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viernes, 20 de marzo de 2026

Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

 


Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

¿Habrás tenido alguna vez la experiencia de que alguien te resulta incómodo? Quizás al hacer esta pregunta en un primer momento te hace pensar en alguien con quien no te llevas bien, alguien que quizás en un momento determinado te hizo daño, pero quizás la incomodidad no es tanto por la otra persona sino porque en ti mismo hay una herida que no has sabido curar; es tu resentimiento, los celos quizás, la envidia que sientes dentro de ti lo que en verdad en esta situación te está haciendo que te sientas incómodo, pero quizás es incomodo por ti mismo porque no has sabido curar la herida.

He mencionado los celos y los envidias porque quizás estás viendo en la otra persona lo que tú no has sido capaz de conseguir y eso es más bien sentirte incómodo contigo mismo porque quizás te veas inútil o fracasado en sueños que has tenido pero que no has sabido cuidar y trabajar para dar esos pasos para alcanzar lo que aspirabas.

Y no es a estas situaciones a las que quiero referirme cuando hablo de sentirse incomodo ante alguien. El vernos en el espejo de los demás, pero viendo la rectitud con que andan esas personas por la vida, contemplando la capacidad de darse y desgastarse por los demás, el asumir unos compromisos en el trabajo por el bien y la justicia, es lo que verdaderamente nos resulta incómodo viendo quizás nuestra dejadez, lo insolidarios que somos que pasamos del sufrimiento de los otros o los ignoramos mirando para otro lado, nuestras cobardías, el poco compromiso que somos capaces de asumir. Nos damos cuenta de nuestra pobreza pero no queremos salir de ella porque nos puede parecer que perdemos privilegios o la capacidad de influencia que podamos tener sobre los otros.

Y en esa incomodidad que sentimos vienen las reacciones donde tratamos de tapar nuestros vacíos y queremos quitar de en medio a quien con la rectitud de su vida se está convirtiendo en una denuncia de nuestra desidia. Qué fáciles somos para socavar debajo de los pies del que hace el bien y vive con rectitud, con qué facilidad queremos echar sombras sobre ellos para que los demás desconfíen y no traten de imitar ese buen camino que están haciendo.

Es de lo que nos habla hoy el libro de la Sabiduría y que luego veremos reflejado en el evangelio en el rechazo que hacen de Jesús. Como decía el libro de la sabiduría los malvados quieren poner a prueba la lealtad y la rectitud del justo. ¿No nos suenan estas proféticas palabras a lo escuchado alrededor de la cruz de Jesús en el Calvario? Si es el Hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en El, decían los que crucificaban a Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que hay momentos en los que Jesús no anda abiertamente porque sabe muy bien que ya andan rondando en torno a El buscando quitarle de en medio. Por eso nos habla el evangelio de aquella subida de Jesús a la fiesta de Jerusalén pero no abiertamente, aunque luego en Jerusalén y en el templo se dejará ver. Llevará a los comentarios de algunos que al ver cómo dejan actuar a Jesús piensan si acaso ya las autoridades religiosas han terminado por aceptar a Jesús. Pero no pudieron hacer nada; como dice el evangelista no había llegado su Hora. Ya Jesús en su momento señalará que ha llegado su hora.

Pero Jesús habla claramente, manifiesta lo que podíamos decir su identidad  y su misión. No todos lo comprenderán pero es fiel a su misión. Ya se nos había dicho que sería signo de contradicción, recordamos al anciano Simeón cuando la presentación en el templo. ‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

Llega el momento de que nos preguntemos qué señal estamos dando nosotros de nuestra fe en Jesús tal como es nuestra vida. Tenemos que ser signos de Jesús en medio del mundo aunque el mundo no lo comprenda, aunque quizás para algunos podamos resultar incómodos. Lo importante es que nosotros no nos sintamos incómodos con nosotros mismos por la incongruencia de nuestra vida. Sanemos las heridas que puedan haber en nuestro corazón y demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio de nuestro mundo; si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

 


Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…’ les dice Jesús a sus discípulos. tiene importancia esta subida, no es un viaje más, en otros momentos veremos a Jesús subir también a Jerusalén; de todas maneras la vida de Jesús con sus discípulos era itinerante, ya nos dicen los evangelista cómo iba recorriendo las distintas aldeas y pueblos de Galilea, lo veremos incluso en los confines de la tierra de los judíos cuando lo de la mujer cananea o cuando nos dicen que está en Cesarea de Filipo que era una ciudad muy al norte prácticamente en los nacientes del Jordán, o le veremos cruzar el lago para ir a la otra orilla, tierra de los gerasenos que ya no eran realmente israelitas.

Ahora van subiendo de nuevo a Jerusalén, no es una subida más a la pascua, sino que es la subida a la Pascua definitiva; de alguna manera entienden que algo va a suceder dado la premura con que Jesús hace el camino. Es lo que ahora les anuncia, su Pascua, ‘el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’.

¿Entenderían los discípulos lo que Jesús les está diciendo? En varias ocasiones les ha hecho este anuncio y siempre se quedaban dándole vueltas al asunto; en una ocasión Pedro se enfrentará a Jesús diciéndole que eso no le puede pasar; está hablando el amor que siente por Jesús, aunque cuando llegue la hora de la verdad ya sabemos cómo reaccionará. Por sus mentes pasan todos sus deseos y ambiciones, la idean que se habían hecho de lo que sería el Mesías, los sueños que tenían para sus vidas; tantas veces habían discutido sobre quien iba a ser el primero.

Ahora se adelantan los hermanos Zebedeos con su madre, quizás por aquello de que eran parientes; siempre andamos buscando afinidades para medrar, para conseguir algún beneficio, para adelantarnos a los demás porque nos creemos quizás con derechos; las influencias que todo quieren manipularlo, como nos sigue sucediendo, porque esas son las leyes por las que quiere regirse nuestra sociedad que aunque no sean leyes escritas sin embargo las llevamos muy impresas en nuestros sueños y en nuestros corazones. Queremos ser del grupo de aquellos que están cercanos al poder, a ver si cae algo, que tantas veces pensamos.

