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jueves, 13 de noviembre de 2025

Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

 


Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Salmo 118; Lucas 17, 20-25

Somos amigos de cosas espectaculares y grandiosas, donde nos sentimos pequeños y anonadados en medio de esa inmensidad, pero aun así seguimos buscando un efecto más, algo aun más llamativo porque por lo que hayamos pasado ya nos parece pequeño. ¿No nos damos cuenta que en nuestras películas de ficción cada día se buscan efectos más especiales y más espectaculares? Son fantasías o sueños, pero son cosas que buscamos y nos creemos más fácilmente esas cosas grandiosas aunque sean realmente fantasiosas que las cosas pequeñas y sencillas que si fuéramos capaces de detenernos a contemplarlas descubriríamos cosas más maravillosas que esas fantasías en las que de una forma o de otra vamos envolviendo la vida.

Son las carreras locas de un lado para otro también cuando nos dicen que ha sucedido algo extraordinario; todos nos queremos enterar porque parece que solo eso es lo que nos da fe en la vida, pero pronto quizás también nos desinflamos y ya no nos llama la atención. Hablo de muchas cosas en lo humano que hacemos y por las que corremos de un lado para otro muchas veces tan enfervorizados que parece una locura.

¿Nos sucederá así en al ámbito de la religioso y espiritual, en el ámbito de la trascendencia? Sí, andamos pidiendo cosas milagrosas todos los días y decimos que lo necesitamos para creer. Quizás en muchos momentos a lo largo de nuestra vida nos han sorprendido hablándonos de cosas poco menos que milagrosas que hayan podido suceder en nuestro entorno y quizás nos hayamos quedado encandilados por esas cosas y por esos milagros. Pero ¿será así en verdad cómo vamos a encontrar a Dios o cómo Dios quiere manifestársenos? Una buena pregunta que nos tiene que hacer reflexionar.

En las expectativas que vivían en el pueblo de Israel en los tiempos de la presencia de Jesús ante la posible llegada inminente del Mesías que tanto deseaban, contemplando los signos que Jesús va realizando y también desde lo que habían escuchado al Bautista allá en el desierto se preguntan por el tiempo y la forma de la llegada del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Unas expectativas que no solo se quedaban en lo religioso sino que abarcaban todos los ámbitos de vida social de aquel pueblo que se veía de alguna manera sometido y sin esperanza. Por eso las preguntas que le hacen a Jesús.

‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’, le preguntan. Recordamos que aun los discípulos más cercanos seguían con esa pregunta en su interior, porque en el camino hacia el monte de los Olivos para la Ascensión, después de la resurrección, aun le preguntan si es en aquel momento cuando se va a restaurar la soberanía de Israel.

Jesús responde claro. No pueden andar a la expectativa de sucesos extraordinarios para que se manifieste el Reino de Dios. Y les dice claramente  ‘el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Seguramente la respuesta de Jesús les dejara con más interrogantes en su interior por lo que ellos pensaban que iba a ser ese Reinado de Dios. Les costaba entender a Jesús y darse cuenta de los signos que iba realizando de ese Reino de Dios en medio de ellos. ¿Nos sucederá de alguna manera a nosotros lo mismo?

El Reino de Dios está en nosotros, en esas nuevas actitudes y valores con los que tenemos que ir construyendo nuestra vida, en la medida en que comencemos a aceptarnos todos y a respetarnos, a amarnos mutuamente y a sentir ese interés que nace del amor de los unos por los otros, en la medida en que vamos siendo más auténticos en nuestra vida viviendo en la verdad y en la sinceridad, quitando fastuosidades y desterrando de nuestra vida la vanidad, en la medida en que buscamos el bien, luchamos por la justicia, vivimos con mayor solidaridad haciendo que nuestro corazón se desparrame en la generosidad, en la medida en que aprendemos a colaborar los unos con los otros y a valorar lo que los otros hacen; estaremos sintiendo que todos somos hijos de Dios y como hermanos tenemos que amarnos, estaremos haciendo presente a Dios en nuestra vida como centro de nuestro corazón y de todo nuestro actuar. Ahí estamos manifestando la presencia del Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente para nuestro mundo.

Allí donde vemos que dos personas se aman, digamos que está el Reino de Dios; allí donde hay gente comprometida por la paz y porque nadie sufra, tenemos que decir que se está haciendo presente el Reino de Dios; allí donde vivimos con sencillez y en la humildad sabiendo valorar las cosas pequeñas, estaremos haciendo florecer el Reino de Dios.

¿Lo tendremos de verdad en nuestro corazón porque lo tengamos sembrado con esas actitudes nuevas?

martes, 14 de octubre de 2025

Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

 


Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

Romanos 1, 16-25; Salmo 18; Lucas 11,37-41

Tenía en un rincón de una pared de casa una cornisa que le daba un cierto encanto a aquel rincón, durante mucho tiempo había aparecido en su esplendor, externamente cuando se pintaba se trataba de tapar cualquier pequeña grieta que tuviera, pero no se había atendido a su estructura en la que se introducían humedades, los hierros se fueron corroyendo, el material por su interior se había ido quebrando y en un momento determinado se vino abajo y se desplomó. Habíamos mantenido bella su apariencia externa pero por dentro se había corroído. Podemos pensarlo de las madera que conforman la estructura de la casa, ya sean puertas y ventanas, ya sean escaleras o muebles para el servicio de la vivienda, externamente muy bonitos con sus barnices, pero por dentro la madera se había corroído y cuando nos dimos cuenta todo se nos vino abajo. ¿Si parecía tan bonita?, dirían algunos, pero todo era apariencia.

