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martes, 16 de diciembre de 2025

¿Seremos los que decimos que tenemos muchas cosas que hacer pero al final no hacemos nada, que somos amigos de mis amigos pero nunca hermano de todos?

 


¿Seremos los que decimos que tenemos muchas cosas que hacer pero al final no hacemos nada, que somos amigos de mis amigos pero nunca hermano de todos?

Sofonías 3,1-2.9-13; Salmo 33; Mateo 21,28-32

Con qué facilidad decimos bonitas palabras y hacemos propósitos de buenos deseos. Escuchamos a alguien con sus sueños de grandes proyectos y sin pensárnoslo mucho ha estamos asintiendo espontáneamente apuntándonos a esos futuros éxitos de esas cosas grandes e importantes que ya estamos soñando realizar. No hace falta ni que nos pregunten para ya nosotros estar dando el paso adelante apuntándonos a todo eso que nos dicen. Pero pasa el tiempo, pasan los días ¿y qué ha quedado de toda aquella admiración que sentíamos por los proyectos que nos presentaban, por esos nuevos planes que nos hacíamos para llevarlos a cabo? Como se suele decir ‘si te vi. no me acuerdo’.

Nos quejamos y decimos que estamos cansados de tantas promesas y de tantos proyectos maravillosos que nos ofrecen nuestros dirigentes. Es una de las críticas más frecuentes y son las insatisfacciones más dolorosas, porque en un momento puntual, cuando quizás se estaba pasando por unas circunstancias dolorosas todo eran promesas y aquello se iba a resolver pronto, y las cosas al final incluso iban a estar mejor. Estamos cansados de esas promesas.

Pero que no sea solo la queja que tengamos contra los demás, sino mirémonos a nosotros mismos y en tantas ocasiones no estamos haciendo lo mismo. Y hablo ahora religiosamente en nuestra vida espiritual, en nuestros compromisos como cristianos y en el testimonio que tendríamos que dar y recordemos que tras unos momentos de fervor, una celebración especial, un acontecimiento en la vida de la comunidad, una reflexión que escuchamos, unos ejercicios espirituales, una fiesta de pascua vivida quizás con mucho fervor y mucha intensidad, nos hicimos una lista interminable de propósitos que pronto se fueron borrando incluso del papel en que lo escribimos, porque ya en nuestra mente los damos hasta por olvidados.

De esto nos está hablando Jesús. Hablaba a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, como nos señala el evangelista como nos habla a nosotros hoy. Habla de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a la viña; uno entusiasta todo son buenas palabras de ir inmediatamente a cumplir con lo dicho por el padre, pero que pronto lo olvida, porque quizás tiene tantas cosas que hacer, tantas promesas por cumplir, que al final algo se queda sin hacer; mientras el otro que parecía rebelde, que se negó incluso a cumplir con lo ordenado por su padre, sin embargo recapacita y se arrepiente y será el que vaya finalmente a cumplir lo mandado por el padre.

Y Jesús les habla claramente y les echa en cara lo que es la manera habitual de actuar. Vino Juan y no quisieron escucharlo, parecía que no les convencía, quizás les parecieran duras sus palabras y sus propuestas, ellos estaban acomodados a lo de siempre y por qué iban a cambiar, como nos decimos nosotros también tantas veces. Pero Jesús les habla de los publicanos y todos aquellos que ellos despreciaban; les dice que se les van a adelantar en el reino de los cielos, porque escucharon y se arrepintieron, escucharon y entraron en camino de conversión.

¿Quiénes eran los que seguían a Jesús? Le echaban en cara que comía con publicanos y pecadores. Pero el publicano Zaqueo fue el primero que se bajó de su árbol para recibir a Jesús en su casa; el publicano Leví será quien se levanta de se garita dejándolo todo por seguir a Jesús; la mujer pecadora fue la que se atrevió a ir a lavar los pies de Jesús en la casa de Simón el fariseo; la inmunda hemorroisa es la que se abre paso por detrás de Jesús para con fe tocar su manto en busca de su curación; la pecadora de la que habían sido expulsados siete demonios, la Magdalena, será la que está a los pies de la cruz en el Calvario y la que llorará a la entrada del sepulcro porque se habían robado el cuerpo del Señor Jesús. Podríamos seguir recordando muchas más páginas del evangelio.