Cuando meditamos este evangelio nos choca esta reacción de los Zebedeos apoyados en su madre precisamente después de haber escuchado las palabras de Jesús. No siempre damos la verdadera importancia a las palabras que escuchamos sobre todo cuando tenemos muchos sueños en nuestra mente, nos pueden parecer palabras solemnes y bonitas dichas para la ocasión pero no sabemos o no queremos aterrizar con ellas.

Nos sigue pasando hoy cuando ahora mismo estamos escuchando este anuncio de Jesús de la subida a Jerusalén, y la estamos escuchando precisamente en este camino cuaresmal que estamos haciendo, porque nosotros seguimos pensando en la semana santa de la misma manera que la hemos celebrado siempre y la hemos edulcorado tanto que le hemos hecho perder el sentido y el sabor de la pascua. Es muerte y resurrección pero no como unas bonitas imágenes muy envueltas en ricos y lujosos ropajes a pesar de que queramos representar la pasión de Jesús, que nos olvidamos de la pasión que nosotros hemos de vivir, de la muerte en la que nos hemos de sumergir para que en verdad haya resurrección a nueva vida y entonces haya verdadera pascua.

¿No tendríamos que despojarnos de muchas cosas, de muchos ropajes, de muchas ideas preconcebidas para sumergirnos de verdad en la muerte de Jesús? ¿No tendríamos que comenzar a contemplar esa pasión que hay en nuestra vida en tanto que nos hace sufrir, en desgarros que se producen en nuestro espíritu en los problemas con los que cada día nos vamos encontrando, en esas situaciones tan complejas en las que nos vemos envueltos quizás por nuestros errores, quizás por las incomprensiones que encontramos a nuestro alrededor, o en los desaires que sufrimos tantas veces?

Es el camino de la pascua que hemos de recorrer en lo concreto de nuestra vida. Es la invitación que hoy nos hace la palabra del Señor en esta nuestra subida a Jerusalén de nuestra pascua.

domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


domingo, 16 de noviembre de 2025

Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

 


Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

Malaquías 3, 19-20ª; Salmo 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

Esto ha sucedido en todos los tiempos, darle un sentido catastrófico y apocalíptico a lo que sucede, sobre todo cuando sentimos que las cosas marchan mal, vemos el revoltijo en que se ha convertido nuestra sociedad, e incluso las inclemencias de la naturaleza parece que se desbordan sobre nosotros; nos están hablando ahora continuamente del cambio climático y parece como si nos anunciaran el fin del mundo; a río revuelto todos quieren dar soluciones pero todos también nos presentan cuadros dramáticos como si nada tuviera ya solución. Y realmente escuchando uno tantas cosas al final se nos pueden sembrar una inquietud en nuestro interior que puede desembocar en angustia y hasta desesperación. Cada ciclo de la historia va acompañado por estas lecturas catastrofistas de la vida y de la propia historia y también hemos reconocer que aparecen salvadores por doquier.

Es el primer pensamiento que me surge hoy escuchando las lecturas del evangelio y de la Palabra de Dios, pero haciendo al mismo tiempo una lectura de nuestra historia, de nuestro hoy. ¿Tendremos en verdad motivos por la angustia y la desesperación? ¿Tenemos que ver nuestros tiempos, con lo que nos está sucediendo hoy, como tiempos apocalípticos? Claro que me gusta aclarar que no siempre le damos a esta palabra su verdadero sentido, porque por ejemplo el libro del Apocalipsis que tenemos como culminación de la Biblia no es un libro de derrotas sino de victoria, no es un libro para la angustia sino para la esperanza, porque ese es realmente el significado de la palabra aunque luego la hayamos versionado de otra manera.

El hablarnos Jesús de ello parte de la contemplación que están haciendo de la belleza del templo de Jerusalén. ¿Sería probablemente desde la contemplación que se tiene de la ciudad santa desde el bacón, podríamos decir así, del Monte de los Olivos precisamente teniendo en primer plano el templo?  Sigue siendo una contemplación maravillosa hoy desde ese escenario.

Pero la grandiosidad del templo en todo su esplendor y belleza le hace quizás pensar a Jesús en la futilidad de esa belleza externa que se puede quedar finalmente en una vanidad. Y Jesús les dice que todo eso se vendrá abajo, que toda la belleza de ese templo y esa ciudad va a ser destruida, no quedará piedra sobre piedra. No podemos dejar de tener en cuenta que cuando el evangelista nos narra estas palabras de Jesús, ya se había cumplido aquella palabra profética de Jesús, pues el año 70 Jerusalén quedó destruida a mano de los romanos. Algo que tendría que causarles dolorosa impresión a los que le escuchaban que comienzan a hacer preguntas sobre ese temor al fin del mundo que todos llevamos dentro.

Y es a lo que Jesús quiere hoy respondernos, porque la respuesta no solo fue para los discípulos de entonces, sino también para nosotros hoy que escuchamos la Palabra de Dios. Vendrán tiempos difíciles y precisamente para los que le siguen serán incluso tiempos de persecución. Serán llevados a los tribunales y a las cárceles, les dice Jesús.

¿Son palabras para el agobio y la desesperación? Las palabras de Jesús son siempre palabras que animan a la esperanza. No es la resignación la respuesta, sino la esperanza. No es la pasividad sino el movimiento positivo que ha de brotar dentro de nuestro interior.

Todavía algunas veces los cristianos seguimos pensando que la resignación y la pasividad son los valores que tenemos que cultivar. No es ese el sentido que nos da nuestra fe, porque paciencia no significa resignación; será una aceptación de la realidad a la que nos enfrentamos, pero eso para buscar salida, para saber encontrar una luz. Y cuando estamos en un túnel oscuro y tenebroso pero vemos que al final hay una luz, no nos quedamos pasivos esperando que la luz venga a nosotros, sino que buscaremos medios por acercarnos allí donde está la luz.

Por eso luchamos por la vida, creemos que las cosas pueden ser mejores, tenemos esperanza de que todo puede cambiar, nos sentimos impulsados a poner las piedras que tenemos a nuestros pies o en nuestras manos haciendo escalera para subir, abriendo camino para poder caminar, buscando esa superación de nosotros mismos cada día, tratando siempre en positivo de ver lo bueno que podemos encontrar o tenemos que construir. El vivir del cristiano no puede ser en la amargura, aunque tengamos sufrimientos, porque a esos sufrimientos le podemos dar un sentido, porque en ese dolor podemos poner todo nuestro amor.

