Jesús. Todo eso que veníamos diciendo de nuestros sueños y deseos, pero también de nuestras carencias y nuestras debilidades, de esos tropiezos que nos vamos encontrando en nuestra vida, de lo que sucede en nuestro interior que hace que no siempre vivamos en el mismo amor y la misma unidad que Jesús pide y quiere para nosotros.

El está ahí. Es lo que manifiesta esa oración que Jesús está dirigiendo al Padre, una oración por sus discípulos, por sus seguidores, porque aquellos que decimos que creemos en El, pero que muchas veces nos sentimos débiles y nos rompemos por dentro. Necesitamos mantenernos en ese amor y en esa unidad. Porque además sería la señal más palpable de que Dios está con nosotros, o que nosotros no hemos abandonado el camino que nos ha señalado Jesús. Será el mejor testimonio que nosotros podamos presentar. Será la señal que demos para que el mundo comience de verdad a creer, nuestra comunión y nuestra unidad.

Es lo que Jesús está pidiendo. Que eso nos parezcamos a Dios, que en eso nos parezcamos a Jesús, que eso sea el gran signo con que manifestemos nuestra fe en El. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Así ora Jesús por nosotros, por su Iglesia. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mi y yo en ti’.

No siempre damos ese testimonio. No siempre somos ese signo del amor de Dios y de su presencia en medio de nosotros. Aparecen fácilmente esas grietas que desestabilizan nuestras vidas, porque aparecen desconfianzas, porque nos llenamos de orgullo, porque nos hacemos insolidarios, porque nos encerramos en nosotros mismos. Lo estamos viendo en tantas sombras que van apareciendo en nuestra vida; nuestras comunidades se resquebrajan muchas veces, los hermanos nos distanciamos, los que parecíamos que caminábamos unidos comenzamos a ir cada uno por nuestro lado, las envidias comienzan a corroer nuestras relaciones, se nos rompe la comunión.

Pero Jesús seguirá estando a nuestro lado queriendo sanar esas heridas, queriendo poner remedio a esos males, curando con su amor esas enfermedades que aparecen en el alma y tanto nos debilitan. No nos dejemos arrastrar por las rutinas; no nos dejemos envolver en esas bolsas de egoísmo e insolidaridad, no nos sintamos confundidos con tantos cantos de sirena que quieren ofrecernos algo mejor, pero que no nos llevarán nunca por caminos del bien.

Dejémonos envolver por el amor de Jesús. Es el amigo que nunca nos falla, que siempre estará haciendo el camino junto a nosotros para ser luz que nos haga enderezar nuestros caminos, corregir nuestros errores, emprender caminos nuevos que nos transformen de verdad. El siente, como buen amigo, como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor.

sábado, 4 de mayo de 2024

Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

 


Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Si lo que yo quiero es bueno, no quiero hacer daño a nadie sino que más gasto mi tiempo en los demás, ¿por qué me quieren tan mal? ¿Por qué esas envidias y zancadillas que me voy encontrando por todas partes?

Son cosas que algunas veces piensan las personas que trabajan por los demás, que viven, por ejemplo, un compromiso social intenso y lo que tratan siempre es de arreglar las cosas, que todo vaya mejor; pero siempre hay quien quiere meter la zancadilla, siempre habrá personas que desconfían de todo y ya están pensando de esa persona que hace por los demás que algunos intereses ocultos tendrá, que alguna tajada se sacará de todo eso.

Es el frente de la malicia que siempre va a la contra de la bondad; es el rechazo que tenemos ante todo lo que nos venga del otro, y nos cuesta aceptar su buena voluntad, sus trabajos desinteresados. Claro que quien está sufriendo ese acoso después de lo que intenta hacer por los demás sienten que se le socavan los cimientos y parece que se siente solo y sin fuerzas. Cuántas veces que después de unos años dedicándose así a los demás terminan quemados, y al final arrojan también la toalla y no quieren seguir metidos en conflictos.

Es necesario tener una gran fortaleza interior, estar preparado para cuando nos puede sobrevenir, sentir los apoyos necesarios, quizás empezando por la familia – que algunas veces se vuelve también detractora de lo que hacemos -, apoyo de quienes le rodean, o de quien le ha confiado la misión que se ha puesto en sus manos. Sentimos a veces esa debilidad interior.

