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martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.


lunes, 16 de febrero de 2026

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

 


Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Siempre queremos una prueba más. ¿Es inconformismo o es ceguera? Cierto inconformismo nos es necesario para salir de nuestras rutinas, para buscar algo nuevo y mejor, para ir avanzando por la vida, para no quedarnos satisfechos con lo que ya hacemos si podemos hacer algo más, para no caer bajo el peso del derrotismo cuando las cosas se nos ponen difíciles, para descubrir que hay más, que puede haber otros caminos y otras perspectivas, para crecer. Es que yo soy así, decimos cuando no queremos cambiar; es que las cosas son así, cuando no queremos poner esfuerzo y sacrificio; de eso nos sobra en la vida.

Me ha surgido esta primera reflexión preguntándome cual era realmente la actitud de aquellos fariseos y maestros de la ley que siempre le estaban pidiendo nuevos signos a Jesús para poder creer en El. Por eso me preguntaba si era simplemente el inconformismo con que hemos de andar en la vida, pero en este caso creo que era algo distinto, era ceguera. Muchos eran los signos que Jesús iba realizando y que manifestaban que Dios estaba con El, que expresaban su misión mesiánica, que nos ofrecían el camino de algo nuevo para nuestras vidas. Muchos eran los milagros tal como nos va relatando el evangelio, señales de esa transformación que Dios quería realizar en nuestros corazones, señales verdaderas del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba.

Pero no querían ver la obra de Dios en la presencia de Jesús y lo que realizaba. Por eso siempre estaban pidiendo nuevos signos, nuevas señales, y todo eran discusiones con Jesús y acusaciones porque llegaron a decir que si Jesús realizaba aquellos milagros era por obra y por el poder de Satanás. Incongruencias de la ceguera en que vivían. Como en alguna ocasión Jesús les dice es que Satanás va a luchar contra sí mismo; un reino dividido no puede subsistir, les dice Jesús.

En esta ocasión Jesús se niega ya a darle más signos y como nos dice el evangelista se montó de nuevo en la barca y se fue para otro lado. No hay peor sordo que el que no quiere oír, es lo que estaba sucediendo.

Pero no nos quedamos en el hecho que nos narra el evangelio y lo que entonces sucedía, sino que cuando escuchamos la Palabra de Dios siempre tenemos que escucharla leyéndola en nuestra vida. Es fácil decir de los otros pero nos cuesta verlo reflejado en nuestra vida. Ahí andamos nosotros también con nuestros vaivenes, con nuestros altos y bajos, con nuestras reincidencias, con nuestros tropiezos en la misma piedra porque no aprendemos la lección. Es la realidad llena de rutina de nuestras vidas, es la tibieza espiritual con que vivimos tantas veces, es la pendiente por la que nos dejamos resbalar.

Creo que cada uno de nosotros analizando bien su propia vida tiene bellos momentos de fe y de espiritualidad que en alguna ocasión hemos vivido; recordamos cuantos propósitos nos hemos hecho cuando hemos hecho un buen examen de conciencia y con humildad nos hemos acercado al sacramento de la Penitencia. No volveremos a tropezar en la misma piedra, no volveremos hacer las mismas cosas, cuantas veces nos hemos prometido. Pero qué pronto lo hemos olvidado, qué pronto nos hemos enfriado y caído en una tibieza espiritual que nos ha precipitado de nuevo en el mismo pecado.

Y tenemos con nosotros la gracia que el Señor nos ofrece continuamente en los sacramentos, tenemos el alimento de la Eucaristía en que comemos al mismo Cristo que se hace alimento y vida nuestra, tenemos ante nuestros ojos el milagro de la Eucaristía cada vez que vamos a misa, pero no despertamos de nuestro letargo, seguimos con nuestra frialdad, seguimos quizás pidiendo milagros para nuestra vida que nos hagan ver con claridad y decimos que entonces sí cambiaríamos. Esperemos que el Señor no nos abandone por su infinita misericordia y nos llegue ese momento de gracia que nos haga despertar.

