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domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

 

lunes, 6 de mayo de 2024

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

 


Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Nos lo habían dicho y no nos lo habíamos creído.  Alguna vez nos habremos hecho este comentario, agradeciendo a aquella persona buena que nos predijo lo que nos había de suceder aunque entonces no le hicimos mucho caso. Siempre hay personas que tienen como visión de futuro, o que desde su experiencia saben lo que suele suceder, quienes saben hacer una lectura crítica de la vida y aunque ahora podamos ver muchos triunfos o muchas cosas que nos parecen bien saben que eso va a cambiar, que nos podremos encontrar con situaciones bastante diferentes. Pero aquello que nos dijeron nos hace ahora sentirnos más seguros, parece como si una presencia invisible está con nosotros.

Es lo que Jesús está haciendo con sus discípulos, está haciendo con nosotros. Nos da la confianza de que no estaremos solos. Con nosotros estará la fuerza de su Espíritu. Nos lo ha prometido muchas veces. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Podemos sentirnos seguros, podremos dar nuestro testimonio con toda valentía. Aunque a veces parece que aflojamos, que se nos turbia la vista, que nos entran de nuevo miedos y cobardías, que nos pueden los cansancios.

Pero no podemos sentirnos confundidos, tenemos que sacar a flote toda nuestra fuerza interior, que no es solo nuestra buena voluntad, sino el Espíritu que va creciendo dentro de nosotros y dándonos fortaleza, la valentía que necesitamos. Porque nos encontramos muchas veces en encrucijadas en las que no sabemos que hacer, qué postura tomar, en confusiones que el espíritu del mal va también metiendo dentro de nosotros haciendo aflorar esas desconfianzas y dudas.

Jesús nos ha hablado claro y no siempre queremos entender. No es cuestión de tomarnos las cosas al pie de la letra con radicalismos que a nada nos llevan, pero sí saber leer esos acontecimientos con que nos vamos encontrando y que son de los que nos ha hablado Jesús. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí’.

Los primeros cristianos vivieron eso en la oposición que de los mismos judíos recibieron. Pero esto tenemos que traspasarlo a las situaciones que vivimos hoy día, en las incomprensiones de cuantos nos rodean, muchas veces de los más cercanos que no entienden nuestra fe, que no entienden nuestros compromisos con la iglesia o con los demás. Pero es el ambiente del mundo en que vivimos donde se va perdiendo el sentido de lo religioso, donde lo que les suene a cristiano, a Cristo, a la Iglesia no les dice nada, porque lo ven quizás como algo trasnochado. Es ese mundo que presenta otros valores, otras maneras de entender la vida y que muchas veces nos confunden porque todo nos parece bueno.

Y es ahí donde tenemos que en verdad fortalecernos por dentro, sentir cómo el Espíritu del Señor actuar en nuestro corazón y nos hace ver la realidad y la bondad del Evangelio de Jesús del que no podemos desertar, que no podemos abandonar. Habrá momentos en que nos sentimos quizás confusos por dentro porque haya cosas que no nos convencen, haya ejemplos que no son buenos, haya decisiones que nos cuesta aceptar, pero tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu para que El sea quien en verdad nos guíe y nos fortalezca, nos lleve a ahondar cada vez más en nuestra fe y prepararnos mejor para poder dar respuesta a tantos interrogantes que el mismo mundo nos presenta.

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece. ‘Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’,  nos dice hoy Jesús.

 

sábado, 20 de abril de 2024

Seamos capaces de dar ese paso adelante y repetir con todas sus consecuencias estas palabras de Pedro porque Jesús también tiene para nosotros palabras de vida eterna

 


Seamos capaces de dar ese paso adelante y repetir con todas sus consecuencias estas palabras de Pedro porque Jesús también tiene para nosotros palabras de vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Salmo 115; Juan 6, 60-69

Siempre encontraremos una excusa – que en sí misma tendrá más o menos valor, pero que a nosotros nos parece válida – para echarnos atrás cuando nos parece que las exigencias o los compromisos a los que nos llevan, nos parecen excesivos para lo que nosotros seríamos capaces de buenamente dar. Y es que eso de ‘buenamente dar lo que podamos’ lo llevamos demasiado metido dentro de nosotros y nos quiere valer siempre de excusa. No queremos llegar tan lejos; queremos mantener siempre nuestras reservas para nosotros, por si acaso, decimos; siempre queremos guardar un as en nuestra manga, por si acaso las cosas no salen como habíamos soñado.