Es lo que Jesús nos ha prometido cuando nos dice que no estamos preocupados por preparar nuestra defensa porque el Espíritu pondrá en nosotros las palabras que necesitamos y la fuerza que nos hace caminar. Ante tanto catastrofismo que nos rodea nosotros no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu, porque en nosotros hay una fe, porque una esperanza nos anima, porque el amor será siempre el motor de nuestra vida.

sábado, 5 de abril de 2025

Del camino cuaresmal que estamos haciendo tendríamos que salir más fortalecidos, demos pues el paso adelante que se nos está pidiendo en el hoy de nuestro mundo

 


Del camino cuaresmal que estamos haciendo tendríamos que salir más fortalecidos, demos pues el paso adelante que se nos está pidiendo en el hoy de nuestro mundo

Jeremías 11, 18-20; Sal. 7; Juan, 7, 40-53

Cuántas veces andamos de confundidos en la vida. Vemos a alguien y aquella cara nos suena, por nuestra mente pasan como en una película una cantidad grande de situaciones donde podíamos localizar a aquella persona; pensamos en un lugar o en otro, en una situación determinada, pero nos parece que allí no fue, hacemos quizás nuestros comentarios entre los más cercanos a nosotros que quizás andan en la misma confusión pero no damos el paso de acércanos a aquella persona para situarlo mejor, para preguntar porque nos da corte que vaya a decirnos como es que no nos acordamos de él y nos quedamos con nuestras incertidumbres por nuestra indecisión, por nuestra cobardía, porque podrían pensar de nosotros alguna cosa, y no llegamos a saber.

Pero no son solo esas situaciones humanas de nuestras relaciones de unos y otros, que también tienen su importancia porque puede significar un respeto que le debamos a esa persona y a la que en nuestras confusiones al final no tratamos bien; es en cosas más hondas donde andamos en esas confusiones; serán los planteamientos hondos del sentido de la vida, donde andamos de acá para allá, será a la hora de tomar decisiones que puedan ser importantes en nuestras relaciones con los demás; será a la hora de nuestra vivencia de Iglesia en lo que andamos perturbados porque hay cosas que no entendemos, hay cosas que nos dicen, hay influencias que recibimos desde muchos medios que querrán hacernos entrar en la duda y confusión como un camino de apartarnos de esos caminos, será en el camino de nuestra fe donde no terminamos de aclararnos, pero tampoco es que busquemos mucho o acudamos donde podemos encontrar la luz.

Hay muchas cosas que tenemos que ordenar en nuestra vida; llegan momentos en que tenemos que tomar decisiones valientes aunque tengamos que ir a la contra de cómo se camina a nuestro alrededor; tenemos que aclararnos y saber donde estamos, cual es el testimonio que tenemos dar, y buscar la manera de fortalecernos interiormente para afrontar los problemas que nos va presentando la vida.

Hoy escuchamos en el evangelio que alrededor de Jesús hay mucha confusión. confusión sobre su origen y lo que es su misión, confusión porque la gente se ve influida por aquellas corrientes de los que quieren quitarse de en medio a Jesús; unos lo escuchan y se quedan admirados porque como dirán ‘nadie ha hablado con El’, los signos y milagros que realiza llaman la atención, aunque no siempre sabrán leer entre esos renglones de la vida lo que es el actuar de Dios; saben que quieren prenderle e incluso mandan guardias con ese cometido que sin embargo no serán capaces de cumplir las ordenes que les dan, algunos salen a favor de Jesús aunque sea solo de una forma tímida pero sin dar el paso al frente; acaso irán a ver a Jesús de noche, cuando los demás no los vean.

¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también en este mundo tan revuelto de ideas y de cosas que también nos llenan de confusión? Creo que tenemos que tomarnos más en serio nuestra fe y nuestra manera de actuar; el mundo necesita testigos de la verdad y no siempre nosotros sabemos dar ese testimonio. Nuestras rodillas están vacilantes y vamos renqueando demasiado por los caminos de la vida. Tratemos de fortalecernos con el Espíritu del Señor. Es el camino cuaresmal que estamos haciendo del que tendríamos que salir más fortalecidos. ¿Cuándo daremos el paso adelante que se nos está pidiendo en la hora de nuestro mundo?

jueves, 21 de noviembre de 2024

Unas lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa que nos hacen mirarnos a nosotros mismos a quien Dios tanto ha regalado con su amor

 


Unas lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa que nos hacen mirarnos a nosotros mismos a quien Dios tanto ha regalado con su amor

Apocalipsis 5,1-10; Salmo 149; Lucas 19,41-44

Si hay algo que a todos nos conmueve son las lágrimas de cualquier ser vivo, de cualquier ser humano en nuestra presencia. Siempre nos preguntamos ¿por qué? ¿por qué esas lágrimas? Y tratamos de ser paño de lágrimas aunque no siempre sepamos como enjugarlas.

¿Por qué lloramos? ¿Por qué son esas lágrimas? Por empezar por las que puedan ser más agradable, podemos pensar que lloramos de alegría, de emoción, de sorpresa por algo bueno que nos acontece; todos hemos visto a una madre llorar de alegría cuando recibe noticias del hijo del que hace tanto tiempo que no sabe nada; lloramos de alegría si tenemos la suerte de que las cosas nos vayan bien o conseguimos aquella meta que tanto ansiábamos; todos nos emocionamos con quien está emocionado y terminamos derramando lágrimas con él; pero lloramos de rabia y de impotencia cuando no logramos el premio por el que luchábamos, o lloramos de angustia en la separación de un ser querido porque se va de viaje, lloramos de tristeza ante la muerte de seres queridos o allegados a nosotros; pero lloramos insatisfechos cuando vemos que hemos hecho tanto por alguien que no lo agradece, que incluso se puede volver contra nosotros y nos sentimos inútiles en lo que intentamos para el otro.