Y nosotros, ¿dónde estamos? ¿Cuál es nuestra respuesta o cuales son nuestras evasivas? Tenemos muchas cosas que hacer y al final no hacemos nada. Decimos que sí amamos mucho a Jesús, pero seguimos poniendo filtros para ver a quienes tenemos que amar. Amigo de mis amigos, decimos, pero, ¿cuándo vamos a ser hermanos de todos sin distinción?

jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


jueves, 30 de octubre de 2025

El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

 


El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

Romanos 8, 31b – 39; Salmo 108; Lucas 13, 31-35

A veces una lectura demasiado ligera del evangelio nos puede dar la impresión de un cierto triunfalismo a la hora de narrarnos aquellos acontecimientos a partir de la presencia de Jesús de Nazaret en medio del pueblo; insistimos en ocasiones mucho en las multitudes que le seguían incluso a los descampados, las aclamaciones de la gente al contemplar el actuar de Jesús  y la reacción que se va provocando a partir de los signos que Jesús realiza.

Sin quitar ese brillo, porque además nos hace falta para alentar nuestra esperanza en el hoy de nuestra vivencia como cristianos en el mundo que nos rodea, es necesario que nos detengamos en páginas como las que hoy escuchamos. Se trasluce la oposición que también va encontrando Jesús y de alguna manera hacemos comparación con lo que nosotros también vivimos, porque para nosotros el evangelio es siempre luz para el día a día de nuestra vida.

Jesús va camino de Jerusalén, consciente además de lo que va a significar su subida a Jerusalén, recordemos los anuncios que va haciendo, aunque a los discípulos más cercanos tanto les cueste entenderlo. De camino unos fariseos – precisamente es bien significativo que sean precisamente unos fariseos – se le acercan para decirle que Herodes lo anda buscando. En algún momento parecería que Herodes estaba interesado en lo que hacía o enseñaba Jesús, aunque no se le quitaba de encima la espina de la muerte de Juan Bautista precisamente a sus manos. Ahora parecería que la advertencia que le hacen los fariseos es para que se cuide y no se ponga en peligro.

Es la reacción de los que se sienten con poder y les parece que cualquier novedad que pueda ir surgiendo en su entorno es un peligro para ellos. Así andan nuestros gobernantes tantas veces tan cautos, atentos a lo que se pueda decir de ellos, aunque lo disimulen bien, y con su propaganda tratar de influir en la gente sencilla creando confusiones; lo estamos viendo cada día. ¿Era un peligro Herodes para Jesús de la misma manera que Herodes podía sentir que Jesús fuera un peligro para su Reino?

Parece que Jesús no le da importancia, o la importancia que algunos pretenden, pues dice que seguirá fiel a su misión un día y otro, y que su destino está en Jerusalén. Un día allí van a recibirle con las aclamaciones del pueblo. ‘Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!’

Pero el dolor que Jesús siente realmente es como está siendo rechazado por Jerusalén, no el pueblo en sí mismo aunque bien sabemos cómo cambiarán sus reacciones al ser manipulados, sino por los dirigentes a quienes no les gusta el anuncio del Reino de Dios que Jesús está haciendo, porque de alguna manera ven un peligro para sus situaciones de privilegio. Y Jesús llora ya, aunque lo contemplemos con ese llanto en otra ocasión, por lo que le va a suceder a la ciudad de Jerusalén. En otros momentos serán otros los anuncios que Jesús hace del futuro del templo y de la ciudad de Jerusalén.

Jesús se mantiene fiel a su misión de anunciar y construir el Reino de Dios. Es el mensaje que nosotros recibimos de este texto que estamos comentando, como decíamos, comparando también lo que son nuestras situaciones en ocasiones también nada fáciles para hacer ese anuncio del Reino de Dios.  

