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sábado, 15 de febrero de 2020

Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor


Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10
Lo tenemos delante de los ojos y no lo vemos. Cuántas veces nos pasa. Pero peor es que tampoco seamos capaces de verlo con los ojos del corazón. Perdemos la sensibilidad. Nos absorben tanto nuestras cosas, nuestras preocupaciones particulares que no somos capaces de ver lo que tenemos delante de las narices, como decimos vulgarmente. Y perdemos la sensibilidad de la vida, que nos haría sufrir empáticamente con los que sufren, sentir como algo nuestro lo que les sucede a los demás. Por esa falta de sensibilidad incluso cuando llevamos ver aunque sea a la fuerza no tenemos iniciativa para algo más, no somos capaces de buscar salidas, nos cruzamos de brazos pasivamente. Es necesario un despertar, un abrir de nuevo los ojos, un sensibilizar el corazón.
Creo que cuando leemos con sinceridad el evangelio, cuando lo escuchamos con el corazón Jesús nos enseña mucho de estas cosas, nos ayuda a despertar. Es lo que hoy nos enseña el evangelio, a sensibilizarnos y a comprometernos; a sensibilizarnos y ser capaces de mover también el corazón de los demás para entre todos encontrar soluciones. No es una tarea que hagamos solos; quizá tengamos que tomar la iniciativa, pero hemos de saber mover también a los demás para llegar a un compromiso común. Qué distinto seria nuestro mundo si lográramos actuar así siempre. Pero nos pesan muchas rémoras, muchos miedos, muchas pasividades.
Cuando Jesús llega a aquel lugar se encuentra una multitud que lo esperaba. Y sintió lástima de ellos. Como se nos dice en otros lugares paralelos, sentía que andaban como ovejas sin pastor, y por eso se puso a enseñarles, y a curar sus enfermos. Pero hay algo más, aquella gente también está hambrienta de pan porque llevan muchos días buscando y siguiendo a Jesús. Y había que hacer algo, había que buscar comida para toda aquella gente.
Cuando no se ha despertado del todo la sensibilidad del amor decimos, pues que cada uno se las busque como pueda; aquí no podemos hacer nada porque supera nuestras capacidades, pues que se las arreglen. Lo decimos tantas veces cuando vemos la problemática que hay alrededor, cuando vemos necesidades materiales, o cuando vemos otros problemas que tiene la gente, porque no se entiende, porque les falta la paz, porque se sienten oprimidos por los problemas o las situaciones duras que viven en la vida. Con qué facilidad tratamos de desentendernos, que otros sean los que busquen y encuentren la solución. ‘¿De donde se puede sacar pan aquí en despoblado para tanta gente?’ que decían los discípulos ante el descubrimiento que estaban haciendo.
Pero Jesús no se queda ahí. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Había solo siete panes, pero Jesús pide que la multitud se siente en el suelo. El evangelio nos habla de un milagro y no lo ponemos duda porque no queremos desmitificar el evangelio. Allí está la mano de Dios, allí está la palabra de Jesús. Y habrá pan para que coma toda aquella multitud y al final incluso llegue a sobrar después de estar todos saciados.
Pero nosotros en la vida también tenemos que aprender a contar con los panes que tiene la gente, porque cuando se comienza a ser generoso esos panes se multiplican. Detrás de esos panes, detrás de esa pobreza que tengamos en nuestras manos, si nos sensibilizamos de verdad veremos que van a aparecer muchas cosas, muchas aportaciones y vamos a encontrar salida. Tenemos que aprender a contar con los demás, a contar con los siete panes o lo que sea que tengan los demás y veremos cómo el amor hará multiplicar las cosas, y las ideas, y las soluciones, y la salida a los problemas en los que estemos envueltos. Hace falta confianza, sensibilidad, disponibilidad, generosidad y con esos ingredientes seguro que haremos que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 14 de febrero de 2020

Una nueva evangelización porque la luz del evangelio no ha terminado de ser en verdad luz y sal de nuestra sociedad



Una nueva evangelización porque la luz del evangelio no ha terminado de ser en verdad luz y sal de nuestra sociedad

