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jueves, 8 de octubre de 2026

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

 


No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Alguna vez quizás hemos sentido emoción en el alma porque nos encontramos con alguien que casi sin darnos cuenta por qué esa persona se muestra agradecida con nosotros porque nos dice que nosotros un día la ayudamos, la escuchamos y fuimos comprensivos con ella dándole unos momentos de nuestro tiempo cuando ella se sentía sola y que casi no podía confiar en nadie porque nadie ponía tampoco confianza en ella. Aquel gesto que nosotros tuvimos que casi no recordamos porque lo hicimos como algo espontáneo que estaba en nuestra manera de ser sin embargo alguien seguía recordando con gratitud y ahora poco menos que se ponía a nuestra disposición. El gozo agradecido de aquella persona al encontrarse de nuevo con nosotros también ponía una nota de alegría y emoción en nuestro corazón.

Son actitudes que hemos de mantener en nuestra vida, que tienen que llevarnos por una parte a mantener en tensión esa generosidad de nuestro corazón., pero que también tendría que hacernos recordar cuantas cosas buenas en ese sentido también nosotros hemos recibido a lo largo de la vida. Eso pone también una confianza en nuestro espíritu porque sabemos que siempre puede haber alguien que nos escuche, nos tienda su mano, pueda hacer algo por nosotros y también nos da confianza para acercarnos de una forma nueva a los demás.

Me han surgido estos pensamientos y reflexiones cuando he escuchado en lo profundo de mi mismo el texto del evangelio de hoy. Jesús está invitándonos a acudir al Padre con confianza y perseverancia en nuestra oración. Bien sabía Jesús las prevenciones que muchas veces tenemos cuando vamos a orar. ¿Seremos escuchados? ¿Dios nos va a atender en aquello que le vamos a pedir? Y algunas veces nos desanimamos si no vemos que nuestros deseos son cumplidos tal como nosotros los pedimos y viene la reacción de que Dios no nos escucha. ¿Será bueno que vayamos ya con esa negatividad y pasividad a nuestra oración? ¿Cuál es el sentido que tendría que tener?

¿Por qué en nuestra oración no partimos de lo que recordamos lo que ha sido el amor de Dios para nosotros? Es necesario ese reconocimiento porque es como un acto de fe. Saber ante quién estamos, reconocer el amor que Dios nos tiene y hacer algo así como un resumen de la historia de nuestra vida donde hemos visto ese actuar de Dios en nosotros. Así nuestro encuentro con el Señor en la oración será distinto, será un encuentro de gozo y lleno al mismo tiempo de esperanza porque sabemos que estamos ante quien nos ama; será el momento de disfrutar de ese gozo, de esa presencia de Dios en nosotros, ante el que quizás nos quedamos sin palabras pero con el corazón. agradecido.

La biblia nos enseña mucho en ese sentido porque en esos grandes momentos de oración se comienza siempre recordando lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, lo que llamamos la historia de la salvación. Es lo que tenemos que saber hacer nosotros también. Y si Dios nos ama así como lo estamos constatando nos dará más confianza para acercarnos a Él porque queremos seguir sintiendo esa misericordia en nosotros; seremos pecadores, pero sabemos que Dios nos ama; habremos tenido mil tropiezos y cometido mil errores, pero nos estamos acercando al Dios compasivo y lleno de misericordia que además nos ha entregado a su propio Hijo por amor.

Por eso nos decía Jesús cuando nos enseñaba a orar a petición de los discípulos que no necesitamos muchas palabras, porque Dios mejor que nadie conoce nuestro corazón. y conoce lo que necesitamos porque Él es siempre ese Padre amoroso que nos escucha. Es cierto que desgranamos en la presencia del Señor nuestras necesidades y preocupaciones, pensaremos en los que nos rodean y nos ama y amamos, pensaremos en la sombras de nuestro mundo que quisiéramos transformar, pensaremos en el sufrimiento de los demás para los que nosotros tenemos que ser siempre salud; y es que en la medida en que vayamos desgranando ante Dios todo eso que llevamos en el corazón, con la confianza del hijo que habla con su padre, iremos sintiendo también lo que el Señor nos va pidiendo, lo que su Espíritu va inspirando en nuestro corazón, iremos encontrando el compromiso que surgirá en nuestra vida después de nuestra oración; será una verdadero diálogo de amor en que Dios nos estará también hablando al corazón.