¿Escuchará el mundo que nos rodea ese mensaje que tratamos de transmitir? También podemos encontrar rechazo o indiferencia en tantos a nuestro lado que no llegan a entender ese anuncio del Reino de Dios del que nosotros queremos dar testimonio. Quizás nuestro testimonio en ocasiones se queda diluido porque nos falta coraje para mostrarnos como verdaderos testigos. Las sombras de debilidad que acompañan nuestra vida pueden hacer que no sea creíble nuestro mensaje, pero aun desde nuestra debilidad y con nuestras sombras tenemos que seguir queriendo hacer el anuncio.

Nuestro mundo lo necesita. El mundo necesita de una esperanza que lo revitalize frente a tantos cansancios y desalientos por la violencia que envuelve a nuestro mundo. Hay personas que quieren encontrar ese rayo de luz y nosotros tenemos que ofrecerlo sin cobardía, sin luces mitigadas, sin miedos.

El mundo necesita testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar. ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde está nuestro compromiso de amor?

 


jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.


domingo, 19 de enero de 2025

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

 


A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

Isaías 62, 1-5; Salmo 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… algo así, expresado de una forma muy espontánea aunque nos parezca lenguaje de cantina o de bodega, nos habrá sucedido más de una vez; estamos de fiesta pero no hay alegría, la cosa parece que está muerta, no hay entusiasmo, y como decimos en esas situaciones de la vida, anda pon un vaso de vino a ver si viene la alegría.

Entendemos que no es el vaso de vino el que da la alegría, sino que eso tiene que nacer de algo más hondo que lleve la persona en sí, pero somos las personas y parece que en muchas ocasiones es la sociedad; no sé si andamos cansados, ya todos venimos de vuelta de la vida aburridos quizás de ver que las cosas no marchan como nosotros quisiéramos, no sé si nos sentimos medio fracasados en nuestros intentos, pero parece muchas veces que vamos arrastrándonos por la vida, nos falta entusiasmo, nos falta ilusión, parece que ya no somos capaces de soñar, en una palabra, nos falta saborear la alegría de la vida; pero hay que encontrarla.

Sucede en muchos aspectos de la sociedad y así nos encontramos pueblos aburridos que están como muertos, instituciones u organizaciones sociales que han perdido la iniciativa y la creatividad, comunidades que se van envejeciendo y no solo porque parece que solo quedamos los mayores sino porque incluso a los jóvenes les falta ese impulso verdaderamente juvenil que ponga vida allí donde están o fácilmente dan un paso atrás o a un lado y se van por otra parte. ¿Nos estará sucediendo así también en la Iglesia, en nuestras comunidades eclesiales? Algo de eso se vislumbra también que sucede. ¿Cómo andan nuestras parroquias? Cada uno que analice allí donde está. A mi me preocupa. Parece que también tenemos que decir como en el evangelio hoy ‘no tienen vino’ y la fiesta se acaba.

Es lo que nos relata el evangelio hoy en este domingo ya del tiempo ordinario, una vez acabada la navidad. Casi  esta celebración de hoy es como una continuación de la fiesta de la Epifanía que hemos venido celebrando, porque también con este evangelio también hay una epifanía, una manifestación o presentación de Jesús a su pueblo en este primer signo del evangelio de san Juan. Y creo que tiene que ser una fuerte epifanía que venga a decirnos Jesús, a través de las palabras de María, ‘no tienen vino’.

La fiesta podía ser un fracaso y sería una vergüenza enorme para los novios, no haber tenido las necesarias previsiones para tener vino abundante para la fiesta, sabido es que esas fiestas solían además durar varios días. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la fiesta, y allí está también la madre de Jesús. Es significativo además y por lo que tendríamos que hacernos muchos interrogantes para nuestra forma de vivir como cristianos que esa primera aparición publica de Jesús en el evangelio de Juan en el comienzo de su predicación sea precisamente en algo tan humano como la fiesta de una boda. Es el Emmanuel, el Dios que viene a estar con nosotros, y se hace presente allí donde está la vida del hombre. Lo contemplaremos a lo largo del evangelio allí donde está el sufrimiento y el dolor, irá a la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga o querrá ir a la casa del centurión a pesar de ser un pagano, se detendrá junto al ciego en las calles de Jerusalén o bajará hasta Betesda en el ultimo rincón donde hay un paralítico al que nadie ayuda, se detendrá junto al camino dejándose encontrar por el leproso o llamará al ciego que grita a su paso, se detendrá ante la higuera porque sabe que allí está alguien que quiere verlo, Zaqueo, o se dejará tocar ya sea por la mujer pecadora o por la hemorroísa que quiere al menos tocar el borde de su manto, se detiene junto a la orilla del lago subiéndose a la barca para hablar desde allí a la multitud, o irá a comer a casa de Simón, aunque sabe que es fariseo. Es el Dios que viene a estar con nosotros porque quiere darnos vida.