Jesús nos está hoy preparando, como iba preparando al grupo de los discípulos que tenía más cerca de sí, con ese tenerles a su lado, con esas enseñanzas que de manera especial tenía para ellos, con esos momentos en que los llevaba solos a algún lugar. ¿Unas vacaciones espirituales? ¿Unos retiros espirituales? Jesús vemos que los practicaba con ellos, aunque entonces no les dieran esos nombres, que con el paso del tiempo nosotros nos hemos dado a esas situaciones. Jesús también habla para todos los que quieran seguirle, para que comprendan que el camino no es de rosas, porque en medio nos podemos encontrar muchas espinas.

Y Jesús les dice que miren lo que han hecho con El, y que ‘el discípulo no es mayor que su maestro’. No hay mejor preparación que tener claro el camino que vamos a emprender, las dificultades y obstáculos que podemos encontrar, las persecuciones incluso que se desatarán contra nosotros. ¿Qué estoy haciendo de malo? Nos preguntábamos al principio cuando nos plateábamos el tema, y veíamos que queríamos hacer lo bueno y lo que íbamos a encontrar era oposición.

‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, les dice Jesús.  Y es que el seguidor de Jesús, que vive en medio del mundo, en medio de diversas situaciones, en medio de gente muy variada, sin embargo ha de reflejar algo distinto. No somos iguales. Ni nos consideramos mejores ni superiores.

Pero tenemos nuestras metas, tenemos nuestros ideales, tenemos un camino que nos señala el evangelio y eso nos hace tener unas actitudes distintas hacia los demás, unos comportamientos en los que tiene que reflejarse siempre la rectitud y el buen hacer, y hay algo especial que tiene que resplandecer en nosotros que es el amor; y eso tiene sus consecuencias en la vida y en nuestra manera de actuar; en nuestro corazón siempre tendrá que brillar la misericordia y la compasión, siempre tenemos que ir con la mano tendida por delante porque buscamos paz, buscamos la reconciliación, buscamos algo nuevo para nuestro mundo, siempre tienen que estar presentes las actitudes del perdón.

Y eso choca al mundo que nos rodea. Nos convertimos como Jesús, como había anunciado el anciano Simeón, en signos de contradicción en medio del mundo. Normal es que no todos nos entiendan. Pero nosotros sí tenemos que entendernos a nosotros mismos y cuales son nuestras metas y nuestros caminos.

lunes, 10 de enero de 2022

Puede parecer un riesgo de locura, pero hay quien es capaz de desprenderse de todo lo que son sus apoyos humanos por seguir el camino de Jesús que no promete honores ni grandezas

 


Puede parecer un riesgo de locura, pero hay quien es capaz de desprenderse de todo lo que son sus apoyos humanos por seguir el camino de Jesús que no promete honores ni grandezas

1Samuel 1, 1-8; Sal 115;  Marcos 1, 14-20

Que nos diga alguien que nos invita a hacer un camino, pero que aunque nos dicen que la meta merece la pena, sin embargo de entrada no vemos claro cual va a ser ese recorrido ni las exigencias que entraña, es un riesgo que no siempre estamos dispuestos a correr; que nos digan que hay que hacer una tarea, que va a ser transformadora de muchas cosas, pero donde no tenemos muy claro a qué nos va a obligar, sería cosa de pensárnoslo; que en medio de las tormentas de la vida nos aseguren que hay esperanza para ese mundo, que aun vemos muy oscuro, porque apreciamos que aun permanecen muchos sufrimientos, que no  nos promete honores ni grandezas sino algo que de tan espiritual nos puede parecer ilusorio, cuesta un tanto que se despierten esas esperanzas en nuestra vida de manera que estuviéramos dispuestos a dejar incluso lo que ahora tenemos por esa promesa que aún nos puede parecer muy incierta.

¿No sería algo así lo que estaba sucediendo con aquellos anuncios del Reino nuevo de Dios que estaba proclamando aquel nuevo profeta que había surgido y que venía precisamente de Nazaret? No todos podían tenerlo tan claro, aunque comenzaban a despertarse nuevas esperanzas en muchos. Había una exigencia que se estaba planteando y que pasaba por cambiar radicalmente todo, la manera de pensar, la manera de hacer las cosas, y que pedía incluso a algunos que dejaran sus trabajos por algo nuevo que se les ofrecía y que aún no tenían muy claro.

