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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

Supongamos que tenemos la buena suerte de recibir un regalo, que no esperábamos ni acaso habíamos soñado en tenerlo, algo sin embargo que nos hacía mucha ilusión y que va a significar algo maravilloso para nosotros; es normal que saltemos de alegría, que en el gozo de lo que hemos recibido hagamos fiesta en la que de alguna manera u otra poco menos que nos convertimos en protagonistas; probablemente se nos suba el ‘ego’ y ahora todo lo veremos maravilloso porque llegamos incluso a dar la impresión que nos lo habíamos ganado, que teníamos nuestros méritos y nos insuflamos tanto orgullo que poco menos que las alabanzas se vuelven para nosotros, y aunque muchas veces decimos que si nos sacamos la lotería o alguna de tantas cosas en las que no nos perdemos de jugar decíamos que lo íbamos a repartir y todas esas cosas de una generosidad orquestada, al final nos encerramos en nosotros mismos de una forma avara y codiciosa. ¿Qué estaríamos denotando de nuestros valores o de nuestro sentido de la vida? No digo que todos seamos así y así actuemos siempre, pero es cierto que es una tentación que sufrimos y nos puede hacer perder el rumbo de nuestra propia madurez humana.

Hay algo en el evangelio de hoy que nos puede pasar desapercibido y que tendría que ser pauta de lo que significa nuestro encuentro con Jesús y con la fe. Nos dice el evangelista que cuando salió Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. Una indicación más o menos clara que sería la casa de Pedro en Cafarnaún el punto de encuentro o de arranque de toda la predicación de Jesús por Galilea. Ya en otro momento nos dirá cuando nos envía a predicar que en la casa donde entremos allí nos quedemos si nos reciben bien. Desde una casa, desde un hogar va a irradiar el anuncio del Reino que hemos de hacer por todas partes.

Pero en la casa de Simón le indican que la suegra de Simón está en cama con fiebre. Jesús, como no podía ser menos, se acerca a ella y tomándola de la mano la levanta, curándose de aquella fiebre. ¿Y cual es la reacción, y es en lo que quiero fijarme en estos momentos? No lo dice pero suponemos la alegría de todos por la recuperación, lo mismo que la suegra de Simón Pedro, pero aquella mujer no se queda en el momento festivo sino que se puso a servirlos.

Nuestro paso por el encuentro con el Señor siempre tendrá que derivar en el servicio, no hay mejor manera de celebrarlo ni de hacer fiesta por lo que significa ese encuentro. Y es que Jesús cuando nos sale al encuentro no es para que nos quedemos en nosotros, en lo que hemos recibido, los beneficios que significa para nosotros. Jesús siempre nos está poniendo en camino. No nos podemos quedar como quería Pedro extasiados en lo alto de la montaña porque allí se está bien, tenemos que bajar al llano, tenemos que volver a nuestros caminos aunque luego haya momentos en que nos resulten dificultosos y de nuevo oscuros. Es la bonita actitud que nos está enseñando hoy la suegra de Simón.

En las actitudes y en lo que hace el mismo Jesús estamos viendo el mismo detalle. Mucha gente se había aglomerado en aquella tarde noche a la puerta de la casa y a todos y a cada uno quiso acercarse Jesús. Nos habla de cómo imponía las manos a los que se acercaban y a todos les iba dando nueva vida. Pero Jesús no se queda ahí; desde el amanecer se había ido al descampado para su oración al Padre y cuando vienen de nuevo a buscarlo El les dice que tiene que llegar a otros lugares porque en esos otros sitios también había de anunciarse el Reino de Dios. Siempre en camino, siempre en actitud de servicio, siempre en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos porque a ellos también tiene que llegar la Buena Noticia.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Estaremos siempre en esa disponibilidad de servicio? ¿Será esa también nuestra manera de hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en medio de nuestro mundo? ¿Pensaremos también en otros, de los que no están cerca o no vienen, a los que tenemos que hacer también el anuncio? No nos podemos contentar con los que ya estamos, los de siempre, los que también hayan dado una respuesta de fe, sino que como nos decía el Papa Francisco tenemos que ir a las periferias.

¿No nos estaremos encerrando mucho en nuestros templos, en nuestras celebraciones bonitas, en el rescate de nuestras novenas y devociones, en nuestras cofradías y hermandades, en nuestras fiestas tradicionales y nos falta ese impulso misionero? Algunas veces cuando contemplo algunos programas pastorales me entran esos miedos, me interrogo por esa inquietud misionera que ha de tener la Iglesia, y qué es lo que estamos haciendo.


viernes, 26 de junio de 2026

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor

 

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor 

2 Reyes 25, 1-12; Salmo 136;  Mateo 8, 1-4

Excluimos, somos excluidos o nos excluimos a nosotros mismos, resumo con ellos posturas, actitudes, maneras de actuar que tenemos muchas veces con nosotros mismos o con los que nos rodean, creando unas diferencias o exclusivismos que nos distancian y que nos dividen. Algunas veces de una manera muy sutil, otras de forma descarada en actitudes, comportamientos o gestos que tenemos hacia los que nos parecen distintos, otras veces bajo una capa de aparente humildad que encierra realmente un orgullo mal curado dentro de nosotros mismos.

Me hago esta reflexión desde el relato de aquel leproso que se atrevió a acercarse a Jesus que nos cuenta hoy el evangelio. Partimos es cierto de una situación de discriminacion incluso considerada legal por aquello en principio de evitar los peligrosos contagios de una enfermedad que con la higiene y medios de la época se consideraba hasta una maldición; el leproso era excluido no sólo de la vida familiar sino de su presencia en medio de la comunidad, habían de vivir apartados para siempre de todo contacto humano.