Pero podemos decirlo de la vida, de la apariencia que damos como personas queriendo ocultar lo que realmente llevamos por dentro. Con cuántas sonrisas hipócritas tantas veces nos presentamos, porque queremos aparentar que somos unas personas agradables, pero nos corroe por dentro el orgullo y la envidia, los malos deseos o las desconfianzas, nuestras reticencias para aceptar a las personas y las actitudes discriminatorias, porque en fin de cuentas no nos es agradable mezclarnos con todo el mundo. Tenemos que ser sinceros y poner las cartas boca arriba sobre la mesa, pero siempre queremos ocultar algo.

Es lo que presenciamos hoy en el evangelio. Jesús había estado enseñando al pueblo, tal como hacia ya fuese en la sinagoga, al pie del camino o en casa, ya fuera mientras recorría aquellos pueblos y aldeas o también cuando era recibido en casa por alguien que quería estar cerca de él. Después de uno de esos momentos en que Jesús ha estado enseñando a la gente, alguien que quizás hubiera estado en medio de aquellas gentes que escuchaban a Jesús, quiso invitar a Jesús a su casa. Y este hombre pertenecía al grupo de los fariseos, que a si mismos se consideraban personajes importantes e influyentes en medio del pueblo. No es la única vez que Jesús es invitado por un fariseo a comer en su casa.

Los prolegómenos son los habituales de la hospitalidad con que siempre se acogía al que llegaba como huésped a una casa. Pero el fariseo observa, sin embargo, que Jesús no se ha lavado las manos antes de sentarse a la mesa. Podría parecer algo insignificante y sin importancia, pero para los fariseos no lo era; podía haberse tocado algo impuro o que produjese impureza en manera de entender las cosas, y sería una impureza que manchase el alma. Y aquello estaba produciendo extrañeza y asombro en el anfitrión; podría parecerle que se le venía abajo todo el concepto que pudiera tener de Jesús.

Pero, ¿lo importante es lo que entra de fuera al corazón del hombre, o lo que llevamos en nuestro interior? Si llevamos corroído el corazón de nada nos vale esa pureza exterior, de nada nos vale lo que pudiéramos aparentar. Es lo que le dice Jesús en esta ocasión, aunque en ese mismo sentido lo escucharemos en otros momentos del evangelio. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad’.

¿De qué nos vale tener el plato o la copa reluciente por fuera si por dentro rebosa podredumbre? ¿De que nos vale el esplendor y belleza que podemos presentar de nuestras casas o nuestros edificios pintados con bonitos colores, si por dentro se nos están cayendo a trozos los muros que conforman su estructura? Pronto se nos vendrá abajo. Pronto se nos viene abajo el valor de nuestra vida si no cuidamos ese tesoro que llevamos en nuestro interior.

¿A qué le damos importancia? ¿Nos quedamos en apariencias o hay verdaderos valores que sean cimientos fundamentales de nuestra vida? Todo esto tendría que hacernos pensar, porque muchas serían las consecuencias que sacaríamos para dejar a un lado la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida.

sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

 


Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

Filemón 7-20; Salmo 145; Lucas 17, 20-25

En la vida muchas veces nos vamos creando expectativas que no siempre son reales; son nuestros sueños o nuestra imaginación, muchas veces, cómo nos gustaría que fueran las cosas o lo que tendría que suceder, pero muchas veces no son realistas. Es bueno soñar, es bueno desear cosas mejores que las que tenemos y muchas veces esos sueños nos hacen caminar, nos hacen esforzarnos, nos hacen buscar; no es tan malo soñar, pero sabiendo diferenciar lo que es un sueño de lo que en verdad podemos conseguir, estamos capacitados para conseguir. Así hacemos camino, así avanzamos, así buscamos nuevas metas que queremos cada vez más altas, así en cierto modo nos vamos programando la vida.

Pero bien sabemos que tenemos que cuidar que no nos confundan; puede haber alguien que quiera aprovecharse de nuestra ilusión  y nos traza planes, pero que no son los nuestros, ni están adaptados a nuestras condiciones, que son las metas que de verdad tenemos en la vida, los principios por los que nos guiamos, y que no podemos dejar que se tergiversen, que se aprovechen de nosotros quizás desde otros intereses que no tienen que ver nada con nuestra vida. Por eso hemos de tener cuidado con las invitaciones o llamadas que nos puedan llegar de aquí o de allá y que no sabemos por qué vienen a nosotros. Otra cosa, claro, es que seamos capaces de dejarnos sorprender por Dios. Es aquí donde tenemos que discernir, sopesar las cosas, descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros.