¿Andarían por esas aquellos judíos de Cafarnaún que han venido escuchando a Jesús - y fueron ellos los que vinieron buscándoles y hemos de reconocer por sus intereses – y ahora les parecen duras las palabras de Jesús y por eso le abandonan y no quieren seguirle?

No sé si era tanto por aquello que había dicho Jesús de que había que comer su carne – cosa que comprendemos les pareciese dura – o realmente iban comprendiendo que eso de seguir a aquel predicador, aquel profeta de Nazaret que por allí había aparecido tenía muchas exigencias, muchas eran las cosas que había que cambiar en su mentalidad, con muchas cosas tendrían que romper en sus rutinas y costumbres, si en verdad querían ser discípulos suyos con todas sus consecuencias.

Y eso que ellos aun quizás no sospechaban los sumos sacerdotes y los dirigentes del pueblo estaban comenzando a tramar contra Jesús. Algún as tenían ellos que guardarse en la manga. Mas tarde veremos que incluso aquellos que le habían sido más fieles y con El habían subido a Jerusalén para aquella pascua, comenzarían también con sus traiciones y negaciones, comenzarían a huir a la espantada como sucedería en Getsemaní, y también andarían ocultos por miedo a los judíos, como se habían encerrado en el Cenáculo.

Por eso veremos a aquellos posibles discípulos de Cafarnaún se echan atrás y ya no quieren seguir a Jesús. ¿Sería ya un anticipo de lo que iba a suceder en las calles de Jerusalén que gritarían contra Jesús pidiendo su crucifixión y su muerte aunque días antes le habían aclamado como el que venía en nombre del Señor? Así andaban entre dudas y miedos, entre interrogantes que siempre los había por dentro, y desconfianzas que les hacían pensarse las cosas. ¿Podremos llegar más allá? ¿Qué de nuevo nos pedirá Jesús? ¿Hasta dónde van a llegar nuestros compromisos? ¿Seremos capaces de seguir manteniendo la vela al lado de Jesús?

Como andamos nosotros también tantas veces en la vida, que nos dan ganas de echarnos atrás y abandonarlo todo, soñando a veces con posturas más cómodas y que no tengan tantas exigencias, pensando que el mundo nos está ofreciendo tantas cosas que nos atraen y muchas veces no sabemos que hacer.

Hoy de nuevo Pedro es el que se adelante, da el paso al frente, se atreve a hablar en nombre de los demás, aunque él luego también tendrá momentos de flaqueza, también se dejará dormir en lugar de estar atento y vigilante, se atreverá incluso a meterse en la boca del lobo, pero ahora hará una hermosa confesión de fe. ‘¿A quién vamos a acudir si solo tú tienes palabras de vida eterna?’

¿Seremos nosotros capaces de dar también ese paso adelante y repetir con todas sus consecuencias estas palabras de Pedro?


miércoles, 13 de marzo de 2024

Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

 


Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

No nos gusta ser los olvidados. Ni de la familia, ni de los amigos, ni de aquellas personas que apreciamos y, en cierto modo, tampoco de aquellos con los que nos relacionamos en la vida, ya sea por la convivencia, por las relaciones de vecindad, o por razones laborales.

¿No nos quedamos los vecinos de un lugar determinado, un barrio, un sector de la ciudad, que las autoridades se han olvidado de nosotros porque no atienden nuestras demandas o necesidades? ¿Cómo reaccionamos ante un amigo al que hace tiempo que no veíamos y que de alguna manera se había distanciado la relación? Ya te olvidaste de los amigos, es casi lo primero que le decimos cuando nos reencontramos de nuevo.

Y lo mismo nos sucede en nuestras relaciones familiares y suele ser la queja más común, o de los padres que dicen que sus hijos ya no se acuerdan de ellos, o los hijos por el contrario con la misma queja contra los padres, ya no te acuerdas de mí.

Ese recuerdo que queremos que se mantenga dice mucho de cómo nos sentimos y cómo nos sentimos necesitados los unos de los otros, de su cariño, su presencia, su valoración, el tenernos en cuenta y así mucho más. Y tenemos que decir en el ámbito religioso que es algo que aparece en nuestra relación con Dios, en nuestras prácticas religiosas. Dios no nos escucha, decimos con tanta facilidad tantas veces. Claro que también tendríamos que preguntarnos si nosotros escuchamos a Dios. ¿Nos sentiremos acaso en alguna ocasión olvidados de Dios? ¿O será más bien que Dios es el olvidado de nosotros porque somos nosotros los que realmente no le tenemos en cuenta?