Pero aquel hombre tuvo la valentía de reconocer, es cierto con humildad, su enfermedad, pero de romper también todas aquellas barreras para acercarse a Jesus, incluso en medio de la gente. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús. Se sabe no limpio, se sabe impuro como lo ha condenado su sociedad, pero sabe quién puede limpiarle, quien puede de nuevo devolverle su dignidad. ¿Qué va a hacer Jesús? ‘Quiero, queda limpio’, es su respuesta.

Cuántas veces hemos reflexionado sobre este hecho con muchas conclusiones para nuestra vida. Pero no lo hemos de dar ya por todo hecho y reflexionado. Es Palabra de vida para nosotros hoy, en este mundo concreto en el que estamos, pero también para nuestra vida tan llena de lepras, cuando nos creemos buenos y hasta mejores que los que están a nuestro lado, o cuando seguimos con nuestras cobardías para camuflar tantas debilidades que hay en nosotros, cuando no damos el paso para salir de esas situaciones en las que nos hemos metido o arrancar de nosotros tantas amarguras que seguimos guardando en el corazón, cuando por orgullo no nos dejamos sanar esas viejas heridas y por el contrario vamos con las púas de nuestros resentimientos y recelos hiriendo a quien se interponga en nuestro camino.

¿Seremos capaces de tener la humildad de reconocer que no estamos tan limpios como queremos aparecer y pedirle a Jesus que nos sane y que nos limpie?

Pero hay algo más de lo que tenemos que ser capaces, tomar las actitudes y las posturas de Jesús para ir rompiendo muros y barreras para que nadie se sienta apartado, poniendo el bálsamo de nuestro amor en nuestros gestos y palabras para ir sanando también a cuantos encontremos en esa situación en los caminos de la vida, tendiendo la mano como oferta de confianza y amor a quien sea que encontremos sin importarnos ni el color de su piel ni su apariencia.

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, para ofrecer también ese mismo amor a los demás.


viernes, 16 de enero de 2026

¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

 


¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Salmo  88; Marcos 2, 1-12

¿Cómo reaccionamos cuando encontramos un tropiezo o una dificultad en el camino? Algunas veces somos impacientes porque queremos el camino llano y limpio de obstáculos; ya sabemos cómo nos ponemos tantas veces de críticos hacia aquellos que pensamos que tienen la obligación de mantener el camino limpio  y libre de obstáculos, pero quizás no somos capaces de detenernos para hacer algo por nuestra parte para quitar aquel impedimento, para poner una señalización para evitar el peligro para otros que transitan por esa misma vía, o para buscar la ayuda necesaria para poder entre todos eliminar ese impedimento. Hablo en este caso en mi ejemplo de vías y caminos porque en tiempos atmosféricos adversos son problemas habituales que nos encontramos.

Pero entendemos que con este ejemplo podemos poner muchas otras experiencias que de una forma o de otra vamos teniendo en la vida; son los problemas que nos encontramos en nuestras relaciones con los demás, en la familia, en nuestros trabajos, con la gente con la que convivimos; problemas derivados de muchos factores partiendo de nuestra manera de ser o de nuestras ambiciones, de momentos malos por los que pasamos en la vida y con los que nos vemos atorados sin saber muchas veces cómo salir adelante. ¿Echamos la culpa a los demás? Es una cosa que nos sale fácilmente muchas veces. ¿Nos rendimos y damos por imposible esa superación que necesitamos en la vida? Nos acomodamos, nos aguantamos, nos resignamos y seguimos arrastrándonos atados quizás a nuestros propios miedos. Con buena voluntad queremos avanzar por la vida, pero pronto nos desanimamos y vamos arrastrándonos como podamos con nuestros miedos y cobardías. ¿Dónde está nuestra madurez humana? ¿Dónde se quedan esos buenos valores que tendrían que ser fuerza y fundamento para nuestro caminar y para nuestra superación?

Me ha surgido todo este pensamiento y reflexión contemplando un detalle que nos puede pasar desapercibido en el texto del evangelio de hoy. Son muchos los aspectos sobre los que tendríamos que reflexionar, pero quiero fijarme en el detalle de valentía y de creatividad e iniciativa de aquellos hombres que con buena voluntad traían a un enfermo, en este caso un paralítico, para que Jesús lo curase. Se había extendido la fama por toda Galilea y de todas partes les traían a sus enfermos para que los curase.

Pero al llegar a la puerta con el paralítico en su camilla no pueden entrar. Tanto es el gentío que se agolpa a la puerta para escuchar a Jesús que se les hace imposible el llevar hasta el lugar donde esta Jesús. ¿Se sienten frustrados en su esfuerzo y en su buena voluntad y se resignan ante lo que parece imposible? Ya el evangelista nos detalla la iniciativa de estos hombres de abrir un boquete en el tejado sobre donde está Jesús para por allí descolgar la camilla y hacer que aquel hombre llegue a los pies de Jesús.

Jesús nos dice el evangelista se admiró de la fe de aquellos hombres. No se rindieron, no se dieron por vencidos, buscaron la forma y lograron lo que deseaban. Qué relación más bonita con lo que veníamos reflexionando como introducción. Pero Jesús ofrece mucho más de lo que aquellos hombres en principio pedían; solo deseaban que aquel paralítico se viera libre de su dependencia para poder caminar. Y claro que Jesús quiere que nos veamos libres de nuestras dependencias, no quiere que nos sintamos ligados por ningún tipo de ataduras, nos quiere libres, lejos de cualquier esclavitud.