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida; sintamos la emoción del amor de Dios en nosotros que nos impulsará a llevar también ese amor a los demás.


domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


jueves, 6 de agosto de 2026

Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

 




Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

2Pedro 1, 16-19; Salmo 96; Mateo 17, 1-9

Ante la inmensidad de lo infinito nos sentimos sobrecogidos; parece que no entra en la limitación de nuestros números y nuestros cálculos lo que contemplamos como infinito. Ante la inmensidad del firmamento que contemplamos en una noche estrellada, sabiendo como sabemos que entre esos puntos de luz que vemos en el firmamento hay millones de años de luz de distancia, nos sentimos casi como un punto invisible y al tiempo que nos gozamos de esa inmensidad que podemos contemplar pero que no somos capaces de imaginar al mismo tiempo en nuestra pequeñez más aún nos sentimos empequeñecidos y de alguna manera turbados. ¿Quiénes somos ante esa inmensidad? Nos quedamos sin respuesta.

He querido comenzar con cierta imaginación esta reflexión, pero precisamente a partir de lo que hoy contemplamos. La gloria del Señor se manifestó en el Tabor. Jesús había subido a ese monte alto que siempre identificamos con esa montaña del Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea con tres de sus discípulos para orar. Y el evangelio nos desvela el misterio de lo que allí sucedió en el relato del evangelista, al que más tarde Pedro hará referencia en sus cartas, como hemos escuchado en la primera lectura.

Los resplandores del cielo los envolvieron en la alta montaña de manera que Pedro querrá quedarse allí para siempre arrobado por aquellos resplandores. Pero será la voz del Padre la que se escuche en medio de aquella visión señalándonos a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Será una nube la que ahora los envuelva cayendo por tierra los discípulos que de alguna manera se sentían transportados al cielo. Había que bajar de nuevo a la llanura; aquel misterio quedará escondido en el corazón porque solo podrán hablar de él después de la pascua, después de la resurrección.

‘No temáis’, les dice Jesús. El velo del misterio se ha descorrido, como el velo del templo de Jerusalén se descorrió también a la muerte de Cristo, porque en Cristo podemos conocer y dejarnos envolver por el misterio de Dios. Si ahora aquellos discípulos pudieron participar de ese momento de gloria Jesús nos dirá que de la misma manera nosotros seremos habitados por Dios. ‘El que me ama y cumple mis mandamientos, nos dirá, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Así podremos también nosotros resplandecer con la gloria de Dios. Pide Jesús al Padre que nosotros seamos también glorificados con la misma gloria de Dios con que el Padre le glorificó. ¿No es una gloria que así seamos amados de Dios que nos haga sus hijos?

Celebrar hoy esta fiesta de la Transfiguración del Señor y poder contemplar el Misterio de Dios que se nos revela no es algo que nosotros miremos como ajeno a nosotros. Es Cristo el que ha sido transfigurado, pensamos, pero nos estamos quedando cortos. En Cristo nosotros hemos sido glorificados y eso ha sido para nosotros la participación y vivencia de los sacramentos, que no por la carne ni por la sangre ni por ninguna otra razón humana sino por la fuerza de su Espíritu nos ha hecho partícipes de la vida de Dios para hacernos sus hijos.

Siempre recuerdo el hecho aunque no recuerdo a qué santo hacía referencia de cómo aquel buen hombre, con una fe maravillosa, cuando quería orar iba junto a la cuna de su niño recién bautizado y se ponía de rodillas porque decía que tenía la seguridad de que allí estaba Dios porque aún ningún pecado había manchado la pureza de aquella alma. Adoremos, sí, a Dios que quiere habitar en nuestro corazón, pongamos en Él nuestra fe y nuestro amor para sentir cómo en Cristo nosotros somos también glorificados.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Con fe y esperanza tenemos la seguridad de encontrar la luz en este camino oscuro de la vida haciendo verdadera navidad porque Jesús está en medio de nosotros hoy

 


Con fe y esperanza tenemos la seguridad de encontrar la luz en este camino oscuro de la vida haciendo verdadera navidad porque Jesús está en medio de nosotros hoy

Isaías 4, 2-6; Salmo 121; Mateo 8, 5-11

Necesitamos una fe que nos abra la puerta a la confianza, que nos dé seguridad en el camino emprendido aunque sean muchas las oscuridades que tengamos que atravesar, pero que al mismo tiempo nos hace humildes y agradecidos.

La vida que vivimos no siempre es algo que podamos disfrutar en todo su sentido; bien porque en nosotros mismos nos encontramos debilidades y carencias que parece que nos impiden alcanzar aquello en lo que soñamos y también porque lo que nos rodea no siempre contribuye a que en verdad seamos felices. Es una barahúnda de cosas a nuestro alrededor que no siempre contribuyen a esa paz que tanto necesitamos; nos encontramos con una complejidad de planteamientos en el sentido que cada uno le da a lo que hace o a lo que es su vida que si no estamos bien asentados en unos principios y valores sólidos nos sentimos desconcertados y desorientados.