¿Sabremos nosotros discernir los signos que Dios va poniendo en nuestro camino de su presencia y de su amor y de la respuesta que nosotros hemos de dar? Atentos tenemos que estar; atentos para no dejarnos ni engañar ni confundir. De eso nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio.

Por allá andan preguntándole sobre la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Tenemos, es cierto, que entenderlos. Se habían creado también unas expectativas de lo que iba a ser y a hacer el Mesías. Confiaban en la inminencia de la llegada del Mesías, pero pensaban más en un Mesías caudillo, en un Mesías guerrero. La situación que vivían como pueblo que se pedía sometido a poderes extranjeros, por una parte, la situación de pobreza en que vivía el pueblo y la desorientación de sus vidas, les hacía soñar también.

Y Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios. Se habían hecho una idea, era el tiempo de la liberación de Israel, de unos tiempos nuevos de libertad, y poco menos que se veían como aquellos antepasados suyos que habían atravesado un desierto para llegar a una tierra prometida. ¿Serían ahora los tiempos de una nueva tierra prometida?

Jesús les hablaba y se los decía claramente que el Reino de Dios no era como los reinos de este mundo. Cuando incluso los apóstoles soñaban con poderes en ese Reino de Dios, Jesús les decía que entre ellos no podía ser como en los reyes del mundo. Otro era el sentido, otra era la manera de servir a ese nuevo pueblo de Dios. Pero les costaba entender, incluso a los discípulos más cercanos y que estaban siempre con Jesús, que seguían buscando puestos a la derecha y a la izquierda.

Por eso les dice que tengan cuidado con los tiempos de confusión que pueden venir, de si tienen que buscarlo aquí o allá. Jesús les están diciendo que se miren al interior, que el Reino de Dios tenemos que sentirlo en el interior de nosotros mismos. Había pedido conversión, cambio profundo desde el interior con nuevas actitudes, con nuevas manera de ser y de vivir, con nuevas manera de actuar. Y les costaba entender. Como nos sigue costando a nosotros hoy que también nos hacemos algunas veces una iglesia a la manera de los reinos de este mundo. Y a la gente le cuesta entender.

Es necesario que vayamos a lo más hondo de nosotros, que sepamos interiorizar, que sepamos buscar en el corazón esas señales del Reino de Dios que luego tendremos que manifestar en lo que hacemos, en nuestro trabajo o en el compromiso con los demás. No se trata solamente de hacer cosas como no se trata de contentarnos con celebraciones bonitas.

Tenemos que abrir nuestro interior a Dios y entonces lo encontraremos y lo podremos llevar también a los demás. Seremos en verdad misioneros que llevemos el mensaje del evangelio al mundo que nos rodea cuando en lo más hondo de nosotros mismos nos hayamos encontrado con Dios y desde nuestro interior saboreemos el verdadero sentido del Reino de Dios. Sin esa vivencia interior y profunda nada seremos ni nada podremos ofrecer con sentido al mundo que esta necesitando de esa luz.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Purifiquemos y sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro, vayamos con Jesús y El nos sanará

 


Purifiquemos y sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro, vayamos con Jesús y El nos sanará

1 Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Hoy toca hablar de higiene. De alguna manera hemos venido hablando de ello. Vivimos hoy en un mundo donde se cuida mucho más ese tema. Hoy todo es cuidado para preservar la buena presentación de las personas, de las cosas y de los lugares. Lo cuidamos en nuestra presencia, lo cuidamos en los lugares en que habitamos – queremos tener nuestro hogar resplandeciente, como queremos que las calles y lugares comunes de nuestros pueblos y ciudades estén bien cuidados – como lo vigilamos en nuestra alimentación para que nada sea dañino o perjudicial para nuestra salud.

¿A qué viene todo esto que estamos diciendo? ¿Qué tiene que ver con el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio? Tiene que ver y tiene relación. Pero también puede ser una contraposición a otras situaciones donde quizás no cuidamos tanto nuestra higiene mental, o la higiene de nuestro espíritu. Hay que notar la diferencia entre la preocupación que sentimos por esa higiene corporal o por esa higiene, digámoslo así, de lo exterior de aquellos lugares donde vivimos, y quizá el poco cuidado que tengamos con lo que llevamos dentro de nosotros.  Somos unos defensores ultra del medio ambiente, pero no cuidamos quizás tanto el bien ambiente que tendría que haber en nuestras relaciones humanas, que algunas veces terminan siendo tan inhumanas.

Quizás cuando hemos seguido el evangelio estos días no hemos llegado a entender ese afán que tenían algunos por lavarse las manos para no caer en impurezas legales porque hubieran tocado algo contaminado de muerte, pero somos nosotros bien parecidos porque cuidamos tanto nuestra higiene exterior - ¡cómo nos perfumamos incluso para dar buen olor y crear buen ambiente! – pero no cuidamos tanto aquello que llevamos en el corazón y que crea ese mal ambiente de unas relaciones tensas, de unas palabras fuertes, de unos resentimientos que no terminamos de sanar, de unas violencias interiores que nos hacen estar mal con todo el mundo, de unos distanciamientos que nos creamos poniendo barreras entre unos y otros, unas desconfianzas que crean abismos, y así podríamos pensar en muchas cosas que amargan nuestros encuentros, que nos hacen perder la paz, que dificultan una sana convivencia, que al final nos hacen sentirnos mal.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Como continuación de lo que ayer escuchábamos sobre el comer o no con manos impuras, hoy tajantemente nos dice Jesús. ‘Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Están claras las palabras de Jesús, pero aun así, incluso sus discípulos más cercanos no entienden. Era tal lo influidos que estaban por todas aquellas normas que habían querido imponer los que se consideraban dirigentes entre los judíos en aquel momento. Siguen ellos pensando en la necesaria purificación. ¿Andaremos nosotros incluso entre nuestra propia iglesia un poco con esos criterios de purificación, en que al menos tenemos que dar una buena apariencia externa?  Por eso cuando llegan a casa piden explicación.

