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domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


domingo, 11 de agosto de 2024

Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

 


Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

1  Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

¿Quién no habrá tenido alguna vez un momento duro de la vida en que agobiado por los problemas o las mismas dificultades de la vida no habrá querido morirse? Enfermedades que parece que no tienen remedio, problemas familiares a los que no encontramos solución, problemas económicos con los que nos vemos en la calle sin ninguna posibilidad, dificultades de entendimiento con los que convivimos, problemas en los que quizás nos hemos metido y en los que ahora nos vemos cercados incluso por el prestigio que perdemos ante los que nos rodean… No lo habremos vivido así con esa intensidad como para desear morirse, pero si habremos escuchado gente de nuestro entorno que se siente así y muchas veces no tenemos ni qué decirle.

¿Por qué me hago esta consideración que pudiera parecer un tanto extrema? Es que de eso nos ha hablado la primera lectura con la situación en la que se encontraba el profeta Elías. Se va al desierto y se quiere morir; se ve acosado por la autoridades de Israel porque él proclama y defiende la fe en Yahvé como único Dios y Señor, mientras pretenden imponer la religión de los baales contra lo que lucha denodadamente; pero se siente impotente, se quiere morir. Pero el ángel del Señor se le manifiesta tras aquellos sueños que él deseaba que fueran de muerte, para encontrarse una hogaza de paz y una jarra de agua junto a su cabecera sintiendo la invitación de comer para seguir adelante. Más tarde tendrá la experiencia de Dios en el Horeb sintiéndose ya con fuerzas para volver a su pueblo y seguir con su lucha por la auténtica fe del pueblo de Israel. Ha recibido un alimento de Dios, que no solo ha sido recuperar las fuerzas físicas de su cuerpo extenuado, sino la fortaleza interior para continuar con su misión.


Ahora vamos a pensar nosotros en nuestra situación; no solo aquella descripción que nos hacíamos al principio de esta reflexión sino que podemos ahondar mucho más en nuestro propio interior, en nuestra lucha por la vida, en la situación en que nos encontramos en nuestra sociedad que no sabemos ni a dónde va ni en lo político, ni en lo social ni incluso en lo ético por la pérdida de valores que contemplamos que nos lleva también a una pérdida de la moralidad de la vida. ¿No nos sentiremos también extenuados e impotentes muchas veces donde parece que todo se nos vuelve oscuro?

Y es aquí donde tenemos que escuchar el evangelio de hoy. Jesús nos sigue hablando de un pan de vida que comiendo de él tendremos vida para siempre. Pero ¿realmente de qué se trata? ¿Qué es lo que nos está ofreciendo Jesús? Recordamos que la gente cuando comenzó a hablarles de todo esto le pidió que les diera siempre de ese pan. ¿Sería como la petición de la samaritana que pedía de aquella agua que bebiéndola ya volvería a tener sed, pero era para no tener el trabajo de venir cada al pozo para sacar agua? ¿O estarían pidiendo pan gratis como el que les dio Jesús en el descampado para no tener que buscar donde ir a comprar pan cada día?

Creo que podemos entender que Jesús quiere referirse a algo más que eso. Alimentar la vida no es solo comer unos nutrientes para que nuestro cuerpo se mantenga vivo y podamos seguir haciendo las cosas. No siempre lo entendemos pero ese alimento se refiere a algo más hondo que realmente nos dé ganas de vivir, nos haga vivir y vivir en plenitud, porque le encontremos un sentido a la vida, a lo que hacemos, a nuestros trabajos, a lo que son nuestras relaciones con los demás.

Es encontrar esa fuerza interior y esa sabiduría que nos haga levantarnos cuando estamos decaídos, que nos ayude a encontrar la luz cuando todo parece oscuro, que nos dé respuestas cuando parece que nada tiene sentido, que nos haga encontrar esa fortaleza para mantenernos en la lucha porque seguimos creyendo en nuestros valores, que eleve nuestro espíritu cuando nuestro vuelo y nuestras metas se hagan demasiado rasantes para aprender a tener altos vuelos en la vida, esa gracia para no sentirnos hundidos cuando nos agobien los problemas, a saber poner alegría en el corazón aunque muchas sean las penas porque con optimismo creemos que es posible transformar todo eso.

Por eso los cristianos somos las personas más alegres del mundo con una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar, no nos dejamos morir sino que queremos vivir pero es que además queremos contagiar de vida al mundo y a cuantos nos rodean. Es que tenemos a Cristo que es nuestra vida, nuestro pan de vida, y con El sabemos que por muy oscuros que sean nuestros caminos tendremos vida para siempre.

Para eso Jesús se hace Eucaristía, así estará más cerca de nosotros porque comiéndole a El lo tendremos en lo más hondo del corazón. Sí, es el pan vivo bajado del cielo para que comiéndole tengamos vida eterna. Esa vida eterna que vivimos en el ahora de nuestra vida, que pone amor en el corazón, paz en nuestro espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino, cada día, en cada instante. Por eso la Eucaristía no es simplemente un rito que realizamos, es una vida que asumimos, porque es asumir la vida de Cristo, vivir la vida de Cristo, vivir a la manera y en el sentido de Cristo.


domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

domingo, 15 de marzo de 2020

Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes



Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42
Un pozo de agua junto al camino; unos caminantes que vienen de larga caminata desde Jerusalén; mientras los discípulos se acercan al pueblo vecino a buscar algunas provisiones para comer, Jesús se queda, sin embargo, sentado junto al brocal del pozo esperando. El pozo es hondo, hay agua pero no hay medio de poderla sacar; solo cuando alguien del pueblo venga a buscar agua traerá lo necesario para poderla sacar. Y Jesús está allá esperando. ¿El agua? ¿Los medios para poder sacarla del pozo? ¿O a quien tenga verdadera sed de un agua viva que El nos pueda ofrecer?
Es serio estar sediento junto al agua y no poder beberla para calmar la sed. Como quien estaba junto a aquel pozo de Jacob sin tener con que sacarla. Hoy cuando de esa sed material se trata con los medios que tenemos nos es fácil llevar en nuestra mochila la cantimplora de agua o la conseguimos en cualquier sitio sin necesidad de buscar pozos ni fuentes. Pero bien sabemos que con esta imagen se nos quiere decir mucho más.
Pero es bien significativa la imagen por todo lo que el agua puede significar en la vida de la persona. Es fuente de vida no solo por cuanto nuestro cuerpo la necesita sino que la vemos como fuente también de nuestro espíritu muchas veces sediento sin saber donde encontrar lo que calme esas ansias profundas que la persona lleva dentro de si. ‘Dame de beber’ de alguna manera estamos pidiendo en esas búsquedas interiores, en esos interrogantes que se nos plantean en la vida, en ese deseo de un sentido para lo que hacemos o queremos vivir, cuando vemos también tantas cosas sin sentido a nuestro alrededor, tantas cosas que no nos satisfacen, tantas cosas o situaciones que muchas veces se nos presentan llenas de oscuridad. Las circunstancias de la vida nos llenan tantas veces de turbación y de negruras.
Es el diálogo que escuchamos hoy en el evangelio manifestando Jesús primero esa sed que le hacia pedir agua a la mujer que venía al pozo, pero que nos descubre que quien realmente estaba sedienta era aquella mujer que se veía envuelta también en interrogantes, en preguntas profundas, en sin sentidos de su vida que irá manifestando poco a poco en diálogo con Jesús.
Es un texto que nos manifiesta algo maravilloso porque  nos hace ver cómo Dios quiere hacerse el encontradizo con el hombre, porque realmente es El quien nos busca, aunque nosotros nos creamos que somos los buscadores. ¿Por qué se quedó Jesús junto al pozo y no se fue al pueblo con los discípulos que buscaban qué comer? Lo que buscaba Jesús era aquel encuentro y el corazón de aquella mujer. Era el encuentro que Jesús provocaba antes que los deseos de búsqueda que pudiera haber en aquella mujer. Aunque con las reticencias propias de personas pertenecientes a pueblos diferentes y que de alguna manera se consideraban enemigos, aquella mujer fue abriendo su corazón para comenzar pidiendo ella que le diera del agua que Jesús le ofrecía, y para terminar yendo al pueblo ya como evangelizadora portando la buena noticia de lo que había encontrado en Jesús.
Habían ido apareciendo sus inquietudes, las reticencias que se tenían los judíos y los samaritanos, los problemas de su búsqueda de Dios que no sabia encontrarlo con aquellas luchas y enfrentamientos religiosos que tanto los habían distanciado, como eran también las negruras que pudiera haber en su desordenada vida.
Pero demos el salto para no quedar solo en hechos pasado. En este tercer domingo de cuaresma nosotros también vamos a acercarnos al pozo que nos puede dar el agua viva. Vamos a comenzar sintiéndonos sedientos, reconociendo esa sed que quizá muchas veces queremos disimular y no reconocer pero también en nosotros hay cosas que nos inquietan, nos interrogan por dentro, nos hacen a veces sentirnos como desorientados, desde los problemas que vivimos en el hoy de nuestra vida, desde lo que nos cuesta a veces vivir nuestra fe y hacer que esa fe dé un sentido hondo a nuestra vida, desde las cosas que podemos ver incluso en nuestra iglesia que en ocasiones quizá no nos satisfacen o hasta nos puede escandalizar. Hay ocasiones incluso que nos parece que no sabemos a donde tenemos que ir a buscar el agua que nos dé vida de verdad.
‘Señor, dame de esa agua’, como decía aquello mujer, dame esa agua que tú nos ofreces, la que calma nuestra sed de verdad, la que va a dar un sentido de plenitud a nuestra vida, la que va a ser una luz en medio de tantas oscuridades y confusión, dame de esa agua para que no tenga que ir a buscarla a otros sitios, no sienta la tentación de ir a buscarla en otras fuentes. Tenemos que reconocer que la única fuente de agua viva es la que encontramos en Jesús, en su evangelio. No podemos buscar otros pozos que se nos ofrecen como espejismos en el desierto de la vida, aunque mucha sea la tentación en ocasiones.
No podemos hacer la ascensión a la Pascua que significa el camino cuaresmal que vamos recorriendo si nos falta esa agua que nos llena de aliento y vitalidad. Cuando vamos a subir a la montaña hemos de proveernos del agua que necesitaremos en el camino de subida. Con sinceridad cada día vamos a ir a la fuente de la Palabra de Dios para regar de verdad nuestro corazón y nuestra vida. Es la que va a hacer que resurjan esos nuevos brotes de vida que necesitamos en nosotros para hacer que demos frutos y frutos en abundancia. Así podremos hacer pascua.
En las circunstancias de los acontecimientos que estamos viviendo incluso nos puede parecer que nos va a faltar un alimento cuando no podremos ir en estos días a la celebración de la Eucaristía y poder comulgar el Cuerpo de Cristo. Será quizá un sacrificio y un acicate, pero sabemos que en nuestro corazón no nos va a faltar ese alimento de Dios porque espiritualmente podemos unirnos a El, podemos hacer lo que se llama la comunión espiritual. Así con más hambre y sed de Dios llegaremos a la Pascua y podremos entonces sentir – eso esperamos que podamos hacerlo – toda la alegría del aleluya de la resurrección.