¿Adonde acudimos? ¿A quién creemos? ¿Qué es de todo eso lo que nos va a dar un verdadero sentido a nuestra vida? ¿Podemos tener en verdad esperanza de lograr un mundo mejor, si realmente ni nos ponemos de acuerdo sino que andamos enfrentados los unos a los otros? Ahí tenemos la crispación en que se vive en nuestra sociedad y aquellos lugares que están llamados al diálogo para encontrar entre todos la mejor salida a las situaciones difíciles que vive nuestra sociedad realmente se convierte en un infierno de violencias en las palabras y en descalificaciones.

Con esta cruda realidad de lo que estamos haciendo en la vida y en nuestra sociedad estamos comenzando este tiempo de Adviento, que llamamos tiempo de esperanza. Hemos de saber encontrarle un verdadero sentido que nos haga ir al encuentro de un mundo nuevo que entre todos construyamos. Los profetas del Antiguo Testamento que hablaban también a un pueblo desconcertado y que trataban de alentar la esperanza con el anuncio de la venida del Mesías también nos ayudan en este camino que hoy tenemos que realizar. Cuidado que la forma de entender de muchos la navidad sea también como una pantalla que nos dé la apariencia de buenos deseos de paz en estos días, pero que no lleguemos a sentir de verdad esa transformación que Jesús quiere realizar con su venida en nuestros corazones.

Por eso hablaba en ese como resumen de ideas del principio de ese camino lleno de sombras que tenemos que atravesar con paso seguro desde esa fe y esa esperanza que anima nuestra vida cristiana. Contemplamos a un hombre, no precisamente de religión judía pues era un centurión romano, que desde la situación amarga que vive en su casa con su criado enfermo sabe acudir a Jesús buscando la salvación. Y ahí esta el hermoso ejemplo de este hombre, del que al final Jesús dirá que en todo Israel no ha encontrado una fe como la de este centurión romano.

Cree en Jesús y tiene la seguridad de la respuesta de Jesús, para quien solo bastará una palabra. No se siente digno de que Jesús vaya a su casa y diríamos que no solo por su condición de pagano de lo que es muy consciente conociendo además las prevenciones que los judíos tenían ante la casa de los paganos, sino por el sentido de humildad que envuelve su vida. Actúa con confianza y es él quien se pone en camino para venir al encuentro con Jesús, aunque Jesús no tenga ninguna prejuicio para ir a la casa del pagano para curar a su criado – ‘voy yo a curarlo’, que dice Jesús -, pero ya de antemano se siente agradecido por la obra maravillosa que Jesús va a realizar.

¿Es así la confianza y la esperanza que despierta la fe en nosotros? ¿Nos sentiremos en verdad seguros de ese actuar de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo? Nos sucede tantas veces que no pedimos con confianza, que no somos perseverantes en nuestra oración. Pero además humildad, no somos dignos, pedimos pero no exigimos, tenemos confianza pero aceptamos lo que es la voluntad de Dios que siempre nos dará más y algo mejor que lo que pedimos.

Hagamos una mirada retrospectiva a lo que han sido las diversas situaciones difíciles por las que hemos tenido que atravesar por la vida y, aunque sea como decimos a toro pasado, seamos capaces de reconocer ese actuar de Dios en nosotros y seamos agradecidos; necesitamos detenernos a contemplar ese actuar de Dios en nuestra vida que se ha manifestado algunas veces de manera casi imperceptible, pero que hemos de reconocer ese actuar y esa misericordia de Dios.

¿Por qué no vamos a pensar que también en este camino oscuro que ahora vivimos podremos encontrar la luz? ¿No tendría que ser esto lo que en verdad nos prepare para una auténtica navidad porque sintamos viva la presencia de Jesús hoy en nosotros?


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

 


Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

2Macabeos 7,1.20-31; Salmo 16; Lucas 19,11-28

La vida es un don, como un regalo que se nos da. Por eso la vida necesariamente se hace don. No es algo que se pueda encerrar, no es algo que se pueda acaparar; donde hay vida tiene que multiplicarse; si no la dejamos expandirse es que se muere, se difumina, desaparece. Es que la vida es expansiva. En quien vive no caben los egoísmos, el encerrarse en sí mismo o en pensar solo en ganar para sí mismo, porque el verdadero sentido de vivir es darse. Y nos damos porque somos agradecidos y la mejor forma de manifestar esa gratitud es dándonos creando vida, dándonos compartiendo todo lo que es nuestra vida, todo lo que hemos recibido.