Pero sus palabras van a extrañar a muchos, llegarán incluso a pensar que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. Pero, ¿para qué ha venido Jesús? Como anunciaba en la sinagoga de Nazaret para liberar a los oprimidos, para establecer un tiempo de gracia. Es el regalo que nos ofrece Jesús. Hacer que nos sintamos libres desde lo más hondo de nosotros mismos de toda atadura y esclavitud. Las curaciones de los enfermos que realiza no son sino un signo de esa otra libertad que quiere darnos. Por eso sus palabras son de perdón.  O como dirá en algunas ocasiones a aquellos que ha curado, ‘vete y no peques más’, no vuelvas a caer en esa esclavitud. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice al paralítico.

Y porque produce esa transformación dentro de nosotros con su gracia y su perdón nos sentiremos fortalecidos para no dejarnos vencer, para estar siempre en camino de superación, para llegar a lo más alto y más sublime de nuestra vida, aunque muchas cosas quizás tengamos que romper dentro de nosotros; somos nosotros mismos con nuestro egoísmo y con nuestras ambiciones los vamos poniendo trabas en los caminos de la vida. Pero con Jesús todo tiene que ser distinto. Dejemos que estas palabras del evangelio calen hondamente dentro de nosotros.

miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


miércoles, 12 de noviembre de 2025

No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

 


No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

Sabiduría 6, 1-11; Salmo 81; Lucas 17,11-19

Hay gestos en la vida que a pesar de su simplicidad y sencillez sin embargo manifiestan en verdad nuestra grandeza y lo que son nuestros valores humanos. Una simple mirada de gratitud, una sencilla palabra como decir ‘gracias’, una sonrisa en la que hablan nuestros ojos sin necesidad de mediar palabra; un gesto de gratitud que es al mismo tiempo un gesto de humildad, porque cuando decimos gracias es porque sentimos en lo más hondo de nosotros mismos que no merecíamos aquello que con generosidad el otro nos ha ofrecido y de alguna manera nos sentimos en deuda; una palabra de gratitud no paga nada pero muestra nuestra humildad y nuestra humanidad.

Algunas veces nos cuesta decirla cuando nos quedan restos de orgullo y de amor propio, cuando aún mantenemos la autosuficiencia de que nos valemos por nosotros mismos sin necesidad de nadie y queremos seguir manteniendo las distancias porque nos creemos merecedores de todo. Y es algo tan sencillo de decir o de manifestar cuando de verdad somos humildes. Podemos ser muy cumplidores y hacer todas las cosas de la mejor manera que sabemos hacerlo, pero si nos falta esa humildad nos está faltando humanidad. Muchas cosas más podríamos seguir reflexionando hasta convencernos de verdad que tenemos que ser agradecidos y mostrarlo. Aprendamos a bajarnos de nuestros pedestales. A veces vamos tan engreídos que nos olvidamos o nos cuesta pronunciar esa palabra. Algunas veces es una cuenta que tenemos pendiente.

Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Es el relato que se nos hace; mientras iban de camino en su subida a Jerusalén, en esta ocasión van atravesando Samaria, de lejos un grupo de leprosos que saben del paso de Jesús, sin atreverse a acercarse porque la ley se los impedía, gritan suplicando que Jesús tenga compasión de ellos. ¿Cuál va a ser la respuesta de Jesús? No es insensible Jesús al sufrimiento de los demás y los milagros son un signo de esa liberación que Jesús nos ofrece. Les envía para que se presenten a los sacerdotes que certificando su sanción les permitan volver a sus casas. Así estaba prescrito y es lo que Jesús les pide realizar.

Suponemos la alegría de poder volver a encontrarse con los suyos y la prontitud con que correrían para tener las correspondientes autorizaciones. Mientras van de camino se dan cuenta de que están curados. Están realizando lo prescrito en los protocolos correspondientes. Pero a uno de ellos no le preocupa ahora esos protocolos, se siente curado y sabe que es Jesús el que lo ha curado; para él es más importante en ese momento el volver atrás hasta donde está Jesús para decir gracias. Reconocían en su petición que Jesús podía hacer algo por ellos, reconoce ahora este hombre que verdaderamente Jesús ha hecho algo por ellos porque los ha curado. Viene a postrarse ante Jesús. ¿Y los otros nueve dónde están?

¿Dónde estamos nosotros?, sería la pregunta que tendríamos que hacernos. Sí, es nuestra gratitud a Dios de quien todo lo recibimos; así lo expresamos con nuestra fe, con nuestras súplicas y con nuestra acción de gracias. Esa tendría que ser nuestra auténtica oración, cada día, cada momento. Ese tendría que ser el sentido de nuestras celebraciones donde tendríamos que manifestar y cantar el gozo de la salvación que de Jesús recibimos. Pero ¿realmente son así nuestras celebraciones?

No es muchas veces la alegría lo que mejor expresamos de hecho en nuestras celebraciones que parecen aburridas en la mayoría de los casos y parece que estamos deseando que terminen para salirnos a irnos a nuestras cosas. ¿Acaso estamos realmente compartiendo con los que están con nosotros en la celebración esas cosas concretas por las que en ese momento damos gracias a Dios? Mucho tendríamos que revisar, un nuevo sentido de vida tendríamos que darle.