domingo, 19 de marzo de 2017

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Éxodo 17,3-7; Sal 94; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
Un encuentro aparentemente casual y una conversación que comienza por las necesidades perentorias de cualquier ser humano. Venia de camino desde Judea y hacían allí un alto para reponer fuerzas. Que mejor sitio que junto a un pozo de donde se pueda sacar agua y en la cercanía del pueblo en el que se podrían encontrar los necesarios alimentos. Pero no iba a ser un encuentro cualquiera y todo iría mucho mas allá de saciar una sed de agua o la recuperación de las fuerzas en un descanso.
Allí hay un encuentro de personas en que a pesar de las reticencias y desconfianzas de dos pueblos que no se entienden y se llevan mal, sin embargo la conversación va surgiendo en el interés de ese encuentro que se va a hacer comunicación profunda. Cuantas veces también tras un encuentro casual, tras unas elementales palabras de saludo y cortesía la conversación se va ahondando y se llega a encuentro personal, a un encuentro de corazones.
No siempre quizás lo sabemos hacer, porque vamos con nuestros intereses, quizás con nuestras desconfianzas, muchas veces también con reticencias y sacando a flote cosas innecesarias que puedan llevar a un enfrentamiento en lugar de un encuentro. Cuanto tendríamos que aprender, porque aprendiendo siempre hemos de estar en la vida.
Es que allí está Jesús que viene a nuestro encuentro, que viene a buscar a la persona sin prejuicios ni condenas previas porque El siempre quiere ofrecer vida y salvación. Tras la desconfianza de la mujer, en primer lugar hacia un hombre con el que no se hablaba en lugar descampado o apartado, pero también a causa de las rencillas o resentimientos entre judíos y samaritanos, comienza Jesús a ofrecer un agua que sacia plenamente. No será un agua como la de aquel pozo al que hay que venir todos los días a buscarla de nuevo, sino que será el agua que calmará la sed más profunda del hombre para siempre.
Le cuesta entender a aquella mujer, como nos cuesta entender a nosotros tantas veces que andamos con nuestras ideas y pensamientos y no terminamos de escuchar lo que se nos ofrece o se nos dice. Será cuando aquella mujer comienza a vaciarse por dentro de tantas cosas que le pesan en su corazón, de tantas dudas o de tantos tormentos como ha sido su vida, cuando comience a vislumbrar lo nuevo que le está ofreciendo Jesús, aunque ella sigue sin saber ni entender quien es el que le está hablando.
Nos cuesta vaciarnos de nuestro interior a veces tan recargado, porque quizá nos da vergüenza reconocer cuantas negruras podamos tener en el corazón; nos cuesta vaciarnos porque terminamos por acostumbrarnos a vivir así con esas corazas o con esos lastres dentro de nosotros sin darnos cuenta de la libertad que vamos a encontrar cuando en verdad nos liberemos de todas esas cosas.
No tendríamos que tener miedo a lavar el corazón. El agua que Jesús nos ofrece no solo calmará nuestra sed porque nos hará encontrar el sentido más hondo de lo que es nuestra vida, sino que también será un agua purificadora y un agua que nos llena de vida. Como aquella agua que manaba por debajo de la puerta del templo que decía el profeta y que allí por donde pasaba iba purificando de toda putrefacción, e iba haciendo surgir árboles rebosantes de hermosas y gustosas frutas.
Es lo que Jesús está haciendo con aquella mujer a la que le ayudará a encontrar el verdadero sentido de Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad sin necesidad de acomodarnos a un sitio o lugar determinado; es lo que va haciendo a aquella mujer que terminará reconociendo su vida desordenada y hará surgir el deseo en ella de una vida nueva; es lo que va haciendo en aquella mujer a la que llena de esperanza y la hará desear con todo sentido la venida del Mesías, que allí está ya para ella con su profundo sentido salvador.
¿Nos dejaremos hacer nosotros por Jesús? ¿Aceptaremos ese encuentro vivo y salvador con Jesús que viene a nosotros? Estamos escuchando y meditando este evangelio en medio del camino cuaresmal que vamos haciendo y que nos lleva a la pascua. El Señor está viniendo a nosotros para realizar su pascua salvadora en nuestra vida. Y ese paso de Dios con su salvación lo tenemos que ir viviendo ya, lo tenemos que ir viviendo en el hoy de nuestra vida.
Por eso cuando escuchamos este evangelio en este tercer domingo de cuaresma así hemos de dejarnos encontrar con el Señor. Viene a calmar nuestra sed, viene a purificarnos de ese hombre viejo que sigue estando en nosotros, viene a llenarnos de una nueva vida, a vivificar enteramente nuestro corazón para que en verdad demos frutos de santidad y de gracia.
Te invito a que como conclusión de esta reflexión que nos estamos haciendo vuelvas a coger el evangelio en este encuentro con Jesús y la samaritana y vuelvas a leerlo (Juan 4,5-42) pero poniéndote tú en el lugar de la samaritana; léelo y escúchalo en tu interior pausadamente dejando que afloren tus dudas, tus reticencias, tus desconfianzas también, tus rutinas, las suciedades del hombre viejo que llevamos ahí en nuestro corazón; dejémonos interrogar por el Señor al mismo tiempo que le vayamos haciendo nuestras preguntas, presentando nuestras dudas, confesando nuestras oscuridades; nos sentiremos llenos de una nueva luz, sentiremos el gozo del paso del Señor por nuestra vida, nos gozaremos en verdad con su salvación.