Jesús había comenzado a recorrer los pueblos y aldeas de Galilea, en cualquier rincón donde hubiera gente allí se detenía para anunciarles el Reino de Dios, aprovechaba cualquier ocasión, la gente reunida en la playa del lago porque venían al encuentro de los pescadores en busca de sus alimentos para la vida diaria, las reuniones de los sábados en la sinagoga, eran momentos en que Jesús hacía su anuncio del Reino nuevo de Dios, donde todo parece que va a cambiar.

No promete honores ni grandezas humanas, sino que más bien hay que despojarse de esas ambiciones, a los pescadores les pide que lo sigan porque ya no necesitarán salir a pescar en aquel lago, porque serán otros los mares de la vida que les ofrece porque van a ser pescadores de hombres. Y las gentes comienzan a escucharle y entusiasmarse de manera que de boca en boca pasa la noticia y ya vendrán de muchos sitios para escucharle y para traerle lo que parecía que más les dolía en principio que eran sus enfermos. El los curaban, liberaba a los endemoniados de su mal, a los ciegos los hacía ver, los paralíticos podían caminar… Algo nuevo estaba surgiendo, una esperanza en verdad se iba despertando en sus corazones.

Hoy le pide a los pescadores que están en la orilla del lago que dejen sus redes y sus barcas y le sigan porque van a ser pescadores de hombres. Y aquellos pescadores lo dejan todo, sus redes, sus barcas, sus familiares incluso y otros pescadores que les sirven de ayuda. Se ponen a caminar tras Jesús. ¿Tendrían claro lo que Jesús les pedía? Ellos presienten en las palabras de aquel profeta que algo nuevo va a suceder, y ansiosos como estaban de un mundo nuevo con nuevas libertades se marchan tras Jesús. Una disponibilidad total, una generosidad grande en el corazón, un desprendimiento que parece incomprensible, pero se van tras Jesús.

Están vislumbrando lo que significa ese cambio y esa conversión que Jesús les pide para creer en la Buena Noticia que les anuncia, y aunque aún habrá momentos en que les costará y parece que vuelven a sus antiguas apetencias y ambiciones, ahora se van con Jesús.

¿Estaríamos dispuestos nosotros a hacer lo mismo? ¿Llegaremos a entender de verdad lo que significa la conversión que Jesús nos pide? ¿Dejaríamos atrás nuestras barcas y nuestras redes, esas cosas que parecen ser los apoyos de nuestra vida? ¿Seríamos capaces de ponernos en camino arriesgándolo todo por nuestra fe en Jesús?

viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

 


Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42

Aunque con facilidad decimos que la vida es un camino que tenemos que saber hacer juntos, y hasta nos queda bonito el decirlo porque damos la impresión que tenemos la cabeza muy bien amueblada como se dice ahora, sin embargo en la verdad de la vida ¿en qué queda todo esto tan bonito que decimos?

No sé si habremos tenido la experiencia de hacer un camino juntos, bueno no se trata de ir a la esquina de al lado, sino proponernos hacer un trayecto, un recorrido, llegar a una meta, subir una montaña, algo que nos exija mayor intensidad y dedicación. Fácilmente vemos los que van corriendo siempre adelantándose y poco menos que arrastrando con sus quejas a los que no son capaces de ir tan rápidos, como nos encontramos los cómodos que no se esfuerzan y que a cada paso que dan ya están pidiendo ayuda o detenerse porque aquello les parece poco menos que imposible; claro están los que necesitan mayor esfuerzo porque quizá no están preparados para el camino y necesitarán el acompañamiento y la ayuda de los que se sienten más capaces; el verdadero camino juntos es cuando en verdad sabemos acompasar los pasos de los unos a los otros, cuando nos tendemos una mano o sabemos esperarnos, cuando ponemos de nuestra parte todo el esfuerzo también para hacer agradable el camino de los demás.