Muchas y distintas lágrimas pueden salir de nuestros ojos, que manifiestan sentimientos, amarguras, amores disfrutados o frustraciones en el amor, alegrías y tristezas, que expresan lo más hondo que llevamos dentro y que no tenemos palabras para expresarlo. ¿Sabremos descubrir no solo el por qué de nuestras lágrimas sino también el por qué de las lágrimas de tantos en nuestro entorno? ¿Acaso se nos secan nuestras lágrimas por alguna razón o nos volvemos insensibles ante las lágrimas que se derraman en derredor nuestro?

Hemos venido con el evangelio de san Lucas acompañando a Jesús en su subida a Jerusalén; en ocasiones el caminar de Jesús parece que tiene prisa, como nos dice el evangelista, iba delante, conciente de la Pascua que en Jerusalén ha de celebrar, ha de vivir. Son muchos los anuncios que ha ido haciendo a lo largo del camino de lo que sucederá en Jerusalén aunque nunca los discípulos parecen entender las palabras de Jesús. Ahora se asoma ya como en un bacón a contemplar la ciudad de Jerusalén desde el monte de los Olivos. Allí nos queda una iglesia como recuerdo de ese momento.

Era de emoción grande para todo peregrino llegar a contemplar la ciudad santa a la que todos querían subir, además de la belleza que desde allí se contemplaba. Los que hemos peregrinado en alguna ocasión a aquel lugar hemos sentido también esa emoción, gratos recuerdos llevo en la memoria de mi alma.

Y nos dice el evangelista que Jesús llora. ¿Era solo la emoción de la contemplación de la ciudad santa? Todo buen judío sentía esa emoción. En otros momentos se nos hablará de cómo ponderaban las bellezas y tesoros que desde allí se contemplaban. Pero, ¿cuál era el motivo del llanto de Jesús? ¿El pensar en todo lo que allí había de sufrir en su pasión y en su pascua? Otros serían los momentos, al pie precisamente de ese monte en el huerto donde estaba el molino de aceite, para llegar incluso a sudar sangre por la angustia de lo que iba a suceder que El tan claramente veía.

Pero el llanto de Jesús ahora es distinto. Jesús llora por aquella ciudad a la que había amado tanto, por la que tanto había hecho, en la que había enseñado en sus calles y en la explanada del templo, en la que les había ido manifestando una y otra vez todo lo que era el misterio y el regalo de Dios, pero que ellos rechazaban. Es cierto que en algún momento los niños y la gente sencilla lo van a aclamar precisamente al final de aquella bajada del monte de los olivos, pero estaba el rechazo de quienes no querían recibir la luz; curaría a sus ciegos en sus calles, haría caminar a los inválidos postrados en sus piscinas siempre en eterna espera de la salud, pero ellos no sabían ver la luz, no sabían descubrir la verdadera salvación que Jesús les traía. Y llora Jesús por todos ellos, a los que había querido acoger como la gallina acoge a sus polluelos bajo sus alas.

Pero ¿nos dirá algo a nosotros hoy ese llanto de Jesús? Es un llanto que también es por nosotros a quienes tanto ha regalado, pero que tan poca respuesta hemos dado. Detengámonos a pensar ahora en nosotros mismos, en nuestras rutinas y en nuestras actitudes de derrotismo, en nuestras cobardías que a tantas negaciones nos han conducido, en nuestras cegueras cuando no hemos sabido descubrir la luz que nos llega de tantas maneras para despertar nuestro espíritu en tantas cosas que nos suceden a nuestro alrededor y que son señales de Dios en nuestro camino, en ese dejarnos envolver por ese egoísmo que nos hace insolidarios y que como lepra nos aísla y nos separa de los demás, en esos oídos sordos para escuchar lo que la Palabra nos dice a nosotros pero que esquivamos pretendiendo adosársela a los demás…

Cuántos motivos tendríamos pero para llorar nosotros, para terminar de escuchar esa palabra de Jesús que nos dice ‘levántate y anda’ como al paralítico de la piscina, ‘levántate y sal fuera’ como a Lázaro de Betania, ‘tus pecados quedan perdonados’ como al paralítico de Cafarnaún, ‘tu fe te ha curado’, como a la mujer de las hemorragias, ‘¿no te he dicho que tengas fe?, como a Jairo en el camino...

¿Nos sentiremos conmocionados por ese llanto y esas lágrimas?

miércoles, 28 de febrero de 2024

En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

 


En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

Nos cuesta escuchar lo que no nos interesa, lo que nos parece que nos hace daño o no va según nuestras conveniencias. Y es que a veces da la impresión que andamos como perdidos en la vida; y no se trata de que nos hayamos ido a las montañas o al bosque y perdimos el camino y ahora no sabemos donde estamos y cómo salir de ese atolladero; no se trata de que nos hayamos metido en la gran ciudad que no conocíamos y caminando entre calles y calles entretenidos en todo lo que va apareciendo a nuestros, ahora no sabemos donde estamos y cómo podemos volver por nuestro camino.

Es otra cosa; vamos haciendo un camino en la vida porque nos entusiasmamos por algo que nos parecía que nos podía interesar, encontramos a alguien con carisma y nos atrajo, pero cuando nos va dando las verdaderos motivaciones nosotros andamos como soñando con otras cosas y al final ni prestamos atención a aquello que se nos dice o que se nos propone. Seguimos tras aquella persona, porque quizás nos atrae su simpatía, su alegría, pero cuando nos habla de algunas exigencias, eso ni lo escuchamos.

¿Les estaría pasando a los discípulos así? Estaban entusiasmados por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y se quedaban encantados con sus parábolas, los milagros que hacía despertaban un interés pero les parecía que aquella era un camino que les llevaría a triunfos y a que ellos pudieran alcanzar también esas glorias humanas que podían ver en otros. Ahora marchaban a Jerusalén, y les parecía que aquello iba a ser un camino victorioso. En Galilea la gente andaba entusiasmada por Jesús y las multitudes le seguían por todas partes; su fama llegaría también a Jerusalén y allí no iba a ser menos, pensaban ellos.