También nosotros en muchas cosas nos queremos dar nuestras explicaciones y necesitamos escuchar más a Jesús. ‘¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro…’

¿Qué es lo que destruye nuestras buenas relaciones y la buena convivencia entre unos y otros? ¿Qué es lo que rompe la paz y la armonía entre las personas? Examinemos toda esa lista de cosas que nos señala Jesús y nos daremos cuenta.

Todo eso malo que llevamos dentro es lo que está produciendo la más horrible enfermedad de nuestra humanidad, lo que nos está haciendo tan inhumanos, lo que crea esas tensiones en que vemos vivir nuestra sociedad, lo que está ahondando esos abismos en que no llegamos a entendernos. Miremos lo que sucede cada día, lo que nos muestran los medios de comunicación de tantos ámbitos de nuestra sociedad, miremos lo que son todas esas cosas que nos destrozan la familia, que rompen amistad, que distancian a los vecinos.

Purifiquemos el corazón, sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro. Vayamos hasta Jesús, escuchémosle, dejémonos sanar por El.

martes, 17 de octubre de 2023

Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 


Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

‘Ven a comer a casa’, seguramente nos habrá invitado de forma inesperada alguien alguna vez; quizás quería hablar con nosotros, ofrecernos un signo de amistad y de respeto, fue tras un momento de encuentro inesperado en que se reavivaron viejos recuerdos, muchas y diversas motivaciones para esa invitación, a la que aceptamos gustosos. Ocasión para la reactivación de una vieja amistad, ocasión para un mutuo conocimiento del que nacerá quizás un nuevo aprecio, no queremos ver dobles intenciones ni andar con desconfianzas, aunque siempre hay gente desconfiada queriendo mirar lo que pueda haber detrás de esa invitación.

Bueno, eso fue lo que sucedió en aquel momento, en que después de haber estado Jesús enseñando a la gente aquel fariseo se le acercó para invitarlo a comer a su casa. No solo comía Jesús con publicanos y pecadores, sino que le veremos en distintas ocasiones comiendo en casa de fariseos o de gentes principales de la ciudad.

Jesús conocía muy bien los protocolos que se gastaban los fariseos a la hora de las comidas – aunque algunas veces los veamos a empujones queriendo escoger los mejores puestos alrededor de la mesa a la hora de la comida – sobre todo en referencia a las purificaciones y lavados de manos antes de sentarse a la mesa. Pero vemos que Jesús ahora se los salta, aunque sabía bien que los comensales andaban al acecho. ‘El fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer’, nos comenta el evangelista.

Jesús era consciente de ello, aprovecha la oportunidad para dejarnos su mensaje. ¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Dónde podemos encontrar lo que nos llena de impureza y de pecado? ¿Simplemente en dejar de lavarse las manos antes de comer? Ya será un mensaje que nos repite el evangelio en distintas ocasiones. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad…’ ¿No os importa estar peleándoos por los puestos de honor en la mesa, con lo que eso entraña de violencia y mala convivencia, y andáis preocupados por lavaros las manos? Muy brillante la copa y el plato por fuera, pero dentro la malicia del corazón.

¿De qué en verdad tenemos que preocuparnos? De aquello que va a llenar de maldad la vida, de aquellas actitudes y posturas con las que vamos rompiendo la convivencia con los demás, de lo que nos impide tener paz dentro de nosotros para que podamos tener paz también con los demás, de ese egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y de esos orgullos que nos aíslan y que nos separan, o de esas sospechas y malas intenciones con que discriminamos a los que están a nuestro lado, de esa vanidad que crea una falsa aureola a nuestro alrededor y que nos impide acercarnos con sencillez a los demás o que pone barreras para que los otros puedan acercarse a nosotros. Son las cosas que en verdad hacen impuro nuestro corazón.

De eso es de lo que tenemos que lavarnos, de lo que tenemos que purificarnos. Para podernos sentar a la misma mesa lo que necesitamos esta apertura y esa pureza del corazón para que se logre lo que un banquete tiene que en verdad significar. Sentarnos a la mesa, no es solo comer unos alimentos, sino entrar en comunión con los demás, con los que están sentados al lado nuestro. Qué mal lo pasaríamos sentados en una misma mesa si no queremos conocernos y entrar en comunión los unos con los otros.