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras para descubrir de una vez para siempre la Luz que Jesús nos ofrece.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


lunes, 24 de febrero de 2025

‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

 


‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

Eclesiástico 1,1-10; Salmo 92; Marcos 9,14-29

Algunas veces en la vida estamos soñando con conseguir algo que nos parece maravilloso, que exigirá nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, que seamos capaces de sacar todas nuestras habilidades para poderlo conseguir, pero sentimos la tentación del desánimo, nos parece que es algo que supera nuestras posibilidades, dudamos de nosotros mismos y nos llenamos de miedo; necesitamos creer más en nosotros mismos y en que somos capaces, nos hará falta quizás una palabra de ánimo o una mano amiga que se pose sobre nuestro hombre para recordarnos que somos capaces, que tenemos que confiar, que podemos seguir adelante, que tenemos que creer más en nosotros mismos. Si perseveramos seguramente que un día veremos el resultado, conseguimos aquello que anhelamos. Hubo alguien que creyó en nosotros y nosotros comenzamos a creer en nosotros mismos. Es importante esa actitud de fe en la vida, aun cuando nos veamos limitados.

¿Por qué me hago esta reflexión que podría parecer que no tiene nada que ver con el evangelio que hemos escuchado? Si nos detenemos un poco a reflexionar nos daremos cuenta de ese punto de unión.

Un hombre había acudido a Jesús con su hijo enfermo, poseído de un espíritu maligno como es la forma de hablar de entonces; Jesús había subido a la montaña – se refiere al Tabor – y en su ausencia acudió a sus discípulos pidiendo ayuda, pero estos no pudieron hacer nada, a pesar de que un día les había dado autoridad sobre los espíritus inmundos y para curar enfermos. En estas llega Jesús y le cuentan lo sucedido; aquel hombre desesperado porque quiere la salud de su hijo implora y suplica. Quiere creer que Jesús puede hacerlo, pero al mismo tiempo duda. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’, le dice.

‘¿Si puedo? Todo es posible para el que tiene fe’, es la sentencia de Jesús. ¿La fe que mueve montañas? Un día Jesús les había dicho a los discípulos que con fe podrían decir a una higuera que se arrancara de aquel sitio y se plantara en el mar, y se realizaría. No es cuestión de mover montañas ni de transplantar árboles. Pero algo tiene que moverse dentro de nuestro corazón. Es el despertar de la fe, aunque muchas sean las noches oscuras; es el despertar de la fe aunque nos parezca que hayamos perdido toda esperanza; es el despertar de la fe aun cuando las cosas sean difíciles; es el despertar de la fe que nos da confianza, pero que nos hará sentir el poder de Dios en nosotros.

Pero, es cierto, tantas veces dudamos, nos preguntamos si merece la pena, si podemos conseguir algo, si es verdad que el corazón se pueda transformar, si es posible que este mundo tenga arreglo, si puedo mantener viva la fe a pesar de tantas escandalosas que pueda irme encontrando en la vida, en el mundo, en los que me rodean, en la misma iglesia.

‘Yo quiero creer, le dice aquel hombre, yo creo pero ayuda mi falta de fe’. Tiene que ser nuestro reconocimiento y nuestra oración. Para que no caigamos en vacíos a pesar de todo lo que recemos; para que no hagamos las cosas por ritualismo o porque está mandado; para que no convirtamos nuestra vida de relación con Dios en una rutina, como algo que si no hacemos no podríamos dormir; para que no nos resbalemos por esa pendiente de la tibieza y terminará haciendo de nuestro corazón una cueva bien helada.

‘Señor, yo creo, pero aumenta mi fe’. Sea así nuestra oración de cada día. Dejémonos ayudar, sintamos esa palabra buena que nos despierta.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

domingo, 14 de abril de 2024

Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

 


Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Les estaba costando a los discípulos aceptar y comprender la resurrección de Jesús. Dudaban de quienes habían tenido ya la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y ellos mismos ante su presencia aunque llenos de gozo al tiempo se sentían como intimidados al contemplar y sentir la presencia de Cristo resucitado entre ellos.