Hoy nos está diciendo a través del texto del evangelio de las bodas de Caná, que ya no nos vale el vino que tenemos o que está aguado y necesitamos no solo unos odres nuevos sino sobre todo un vino nuevo que es el que El quiere ofrecernos. No terminamos de aceptar ese vino nuevo del evangelio y por eso seguimos con nuestros cansancios, nuestro aburrimiento, nuestra falta de ilusión y esperanza, y con esa alegría enferma si acaso no muerta. ¿Nos estaremos muriendo de tristeza los cristianos? ¿Dónde estamos cantando con la vida de verdad esa alegría de la fe? ¿Qué es lo que está pasando en nuestras comunidades? ¿Qué pasa con nuestras celebraciones que siguen siendo aburridas y con falta de alegría y de ese entusiasmo que tendríamos que tener desde nuestra fe?

Tenemos que dejar que Jesús transforme el agua de las vasijas de nuestra vida en ese vino nuevo que solo en Jesús podemos encontrar. Es el vino nuevo que necesitamos para que recobremos esa alegría y entusiasmo de nuestra fe. Pero no olvidemos que tenemos que comenzar por ser nosotros vasijas nuevas, odres nuevos, porque en hombre viejo no podemos poner esa vida nueva, se derramará y se perderá el vino, y eso es lo que nos está pasando.

Vivamos y cantemos esa alegría de nuestra fe y conquistaremos el mundo. No necesita nuestro mundo contagio de tristezas y pesimismos, sino contagios de alegría y de vida nueva.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

sábado, 18 de noviembre de 2023

Nos queremos sentir nosotros amados por Dios y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones

 


Nos queremos sentir nosotros amados por Dios y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8

De todo nos cansamos, hasta de pedir cosas buenas incluso para nosotros mismos. Y es que nos cansamos y no somos constantes en nuestras peticiones, porque somos impacientes, lo queremos todo al momento, lo queremos como a nosotros nos gusta aunque sea peor, somos como niños caprichosos a los que hay que contentar pero como ellos quieren, no aceptamos que nos puedan dar algo mejor.

Y así nos falta perseverancia en muchas cosas que dejamos a medias; nos creemos perfectos y si no nos salen las cosas a la primera, las desechamos, no insistimos, nos vamos a otra cosa intentando olvidar aquello primero que nos había ilusionado. Y nos pasa en nuestros trabajos, nos pasa en la realización de nuestros sueños, nuestros planes o proyectos, nos pasa en nuestras relaciones con los demás, porque además queremos que sean como nosotros queremos, y si no logramos cambiarlos, convencerlos de lo que nosotros proponemos, no escuchamos sino que olvidamos y nos vamos para otro lado. Nuestras amistades algunas veces no duran, nos cansamos pronto, no tenemos la paciencia de esperar para conocer de verdad pero también para aceptar. En cuantas cosas nos hace falta esa perseverancia en la vida.  Podríamos seguir pensando en muchas cosas más, pero mira por donde, ya nos cansamos del tema y queremos irnos a otra parte, a pensar en otras cosas, y se nos puede quedar a la mitad.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de que hemos de cultivar esa virtud de la perseverancia, que es también esperanza, que es también sentido de amor en lo que hacemos y en lo que buscamos. Quiere Jesús hablarnos de la necesidad de la perseverancia en la oración, pero lo que Jesús nos dice lo podemos aplicar a muchos aspectos, incluso en lo humano y en nuestras relaciones con los demás.