Pero no nos quedemos en eso, sino vayamos al día a día de nuestra vida, ahí en lo que son nuestras relaciones familiares, lo que es el trato con los amigos, lo que es la relación con los que estamos haciendo el mismo camino de la vida, vecinos, compañeros de trabajo, personas con las que nos cruzamos por la calle o compartimos un mismo transporte, ¿cuántas veces les decimos gracias? Y en cada uno de esos aspectos o situaciones seguro que tenemos muchos motivos para dar gracias, para ser agradecidos, para tener una palabra amable, para regalar el gesto de nuestra sonrisa. No vayamos de engreídos por la vida.


viernes, 31 de octubre de 2025

Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

 


Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

Romanos 9,1-5; Salmo 147; Lucas 14,1-6

¿Cuáles son las cosas por las que en el día a día de nuestra vida somos capaces de dejarlo todo por conseguirlo? No quisiera que diéramos una respuesta, por así decirlo, de memoria, de libro de principios, porque en teoría podemos saber muchas cosas, pero quiero que pensemos miremos lo que son esas cosas que traemos entre manos todos los días. Seguro que cuando se tocan esas cosas que nos suenan en el bolsillo, cuando se trata de pérdidas o de ganancias en lo material y en lo económico ya sabemos por donde corremos.

¿Será la incongruencia en que vivimos? Parece como si estuviéramos divididos entre los valores materiales o ganancias que no queremos perder y lo que podríamos llamar principios fundamentales que quedan muy bien en el papel para ponerles incluso un marco muy bonito, pero que no es realmente por lo que más nos preocupamos.

Hoy nos dice el evangelista que cuando llegó Jesús a aquel lugar andaban al acecho, a ver lo que hacía. Y allí en medio de todos había un hombre enfermo que tenía que estar sufriendo mucho porque su enfermedad resulta hasta incómoda y molesta. Aquellos cumplidores a rajatabla de la ley de Moisés estaban pendientes de Jesús y era un sábado. ¿Qué haría Jesús? Lo que le dictaba el amor, era, por así decirlo, algo como espontáneo que se desprendía de Jesús. Curó a aquel hombre, dispuesto incluso a llevar con paciencia las impertinencias de aquellos cumplidores. Pero Jesús, por así decirlo, les tocó los bolsillos. Si un buey o un asno, les dice Jesús,  – tan importante para sus trabajos y para sus ganancias en consecuencia – se os cae en un pozo un sábado, ¿no os afanáis haciendo lo que sea para sacarlo y no perderlo? ¿Dónde se quedaba el cumplimiento de la ley y el descanso sabático?

Es importante que en la vida tengamos las cosas claras, no como fórmulas o protocolos que tengamos muy detallados en el cuadro de honor de nuestros principios, sino como algo de lo que estemos tan empapados que nos salga espontáneamente nuestro actuar. Cuando amamos de verdad no vamos a estar con la cinta métrica para ver hasta donde tenemos que llegar, aunque sea a lo mínimo, para no quedarnos cortos.

El amor no tiene medida, el que ama de verdad ama sin medida, no pide el carné de identidad a ver a quien tenemos que amar o las credenciales para saber si es digno de nuestro amor. Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros. No hacemos otra cosa que imitar a Jesús; no hacemos otras cosas que dejarnos ir por esos carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario. Es la humanidad que vamos poniendo en la vida.

Cuando nos ponemos a reflexionar sobre estas cosas muchos y dispares pueden ser los pensamientos que vienen a nuestra mente. Es fácil ponernos a ver las cosas negras y nos parezca que en el mundo de hoy se ha perdido toda sensibilidad, que todo es violencia y que nos inunda una ola de desamor. Hay nubarrones, no lo vamos a negar, pero también podemos advertir  que en ciertos sectores se está despertando una bonita sensibilidad, que vemos a muchos jóvenes que en su rebeldía están queriendo hacer algo nuevo y surgen grupos, asociaciones y movimientos que nos están haciendo un llamado continuamente a la solidaridad y a la justicia.

Muchos no parten quizás desde un compromiso de su fe, pero sí es cierto que quieren poner humanidad en la vida y en el mundo. Y tenemos que apreciarlo, y motivarlo, y ayudar a que crezca esa marea de solidaridad. Y ahí tenemos que estar nosotros los cristianos, los primeros, en primera fila, porque sabemos que son signos de algo bueno que va surgiendo en nuestro mundo y se pueden convertir con nuestra presencia en señales también del Reino de Dios para nuestro mundo.

No podemos quedarnos a la distancia y como espectadores; tenemos que ser actores también en esa nueva marea de solidaridad que puede ir surgiendo en nuestro entorno. Ahí tenemos que estar presentes, porque no podemos dejar que sigan muriendo tantos en la enfermedad de su vida, porque no hemos sabido nosotros acercarnos para poner nuestra mano para curar a ese mundo enfermo.


lunes, 27 de octubre de 2025

Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 


Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 Romanos 8,12-17; Salmo 67; Lucas 13,10-17

Está bien, le decimos a alguien que nos viene a contar un problema, una necesidad, pero yo ahora no puedo hacer nada, lo siento mucho, le decimos quizás mostrando compasión, pero vamos a dejarlo para mañana y veremos de encontrar alguna solución. Lo habremos hecho alguna vez, pero es lo que vemos muchas veces cuando alguien desde su pobreza o necesidad, desde los problemas que está padeciendo acude a una oficina, acude a una institución, acude a unos servicios llamados sociales, pero le dan largas, les dicen que es difícil, que tiene que traer no sé cuantas justificaciones y la persona se va con su pobreza, mientras aquel que tenía que atenderla sigue con sus rutinas, pero a él no le faltará un sueldo a final de jornada o a final de mes.

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde está la verdadera compasión? La compasión no puede ser como una emoción del momento, si no comenzamos a actuar en el mismo instante que conocemos la necesidad. Pero vamos por la vida demasiado insensibilizados, nos falta verdadera humanidad. Y cuesta encontrarla. Seguimos pensando demasiado en nosotros mismos, mientras nosotros tenemos la cama calentita, por decirlo de alguna manera. Nos cuesta romper esas corazas.