Qué triste es que se vea una aislado y solo cuando está sentado a la misma mesa con otras personas. Es lo que muchas veces estamos reflejando en la vida. Y cuidado que cuando nos sentamos a la mesa del Señor, en la Eucaristía, permitamos que haya personas que están solas, personas que no se sienten a gusto en aquel momento porque no han entrado en comunión con aquellos que están celebrando la misma Eucaristía.

¿Nos estará invitando Jesús a que vayamos a comer con El? ¿Cuáles serían las verdaderas actitudes para aceptar esa invitación del Señor?


viernes, 1 de septiembre de 2023

No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor



 No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor

1 Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Para vivir no hace falta tanto. Expresiones así escuchamos algunas veces, desde el que se contenta vivir malamente, sin salirse de sus rutinas, y no tienen ansias de nada y se contenta con ir arrastrándose por la vida; pero son también los de la ley del mínimo esfuerzo, para que voy a andar agobiado, para que tengo que esforzarme tanto, para qué tengo que tener que estar estudiando tanto, porque, dicen, que ellos ven quienes no saben nada y les va bien en la vida, y no se preocupan por prepararse, de formarse para crear o alcanzar un futuro mejor; pero están también aquellos a los que lo único que les preocupa es pasarlo bien, divertirse, estar a la última, pero viven la vida con un vacío interior muy grande. en muchos que piensan de una manera semejante podríamos pensar, para vivir no hace falta tanto.

¿Cuáles son los resultados? ¿Cuál es el sentido de vida que tienen? ¿Qué frutos van teniendo en la vida? Que cada uno juzgue, analice, compare, vea cual es su realidad. Es tanta nuestra pereza en ocasiones que ni eso somos capaces de pensar.

hoy Jesús nos está previniendo frente a actitudes asó que se convierten en malas costumbres en nuestra vida o nos llenan de rutinas y de vacío interior. Cuidado que nos sucede que no somos capaces de llenar nuestra vida con nada. Nos propone una parábola en la que parte de lo que eran las costumbres de la época. Era una boda y sus amigas habían ido a acompañarla; ahora tocaba salir al encuentro del novio que llegaba para la boda, pero había que llevar unas lámparas para iluminar el camino. Bueno, pensaban algunas, el camino no es largo, no va a tardar en venir con que llevemos la lámpara será suficiente. Pero no fueron previsoras de los imprevistos que pudieran surgir.Y es lo que pasó. Pensaban que con el aceite de la lámpara era suficiente y algunas no se preocuparon de llevar aceite de repuesto.Y a la hora de la llegada del novio se quedaron a oscuras; ya no tuvieron tiempo de buscar nuevo aceite y se quedaron sin poder entrar al banquete de bodas, que además se vería mermado en su iluminación.

Los que decían que para vivir la vida no hace falta tanto. Los que vamos por la vida al salto de mata, como se suele decir, a vivir solo lo del momento, sin previsiones de futuro, pero sin haberse cultivo interiormente para poder ser algo de verdad en la vida. La apariencia de la lámpara bonita, pero que no ilumina porque no tiene aceite. Los que nos falta esa interioridad en la vida y vivimos en la superficialidad y en la rutina. Los que no nos hemos preocupado de poner sólidos cimientos a ese edificio de la vida, y vendrán luego los vientos y las avenidas de agua y los barrancos lo arrastrarán todo porque no tenemos raíces que nos tengan bien anclados en la vida.

Es la superficialidad con que se vive la vida; es la huida del esfuerzo y del sacrificio; es la pérdida de valores que nos den riqueza interior pero también de metas en la vida que nos hagan soñar y tener aspiraciones a algo más alto y más grande; es la rutina que nos hace perder la ilusión y nos adormece y nos creemos que eso es lo de una vida tranquila y en paz; son las penumbras que tantas veces nos acompañan y nos perdemos y no sabemos encontrar el camino.

Qué importante y necesario saber cultivarnos por dentro para poder tener esa fortaleza interior. Qué importante esa búsqueda constante que tenemos que hacer que nos impulse a superarnos y a crecer, a madurar en la vida para poder dar los mejores y más sabrosos frutos; qué importante dejarnos envolver por esa mirada de Dios que nos llena de luz, que nos impulsa siempre a algo nuevo y mejor; qué importante escuchar esa voz de Dios en lo secreto de nuestro corazón que hará que nos estemos preguntando y planteando con verdadera madurez el sentido de nuestra vida.

 


domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

sábado, 17 de junio de 2023

Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

 


Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

Corintios 5, 14-21; Sal 102; Lucas 2, 41-51

¡Qué archivo más grande tienen las madres guardado en su corazón! Toda una biblioteca. Y casi tenemos que decir que se las saben todas. En silencio escuchan y contemplan. Es lo que nosotros les contamos, es lo que ellas intuyen con ese corazón de madre. Esperamos muchas veces una palabra de la madre, aunque no nos guste lo que nos dicen en muchas ocasiones – ahí están nuestros orgullos y nuestras rabietas de niño que nos molesta la verdad -, se lo agradecemos.