Nosotros también muchas veces tenemos nuestras dudas, no terminamos de entender como les sucedía a ellos. Fácilmente podemos quedarnos en un hecho racional, como si lo tuviéramos solo en la cabeza, y otras veces nuestro espíritu no está lo suficientemente abierto – seguimos con muchas puertas cerradas – como para saber experimentar, vivir la presencia del Señor en nuestra vida.

Podemos tener unas celebraciones gozosas de pascua en las que cantemos a pleno pulmón el aleluya de la resurrección, pero ¿dentro de nosotros que ha sucedido? ¿Llegaremos en verdad a dar el paso de fe de sentir que Jesús está ahí con nosotros de la misma manera que resucitado estaba con los discípulos, por ejemplo, en el cenáculo? 

Podemos seguir con la tentación de pensar en una resurrección corpórea, como quien vuelve a vivir la misma vida, y eso ya no lo podemos palpar nosotros aquí y ahora en nuestra vida y en nuestras celebraciones; y vienen las dudas, se nos debilita la fe, perdemos el entusiasmo de quien ha vivido de verdad la pascua, por eso caemos tan fácilmente una y otra vez en la misma tibieza espiritual.

Es un misterio, es cierto, donde tenemos que poner a tope nuestra fe. Es un misterio en el que tenemos que dejar conducir por el espíritu de Jesús, y comenzar a sentirlo allá en lo más hondo de nosotros mismos. No fueron suficientes los ojos de la carne a aquellos primeros discípulos para creer en Cristo resucitado, porque incluso cuando estaba con ellos, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio, ellos se habían llenado de temor y no terminaban de creer. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que entendieran las Escrituras, como nos dice hoy mismo el evangelio, para que pudieran comenzar a creer que era el verdaderamente resucitado y luego comenzaran a anunciarlo por el mundo. ‘Vosotros sois testigos de esto’, les dice Jesús.

‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

El pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos habla de la vuelta de los discípulos que habían ido a Emaús y habían tenido el encuentro con Jesús. Habían vuelto y contaban cuanto les había sucedido, y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Y es entonces cuando de nuevo Jesús se les manifiesta, allí reunidos en el cenáculo, y como hemos venido comentando porque ‘aterrorizados y llenos de miedo creían ver un espíritu’. Pero era Jesús, aunque seguían atónitos. Y les explicaba que ‘era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. 

Un misterio grande y doloroso había significado para ellos la pasión y la muerte de Jesús. Era necesario que comprendiera que era lo anunciado en las Escrituras. Era necesario que comenzaran a sentir esa presencia de Cristo resucitado con ellos, que ya no sería solo en los momentos de las apariciones, sino que sería que lo que siempre habría de vivir su Iglesia, lo que siempre hemos de vivir los que creemos en El.

Que en verdad siempre que nos reunamos en su nombre sepamos sentir su presencia. Que cuando vivimos nuestras celebraciones, no nos quedemos en un rito más o menos bellamente realizado, sino que allá en lo más hondo de nosotros mismos sintamos, vivamos esa presencia de Jesús. Qué lástima la frialdad de nuestras Eucaristías; Allí estamos fría y formalmente para realizar unos ritos, y de la misma manera fría saldremos de nuestra celebración sin llevar la alegría del encuentro con Cristo para anunciarlo a los demás. Frías nuestras celebraciones no solo por nuestra escasa participación, somos demasiado espectadores y oyentes en nuestras celebraciones, pero también porque nos falta expresar ese gozo y esa alegría del encuentro con el Señor que tendrían que ser siempre verdaderas fiestas llenas de alegría.

Qué bonita decimos tantas veces fue la celebración, porque se hicieron unos ritos perfectos y solemnes, escuchamos unos coros que decimos que nos sonaban a cielo, escuchamos unos lectores que a perfección proclamaron las lecturas, pero allí estábamos pasivamente en nuestro banco o en nuestro sitio sin ponerle calor a aquella celebración. Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias no solo vamos a contemplar esos ritos, que decimos nos saben a gloria, sino que algo distintos tiene que producirse dentro de nosotros. 