Por eso cuando ahora habla Jesús de su sentido de la subida a Jerusalén donde el Hijo del Hombre iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, no lo entendían. Ellos seguían con sus mismos pensamientos. Estaban como obcecados.

Por eso se adelante la madre de aquellos dos hermanos, los Zebedeos, y se postra ante Jesús porque quiere hacer una petición para sus hijos. ‘¿Qué deseas? ¿Qué pides?’ le pregunta Jesús. ¿Era un camino de triunfo y de gloria el que iban haciendo, al menos así lo pensaban ellos? Pues participar de esa gloria; y por aquello de que eran parientes de Jesús, que ocuparan los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, de ese poder que vislumbraban para Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. Respuesta que se convierte en pregunta. Había hablado Jesús poco menos que de un bautismo de sangre, porque había hablado de entrega que llevaría al sufrimiento y a la muerte, ¿estarían ellos dispuestos a ese bautismo de sangre? ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y en el entusiasmo de sus sueños dicen que están dispuestos.

Están dispuestos y, como les dice Jesús, lo beberán. Pero en el Reino de Dios las cosas no son como nosotros a nuestra manera humana soñamos o imaginamos. Hay algo distinto que tenemos que hacer y que tendremos que llegar a vivir. No podemos andar a la manera de los reinos de este mundo. Bien lo sabemos; cómo la gente aspira al poder y es aspirar a riquezas y a dominio sobre los demás, es buscar honores y reconocimientos. Así andamos, así lo estamos viendo todos los días, como la corrupción va entrando en los corazones, el egoísmo y el orgullo es lo que impera, y surge todo lo que surge que lo estamos viendo en las noticias de todos los días.

En el camino de Jesús otros son los parámetros, otro es el estilo y la manera de hacer las cosas. Es el espíritu de servicio el que tiene que imperar en el corazón; y eso nos tiene que hacer humildes, ser capaces de hacernos los últimos para mejor servir a los demás, dejar de pensar en nosotros mismos para buscar el bien y lo bueno que tenemos que hacer. Y eso no es fácil, porque son muchas las cosas que de un lado y de otro estarán tirando de nosotros, nos atraerán y nos tentarán. De muchos orgullos y pedestales tenemos que bajarnos; otros caminos con los pies descalzos tenemos que hacer.

Estamos subiendo a Jerusalén, porque estamos haciendo el camino que nos lleva a la pascua en esta cuaresma. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino a la manera de Jesús? ¿Cuáles serán en verdad nuestras aspiraciones? ¿Andaremos también a la manera de los hijos del Zebedeo?

Mirad que no andemos también perdidos, porque no sepamos escuchar con corazón abierto a Jesús.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

 


Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

1 Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

Los hombres no lloran, nos decían cuando éramos niños, quizás con la buena intención de fortalecer nuestro carácter, de aprender a enfrentarnos de una forma dura a los problemas de la vida, también quizás desde un concepto un tanto especial de lo que es la vida, lo que es propio de los hombres y lo que es más propicio que se manifieste en las mujeres desde un cierto machismo que dominaba en cierta manera nuestra sociedad. No lo decimos para entretenernos en condenas de costumbres sociales de otra época, porque cada época tendrá sus luces y sus sombras y con los conceptos de hoy no podemos ponernos a juzgar las actitudes o posiciones de otros momentos de la historia.

Pero los hombres sí lloran, porque todos tenemos sentimientos y las lágrimas pueden ser ese río que se desborda de nuestros sentimientos, de la sensibilidad con que vivimos la vida, de aquellas que nos impresionan y nos dejan huella; serán momentos de preocupación, momentos tristes cuando se producen desgarros en el alma, momentos en que nos sentimos fracasados en nuestros intentos por alcanzar unas metas, momentos en que nos sentimos frustrados ante lo que sucede a nuestro alrededor que no es lo que esperábamos o por lo que tanto habíamos luchado, momentos de rechazo que nos llenan de amargura.

Pero no todas las lágrimas son de tristeza porque lloramos cuando nos emocionamos ante algo agradable que nos sucede; lloramos de felicidad en un encuentro con la persona amada que quizás sentíamos lejos, pero que viene de nuevo a nuestro encuentro; lloramos de alegría cuando encontramos lo que habíamos perdido, que no solo son cosas, sino también personas; lloramos de emoción cuando encontramos una luz que da sentido a nuestras vidas y nos abre nuevos horizontes… son muchos – y podríamos pensar en muchas más cosas - los llantos que hacen afluir lágrimas a nuestros ojos y hacen salir aquellos sentimientos que llevamos guardados u ocultos en el alma. Necesitamos dejar brotar esas lágrimas porque nos desinflan de muchas tensiones que llevamos en nuestro interior y que podrían explosionar de mala manera.

Hoy contemplamos uno de los llanos de Jesús de los que nos habla el evangelio. Había llorado y no hacía mucho en la no tan lejana Betania ante la tumba de su amigo Lázaro, porque así había brotado fuera la intensidad del amor de la amistad; ‘mira cómo lo quería’, dirán los que le contemplan.

Hoy llora Jesús también de amor, es la amor que siente por la ciudad de Jerusalén – signo de la unidad de un pueblo y que todo buen judío llevaba en su corazón – que no va a ser porque aquellas piedras que ahora tan bellamente conforman los edificios de aquella ciudad un día se vendrán abajo en la destrucción que pocos años después realizará el pueblo opresor. Pero aunque pudiera parecer que el motivo fuera que no quedará piedra sobre piedra de todo aquel esplendor que desde el monte de los Olivos se contempla – allí está como una señal permanente de las lágrimas de Jesús ese pequeño santuario del ‘dominus flevit – sino que es el dolor del rechazo de quienes no le quieren aceptar. ‘Porque no reconociste el tiempo de tu visita’, serán las palabras que recoge el evangelista en labios de Jesús.

Pudiéramos hacernos ahora muchas consideraciones de aquella negativa a acogerle por parte de Jerusalén y sus principales dirigentes, pero cuando hoy escuchamos esta Palabra de Dios para nosotros tenemos que pensar en nuestra propia vida, tenemos que pensar en la acogida o no que hacemos o no hacemos nosotros de la Buena Nueva de Jesús para nuestra vida.