domingo, 23 de marzo de 2014

Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesus



Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesús

Ex. 17, 3-7; Sal. 94; Rom. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42
Es duro y costoso el camino hacia la libertad; es duro y costoso alcanzar una vida en plenitud cuando tantas sombras de muerte nos atan y cuando tantas limitaciones, no tanto físicas sino en el alma, nos impiden caminar como desearíamos hacia la vida.
Lo podemos llamar sed de libertad que nos reseca la garganta de la vida y nos produce amargor en el corazón cuando no sabemos encontrar el agua que nos sacie plenamente. Tenemos sed porque buscamos la felicidad y no sabemos encontrar la fuente que nos dé la felicidad verdadera. Tenemos sed porque nos vemos envueltos en pasiones que nos ciegan o tenemos sed porque andamos demasiado a ras de tierra recortando las alas de nuestra alma que nos harían volar hacia mundos nuevos llenos de trascendencia. Mucha es la sed que tenemos en el corazón porque en el fondo hay un ansia de plenitud y de espiritualidad, pero el materialismo de la vida nos ciega pensando que vamos a alcanzar la felicidad en cosas efímeras que se disiparán como humo que se lleva el viento. Pero toda esa sed que llevamos dentro nos hace entrar en crisis, hacernos preguntas, dejarnos desasosegados y con dudas en el alma.
Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que escuchamos en este tercer domingo de Cuaresma nos habla de sedientos y de fuentes de agua, invitándonos a buscar la fuente de agua viva que nos sacie de verdad y llene de plenitud. Los hechos concretos que se nos narran, tanto el pueblo sediento mientras camina por el desierto rumbo a la tierra prometida, como el encuentro de la samaritana y Jesús en el pozo de Jacob, son imagen de toda esa sed que llevamos en el alma y que nos hablan donde está la verdadera fuente de agua viva que no podremos encontrar sino en Jesús.
‘El pueblo, torturado por la sed, murmuraba contra Moisés. ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?’ Es la presentación que se nos hace en la primera lectura de aquel pueblo sediento que camina por el desierto. Una imagen de gran significado, hemos de reconocer, porque la sed de aquel pueblo produce una crisis profunda en su propia fe y en el sentido de su peregrinar. ‘¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?’ se preguntan.
Por su parte, en el evangelio es Jesús el que pide de beber a la samaritana que ha venido al pozo a sacar agua. ‘Dame de beber’, le dice Jesús. Pero será Jesús el que terminará por ofrecer un agua viva a la mujer que ha venido al pozo por agua. El diálogo que se provoca es profundo y muy rico.
La mujer con su cántaro viene al pozo a buscar agua; Jesús no tiene con qué sacar agua de aquel pozo y sin embargo ofrece un agua viva a aquella mujer de manera que ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed’. Es necesario conocer el don de Dios; es necesario reconocer quien es Jesús; es necesario abrir nuestra sed verdadera, la sed profunda que podamos tener en el corazón, ante Jesús para poder entender del agua que El nos quiere ofrecer.
La mujer le pedirá: ‘Dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla’. La mujer está comenzando a reconocer la sed que lleva en su corazón. Que no solo es la rutina de ir todos los días al pozo para buscar el agua. Es otra la sed que ha atormentado a aquella mujer a lo largo de su vida. Ha sido un ir de acá para allá buscando donde saciar sus ansias de felicidad pero no la ha terminado de encontrar. ‘Tienes razón,  no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido’, le dice Jesús.
Es también la búsqueda espiritual que ha habido en el corazón de aquella mujer en la que aún queda la esperanza de que cuando llegue el Mesías todas sus dudas se disiparán para saber cómo y donde hay que adorar a Dios. ‘Veo que eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que dar culto está en Jerusalén’. Afloran las dudas de orden religioso y espiritual. Sigue aflorando la sed de aquella mujer que ya se está olvidando del agua de aquel pozo, porque comienza a vislumbrar donde hay un manantial ‘de agua que salta hasta la vida eterna’.
¿Cuál es nuestra sed? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos inquieta? ¿O quizá estamos tan aturdidos que nos cegamos para ni siquiera darnos cuenta de que tenemos sed? Creo que sería muy conveniente que tomáramos conciencia de cuál es nuestra sed, o cuáles son los deseos más profundos que hay en nuestro corazón. ¿A qué aspiramos que llene de verdad nuestra persona, nuestro yo, nuestro espíritu? Porque todo esto que estamos contemplando en la Escritura tiene que ser para nosotros una imagen de lo que es nuestra realidad pero también de lo que tendríamos que buscar.
Jesús llamará en otra parte del evangelio dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia prometiéndoles que serán saciados. Hambre y sed de justicia, de un mundo mejor; hambre y sed de inconformismo porque no estamos contentos en lo que somos o en lo que tenemos frente a rutinas y cansancios; hambre y sed de una mayor fraternidad entre todos los hombres, de más paz frente a tantas violencias y egoísmos; hambre y sed de amor para que haya una mayor solidaridad; hambre y sed de plenitud y de trascendencia;  hambre y sed de Dios, en fin de cuentas. ¿Será esa nuestra hambre y nuestra sed?
Mucha gente a nuestro alrededor tiene sed porque muchas pueden ser las carencias que tienen en su vida, los sufrimientos o limitaciones que puedan padecer incluso en su cuerpo, pero no queremos quedarnos en las carencias materiales o lo físico, aunque sabemos que tenemos la obligación en justicia de poner remedio a ese mundo injusto en el que vivimos y curar tanto sufrimiento; muchos tienen sed de que rescatemos los valores verdaderos que nos dignifican y nos pueden hacer verdaderamente grandes; muchos tienen sed de algo espiritual que llene sus vidas y les haga mirar con una mirada más amplia, pero no tendríamos que dejar que fueran a beber en fuentes venenosas que los engañan con falsas o raquíticas espiritualidades  y tenemos que anunciarles con valentía a Jesús en quien está, quien es la fuente de la verdadera vida.
Hay una cosa que deberíamos tener clara. Hemos de buscar esa fuente de agua viva que sacie nuestra fe y sabemos que la tenemos en Jesús y por eso hasta Jesús tenemos que ir para llenarnos de su vida y de su luz. Pero esa agua viva que encontramos no nos la podemos quedar para nosotros. Tenemos que anunciarla, compartirla, llevar a los demás esa agua viva del Evangelio o llevar a los demás a un encuentro vivo y profundo con Cristo para que sacien plenamente su sed.
Recordemos el pasaje del evangelio, donde vemos que aquella mujer samaritana, se  dejará su cántaro junto al brocal del pozo - ¿para qué le iba a servir ya si había encontrado el agua que le calmaba para siempre la sed? - y se fue a anunciar a sus convecinos cuanto le había sucedido,  con quién se había encontrado, invitándoles a ir hasta el encuentro con Jesús. Todos terminarán confesando su fe en Jesús y no solo porque aquella mujer les había contado lo que a ella le había sucedido, sino porque todos habían experimentado que Jesús era el que calmaba totalmente aquella sed que llevaban en el corazón. ‘Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que El es de verdad el Salvador del mundo’.
¿Seremos capaces nosotros también de ir a anunciar a los demás lo que hemos encontrado en Jesús? ¿Seremos capaces de compartir esa agua viva del Evangelio y de la gracia con cuantos están a nuestro lado?