Jesús al llegar un sábado a la sinagoga – era el momento de la proclamación de la ley y los profetas y de la oración de la comunidad, y aprovechaba Jesús para hacer la lectura y hacer el anuncio del Reino de Dios – pero se encuentra con una mujer enferma. Sus dolores quizás la habían imposibilitado de tal manera que andaba siempre encorvada y no podía enderezarse de forma normal. Imaginemos dolores y sufrimientos, imaginemos sus consecuencias por las limitaciones que ello significaba para su vida y para su trabajo. Andamos cojos porque nos duele una rodilla o la cadera y qué pronto hoy buscamos la baja y que socialmente se nos ayude. En aquellos momentos significaba pobreza que podía llevar a situaciones extremas.

Allí donde hay dolor y sufrimiento está pronta la compasión de Jesús. La liberación del mal era la señal del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Liberación significaba redimir a las personas de sus limitaciones y sufrimientos, como señal de la libertad verdadera que en el Reino de Dios vamos a encontrar. Jesús no podía cruzarse de brazos y decir que esperaba, porque además era sábado; y no es que el sábado estuvieran cerradas el despacho del médico o quien pudiera curarla, sino que había una limitaciones a las que se les había dando un tinte religioso por lo que no se podía hacer una curación el sábado, era un trabajo porque era sanar a alguien de su dolor o enfermedad.

Pero Jesús siempre compasivo y misericordioso como era el corazón de Dios venía también a ofrecernos la más profunda liberación. Y la compasión de Jesús le lleva a actuar al instante; llamando a aquella mujer la puso en medio de todos y la curó. Pero también otras muchas dependencias que nos imponemos los hombres que se convierten en esclavitudes. Como había anunciado en la sinagoga de Nazaret venía lleno del Espíritu divino para liberar al hombre de toda opresión; era la buena nueva que había que anunciar a los pobres, ‘los pobres son evangelizados’.

Aquel signo de Jesús en la curación de aquella mujer quería significar mucho, aunque no todos lo comprendieran. La gente se admiraba y daba gloria a Dios por las maravillas que se hacían, pero allá estaba el encargado de la sinagoga diciendo que vinieran otros día para curarse, porque había que guardar el descanso sabático.

¿Dejamos al animal que se ahogue en el pozo si cae en él un sábado o procuraremos sacarlo de inmediato? ¿Y qué hacemos con las personas? Sí, tenemos que seguir preguntándonos cómo de alguna forma Jesús les estaba dando a entender, ¿qué hacemos con las personas? ¿Serán más importantes las normas y los protocolos que la ayuda que le podamos prestar a alguien que está sufriendo? Si seguimos reflexionándolo nos daremos cuenta de muchas situaciones en que le damos más importancia a las cosas, a las reglas, a no sé cuántos ordenamientos que a las personas y la humanidad que tenemos que poner en nuestro trato. Que haya una verdadera compasión en nuestra vida que nos lleve siempre a actuar de inmediato.


sábado, 19 de julio de 2025

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

 

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

Éxodo, 12, 37-42; Salmo, 135; Mateo 12, 14-21

Una cosa es que nos mantengamos en nuestros principios y valores siendo fieles a nosotros mismos, siendo fieles a la responsabilidad que tenemos en la vida, y otra es que nos presentemos con tozudez tratando de imponernos, incluso con la violencia de nuestras palabras o nuestros gestos. Es difícil muchas veces, por una parte porque nos podemos sentir confundidos y tratemos de hacer arreglos y cesiones que a la larga nos alejan de lo que son nuestros valores, pero también nos sucede que la oposición que encontramos nos lleve al enfrentamiento y si nos acaloramos o nos sentimos heridos en nuestro amor propio no sabemos al final cómo vamos a reaccionar.

Necesitamos alcanzar una madurez en nuestra vida para no perder la serenidad ni la paz, para seguir dando señales de aquello en lo que creemos, de seguir mostrando ese lado bueno de nuestra vida con nuestra dulzura que al final puede atraer mucho mejor a los que nos rodean desde ese testimonio que damos con nuestra paciencia y nuestra paz. Repito que no siempre es fácil, pero diríamos que para eso tenemos que entrenarnos, prepararnos.

Es en la situación en que se encuentra Jesús en el pasaje evangélico que hoy se nos ofrece. Por algunos signos que Jesús ha realizado, señales de lo que es en verdad el Reino de Dios que está anunciando, resulta que algunos grupos ya quieren quitarlo de en medio. Pero Jesús no deja de anunciar el Reino de Dios tal como es su misión y seguirá dejándonos sus señales. Señales que se van a manifestar precisamente en esa su forma de actuar.

Como nos dice el evangelista ‘Jesús se enteró – de aquella situación que se estaba provocando – se marchó de allí y muchos lo siguieron’. Pero El siguió realizando los signos del Reino, ‘curó a todos’ nos dice el evangelista, aunque recomienda que no se haga mucha publicidad.

Y el evangelista nos recordará lo anunciado por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco’. Nos recuerda las palabras escuchadas en lo alto del Tabor en medio de aquella espectacular teofanía. El siervo de Yahvé, el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. El que viene no como un fuego destructor, aunque en algún momento nos diga que ha venido a traer fuego a la tierra, sino el que viene a hacer que la llama aunque sea pequeña se mantenga encendida.

Por eso como dice el profeta ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles. Porque la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria’.

Seguirá mostrándose Jesús manso y humilde de corazón, seguirá repartiendo sus gestos de amor, seguirá deteniéndose al lado del ciego que no ve para abrirle los ojos, o levantando al que está postrado en la camilla para que camine y vuelva a su casa, se sentará junto al pozo donde sabe que va a venir alguien a buscar agua, o platicará sentado en el patio con las familias que le acogen, consolará a las que lloran junto a la calle de la amargura e irá despertando continuamente esperanzas en quienes parece que se sienten abandonados.