Me estoy haciendo esta consideración que a la larga tendría que llevarme a analizar detenidamente nuestra relación con Dios, desde el texto maravilloso que nos ha ofrecido hoy el profeta. El profeta está hablando a un pueblo que no lo está pasando nada bien; probablemente se trate de la época del exilio a Babilonia y el profeta trata de levantar el animo a aquel pueblo desesperanzado porque se van a abrir caminos por el desierto para un nuevo éxodo, para una nueva vuelta a su tierra desde el lugar del destierro. ¿Se sentían abandonados de Dios? La situación que vivían no era fácil, pero el profeta viene a decirles que Dios no los olvida, que Dios no los abandona, y termina con ese maravilloso texto que nosotros también hemos de escuchar con corazón abierto y con corazón humilde y agradecido.

‘Exulta, cielo, romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré’.

Una madre nunca podrá olvidar al hijo de sus entrañas. Y eso de alguna manera nos viene a decir también hoy Jesús en el evangelio. Sea cual sea la situación que nosotros vivamos en nuestra vida, ahí está El. Nunca podremos sentirnos ni abandonados ni olvidados ¿Y qué significa su presencia? Recordarnos continuamente que Dios nos ama. Para eso ha venido. Cuando de verdad lo asumamos y lo recordemos siempre, en todo momento y situación, cualquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, estaremos entrando en algo nuevo. El Reino de Dios lo llama Jesús. ‘Mi Padre sigue actuando y yo también actúo’, nos dice Jesús.

¿Qué son esos signos y señales que Jesús va realizando con su vida? Las muestras de que Dios nos ama, y porque nos ama irá transformando nuestra vida, y porque nos sentimos amados comenzamos nosotros a dejarnos transformar nuestra vida. ¿No nos ha pedido Jesús desde el principio que tengamos fe y que transformemos nuestro corazón? Acaso somos nosotros los que olvidamos esta invitación y esta llamada de Jesús. Pero aunque nosotros en la práctica tantas veces lo neguemos, como nos diría san Pablo, El no puede negarse a sí mismo, y siempre será fiel en el amor que nos tiene.

¿Qué más necesitamos nosotros para comenzar a dar respuesta a ese amor de Dios? Sigamos con nuestro programa de Cuaresma y podremos llegar de verdad a la Pascua.


domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

lunes, 22 de mayo de 2023

Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

 


Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Nos sucede muchas veces y en las más variadas situaciones; no quiero con lo que voy a decir echar un jarro de agua fría sobre nuestros entusiasmos, pero detrás de la euforia de un entusiasmo puede venir pronto el enfriamiento de aquel primer entusiasmo y termine todo, como se suele decir, como el rosario de la aurora, nos perdemos, nos dispersamos, abandonamos porque nos sentimos hundidos, cansados, defraudados. Muchas amistades que comenzaron con mucho entusiasmo, prometiéndonos amistades eternas, pronto pueden comenzar los distanciamientos, la incomprensión,  la perdida de aquel primer fervor. Muchas cosas que iniciamos con muchas ganas pensando que ya tenemos la solución para todo y tenemos el mundo ganado, pronto vemos que la realidad no es tal, que las dificultades parece que crecen cada día, y podemos tener el peligro de abandonar pronto.

No es solo ese fervor inicial el que va a ayudarnos a mantenernos firmes y fieles, se necesita algo más, una convicción más profunda, una reflexión más hondo sobre la realidad, un estudio más detallado de lo que vamos a hacer con sus pro y sus contra, siendo conscientes de las dificultades que vamos a encontrar, como de la riqueza que vamos a encontrar y por la que merece la pena toda clase de sacrificios. La perseverancia es un valor necesario a tener en cuenta, como el tener muy claro a lo que nos vamos a enfrentar. Necesitamos, de alguna manera, prepararnos.

Esas cosas nos pasan también en el ámbito de la fe, de nuestra vida y prácticas religiosas, como de todo lo que es y significa nuestra vida cristiana. Es para lo que Jesús está preparando a los discípulos en aquel, llamémoslo así, discurso de la ultima cena. Son los acontecimientos que ya de inmediato se van a suceder a partir de la traición de Judas y del prendimiento en el huerto, pero la Palabra de Jesús sigue siendo viva y sigue resonando en nuestro corazón a lo largo de la historia y de todos los tiempos.