Es el camino de la vida y ya no nos referimos a ese trayecto que por alguna razón nos habíamos programado, sino lo que cada día tenemos que caminar conscientes de que estamos haciendo ese camino junto con los que están a nuestro lado. Y ahí nos tendemos la mano, nos ayudamos a levantarnos y nos proponemos juntos metas por alcanzar; es ahí donde sabemos contar también con nuestra debilidad como la debilidad de los demás y también aprendemos a dejarnos conducir por quien puede ser en verdad ese guía de nuestra vida.

Y estamos hablando de nuestra vida cristiana, del camino de nuestro seguimiento de Jesús, del camino en el que tenemos como meta el vivir el evangelio de Jesús en la mayor intensidad posible, y es el camino también que como iglesia estamos haciendo. Es el camino de los que se sienten hermanos porque se aman y entonces tratamos de ser estímulo los unos para los otros. Es el camino en el que nunca queremos pisar a nadie, de ahí la delicadeza con que nos tratamos y nos acercamos los unos a los otros. Es el camino que con humildad vamos realizando queriendo darnos cuenta de esas cosas que se nos atraviesan en la vida y tantas veces nos ciegan y que podrían ponernos en situación de poder tener una mirada turbia para con los demás.

Hoy nos habla Jesús del peligro y tentación en que podemos caer, porque tengamos turbia la visión y de alguna manera nos ceguemos a nosotros mismos en nuestro orgullo para no saber reconocer las debilidades que podamos tener en nuestra vida. Nos habla de la pajuela que intentamos muchas veces quitar del ojo del hermano, sin darnos cuenta de la viga que está atravesada en el nuestro que nos ciega de verdad. Nos está hablando del espíritu de humildad con que hemos de caminar en la vida, porque bien sabemos que nuestro orgullo y autosuficiencia hace mucho daño no solo a nosotros mismos sino también a los demás.

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás. Porque el que es humildad porque reconoce con sinceridad sus debilidades tiene ya de antemano una capacidad de comprensión en su corazón para mirar las posibles debilidades de los demás. Quien ha experimentado en su vida la misericordia y ha sido capaz de reconocerlo, ha aprendido a ser también misericordioso y compasivo con los otros. Sabrá hacer camino con los demás para juntos alcanzar la meta, como decíamos antes.

jueves, 18 de julio de 2019

Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón


Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30
Que bueno después de una jornada de trabajo agotador poder llegar a nuestro hogar para descansar y sobre todo cuando allí vamos a encontrar unos seres queridos que nos aman y con cuya sola presencia nos sentimos ya reconfortados después de nuestro trabajo; bueno es encontrar ese brazo amigo en quien apoyarnos y que nos cubre los hombros dando paz y serenidad a nuestro espíritu; bueno es encontrar ese corazón que nos escucha y nos comprende y que sentimos que es un descanso para nuestro espíritu; bueno es reposar después de nuestras tareas apoyando nuestra cabeza en un pecho donde sentimos latir un corazón que nos ama; buena es esa presencia amiga que camina a nuestro lado, en ocasiones en silencio sin decir ni reprochar nada hagamos lo que hagamos, o que tiene una palabra de ánimo que nos levanta de postraciones, cansancios y desánimos, agobios frustraciones, y que se convierte en luz en medio de nuestras dudas y oscuridades.
Lo necesitamos y no siempre lo encontramos, como sucede también en ocasiones que tampoco nosotros saber dar ese tiempo para el otro, para escucharle y reconfortarle, para levantar los ánimos o simplemente decir nuestra presencia. Igual que lo necesitamos de los demás y nos sentimos confortados cuando lo encontramos, también hemos de saber ofrecerlo a los demás que también lo necesitan, que también nos necesitan. Tendríamos que saber ser siempre apoyo los unos de los otros en el camino de la vida. Eso tendría que ser la familia, eso tendrían que ser los amigos de verdad, eso tiene que ser también esa comunidad en la que convivimos con los demás, de cualquier tipo que sea.
Hoy Jesús se nos ofrece. Es el mejor descanso para nuestra vida, es nuestra fortaleza y es quien nos llena de vida de verdad. Siempre está ahí, a nuestro lado; siempre nos escucha cuando desahogamos nuestro corazón; no necesitamos espacios especiales ni tenemos que esperar a otro tiempo, porque siempre Jesús quiere hacerse presente en nuestro corazón para ser nuestro descanso.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
Así le vemos en el evangelio en su cercanía para con todos. Acudían de todas partes, no les dejaban tiempo ni para comer, la gente se agolpaba a la puerta de la casa, siempre estaba rodeada de gente que le escuchaba, pero que también venían a traerle sus cuitas y preocupaciones. Tenían siempre la confianza de que Jesús les escuchaba. Era la mansedumbre de su corazón.
Era el descanso de las preocupaciones de todos, Jairo, el centurión, la mujer de las hemorragias, el que en la noche venia a hablar con El con sus preocupaciones y sus dudas, el que estaba tendido junto a la piscina y nadie ayudaba, el que no podían entrar por el gentío, el que se subía a la higuera para poder verle, el que le llamaba desde la orilla del camino, el que sentado en las calles de Jerusalén solo sabia que le habían puesto barro en sus ojos para ir a lavarse a la piscina de Siloé, las mujeres que lloraban a su paso por la calle de la amargura, el que se había visto obligado a ayudarle a llevar la cruz y había sentido que no era tanto su peso… podemos seguir recorriendo una y otra vez las páginas del evangelio y eso es lo que vamos a encontrar, el corazón lleno de ternura y misericordia de Jesús que a todos escuchaba y a todos atendía.
¿Y nosotros acudimos también a Jesús sabiendo que en El está nuestro descanso y nuestra fuerza? Muchas serán las cosas que pesan sobre nuestro corazón y en Jesús tenemos que desahogarlas. El será de verdad la liberación de nuestro espíritu, porque El es nuestro Salvador.