¿No es esto todo un programa para nuestra vida cristiana? ¿No es éste el mejor plan pastoral que podamos realizar para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo? Nos volvemos con la cabeza del revés locos en nuestras búsquedas de los planes que tenemos que hacer y con nuestras programaciones tan técnicamente elaboradas de cosas espectaculares y no somos capaces de acercarnos allí donde hay un anciano solo para acompañarle, un enfermo postrado en una cama para despertarle las ganas de vivir, una persona que sufre porque se siente desorientada y que no sabe a quien acudir, o ponernos a escuchar pacientemente tantas cosas que muchas personas tienen deseos de desahogar de su corazón.

¿Cuándo nos pondremos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y toda Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios?

martes, 1 de abril de 2025

El hombre que está en su camilla en la orilla de la piscina y que nadie ayuda… lo mismo que Cristo te quiere levantar, quiere contar contigo para que levantes a muchos

 


El hombre que está en su camilla en la orilla de la piscina y que nadie ayuda… lo mismo que Cristo te quiere levantar, quiere contar contigo para que levantes a muchos

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45;  Juan 5, 1-16

Triste tiene que ser verse uno en el suelo sin que nadie lo levante.  En las redes sociales nos aparecen con frecuencia pequeñas historias de personas que en la calle, en el parque o en cualquier sitio se caen al suelo y mientras tratan de levantarse por si mismos, algunas veces con mucha imposibilidad, la gente pasa a su lado indiferente atendiendo a sus móviles, con sus carreras por llegar a donde quieren ir o absortos en sus cosas sin prestar atención a quien se debate en el suelo por querer levantarse. Nos puede parecer anécdota que algunas veces nos produzca incluso hilaridad porque dicen que no hay nada más gracioso que ver caerse a alguien en un descuido. Pero es una realidad que nos grita a nuestros oídos y conciencias cuando escuchamos que alguien que vivía solo lo encontraron muerto en su casa después de muchos días y muchas otras situaciones en ese estilo.

Hoy el evangelio nos da una gran lección y no sé si seré capaz de sacarle todo su jugo porque son muchas las cosas que nos dice. Ha entrado Jesús en dirección al templo por la puerta de las ovejas y allí hay una alberca, una piscina de la que están pendientes muchos enfermos e imposibilitados con la esperanza de poder meterse en el agua cuando se mueva, porque sería signo de una curación segura. Así llevan quizás muchos en su esperanza pero sin nadie que les eche una mano; a uno así se dirige Jesús. ‘¿Quieres curarte?’ pregunta Jesús. ‘Otros se me adelantan porque no tengo quien me ayude’, fue la respuesta de quien lleva casi cuarenta años en espera. Pero allí está Jesús. ‘Toma tu camilla y vete a tu casa’.

Jesús quiere introducirnos en ese río de agua viva, como nos ha hablado el profeta en la primera lectura que va llenando de vida sus orillas, y las plantas y los frutales y todos los árboles de su alrededor. Es Jesús ese río de agua viva que nos sana y que nos salva, que nos arranca de la postración de la muerte y nos llena de vida.

Pero tenemos que dejarnos encontrar por Jesús. El quiere acercarse a nosotros porque no quiere ver al hombre caído, pero nosotros en muchas ocasiones nos escondemos a ese regalo de gracia que nos ofrece. Jesús nos pone en pie y no solo es que nos libre de nuestras enfermedades corporales sino que quiere liberarnos desde lo más hondo. Es la salvación que nos ofrece, es la Palabra de vida que nos salva, es la gracia salvadora que transforma nuestra vida.

Toma tu camilla… nos está diciendo Jesús; esa camilla que es nuestra vida con sus tristezas y sus desánimos, esa camilla de nuestros problemas que nos hacen perder la esperanza, esa camilla de nuestras dudas e indecisiones, esa camilla en la que nos hemos enrollado en nuestros egoísmos e insolidaridades, esa camilla que nos paraliza con nuestras desconfianzas y nuestros miedos, esa camilla que ha puesto tantos abismos entre nosotros y los que nos rodean porque no a todos aceptamos, porque mantenemos nuestras reticencias y recelos, porque nos dejamos envolver por la violencia y nuestros desaires a los que están a nuestro lado… cuantas camillas hay en nosotros de las que tenemos que levantarnos, que viene Jesús a tendernos su mano para que nos levantemos.

Pero Jesús nos está enseñando a mirar a nuestro alrededor; pasamos por la vida sin enterarnos, que no solo es el que está tendido en la calle – que también hay muchos y pasamos de lado para no verlos – sino los que viven en sus soledades, los que son unos incomprendidos, los que miramos de una manera diferente quizás por su forma de pensar o de actuar y con quienes no queremos mezclarnos, los que caminan a nuestro lado con la sombra de la tristeza envolviendo sus rostros y sus vidas, aquellos que nadie quiere o todo el mundo desprecia.

Es el hombre que está en su camilla allí en la orilla de la piscina y que nadie ayuda. ¿Seguiremos pasando de largo? Detente y mira a tu alrededor. Lo mismo que Cristo te quiere levantar a ti, también quiere contar contigo para que levantes a muchos.

jueves, 27 de marzo de 2025

Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

 


Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

No sé por qué seremos así como nos manifestamos tantas veces, desconfiados, con suspicacias, siempre sospechando, viendo intenciones ocultas cuando no las hay; nuestros orgullos nos hacen desconfiados, nos molesta el bien que puedan hacer o que puedan tener los otros, estamos viendo canales ocultos donde no los hay, nos corroe la envidia y terminamos deseando mal.