Contemplándonos Jesús hoy a nosotros, cristianos del siglo XXI, ¿se derramarán igualmente las lágrimas de Jesús? Pensemos en los vaivenes de nuestra vida, en la inconstancia de nuestro seguimiento de Jesús, en las debilidades tantas veces repetidas y también acrecentadas que aparecen en nosotros por la incongruencia con que vivimos nuestra fe, en el descuido y superficialidad con que nos manifestamos porque más fácil nos resulta muchas veces el dejarnos llevar que el poner un empeño y un esfuerzo de superación. Mirémonos cada uno que tenemos que conocernos por dentro aunque no siempre lo reconozcamos. 

¿No seríamos nosotros los que tendríamos que llorar  por tanto que hacemos llorar a los que están a nuestro lado y a los que tendríamos que amar más?

viernes, 2 de junio de 2023

Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

 


Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Siempre que nos acercamos al evangelio, por muy sencilla que nos parezca la narración que se nos ofrezca, siempre vamos a encontrar una palabra de luz para nuestra vida. Por supuesto algo importante que necesitamos, aunque también es cosa muy sencilla, es que vayamos con espíritu abierto y con espíritu de fe para acoger ese mensaje o para dejarnos interpelar en nuestra vida por esa palabra que escuchamos. Si vamos predispuestos con la boca amarga, por decirlo de alguna manera, el alimento no podrá llegar a nutrirnos porque no lo hemos degustado y comido; si nuestros oídos se hacen sordos poco podrá llegar ese mensaje y esa palabra de vida a nuestro corazón.

El texto que hoy se nos ofrece es algo muy sencillo y que simplemente parece la narración de cómo unos peregrinos venidos de lejos para la fiesta de la Pascua, al no tener donde pernoctar en Jerusalén cada mañana y cada tarde hará su recorrido entre la ciudad santa y Betania donde han encontrado esa acogida.

En medio van sucediendo cosas, Jesús que observa el ambiente, podríamos decir, de la ciudad y del templo, la anécdota que no es tan intranscendente como pudiera parecer, de buscar higos en una higuera, que probablemente aun no era el tiempo de los frutos, y de unas exigencias de Jesús en el templo de que aquel lugar sagrado no se pueda convertir en un simple mercado cuando ha de tener el ambiente propicio para ser un sitio de oración, y es el gesto de quitar de en medio vendedores y negociantes para dignificar aquel lugar santo.

Diversas situaciones, diversos momentos que irán sirviendo para que Jesús nos vaya dejando semillas de su Buena Nueva. Será decirnos que cuanto estamos recibiendo pide en nosotros que demos fruto, que no podemos ir por la vida como árboles inútiles y estériles sino que siempre una huella, un fruto hemos de ir dejando tras nuestro paso.

Pero eso nos hará plantearnos con que espíritu de fe vamos nosotros por la vida, por una parte para saber leer la acción de Dios en nosotros y en la vida, esa necesaria sintonía de Dios que no podemos romper con ningún alboroto en torno nuestro, pero que también ha de hacer que nos sepamos llenar de confianza y certeza de que Dios está con nosotros y que con su presencia en nuestra vida podremos hacer maravillas.

Y no es que vayamos arrancando higueras o montañas para plantarlas en otro lugar o en el mar, sino que con la fuerza de la fe en nuestro interior mucho podemos transformar de nuestra propia vida y del mundo en el que vivimos para hacerlo mejor. Por eso  nos deja como una perla preciosa ese pensamiento de que cuando vayamos a orar a Dios vayamos con un corazón puro, con un corazón limpio de toda maldad y resentimiento, porque siempre hemos de saber ir por la vida ofreciendo comprensión, misericordia y perdón.

Ahí van quedando sembradas en nuestro corazón esas semillas de vida que hemos de hacer fructificar en nosotros; ahí vamos descubriendo esas situaciones de nuestra vida donde tenemos que poner luz; ahí están esas actitudes nuevas que tenemos que hacer resplandecer en nosotros porque otra tiene que ser nuestra relación con Dios, nuestra manera de orar, la humildad y la confianza con que vamos dejando que Dios actúe en nosotros, otra será la mirada para los que tenemos a nuestro lado donde tiene que resplandecer la comprensión y la misericordia.

Hagamos camino con Jesús, hoy le vemos caminar entre Jerusalén y Betania, esa Betania de nuestra vida, ese camino de nuestra vida de cada día entre nuestro trabajo, nuestra familia, las relaciones que mantenemos con los demás, los momentos de descanso también, porque siempre El está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino aunque no siempre sepamos reconocerlo. Ahí en nuestra vida se irán realizando momento a momento las maravillas del Señor.

viernes, 24 de marzo de 2023

Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

 


Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Todavía no había llegado su hora… nos dice el evangelista. Todo tiene su tiempo nos había dicho un día el profeta Jeremías, para trabajar y para descansar, para sembrar y para recoger, para vivir y para morir, podíamos decir resumiendo.

La hora, el tiempo oportuno. Lo utilizamos de muchas maneras en la vida. No es el momento y esperamos que sea su tiempo para sembrar, esperamos que llegue su tiempo para recoger la cosecha, esperamos que llegue su tiempo para realizar aquel proyecto con el que soñábamos, esperamos que llegue el momento para actuar, para emprender la tarea, el momento de hablar, de decir esto o aquello. Claro que siempre es el momento de amar, siempre es el momento de la hora de Dios, aunque quizás no siempre estemos atentos.

¿Habrá habido cosas en la vida en las que se nos pasó el momento? La excesiva prudencia, el estar pensándonoslo siempre pero sin llegar a tomar decisiones, los miedos y cobardías, el pensar que la cosa no estaba madura, pero quizás éramos nosotros los que no estábamos lo suficientemente maduros para tener valentía. Pudimos hacer y no hicimos, pudimos prevenir y quizás caímos en las redes…

¿Cuándo llega el momento? ¿Será para nosotros ya la hora de Dios? ¿Cómo sintonizar con esa hora de Dios? Es una sabiduría que no vamos a alcanzar por nosotros mismos, sino que hemos de dejarnos empapar por la sabiduría de Dios, abrir nuestro corazón al Espíritu divino que El nos guiará, El nos inspirará, y estemos, pues, atentos, a esa llamada, a esa inspiración divina. Porque ahora también tenemos que hacer algo, no podemos quedarnos permanentemente con los brazos cruzados.