Y de ello Jesús les está hablando ahora claramente. Van a dispersarse, a huir y a dejarlo solo. Será lo que suceda en el huerto aquella noche. Van a aparecer los miedos y las cobardías cuando antes habían prometido tantas fidelidades y defensas, y unos se refugiaron en el cenáculo con las puertas bien cerradas, y quien se siente más valiente y se atreve a llegar al patio del sumo pontífice para ver en qué va a acabar aquello, terminará negándole ante las preguntas de unos criados porque lo delata su acento y alguien ha llegado a verlo en el huerto cuando incluso a pretendido defender a Jesús con una espada.

‘Pues mirad, les dice Jesús, está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. A Pedro que tanto porfía por estar al lado de Jesús, le dirá que antes que el gallo cante dos veces, le habrá negado tres.

Pero las palabras de Jesús no son para el desaliento, no son una regañina o un echar en cara. Jesús quiere algo distinto. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Son palabras de aliento, son palabras para inspirar confianza, son palabras que ayudan a mantener la paz en el corazón.

Vendrán las flaquezas y las debilidades, pero no habrán de perder la paz. Serán fuertes las luchas, pero no nos tiene que faltar valor porque con Cristo la victoria está asegurada. Su muerte no será una derrota ni un fracaso, será un camino de vida porque será siempre un camino de amor. Y a Jesús le podremos contemplar vivo y resucitado. Es la victoria de Cristo que nos asegura también nuestra victoria.

El eco de las palabras de Jesús sigue llegando hoy a nuestros corazones, que también muchas veces se pueden ver turbados en medio de nuestras luchas. Tenemos abierto ante nosotros un camino de esperanza. No perdamos el entusiasmo, perseveremos, porque el que persevere hasta el final vencerá, alcanzará también la victoria.

jueves, 18 de mayo de 2023

No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, porque sería el testimonio con que daremos razón de nuestra fe y nuestra esperanza a mundo que nos rodea

 


No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, porque sería el testimonio con que daremos razón de nuestra fe y nuestra esperanza a mundo que nos rodea

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

No son un juego de palabras, pero sí son palabras que nos desconciertan, nos producen inquietud, desasosiego, tristeza, aunque quieren provocar alegría. De ahí ese desconcierto. Nos hablan de que tiene que irse, pero de que vuelve, nos presagia momentos duros que nos harán sufrir, pero nos dice que luego vendrá una alegría más plena.

‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver…’ Se preguntan los discípulos porque no entienden, y Jesús sabe que ellos están desconcertados, por eso terminará diciéndoles ‘vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. ¿Cómo será posible todo esto?

El momento es inminente y, podríamos decir, que la tragedia se presiente. Dentro de un momento ellos mismos lo abandonarán y lo dejarán solo; antes mientras estaban en el huerto se dormirían y no serían capaces de aguantar despiertos y orar como Jesús les había pedido. Vendrán luego esos momentos tristes de la pasión y de la muerte en la cruz, con todo el drama que supuso para ellos esa situación. Estaba también en juego la incertidumbre de sus propias vidas, ante lo que podía suceder. Por eso se encerrarán en el cenáculo y de allí no querrán salir, por miedo a lo que les pueda pasar. Pero esa tristeza se convertirá en alegría con la resurrección, aunque mucho les costara aceptar y entender.

Pero no nos quedamos solo en contemplar lo que entonces sucedió a los discípulos sino que eso es imagen y tiene que ser ejemplo para las situaciones difíciles que nosotros podamos pasar. Sentiremos también vacíos y soledades, nos parecerá en momentos que estamos abandonados a nuestra propia suerte; son los problemas que cada día tenemos que afrontar pero es también nuestra situación como cristianos en medio de un mundo que nos rodea y tantas veces nos parece hostil. Nos agobiamos por situaciones por las que hemos de pasar, pero es que quizás no hemos sabido hacer una lectura en nuestra propia vida de lo que vemos en el evangelio.

Tendríamos que tener muchos motivos para no perder la paz en el corazón y mantener la serenidad, para no quejarnos de que nos sentimos solos y abandonados, para no dejarnos envolver por las tristezas y por los miedos que tantos temores van produciendo dentro de nosotros. Tenemos la palabra de Jesús que nos habla de que esa tristeza tiene que convertirse en alegría; tenemos la Palabra de Jesús de que estaría con nosotros siempre hasta la consumación de los tiempos; tenemos la promesa de Jesús que derramaría sobre nosotros su Espíritu que será nuestra fuerza y nuestra sabiduría, nuestra vida y nuestro consuelo.