Con lo bonito que es caminar en la vida sin malas intenciones, con el corazón en la mano, con ojos limpios y llenos de luminosidad para ver lo bueno, para resaltar el bien que puedan hacer los demás sin que por eso nosotros tengamos que sentirnos mal, sin tener malicia en nuestro corazón que tanto daño nos hace a nosotros mismos porque nos sentimos enfermos por dentro sin querer buscar una sanción, y tanto daño hacemos a los demás sembrando odios y resentimientos.

Es una cruda realidad en la que nos vemos envueltos y por la que nosotros resbalamos tantas veces cayendo en un abismo que no nos permitirá ser felices.

Jesús se encontró también con un mundo así al que quería liberar de su mal, pero que no todos quisieron aceptar esa sanción y esa liberación de Jesús. Hoy nos habla el evangelio cómo Jesús había curado a un hombre liberándolo de un espíritu inmundo, en la forma de hablar del evangelio y de aquellos tiempos. Curó a un endemoniado, como se solía decir.

Hay gente sencilla que se admira, se siente feliz con las obras que Jesús realiza, son capaces de ver la mano de Dios que les visita y les cura y les sana. Pero por allí siempre andan los desconfiados, los que tienen lleno de su corazón de maldad, los que no saben reconocer el bien aunque lo tengan delante de los ojos. Si tenemos los ojos turbios es normal que no veamos claridad, que todo lo veamos turbio. Es lo que le sucedía a algunos en torno a Jesús. En su maldad son capaces de decir que Jesús no actúa con el poder de Dios sino con el poder de Satanás. A tanto llegaba su malicia.

Qué difícil es convencer a personas que tienen esa malicia en el corazón. Lo estamos viendo a nuestro alrededor cada día en el mal entendimiento que reina en todos los sectores de la vida y de la sociedad; nunca los que consideramos adversarios de nuestras ideas podrán hacer algo bueno, porque siempre los contrarios vendrán a destruir; nunca se es capaz de continuar edificando sobre lo que otro haya construido, sino que todo lo destruiremos para comenzar de nuevo y no dejar rastro de lo bueno que hayan hecho los otros. Así nos vamos destruyendo en nuestra sociedad, así no lograremos nunca un avance a mejor porque sepamos aprovechar lo bueno que los otros hayan realizado como base de lo que seguiremos construyendo.

Jesús les decía a las gentes de su tiempo que un reino dividido no puede subsistir porque terminará haciéndose la guerra a si mismo y destruyéndose. Jesús quería hacerles comprender que el dedo de Dios estaba en aquello que estaba realizando; Jesús quería que tuviéramos ojos limpios, como decíamos antes, ojos llenos de luz para poder ver con claridad.

Hoy nosotros al escuchar este evangelio nos sentimos admirados como aquellas gentes de la obra de Dios y damos gracias, pero también recibimos la lección para nuestra mirada, para la limpieza de nuestro corazón, para las malicias de las que tenemos que liberarnos, para aprender a valorarnos más los unos a los otros respetando y exaltando lo bueno que realizan, para que logremos ese mundo del que desterremos la malicia, donde tendamos más puentes que nos acerquen, donde aprendamos a caminar juntos y colaborar entre todos para hacer nuestro mundo mejor.

lunes, 24 de febrero de 2025

‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

 


‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

Eclesiástico 1,1-10; Salmo 92; Marcos 9,14-29

Algunas veces en la vida estamos soñando con conseguir algo que nos parece maravilloso, que exigirá nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, que seamos capaces de sacar todas nuestras habilidades para poderlo conseguir, pero sentimos la tentación del desánimo, nos parece que es algo que supera nuestras posibilidades, dudamos de nosotros mismos y nos llenamos de miedo; necesitamos creer más en nosotros mismos y en que somos capaces, nos hará falta quizás una palabra de ánimo o una mano amiga que se pose sobre nuestro hombre para recordarnos que somos capaces, que tenemos que confiar, que podemos seguir adelante, que tenemos que creer más en nosotros mismos. Si perseveramos seguramente que un día veremos el resultado, conseguimos aquello que anhelamos. Hubo alguien que creyó en nosotros y nosotros comenzamos a creer en nosotros mismos. Es importante esa actitud de fe en la vida, aun cuando nos veamos limitados.

¿Por qué me hago esta reflexión que podría parecer que no tiene nada que ver con el evangelio que hemos escuchado? Si nos detenemos un poco a reflexionar nos daremos cuenta de ese punto de unión.

Un hombre había acudido a Jesús con su hijo enfermo, poseído de un espíritu maligno como es la forma de hablar de entonces; Jesús había subido a la montaña – se refiere al Tabor – y en su ausencia acudió a sus discípulos pidiendo ayuda, pero estos no pudieron hacer nada, a pesar de que un día les había dado autoridad sobre los espíritus inmundos y para curar enfermos. En estas llega Jesús y le cuentan lo sucedido; aquel hombre desesperado porque quiere la salud de su hijo implora y suplica. Quiere creer que Jesús puede hacerlo, pero al mismo tiempo duda. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’, le dice.

‘¿Si puedo? Todo es posible para el que tiene fe’, es la sentencia de Jesús. ¿La fe que mueve montañas? Un día Jesús les había dicho a los discípulos que con fe podrían decir a una higuera que se arrancara de aquel sitio y se plantara en el mar, y se realizaría. No es cuestión de mover montañas ni de transplantar árboles. Pero algo tiene que moverse dentro de nuestro corazón. Es el despertar de la fe, aunque muchas sean las noches oscuras; es el despertar de la fe aunque nos parezca que hayamos perdido toda esperanza; es el despertar de la fe aun cuando las cosas sean difíciles; es el despertar de la fe que nos da confianza, pero que nos hará sentir el poder de Dios en nosotros.