martes, 16 de abril de 2013


Conocemos el don de Dios y queremos pedir el Pan de Vida

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
‘El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’, le hemos escuchado decir a Jesús. ¡Qué hermosas son las palabras de Jesús! ¡Qué sentido más hondo tienen para nuestra vida!
Un día allá junto al pozo de Sicar en Samaría una mujer le pedía a Jesús ‘dame de esa agua y no tendré más sed y no tendré que venir aquí para sacarla’ como reacción a las palabras de Jesús. ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva… porque el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
Ahora es la gente de Cafarnaún la que le pide a Jesús ‘danos siempre de ese pan’. Jesús les había hablado de ‘un pan que baja del cielo y da vida al mundo’. Pero no era como ellos pensaban aquel maná que habían recibido en su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida del que decían que era un pan bajado del cielo. Recuerdan ellos ese episodio del peregrinar por el desierto ‘les dio a comer un pan del cielo’. Pero Jesús les asegura que ‘no fue Moisés quien os dio un pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da verdadero pan del cielo’.
El diálogo que había ido surgiendo entre las gentes de Cafarnaún y Jesús haciéndoles pensar en qué es lo importante que han de buscar en El viene a conducir a esta afirmación tan importante que Jesús nos hace. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed’. Jesús nos está definiendo su ser y su misión; lo que El tiene que ser para nuestra vida y lo que nos ofrece que va mucho mas allá de un hambre o una sed física que El quiera saciarnos. Es algo mucho más hondo lo que Jesús nos ofrece.
Igual que en otro momento nos dirá que es la luz de nuestra vida o que es el Camino o que es la verdad, ahora nos dice que es el pan de vida y que comiéndole a El saciaremos plenamente nuestra vida. En El encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida; siguiéndole a El caminaremos siempre por caminos que nos lleven a plenitud; dejándonos iluminar por su vida, por su palabra nos vamos a encontrar con la plenitud mas honda para nuestra existencia, con lo que es la verdad, toda la verdad de nuestra vida.
Ojalá nosotros fuéramos capaces de hacerle la misma petición de aquella mujer de  Samaría o de estas gentes de Cafarnaún, ‘dame de esa agua’ que me lleve a la plenitud y yo nunca más busque saciarme en otras aguas que siempre me dejarán sediento; ‘Dame, Señor, de ese pan’ que me dará la vida para siempre y que ya nadie me podrá arrebatar. Nosotros podemos ya hacerlo con un sentido más hondo que aquellas gentes de los tiempos de Jesús porque ya hemos tenido oportunidad de comprender mejor las palabras de Jesús. No nos vamos a quedar en el agua que saquemos de un pozo, ni de un pan que amasemos con nuestras harinas y cozamos en nuestros hornos.
Nosotros sí conocemos el don de Dios y queremos hacerle esta petición con todo sentido. Que no nos tenga que decir a nosotros Jesús como ayer le escuchábamos que le decía a la gente que le buscaba en Cafarnaún después de la multiplicación de los panes en el desierto ‘me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.
Nosotros sí sabemos ya cuál es el verdadero pan del cielo que El quiere darnos, porque le queremos comer a El, porque queremos entender y vivir con toda hondura lo que es nuestra fe en Jesús, porque queremos en verdad alimentar nuestra vida de la Eucaristía no como un rito mágico que realicemos, sino como algo hondo y vivo porque sabemos que estamos comiendo a Cristo y comer a Cristo es seguirle y es vivirle, es escuchar su Palabra y hacerla vida en nosotros porque para siempre ya su Palabra lo va a ser todo para nuestra vida.
Comer este Pan de Vida que Cristo nos ofrece y que es El mismo es para nosotros ya el gran signo, la gran señal de que en verdad queremos vivir a Cristo; va a ser la gran señal de nuestra fe en Cristo - ‘este es el sacramento de nuestro fe’, decimos y aclamamos en cada eucaristía - porque para siempre estaremos poniéndonos en su camino, para siempre vamos a vivir con toda intensidad, con toda nuestra vida nuestra fe en El. Y cuando celebramos la Eucaristía, nos alimentamos del Pan de Vida que es Cristo con nosotros está toda la gracia, toda la vida divina que El quiere ofrecernos y que nosotros hacemos vida nuestra.

domingo, 27 de marzo de 2011

Sedientos del agua viva que Jesús nos ofrece


Ex. 17, 3-7;

Sal. 94;

Rm. 5, 1-2. 5-8;

Jn. 4, 5-42

‘Un vaso de agua, por favor’. Algo así fue lo que le pidió Jesús a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob. ‘Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar… cansado del camino estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.’ Son muchos los detalles que nos sugieren muchas cosas.