Mucho tenemos que revisarnos, nuevos planteamientos tenemos que hacernos, nueva y distinta forma hemos de tener para celebrar. Con Cristo resucitado todo tiene que ser distinto.

jueves, 4 de abril de 2024

Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

 


Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

Seguían con sus dudas, con su incredulidad… algunas veces nos cuesta dar el brazo a torcer, como se suele decir, o bajarnos del burro. Hay momentos y cosas en la vida que aunque parezcan claras para todo el mundo, dentro de nosotros, sin saber por qué, permanece la duda, no terminamos de creernos aquello que nos dicen, aquello que incluso nuestros propios ojos han contemplado; y nos buscamos otras explicaciones, y decimos que hay algo escondido detrás, y no nos entra en la cabeza. Sobre cosas o acontecimientos que nos cuentan, que vemos a través de noticias, de cosas que se dicen y que tratan de explicarnos cosas de la vida.

Así andaba el grupo de los discípulos aquel primer día de la semana, a pesar de todos los acontecimientos y noticias que iban llegando. Ya desde la mañana las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, las visiones de ángeles que contaban que habían tenido, pero que se lo habían tomado como ensoñaciones de mujeres, ahora habían llegado aquellos dos que se habían marchado a Emaús y que habían vuelto a marchas forzadas porque eran una buena noticia que traían, Jesús había estado con ellos en el camino y se había aposentado en su casa, les había hablado y ellos habían sentido algo especial en su corazón sin saber qué, pero al final lo habían reconocido en la fracción del pan. Pero el grupo seguía erre con erre, sin terminarlo de creer.

Y ahora Jesús mismo estaba entre ellos, que se sintieron todos sorprendidos y ahora sí que no sabían qué decir o qué argumentar. Incluso les había pedido si tenían algo que comer, para que vieran que no era un fantasma. Y de nuevo Jesús, como con los discípulos de Emaús se había puesto a explicarles las cosas, a traer a colación las Escrituras donde todo estaba anunciado, y les había abierto el corazón y el entendimiento para que entendieran las Escrituras.

‘El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’. Será cuando el Espíritu del venga sobre ellos en Pentecostés cuando lo comprenderán todo y se convertirán en esos testigos de cuanto había sucedido.

¿Hasta donde nosotros hoy seguimos siendo testigos de todo eso que ha sucedido? Hemos venido contemplando y celebrando en estos días, Fue toda la semana de la pasión para la que nos habías venido preparando durante toda la Cuaresma. Está en el fondo esa fe que tenemos en el corazón y que tanto tenemos que renovar. Lo que hemos vivido y celebrado en estos días tenía que ser en verdad para nosotros esa renovación de nuestra fe. Pero ¿cómo seguimos? ¿Nos habrá faltado algo? Porque está pasando la pascua, realmente estamos aun en los primeros días, y parece como si todo ya nos quedara tan lejos que hemos perdido fuelle, hemos perdido entusiasmo.

Y nos siguen apareciendo dudas y desánimos, caemos de nuevo en la rueda de la rutina y vamos perdiendo la intensidad de lo que supuestamente hemos vivido y celebrado. También nos vamos a nuestras cosas, o nos encerramos en las cosas de siempre, haciendo que todo sea lo mismo. Es como si nos faltara algo. Hay comunidades vivas que han vivido con toda intensidad esa fiesta de la Pascua que ha tenido que significar la resurrección del Señor, aunque también lamentablemente hemos de reconocer que esa fiesta quizás nos ha faltado, ha faltado algo que le diera más calor y viveza a nuestra celebración, por eso tan pronto quizás nos enfriamos. No serán las dudas o interrogantes quizás, porque quizá ni nos lo planteamos, sino la fuerza de la rutina que nos hace tibios en nuestro espíritu.

Renovemos el calor de la pascua, que en verdad sintamos con toda intensidad la presencia del Señor resucitado en medio nuestro, y podamos entonces con valentía y con alegría desbordante hacer el anuncio de la resurrección del Señor.

jueves, 7 de marzo de 2024

Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

 


Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Alguna vez habremos visto algo delante de nosotros y, aunque ha sido un hecho real y palpable, no un sueño ni nada imaginado, sin embargo hemos dicho no me lo puedo creer. Nos quedamos atónicos, sin saber qué decir, qué explicación podemos dar, pero no nos lo terminamos de creer. Algo que nos sorprende, inesperado, que no esperábamos en aquella situación, que no esperábamos de aquella persona y así nos quedamos sin palabras.