Es tanta la obra que está en nuestras manos, es tanto lo que en esta hora de la historia nosotros tenemos que hacer. Tenemos que dejar nuestra huella, nuestra impronta, desarrollar nuestros valores, actuar con todo nuestro saber pero dejándonos al mismo tiempo que el Espíritu de Dios nos inspire y nos impulse. Se ha de notar nuestra presencia; aunque queramos ocultarnos por nuestros miedos, tenemos que dejarnos notar. No nos podemos seguir cruzando de brazos.

Me ha surgido esta reflexión dentro de mí y que comparto con ustedes, desde este evangelio un tanto paradójico que hoy se nos ofrece. La gente subía a Jerusalén porque era la fiesta de la tiendas, una fiesta judía muy importante, y Jesús se queda en Galilea. Ya sabía que en Jerusalén están al acecho ante lo que hago o lo que diga. Parece que no va a subir a Jerusalén. En un último momento se decide a subir e incluso se deja ver por el templo. De ahí los comentarios que escuchamos, en las que algunos se preguntan si será o no será.

Por otra parte algunos dudan de la autenticidad de Jesús como Mesías porque, como dicen, de Jesús saben de donde procede pero la idea extendida era que el Mesías no se sabía de donde procedía. Jesús les viene a decir que aun no lo conocen, porque ellos no quieren reconocerlo como el enviado del Padre, el enviado de Dios. Y de eso Jesús sí tenía clara conciencia. Allí está en medio de ellos, porque ese es su lugar y esa es la misión que tiene que realizar. Pero los que intentan algo contra Jesús no pueden, no son capaces de realizarlo. Como dice el evangelista, a Jesús aún no le había llegado su Hora.

Será en la siguiente subida para la Pascua, donde veremos que Jesús poco menos que tiene prisa por llegar. Los discípulos veremos que incluso se extrañan de la prisa que lleva Jesús por llegar a Jerusalén. Es consciente de que llega su hora, así lo proclamará más tarde en el momento de la cena pascual.

Aquí estamos ahora nosotros cuando ya se va acercando la hora de la Pascua, preparándonos también para ese momento en este camino cuaresmal que vamos haciendo. ¿Habrá cosas de las que tenemos que irnos purificando, miedos que hemos de ir arrancando de nuestro corazón, dudas que oscurecen nuestro espíritu que tendremos que disipar, valentías de las que tendremos que ir llenando nuestro corazón?

 

jueves, 17 de noviembre de 2022

Las lágrimas de Jesús y nuestras lágrimas, los sentimientos que afloran ante el sufrimiento y la emoción del amor, no seamos insensibles ante lo que nos encontramos en el camino

 


Las lágrimas de Jesús y nuestras lágrimas, los sentimientos que afloran ante el sufrimiento y la emoción del amor, no seamos insensibles ante lo que nos encontramos en el camino

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44

Dicen que a los hombres nos da vergüenza llorar; será quizás desde una cultura – hoy hablaríamos de machismos y no sé cuantas cosas – donde nos parecía que teníamos que ser fuertes y de ninguna manera manifestar nuestra debilidad; pero la realidad de la vida es que todos somos débiles y que el llanto tampoco hemos de mirarlo desde ese sentido; sin embargo hay como un cierto pudor, pero lloramos, todos, hombres y mujeres, pequeños y grandes.

¿Una señal del sufrimiento que llevamos dentro? ¿Una expresión de nuestros sentimientos? Bueno, los psicólogos nos dirán muchas cosas, pero no andamos ahora para psicologías. Pero es la realidad, algo o alguien nos hace sufrir y afloran nuestros sentimientos y afloran nuestras lágrimas; algo no nos va bien en la vida y nos sentimos fracasados ante lo que hemos intentado, y aparecen nuestras lágrimas, aunque algunas solo corran por dentro; desaires, contratiempos, infidelidades, cerrazón ante lo que ofrecemos que nos lo rechazan, situaciones de emergencia en que todo se nos viene abajo, previsión de algo que nos puede suceder… muchas cosas que pueden aparecer las lágrimas; un desahogo emocionado de lo que llevamos dentro, una muestra de confianza y de amistad que nos ofrecen cuando no lo esperábamos, una mano agradecida que surgió para valorarnos algo que hemos hecho, y aparecen nuestras emociones, aparecen nuestras lágrimas. No tenemos que tenerlo miedo a las lágrimas, al llanto, también puede ser una vía de escape ante algo que nos está haciendo presión por dentro.

Hoy nos habla el evangelio de unas lágrimas de Jesús de manera que históricamente ha quedado un lugar enfrente de la ciudad santa, en la bajada del monte de los Olivos, como el lugar donde Jesús lloró. Otras lágrimas recordamos de Jesús frente a la tumba de Lázaro en Betania, pero ni siquiera a lo largo de su pasión se nos hablará de lágrimas de Jesús; en su sufrimiento se hablará de sudor de sangre en la oración del huerto de Getsemaní, pero es ahora enfrente de la ciudad, mientras contemplaba todo su esplendor como tan maravillosamente se manifiesta desde ese lugar cuando veremos las lágrimas de Jesús.

Unas lágrimas y una queja dolorida. Ha sido como la gallina que recoge a sus polluelos bajo sus alas para librarlos del peligro, cuando Jesús siente dolor por la ciudad de Jerusalén. Allí había predicado y realizado milagros, pero allí se encontró la principal oposición y allí encontraría la muerte. Es la obra que parece no concluida porque no encuentra respuesta, es el desaire de su pueblo al que tanto ama y por el que está dispuesto a dar la vida. En aquella bajada se darían las mayores aclamaciones alrededor de Jesús donde parecía una entrada triunfante, pero ahora están las lágrimas, porque no ha habido respuesta. Jesús llora contemplando la ciudad de Jerusalén que un día sería destruida, con lo que eso de dolor tenía que significar para quien amaba tanto la ciudad santa.