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Sal 116; Lucas 10, 1-9
A la hora de comenzar a escribir la semilla de este día me encuentro, os lo digo sinceramente, con el dilema de no saber por donde orientar mi reflexión. Hoy, sobre todo en nuestro mundo occidental, vivimos inmersos en una campaña mediática muy intensa con el tema del amor y de la amistad. Este tema se ha convertido en un intenso reclamo que nos bombardea por todas partes y no podemos ocultar lo que tiene de campaña publicitaria pues grandes son las ganancias comerciales que circulan en el mercado con motivo de este día.
No es malo que pensemos y hasta celebremos el amor y la amistad, aunque, como siempre se suele decir, no es cosa de un solo día que se podría quedar en una falsedad si no es algo que se viva intensamente cada día. Es bonito el amor, es preciosa la amistad, forma parte de nuestra vida, alegra el corazón y llena de ansias de vivir porque es triste vivir solo sin tener a quien amar y sin sentirse uno amado de los demás. Pero, repito, no lo podemos convertir en flor de un día, porque se marchita pronto como se marchita una flor cortada.
Es una semilla que tenemos que sembrar muy hondo en el corazón, pero es necesario que seamos buena tierra para que crezca esa hermosa planta y nos pueda brindar una hermosa flor. Cómo tenemos que cuidar esa planta de la amistad, cómo tenemos que cuidar la tierra de nuestro corazón. Sintámonos felices con nuestros amigos y hagámoselo saber; vivamos con intensidad el amor y no dejemos que nada le pueda quitar su bello brillo ni enturbiar su resplandor.
Cuidemos el amor, que significa cuidar a la persona amada; pero cuidemos el amor que significa cuidar mucho nuestro corazón para que no se sienta turbado por otras influencias que nos llenen de dudas. No es una joya ofrecida ni una flor presentada como un obsequio lo que va a hacer crecer, madurar y mantener ese amor, sino que pensemos que esa joya es el amor mismo, esa flor es realmente nuestro amor que es el que tenemos que hacer bello.
Y dicho esto en lo que quizá me he extendido más de lo que pensaba – yo no ando recordando a mis amigos qué día es hoy sino que cada día lo hago el día de la amistad – centrémonos también en el mensaje que nos ofrece la celebración de este día. Hoy celebramos a dos santos que son considerados también patronos de Europa por la tarea evangelizadora que realizaron en extensos territorios de nuestra Europa en su tiempo. Hoy es día de san Cirilo y san Metodio, patronos de Europa.
Una invitación que surge, pues, de la Palabra de Dios que hoy se nos proclama para comprometernos aun más en esa tarea de la evangelización. Jesús ha escogido de entre los discípulos a los doce apóstoles y los envía, como envía a sus discípulos todos de dos en dos, a hacer un primer anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Pero Jesús no les oculta la dificultad que entraña su tarea porque les dice que les envía como ovejas en medio de lobos.Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’, y les dice también que ‘la mies es abundante pero los obreros son pocos’.
Mucha la mies, pocos los obreros, corderos en medio de lobos, significa lo complejo de la tarea. Entonces y ahora. Los que venimos habitualmente a la iglesia o vivimos en países que llamamos cristianos o de vieja cristiandad algunas veces parece que nos cegamos y nos creemos que ya la tarea está realizada porque todos somos cristianos, todos bautizamos a nuestros hijos o venimos a algunas celebraciones religiosas. Pero comparemos el numero de los que habitualmente vemos en nuestras celebraciones – y si queremos incluso cojamos como referencia los días de mayor afluencia que no son tantos – y lo que es el conjunto de la población que nos rodea en el lugar y nos daremos cuenta que andamos en minoría; no somos tantos, seamos realistas. ¿No nos tendría solo eso ya que comenzar a hacernos preguntas?
No nos extrañe que se nos repita una y otra vez que es necesaria una nueva evangelización. Hemos de reconocer que la luz del evangelio – aunque nos llamemos cristianos y hagamos nuestras fiestas a los Santos, a la Virgen o al Cristo de nuestra devoción – no ha terminado de calar en nuestros corazones, en la vida de los que rodean, no ha terminado de ser en verdad sal y luz de nuestra sociedad. Es mucho lo que nos queda por hacer.