 Nos habla del juez inicuo, y es inicuo porque no hace justicia, sino que más bien está pensando en si mismo y que no lo molesten. Y había una pobre mujer, viuda además lo que significaba que se sentía sola en la vida, que viene a pedir justicia frente a un adversario; pero el juez no le hace caso, considera una lata lo de aquella mujer, además – tengamos en cuenta la mentalidad de la época – era una mujer, que no merecía que se le prestara mucha atención. Pero la mujer insiste una y otra vez, un día y otro, hasta que el juez decide, para quitársela de encima, atender a la petición de aquella mujer.

No es nada ejemplar aquel hombre y no se nos pretende presentárnoslo como modelo. El ejemplo lo tenemos en aquella mujer. Y todo lo hemos de volver en lo que es nuestra relación con Dios. No es un juez, es un padre amoroso que nos ama, que nos atiende y que nos escucha, que está a nuestro lado, aunque a nosotros a veces nos suene a ausencia. Pero el padre escucha y escucha siempre, y nos dará lo mejor.

Pero en quien ahora tenemos que fijarnos es en la perseverancia de aquella mujer, que no se cansa de pedir, porque lo que quiere es justicia y ella se quiere sentir amada; así nos queremos sentir nosotros amados por Dios. Y por eso con mayores deseos queremos estar con El, con mayor confianza presentamos nuestras peticiones, con más fuerza nos mantenemos en esperanza porque sabemos que siempre somos escuchados, con esa insistencia pedimos y confiamos.


sábado, 22 de abril de 2023

Jesús está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

 

Jesús está
diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

No nos gusta sentirnos solos; y no lo digo solo en el sentido de que estemos o no estemos rodeados de gente, sino que en aquello que estamos realizando, en la propia tarea de la vida podamos sentir una presencia que nos ayude, que nos estimule, que nos dé fuerzas en aquellas situaciones por las que pasamos en muchas ocasiones adversas; es la más amarga soledad, porque incluso podemos ver muchas gentes a nuestro lado y no nos sirve, no ayudan, no estimulan, no son fuerza para nosotros.

Los discípulos aquel atardecer en el lago iban sintiendo esa soledad; es cierto que estaban todos juntos, pero les faltaba quien era en verdad el empuje para ellos. Después de la experiencia de aquel día, en que tantas cosas habían sucedido, cuando Jesús se los había llevado para estar a solas con ellos, las tornas se habían virado, y al encontrarse con una multitud que les esperaba Jesús se dedicó a esa gente que veía desorientada como ovejas sin pastor; se había puesto a enseñarles y al final había sucedido lo de la multiplicación de los panes, donde Jesús había querido implicarles a ellos también.

Viendo Jesús lo que podía suceder cuando la gente se fue entusiasmando y ya querían proclamarle rey y Mesías, los embarcó rumbo a Cafarnaún y El se había quedado solo en la montaña. Pero Jesús no había aparecido para ir con ellos, el anochecer se iba haciendo largo y estaba costoso lo del remar. Sienten que Jesús no está con ellos. Lo necesitan.

Y Jesús comienza a caminar a su lado sobre las aguas. No entienden, les parece un fantasma y mayores fueron los miedos y los temores. Pero Jesús les dice que está allí. Quieren hacerlo subir a la barca y cuando menos se dan cuenta han llegado a Cafarnaún. Con Jesús a su lado parece que la travesía fue mejor y daba la impresión que se había hecho corta.

¿Habremos estado en travesías de la vida donde nos hemos sentido solos y sin fuerzas? Llamémoslo como queramos, pero situaciones así habremos seguramente pasado muchas. Momentos en que en la vida nos ha aparecido el desánimo, el cansancio, hasta el aburrimiento en lo que estábamos haciendo porque hasta nos parecía que muchas de aquellas cosas no tenían sentido. Los problemas nos han abrumado muchas veces y nuestras barca parece que no avanza, no conseguimos alcanzar las metas con las que soñamos, muchos reveses nos hacen sentir en ocasiones como fracasados, también nos llenamos de miedo en la vida ante el futuro, ante lo que podemos hacer, ante responsabilidades que tenemos que asumir. Y algunas veces no sabemos a quién acudir.

Hay mucha gente a nuestro alrededor, ahí están quizás los amigos de siempre, por otra parte está la familia, pero nos parece que cada uno va a lo suyo, que cada uno tiene sus problemas y por qué vamos a ir con un problema más que somos nosotros, y nos parece perder la estabilidad en la vida, nos hundimos o no sabemos cómo salir del atolladero.