Pero, es cierto, tantas veces dudamos, nos preguntamos si merece la pena, si podemos conseguir algo, si es verdad que el corazón se pueda transformar, si es posible que este mundo tenga arreglo, si puedo mantener viva la fe a pesar de tantas escandalosas que pueda irme encontrando en la vida, en el mundo, en los que me rodean, en la misma iglesia.

‘Yo quiero creer, le dice aquel hombre, yo creo pero ayuda mi falta de fe’. Tiene que ser nuestro reconocimiento y nuestra oración. Para que no caigamos en vacíos a pesar de todo lo que recemos; para que no hagamos las cosas por ritualismo o porque está mandado; para que no convirtamos nuestra vida de relación con Dios en una rutina, como algo que si no hacemos no podríamos dormir; para que no nos resbalemos por esa pendiente de la tibieza y terminará haciendo de nuestro corazón una cueva bien helada.

‘Señor, yo creo, pero aumenta mi fe’. Sea así nuestra oración de cada día. Dejémonos ayudar, sintamos esa palabra buena que nos despierta.

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

lunes, 3 de febrero de 2025

Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

 


Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

Hebreos 11,32-40; Salmo 30; Marcos 5,1-20

¿Y eso que tiene que ver conmigo? Quizás alguien nos salió con esa reacción cuando le presentamos un proyecto en el que considerábamos que estaba bien que se implicase, o cuando le contamos algo por lo que él no sentía ningún interés, o cuando era algo en lo que no quería implicarse porque no le interesaba, porque quizás fuera en contra de lo que eran sus planes o proyectos, o le pedía o exigía algún esfuerzo que no quería realizar. Como se suele decir, una forma de tirar balones fuera, una forma de no quererse implicar o complicar la vida.

Son reacciones que nos encontramos en la vida, y ya no es solo cuestión de trabajos que ofrezcamos o queramos emprender, sino quizás en cosas de mayor hondura; por ejemplo cuando hacemos planteamientos que significan ver las cosas de otra manera, otro sentido de la vida, una profundización que no queremos realizar porque preferimos vivir de forma superficial, y también hay que decirle cuando planteamos cuestiones que atañen a la fe, la religión, la Iglesia, el ser cristiano.

¿Le interesará al mundo que nos rodea el mensaje del evangelio? ¿Se sentirán cómodos ante posturas que tiene que tomar la Iglesia en las situaciones que vivimos hoy? Por una parte está el rechazo que nuestra sociedad hace de lo suene a espiritual o religioso, el rechazo que se tiene ante la Iglesia, la fe, o el ser creyente, pero también hemos de reconocer que incluso entre nosotros los cristianos no siempre hay una buena acogida al mensaje de la Iglesia, al mensaje del evangelio y muchas veces lo tachan de radical y no sé cuantos epítetos le ponemos.

De eso me hablarás otro día, nos dirán como le dijeron a san Pablo en el Areópago de Atenas cuando habló de Jesús y de la resurrección. Muchos también nos dan largas, muchas veces también nosotros los cristianos damos largas para no implicarnos ni complicarnos. Cuántas disculpas nos inventamos continuamente, que si no tenemos tiempo, que ya nos es suficiente con lo que hacemos ¿para qué vamos a complicarnos más? No siempre nos vamos a encontrar con el mejor caldo de cultivo para el anuncio del evangelio, pero a ese mundo nos ha enviado Jesús, y ahí en ese mundo, aunque no nos comprendan, tenemos que seguir hablando del amor de Dios que sentimos en nuestras vidas.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Jesús en esta ocasión llegó a una zona que era algo así como la periferia de Palestina, un territorio donde no abundaban los judíos, eran la región de los gerasenos. Ya hemos escuchado lo sucedido; un hombre poseído por un espíritu inmundo que habitaba entre las tumbas, que tenía aterrorizada a aquellas gentes y con el que Jesús entra en diálogo. De entrada el rechazo del maligno a la presencia de Jesús. ‘¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?’ Su nombre es legión, porque son muchos y cuando Jesús libera a aquel hombre de su mal, será la piara de cerdos la que se precipita en el mal. Pero el  hombre ha quedado liberado de su mal.

Las gentes acuden ante lo sucedido, pero en lugar de sentirse agradecidos de alguna manera al ver a aquel hombre curado, lo que le piden a Jesús es que se marche a otros lugares. No solo aquel hombre poseído por el espíritu del mal había rechazado a Jesús – ‘¿qué tienes que ver con nosotros?’ – sino que serán las propias gentes del lugar las que tomen la misma postura. Sin embargo aquel hombre quiere seguir a Jesús y Jesús no se lo permite. ‘Vete a tu casa, a los tuyos y anuncia lo que Dios ha hecho contigo por su misericordia’.

¿Encontraremos un paralelismo con lo que veníamos antes reflexionando? El evangelio era rechazado pero allí quedaba un testigo del evangelio. ‘Cuenta lo que Dios ha hecho contigo’. ¿No será lo que nos está pidiendo Jesús con este evangelio? Ya sabemos lo que muchas veces nos vamos a encontrar pero eso no nos puede hacer dimitir de nuestra misión. Ese mundo adverso, ese mundo de rechazo y ya bien sabemos donde lo tenemos porque lo tenemos muchas veces en casa, necesita unos testigos. Tenemos que ser esos testigos. Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como nos dirán san Juan en sus cartas. Somos testigos y los testigos no pueden callar, ahí tenemos que dar el testimonio de nuestra vida. Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual. Es el testimonio que tenemos que dar.