Pero muchas veces callan, sufren en silencio, nos acompañan de lejos o de cerca, pero sabemos que siempre nos tienen en el corazón, miran, no dicen nada, pero sabemos que están ahí y comprenden hasta la incomprensible, conocen hasta lo que nosotros guardamos más secreto, es la madre que nos ama, que está a nuestro lado, no solo nos dio la vida un día cuando nos trajo a este mundo, sino que está dispuesta a darla cuantas veces haga falta.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el Corazón de María, y he querido comenzar con esta pequeña reflexión que quiere ser como un homenaje a la madre que no terminamos de agradecer cuanto hace por nosotros. He querido comenzar con un recuerdo de nuestra madre de la tierra pero es que hoy quiero contemplarla al lado de María, nuestra madre del cielo. Porque estamos queriendo contemplar también su corazón de madre.

Ese corazón de María, igual que hacen todas las madres, en el que iba guardando todo cuanto iba sucediendo en torno a Jesús. Así nos lo dice el evangelio hoy, pero en algún otro momento se nos dice, pero muchas veces se intuye.

Hemos escuchado el relato del evangelio; Jesús que se ha quedado en el templo cuando sus padres se disponían en caravana regresar a su pueblo tras la fiesta de la pascua. Una caravana no solo de la gente de Nazaret, familiares y convecinos todos, pero que probablemente se uniría a las de otros pueblos cercanos de Galilea para hacer el camino juntos evitando también peligros. Jesús podría estar entre tantos que hacían el camino, como suele suceder en los muchachos sobre todo cuando van entrando en la adolescencia. Concluida la primera jornada de camino al reunirse en el atardecer por familia, allí no aparece Jesús. Comprendemos los momentos de dolor de unos padres, comprendemos la espada de dolor que comenzaba a taladrar su corazón de madre. Se van cumpliendo los anuncios proféticos del anciano Simeón.

De vuelta a Jerusalén en nueva jornada de camino al tercer día lo encuentran entre los doctores y maestros de la ley en los soportales del templo donde se reunían para enseñar a la gente; y allí está Jesús en diálogo con los doctores, de manera que incluso el evangelista nos resaltará que la gente estaba admirada de la sabiduría de Jesús, un adolescente aún de doce años.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’. Es la queja, la reprimenda normal de la madre. Pero aquí está Jesús que está manifestando su madurez humana con su respuesta. ‘¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’. No hay más palabras. El silencio es lo que queda. El silencio de una madre que va rumiando en su corazón las palabras de su hijo. Es algo que María sabe hacer.

Cuando el ángel llega hasta ella con el anuncio del gran misterio, María también se quedó en silencio rumiando en su interior el significado de aquellas palabras. Ahora nos dice el evangelista que María guardaba todo esto en su corazón. Los archivos de María donde va sumando lo que son las maravillas del Señor. ‘El Todopoderoso ha hecho en mi cosas grandes’, había dicho un día en un cántico de alabanza.

Ese cántico se continúa cantando porque María en el silencio de su corazón sigue cantando al Señor. Es ahora, pero será el seguimiento que como Madre va haciendo de su hijo. Pasa desapercibida, como saben hacerlo las madres, pero ahí estará siempre María; la veremos aparecer en el evangelio en momentos puntuales, pero el corazón de María se iba ensanchando porque aunque grande era su fe y su amor, iba aprendiendo del amor.

Así contemplamos hoy el corazón de María, deteniéndonos en el pasado del evangelio que nos ofrece la liturgia, pero así es como contemplamos a aquella que nos metió a todos en su corazón de Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dirá en lo alto del Calvario, y ya para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios, porque sentimos los latidos del corazón y del amor de María.

 

jueves, 10 de noviembre de 2022

No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 


No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

En los años de nuestra vida seguramente  habremos escuchado en alguna ocasión relatos de cosas extraordinarias que suceden en algún sitio como supuestas apariciones o hecho milagrosos; habremos visto cómo la gente pronto reacciona ante esas cosas y no es difícil ver a peregrinaciones – por llamarlo de alguna manera – de gentes que vienen de distintos lugares para contemplar aquel espectáculo, el lugar de aquel hecho milagroso, o acaso sentirse beneficiario del mismo.

La gente se mueve por lo extraordinario, la gente corre de un lado para otro buscando el milagro, nos movemos por las cosas extraordinarias, estamos siempre a la búsqueda del milagro. Sin querer quitarle el valor que pueden tener los santuarios que se levantan en distintos lugares recordando supuestos hechos milagrosos o apariciones sobrenaturales, fijémonos cómo fácilmente nos quedamos con esas manifestaciones externas y nos olvidamos que donde hemos de sentir de verdad la presencia de Dios es en nuestro interior, en nuestro corazón.

Buscamos el milagro, pero nos olvidamos del cambio que tendría que producirse en nuestro corazón. Vamos a esos lugares y queremos traernos el objeto milagroso, ya sea el agua de la fuente, ya sean las reliquias de unos santos que queremos llevar como talismanes que nos libren o nos prevengan de los males de la vida. Pero ¿nos hemos traído el recuerdo de la Palabra de Dios que hemos plantado en nuestro corazón? ¿Hemos llegado a vivir una experiencia viva de la presencia de Dios que transforma nuestros corazones? Eso no sigue sucediendo hoy como ha sucedido siempre a lo largo de los tiempos.