Quien no es capaz de compartir la vida se muere; las personas encerradas en sí mismos, pensando solo en si mismos, son las más desgraciadas porque han perdido la verdadera ilusión de vivir, de lo que es la vida. Cuántos contemplamos en la vida que andan aburridos y sin encontrarle sentido a lo que hacen, porque solo piensan en sí mismos y no han descubierto la ganancia que es vivir y crear vida. Muchos viejos que se mueren contemplamos, y no son viejos porque tengan muchos años, sino porque no han encontrado sentido a su vivir. Aparecen los miedos y las desconfianzas, aparece el deseo de guardarlo tanto para no perderlo que al final se pudre esa vida y se llena de muerte.

Los que seguimos a Jesús somos los más amantes de la vida. Sentimos el regalo que Dios nos hace cuando nos ha dado a Jesús que viene a ayudarnos a comprender ese sentido de la vida. Solo es necesario contemplarlo a Él, no vive para sí sino para amar. Su vida es amar, su vida es entrega, su vida es don, su vida es toda generosidad. Será lo que nos enseña también con sus palabras. Es la promesa de vida que nos hace si llegamos a comprender el sentido de la vida que Él nos ofrece y tratamos de vivirlo.

Ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, nos enseña la Palabra de Dios. Por eso nos habla de vida eterna, que no es solo pensar en un más allá, que tenemos que pensarlo para aprender a trascendernos, sino que ese vivir la vida eterna es vivirlo ahora porque con Él aprendemos a vivir para siempre. Quien sigue a Jesús quita todos los signos de muerte, quien sigue a Jesús es agradecido y ama, no se reserva nada para sí, no camina con desconfianzas y cerrazones, su camino es repartir vida.

De eso nos está hablando Jesús con sus parábolas, como la que hoy se nos ofrece. La parábola de los talentos, solemos llamarla, por esos talentos, o minas de oro como se nos dice en la versión del evangelio de este día, pero que no son para guardarlos y esconderlos porque miedo a perderles, sino que hay que trabajarlos, hay que negociarlos, hay que hacerlos producir. Es lo que hemos de hacer con la vida, como hemos venido reflexionando.

Y entonces seremos felices, sentiremos la verdadera alegría de la vida; los que solo piensan en sí mismos no llegan a comprender lo que es la verdadera alegría de la vida, necesitarán sucedáneos para poder estar alegres, buscarán estimulantes que lo hacen es quemarnos porque cuando nos fallen esos estimulantes externos nos quedaremos vacíos y sin vida, sin haber podido disfrutar de verdad de la vida.

Leamos y releamos esta parábola que hoy Jesús nos propone y plasmémosla en nuestra propia vida. Encontraremos el verdadero sentido del vivir.


miércoles, 12 de noviembre de 2025

No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

 


No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

Sabiduría 6, 1-11; Salmo 81; Lucas 17,11-19

Hay gestos en la vida que a pesar de su simplicidad y sencillez sin embargo manifiestan en verdad nuestra grandeza y lo que son nuestros valores humanos. Una simple mirada de gratitud, una sencilla palabra como decir ‘gracias’, una sonrisa en la que hablan nuestros ojos sin necesidad de mediar palabra; un gesto de gratitud que es al mismo tiempo un gesto de humildad, porque cuando decimos gracias es porque sentimos en lo más hondo de nosotros mismos que no merecíamos aquello que con generosidad el otro nos ha ofrecido y de alguna manera nos sentimos en deuda; una palabra de gratitud no paga nada pero muestra nuestra humildad y nuestra humanidad.

Algunas veces nos cuesta decirla cuando nos quedan restos de orgullo y de amor propio, cuando aún mantenemos la autosuficiencia de que nos valemos por nosotros mismos sin necesidad de nadie y queremos seguir manteniendo las distancias porque nos creemos merecedores de todo. Y es algo tan sencillo de decir o de manifestar cuando de verdad somos humildes. Podemos ser muy cumplidores y hacer todas las cosas de la mejor manera que sabemos hacerlo, pero si nos falta esa humildad nos está faltando humanidad. Muchas cosas más podríamos seguir reflexionando hasta convencernos de verdad que tenemos que ser agradecidos y mostrarlo. Aprendamos a bajarnos de nuestros pedestales. A veces vamos tan engreídos que nos olvidamos o nos cuesta pronunciar esa palabra. Algunas veces es una cuenta que tenemos pendiente.

Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Es el relato que se nos hace; mientras iban de camino en su subida a Jerusalén, en esta ocasión van atravesando Samaria, de lejos un grupo de leprosos que saben del paso de Jesús, sin atreverse a acercarse porque la ley se los impedía, gritan suplicando que Jesús tenga compasión de ellos. ¿Cuál va a ser la respuesta de Jesús? No es insensible Jesús al sufrimiento de los demás y los milagros son un signo de esa liberación que Jesús nos ofrece. Les envía para que se presenten a los sacerdotes que certificando su sanción les permitan volver a sus casas. Así estaba prescrito y es lo que Jesús les pide realizar.

Suponemos la alegría de poder volver a encontrarse con los suyos y la prontitud con que correrían para tener las correspondientes autorizaciones. Mientras van de camino se dan cuenta de que están curados. Están realizando lo prescrito en los protocolos correspondientes. Pero a uno de ellos no le preocupa ahora esos protocolos, se siente curado y sabe que es Jesús el que lo ha curado; para él es más importante en ese momento el volver atrás hasta donde está Jesús para decir gracias. Reconocían en su petición que Jesús podía hacer algo por ellos, reconoce ahora este hombre que verdaderamente Jesús ha hecho algo por ellos porque los ha curado. Viene a postrarse ante Jesús. ¿Y los otros nueve dónde están?

¿Dónde estamos nosotros?, sería la pregunta que tendríamos que hacernos. Sí, es nuestra gratitud a Dios de quien todo lo recibimos; así lo expresamos con nuestra fe, con nuestras súplicas y con nuestra acción de gracias. Esa tendría que ser nuestra auténtica oración, cada día, cada momento. Ese tendría que ser el sentido de nuestras celebraciones donde tendríamos que manifestar y cantar el gozo de la salvación que de Jesús recibimos. Pero ¿realmente son así nuestras celebraciones?

No es muchas veces la alegría lo que mejor expresamos de hecho en nuestras celebraciones que parecen aburridas en la mayoría de los casos y parece que estamos deseando que terminen para salirnos a irnos a nuestras cosas. ¿Acaso estamos realmente compartiendo con los que están con nosotros en la celebración esas cosas concretas por las que en ese momento damos gracias a Dios? Mucho tendríamos que revisar, un nuevo sentido de vida tendríamos que darle.

Pero no nos quedemos en eso, sino vayamos al día a día de nuestra vida, ahí en lo que son nuestras relaciones familiares, lo que es el trato con los amigos, lo que es la relación con los que estamos haciendo el mismo camino de la vida, vecinos, compañeros de trabajo, personas con las que nos cruzamos por la calle o compartimos un mismo transporte, ¿cuántas veces les decimos gracias? Y en cada uno de esos aspectos o situaciones seguro que tenemos muchos motivos para dar gracias, para ser agradecidos, para tener una palabra amable, para regalar el gesto de nuestra sonrisa. No vayamos de engreídos por la vida.


martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

viernes, 21 de marzo de 2025

Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

 


Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

Génesis, 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mateo 21, 33-46

Aunque cuando hacemos un favor, cuando hacemos el bien a alguien lo queremos hacer desde nuestra buena voluntad y nuestra generosidad, sin embargo, somos humanos, y aunque no busquemos reconocimientos nos sentimos mal cuando vemos, por ejemplo, lo mal que aprovechan lo que nosotros les ofrecimos para su bien, más bien lo malgastan o lo destruyen aparte de no dar ninguna señal del bien que quisimos hacerles. No buscamos gratitudes ni reconocimientos, queremos que les sirva para su bien, pero no saben sacarle provecho, e incluso hasta que con quienes les quisimos ayudar se ponen insolentes y exigentes. Y somos nosotros los primeros los que nos sentimos mal con la tentación incluso de reaccionar contra ellos.

Estamos haciendo el planteamiento desde nuestra perspectiva, desde el punto en que hemos sido nosotros los que hemos ofrecido y no se ha dado por la otra parte la respuesta adecuada. Pero ¿y si pensamos en nosotros mismos, pero desde el otro lado, desde el que no siempre nosotros damos la respuesta adecuada a cuanto recibimos?

Es por donde quiere ir hoy el evangelio con la parábola que Jesús nos ofrece.

Es cierto que en un primer comentario a esta parábola, incluso desde la intención con que Jesús la dirigió en aquel momento en que estaban presentes los dirigentes del pueblo, vemos en ella un reflejo de lo que fue la historia de Israel, la historia de amor de Dios con su pueblo hasta llegar a aquel momento presente en que rechazan a Jesús, el enviado de Dios, como tantas veces habían rechazado a los profetas tal como nos refleja la historia de Israel.