¿Nos olvidamos que Jesús va ahí a nuestro lado aunque no nos demos cuenta, que El está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, caminemos por encima de esas situaciones por las que estamos pasando que no nos tienen que hacer perder la paz, que alguien nos sostiene? Somos tan débiles en nuestra fe que no sabemos reaccionar, no sabemos mirar, no sabemos sentir esa presencia del Señor que nunca nos faltará para que podamos llegar a puerto. Y la presencia del Señor se nos manifestará de muchas diferentes maneras. Tengamos ojos de fe para descubrirlas.

domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.

sábado, 21 de enero de 2023

Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

 


Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

No hace falta complicarse tanto la vida, parece que te vas a tragar el mundo, tómate las cosas con calma, despacio, que las cosas ya se irán resolviendo ¿o es que piensas que tu solo vas a salvar el mundo? Recomendaciones así seguramente habremos escuchado en alguna ocasión o más de una vez; bien porque nos las digan a nosotros porque nos ven demasiado implicados con lo que estamos haciendo o acaso sean recomendaciones que hacemos a alguien que lo vemos muy entusiasmado con lo que está haciendo y que no para ni para comer.

Se lo dijeron a Jesús. las muchedumbres se apiñaban a la puerta de la casa, en ocasiones no había ni por donde entrar, la gente venía de todas partes y Jesús no paraba, iba de un lado para otro, visitaba todas las aldeas y poblaciones sobre todo de Galilea, pero es que además ya se notaba también cierta oposición que había por parte de algunos a quienes incomodaba el actuar de Jesús, el anuncio del Reino de Dios, pero no de la revolución que quizás muchos ansiaban, los dirigentes habituales de la sociedad, muy manipuladores ellos de cuanto sucediera, como tantas veces sigue sucediendo hoy, se sentían incómodos porque sentían que muchas veces Jesús hablaba por ellos.

Pero no son esos los que quieren disuadir a Jesús de lo que está haciendo, de su predicación y de toda la tarea que va realizando, son su propia familia que, como sucede tantas veces, tienen miedo que se enferme con tanto trabajo o que pierda la cabeza, por eso hoy les vemos que vienen y tratan de convencerlo de que se vaya con ellos porque incluso llegan a pensar que Jesús no está bien de la cabeza. ¡Ay la familia, que algunas veces se convierte en un retardo de lo que podemos hacer o de lo que queremos emprender con sus prudencias y con sus miedos!

¿Qué es lo que nos frena muchas veces en nuestra tarea, en soñar con proyectos nuevos, en implicarnos en aquellas cosas que vemos que no marchan bien y que nadie hace nada por remediarlo? Muchas veces también nos sucede que empezamos con mucho fervor y entusiasmo una tarea, pero pronto vamos aflojando, se va debilitando aquel entusiasmo y terminamos dejándonos arrastrar por la rutina como les pueda suceder a tantos.

Por supuesto, no podemos ir a lo loco, hay que poner unos buenos cimientos en aquello que queremos hacer y tener una buena planificación. Pero tampoco podemos quedarnos en tecnicismos, por así llamarlos, porque todo se quede en una planificación muy bonita. Necesitamos en nosotros mismos un cimiento interior, porque en verdad hayamos fortalecido nuestro espíritu, y tenemos que aprender a dejarnos guiar; pueden ser, es cierto, los buenos consejos que recibamos de cuantos están a nuestro lado, pero quien en verdad tiene que guiar nuestra tarea es el Espíritu del Señor que hemos de saber sentir con su inspiración en nuestro interior.

Eso se llama tener buen espíritu, eso se llama crecimiento interior, eso se llama una buena y rica espiritualidad que sea en verdad el motor de nuestra vida. Cuando nos dejamos envolver por esa espiritualidad profunda ni vamos haciendo las cosas por puro activismo ni nos quedamos en programaciones que quedan muy bonitas en el papel, sino que sentiremos esa urgencia interior que nos mueve, que nos hace darnos y gastarnos porque queremos hacer el bien, porque queremos un mundo mejor, porque queremos en verdad construir el Reino de Dios.