A esto nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. La gente le pregunta por la llegada del Reino de Dios, que El tanto venía anunciando – el evangelio es el anuncio de esa Buena Noticia de que llega el Reino de Dios y la fe que se ha de suscitar en nosotros – y El les responderá que ‘el reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros… Entonces se os dirá: Está aquí o Está allí; no vayáis ni corráis detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día’.

Nos está describiendo Jesús lo que luego se ha venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los tiempos, pero como nos dice ‘el reino de Dios está en medio de vosotros’. A veces da la impresión que el Reino de Dios lo convertimos en cosas que hacer o cosas que suceden, y es cierto que la presencia del Reino de Dios se ha de manifestar en nuestras vidas y también en la transformación que vamos realizando de nuestra sociedad, pero el Reino de Dios es algo superior a todo eso, porque tiene que partir de lo que en verdad vivamos en nuestro interior. Por eso es ahí en nuestro interior donde en verdad tenemos que buscarlo, es ahí en nuestro interior donde vamos a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, convirtiéndolo en el único Señor de nuestra existencia.

No es ir, entonces, de acá para allá, no es ir buscando esos lugares milagrosos donde palpemos externamente lo sobrenatural; nos pueden ayudar los lugares cuando nos ayudan a interiorizar, a buscar esa paz interior, a abrirnos a la palabra y a la gracia de Dios; pero no será el lugar, sino que ha de ser siempre ese sentir esa presencia de Dios en nuestra vida.

Ese es el gran milagro, no el que nos curemos de tal o cual enfermedad o limitación, no el que busquemos tener suerte en la vida y vamos a ver si nos toca la lotería, es esa transformación de nuestra vida llenándonos de paz, llenándonos de serenidad interior, sintiendo que quien en verdad es curado somos nosotros en nuestro interior cuando llegamos a arrancar tantas sombras y cosas negativas que nos llenan de oscuridad. Ese tiene que ser el verdadero milagro, no el que nos traigamos objetos milagrosos como recuerdos y talismanes contra el mal, sino la gracia de Dios que ha llegado a transformar nuestra vida, nuestro corazón.

domingo, 16 de octubre de 2022

En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 


En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

La vida se nos convierte muchas veces en una batalla. No es fácil. Quisiéramos que se convirtiera en un camino de rosas; y cuando decimos esto estamos pensando en facilidades, suavidad en los pasos y perfumes, pero nos olvidamos que esas rosas tienen espinas; por eso aunque quisiéramos que fuera un camino de rosas tenemos que ser conscientes que las espinas no nos van a faltar en la vida.

Son las luchas en nuestra propia superación personal; es la lucha en los contratiempos que vamos encontrando porque todo no nos sale como son nuestros deseos; es el encuentro y la convivencia con los demás que se nos puede hacer costosa en ocasiones; son todos esos problemas que nos van apareciendo y que entrañan dificultad, oposición, nadar contra corriente, sueños o metas de otros que chocan con los nuestros, el egoísmo o el orgullo que se nos mete a todos por dentro y nos dificulta el camino porque nos dificulta la relación, porque nos hace tropezar tantas veces en ese camino.

¿Imposible llegar hasta una meta final, a la consecución de unos objetivos? La batalla tiene que ser perseverante, no nos pueden fallar las fuerzas; hablamos de nuestra fuerza interior, de la fuerza de nuestra voluntad nos hace conseguir aquello que nos proponemos; pero algunas veces esas fuerzas nos pueden fallar. ¿Imposible entonces? No podemos dar las cosas por imposible. ¿Con qué fuerzas vamos a contar para mantener esa necesaria perseverancia?

Nuestra riqueza y nuestra fuerza no están solo en nosotros mismos. Es cierto que tenemos que creer en nosotros mismos, tener optimismo y confianza para mantener la lucha. Pero hay algo que nos supera, algo que solo podemos conseguir con la fuerza que nos viene de lo alto. Me estoy haciendo esta reflexión, yo como creyente, y en medio de un ambiente de creyentes, como son los que siguen las reflexiones cada semana de estas semillas de cada día. Tenemos que aprender a contar con Dios.

Esto es lo que nos viene a enseñar la Palabra de Dios que en este domingo escuchamos. Tenemos que buscar la piedra en la que nos apoyemos cuando nos faltan las fuerzas, o los brazos que nos ayuden a mantener nuestros brazos en alto, siguiendo la imagen que se nos ofrece del Moisés orante en lo alto de la montaña mientras el pueblo lucha en su avance hacia la tierra prometida.

Caminaban con una esperanza, a pesar de que no faltaban dificultades en el camino que era especialmente duro por el desierto que atravesaban. Porque confiaban en la Palabra de Yahvé mantenían vivo su esfuerzo, aunque muchos fueron los momentos de flaqueza que tuvieron en aquel largo recorrido de cuarenta años. Hoy se nos habla de aquellas luchas contra los amalecitas, aquellos pueblos que se interponían en su camino, pero es imagen de todo lo que fue el recorrido por el desierto hacia la tierra prometida. Imagen también de lo que es nuestro camino en el que tantas veces nos faltan las fuerzas, nos vemos desfallecidos y poco menos que vencidos, en todos aquellos aspectos de los que ante hablamos. Pero hemos de levantar los ojos al cielo, y es una forma de hablar, para sentir como Dios está con nosotros, Dios está en nuestro corazón, Dios es que nos mantiene en nuestro camino. Es a El a quien tenemos que saber acudir, con quien saber contar.