Estoy haciendo referencia a esto, en la que no hemos metido ninguna maldad por medio, pero parece que no siempre vamos con ese corazón limpio de malas intenciones; porque quizás por desconfianza que nos tenemos los unos de los otros, quizás porque hemos tenido quizás algún contratiempo con esas personas, quizás porque recordamos viejos enfrentamientos en nuestra relaciones vecinales o en nuestras relaciones laborales, hay personas, como decíamos, de las que desconfiamos, hay personas que no las miramos bien, hay personas a las que podemos ver realizar las mayores maravillas y las cosas más hermosas del mundo, a las que enseguida ponemos, como solemos decir, un pero; vemos segundas intenciones, vemos intereses ocultos que solo nosotros vemos por lo turbia que ya está de antemano nuestra mente, y si podemos quitarle el mérito se lo quitamos, si podemos desprestigiar en esas andamos, si podemos sembrar desconfianza en los demás ya nos estamos frotando las manos.

La malicia que se ha metido en nuestro corazón ya no nos deja ver la verdad y lo bueno. Reconozcamos que cosas así nos suceden a nosotros o las vemos en nuestro entorno con demasiada frecuencia; y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio con sus enfrentamientos.

Es lo que estaba sucediendo en torno a Jesús y de lo que nos habla hoy el episodio del evangelio. Jesús le ha hecho recobrar el habla a un mudo; el evangelista nos lo relata con el lenguaje propio de la época, pues nos habla de la expulsión de un demonio; en fin de cuentas siempre podemos decir que es la liberación de un mal, de una carencia que tenía aquella persona para expresarse y comunicarse con los demás. Eran los signos anunciados por los profetas y que en aquel texto de la sinagoga de Nazaret se nos recordarán.

Hay personas que saben ver la acción de Dios en aquella acción de Jesús y su reacción son las alabanzas a Dios como vemos tantas veces en el evangelio. Pero hay quien no quiere aceptarlo, no quieren ver lo que está sucediendo delante de sus ojos, no querían aceptar a Jesús. Y vienen las reacciones, como decíamos antes la ceguera, la desconfianza, el desprestigio, la intención oculta, etc… Ahora dicen que Jesús obra milagros expulsado demonios y lo hace con el poder del príncipe de los demonios, son las incongruencias en que caemos en la vida cuando nos ciega la malicia del corazón.

Pero Jesús querrá dejarnos un mensaje. Dejémonos purificar, pero cuidemos mantener esa pureza y esa santidad de nuestros corazones. Tantas veces vamos dando pasos en nuestra vida de superación, de crecimiento espiritual, tenemos momentos hermosos y llenos de fervor, pero si nos descuidamos pronto podemos caer de nuevo por la pendiente de la tibieza, de la frialdad de nuestros corazones dejando meter de nuevo el mal en nuestra vida. Es una lucha constante, es cierto, pero es el sabernos mantener en fidelidad al amor que hemos recibido para mantenernos siempre en el buen camino. Si nos descuidamos pronto vamos a darnos cuenta que en lugar de recoger buenos frutos con el Señor lo que estamos haciendo es desparramar esa gracia de amor que el Señor nos ha regalado.

Cuidado, nos dice Jesús, que el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. ¿Queremos caer por esa pendiente de nuevo dejando meter la malicia en nuestros corazones? ‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón’.

martes, 6 de febrero de 2024

Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

 


Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Nos puede suceder a cualquiera; estamos haciendo un trabajo que consista, por ejemplo, en repetir mecánicamente lo mismo una y otra vez, y es tal el ritmo en el que entramos en la repetición de las mismas cosas que lo estamos haciendo y en nuestra cabeza no sabemos donde andamos; con nuestra imaginación podemos dejar volar la mente, mientras mecánicamente hacemos una y otra vez las mismas cosas y hasta lo podemos hacer con una cierta perfección. Quizás en un momento tropezamos o hacemos algo que no sale dentro de la normalidad de lo que estábamos haciendo y nos preguntamos que dónde teníamos la cabeza, porque seguramente estaría en otra parte. Entramos como en una rutina repetitoria y realmente no sabemos ya al final ni lo que estábamos haciendo.