Y esto es algo, hemos de reconocer, que los cristianos no cuidamos como tendríamos que hacerlo. Profundicemos en la acción del Espíritu en nosotros.

sábado, 15 de octubre de 2022

Sintamos deseo de Dios en nuestro corazón, esa hambre de plenitud que solo en Cristo podremos alcanzar porque El es nuestra Sabiduría y nuestro descanso

 


Sintamos deseo de Dios en nuestro corazón, esa hambre de plenitud que solo en Cristo podremos alcanzar porque El es nuestra Sabiduría y nuestro descanso

Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88; Mateo 11, 25-30

¡Qué cansado estoy! Escuchamos muchas veces decir al amigo. El agobio por los trabajos, el cumplimiento de responsabilidades, las tareas que emprendemos o ponen en nuestras manos para que desarrollemos, los mismos ejercicios que realizamos para mantenernos en forma, la loca carrera de la vida que todo queremos abarcarlo, que a todo queremos llegar, crea tensiones, produce cansancio y agotamiento que no solo es en lo físico sino que llega a algo más hondo, a lo psíquico, a lo anímico, a lo espiritual.

Un cansancio que nos impide incluso disfrutar de lo que hacemos, que nos agobia y nos cierra la mente para no ver incluso los pasos dados o lo que hemos conseguido, que nos hace sentirnos en ocasiones inútiles porque nos parece que no conseguimos todo lo que anhelamos, que produce un vacío por dentro porque realmente nos falta una fuerza interior que nos impulse.

¿Tendríamos que comenzar por pensar más en nosotros mismos? ¿Habrá manera de encontrar un sentido a lo que hacemos para que podamos sentirnos felices a pesar de los contratiempos, o de las dudas que se nos meten en nuestro interior? ¿Tendremos que buscar lo que nos llene de verdad para encontrarle satisfacción a la vida? hay ocasiones que nos parece que estamos desorientados, que nos falta un norte para nuestro vivir, hasta llegamos en nuestro cansancio a renegar de la vida misma, cuando perdemos su sentido.

Necesitamos algo más en la vida. Necesitamos algo que nos centre, que nos dé profundidad, que las raíces y cimientos de nuestra vida alcancen agarre, fortaleza, necesitamos cultivarnos por dentro, algo que nos haga sentir de verdad la vida y lleguemos entonces a descubrirle toda su belleza y sentido. Si nos faltan ese sentido incluso el cumplimiento de esas responsabilidades que asumimos con tanta fuerza termina por perder sentido, el trabajo se nos puede volver una carga pesada, y no terminamos de entender los contratiempos que nos van apareciendo en la vida con nuestras limitaciones, con nuestras debilidades, y perdemos la esperanza y la ilusión incluso por vivir.

No entendemos una oposición que podamos encontrar en quienes piensen distinto a nosotros, no comprendemos el por qué de una enfermedad, por ejemplo, que nos hace sentir nuestra debilidad y nuestra flaqueza, no entendemos el sufrimiento que nos pueda aparecer, y nos rebelamos interiormente, y nos enfrentamos a todos, y puede aparecer hasta la violencia que nos hace daño y que termina haciendo daño a los demás.

Es una altura espiritual que le hemos de dar a la vida, es encontrar lo que nos eleva y lo que nos trasciende, lo que nos tiene que hacer mirar hacia lo alto para encontrar metas que den verdadero sentido a nuestro caminar, algo por lo que luchar y esforzarnos, algo que sea en verdad una luz para nuestro camino.

Hoy Jesús nos dice que los que estamos cansado y agobiados vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso; El nos dice que aprendamos de El, que es manso y humilde de corazón; El nos pide que seamos capaces de hacernos pequeños, de hacernos humildes para reconocer nuestra debilidad y nuestra pequeñez, El nos pide un corazón abierto para que encontremos la verdadera Sabiduría que El nos ofrece. Son actitudes básicas y verdaderamente necesarias para que podamos escucharle y entenderle, para que lleguemos a captar de verdad lo que El quiere ofrecernos.