jueves, 4 de julio de 2019

Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere


Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
‘Le presentaron un paralítico acostado en su camilla’ cuando en aquella ocasión llegó de nuevo Jesús a Cafarnaún. Mateo nos da menos detalles de la escena que los otros evangelistas. Ya se nos relata que fue traído entre varios y en una camilla. No podía andar, necesitaba ayuda de los demás y aquel pobre hombre se dejó conducir.
Son aspectos que pudieran ser bien significativos. Su enfermedad le tenía paralizado. Luego veremos que Jesús le cura, pero no será solo de su parálisis física, sino que Jesús quiere llegar mucho más hondo. Porque hay tantas cosas que nos tienen paralizados que no son solo las enfermedades físicas. La enfermedad física paraliza nuestro cuerpo, pero muchas veces puede influir también en nuestro espíritu, porque nos sentimos derrotados, en nuestra imposibilidad nos sentimos inútiles quizá y hasta podemos pensar que somos una carga para los demás; puede surgir también en nuestro interior unos sentimientos que nos pueden hacernos sentir culpables y surgen los interrogantes, ¿por qué a mi? ¿Qué he hecho para merecer esto? Y nos hundimos no solo por la enfermedad sino por todos esos sentimientos negativos que pueden aparecer en nuestro interior y que oscurecen nuestra vida.
Pero no siempre nos sentimos paralizados a causa de una enfermedad física, o una limitación corporal. Nos creamos muchas veces nuestras propias limitaciones con nuestros complejos o con nuestros miedos, con la negatividad con que vivimos la vida, o la ceguera de los ojos del alma para no saber descubrir cuantos gestos bonitos tienen para con nosotros los que están a nuestro lado. Nos encerramos en nosotros mismos y no nos dejamos ayudar, nos encerramos y no vemos esa mano tendida en la que apoyarnos para caminar juntos que incluso en muchas ocasiones la rehusamos. Nos encerramos en nosotros mismos pensando solo en mi mismo y no queriendo mirar a los demás. Nos encerramos en nosotros mismos en nuestro egoísmo sin ser capaces de ser solidarios con los demás y hasta nos volvemos violentos.
Cuantas cosas que nos paralizan en la vida. Con una mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, pero también las limitaciones que nos hemos creado y que a la larga nos encadenan y nos impiden ser libres de verdad.
Aquel hombre del evangelio se dejó conducir. Supo agradecer la mano amiga de quienes se preocuparon por él para poder llegar hasta Jesús. Habría quizá muchas cosas que le pesaban en el alma, como a todos nos sucede, pero se dejó conducir a quien iba a liberarle de verdad desde lo mas hondo de si mismo.
Por supuesto que hoy con el evangelio queremos mirar a Jesús que se deja encontrar por nosotros y nos ofrece la verdadera libertad cuando arranca el pecado de nuestro corazón. Pero estamos atentos también a aquel hombre que se dejó conducir hasta Jesús. Miramos su parálisis y la comparamos con nuestras parálisis, que no son solo las enfermedades del cuerpo sino las que hemos impuesto a nuestro espíritu. Hasta Jesús nosotros queremos llegar también para que tienda su mano y nos levante, nos ponga en camino, nos haga dejar atrás esas camillas en las que nos postramos, porque en Jesús vamos a encontrar vida, vamos a encontrar la salvación.
Sí, quiero, Señor, levantarme de mi postración, quiero mirarme con sinceridad y también con humildad para reconocerlo; quiero agarrarme a tu mano que me levanta, quiero escuchar tu voz que me llena de paz, quiero sentir esa salvación que me ofreces, quiero sentirme liberado de mis pecados. Quiero vivir esa vida nueva de libertad y de amor que Tú me ofreces.