Pero esto nos puede suceder en muchas cosas. Es el trabajo en serie o en cadena que podemos realizar en muchos momentos, como son las cosas que hacemos en casa cada día, por ejemplo, limpieza, comida, atención de las cosas de la casa, etc.… que si no le ponemos intensidad a la vida, terminamos en un hastío hacia lo que hacemos, nos aburrimos con lo que hacemos y al final los resultados no son nada buenos porque no hacemos bien lo que tendríamos que hacer poniendo amor. Y cuidado que esto nos puede suceder en nuestras relaciones de los unos con los otros, en las relaciones de amistad o en las relaciones de pareja, como se dice ahora.

 Esto, hemos de reconocer también, que es un peligro que nos puede suceder en las expresiones religiosas que utilizamos en la vida, como en nuestras celebraciones que podemos convertir en unos ritos repetitivos sin saber realmente lo que estamos haciendo. Hay gente que reza para dejarse dormir; pero lo malo es que nos durmamos mientras estamos rezando, porque significa que nuestra mente, mientras repetimos aquellas palabras de las oraciones, la tenemos en otro lado. Es un peligro, repito, muy común.

¿Hay autenticidad en lo que hacemos? Podríamos decir quizás que hay buena voluntad, pero eso solo no basta. Es por lo que terminamos convirtiendo la religión, los actos religiosos, en unos ritos a los que nos contentamos con asistir, pero sin llegar meternos hondamente en la celebración. Terminamos, como solemos decir, en unos cumplimientos rituales pero con poco contenido de vida.

Es una pendiente muy peligrosa porque así vayamos cayendo por la pendiente de la tibieza que puede terminar en la indiferencia, porque con esa frialdad con la que nos vamos arrastrando las cosas van perdiendo hondura y van perdiendo sentido y terminamos por abandonar. Es un camino peligroso por el que podemos resbalarnos como vemos que tantos antes que nosotros han resbalado y sabemos cuál es el final de todas las cosas.

De esto nos está previniendo el evangelio de hoy. Acuden a Jesús los fariseos y algunos escribas que han bajado de Jerusalén precisamente para eso con una cuestión que puede parecer baladí, pero que para ellos parecía ser de vital importancia. Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos. Claro esto era muy importante para aquellos rigoristas de la religión, no se podía comer sin lavarse bien antes porque aquello podía convertirse en una impureza. ‘Los discípulos no siguen la tradición de los mayores y comen con manos impuras’. ¡Vete a saber qué es lo que han tocado antes esas manos! Porque si tocaron algo que era impuro, impuros quedaban ellos también. Y eran tantas las cosas que consideraban impuras que había que andarse con cuidado. Lo de menos era la higiene, aunque ahí tuviera su origen.

Jesús no se ríe, aunque a nosotros nos den ganas de reírnos; Jesús lamenta la superficialidad con que se toman la vida. Y les recuerda lo que habían dicho ya los profetas sobre ser muy cumplidores, pero tener el corazón lejos de Dios. Y eso, les dice Jesús, es lo que les está sucediendo a ellos. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Ante lo que escuchamos en el evangelio podemos quedarnos en juzgar la superficialidad con que vivían aquellos fariseos su vida religiosa y de relación con Dios, o podemos mejor comenzar a pensar en nosotros cuál es la intensidad, cuál es la profundidad que le damos a lo que hacemos, y podemos pensar de forma muy concreta en todos nuestros actos de religiosidad. Lo que decíamos antes, ¿por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones? ¿También nuestro corazon estará lejos de Dios, como denunciaba Jesús?

Creo que tenemos que tener una mirada muy sincera a lo que hacemos, porque estamos cayendo, por ejemplo, en que nuestras celebraciones son cada vez más frías, más rutinarias, poco participativas, con poca intensidad espiritual. Parece que vamos solamente a cumplir y a ver cuanto más pronto terminamos para irnos a hacer otra cosa, porque tenemos tantas cosas que hacer.  Creo que tenemos muchas cosas que revisar en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que tendríamos que vivir con mayor intensidad.