jueves, 13 de febrero de 2020

No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar


No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar

1 Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30
En nuestras relaciones entre vecinos, aunque todos queramos llevarnos bien y tener una buena convivencia es muy humano que nos hagamos algunas distinciones y seamos más amigos de unos que de otros y hasta mantengamos ciertas reticencias unas veces por ser de la familia que son, o bien en ocasiones por su lugar de procedencia. Se marcan esas diferencias de manera notable cuando somos de pueblos vecinos entre los que siempre existe cierta rivalidad por progresos que podamos ver en el pueblo vecino o bien porque recordemos datos de historias pasadas; aquí en Canarias bien sabemos las diferencias que nos marcamos entre islas que van en ocasiones más allá de una rivalidad festiva que nos pueda hacer echar en cara cosas de un lugar o de otro.
Los judíos marcaban fuertemente esas diferencias, viviendo en un territorio en el que habitaban otras etnias o también incluso desde razones de religión porque al considerarse el pueblo elegido por Dios se sentían en otro nivel de los otros pueblos a los que consideraban como gentiles; eran marcadas las diferencias entre los de Judea y los de Galilea, mucho más las diferencias que tenían con los samaritanos con los que había también un cisma religioso y mucho más con los pueblos más allá de sus fronteras a los que consideraban paganos y para quienes tenían fuertes gestos de desprecio y discriminación.
Hoy Jesús anda por tierras de paganos; se había salido de los límites de Israel y andaba por la región fenicia, lo que hoy serian territorios del Líbano. Trata de pasar desapercibido, nos dice el evangelista, pero hasta allí había llegado su fama y pronto tras de El corre una mujer gritando que tenga piedad de su hija que está enferma. Ya decíamos que trata Jesús de pasar desapercibido y se hace oídos sordos a aquella petición aunque la mujer fenicia sigue con insistencia tras Jesús hasta introducirse en la casa y postrarse a los pies de Jesús.
Surge un diálogo que a nosotros nos puede parecer duro pero que era la forma como se trataban unos y otros. De ahí la imagen del perro al que no se le echa la comida de los hijos, pero en la fe y confianza de aquella mujer el perrito come las migajas que caen de la mesa de sus amos. Se sorprende Jesús de la fe y la confianza de aquella mujer y le dice que por esa fe ya su hija está curada. Se rompen las barreras porque la salvación que nos viene a traer Jesús no se va a quedar reducida solo a un pueblo determinado porque es una salvación con carácter universal.
Se rompen las barreras, porque todos somos hijos; se rompen las barreras porque lo que tiene que prevalecer es el amor; se rompen las barreras porque el sentido y el estilo que nos quiere ofrecer Jesús es bien nuevo, no caben las discriminaciones, no cabe que tengamos marcado con un sambenito a alguien para siempre porque en un determinado momento haya podido hacer algo o sea de tal o cual condición; se rompen las barreras porque Jesús nos ofrece un mundo nuevo, donde todos nos escuchemos, nunca seamos capaces de darle la espalda a alguien, ni vayamos con disimulos por la vida para no encontrarnos con este o con aquel que nos pueda caer mejor o peor.
Creo que el evangelio es una invitación a que vivamos el sentido de ese mundo nuevo donde todos hemos de caber y del que hemos de desterrar todo tipo de discriminación. Es un mundo nuevo de puertas abiertas, de corazones grandes y generosos para la acogida donde todos hemos de caber. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos proclama.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23
El evangelio que hoy se nos ofrece tiene una perfecta continuidad con el que ayer se proclamaba. Si entonces veíamos como los que habían bajado de Jerusalén vienen a echarle en cara a Jesús que sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, con el peligro de que sean manos impuras por algo impuro que hubieran tocada y que entonces les producía una impureza en sus vidas, ahora vuelve a insistirnos Jesús en la necesaria pureza interior, porque la maldad no nos viene de fuera sino que la tenemos en el corazón del hombre.
Podemos, es cierto, recibir influencias desde el exterior, pero bien sabemos que la tentación no es pecado sino en el consentimiento de esa tentación. Podemos, como digo, recibir influencias desde el exterior porque pueden ser muchos los malos ejemplos y maldades que contemplemos que se pueden convertir como en una invitación para que nosotros obremos de la misma manera. Pero ahí está, tiene que estar, nuestra voluntad, el sí que nosotros podamos darle a esa incitación al mal, pero es nuestro corazón el que está diciendo sí al mal dejándonos embaucar por incitaciones engañosas.
El pecado, es cierto, nos acecha como una tentación, pero es nuestro yo el que da una respuesta. Y será esa inclinación al mal que sintamos en nuestro interior el que nos moverá en un sentido o en otro. Seremos nosotros los que demos esa respuesta y será entonces de nuestro corazón desde donde salen esos malos deseos que nos lleven a esas actitudes negativas en contra de los demás, aparecerán nuestros orgullos o nuestro amor propio, serán las ambiciones de todo tipo que sentimos en nuestro interior y ese afán de poseer o bienes materiales o poder nos llevarán a toda malquerencia y destrucción, será la violencia surgida de nuestras frustraciones la que nos impulse en contra de los demás tratando de destruir todo o a todos los que me puedan hacer sombra y me impidan alcanzar esos sueños de grandeza o de poder que anidan en nuestro corazón.
Esas cosas sí que son las que nos dan muerte, merman la verdadera vida de la que tendríamos que disfrutar entre la armonía y la paz con todos y nos llevan también a dañar la vida de los demás. Externamente no siempre lo manifestamos porque en nuestra vanidad queremos conservar una imagen que se convierte en engañosa para los demás, pero dentro de nuestro corazón ronronean esas malicias y esos malos deseos de destrucción y de muerte.
Es eso lo que humildemente tendríamos que saber presentar a Jesús para que nos sane y para que nos llene de nueva vida. Ya hemos contemplado en estos días cómo acudían de todas partes con sus dolencias y con sus males para que Jesús les curara, así nosotros hemos de presentarnos a Jesús, es la salvación más honda que El nos ofrece. Y no andemos preocupándonos por apariencias externas que pueden estar manifestando la tremenda hipocresía que llevamos en nuestras vidas. Queremos dar apariencia de buenos mientras el corazón lo llevamos lleno de maldades. Nos preocupamos de gestos externos con lo que dar una imagen, pero no todo es santo en nuestra vida.
Escuchemos, sí, y con mucha atención lo que hoy nos dice Jesús: Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre… Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.