Pero muchas veces olvidamos la Palabra de Jesús. Por eso, cuando contemplamos un evangelio como el de hoy tenemos que saberlo leer en nuestra vida, para darnos cuenta de nuestra realidad, pero para darnos cuenta que la palabra de Jesús no nos fallará, para saber utilizar todos esos recursos de vida y de gracia que El ha puesto en nosotros. No nos puede faltar la alegría; es el testimonio más hermoso que podemos dar los cristianos, aunque haya momentos oscuros y difíciles. Así estaríamos dando razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. No nos puede faltar la alegría, no nos puede faltar la paz, y esto tienen que notarlo los que nos rodean que tanta falta tienen de una verdadera alegría, que tanto necesitan tener esperanza.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

sábado, 28 de enero de 2023

Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

 


Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Todos en la vida pasamos por distintos momentos de zozobras, donde nos vemos mal, los problemas aparecen y reaparecen cuando pensábamos que ya estaban resueltos, o nuevas dificultades aparecen cuando pensábamos que todo era un mar en calma. Son momentos difíciles, nos sentimos agobiados, no sabemos a quien acudir o tenemos quizás miedo porque desconfiamos y aquellos que nos habían prometido mucho, ahora se hacen los desentendidos; aunque sintamos a la familia cerca y que los amigos ahí están, nos parece que se desentienden, o están tan adormecidos que nos parece que no se enteran. Y así caminamos muchas veces de zozobra en zozobra.

¿Llegaremos a hacer la queja con aquellos que pensábamos que nos iban a ayudar y ahora están a lo suyo? Quizás nos la guardamos, pero en su momento la sacamos a relucir. Poco te importo yo en la vida, quizás llegamos a decirles, pero ellos nos responden que ahí estaban pero que quizás fuimos nosotros por nuestra desconfianza los que no nos decidimos a pedir ayuda.

¿Estaban así pasándolo mal aquel grupo que iba con Jesús en la barca aquel día mientras se había desatado una fuerte tormenta sobre el lago? La mayoría eran pescadores y de aquellas tierras cercanas al lago; conocerían de sobra aquellas tormentas porque ya las habrían pasado en más de una ocasión. Ahora iban con Jesús y querían tener la confianza de que le habían visto hacer cosas maravillosas; pero parecía que no se enteraba, pues dormido estaba allí en un rincón de la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ llegan ya a atreverse a decirle.

Allí estaba Jesús y no se habían atrevido a pedirle ayuda, sino ya cuando todo parecía perdido y la barca casi se hundía. Así andamos por la vida en medio de nuestras tormentas. Nos ponemos tan agobiados que no somos capaces de ver quien está ahí cerca y nos puede echar una mano. No vemos tan revueltos que habían pasado por otras tormentas, ahora con esta ya no recordamos las anteriores ni los medios que entonces tuvimos a nuestro alcance para superar aquellas duras situaciones. Así vamos de alelados en muchas ocasiones por la vida.

Y hasta nos sentimos abandonados de Dios. Parece que Dios se desentiende de nosotros, o estará allá arriba rodeado de sus ángeles y meciéndose entre las nubes; son las imaginaciones idílicas que algunas veces nos hacemos, para no reconocer que a nosotros nos ha faltado algo, a nosotros nos está faltando la fe y la confianza; a nosotros nos está faltando el empaparnos de la Palabra de Dios donde tenemos la fuente de la más hermosa sabiduría de la vida.

¿Tendrá que decirnos a nosotros también Jesús, ‘hombre de poca fe,’ porque estamos llenos de dudas también? Hombres de poca fe, es cierto, somos tantas veces en la vida; no la hacemos presente en la vida, en cada una de las situaciones que vivimos. Que no es solo acordarse de santa Bárbara cuando truena, que no es solo acudir a Dios para que nos ayude cuando nos encontramos con dificultades.

Si decimos que vivimos o queremos vivir el Reino de Dios, es porque queremos que Dios sea siempre el Rey y Señor de mi vida. En los momentos de los aplausos para agradecerle a Dios su gracia y su presencia que nos ha ayudado a salir airoso en cualquiera de los momentos de la vida; en los momentos buenos para saber dar gracias y nuestra vida se convierta en un cántico de alabanza al Señor; pero en los momentos turbios y de dificultades para sentir que no nos falta su luz, su fuerza, su gracia, su sabiduría para mantenernos en la lucha con la esperanza de la victoria; pero en esos momentos que parece que pasan indiferentes sin mayores cosas para saber descubrir esa acción de Dios, para saber descubrir esos caminos de Dios y no llegar a caer en la rutina y hasta en la desgana porque hayamos perdido la ilusión.