No nos podemos creer autosuficientes y que solo por nosotros mismos vamos a encontrar todas esas respuestas que buscamos. El se nos ofrece como camino, El se nos ofrece como la única verdad que dará sentido y valor a nuestra vida, porque El viene a engrandecer el corazón humano, El se nos ofrece como la Vida que de verdad va a llenarnos por dentro y darle verdadero valor a lo que hacemos y a lo que queremos vivir. El nos está ofreciendo caminos de plenitud. Pero es necesario descalzarnos ante El, vaciarnos de nuestros ropajes para vestir ese traje nuevo de nueva sabiduría que nos va hacer un hombre nuevo.

¿Sentiremos en verdad ese deseo de Dios en nuestro corazón, esa hambre de plenitud que solo en Cristo podremos alcanzar? Así se nos revela, así se nos manifiesta, así ha querido ponerse a caminar junto a nosotros y es el Emmanuel, el Dios que camina con nosotros.

jueves, 14 de julio de 2022

Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

 


Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30

¡Qué cansado estoy! Seguramente lo habremos escuchado más de una vez al amigo, al familiar, o acaso lo hayamos dicho nosotros mismos. Llegamos al final de la tarde después de una jornada de intensa tarea y ya no damos un duro por nosotros mismos, nos sentimos agotados, sin fuerzas, estamos ansiosos por llegar al momento del descanso.

Pero hay otro cansancio anímico que se nos mete en el alma, nos sentimos sin ánimos y ya no es cuestión solo de fuerzas físicas, sino de ese entusiasmo necesario por emprender las cosas; vivimos en medio de tensiones, producidas por el mismo trabajo, pero también por los aconteceres de la vida y cuando vivimos como en una olla de presión al final la válvula si no está bien asegurada puede saltar; y es ese decaimiento que se nos mete en el alma, ese sentirnos quizás como aburridos porque nos agobian los problemas, porque las cosas no nos salen, porque tropezamos siempre en lo mismo, porque nos volvemos a encontrar con aquellas personas que no nos agradan o ya su presencia es un daño para nuestra vida, porque no avanzamos como nosotros quisiéramos, queremos superarnos en tantas cosas pero caemos de nuevo en las mismas rutinas, las mismas malas ‘mañas’, las mismas malas costumbres, y nos sentimos desalentado porque no vemos el avance que quisiéramos en la vida.

Y hoy Jesús nos dice que si estamos cansados y agobiados vayamos a El, es nuestro descanso y nuestra fortaleza. Contar con Jesús, contar a Jesús, eso ha de ser nuestra oración; no vamos solo a recapitular nuestros triunfos y hacer alarde de las cosas buenas que hacemos, como aquel fariseo de la parábola del evangelio cuando subió al templo a orar, sino que vamos a llevar todos esos nuestros agobios y cansancios y a ponerlos a los pies de Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

Algunas veces decimos que cuando vamos a la oración, tenemos que dejar a la puerta todas aquellas cosas que nos pueden distraer de nuestro encuentro con Dios, pero también tenemos que decir que cuando vamos a la oración tenemos que llevar todo eso que es nuestra vida también con nuestros cansancios y con nuestros agobios; para tratar de ello con Jesús, para dejarnos iluminar por su luz, para mirarlos con una mirada distinta – todo eso nos vamos a encontrar – pero también para descansar en el Señor.

Y también nos dice que aprendamos de El. ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Lo necesitamos. Esos mismos agobios de la vida nos ponen nerviosos, aparecen sensibilidades que no somos capaces de controlar; las cosas nos alborotan, nos hace perder la paz, nos sentimos intranquilos, todo nos cansa, nos cuesta ya hasta las más mínimas cosas que hemos de tener o hacer en relación con los nuestros, con los más cercanos, todo nos hiere y nos molesta. Aprendamos de la mansedumbre del corazón de Cristo; aprendamos ese camino de humildad para no alborotarnos con nuestra soberbia que pronto nos exalta y despierta en nosotros violencias que en otro momento no hubiéramos tenido.

Sepamos ir hasta Jesús, que sea auténtica nuestra oración, que haya un encuentro vivo con El, que comencemos a impregnarnos de su paz, que llenemos el corazón de esa mansedumbre; veremos a Dios, nos llenaremos de Dios, haremos brillar la paz de Dios en la tierra.