Jesús, cansado del camino y sediento, pide de beber, como aquel pueblo que agotado y sediento en su caminar por el desierto también le pide agua a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús, desangrado y colgado de la cruz, atormentado también por la sed, pedirá igualmente de beber – ‘tengo sed’, gritará entonces -. Pero en otro momento nos dirá que estuvo pidiendo agua, sediento en todos los sedientos que piden agua, esperando que nosotros le diéramos de beber.

Es bien significativo todo esto que nos recuerda y sugiere el evangelio de la samaritana del pozo de Jacob que hoy se nos ha proclamado. ¿De qué y de quienes está sediento Jesús? ¿Qué nos querrá decir?

Jesús nos está hablando de tantos sedientos, nosotros quizá también, que recorren los caminos del mundo esperando calmar su sed, sin saber encontrar esa agua viva que tanto necesitan. En Jesús sediento junto al pozo de Jacob y pidiendo de beber podremos contemplar la pobreza de tantos que necesitan agua que calme su sed física, pero que calme más bien otra sed más profunda que pueda haber en el corazón del hombre.

El diálogo que se establece entre Jesús y aquella mujer samaritana manifiesta esa sed profunda del hombre; no es sólo el hecho de que Jesús pida agua a aquella mujer con todas aquellas connotaciones de si El es judío y ella samaritana, que si tiene o no tiene con que sacar agua de aquel pozo hondo, sino que en la sed de aquella mujer está esa sed profunda que muchas veces llevamos dentros en tantos interrogantes que nos surgen en nuestro corazón, en esas ansias que podemos tener de felicidad y de cosas buenas y que no sabemos donde encontrar, o en esa trascendencia que se puede despertar dentro de nosotros que sólo en la plenitud de Dios podemos de verdad saciar.

Pronto aquella mujer será la que comience a pedirle a Jesús que le dé de esa agua que sacie su sed para no tener que venir a esos pozos materiales en busca de aguas que no dan respuestas profundas a la vida. ‘Si conocieras el don de Dios, comienza a decirle Jesús, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y El te daría agua viva’.

Jesús es el que viene a saciar esa sed que llevamos dentro. Jesús es el que nos va a dar respuestas a todos esos interrogantes. Jesús es el que nos dará esa agua que nos purifica, pero que también nos llena de vida. Jesús es el que ‘hará surgir dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’.

Allí está aquella mujer delante de Jesús que primero sólo buscaba esa agua material y física que podía sacar de aquel pozo de Jacob – ‘Señor, dame de esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla’ -, pero que ahora ante Jesús irá descubriendo que hay otras muchas cosas en su vida que necesitan del agua viva que Jesús ofrece. Será su vida irregular, serán sus problemas religiosos y de fe, será toda la inquietud vital que hay en su corazón.

Jesús con su palabra irá ayudándole a hacer un recorrido por su vida para irle dando respuesta a todas las cuestiones que le plantea para que al final aquella mujer sienta a Dios en lo hondo de corazón, porque ‘a Dios hay que adorarle en espíritu y verdad’, para sentirse transformada por la presencia de Jesús. Irá pronto a anunciarle a sus vecinos que se ha encontrado con quien le ha dicho todo lo que ha hecho y se pregunta si no será el Mesias esperado. Comienza a compartir el agua que ha encontrado.

Nosotros también acudimos a Jesús con nuestra sed, con nuestra vida no siempre muy ordenada, con nuestros interrogantes o nuestras dudas. Como aquella mujer también queremos pedirle ‘Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed…’ ni tendré que estarla buscando por esas otras fuentes engañosas de las que tantas veces queremos ir bebiendo por la vida.

Pero tenemos que hacerlo con sinceridad. No hemos de tener miedo de dejarnos interpelar por Jesús que nos irá haciendo ver todo eso que es nuestra vida. En este camino cuaresmal hacia la Pascua tenemos que aprender que sólo Jesús es el que sacia la fe más profunda que hay dentro de nosotros. Una sed que muchas veces puede atormentarnos bajo el sol de la vida con tantos problemas o inquietudes, porque además llevamos sobre nosotros el peso de nuestros pecados. Jesús calma esa sed porque nos da su agua viva que nos purifica y nos llena de vida. Cuando lleguemos a la resurrección del Señor en la noche de Pascua vamos a renovar nuestro bautismo y dejar que el agua caiga de nuevo sobre nosotros como un signo de esa vida nueva que resplandece en nosotros.

Hemos de tener confianza de que en Jesús vamos a encontrar esa agua viva y la vamos a buscar con empeño y sin dudas. Como escuchamos en la lectura del Exodo el pueblo se rebeló contra Moisés y contra Dios porque pensaban que iban a morir de sed en el desierto, y Moisés dudó en cierto modo de que Dios les hiciera saltar agua de la roca para calmar la sed de aquel pueblo rebelde. ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón como en el desierto, cuando vuestros padres me tentaron y me pusieron a prueba’, hemos rezado en el salmo. Por eso queremos escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, beber de la fuente de agua viva que El nos ofrece.

Como nos dice el Papa en su mensaje de Cuaresma ‘La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín’.

Pero creo que nos pide algo más este encuentro con Jesús hoy. Quienes hemos encontrado esa agua viva no nos la podemos quedar sólo para nosotros. A nuestro lado hay un mundo sediento. Sediendo de muchas cosas y que busca su satisfacción en fuentes que no son de agua viva porque quizá no la hayan encontrado aún. Piden agua, buscan respuestas, tienen quizá ansias de algo en su corazón y no saben bien lo que es.