lunes, 10 de febrero de 2020

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56
Nos sentimos mal cuando el cuerpo está enfermo, cuando alguno de sus órganos no funcionan debidamente, cuando nuestros miembros se ven atrofiados o limitados de alguna manera, cuando aparece el dolor que lacera nuestro cuerpo, cuando nuestras posibilidades de vida plena se ven limitadas y mermadas y así podíamos seguir haciendo referencia a todo lo que conlleva que la enfermedad aparezca en nuestro cuerpo.
Y por supuesto todo esto es causa de sufrimiento que ya no es solo el dolor físico de aquel miembro u órgano enfermo sino que eso nos afecta también a nuestro yo, a nuestro ser persona, a lo que es la vida que queremos vivir de la forma más plena posible. Cuando llegamos a este punto nos damos cuenta que hay dolor y que hay enfermedad mucho más allá de esas limitaciones corporales que podamos sufrir.
Nos sentimos mal con muchas mas cosas que nos hacen sufrir cuando nos sentimos insatisfechos en la vida, cuando nos duele el dolor de los demás sin que nosotros físicamente lo estemos padeciendo, cuando hemos perdido la paz interior, cuando nos sentimos heridos en nuestras relaciones con los demás, cuando sentimos frustración en aquello que no hemos conseguido, cuando quizá nos falten ideales altos y nobles y nos demos cuenta que lo que hacemos es ir arrastrándonos por superficialidades o por tantas cosas que nos crean dependencia y esclavitud, y así muchas cosas. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, enfermedades y sufrimientos que nos afectan en lo más profundo de nuestro yo y nos producen desequilibrios y frustraciones, como ya antes decíamos.
Hoy nos habla el evangelio de aquellas multitudes de enfermos que salían al encuentro de Jesús en su caminar por los pueblos y aldeas de Galilea. Normalmente al hablarnos de ello, bien porque en ocasiones se nos hagan listas en este sentido o porque nos parece más cómodo y fácil pensarlo así, recordamos a ciegos y sordomudos, a leprosos y a paralíticos, pero también en ocasiones se nos habla de endemoniados y de poseídos por espíritus inmundos.
Creo, sin embargo, que en esas multitudes de enfermos que acudían a Jesús podemos englobar no solo los que padecían esas limitaciones somáticas sino también los que se veían envueltos en esa otra multitud de limitaciones y sufrimientos a los que someramente antes hacíamos referencia. El sufrimiento de aquella gente estaba en su pobreza pero también en su falta de esperanza, en las frustraciones que sufrían en su vida cuando se veían manipulados y tratados injustamente, cuando sentían que quizá no pudieran ofrecerle a sus hijos un futuro mejor pero que es ahora quizá muchas veces ni una alimentación suficiente, en los que se sentían vejados y maltratados por la vida pero sobre todo por aquellos que de una forma o de otra los esclavizaban o les imponían excesivas cargas para la vida.
Qué lista más inmensa podríamos hacer recogiendo todos esos sufrimientos que vivían entonces aquellos que se acercaban a Jesús, pero que tendríamos que pensar también en los sufrimientos diversos que sufren hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo y acaso nosotros mismos también. Ahí podemos englobar los sufrimientos y las tristezas de todos los hombres, sus desesperanzas y su falta de ilusión, las angustias de tantos corazones y la lagrimas muchas veces reprimidas de tantos rostros.
Y en medio de todos ellos caminaba Jesús cuando recorría las aldeas y pueblos de Galilea y de todo Israel curando a los enfermos, como sigue queriendo llegar hoy en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu.
Sintamos esa presencia salvadora de Jesús. El sana nuestra vida. Pongamos en su presencia nuestros sufrimientos, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, nuestras preocupaciones y nuestras angustias, nuestras esperanzas tantas veces frustradas y esos deseos de vida que llevamos en lo más hondo. En Jesús nos sentiremos con nueva vida.