Una historia que tenía que ser una historia de salvación porque era la historia del amor de Dios por su pueblo, pero que se había transformado en una historia de infidelidad en la respuesta que tanto le costaba a aquel pueblo de Dios al amor que se derramaba sobre ellos.

Pero cuando hoy escuchamos nosotros este evangelio como Palabra de Dios para nosotros hemos de saber hacer una lectura de aquella historia en nuestra propia vida. No miramos la historia del pasado, sino miramos nuestra propia historia, nuestra propia vida y en ella tenemos que vernos reflejados.

Nos habla la parábola del propietario que preparó su vida y se nos dan hermosos detalles del esmero con que la preparó y la arrendó a unos agricultores para que la trabajaran, sacaran sus frutos y rindieran cuenta al dueño por aquellos frutos. No eran los propietarios, pero quisieron sentirse los propietarios, de manera que no quisieron rendir cuentas de frutos y ganancias para el dueño. Envía a sus criados que son rechazados de mala manera; rechazan al hijo porque quieren hacerse dueños de la viña y terminan matándolo fuera de la viña.

¿Cómo nos vemos nosotros ante ese regalo de Dios que es la vida misma pero también cuánto con su gracia ha enriquecido nuestra vida? ¿Cuál es la actitud de acogida que nosotros mostramos ante quienes Dios pone a nuestro lado para ayudarnos a hacer sus caminos? ¿Hasta dónde llega nuestra fe para aceptar y recibir esa gracia que Dios continuamente de mil maneras nos regala?  ¿Cuál es la vivencia de esa fe y de ese amor que tendríamos que reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos?

Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, pero sinceros ante Dios que conoce bien nuestros corazones. No lo podemos ocultar. Nuestra vida también está llena de infidelidades, de fracasos de esa gracia de Dios en mí. Es ahora cuando no nos hemos de sentir tan mal por lo que otros hagan con nosotros, sino mal con nosotros mismos cuando reconocemos y contemplamos las oscuridades de nuestra vida.

Pero es tiempo de gracia, como escuchábamos desde el primer día de la cuaresma en el miércoles de ceniza. Tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, que una vez más nos llama y nos regala su gracia, es tiempo de salvación si respondemos a la llamada del Señor.

viernes, 24 de enero de 2025

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

 


Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

Hebreos 8,6-13; Salmo 84; Marcos 3,13-19

Nosotros escogemos a nuestros amigos; conoceremos a muchos pero tener la consideración de amigos solo serán algunos; ¿qué les pedimos o qué les ofrecemos? Fundamentalmente la lealtad de la amistad con todas las características que les acompañan, normalmente teniendo en cuenta su sinceridad y sus valores humanos; habrá quienes sean interesados en otras cosas, poder, influencia, prestigios sociales, pero ahí no vamos realmente buscando la amistad; no nos importa quienes son en ese sentido sino como se muestran con nosotros para poder confiar. Con los amigos se van a compartir muchas cosas, todo lo que encierra la amistad.

De la misma manera podríamos decir cuando buscamos colaboradores para algo que vamos a emprender; no lo hacemos a la ligera y tendremos nuestros criterios propios; partiríamos de esa lealtad de la amistad y de ser personas con inquietud, aunque en la vida no hayan destacado por muchas cosas, pero buscamos lo que hay en lo más hondo de ellos mismos y que sabemos que pueden sacarlo a todo para emprender lo que le confiemos; muchas veces desde lo pequeño y lo que nos parece menos relumbrante quizás encontramos esas personas ideales en las que podemos confiar.

En torno a Jesús se había ido formando ya un grupo de personas que le seguían más de cerca, que compartían lealmente con Jesús muchas cosas, porque quizás a muchas cosas habían sido capaces de renunciar para escuchar a Jesús y estar al lado de Jesús. Llega el momento de ir formando aquel grupo que iba a ser como imagen de esa nueva comunidad que se iba a formar a partir de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio.

Algún evangelista nos dirá que se pasó la noche en oración; eran decisiones serias que no se podían tomar sin una previa reflexión; por eso le vemos que aquel día con sencillez, pero con la solemnidad que conllevaba aquel momento fue llamando uno a uno a los doce que iba a tener con El y a los que iba a llamar sus enviados, apóstoles. El evangelista nos da la relación. Les hemos visto en distintos momentos cuando Jesús los ha llamado a seguirle, cuando se han ido con él dejándolo todo, procedentes en cierto modo de diversos ambientes, pero muy cercanos a Jesús pues algunos incluso serán parientes. ‘Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él’.