Al principio recordábamos aquel otro lugar del evangelio donde Jesús nos dice que estaba sediento y le dimos – o no le dimos – de beber. Pues Jesús está sediento en todos esos hombres y mujeres que quizá andan desorientados por los caminos de la vida y que nos están pidiendo de beber aunque quizá no sepan bien lo que podemos ofrecerles o algunas veces hasta nos rechacen.

Tenemos que ir a calmarles esa sed. Tenemos que llevarles esa agua viva que Jesús nos ofrece, y nos ofrece para todos, y que ha puesto en nuestras manos para que también la llevemos a los demás. No nos podemos quedar para nosotros esa agua de la fe, de la gracia, de la vida eterna, sino que tenemos que anunciarla compartirla con los demás. Ponernos sentados junto a esos pozos de la vida a donde van a buscar agua, para pedir agua, pero para ofrecer nuestra agua, mejor, el agua viva de Jesús. Ayudar a despertar la fe en tantos a nuestro lado.

Es la inquietud que siempre hemos de tener por llevar a Jesús a los demás, anunciar su evangelio, hacer que todos los hombres puedan beber de esa agua viva de la gracia que nos ofrece Jesús. Es un compromiso también de nuestro camino cuaresmal.

jueves, 25 de marzo de 2010

Un agua que calma nuestra sed para siempre

Un agua que calma nuestra sed para siempre
la samaritana que va al pozo de Jacob nos enseña a buscar el agua que calme nuestra sed (Jn. 4, 5-42)