Dios está ahí siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía. No duerme, porque en su providencia está atento a cuando nos sucede en la vida. Aunque nos parezca que está en silencio, aprendamos a escuchar ese susurro de su voz allá en nuestro interior. Siempre será el faro que nos guía; no seamos torpes navegantes que no sepamos leer la brújula que a través de muchos signos nos va señalando siempre la ruta de nuestra travesía. No dudemos porque nunca nos faltará la luz y la señal de ese faro que pone a nuestro lado en la vida.

sábado, 21 de enero de 2023

Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

 


Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

No hace falta complicarse tanto la vida, parece que te vas a tragar el mundo, tómate las cosas con calma, despacio, que las cosas ya se irán resolviendo ¿o es que piensas que tu solo vas a salvar el mundo? Recomendaciones así seguramente habremos escuchado en alguna ocasión o más de una vez; bien porque nos las digan a nosotros porque nos ven demasiado implicados con lo que estamos haciendo o acaso sean recomendaciones que hacemos a alguien que lo vemos muy entusiasmado con lo que está haciendo y que no para ni para comer.

Se lo dijeron a Jesús. las muchedumbres se apiñaban a la puerta de la casa, en ocasiones no había ni por donde entrar, la gente venía de todas partes y Jesús no paraba, iba de un lado para otro, visitaba todas las aldeas y poblaciones sobre todo de Galilea, pero es que además ya se notaba también cierta oposición que había por parte de algunos a quienes incomodaba el actuar de Jesús, el anuncio del Reino de Dios, pero no de la revolución que quizás muchos ansiaban, los dirigentes habituales de la sociedad, muy manipuladores ellos de cuanto sucediera, como tantas veces sigue sucediendo hoy, se sentían incómodos porque sentían que muchas veces Jesús hablaba por ellos.

Pero no son esos los que quieren disuadir a Jesús de lo que está haciendo, de su predicación y de toda la tarea que va realizando, son su propia familia que, como sucede tantas veces, tienen miedo que se enferme con tanto trabajo o que pierda la cabeza, por eso hoy les vemos que vienen y tratan de convencerlo de que se vaya con ellos porque incluso llegan a pensar que Jesús no está bien de la cabeza. ¡Ay la familia, que algunas veces se convierte en un retardo de lo que podemos hacer o de lo que queremos emprender con sus prudencias y con sus miedos!

¿Qué es lo que nos frena muchas veces en nuestra tarea, en soñar con proyectos nuevos, en implicarnos en aquellas cosas que vemos que no marchan bien y que nadie hace nada por remediarlo? Muchas veces también nos sucede que empezamos con mucho fervor y entusiasmo una tarea, pero pronto vamos aflojando, se va debilitando aquel entusiasmo y terminamos dejándonos arrastrar por la rutina como les pueda suceder a tantos.

Por supuesto, no podemos ir a lo loco, hay que poner unos buenos cimientos en aquello que queremos hacer y tener una buena planificación. Pero tampoco podemos quedarnos en tecnicismos, por así llamarlos, porque todo se quede en una planificación muy bonita. Necesitamos en nosotros mismos un cimiento interior, porque en verdad hayamos fortalecido nuestro espíritu, y tenemos que aprender a dejarnos guiar; pueden ser, es cierto, los buenos consejos que recibamos de cuantos están a nuestro lado, pero quien en verdad tiene que guiar nuestra tarea es el Espíritu del Señor que hemos de saber sentir con su inspiración en nuestro interior.

Eso se llama tener buen espíritu, eso se llama crecimiento interior, eso se llama una buena y rica espiritualidad que sea en verdad el motor de nuestra vida. Cuando nos dejamos envolver por esa espiritualidad profunda ni vamos haciendo las cosas por puro activismo ni nos quedamos en programaciones que quedan muy bonitas en el papel, sino que sentiremos esa urgencia interior que nos mueve, que nos hace darnos y gastarnos porque queremos hacer el bien, porque queremos un mundo mejor, porque queremos en verdad construir el Reino de Dios.

Y esto es algo, hemos de reconocer, que los cristianos no cuidamos como tendríamos que hacerlo. Profundicemos en la acción del Espíritu en nosotros.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.