Y ya vemos desde el primer momento que se confía en ellos porque les da autoridad para lo que han de realizar. Ellos han de ser signos de ese Reino de Dios que se estaba constituyendo y habían de realizar también esas señales de que el Reino de Dios estaba llegando. Por eso nos dice el evangelista que ‘instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Comienza a plasmarse lo que era el Reino de Dios que Jesús venía anunciando. Había invitado a la conversión para creer en esa buena noticia y aquellos doce habían dado señales de que estaban en ese camino, a pesar de sus debilidades, a pesar de que haya momentos en que no terminen de entender lo que Jesús les enseñe, a pesar de sus ambiciones humanas que seguían latentes en sus corazones y de las que tendrían que irse poco a poco desprendiendo. Eran los que estaban con Jesús y los enviados de Jesús.

Con cierta emoción escuchamos nosotros este relato del evangelio porque estamos viendo que Jesús nos llama también a ser sus amigos, a que demos esas señales del Reino de Dios en nuestra vida y entonces seamos capaces también de desprendernos de esas cosas que quedan en nosotros como rémoras que nos impiden caminar libremente.

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que así sigue confiando en nosotros, conociendo como conocemos nuestras debilidades y tropiezos, pero al tiempo nos sentimos impulsados a caminar, a levantarnos, a mirar a lo alto, a buscar nuevas metas de superación en nuestra vida. Gracias, Señor, por seguir confiando en nosotros y seguir llamándonos amigos.

martes, 14 de enero de 2025

Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

 


Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

Hebreos 2,5-12; Salmo 8; Marcos 1,21-28

Nos prometieron que aquella conferencia iba a estar muy interesante, que era un elocuente orador y en la publicidad que hacían hablaban de su preparación en prestigiosos centros de estudios, pero cuando fuimos a escucharlo salimos defraudados, ni era tan elocuente orador y nada nos había dicho, nos quedamos con las ganas, nos quedamos vacíos porque nada nuevo pudimos escuchar que nos enriqueciera culturalmente; todo habían sido vaciedades, cosas sabidas y repetidas intentadas decir con bonitas palabras pero que no entusiasmaron al auditorio. Nos damos cuenta cuando solo hay palabras pero no hay nada en el fondo, nada que te impulse a algo nuevo, que te comprometa de alguna manera, que renueve de alguna manera tus ideas o tus ilusiones.

Como nos narra el evangelista ya desde el principio del evangelio aquel profeta que había aparecido por Cafarnaún y por los pueblos y aldeas de Galilea sí había despertado los corazones de sus oyentes. No era solamente la curiosidad innata de los pueblos cuando algo nuevo surge, pero que luego pronto se enfría, sino que estaban comenzando a reconocer que quien les hablaba lo hacia con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley que cada semana ocupaban la tribuna de la sinagoga para dirigir la oración.

Y Jesús hablaba con autoridad, porque si estaba anunciando el nuevo Reino de Dios, estaba también dando señales de que ese Reino era posible, ese Reino allí entre ellos ya se estaba realizando; se estaba realizando porque sus corazones se movían a la esperanza, una luz nueva estaba brillando en sus días; las palabras de Jesús encendían sus corazones y cada día querían escucharle más y tras El se irían caminantes y peregrinos por los caminos de Galilea para escucharle.

Pero también aquello que se había anunciado en la sinagoga de Nazaret y se había dicho que ya en el hoy de sus vidas se estaba realizando, ellos lo veían también palpable entre ellos; los oprimidos por el mal eran liberados, como fue este primer endemoniado – como así los llamaban entonces – allí en la propia sinagoga de Cafarnaún donde Jesús les había estado enseñando. Ante la luz que estaba comenzando a brillar en Jesús las tinieblas del mal ya querían comenzar a rechazarle; fijémonos en el sentido del dialogo que se establece con Jesús, pero la autoridad con que Jesús libera a aquel hombre de la opresión del mal; por eso pronto serán muchos los que le traigan a sus enfermos aquejados de toda clase de dolencias para que Jesús les sane.

Las palabras de Jesús no son huecas ni vacías, las palabras de Jesús son vida, nos llenan de vida, nos liberan desde lo más hondo de nosotros mismos. Es la autoridad de Jesús que es la misma Palabra de Dios. No nos ha de extrañar que más tarde un centurión romano venga a decirle a Jesús que no es necesario que vaya a su casa, que basta que lo diga de palabra, porque con la autoridad de su Palabra su criado quedará sano. 'Poderoso en obras y palabras', lo definirían más tarde los discípulos de Emaús.