Los encuentros con Jesús son siempre encuentros para la vida y la salvación. En esta recta final de la Cuaresma queremos intensificar nuestra preparación para la Pascua para que podamos vivir con toda intensidad todo el misterio que vamos a celebrar, aunque durante toda la cuaresma hemos venido preparándonos con la celebración de cada día y los demás actos piadosos y penitenciales que hemos ido realizando.
Vamos a hacernos tres reflexiones en estos días dejándonos guiar por el evangelio, como no podía ser de otra manera. Nos valdremos de tres textos evangélicos que han sido siempre fundamentales en el camino de la cuaresma y lo que en la Iglesia fue siempre la catequesis cuaresmal que preparaba a los cristianos para el triduo pascual. Son los evangelios que leemos en los tres últimos domingos en el ciclo A de la liturgia cuaresmal.
Son encuentros con Jesús en donde nos sale al encuentro y es lo que hemos de tener muy presente, porque no es simplemente lo que yo pueda ofreceros con mis reflexiones, sino lo que hondamente podemos experimentar ustedes y yo en estos encuentros con Jesús.
Camina Jesús desde Judea a Galilea atravesando Samaria y se detiene junto al pozo de Jacob a descansar mientras los discípulos van a comprar comida en la ciudad cercana. Jesús quiere quedarse allí porque quería salir al encuentro de la mujer que viniera a buscar agua al pozo.
La mujer viene hasta el pozo, pero es Jesús quien provoca el encuentro. No era normal que un judío hablase con un samaritano, o que un hombre hablase con una mujer en un descampado. La conversación surge como lo más normal. ‘Dame de beber’. Jesús sediento del camino pide un poco de agua que calme su sed. Pero no era sólo la sed física la que Jesús llevaba dentro de sí. ‘Tengo sed’, gritaría también desde la cruz en medio del tormento de su pasión. Entonces rehusará los calmantes que puedan ofrecerle, porque es otra la sed más importante en estos momentos y en aquellos. Jesús tiene sed del alma de aquella mujer que se acerca por allí.
Ya sabemos cómo siguió la conversación con las reticencias de la mujer, pero sobre todo con el ofrecimiento que hace Jesús. ‘Si supieras quién es el que te pide de beber me pedirías tú a mí y te daría un agua viva… el pozo es hondo y no tienes con qué sacar el agua cómo puedes darme agua viva… el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
¿Tenemos sed? ¿Queremos saciar nuestra sed para siempre? No se trata ya del agua de cualquier pozo, ni es agua que calme la sed de nuestros cuerpos. ¿Habrá otra inquietud más honda en nuestro corazón? Siempre hay preguntas dentro de nosotros que nos callamos a veces, o no queremos que otros sepan de las inquietudes que podamos tener dentro de nosotros mismos. Parecen ser secretos bien guardados que a nadie queremos dejar traslucir. Otras veces, sin embargo, salen a flote esas preocupaciones de diverso tipo que hay dentro de nosotros.
Si nos fijamos en todo este texto del encuentro de la mujer samaritana con Jesús vemos cómo irán aflorando poco a poco diversas cuestiones e inquietudes que había en el corazón de aquella mujer. Tan seca y distante en un principio, poco a poco irá abriendo su corazón. Serán preocupaciones materiales que pasan por tener que ir todos los días a la fuente a buscar agua, o serán otras preocupaciones surgidas quizá de una vida desordenada e irregular – cuántas frustraciones podía haber en el corazón de aquella mujer que tantos maridos había tenido -, o serán otros interrogantes más hondos en su vida religiosa y de relación con Dios, o en la esperanza que todo judío tenía en la expectativa de la pronta llegada del Mesías.
Todo fue surgiendo en aquel encuentro de una forma que parecía de lo más normal. Se sentía a gusto aquella mujer en su encuentro con Jesús a pesar de los primeros momentos llenos de suspicacias y desconfianzas. Pero es que cuando nos ponemos con sinceridad delante de Jesús poco a poco se nos va desnudando el alma y ante Jesús nada podemos callar o dejar oculto.
Es como hemos de sentirnos nosotros ahora, a gusto con Jesús, dejando que El nos hable al corazón y abriendo también las puertas de toda nuestra vida para nuestro encuentro con El, para que El llegue y se posesione de nuestra casa, de nuestra vida. También dentro de nosotros tenemos problemas, preocupaciones, interrogantes, ilusiones. Necesitamos la Palabra clarificadora de Jesús, que su luz nos ilumine.
Preocupaciones en lo que es la vida de cada día con sus problemas. Pueden ser nuestras soledades o nuestras limitaciones; pueden ser los achaques y los problemas de salud que van apareciendo con los años; pueden ser los problemas que nos preocupan de nuestras familias; puede ser la persona que está a nuestro lado y con quien convivimos… Como la samaritana que andaba preocupada porque cada día tenía que venir a buscar agua al pozo de Jacob.
Pero ¿sabéis una cosa? Porque fue al pozo de Jacob a buscar agua se encontró con Jesús. Pensemos que en esa preocupación y problema, en esa persona que está a nuestro lado podemos encontrarnos con Jesús; en ellos viene Jesús a nuestro encuentro. Hemos de saber descubrirlo, verlo, sentirlo. Pidamos que se abran los ojos de nuestra fe. La samaritana al principio sólo veía en Jesús un judío cuya presencia de alguna manera le importunaba desde lo mal que se llevaban judíos y samaritanos. Terminará diciendo que en Jesús hay algo de Dios porque le reconoce en un momento al menos como un profeta.
Pero aquel encuentro sirvió para algo más. Saldrían a flote otros problemas del interior y de la vida de aquella mujer. Aparecerá lo irregular de su vida en el plano moral. ‘Vete a casa y llama a tu marido… no tengo marido… es verdad, has tenido cinco y con el que ahora vives no es tu marido…’ Problemas que están ahí y que necesitarán una luz que los clarifique.
Si con sinceridad nos ponemos ante Dios, como ahora queremos hacerlo, miraremos lo hondo de nuestra vida y nos daremos cuenta de las cosas que no marchan bien, allí donde nos falla la fidelidad al Señor, y donde todo no es recto ni bueno. No rehuyamos esa mirada de Jesús a nuestro corazón. Porque no es sólo nuestra mirada, sino que es la mirada de Jesús. No cerremos los ojos para no querer reconocer la verdad de nuestra realidad. Aquella mujer diría más tarde a sus convecinos ‘me ha dicho todo lo que he hecho’. No temamos mirar nuestra vida con los ojos de Dios. No perdamos la paz. Porque la mirada de Jesús es siempre una mirada misericordiosa. Ya lo seguiremos reflexionando. No nos cerremos a esta gracia del Señor, sino dejémonos transformar por El.
Habrá también otras inquietudes e interrogantes. No sabemos a veces que hacer algunas veces con nuestra fe. Nos llenamos de dudas. A veces no queremos complicarnos mucho y solamente nos dejamos llevar, porque esto siempre ha sido así, porque es algo que hay que hacer; bueno, eso es lo que nos enseñaron y simplemente creo porque me lo enseñaron así mis padres… pero no nos hacemos otros planteamientos más hondos para profundizar en esa fe, para hacerla crecer y madurar, para llevarla a un convencimiento profundo que implique de verdad toda mi vida.
La mujer samaritana tenía también sus dudas, si había que adorar a Dios en el monte Garizin que estaba allá cerca en Samaria como los samaritanos habían hecho desde hacía mucho tiempo o si el templo verdadero era el de Jerusalén como decían los judíos. En un momento de su historia Israel y Judá se habían separado y enfrentado constituyendo reinos distintos y eso implicaba también el culto a Yavé. Es lo que ahora plantea aquella mujer. ‘Llega la hora, le dice Jesús, en que los que rindan verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y verdad…’
Ya nos está descubriendo la verdadera hondura del culto que hemos de darle a Dios. Además no dice simplemente culto o adoración, sino que ya nos está descubriendo algo hermoso, le llama Padre, ‘verdadero culto al Padre’. Una nueva relación con Dios, un culto más hondo y más auténtico, un culto que va a surgir desde el amor. Porque a Dios ya lo miramos de una manera distinta. Es el Padre bueno que nos ama, y al que tenemos que amar en verdad sobre todas las cosas.
Nos surgirán dudas en nuestro interior, se nos plantean problemas en cosas que muchas veces no acabamos de entender. Una cosa es importante, miramos a Dios con una nueva mirada, la mirada de los hijos al Padre. Dios es el Padre bueno que nos ama, como ya hemos dicho y repetido. En su amor nos ha entregado a su Hijo, a Jesús. por eso en cada momento de la vida, incluso en los momentos difíciles tenemos esa mirada distinta hacia Dios porque sabemos que es nuestro Padre, sabemos que nos ama, que no nos abandona ni nos deja solos; que está ahí a nuestro lado llevándonos sobre las palmas de sus manos. Con una mirada así, sintiéndonos amados de Dios, nuestra vida tendrá que ser distinta, la respuesta de nuestra fe ha de ser siempre una respuesta llena de amor.
Es lo que vamos a intentar hacer estos días. Dejemos que esa mirada de Dios llegue sobre nosotros. Con los ojos de Dios veremos las cosas distintas, nos sentiremos impulsados a dar pasos para ir a su encuentro. El viene a nosotros. No podemos desaprovechar esta oportunidad. Es una gracia del Señor que no podemos perder.
Busquemos momentos de silencio y soledad. Repasemos este encuentro de la samaritana con Jesús y pongámonos nosotros en su lugar. Escuchemos las palabras de Jesús como dirigidas directamente a nosotros. Y hablémosle. Démosle respuesta. Dejémonos conducir de su mano hacia la Pascua. El nos dará el agua viva que calma nuestra sed para siempre.