viernes, 25 de mayo de 2018

En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino


En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

‘El Señor es compasivo y misericordioso’ es una aclamación que rezamos muchas veces en los salmos. Y nos lo hemos de repetir muchas veces porque tenemos que asimilarlo de tal manera que lo hagamos nuestra vida, nuestro sentimiento y nuestra manera de obrar. Reconocer esa misericordia de Dios que nunca nos falla – ‘es lento a la ira y rico en clemencia’, como proclamamos en ese mismo salmo – nos hace sentir paz en nuestro corazón en medio de nuestros infinitos fallos porque más infinito es el amor que Dios nos tiene y la misericordia que derrama sobre nosotros.
Creo que sin ese convencimiento nos costaría vivir en paz porque siempre aparecería en nuestra mente ese fantasma de nuestras faltas y pecados, pero sin contamos con ese amor compasivo y misericordioso del Señor nos sentimos como más impulsados a mejorar nuestra vida y a llenarla de esa misma compasión y misericordia para con los demás. Teniendo presenta esa misericordia que el Señor ha tenido con nosotros, ¿cómo es que nosotros no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás? Por eso decía que nos marcará nuestra manera de actuar.
Y en la vida bien lo necesitamos. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestros fallos; todos sentimos la tentación que no siempre sabemos superar; todos tenemos nuestro pecado y el que sinceramente se considere que no tiene pecado será el que pueda tirar la primer piedra. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Pero bien sabemos que muchas veces nos volvemos intransigentes con los demás; exigimos y no perdonamos como si nosotros no fuéramos también débiles y pecadores.
Qué lejos tendría que estar de nuestras actitudes la intransigencia; intransigencia que es una señal de nuestro orgullo y vanidad, que nos hace sentirnos soberbios por encima de los otros y gamo despreciando a los demás porque son pecadores. No son solo aquellos fariseos del evangelio que despreciaban a los publicanos por pecadores, sino que esas posturas nos las encontramos en nosotros mismos quizá muchas veces.
Muchas son las situaciones de la vida en las que manifestamos nuestra debilidad o en la que nosotros nos volvemos exigentes con los demás sin querer comprender la situación personal de cada uno. Llenamos la vida de reglas y reglamentos, de normas, leyes y protocolos y parece que todos tenemos que pasar por el aro, sin ver la situación personal de cada uno, que puede ser siempre muy diferente. No es caer en un subjetivismo como regla suprema, sino atender a la singularidad de cada persona. Si dialogáramos más entre nosotros en verdaderos niveles de sinceridad nos conoceríamos mejor, nos entenderíamos más, juzgaríamos menos, no seriamos nunca intransigente con los otros. Mucho tiene cada uno de revisarse de estas cosas.
Hoy el evangelio hace referencia a una de esas situaciones complicadas de la vida que quizá también muchos sufrimientos pudiera hacer pasar a muchos, cuando es una faceta de la vida que tendría que llenarnos de verdadera felicidad y tendría que ser la base de la construcción de ese mundo bueno y cada vez mejor en que todos tendríamos que colaborar en construir. Se habla de matrimonio y se habla también de divorcios, de rupturas. Y se lo plantean a Jesús. Y Jesús lo que quiere es que vayamos a la base y al fundamento de lo que tiene que ser ese matrimonio.
Hemos sido creados para amar y así, podríamos decir, hemos sido constituidos por el Creador. Un amor que conduce a la más profunda comunión que pudiera haber entre hombre y mujer que es el matrimonio. Y es ahí en la construcción del amor, verdadero fundamento de la plenitud de toda persona donde tenemos que ahondar para que construyamos ese edificio sólido y bien fundamentado.
Claro que  no nos podemos confundir en lo que es la verdadera base de ese amor. Muchos comenzamos la casa por el tejado y nos faltan los cimientos más sólidos. No se puede llegar la plenitud de entrega en ese amor como si fuera solo una carrera guiada por el instinto. El amor tenemos que fundamentarlo, tenemos que construirlo bien, tenemos que darle las bases del verdadero encuentro de la persona en el dialogo y la amistad, en la comunicación sincera que lleve a un autentico conocimiento mutuo y en ese deseo de caminar juntos ayudándose y apoyándose mutuamente.
Sí, como reflexionábamos al principio, en esas situaciones en que parece que no ha madurado el amor y se llena la vida de tantos sufrimientos, tiene que aparecer en nuestro corazón la compasión y la misericordia, para comprender, para perdonar, para ayudar, para servir de apoyo y ayudar a madurar en la dificultad al que sufre, para confortar en esos sufrimientos que nos aparecen en la vida, para ser un caminante signo de la misericordia del Señor junto al que tiene su vida llena de amargura y dolor. De formas muy concretas la Iglesia que es madre y es signo de ese amor misericordioso del Señor ha de saber estar al lado de esas situaciones dolorosas de la vida de tantos a nuestro lado. ¿Cómo tenemos que hacerlo y cómo hacerlo? Que el Señor nos ilumine.