En aquella gente se estaba despertando la fe verdadera y acogían con corazón generoso la Palabra de Dios y estaban entrando en caminos de salvación. Nos tendría que llevar a nosotros a pensar con qué fe acogemos la Palabra de Dios, con qué respeto y admiración la escuchamos, con qué humildad abrimos nuestro corazón y nos dejamos sanar por esa Palabra, con qué gratitud damos gracias por la riqueza y sabiduría de vida que Jesús en su Palabra nos está trasmitiendo, cómo acogemos la salvación de Dios que nos llega por su Palabra. Dios me dé ese espíritu de Sabiduría para mejor compartirla.

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. 

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

viernes, 20 de diciembre de 2024

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

 

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38

Las sorpresas de Dios siempre nos dejan boquiabiertos. Donde menos lo esperamos, quizás lo que menos esperamos, nunca en la forma cómo nosotros nos lo imaginamos Dios nos sorprende. Aunque tenemos un peligro, no dejarnos sorprender porque ya nada buscamos, no dejarnos sorprender porque nos hemos saciado de tantas cosas sin sabor que hemos perdido la sensibilidad, no dejarnos sorprender porque en nuestra autosuficiencia decimos que ya nada necesitamos, que lo espiritual no nos interesa, que nos bastamos a nosotros mismos con nuestros juguetes o jugando a creernos dioses que estamos por encima de esas cosas que ya nos parecen insulsas. Pero Dios sigue viniendo a sorprendernos con su amor.

Necesitamos humildad para dejarnos sorprender con las cosas de Dios, aunque nosotros sigamos jugando a hacernos dioses que están por encima de todas esas cosas. En el mundo en el que vivimos nos hemos llenado de autosuficiencia y hasta hemos querido transformar las cosas más sagradas a nuestra medida, desvirtuamos todo lo sagrado queriendo darle nuestras humanas o interesadas explicaciones y nos hemos materializado desacralizado tanto que queremos desterrar todo sentimiento religioso y transformarlo todo a nuestro sentido materialista de la vida.

Desvirtuamos las palabras que siempre han estado cargadas de un sentido espiritual para hacerlo todo mundano y que solo satisfaga nuestras sensaciones más primarias. ¿No estamos llegando a un punto, por ejemplo, que la palabra navidad ya no tiene nada que ver con la Encarnación de Dios que se hace hombre y presente en nuestra historia? ¿Qué es navidad para la mayoría de la gente que nos rodea en nuestro mundo de hoy? En algunos sitios hasta hacen desaparecer las imágenes que estén relacionadas con lo espiritual para sustituirlas por aquellas cosas que nos puedan llamar al consumo y una fiesta donde esté ausente Dios.

Los cristianos – y tenemos que decir que todo el mundo de hoy y esa sería nuestra tarea evangelizadora de anuncio del evangelio – necesitamos escuchar de nuevo un evangelio como el que hoy se nos ofrece, siempre novedad de evangelio a pesar de todas las veces que lo hayamos escuchado. Dios que viene a plantar su tienda entre nosotros para ser Emmanuel de verdad en medio de nuestro mundo y escoge a una joven doncella de Nazaret para que sea su madre. Así de sencillo y grandioso es el evangelio que hoy se nos ofrece.

María se sorprende ante la visita del ángel, nos dice el evangelista, y se puso a considerar todo aquello que contemplaba y escuchaba. Se quedó boquiabierta, en la expresión que empleábamos al principio. Podíamos decir que no se lo podía creer. Estaba siendo llamada la agraciada del Señor, aquella en quien Dios se había fijado y que quería contar con ella para el misterio más maravilloso de su amor, hacerse hombre naciendo de una mujer.

El ángel le explica con palabras que solo una persona de fe puede llegar a comprender. Nace esa fe desde esa sorpresa de Dios. Dios se nos manifiesta y nos hace conocer lo que es su voluntad, lo que son sus planes y le damos la respuesta de la fe, como lo hizo María.

Para quien es ajeno a la fe porque no quiere dejarse sorprender por Dios le puede parecer una escena increíble y que puede quedarse como en un mito. Pero si tenemos humildad, como la tenía María, que le costaba comprender pero hacía preguntas, que le parecía algo muy grande para ella que se siente muy pequeña, pero que se deja conducir, podremos entrar nosotros también en esa sintonía de Dios, en esa sintonía de lo espiritual, en esa apertura de nuestro espíritu a lo sobrenatural porque nos sobrepasa pero de lo que nos sentimos agradecidos porque descubrimos que es un regalo de amor.

Sorprendidos y boquiabiertos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, es el sentido que tenemos que darle desde lo más profundo a nuestra navidad.