¿Nuestra manera de celebrar la fe es atractiva para aquellos que nos ven, para aquellos que vienen quizás de forma ocasional? ¿Se quedarán con ganas de volver o no volverán más? Es duro y es triste.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

 


Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10.11abc.11d-12a.12bed; Lucas 19,45-48

Todos alguna vez habremos tenido la experiencia de estrenar casa o de estrenar piso; una viviendo nueva que hemos adquirido, un piso que hemos alquilado, una mudanza que hemos tenido que realizar quizás por un cambio de domicilio o de lugar de trabajo, diversas circunstancias; seguramente recordaremos los primeros momentos o los primeros tiempos de vivencia en aquel nuevo lugar; todo lo teníamos muy ordenado, cada cosa tenía su sitio, en las habitaciones, en el cuarto de estar, en la cocina, en cualquiera de los rincones de la casa no veíamos nada desordenado.

Pero fue pasando el tiempo, adquirimos quizás nuevas cosas, las prisas y carreras entre trabajo, tiempo libre o tiempo de estar en casa, y ya nos encontramos que no todo estaba en su sitio, por aquí se amontonan unas cosas, por allá fuimos dejando cosas con la intención de ponerlas luego en su sitio, pero ya no todo está como lo habíamos planeado al principio. ¿Necesitaremos un tiempo para organizarnos, para ordenar, para desprendernos de lo que no tiene utilidad? Seguramente queremos hacerlo, pero lo vamos dejando para otro momento.

¿Será imagen esto de muchas cosas de nuestra vida? Nos da qué pensar. En nuestra vida personal, en nuestro propio interior, en nuestro trabajo de crecimiento espiritual, en lo que tienen que ser las vivencias fundamentales de la vida, lo que puede ser incluso nuestra vida familiar o las relaciones con los que nos rodean, en la vida de nuestras comunidades, muchas cosas que tenemos que poner en su sitio.

Hoy el evangelio nos presenta una imagen bien significativa. Jesús se puso a ordenar el templo. Se había convertido en un mercado. Por razones prácticas quizás, por allá andaban los prestamistas o los cambiadores de monedas, porque las limosnas al templo no se podían hacer sino en lo que era la moneda propiamente judía y también las arcas de las ofrendas; pero por otra parte estaban quienes ofrecían los animales para las ofrendas y los sacrificios, las palomas o las tórtolas, u otros animales que se sacrificaban en el culto propio del templo cada día. El bullicio de la gente que paseaba entre los soportales, los maestros de la ley que la explicaban a los grupos que se formaban a su alrededor. ¿Dónde podía estar el silencio y el recogimiento para la oración y la maduración de la palabra en el corazón de cada uno?

El evangelista Lucas, que hoy escuchamos no es tan descriptivo como los otros evangelistas que nos narran este episodio, pero lo suficiente para ver la actitud de Jesús ante lo que allí sucedía. ‘Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Mientras expulsaba a los vendedores del templo.

¿No tendríamos que preguntarnos que cosas habremos metido en el templo de nuestra vida, como si fuéramos también unos vendedores que acumulamos cosas? Antes, como introducción hablábamos de ese desorden que con el paso del tiempo acumulamos en nuestras viviendas de manera que algunas veces no sabemos ni por donde entrar o cuales son en verdad las cosas importantes que tendríamos que guardar. ¿No será así en la vida de nuestro espíritu? ¿Cómo andamos de ese materialismo del que nos hemos dejado impregnar? ¿Cómo andamos de esos resentimientos y recelos que nos atormentan, de esos celos y envidias que nos envenenan, de esos orgullos o de ese amor propio que quiere endiosarnos? Podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas. Nos conocemos, cada uno sabe donde están sus flaquezas, sus piedras de tropezar, nuestras reincidencias, la tibieza y frialdad que nos hiela nuestros sentimientos y amarga nuestras vidas.

¿No tendremos que dejar que Jesús pase entre nosotros, por el centro de nuestra vida que hemos llenado de tantas mezquindades para que sea El quien nos limpie y nos purifique, ponga orden en nuestro corazón?