viernes, 19 de enero de 2018

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

1Samuel 24,3-21; Sal 56; Marcos 3,13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con él’. Jesús elige, escoge de entre todos los discípulos a los que El quiso.
Como nosotros elegimos. Nos vamos encontrando con muchos en la vida pero no todos significan lo mismo para uno. Vamos sintonizando, vamos conociendo, vamos eligiendo a quienes pueden ser nuestros amigos, a los que queremos tener más cerca de nosotros, con los que vemos que podemos tener proyectos de vida comunes. Sin querer excluir a nadie, porque siempre tenemos que estar abiertos a todos, formamos nuestro círculo, esas personas a las que más apreciamos y con las que compartimos de manera especial desde lo más hondo de nosotros mismos. Es el amigo que es compañero y más que compañero en el mejor sentido de la palabra, porque caminamos juntos, queremos construir juntos.
Mucha gente seguía a Jesús. Eran los discípulos, los que querían seguirle, escuchar su Palabra y dejarse transformar por ella. Y Jesús cuenta con todos, porque a todos ama y a todos llama a formar parte de su Reino. Pero elegirá a algunos de manera especial, que van a estar más cercanos, a quienes les va a confiar una misión especial, que van a ser el cimiento de ese nuevo edificio que Jesús quiere construir en nuestro mundo y en la vida de los hombres.
Son los que hoy vemos llamar y van a ser nombrados como apóstoles, que van a estar en esa cercanía especial de Jesús. Y el evangelista nos hace la relación de los doce escogidos por Jesús, incluyendo a aquel que luego le traicionaría. Allí están todos, los Doce, también con sus limitaciones, sus debilidades, con lo que les cuesta entender y caminar en muchas ocasiones, pero son aquellos en los que Jesús confía de manera especial para ser el cimiento de esa comunidad nueva.
Por eso  nos dirá san Pablo que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles para formar un sólido edificio. A ellos de manera especial les explica, con ellos convive de una forma más continuada, ellos le van a seguir por todas partes por los caminos de todo Israel, a ellos se les va a revelar de manera especial. Van a ser el fundamento especial.
El evangelio de hoy nos hace pensar en la Iglesia y nos hace pensar en aquellos a los que en la nueva comunidad Jesús ha confiado una misión especial. Llamados por el Señor. Como nos dice el evangelio ‘a los que quiso’. No nos arrogamos esa misión especial que en la Iglesia podamos desempeñar, sino que tenemos que sentirnos llamados por el Señor. Es cierto que un día decidimos seguirle, ser de sus discípulos, los que hacen su camino. Pero esa misión especial no es cosa nuestra, no es solo por nuestra decisión, sino que es El quien llama. A nosotros, o a quienes hayan recibido esa llamada y esa misión, toca responder con generosidad, con disponibilidad total.
Y detrás tiene que estar toda la Iglesia. Es el apoyo de los cristianos a sus pastores. Como cuando Pedro estaba en la cárcel y toda la comunidad estaba reunida orando por él. Así toda la Iglesia tiene que sentirse en comunión, todos los que seguimos a Jesús tenemos que sentirnos en comunión con nuestros pastores. Que no es solo que lo digamos de palabra o lo pensemos en el corazón, sino que tiene que ser de una manera efectiva y real, primero con nuestra oración, luego con nuestra cercanía y nuestro apoyo para que nunca los pastores del pueblo de Dios se sientan solos.
Aunque nos apoyamos en el Señor que es nuestra Roca, sin embargo ese apoyo en el Señor se siente más vivo cuando está la comunidad detrás con su oración, con su presencia, con su cercanía, con su escucha, también con una palabra de aliento, para caminar siempre juntos. Aquí tendríamos que preguntarnos como los cristianos hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores, como es la forma efectiva y eficaz en que vivimos esa comunión de Iglesia. Que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono de los suyos.