Es la imagen que se nos ofrece en la parábola del evangelio. Ese juez que no quería escuchar las peticiones de la viuda es imagen de todo ese tropiezo que vamos a encontrar en nuestro camino. Por mucho que busquemos lo bueno, por mucho que queramos superarnos, por mucho que queramos sortear las dificultades, ahí tenemos siempre algo en contra. Pero es hermosa la imagen de la perseverancia de aquella mujer que no se cansa de pedir. Es la imagen de lo que tiene que ser nuestra perseverancia, de la confianza que hemos de tener de que podemos avanzar, de que podemos conseguir aquello que anhelamos, es la imagen de quien cree en sí mismo pero no porque se sienta autosuficiente sino porque sabe que no le faltará la fuerza del Señor. El siempre nos escucha.

Se nos está hablando de la perseverancia en nuestra oracion – ya Jesús nos dice que oremos sin desfallecer, que pidamos porque seremos escuchamos, que llamemos porque seremos atendidos – pero se nos está hablando de esa fuerza interior que con la presencia del Señor en nuestra vida vamos a sentir. Aunque todo te parezca oscuro ponte en su presencia y sentirás la paz en tu interior, habrá una luz que llegue a tu vida, habrá algo que vas a sentir que te hará vivir con confianza de una forma nueva.

martes, 11 de octubre de 2022

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

 


Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Dicen que hay que cuidar mucho la presentación. Nos lo decían de estudiantes cuando teníamos que presentar un trabajo, en el que por supuesto teníamos que preocuparnos del contenido, porque eso era lo esencial, pero nos decían también que la presentación puntuaba. Algunas veces podíamos descuidar los contenidos preocupándonos excesivamente de la presentación.

Cuidamos en la vida mucho la presentación y no solo ya de las cosas, sino que nosotros mismos, porque nos cuidamos de no dar mala imagen; hay quien se preocupa hasta el exceso de vestidos y tocados, de combinaciones de colores que estén a juego, o de la buena cara que tenemos que poner y así no sé cuantas cosas. Hoy que nos relacionamos mucho por las redes sociales y solo nos conocemos por aquella imagen que demos con la fotografía que pongamos, o con los mensajes que trasmitamos, hay gente que te dice ya de entrada apenas te ve una ve que está muy bien, que le gustas, que quiere ser amigo tuyo, y no sé cuantas cosas más.

Pero ¿podremos conocer a las personas así a lo tan ligero? ¿No podría suceder como con aquellos trabajos de los que hablamos al principio esta introducción en que se nos decía que teníamos que cuidar la presentación, pero quizás nosotros nos olvidábamos del contenido que tendría que tener nuestro trabajo? ¿Andaremos muchas veces con demasiada superficialidad, solo desde lo externo sin llegar a conocer de verdad el corazón de las personas? Estas cosas tendrían que darnos para pensar. ¿Qué es lo que realmente buscamos?  ¿Qué es lo que de nosotros mismos estamos ofreciendo a los demás?

Cuando no somos capaces de darle profundidad a nuestra vida nos volveremos quisquillosos para con los demás; nuestra mirada se vuelve también superficial; nos quedamos en la vanidad de las apariencias pero al mismo tiempo nos volvemos crueles en nuestro juicio de los otros. Aquello que no somos capaces de tener en nosotros mismos sin embargo quizá se lo exigimos a los demás y lo criticamos en los otros. Por eso hemos de tener mucho cuidado con los juicios que hacemos, porque quizás nos estamos delatando de la pobreza y del vacío que llevamos y que hay dentro de nosotros.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que alguien invita a Jesús a comer a su casa. Parece una cosa buena, pero la actitud que lleva en su interior le está delatando porque pronto se pone a hacer juicio de la manera de actuar de Jesús. ‘Se sorprendió de que Jesús no se lavara las manos antes de comer’. Era, parece, lo importante para él, que podía estar incluso por encima de aquel gesto de hospitalidad que estaba ofreciendo por otra parte a Jesús al invitarle a comer. ¿Qué era realmente lo más importante en aquel momento? ¿Importaba la persona a la que estaba acogiendo en su casa o era más importante el rito de lavarse las manos en sus afanes purificatorios? ¿No está manchando realmente su corazón con aquel juicio que en su interior estaba haciendo del mismo Jesús?

Jesús lo desenmascara. Le dais más importancia a lavar los vasos y los platos por fuera que lo que pueda haber en el interior, le viene a decir Jesús. La presentación, pero no el contenido, como decíamos antes. Jesús le da más importancia al contenido del corazón. ‘Dad limosna de lo que lleváis dentro, y lo tendréis limpio todo’, les dice Jesús.

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros, y de ahí vendrá el respeto y la valoración que tengamos de los demás, ahí estaremos descubriendo también toda la riqueza interior que puede tener el otro y que nos enriquece a nosotros también.