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


jueves, 22 de junio de 2023

Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

 


Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15

Con humildad tenemos que comenzar pidiendo al Señor ‘enséñanos a orar’. No sabemos lo que pedimos, no sabemos lo que decimos, no sabemos como hacerlo. Rezamos, repetimos oraciones ya previamente formuladas, pero ¿llegamos a orar de verdad? ¿Llegamos a tener un auténtico encuentro con el Señor que nos ama porque es nuestro Padre?

En la vida nos quejamos de tantos formularios que tenemos que rellenar cuando queremos resolver cualquier asunto, cuando tenemos que acudir a la administración para solicitar algo que necesitamos, nos cansan los papeleos, nos gustaría que las cosas fueran más sencillas, añoramos quizás aquellos tiempos en que no existía tanta burocracia  y bastaba simplemente la palabra expresada con honradez y rectitud. Quizás desde unas exigencias legales, para darle una validez y permanencia a lo que tramitamos, ha surgido todo este entramado en que nos vemos envueltos en la sociedad hoy.

Lo digo como ejemplo de lo que quizás también hemos convertido nuestra relación con Dios. Nuestras celebraciones están ritualizadas, las palabras con que expresamos nuestras oraciones están previamente conformadas, y tenemos el peligro de que nuestra relación con Dios se nos quede ritualizada y nuestra oración sea solamente algo recitado y se nos puede quedar todo sin vida.

Confieso que siento pena en mi corazón cuando veo que quienes tienen que dirigir nuestra oración en la liturgia enseñándonos a orar, la manera de hacer las oraciones es simplemente como un recitado muchas veces sin calor ni sentido.  Son nuestras celebraciones que muchas veces van perdiendo vida, nos contentamos quizás con una presencia formal, pero tenemos el peligro de que falte una verdadera profundidad espiritual.

¿En que podemos terminar? Nuestra espiritualidad se hace superficial, nuestra fe se enfría y terminaremos perdiendo nuestra relacion con Dios. ¿Qué le ha pasado a tantos en nuestro entorno que hubo momentos que vimos con gran fervor pero que quizás ya lo han abandonado todo? Podemos terminar en que ya ni rezaremos, ni lleguemos a recitar aquellas oraciones aprendidas desde niños, pero que hoy se han quedado en un vacío en el corazón. Me preocupa ese enfriamiento espiritual que contemplamos en nuestras comunidades y parroquias, esa pendiente resbaladiza por la que podemos ir cayendo.

Necesitamos recuperar el verdadero sentido de nuestra oración. Escuchar de nuevo con los oídos del corazón bien abiertos lo que hoy nos enseña Jesús en el evangelio. No quiere Jesús simplemente enseñarnos una fórmula que repitamos sin más. Por eso nos dice de entrada que no son necesarias tantas palabras. Es una conversación de amor, y quienes se aman de verdad no necesitan decirse muchas cosas, pero sí necesitan sentir la presencia del uno junto al otro para alimentar ese amor y hacerlo crecer más y más. Habrá, es cierto, palabras, habrá gestos, habrá silencios, habrá momentos en que aprendamos a sentir el corazón, escuchar y cantar la sintonía del amor.

¿Qué nos está proponiendo Jesús con lo que hoy nos dice en el evangelio? Qué disfrutemos en esa presencia de amor del Padre. Y cuando disfrutamos de esa presencia va surgiendo la vida, va surgiendo dentro de nosotros todo eso que nos hace disfrutar de Dios porque es gozarnos también en el gozo de Dios.

Y surgirá todo eso que llamamos los valores del Reino de Dios, pero no nos quedemos en la palabra bonita, sino démonos cuenta cómo surgen en nosotros deseos de amor, y de paz, y de autenticidad en nuestra vida, y de búsqueda del bien y de lo bueno; vemos como van surgiendo esos deseos de sentirnos verdaderamente unidos, y nos comprenderemos, y nos perdonaremos, y evitaremos todo aquello que pueda mermar ese disfrute de Dios. Es lo que nos está señalando Jesús con esa propuesta que nos hace con ese estilo de oración, con esa conversación de amor que tiene que ser nuestra oración.