viernes, 11 de septiembre de 2015

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
El camino de la vida no es algo que hagamos en solitario. Ay de aquel que así quisiera hacerlo queriendo prescindir de todo y de todos. Es cierto que cada uno ha de realizar su propio esfuerzo, caminar sus propios pasos y hacer su propio camino, pero no vamos solos. A nuestro lado siempre hay quien está haciendo camino y en muchas cosas podemos coincidir y lo normal es que quienes van haciendo camino juntos se ayuden, se apoyen, se animen mutuamente y hasta en ocasiones seamos capaces de llevarles las cargas de los demás. Pero el camino que hacemos, la meta que ansiamos necesariamente tendría que hacernos solidarios los unos con los otros.
Esto vivido en un plano meramente humano es realmente hermoso y estimulante. En ese camino vamos construyendo juntos, porque juntos compartimos ilusiones y esperanzas y querríamos poder superar las dificultades propias de ese camino, pero también desearíamos que el camino, o el mundo en el que vivimos y por el que vamos haciendo ese camino, sea cada día mejor dejándoselo así como buena y hermosa herencia a los que vienen detrás de nosotros. Si nos encontramos una piedra o un obstáculo atravesado en el camino no solo nos vamos a preocupar de sortearlo, sino que además quisiéramos quitar ese obstáculo para que no se encuentren con él los que vienen detrás.
Cuando ese camino además lo hacemos desde un sentido distinto y superior, porque queremos seguir los caminos que nos traza el evangelio en el que nuestra meta la tenemos en Cristo y en el Reino de Dios, con mayor razón aun nos damos cuenta que ese camino no lo hacemos solos, que necesitamos sentir esos pasos de los hermanos que caminan junto a nosotros haciendo ese mismo camino, pero que la común esperanza, el mutuo amor  y la fe que nos anima harán que nos sintamos como más obligados, desde el amor, a ayudarnos y a apoyarnos los unos en los otros para hacer ese camino.
Creo que en la onda de lo que estamos reflexionando nos pueden ayudar mucho las palabras que le escuchamos a Jesús hoy en el evangelio. Es cierto que, como nos dice Jesús, un ciego no puede guiar a otro ciego, y va en el sentido de que quitemos el orgullo que nos ciega y nos impide ver la realidad del camino que hacemos. Nunca será desde el pedestal de nuestro orgullo desde el que vamos a caminar junto a los demás. Hemos de sentirnos en ese plan de igual de quienes se sienten hermanos y con humildad sabemos tendernos la mano para apoyarnos como para ofrecer una buena palabra que nos evite esos tropiezos que podamos encontrar en el camino.
Qué hermoso cuando sabemos hacerlo así; que alegría e ilusión nos da el hacer un camino así donde compartimos tanto alegrías como sufrimientos; se nos hace más llevadero el camino y es que haciéndolo así vamos a sentir la compañía y la fuerza del Espíritu del Señor que siempre llenará nuestra vida.