domingo, 9 de febrero de 2020

Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz


Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16
¿Para qué queremos la sal si ya no nos vale ni para dar sabor a la comida ni para conservar aquello que se puede estropear? ¿Para qué queremos una luz que no ilumine por lo escondida que está en el lugar que la hemos colocado? Ha de tener su sitio adecuado para que con su luz podamos ver; hemos de poner la sal necesaria para que resalte debidamente el sabor de la comida.
Son las imágenes y comparaciones que hoy nos pone Jesús en el evangelio. Y no hay que darle más vueltas ni hacerle decir lo que no nos quiere decir. Pero es que Jesús nos está diciendo que nosotros tenemos que ser sal, que nosotros tenemos que ser luz. ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…’ Porque además no se trata de ser candeleros bien adornados y que llamen la atención; lo importante es la luz, pero la luz no es nuestra, la luz con la que nosotros tenemos que alumbrar es con la luz de Jesús. No se tienen que fijar en nosotros, sino que el mundo tiene que dejarse iluminar por la luz.
Tantas veces nos quejamos de las oscuridades de nuestro mundo; tanto decimos del sin sentido, como a la loco, que viven tantos en nuestro entorno. Nos parecen desorientados, nos parece que nuestro mundo camina sin rumbo, nos parece que hay un sin sentido en tanta superficialidad y tanta insolidaridad, en tanta corrupción y en tanta violencia, en tantas manipulaciones de los que se sienten poderosos de alguna manera y de tanto borreguismo en los que vemos que caminan sin sentido dejándose influir y dejándose arrastrar por banalidades o sueños que otros les meten en la cabeza.
Contemplamos todo eso, hacemos análisis de la realidad, manifestamos quizá nuestra insatisfacción pero de ahí o pasamos cuando nosotros tenemos en nuestras manos esa sal y esa luz que de sentido y sabor y que ilumine con un nuevo sentido el devenir de la humanidad y de la historia. ¿No estaremos siendo nosotros esa luz que se oculta o esa sal que se corrompe y ya no da sabor ni libera de la corrupción? Nos quedamos en palabras y no llegamos al ser. Podemos decir cosas hermosas y tener maravillosas ideas en la cabeza pero quizá nuestro corazón está frío y en total oscuridad.
Los cristianos que llevamos veinte siglos con el evangelio en nuestras manos no hemos terminado de meterlo en la vida y en el corazón para convertirlo a través de nuestras vidas en esa sal de nuestro mundo, en esa luz que ilumina la vida de los hombres. Y es que cada vez que hemos encerrado nuestro corazón en la insolidaridad o en la insensibilidad ante los problemas de los que nos rodean y pasamos indiferentes ante los sufrimientos de los otro, hemos ocultado la luz. Cada vez que nos hemos dejado envolver por la violencia y gritan nuestras palabras llenas de ira, gritan nuestros gestos envueltos en maldad, gritan  nuestros actos y nuestras actitudes injustas haciendo daño a los demás, estamos ocultando la luz y echando a perder la sal.
Por eso nos decía el profeta hoy ‘parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora…’ y continuaba luego insistiendo una vez más ‘cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’.
Ahí tenemos la forma concreta de cómo tenemos que ser luz, de cómo tenemos que llevar esa sal que libere de la corrupción nuestro mundo. Y cuidado no seamos nosotros culpables porque nos creíamos muy seguros de nosotros mismos pero nada concreto hicimos quedándonos solo en buenas palabras. Porque tantas veces vamos muy deprisa por la vida, quizás por llevar temprano al templo, pero pasamos de largo por aquel que estaba caído en la vera del camino.
Nos hemos preocupado mucho de embellecer y adornar nuestros templos, porque decimos que son para el culto al Señor, pero pasamos de largo por ese templo vivo de Dios que vemos a nuestro lado en el camino de la vida, desnudo o en solitario, con el sufrimiento de su corazón reflejado en sus rostros o con la mano tendida esperando no solo la limosna de una ayuda material sino la mano tendida de la atención y de la escucha, la mirada que tantas veces bajamos al suelo para no enfrentarnos con las lágrimas de su angustia o de su soledad.
Unas nuevas actitudes y posturas de vida tenemos que saber poner en nuestra vida para que podamos brillar en las tinieblas como una luz. ¿Qué haremos este domingo con los que nos crucemos en la puerta de la Iglesia?