¿Llorará Jesús ante nosotros contemplando lo que es nuestra vida? Merecemos esas lágrimas, aunque sabemos que por encima de todo está su amor. Por amor terminará su subida a Jerusalén porque no teme la entrega sino que El se entregará libremente y por amor. Pero además de ser una llamada a nuestra respuesta ¿habrá también algún mensaje más para nuestra vida desde esas lágrimas de Jesús?

Somos nosotros los que hemos de ponernos con sinceridad ante Jesús y sentir la emoción hasta las lágrimas de lo que es el amor; somos nosotros los que hemos de ponernos ante Jesús para vaciar nuestro corazón enteramente aunque también se nos produzcan esas lágrimas en nuestros ojos en el dolor del desgarro de tantos apegos; somos nosotros los que poniéndonos ante Jesús aprenderemos a mirar con mirada distinta a nuestro alrededor y seguramente surgirá también la emoción y las lágrimas ante lo que podemos contemplar, porque aprenderemos a contemplar cuánto sufrimiento hay en tantos a nuestro alrededor como antes expresábamos –desaires, fracasos, infidelidades, rupturas, tantos mundos que se nos vienen abajo - que nos pueden producir muchas lágrimas, pero quizás nos emocionemos al contemplar también la entrega anónima quizás hasta el martirio de los que saben amar de verdad y buscan siempre el bien de los hermanos, porque cuando encontramos un amor verdadero también lloraremos de alegría. Distintas emociones, distintas formas de lágrimas pueden brotar entonces de nuestros ojos, de nuestro corazón.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

 


El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

Malaquías 3, 19-20ª; Sal 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

La historia es un devenir de situaciones que en momentos nos parecen difíciles y complicadas, situaciones de crisis donde todo parece que se pone en duda, con otros momentos si no de prosperidad total sí de un cierto bienestar y prosperidad que muchas veces parece que nos hacen olvidar cual es el camino y cual es la meta que perseguimos en la vida.  unos y otros momentos según la manera en que los vivamos o nos enfrentemos a esas situaciones pueden devenir en cierta crisis, una veces por los miedos que nos paralizan y otras porque hay cosas que nos pueden llevar a una pérdida de los verdaderos valores que le podrían dar un mejor y mayor sentido a nuestras vidas.

Siempre en medio de todas esas situaciones nos aparecen profetas, muchas veces profetas de calamidades que nos anuncian hecatombes que nos pueden llenar de angustias. Son esos ‘profetas’ (y los tenemos que poner entre comillas) que no nos anuncian sino destrucción y muerte, que no encienden la esperanza, que nos llenan de angustia el alma con lo que nos sentimos más turbados y cegados para encontrar caminos que nos puedan llevar a la luz.

¿No los tuvimos también en medio de los momentos difíciles que hemos pasado últimamente con pandemias, con catástrofes naturales, con guerras como hemos estado viviendo? Cuantos mensajes de desaliento hemos recibido también de esos profetas de calamidades, como hemos querido llamarlos. Aprovechan cualquier situación difícil o los mismos acontecimientos de la naturaleza para llenarnos el alma de esos miedos hablando de tiempos apocalípticos, sin haber entendido siquiera lo que en si significa la palabra Apocalipsis.

Hoy nos encontramos con una de esas páginas duras del evangelio a las que se les da muchas veces ese apelativo de apocalípticas. Se entremezclan diversas consideraciones en el texto del evangelio, desde situaciones que ya había vivido quizá el propio evangelista que nos trasmite el mensaje del evangelio, como había sido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, que es cierto Jesús proféticamente había anunciado, como hoy mismo escuchamos.

Quizás en los momentos en que se escribió el evangelio los judíos y en consecuencia también los cristianos habían comenzado a pasar por momentos difíciles desde los caprichos de las autoridades romanas que lo llenaban todo de destrucción y muerte con sus diversas persecuciones que vivieron también los propios judíos. Y cuando se están viviendo situaciones difíciles así fácilmente nos lleva a considerar que esto es el fin, que se nos viene encima el final de los tiempos. Es lo que nos aparece hoy en el evangelio.

Pero el evangelio es buena noticia, como su misma palabra indica. El anuncio que  nos hace el evangelio no puede ser un anuncio de muerte. El anuncio que se nos hace en el evangelio trata de sembrar esperanza y paz en los corazones, a pesar de los momentos difíciles por los que puedan estar pasando los destinatarios del evangelio. Es el sentido de la palabra Apocalipsis, esperanza, un rayo de luz que siembra esperanza en medio de las oscuridades por las que podamos estar pasando.

Es a lo que nos invita hoy el evangelio. ¿Cómo ha terminado el texto que hoy se nos ofrece? ‘Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.


Ha ido repasando diversas situaciones, como hemos recordado, la destrucción de Jerusalén, lo que pueden ser los tiempos finales que un día han de llegar, pero antes en el camino de en medio, podríamos decir así, no faltarán momentos de dificultad, momentos incluso de persecución. ¿Y qué nos dice Jesús? No tengáis miedo. No tenemos ni por qué preocuparnos con qué palabras hemos de defendernos; nos promete la asistencia del Espíritu Santo que como Defensor estará con nosotros. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Como hemos venido diciendo el evangelio de Jesús siempre es un anuncio de esperanza. Es una invitación a la perseverancia, a vigilar, a estar despiertos para no dejarnos envolver por esos nubarrones de pesimismo y de muerte; para no dejar que el miedo se nos meta dentro y nos llene de angustia, para no dejarnos confundir con falsos profetas. Tenemos una tarea que realizar y sabemos que no es fácil, pero no estamos solos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos. Siempre tendremos la luz al final del túnel, al final del camino.

Es la esperanza que siempre tiene que reinar en nuestro corazón. Es el compromiso con que hemos de vivir nuestra vida. Aquello que nos dice san Pablo que el que no trabaja que no coma, es esa invitación a la responsabilidad en nuestra tarea, en el lugar que ocupamos en la vida, en las tareas que tenemos que realizar, en ese compromiso por el evangelio que tenemos que anunciar.